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LA REVISTA ANALIZA LA OBRA DE ANTONIO MACHADO, AL CONMEMORARSE EL 150 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO, Y TAMBIÉN PUBLICA ARTÍCULOS SOBRE MARTÍN CAPARRÓS, GERALD MURNANE Y JOYCE CAROL OATES    

ADEMÁS, TURIA PUBLICA TEXTOS INÉDITOS DEL GRAN ESCRITOR ITALIANO CLAUDIO MAGRIS, ASÍ COMO DE PILAR ADÓN Y DAVID UCLÉS 

EN POESÍA OFRECE ORIGINALES DE, ENTRE OTROS, LUIS GARCÍA MONTERO, JORDI DOCE,  FRANCISCO FERRER LERÍN, RAQUEL LANSEROS, NIÑO DE ELCHE E IGNACIO VLEMING 

La revista cultural TURIA publica en su nuevo número, que se distribuye este mes de diciembre en España y otros países, interesantes artículos inéditos protagonizados por grandes autores de la literatura contemporánea, así como textos originales de los mejores escritores de nuestros días. Por ejemplo, la sección dedicada a narrativa se inaugura con un importante anticipo editorial: las primeras páginas traducidas de “Cruz del Sur. Tres vidas verdaderas e improbables”, el último libro de Claudio Magris, gran escritor italiano y uno de los autores vivos más sobresalientes de las letras europeas. Publicada originalmente en 2020, Anagrama editará esta obra el próximo año en España. El libro lo forman tres historias que suceden en el fin del mundo. La patria, dice Magris, es el lugar  en el que una persona siente que su vida está en su casa y “que sus colores, sus paisajes, los vientos, son la música familiar de su existencia…. El lugar en el que viven sus hijos o en el que están enterrados sus padres”. Uno puede encontrarse en su patria en el corazón de Europa,  o en Francia, o en Hispanoamérica, como las tres figuras, sacadas de la realidad, que el escritor triestino evoca en su nuevo libro.

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Pocas obras dentro de la literatura española contemporánea poseen la singularidad de Nada de Carmen Laforet (1921-2004), ya sea por el aura de misterio que rodea a la autora o por  la excepcionalidad de una novela fulgurante, única, que descuella dentro del panorama narrativo tras la guerra civil. Desde su publicación en 1945 y con el espaldarazo que supuso el Premio Nadal, no ha dejado de publicarse (se explica convenientemente en la “Introducción”, que descarga así al texto de muchas notas a pie de página y agiliza la lectura), a la vez que ha ido aumentado la admiración hacia una novela que forma parte del canon literario moderno. Nada se convirtió muy pronto en un “fenómeno socioliterario”, que arrumbó al resto de la producción novelística de Laforet y que pareció convertir a su autora en la escritora de una sola obra, algo que, como bien se explica en la mencionada “Introducción”, no es tal. Sin embargo, para buena parte de la crítica y numerosos estudiantes de bachillerato, esta novela no es sino un epígrafe más dentro de la narrativa española de posguerra, aunque antes, cuando se leía bastante más que ahora en los cursos preuniversitarios, era una de las lecturas obligatorias, de esas que, como El árbol de la ciencia de Baroja, Las ratas de Delibes o Tiempo de silencio de Martín Santos, había que leer (y sobre todo descubrir y disfrutar). El recuerdo de las ediciones de Cátedra –colección “Letras Hispánicas”, color negro (y tipografía no muy grande)- está también asociado a parte de esas lecturas, a introducciones amplias, documentadas y rigurosas que debían acompañar al texto, convenientemente editado. Esa labor ecdótica, profunda y detallada, es la que vemos en esta nueva edición de Nada, a cargo de José Teruel, quien también ha editado con primor las obras completas de Carmen Martín Gaite en Círculo de Lectores (por cierto, en el número 124 de Turia aparece un extenso estudio en torno a la investigación que la autora de Usos amorosos de la posguerra llevó a cabo sobre los Torán) y a quien se deben unos cuantos estudios esenciales de la literatura española del siglo XX (como los de Luis Cernuda). Su “Introducción” resulta clara y amena, y sitúa a los lectores en el contexto de creación y recepción de la obra, tan importante para entender el porqué de su trascendencia.

