Suscríbete a la Revista Turia

CARMEN OLLÉ Y ENRIQUE ANDRÉS RUIZ DAN A CONOCER EL ESPECIAL “LETRAS DE ESPAÑA Y PERÚ”

MARIO VARGAS LLOSA, ENRIQUE VILA-MATAS, PERE GIMFERRER Y FERNANDO ARAMBURU FORMAN PARTE DE UNESPECTACULAR SUMARIO DE MÁS DE 100 AUTORES  

La revista TURIA se presentó el 25 de julio en la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL LIMA) un número especial denominado “Letras de España y Perú”. Este espectacular sumario contiene textos inéditos de más de 100 autores españoles y peruanos y ocupa 500 páginas. Se trata de una iniciativa cultural enmarcada en el conjunto de actividades que protagoniza España como país invitado de la FIL de Lima en 2018 y ha sido posible gracias al apoyo económico del Ministerio de Cultura y Deporte. Sin duda, supone una magnífica oportunidad de fomentar la colaboración cultural entre ambos países.

Leer más

 

            --¿Ha visto usted qué olas más altas trae hoy el mar?—me preguntó doña Margarita.

            El mar estaba embravecido y el calor era denso. Parecía que el verano nos daba una tregua, pero eso fue ayer, cuando hubo cielo cubierto; hoy, en cambio, el verano ha llamado a la puerta de nuestros cuerpos con una piedra rusiente. Doña Margarita fumaba un cigarrillo falso, un cigarrillo electrónico, y miraba las olas. Había tomado sus pastillas con medio café con leche, con leche fría, para que el café remita su calor.

            --Es un día maravilloso—contesté, porque a doña Margarita hay que seguirle la conversación, si no se entristece.

            --Todos los días son maravillosos, querido amigo. A menudo las ambiciones inconcretas hacen desgraciadas a las personas. En cambio, ambicionar algo tan presente como respirar y ver y disfrutar del sol nos hace dichosos, tal vez eso sea todo cuanto hay que saber en la vida. Y hay que vivir los días, vivirlos sin culpa. He sido una mujer afortunada. He enterrado a todos mis maridos pero a ninguno de mis hijos, ¿no cree usted? Es una ley de la naturaleza, jamás debes de vivir más años que tus hijos, y la naturaleza ha sido buena conmigo, y le estoy agradecida. El agradecimiento es un sentimiento que ya no existe en este mundo. Pero el mundo siempre está inventando sentimientos, así que seguro que el agradecimiento habrá sido sustituido por otra cosa, seguramente más interesante, otra cosa que habré de perderme.

            --Por supuesto, doña Margarita, es usted muy afortunada.

            Me levanté de la terraza en la que estábamos y fui a por el álbum de fotos. Cuando se acerca el mediodía a doña Margarita le gusta hojear el álbum. Mientras hojea el álbum tengo que ponerle crema en la cara. El sol junto al mar es ya veneno para la gente mayor, y más en verano. Comienzo a extender la crema sobre su cuerpo dañado, y ella sonríe.

Doña Margarita, desde su infancia, pasa los veranos en esta villa italiana a orillas del Adriático, con terrazas sobre el mar y muebles restaurados, muebles de finales del siglo XIX, de altas proporciones, con cajones cerrados con llave, y con las llaves perdidas.

En la Agencia me dijeron que tuviera mucho cuidado, me proporcionaron un protocolo muy complejo, lleno de normas. 

            Doña Margarita me pide ahora que la lleve junto a la piscina. Como ella no puede nadar, le gusta que nade yo.

            --Vamos, hombre, quítese el bañador, no se haga usted el remilgado, quiero verle desnudo, a mi edad, ya imaginará usted que el único placer que me queda es el de la vista. Me gusta ver nadar a los hombres. Tiene algo de lucha contra los elementos desatados de la naturaleza. Es algo muy erótico ver nadar a un hombre desnudo, golpear el agua con los brazos, con las manos. Es muy adánico, si es que existió Adán. Ojalá hubiera existido. Los mitos de la Biblia son tan simples como hermosos.

            Es una piscina grande y antigua, de las que aún cubre; calculo que la parte más honda rondará los tres metros; está decorada con unas baldosas azules bellamente envejecidas; las escaleras están restauradas por una empresa florentina, hay una fecha: 1967. Me gusta tocar el fondo con las yemas de mis dedos y pensar en otras yemas de otros dedos que han hecho lo mismo a lo largo de estos últimos cincuenta años.

Me doy un baño y nado un rato, intentando que doña Margarita disfrute de mi exhibición. Me pide que nade con estilo mariposa. Y lo hago. El agua está caliente, y me acabo de percatar de que sobre la superficie flota un minúsculo ratón ahogado, casi ha entrado en mi boca.

