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ADEMÁS, LA REVISTA DA A CONOCER UN TEXTO INÉDITO DE CHAVES NOGALES SOBRE BAROJA, ESTUDIA LA POESÍA DE JULIA UCEDA, APORTA UNA NUEVA MIRADA A LA GENERACIÓN DEL 27, RINDE HOMENAJE A ANTONIO RIVERO TARAVILLO Y RECUERDA LOS VIAJES POR ESPAÑA DEL ESCRITOR AFROAMERICANO RICHARD WRIGHT EN LOS AÑOS 50 

TAMBIÉN DIFUNDE NARRACIONES ORIGINALES DE JOSÉ MARÍA CONGET, SARA MESA, ISAAC ROSA, JESÚS CARRASCO, IRENE REYES-NOGUEROL E HIPÓLITO G. NAVARRO

La revista TURIA publica en su nuevo número, que se distribuye este mes de marzo en España y otros países, un sumario con interesantes contenidos inéditos  protagonizados por relevantes autores de la literatura contemporánea. En ese listado de aportaciones valiosas, conviene destacar la difusión por primera vez en español de la obra de diez poetas ucranianos actuales. Una antología que ha corrido a cargo de los prestigiosos traductores Katarzyna Moloniewicz y Abel Murcia. Con esta iniciativa, TURIA quiere mostrar su inequívoco apoyo a Ucrania y a sus escritores en unos momentos tan dramáticos como los que está generando la invasión llevada a cabo por Rusia. Una cruel coyuntura bélica que sufren los habitantes de este país europeo y que está impactando, de manera muy notable y significativa, en la literatura que allí se escribe en estos momentos.

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Pocas obras dentro de la literatura española contemporánea poseen la singularidad de Nada de Carmen Laforet (1921-2004), ya sea por el aura de misterio que rodea a la autora o por  la excepcionalidad de una novela fulgurante, única, que descuella dentro del panorama narrativo tras la guerra civil. Desde su publicación en 1945 y con el espaldarazo que supuso el Premio Nadal, no ha dejado de publicarse (se explica convenientemente en la “Introducción”, que descarga así al texto de muchas notas a pie de página y agiliza la lectura), a la vez que ha ido aumentado la admiración hacia una novela que forma parte del canon literario moderno. Nada se convirtió muy pronto en un “fenómeno socioliterario”, que arrumbó al resto de la producción novelística de Laforet y que pareció convertir a su autora en la escritora de una sola obra, algo que, como bien se explica en la mencionada “Introducción”, no es tal. Sin embargo, para buena parte de la crítica y numerosos estudiantes de bachillerato, esta novela no es sino un epígrafe más dentro de la narrativa española de posguerra, aunque antes, cuando se leía bastante más que ahora en los cursos preuniversitarios, era una de las lecturas obligatorias, de esas que, como El árbol de la ciencia de Baroja, Las ratas de Delibes o Tiempo de silencio de Martín Santos, había que leer (y sobre todo descubrir y disfrutar). El recuerdo de las ediciones de Cátedra –colección “Letras Hispánicas”, color negro (y tipografía no muy grande)- está también asociado a parte de esas lecturas, a introducciones amplias, documentadas y rigurosas que debían acompañar al texto, convenientemente editado. Esa labor ecdótica, profunda y detallada, es la que vemos en esta nueva edición de Nada, a cargo de José Teruel, quien también ha editado con primor las obras completas de Carmen Martín Gaite en Círculo de Lectores (por cierto, en el número 124 de Turia aparece un extenso estudio en torno a la investigación que la autora de Usos amorosos de la posguerra llevó a cabo sobre los Torán) y a quien se deben unos cuantos estudios esenciales de la literatura española del siglo XX (como los de Luis Cernuda). Su “Introducción” resulta clara y amena, y sitúa a los lectores en el contexto de creación y recepción de la obra, tan importante para entender el porqué de su trascendencia.