Lo que tal vez más pueda sorprender a los lectores que se enfrentan por primera a la novela es el hecho de que la novela en sí posee una estructura lineal sencilla –un curso académico, con tres partes-, de pocas regresiones temporales, y en la que aparentemente a la protagonista no le suceden muchas cosas, sino que es más bien testigo de diversos acontecimientos relacionados con su familia y amistades. Es, por otro lado, y así se ha venido diciendo desde hace tiempo, una novela de aprendizaje, en la que a través de la voz de la narradora-protagonista, Andrea, vamos conociendo a su familia, el piso de la calle Aribau, la universidad y la ciudad de Barcelona en  ese curso de 1939-1940. También es una novela que muestra el “mito de la conciencia desorientada”, las cicatrices de la guerra y se convierte en la obra que representa a una generación, la de esos jóvenes de comienzos de los cuarenta que, en muchos casos, vivieron la guerra sin participación directa, pues eran apenas unos adolescentes. Quizás sea este último aspecto sobre el que más se incide cuando se analiza la novela, ya que se considera fundacional de un tipo de narrativa y representativa de un tiempo y una nueva forma de narrar, que tendrá su continuación en la novelística posterior.

Pero no solo hay que prestar atención al contexto histórico y social en el que transcurre la narración, que es la inmediata posguerra, con todas sus secuelas y heridas abiertas, sino a lo que se cuenta y cómo se hace. La familia de Andrea y el piso de la calle Aribau son sin duda dos de los principales elementos que van jalonando los diversos cuadros e impresiones –muchas de ellas negativas- con los que la protagonista intercala su narración, a modo de retratos que de algún modo anticipan procedimientos narrativos posteriores. Sus dos tíos, Juan y Román, su tutora Angustias, la misteriosa figura de Gloria, la presencia de la abuela y ese niño por el que sufrimos cada vez que aparece o se le menciona, son la familia de Andrea, y de ellos se ofrecen retazos de vida, secretos y miedos. De ellos, posiblemente sea la figura del tío Román la más enigmática y compleja, con muchas sombras e historias detrás de las que vamos obteniendo detalles. Su comportamiento y su aire mujeriego, algo canalla, lo convierten en heredero de la estirpe de personajes masculinos que aparecían en numerosas novelas del XIX. Y por la parte no familiar, la de las amistades y la universidad, sin duda será Ena, la amiga de Andrea, el personaje más importante, aquel que con sus idas y venidas, esté presente en la vida de nuestra protagonista durante ese curso escolar. Los amigos de la universidad, el pelma de Gerardo, el amigo Pons o el ambiente de la Barcelona de 1940 son otros de los elementos narrativos que son presentados a los lectores de un modo a veces fragmentario, con recuerdos e impresiones de ellos a través de sucesivos episodios.

Nada es la novela que, en un estilo nuevo y diferente, muestra de manera clara la deriva y el “desarraigo existencial” de una generación y de una joven que nace a la vida tras la guerra civil. Su familia, venida a menos, rota y desquiciada por momentos, será, junto a la opresiva y oscura casa familiar, una fuerza opresiva sobre Andrea. Tampoco las amistades y el mundo universitario ofrecerán, salvo algunos destellos, claridad y tranquilidad a la protagonista, que deberá ir adaptándose a las circunstancias de la mejor manera posible, aprendiendo a base de decepciones y pequeños fracasos (tal vez el episodio de la fiesta de Pons sea un ejemplo de ello). Esta novela es esencial dentro de la historia de la literatura española contemporánea, no solo por su singularidad y especiales circunstancias (¿qué jóvenes autores son capaces de escribir una obra como esta con poco más de 23 años?) o por todo lo que la ha rodeado y que todavía hoy nos seguimos preguntando. Las historias que se intuyen detrás de lo que se cuenta tienen también su influjo sobre los lectores, pues no menos importante es aquello que se omite y calla en la narración. Quizás en tiempos de zozobra como los que vivimos ahora deberíamos volver a las obras que sustentan nuestra formación literaria y personal, aunque sea para sentir la desazón y angustia de Andrea, esa “chica rara” que protagoniza Nada.

 

Carmen Laforet, Nada, edición de José Teruel, Madrid, Cátedra, 2020.

Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) es una escritora argentina, especializada en el microrrelato. Uno de sus últimos libros, publicado en 2019, La Guerra (Páginas de Espuma), alcanzó a público y crítica, encumbrándola como uno de los referentes del género.  También ha incursionado en la literatura juvenil y la poesía mientras su narrativa no dejaba de obtener premios y reconocimientos.  Su último libro de cuentos, Sirena de río (Emecé) se publicó en Buenos Aires en 2022 y ahora Páginas de Espuma edita El cuerpo roto, una profunda reflexión sobre la enfermedad y la vida, sobre el deceso y la familia. Uno de esos libros donde los relatos parecen capítulos de existencias distintas, instantes capturados en una polaroid emocional con la que el lector se siente identificado. 

