Están aquí y allá: de paso,

en ningún lado.

Cada horizonte: donde un ascua atrae.

Podrían ir hacia cualquier fisura.

No hay brújula ni voces

Ida Vitale 

 

 

 

La literatura del exilio siempre se ha hecho así: entre dos mundos, con un lenguaje doliente, herido, con voces de aquí y de allá. Está marcada por la soledad, la nostalgia, la tenacidad por reconstruirse en cualquier parte, lejos de casa. No soy exiliado, pero como inmigrante me identifico con aquellos que echan raíces de inmediato, aunque no dejen de soñar con el regreso al terruño. Me solidarizo con su espíritu de resistencia y optimismo ante la incertidumbre, el vacío, la adversidad. La literatura de los exiliados, como la de los inmigrantes, está hecha de ganancias y pérdidas, choques culturales, sueños incumplidos y promesas. Se talla en el presente, en el hogar de adopción, en nuevos escenarios y con otros registros, diferentes a los del origen, pero en el momento menos pensado vuelve la mirada sobre el hombro y descubre intacto el pasado, ese ayer que no acaba de irse nunca y nos marca para siempre.

Eso y más hallamos en la literatura de Ida Vitale y Gustavo Pérez Firmat. O en la de Juan Gelman, Angelina Muñiz Huberman, Raúl Zurita y Claribel Alegría. En todos ellos, la letra expone las fracturas ocasionadas por el desplazamiento. Las heridas supurantes, los cortes que no terminan de cerrar. Lo que se atrofia. Lo que no se puede recuperar. El exiliado escribe para conectarse con el lugar del que proviene, aunque este ya no exista y sea, más bien, una figuración, un hogar inventado que poco o nada tiene que ver con la realidad del presente. Su literatura está marcada por el sentimiento de saber que no pertenece porque proviene de otra parte, sin importar el tiempo que resida en el hogar de adopción. Su sentir es, invariablemente, el de aquel que está de paso, aunque hayan pasado muchos años desde la llegada a ese otro país que a veces, en ciertas ocasiones, parece suyo.

En Una casa lejos de casa. La escritura extranjera (Valencia: Ediciones Contrabando, 2020), Clara Obligado reflexiona sobre la no pertenencia de los exiliados, sobre su lengua y su literatura. “Llegar a un país desconocido es triste y adánico, temible y apasionante, antiguo e inaugural. Morir de añoranza y curiosidad. Caminar por un bosque de comparaciones” (74-75), sostiene la escritora argentina, exiliada en Madrid desde 1976.[1] Es vivir en un mundo de analogías, donde hay que desarrollar, por necesidad, una visión doble de la vida. Incluso si llegas a un país donde se habla tu lengua, pronto entiendes que las palabras no siempre tienen el mismo significado ni suenan igual que en casa. Porque es posible ser extranjero en tu propio idioma, reflexiona Obligado, y tiene razón. La supervivencia de todos los que hacemos el hogar en tierras nuevas depende de convivir con otros acentos, apropiarnos de otros modismos, nombrar de manera distinta, aceptando la condena de la incomprensión y la perenne consigna de ser el otro, el foráneo, el que no pertenece, aun si por momentos parece incorporarse a la cultura dominante.

El libro de Clara Obligado nos hace pensar en las estrategias de los hombres y mujeres que, al verse desplazados de la patria, pasan por una especie de “mestizaje íntimo” (78), un choque o encuentro de idiomas, expresiones culturales y dialectos que solo tienen sentido para aquel que habita dos mundos a la vez, o que se sitúa justo en el medio de ellos. En la frontera. En el intersticio. El escritor que se halla en esa situación debe crear “un puente de palabras” (81). Para poder nombrar, para dejar que el idioma de la infancia converse, en el reino de los afectos, con el de la vida actual, con aquel que nos toca habitar. Solo así es posible sortear la incomunicación, los equívocos lingüísticos, las palabras que se abandonan porque los nuevos interlocutores no las entienden, o las que se adquieren por costumbre o por necesidad, para que la comunicación fluya y no cause desconcierto, malestar. La pérdida del hogar y la falta de pertenencia se observan ahí: en la lengua del exiliado, en su forma de conjugar, en el nuevo acento que adopta como estrategia de supervivencia, o en las cadencias de antaño a las que se aferra, en las palabras que ahora utiliza, en las que traduce diariamente, en cualquier conversación donde sigue siendo un extranjero. Es un tema al que vuelve Clara Obligado con insistencia, como vemos en Todo lo que crece. Naturaleza y escritura (Madrid: Páginas de Espuma, 2021), en Tres maneras de decir adiós (Madrid: Páginas de Espuma, 2024) y en Exilio, ilustrado por Agustín Comotto (Páginas de Espuma, 2026). 