Lo que tal vez más pueda sorprender a los lectores que se enfrentan por primera a la novela es el hecho de que la novela en sí posee una estructura lineal sencilla –un curso académico, con tres partes-, de pocas regresiones temporales, y en la que aparentemente a la protagonista no le suceden muchas cosas, sino que es más bien testigo de diversos acontecimientos relacionados con su familia y amistades. Es, por otro lado, y así se ha venido diciendo desde hace tiempo, una novela de aprendizaje, en la que a través de la voz de la narradora-protagonista, Andrea, vamos conociendo a su familia, el piso de la calle Aribau, la universidad y la ciudad de Barcelona en  ese curso de 1939-1940. También es una novela que muestra el “mito de la conciencia desorientada”, las cicatrices de la guerra y se convierte en la obra que representa a una generación, la de esos jóvenes de comienzos de los cuarenta que, en muchos casos, vivieron la guerra sin participación directa, pues eran apenas unos adolescentes. Quizás sea este último aspecto sobre el que más se incide cuando se analiza la novela, ya que se considera fundacional de un tipo de narrativa y representativa de un tiempo y una nueva forma de narrar, que tendrá su continuación en la novelística posterior.

Pero no solo hay que prestar atención al contexto histórico y social en el que transcurre la narración, que es la inmediata posguerra, con todas sus secuelas y heridas abiertas, sino a lo que se cuenta y cómo se hace. La familia de Andrea y el piso de la calle Aribau son sin duda dos de los principales elementos que van jalonando los diversos cuadros e impresiones –muchas de ellas negativas- con los que la protagonista intercala su narración, a modo de retratos que de algún modo anticipan procedimientos narrativos posteriores. Sus dos tíos, Juan y Román, su tutora Angustias, la misteriosa figura de Gloria, la presencia de la abuela y ese niño por el que sufrimos cada vez que aparece o se le menciona, son la familia de Andrea, y de ellos se ofrecen retazos de vida, secretos y miedos. De ellos, posiblemente sea la figura del tío Román la más enigmática y compleja, con muchas sombras e historias detrás de las que vamos obteniendo detalles. Su comportamiento y su aire mujeriego, algo canalla, lo convierten en heredero de la estirpe de personajes masculinos que aparecían en numerosas novelas del XIX. Y por la parte no familiar, la de las amistades y la universidad, sin duda será Ena, la amiga de Andrea, el personaje más importante, aquel que con sus idas y venidas, esté presente en la vida de nuestra protagonista durante ese curso escolar. Los amigos de la universidad, el pelma de Gerardo, el amigo Pons o el ambiente de la Barcelona de 1940 son otros de los elementos narrativos que son presentados a los lectores de un modo a veces fragmentario, con recuerdos e impresiones de ellos a través de sucesivos episodios.

Nada es la novela que, en un estilo nuevo y diferente, muestra de manera clara la deriva y el “desarraigo existencial” de una generación y de una joven que nace a la vida tras la guerra civil. Su familia, venida a menos, rota y desquiciada por momentos, será, junto a la opresiva y oscura casa familiar, una fuerza opresiva sobre Andrea. Tampoco las amistades y el mundo universitario ofrecerán, salvo algunos destellos, claridad y tranquilidad a la protagonista, que deberá ir adaptándose a las circunstancias de la mejor manera posible, aprendiendo a base de decepciones y pequeños fracasos (tal vez el episodio de la fiesta de Pons sea un ejemplo de ello). Esta novela es esencial dentro de la historia de la literatura española contemporánea, no solo por su singularidad y especiales circunstancias (¿qué jóvenes autores son capaces de escribir una obra como esta con poco más de 23 años?) o por todo lo que la ha rodeado y que todavía hoy nos seguimos preguntando. Las historias que se intuyen detrás de lo que se cuenta tienen también su influjo sobre los lectores, pues no menos importante es aquello que se omite y calla en la narración. Quizás en tiempos de zozobra como los que vivimos ahora deberíamos volver a las obras que sustentan nuestra formación literaria y personal, aunque sea para sentir la desazón y angustia de Andrea, esa “chica rara” que protagoniza Nada.

 

Carmen Laforet, Nada, edición de José Teruel, Madrid, Cátedra, 2020.