Padres e hijos, mujeres y maridos, sangre y amistad. Todo converge entre recetas, historia, hospitales y situaciones límite que, por su carácter humano, genérico, todos acabamos navegando. Inquietante en la brutalidad, en el manejo de los tiempos narrativos, el modo en el que se extiende la enfermedad por las páginas, de lo leve a lo terminal: lugares y situaciones, la desolación, las palabras que definen el miedo y también palabras que, quedándose en el aire, no acaban de significar nada. 

En el primer cuento, «Un canto a la vida», nos encontramos con el primer estadio de la simple molestia, conocido por todos, el del ibuprofeno y el paracetamol. Y vemos cómo crece, primero muscular, luego el movimiento. Es curioso que las mismas páginas se detienen un instante: el dolor y la enfermedad viajan a distintas velocidades. Hasta la llegada de la palabra-encrucijada, metástasis, desfilarán el tramadol y sus derivados. Es la supervivencia: la quimioterapia, la falta de sueño, la paranoia. La gran palabra, que siempre aparece, que está ahí. Cáncer. Un cuento impregnado de empatía, del que recibe el lector una lección cualitativa, doble: no abandonarse al chamanismo y sí a la ciencia. Y, por supuesto, una lectura de esperanza. 

Con «Rita y el doctor», otra enfermedad, otro lugar: la mente, que derrotada y presta, acaba siendo lucha más. Esa sensación que Shua transmite, de repetir lo mismo mil veces a mil personas distintas, los informes acumulados, la extrañeza del paciente frente al doctor, como si fueras, a la vez, su primer y último paciente. Y un delicado salto temporal, que olvida lo incómodo de lo sexual para llegar a la lenta poesía del olvido. Una extraña pasión, un cuento bellísimo. 

Mi favorito es «Casi una crónica», una especie de Hunter S. Thompson en el servicio público de la Argentina: gente que hace el aguante de lunes a jueves (“se la banca”) y acaba en urgencias el viernes o el sábado, salvando la semana como mejor pueden. Un paraguayo obeso, una chica rica que sangra, lo privado frente a lo público, un tipo sondado que vive en la calle, empatía -es un libro que sobrevive con un suministro infinito de empatía-, las risas, el atajo, la cocaína haciendo su aparición conforme avanza la noche. El whisky y la timba. Duros como estatuas, llega más droga, PACO (pasta base): “No bajes”, se puso dura la noche, llegó la policía, hay un charco de sangre, “Se pudrió todo en la guardia”. Un manifiesto de realismo sucio, casi periodístico. Volver a los setenta, cuando en la Argentina todo era técnico y político, «Técnicas modernas». Incluso el sexo se sometía a la teoría pura, igual que los volúmenes de marxismo, los había para el acto. Un forro, un frotamiento. Un amor inacabado, un recuerdo agridulce. No habrá más penas ni olvido. 

La belleza llega con «El cuerpo roto», una narración acelerada, de marido y mujer, una relación de largo recorrido. Cariño y espera, cuerpos estropeados, la confusión y el hermetismo del recuerdo. Cronometrando el cuento, envuelto en la melaza que siembra el olvido. Ella está muy viva. Hay demasiadas viudas en el mundo. Todos lo sabemos. Pero, por llevar la contraria, leo «Cuidar un gato», la tristeza es el reguero de un perfume, un abrazo que queda. Fue ella la que se marchó y el viudo no sabe qué hacer con la ropa. Una ligera sonrisa: «Vos no necesitáis una novia, necesitáis una empleada». Y llegar el desplome con un abrazo, con otra ausencia, porque la mascota, el gato, es la última luz encendida que dejó su esposa. La autora disecciona el paso del tiempo, sin caer en lo obvio, llegando a cada uno de los que leen, porque es un catálogo completo de personajes y estados, de momentos y recuerdos. 

«Los gaspáridos» es la complicación de una intervención, los grupos de WhatsApp, la autora describe el desgaste, la realidad frente a una estancia prolongada en un hospital, cómo todos tienen que seguir, de una manera u otra, primero los amigos, luego los familiares, finalmente los hijos, viviendo sus vidas. Al final, solo ella, esperando, de Buenos Aires al DF: «Lo vemos dos veces por día. No habrá más mensajes mientras no haya novedades». 