No menos punzante es Sandra Lorenzano al reflexionar sobre el exilio en su novela Saudades (México: FCE, 2007), donde una mujer intenta reencontrarse en un mundo hecho de ausencias, pérdidas y desaparecidos. Lo hace recurriendo a su lengua madre, aunque esta, por momentos, pareciera extranjera. Y lo hace también en su poemario Vestigios (Valencia: Pre-Textos, 2010), donde las voces y murmullos apenas se acercan a la tierra prometida y las palabras nunca parecen suficientes para describir una tragedia. En Herida fecunda, libro ganador del XV Premio Málaga de Ensayo “José María González Ruiz” 2023 (Madrid: Páginas de Espuma, 2024), Lorenzano vuelve al tema del exilio con una prosa poética que busca desesperadamente retratar los dilemas de aquellos que se ven obligados a dejar el hogar para echar raíces en otra parte. Al llegar a México en 1976, a los dieciséis años, Lorenzano hace todo lo posible por encajar, por hablar como los adolescentes mexicanos, y en gran medida lo consigue… pero a la larga reconoce sus carencias: “Perdí la lengua en algún lugar de estos diez mil kilómetros que me separan del pasado” (13). Pensando en las pocas cosas materiales que los exiliados pueden meter en una maleta antes de partir, la escritora siente que lo único que lleva consigo es el cuerpo y la palabra. El resultado de habitar perenemente una zona intermedia, el “entre”, el “in-between” de dos mundos distintos, se observa sobre todo en la lengua: “Hablo dos versiones del mismo idioma. Contaminados siempre uno por el otro, por mucho que intente mantener claras las fronteras” (42). Su escritura, hecha de otras huellas e idiomas perdidos, restos, vestigios, es su tabla de salvación, el vehículo que le permite volver a casa, para recuperar aquello que no fue pero que bien pudo haber sido. En otras circunstancias. Si la vida hubiera sido de otro modo, con otra gente, otras vivencias, otros cariños.

Ser hija del exilio es para Lorenzano vivir siempre lejos, con la certidumbre de que “lo seguro se vuelve inestable” (60). Es el naufragio, un hueco en el pecho, el vacío que dejan las despedidas en el aeropuerto y el deseo de volver. ¿A dónde? Nunca se trata de un lugar concreto, explica la escritora que se define a sí misma como argenmex, sino a un tiempo psicológico: “A la vida que no tuvimos” (81). El exilio es, sobre todo, una herida abierta, y en los mejores casos “fecunda”, una cicatriz en la que se aprecia el zurcido de la memoria. Una marca que esconde y revela el antes y el después de la partida. Una huella indeleble donde se ve el arraigo y el desarraigo, la dislocación, el desplazamiento, el anhelo de pertenecer y la imposibilidad de la pertenencia. Los que nos vamos de casa para no volver sabemos que es cierto, que debemos lidiar con estas incertidumbres toda la vida. No solo eso: “Quien ha sido desterrado, migrante, nómada, sabe que puede volver a serlo en cualquier momento. O, mejor dicho, que nunca dejará de serlo” 127). Tal vez por eso mismo el libro de Lorenzano está hecho de fragmentos, de retazos de ayer y de hoy, de experiencias propias y ajenas, halladas al caminar junto a algún eterno peregrino. En él las palabras queman, duelen y solo a veces sanan. Son suyas pero también de Clarice Lispector, Sylvia Molloy, Antonio Machado. Y de otros, muchos otros. Porque el exiliado busca una familia alternativa dondequiera que esté, y en las voces de esos otros, migrantes, desterrados, encuentra el abrazo, el calor de casa, la lengua perdida, el aliento para seguir respirando.

Para María Zambrano, la gran filósofa española que vivió un largo exilio debido a la Guerra Civil, el exilio comienza con el abandono, o con la sensación de sentirse abandonado. Es constatar que hay una insalvable distancia entre el presente y la patria perdida, y que el único destino del desterrado es peregrinar, sin puntos de apoyo, solo al fondo de la historia. El exiliado debe inventarse otra vida allá a donde va, enraizando una y otra vez, viviendo a la intemperie, entre escombros, refugiado en el silencio, pese a lo que parezca. Por eso mismo Clara Obligado siente que el exiliado es una versión distinta de aquel que fue. Al analizar una conversación con otros amigos exiliados, piensa: “Somos los otros de nosotros mismos… Ha llegado el momento en el que no sabemos qué es ir, qué es volver. Entre tantas otras cosas perdidas, hemos perdido el habla común” (115). ¿Cuántos de nosotros que vivimos lejos del hogar no sentimos algo parecido y recurrimos a palabras en desuso porque son las únicas donde aún nos reconocemos? ¿Cuántos no perdimos la voz, las cadencias de nuestro idioma, por el contacto con otras lenguas o para no desentonar con la gente de nuestro alrededor? 

Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy. Por todo y a pesar de todo, mi amor, yo quiero vivir en vos… Para Sandra Lorenzano el exilio es el miedo a volver y el miedo a no volver, el regalo de estar vivos, pero distantes de casa. Es la condena de vivir con la ausencia perpetua, envejecer “lejos de los testigos de la infancia. Sin la mirada que nos reconoce” (89). Pensando en las lenguas que habita, en las palabras que la traspasan de un castellano a otro, en su afán de pertenencia y en la imposibilidad de ser de un solo lugar, Lorenzano quisiera quedarse muda justo antes de la hora final: “Que otros escriban la gesta heroica de la resistencia y los exilios. Que otros más insistan en los gestos plañideros y las etiquetas. Si digo que me quedé tartamuda, ¿me entienden?” (160). Los que vivimos lejos de casa sabemos por qué lo dice. Entendemos su balbuceo, su identidad dividida, repartida entre varias partes de uno mismo. Es la voz del exilio. Entrecortada. Llagada. Potente. Engendrada en el intersticio del día a día, hecha de humo y ceniza, de todo aquello que hoy somos y de aquello que pudimos haber sido.  



[1] Cito de la sexta edición de su libro, publicada en 2025.