Siete travesías para adentrarse en aquel signo que descuadra dentro de una serie. El extrañamiento. El extravío. Lo que no encaja en el mosaico. La tesela huérfana. El desconcierto que brota por entre los afectos. Lo inquietante que desbroza lo cotidiano. La soledad y su trazo. Siete son los relatos (el primero de ellos casi una novele breve) que articulan el último libro de Reina Roffé (Buenos Aires, 1951), Vivir entre extraños. Relatos de soledad y desarraigo (Menoscuarto).

 

“La escritura tiene algo de nostalgia no resuelta, de melancolía y de deseo”

 

- Del primer relato, que da título al volumen, me interesa cómo se acompasan los dos tiempos, pasado y presente. La escritura, ¿tiene más de nostalgia no resuelta, de melancolía, o de deseo?

- La cita, que antecede al relato («Mi madre nunca me dio la mano»), del libro La asfixia de Violette Leduc, que de tanto en tanto venía a mi memoria, fue clave para armar este relato, el más largo del libro, y poder estructurar algo que yo tenía escrito por separado, dos cuentos sin amalgama que, finalmente, actúan juntos gracias a los dos tiempos; la escena del reencuentros entre madre e hija, esa hija que, cada año visita a su madre, y llega de lejos, relato éste fragmentado que permite la entrada y reconstrucción del pasado, de la relación entre ambas y del ámbito familiar. No fue fácil acompasar esos dos tiempos y que fluyeran juntos sin tropiezos. Fue un ejercicio de artesanía. La escritura tiene algo de las tres cosas que mencionas. En el poema “Tristeza de domingo”, la escritora rumano-argentina, Alina Diaconú, dice: «Melancólicos/de lo que no fue/nostálgicos/de lo que ha sido». Representamos, entre otras cosas, estos sentimientos o sensaciones evidentemente no resueltas y con el deseo infructuoso de encontrar un sentido, una pista que nos conduzca a la revelación de nuestros enigmas más íntimos.

 

“La imaginación nos alivia del peso de lo real y de su sombra proyectada sobre la vida cotidiana, muchas veces anodina y hostil”

 

- ¿De qué manera la memoria nos conforma como escritores?

- Yo diría que es la materia prima que nos conforma. Hay marcas que no se borran y necesitamos elaborarlas durante toda la vida. Actualmente, la gente se hace tatuajes para dejar constancia del nombre o del rostro de alguien querido, de un equipo de fútbol, de una flor que les gusta. Los tatuajes se pueden borrar, incluso ocultar debajo de la ropa cuando pierden su significado. Pero las marcas, heridas o cicatrices de las que hablo, no. Son invisibles a los ojos de los demás y están grabadas en nuestra memoria. Por otra parte: ¿Qué es la literatura?, sino una suma de memorias que va componiendo una especie de incesante biografía de cada época, de cada lugar del mundo. Preservar la memoria colectiva es una manera de oponerse a los totalitarismos, que siempre nos proponen la fórmula condescendiente del olvido, la amnesia como consuelo a las violencias y aflicciones sufridas. La memoria es uno de los elementos constitutivos de todo relato, hace posible la escritura y permite al escritor recuperar los episodios dispersos de su experiencia, reparar escenas rotas y olvidadas, trabajar con las suturas de la realidad, ganar un espacio más amplio y luminoso para uno mismo y, tal vez, para el lector. Pero no sólo la memoria juega su partida, sino también la imaginación, que es, como decía el autor uruguayo Felisberto Hernández, ese «insecto de la noche» que vuela «distancias que ni el vértigo ni la noche conocen». La imaginación que nos alivia del peso de lo real y de su sombra proyectada sobre la vida cotidiana, muchas veces anodina y hostil.

 

- ¿Qué vínculo, de tenerlo, tiene la escritura con la figura de la madre?

- Tiene un vínculo muy estrecho: el de la creación, nada menos. Engendrar y parir. La madre nos da la vida y, con ella, la muerte. Se trata de un lazo muy comprometido, muy fuerte. Escribí sobre la relación madre-hija en varios libros. Por ejemplo, en un relato largo, casi una nouvelle, que se publicó en 2011 en la Argentina, y se titula “La madre de Mary Shelley”. En ese cuento empleo una frase, que se la adjudiqué a Marcel Proust: «Los hijos no siempre llevan la semejanza de la madre, como llevan en su rostro la profanación de la madre». La escritura también se alimenta de ese rasgo insolente de meterse con lo sagrado; saquea tumbas, pone en cuestión seres y objetos considerados de culto.