«Gaviotas en el bosque» es un cuento que aborda otra forma de amor y enfermedad. Padre e hija, anfetaminas y whisky, el desorden como forma de vida, la paciencia como solución. Un mazo de recetas, fotocopias y farmacias, pastillas, muchas pastillas. Un dibujo, el presente y el pasado. ¿Habrá futuro entre tantas propuestas truchas? Un dibujo, un animal, cien animales, el zoo: recurrir a la infancia. Estacionar en la paz. La búsqueda por internet, una diarrea, los hospitales como foco de problemas, la llegada de la dependencia. 

«Amín o la caída» es un relato de recuerdos, una vida en su final, donde lo imaginario se confunde con lo real. ¿Qué buscas? Pues un final magnífico y agridulce para ella, para Luis, para el otro, como nos ofrece la autora. De ahí, a un sueño de péplum, de Mónica y sus más de ochenta años. Esta vez, tía y sobrina. Las recetas como parte de la vida, ritmos de blíster y pastillas. 

«Unos días en la playa» habla del cansancio de la familia con una persona dependiente, pero también, de los fenotipos que la sociedad deja en sus márgenes, unos con más suerte que otros: adictos, suicidas, niños que extrañan a su madre, padres que dan miedo a sus hijos… al final, volver y volver. Como un tango fuera del tiempo. 

Uno de mis relatos favoritos es «Selva y el diablo», cómo emparenta la paranoia del proceso, con la revolución de 1955, con el peronismo, montoneros, la violencia y el monte, días bravos de comunismo y muerte. Pero, al final, la gente se junta alrededor de un cadáver al que frotan el pecho para mantenerlo caliente antes de la llegada de la familia. En tiempo de desaparecidos y violencia política, la gente sigue muriendo por enfermedad. Llámalo causas naturales, si quieres: «Sos un cadáver que camina». Una, la pelirroja, la que llevaba el control de un personaje, de Selva, en la célula, acabó muerta por un infarto, después de un ataque de asma, en centro de detención, torturada. ¿Qué se puede escribir sobre eso? Y cito, una frase, final de relato: «Y de la época del miedo no se hable más que es cosa triste», El final, con «Después de la muerte» es la conclusión perfecta: un instante, el teléfono que suena, cuando te relajas, cuando no lo esperas. Acudir al lugar, gastar en el viaje, en el taxi, lo que no gastarías si fuera un momento feliz. En el terror y la tristeza se gasta uno más. ¿Qué prefieres? La vida paralítica o la muerte definitiva:  «Todavía tiene el pecho caliente». La autora lo deja claro, del hombre no queda nada, el cadáver tiene la mandíbula sostenida, un cuerpo que es objeto. Y los que se quedan, los que nos quedamos, con pastillas para dormir, con casas, en la noche, vacías para siempre. El miedo a soñar que sigue vivo y el miedo, todavía peor, de despertarse y beber toda la tristeza de golpe. Leo, escucho, un bello final, de ansia en Plaza Francia, como la canción. Entre la vida y la muerte, incluso después, todos los estadios del hombre, una cronología de lo que nos hace humanos. 

 

Ana María Shua, El cuerpo roto, Madrid, Páginas de Espuma, 2025.

 

El libro He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes de Basilio Sánchez se alzó el pasado noviembre con el premio de la Fundación Loewe, sin duda uno de los más prestigiosos del actual abanico de concursos de poesía. Que un poeta tan discreto, tan poco dado a las alharacas y la exhibición como Basilio Sánchez se haya hecho con el codiciado galardón no deja de ser una buena noticia, al mismo tiempo que una saludable anomalía en tiempos mediáticos y revueltos como los nuestros. Que un libro tan sereno y plácido como el suyo haya llamado la atención del jurado habla también, en mi opinión, de la necesidad o el deseo de remansar las agitadas aguas de nuestro panorama poético: uno tiene la impresión de que optar por una apuesta tan clásica, comedida y equilibrada como esta es casi una declaración de intenciones.