 

“Hay demasiada oscuridad en los seres humanos”

 

- Los vínculos quebrados es uno de los asuntos recurrentes en su escritura. ¿Es eso mismo el texto, el intento por reparar lo irreparable?

- Sí, es lo que comenté antes. Los vínculos, a excepción de muy pocos, nacen o se vuelven quebradizos. La escritura, al menos la mía, persigue ese anhelo de reparar, enmendar, componer lo que fue y pudo ser de otra manera, algo mejor, más diáfano, pero no siempre se consigue. Hay demasiada oscuridad en los seres humanos.

 

- Asimismo, los extraños pueblan una y otra vez sus páginas, extraños «reales» (por ejemplo, los que concurren en ‘El atropello’) y no tanto familiares a los que no terminamos de entender. ¿Cuánto de extrañamiento tiene la escritura?

- Mucho, porque trabaja con elementos y técnicas que vuelven extraño aquello que parecía familiar, corriente, normal. Refleja lo singular o raro de nosotros mismos, algo que no habíamos percibido, pero que, en un momento determinado, aflora sorpresivamente y nos deja helados.

 

- Para que la escucha (‘De madrugada’) sea fructífera, a cualquier nivel, por ejemplo, escritor-lector, ¿qué se requiere?

- Algo tan simple como prestar atención y otro componente, más complicado, leer entrelíneas, ver todos los pliegues posibles de lo que se dice y, sobre todo, de lo que no se dice.

 

“La escritura tiene una cuota necesaria de azar. No todo está programado de antemano”

 

- Este relato convoca algunas casualidades narrativas. ¿Cuánto de azar deviene en la escritura?

- La escritura tiene una cuota necesaria de azar. No todo está programado de antemano. Una escribe y se va encontrando con asuntos que surgen de pronto y podrían cuajar con lo anterior y enriquecer el texto. Clarice Lispector decía que ella trabajaba con sensaciones pensadas, esas sensaciones proliferan incluso cuando ni siquiera se han intuido antes de comenzar un relato, una novela, incluso un ensayo. El azar funciona como un inhibidor que facilita astillar esquemas, bucear mejor en lo insondable, bregar con lo inesperado y hacerlo cabalgar hacia un final menos errático, más poderoso, más sorprendente.

 

- ‘El exilio interior’ es una ácida crítica a la mercantilización del arte. Sin embargo, hay textos que pasan por literario y son sucedáneos. ¿Cómo se reconoce una —llamémoslo así— falsificación?

- Cuando nos encontramos con un texto plagado de lugares comunes o se repiten modelos y no son modelos para desarmar precisamente. Cuando el lenguaje es débil y la escritura se vuelve caótica o demasiado explicativa; cuando no se da lugar a la elipsis y lo que leemos no nos conmueve. Jorge Luis Borges decía que él no concebía una sola palabra escrita sin emoción. En efecto, sin ese elemento fundamental lo que encontramos es pura falsificación, pura pose, artificio carente de literatura.

 

- ¿De qué depende que uno, cualquiera, encuentra «la puerta condenada» y la traspase? ¿Conviene traspasarla?

- Depende de la curiosidad de cada uno y del efecto que la revelación de ese misterio pueda provocar. Si va a causar un daño irreparable, es mejor no traspasarla. En general, las personas son negadoras. Prefieren no saber qué se oculta detrás de una puerta condenada —metáfora cortazariana—, lógicamente, da miedo.  Pero otras, pese al temor, desean arriesgarse e indagar ahí, donde el espanto, el dolor o la aceptación de la otredad puede cambiar el rumbo de sus vidas.

 

- «No hay nada más cursi que la palabra cursi». ¿Se puede permitir la literatura serlo?

- No, rotundamente no, aunque si buscamos cursilerías, podemos encontrarlas diseminadas y escondidas hasta en grandes obras. Habrá que ver también lo que cada lector entiende por cursilería.

 

“La imaginación y el humor son bálsamos necesarios para achicar el pánico o la angustia que nos suscita la realidad”

 

- Pienso en esos coqueteos que aparecen en algunos relatos con lo fantástico (la monja evanescente de “Viaje a Salamanca”), así como en el uso del humor. ¿Ambos, lo maravilloso u onírico y lo cómico son los ejes que permiten sostener la gravedad de lo real?

- Claro que sí. De otra manera sería insoportable. Me hace bien reírme de mí misma, ver el lado cómico de ciertos hechos que yo creía dramáticos y no eran para tanto. La imaginación y el humor son bálsamos necesarios para achicar el pánico o la angustia que nos suscita la realidad.

 

- ¿Todo elemento cotidiano es susceptible de contener lo extraño?

- No hay nada más extraño que aquello considerado cotidiano. Además, siempre está en jaque, en la cuerda floja. Un hombre culto y educado, que es traductor, se muda a un departamento céntrico de Buenos Aires, que le ha prestado una amiga que está en París. Todas sus acciones son normales, cotidianas, bien intencionadas e indican que aprovechará el tiempo para trabajar en ese lugar coqueto, impecable y ordenado que tiene una surtida biblioteca y la impronta de su dueña, da pena cambiar de sitio un cenicero. Pero el día de la mudanza, ya en el ascensor, entre el primero y segundo piso, mientras todo marchaba según lo deseado, el hombre, el traductor, comienza a vomitar conejitos. Se trata del cuento “Carta a una señorita en París” de Julio Cortázar. Fue de los primeros relatos que leí de este autor cuando todavía iba al colegio secundario. Aún siento el impacto que me produjo. Cortázar es uno de los magos del relato y de cómo irrumpe lo fantástico, lo extraño de una forma abrumadoramente ordinaria, corriente. De pronto, algo se tuerce y nos convierte en seres inestables, en entornos degradados por inusuales.

El libro He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes de Basilio Sánchez se alzó el pasado noviembre con el premio de la Fundación Loewe, sin duda uno de los más prestigiosos del actual abanico de concursos de poesía. Que un poeta tan discreto, tan poco dado a las alharacas y la exhibición como Basilio Sánchez se haya hecho con el codiciado galardón no deja de ser una buena noticia, al mismo tiempo que una saludable anomalía en tiempos mediáticos y revueltos como los nuestros. Que un libro tan sereno y plácido como el suyo haya llamado la atención del jurado habla también, en mi opinión, de la necesidad o el deseo de remansar las agitadas aguas de nuestro panorama poético: uno tiene la impresión de que optar por una apuesta tan clásica, comedida y equilibrada como esta es casi una declaración de intenciones.

La poesía de Basilio Sánchez ha ido decantándose con parsimonia y regularidad a lo largo de las tres últimas décadas. Autor de más de una decena de libros de poemas, Sánchez ha escrito sus versos con un espíritu totalmente ajeno a modas y camarillas, fiel a una austeridad verbal y unos presupuestos estéticos que le han venido acompañando sin desmayo hasta sus libros más recientes: el también espléndido Esperando las noticias del agua (Pre-Textos, 2018) y este que venimos a comentar. Es la suya una poesía tersa, pulida, hondamente arraigada en una tradición que Sánchez ha ido haciendo propia con los años y la experiencia, y que abarca desde el Antiguo Testamento (varios de sus modos de escritura arrancan de la poética hebrea, tan laboriosamente estudiada y documentada entre nosotros por Luis Alonso Schökel), pasando por nuestra Edad Media y nuestros Siglos de Oro, hasta llegar al simbolismo francés y el surrealismo, su heredero. Que tras ese extenso periplo de lecturas (a las que habría que sumar probablemente otras pertenecientes a la espiritualidad oriental) sigamos escuchando, nítida y sin impostar, la voz propia del poeta no es uno de los méritos menores de la obra de Sánchez.