La poesía de Basilio Sánchez ha ido decantándose con parsimonia y regularidad a lo largo de las tres últimas décadas. Autor de más de una decena de libros de poemas, Sánchez ha escrito sus versos con un espíritu totalmente ajeno a modas y camarillas, fiel a una austeridad verbal y unos presupuestos estéticos que le han venido acompañando sin desmayo hasta sus libros más recientes: el también espléndido Esperando las noticias del agua (Pre-Textos, 2018) y este que venimos a comentar. Es la suya una poesía tersa, pulida, hondamente arraigada en una tradición que Sánchez ha ido haciendo propia con los años y la experiencia, y que abarca desde el Antiguo Testamento (varios de sus modos de escritura arrancan de la poética hebrea, tan laboriosamente estudiada y documentada entre nosotros por Luis Alonso Schökel), pasando por nuestra Edad Media y nuestros Siglos de Oro, hasta llegar al simbolismo francés y el surrealismo, su heredero. Que tras ese extenso periplo de lecturas (a las que habría que sumar probablemente otras pertenecientes a la espiritualidad oriental) sigamos escuchando, nítida y sin impostar, la voz propia del poeta no es uno de los méritos menores de la obra de Sánchez.

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es un libro orgánico, distribuido en forma de tríptico y coda, cuyos poemas sin título (solo las tres partes lo tienen) parecen con frecuencia fragmentos, piezas de una unidad mayor: como teselas de un mosaico. Algo parecido sucede a menudo con las estrofas de los poemas: tomadas de una en una, aisladas del resto, muestran una cohesión que las hace brillar como aforismos o metáforas aisladas. Por contraste, la inserción de cada estrofa en el poema, como la de cada poema en la parte a la que pertenece, es frecuentemente problemática, misteriosa. Sánchez opera a menudo mediante la suma (la colección) de afirmaciones vibrantes con valor de máxima y deja al lector la libertad de elegir cuáles son las conexiones que se dan entre sus aserciones. Por ello abundan la impersonalidad y el presente gnómico, tan evidentemente encarnados en la abundancia de la forma Hay; por ello, también, el libro contiene varios poemas que adquieren el ritmo y el tono de la salmodia o que se acercan, tal vez de un modo no totalmente consciente, a la enumeración caótica y a la definición. Comentaré algunos ejemplos.

Son declaraciones con valor categórico que inciden en uno de los temas principales del libro: la naturaleza de la propia escritura poética: “Escribir un poema es andar sobre las aguas, / confiarnos a lo bueno del mundo”. (pg. 57). “Escribir un poema / supone, de algún modo, regresar / otra vez al principio, / al hervor silencioso de la nada, / al caldo primigenio / y a los cielos sin luna, a la inminencia / de las casualidades y los astros”. (pg. 63). “Uno escribe un poema para sentirse vivo. / Uno escribe un poema / para que otro descubra que estás vivo”. (pg. 62). Estas afirmaciones, a menudo vinculadas con un espacio de intimidad someramente descrito (una lámpara de cobre, una mesa de madera, una ventana), tienen el valor de un programa vital: la primera asocia la escritura poética al ámbito de la espiritualidad de raíz cristiana; la segunda, a la fuerza adánica de lo todavía nunca dicho, lo aún inexistente (con Huidobro, probablemente, guiñando un ojo al lector desde una esquina de la página) y, por ende, con la oscura voluntad de fundar un mundo verbal; la tercera, en fin, se lanza a la búsqueda de un interlocutor capaz de acoger estos versos como quien acepta a un huésped en su casa.

En cualquier caso, las tres desvelan también que más que el mundo natural, la inmediatez de lo vivo, el paisaje natural constantemente evocado en el libro es de naturaleza eminentemente verbal, mental, simbólica e icónica. No es que lo sensorial esté totalmente excluido, como tampoco lo está lo anecdótico. Es más bien que los sentidos se difuminan y aminoran tras una gruesa capa de reflexión estética y moral; y que la escasa anécdota, reducida a la mínima expresión, se ve sometida al quietismo que palpita en todas las definiciones, las afirmaciones en presente, los pensamientos que parecen tallados en la piedra: “La realidad es un relámpago que persiste”. (pg. 13); “Somos hijos de un árbol / Al que le falta sólo una manzana”. (pg. 16); “El que entiende de pájaros entiende de narcisos”. (pg.17); “No hay ningún escritor / que no se sienta abandonado por las estrellas”. (pg. 18); “El poeta no ha elegido el futuro. / El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. (pg.22). Son todos ejemplos de la primera parte del libro.