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es un libro orgánico, distribuido en forma de tríptico y coda, cuyos poemas sin título (solo las tres partes lo tienen) parecen con frecuencia fragmentos, piezas de una unidad mayor: como teselas de un mosaico. Algo parecido sucede a menudo con las estrofas de los poemas: tomadas de una en una, aisladas del resto, muestran una cohesión que las hace brillar como aforismos o metáforas aisladas. Por contraste, la inserción de cada estrofa en el poema, como la de cada poema en la parte a la que pertenece, es frecuentemente problemática, misteriosa. Sánchez opera a menudo mediante la suma (la colección) de afirmaciones vibrantes con valor de máxima y deja al lector la libertad de elegir cuáles son las conexiones que se dan entre sus aserciones. Por ello abundan la impersonalidad y el presente gnómico, tan evidentemente encarnados en la abundancia de la forma Hay; por ello, también, el libro contiene varios poemas que adquieren el ritmo y el tono de la salmodia o que se acercan, tal vez de un modo no totalmente consciente, a la enumeración caótica y a la definición. Comentaré algunos ejemplos.

Son declaraciones con valor categórico que inciden en uno de los temas principales del libro: la naturaleza de la propia escritura poética: “Escribir un poema es andar sobre las aguas, / confiarnos a lo bueno del mundo”. (pg. 57). “Escribir un poema / supone, de algún modo, regresar / otra vez al principio, / al hervor silencioso de la nada, / al caldo primigenio / y a los cielos sin luna, a la inminencia / de las casualidades y los astros”. (pg. 63). “Uno escribe un poema para sentirse vivo. / Uno escribe un poema / para que otro descubra que estás vivo”. (pg. 62). Estas afirmaciones, a menudo vinculadas con un espacio de intimidad someramente descrito (una lámpara de cobre, una mesa de madera, una ventana), tienen el valor de un programa vital: la primera asocia la escritura poética al ámbito de la espiritualidad de raíz cristiana; la segunda, a la fuerza adánica de lo todavía nunca dicho, lo aún inexistente (con Huidobro, probablemente, guiñando un ojo al lector desde una esquina de la página) y, por ende, con la oscura voluntad de fundar un mundo verbal; la tercera, en fin, se lanza a la búsqueda de un interlocutor capaz de acoger estos versos como quien acepta a un huésped en su casa.

En cualquier caso, las tres desvelan también que más que el mundo natural, la inmediatez de lo vivo, el paisaje natural constantemente evocado en el libro es de naturaleza eminentemente verbal, mental, simbólica e icónica. No es que lo sensorial esté totalmente excluido, como tampoco lo está lo anecdótico. Es más bien que los sentidos se difuminan y aminoran tras una gruesa capa de reflexión estética y moral; y que la escasa anécdota, reducida a la mínima expresión, se ve sometida al quietismo que palpita en todas las definiciones, las afirmaciones en presente, los pensamientos que parecen tallados en la piedra: “La realidad es un relámpago que persiste”. (pg. 13); “Somos hijos de un árbol / Al que le falta sólo una manzana”. (pg. 16); “El que entiende de pájaros entiende de narcisos”. (pg.17); “No hay ningún escritor / que no se sienta abandonado por las estrellas”. (pg. 18); “El poeta no ha elegido el futuro. / El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. (pg.22). Son todos ejemplos de la primera parte del libro.

En su conjunto, la música de los versos (a menudo versículos) de Sánchez se fía principalmente al significado y el poder evocador de las palabras, prescindiendo con frecuencia tanto de la prosodia clásica como de la medida silábica. Es la suya una opción deliberadamente austera que a menudo aproxima el ritmo del texto a la prosa de ideas, y que va calando poco a poco en el lector. Y hay en ello una más que probable elección moral: en vez de deslumbrar, el poeta pretende sugerir; en vez de epatar, empapa. Él mismo afirma “que no nombra las cosas con grandeza, / sino con gratitud”. (pg.79), y un poco antes: “Yo creo en el poema / que es capaz de sumir al que lo lee / en el mismo silencio / que el ejercicio a solas de la propia escritura / consigue suscitar en torno a sí.” (pg. 74). Ese deseo de comunicación sincera, esencial, tan alejada de la frivolidad y el lugar común como de la grandilocuencia vacía, es uno de los rasgos más valiosos del libro: “La poesía es el oficio del espíritu”, llega a decir en la página 44, en uno de los más logrados momentos de la obra.