En su conjunto, la música de los versos (a menudo versículos) de Sánchez se fía principalmente al significado y el poder evocador de las palabras, prescindiendo con frecuencia tanto de la prosodia clásica como de la medida silábica. Es la suya una opción deliberadamente austera que a menudo aproxima el ritmo del texto a la prosa de ideas, y que va calando poco a poco en el lector. Y hay en ello una más que probable elección moral: en vez de deslumbrar, el poeta pretende sugerir; en vez de epatar, empapa. Él mismo afirma “que no nombra las cosas con grandeza, / sino con gratitud”. (pg.79), y un poco antes: “Yo creo en el poema / que es capaz de sumir al que lo lee / en el mismo silencio / que el ejercicio a solas de la propia escritura / consigue suscitar en torno a sí.” (pg. 74). Ese deseo de comunicación sincera, esencial, tan alejada de la frivolidad y el lugar común como de la grandilocuencia vacía, es uno de los rasgos más valiosos del libro: “La poesía es el oficio del espíritu”, llega a decir en la página 44, en uno de los más logrados momentos de la obra.

Y de ahí, de ese constante deseo de trascendencia, de ese valor adánico, convocatorio, que Sánchez otorga a la palabra poética, extraigo yo la afirmación con que abría esta reseña. Dice el poeta en la página 22: “Amo lo que se hace lentamente, / lo que exige atención, / lo que demanda esfuerzo.” ¿Acaso no es esta toda una declaración de intenciones, una aguja de marear en los actuales mares revueltos de la poesía nuestra de hoy? Basilio Sánchez ha escrito un libro deliberadamente austero, demorado y reflexivo que pretende regresar a la raíz, al fondo de lo poético, y al fondo de lo humano. Ya solo el esfuerzo, la atención puesta en ello, merecen la lectura. –AGUSTÍN PÉREZ LEAL

 

Basilio Sánchez, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, Madrid, Visor, 2019

Último número

  • Revista Cultural TURIA Número 156

    Revista Cultural TURIA Número 156

    El nuevo número de TURIA dedica su monográfico a rendir un homenaje internacional a la escritora y periodista Rosa Montero, que figura entre los creadores en español de mayor repercusión global. Más de 100 páginas de textos inéditos de autores y estudiosos de diversos países se dedican a analizar y divulgar las claves de su trabajo creativo. También dedicamos artículos originales a Antonio Machado, al celebrarse el 150 aniversario de su nacimiento; Martín Caparrós, Gerald Murnane y Joyce Carol Oates. Conversamos en exclusiva con Pilar Adón y con el editor Juan Casamayor. Publicamos narraciones inéditas de Claudio Magris, Pilar Adón, David Uclés, Mariana Sández y Joaquín Berges, así como una selección de la mejor poesía española actual, con autores ya acreditados como Luis García Montero, Jordi Doce, Francisco Ferrer Lerín y Raquel Lanseros, junto a nuevas y valiosas voces emergentes. En ensayo, dos contenidos sobresalientes: un artículo sobre la vigencia y el interés de Hannah Arendt, la pensadora más importante de la historia de las ideas y otro texto inédito dedicado a estudiar el libro más reciente de Adela Cortina sobre la inteligencia artificial.     

Artículos

por Enrique Andrés Ruiz

Las fotografías y los demás testimonios hacen ver a un hombretón grande y pesado, con anchas caderas, que seguramente se balanceaba al andar. Luego están la ceniza sobre las solapas, el cuello sucio de la camisa, los lamparones. Un día oí a Rafael Alberti contar (como si fuera suya) la anécdota del huevo frito seco, pegado a un butacón en una de las casas alquiladas por los Machado en Chamberí, que había contado Juan Ramón Jiménez. Alfredo Marqueríe, un antiguo crítico teatral, de joven lo trató en Segovia; los chavales paseaban con él hasta el río, el Eresma; de vuelta, hacían escalas en las tabernas que encontraban por el camino.

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por Marta Pérez-Carbonell

La voz de Rosa Montero es reconocible entre en millón; su trayectoria, única; y su obra, inmensa, de una calidad y audacia difíciles de comparar con la de ningún otro escritor. Desde Turia, hemos querido indagar en lo insigne de su literatura, rindiendo homenaje a la obra monterina con un monográfico que se acerque a sus orígenes y a lo que la define, a la esencia de sus libros, y también a lo que queda en los márgenes. La autora ha recibido multitud de reconocimientos y premios tanto por su labor periodística como literaria. Sin ir más lejos, ha sido Premio Nacional de ambos, de Periodismo en 1980 y de las Letras en 2017.

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