Y de ahí, de ese constante deseo de trascendencia, de ese valor adánico, convocatorio, que Sánchez otorga a la palabra poética, extraigo yo la afirmación con que abría esta reseña. Dice el poeta en la página 22: “Amo lo que se hace lentamente, / lo que exige atención, / lo que demanda esfuerzo.” ¿Acaso no es esta toda una declaración de intenciones, una aguja de marear en los actuales mares revueltos de la poesía nuestra de hoy? Basilio Sánchez ha escrito un libro deliberadamente austero, demorado y reflexivo que pretende regresar a la raíz, al fondo de lo poético, y al fondo de lo humano. Ya solo el esfuerzo, la atención puesta en ello, merecen la lectura. –AGUSTÍN PÉREZ LEAL

 

Basilio Sánchez, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, Madrid, Visor, 2019

Último número

  • Revista Cultural TURIA Número 157-158

    Revista Cultural TURIA Número 157-158

    El nuevo número de TURIA dedica su monográfico a reivindicar la valía e interés de un autor olvidado en la historia de las letras españolas: Antonio Núñez de Herrera. Una figura fascinante y rara del siglo XX español que merece ser redescubierta en la antesala del centenario de la mítica generación literaria de 1927. También damos a conocer, gracias a Abelardo Linares, un texto inédito de Chaves Nogales sobre Baroja; estudiamos la poesía de Julia Uceda, rendimos homenaje a Antonio Rivero Taravillo y recordamos los viajes por España del escritor afroamericano Richard Wright en los años 50. Publicamos narraciones inéditas de José María Conget, Sara Mesa, Isaac Rosa, Jesús Carrasco, Irene Reyes-Noguerol e Hipólito G. Navarro. Difundimos, en rigurosa primicia en español los poemas de diez autores ucranianos actuales. Conversamos en exclusiva con el prestigioso gestor cultural, escritor, crítico de arte y bibliófilo Juan Manuel Bonet y con la gran escritora venezolana Yolanda Pantin. En ensayo, sobresale un valioso y oportuno texto inédito del filósofo David Pastor Vico sobre tecnología, humanidad y salud, bajo el certero título de “Rectificar es de sabios.

Artículos

por César Rina y José María Rondón

Hay libros que garantizan la fama literaria, pero encasillan a su autor en una jaula temática. Es el caso de Antonio Núñez de Herrera y su única obra publicada en vida, Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa, editada por el sello Mediodía en 1934. Es tal su magnitud estilística y la variedad de ideas sugerentes y modernas que contiene que, hasta fechas recientes, su nombre no era más que la firma de un fascinante libro sobre la gran fiesta sevillana.

 

Antonio Núñez de Herrera era apenas un nombre sin rostro ni historia, enclavijado en la literatura (generalmente, menor) sobre las cofradías de Sevilla. Sin embargo, el autor que protagoniza este monográfico fue mucho más que eso: desde la periferia –el profundo Sur: Extremadura, Andalucía…– de la Edad de Plata, encarnó una de las apuestas más firmes por la fusión de la literatura y el periodismo, creando las estampas, género literario en prosa que sobresale por la subjetividad, la crítica social, el ánimo humorístico y la pulsión vanguardista.

 

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por Ignacio F. Garmendia

Cuando en los inicios de la línea editorial de la Fundación José Manuel Lara, hace algo menos de un cuarto de siglo, Jacobo Cortines propuso comenzar la serie maior de Vandalia con una recopilación de la Poesía reunida de quien había sido su joven profesora en la Universidad Hispalense, antes de irse a vivir a los Estados Unidos, yo no conocía a Julia Uceda más que de nombre, aunque el que era entonces su último libro, Del camino de humo, había sido publicado en 1994 por una editorial sevillana, Renacimiento, y presentado por su antiguo alumno unos años antes. Este libro era la séptima entrega de la obra poética de Julia, segunda desde que regresó de su segundo exilio en Irlanda para fijar su residencia en Galicia.

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