            --Los veranos en Italia son un lujo exquisito—dice doña Margarita—lástima que ya no pueda beber ni siquiera un vino blanco. Pero como estoy perdiendo la memoria, ya no recuerdo los maravillosos efectos del vino blanco. ¿Por qué serían maravillosos, no? Perder la memoria, querido amigo, es también estar con la vida. Si la vida ha decretado que olvide lo que fui, bienvenido sea el olvido. No se puede oponer uno a lo que la vida decreta. La memoria lo es todo en la existencia de un ser humano, pero perderla puede ser también el anuncio de una existencia nueva. Tal vez cuando resucitemos, si es que resucitamos, lo hagamos sin memoria de nada. Todos los seres humanos que han pisado este mundo creyeron que sus memorias eran sólidas, y pensar así solo es vanidad. La memoria es vanidad. El olvido es humildad. Como mucho, nos quedan las fotografías, que encierran al demonio de la muerte.

            Doy la mano derecha a doña Margarita, ya que en la izquierda llevo el cuerpo del ratón ahogado, y caminamos hasta la orilla del mar. Llevo al ratón colgando de su cola, y se balancea su pequeño cuerpo, donde la asfixia se trasluce en la mueca de su boca como petrificada, casi parecida a un pez. Pienso en si su cola se resquebrajará y el cuerpo del roedor irá a chocar contra el suelo, pienso en  si esa cola es capaz de soportar el cuerpo del que procede.

Doña Margarita quiere entrar en el mar, al menos mojarse los pies. Hace un intento y se echa atrás, y se ríe de su coquetería con el agua.

--El agua siempre está fría en la primera impresión, pero la primera impresión, pese a lo que se dice, siempre es dudosa.

Me quedo mirando sus pies, que aún conservan la perfección que debieron de tener hace muchos años. Sus uñas están pintadas de rojo con primor, le hicieron la pedicura ayer, es un rojo gel, el más caro, el más resistente. Un rojo perfecto en unas uñas gastadas y deformes, que ahora el agua salpica.

Arrojo el ratón a las olas --sin que ella lo advierta, aunque está muy distraía-- que lo traen de vuelta a los veinte segundos, posándolo junto a los pies de doña Margarita. El ratón era una cría, y junto a los pies ancianos compone un cuadro que parece una paradoja moral: lo recién nacido está muerto, y los pies deformes y vetustos de doña Margarita siguen vivos.

No se ha percatado de la innoble criatura que ha pasado rozando sus pies, pues su vista se está agotando. Tal vez sepa que está delante del mar por el sonido, o por la visión de una mancha azul,  y por el olor a salitre, o por el viento, que mueve sus cabellos blancos, que son escasos, y dejan ver la piel del cráneo de doña Margarita.

            La villa está llena de cuadros, fotos y recuerdos de familia. No acabo de entender muchas de esas fotos. Ni los cuadros. Componen un cosmos familiar que a estas alturas ya será inexplicable. Abuelos, tíos, padres, primos, cuyas vidas en este presente no exceden a la que el ratón perdió anoche, en la piscina.

            En la Agencia me dijeron que nunca hiciera preguntas, que dejara que doña Margarita hablara. Pues suele hablar mucho, y le gusta hablar, comentaron con una sonrisa que no supe interpretar.

Es decir, que solo puedo llegar a saber de doña Margarita las cosas que doña Margarita tenga a bien contarme o aquellas cosas que yo pueda deducir de lo que veo, sin entrar en averiguaciones de ninguna clase. Esta norma no me ha costado nada cumplirla, porque de repente Doña Margarita anula mi curiosidad. O tal vez mi curiosidad se esté derrumbando misteriosamente, como si en el fondo supiera todo cuanto es necesario saber.

            Por la noche, viene a vestirla una chica del pueblo. Tengo que telefonear al restaurante Ludovico, para que traigan el catering. Y cenamos doña Margarita y yo. Doña Margarita aparece con un vestido blanco, de seda blanca de Tailandia. Rita, la chica del pueblo, la ha vestido con esmero, con paciencia. Rita llama a doña Margarita “la bruja”, y no sé por qué se lo permito. No debería hacerlo. Rita me pone a prueba, estoy seguro, quiere saber hasta dónde puede criticar a doña Margarita en mi presencia, para ella es como un entretenimiento.

Cada noche tengo que ser un hombre diferente, eso lleva su preparación. Los de la Agencia me dieron un dosier completo. Son variantes de tres personajes: Luigi, Alfredo y Nikolay.

Fueron los tres maridos a los que doña Margarita le gusta recordar. Hubo un cuarto, lo sé porque aparece en las anotaciones de la Agencia, pero parece ser que ese cuarto marido es un misterio. Luigi es el marido italiano, Alfredo es el marido argentino y Nikolay es el marido ruso. En esta velada toca Nikolay.

            --Nikolay, llevas una camisa perfecta esta noche, qué noche más hermosa de verano. ¿Te acuerdas, querido, que fue una noche de verano cuando tú y yo nos conocimos? Y fue en París.

            Si ella dice París, los documentos de la Agencia formulan que yo debo siempre sugerir que fue en Roma. Aclaran los documentos que a doña Margarita le gusta coquetear con hechos del pasado sucedidos en esas dos ciudades.

            --No,  amor mío, fue en Roma.

            --En Roma, oh, sí, fue en Roma. En París fue con Alfredo. No te pongas celoso, amor mío.

            “Doña Margarita adora el verano, usted debe situar siempre que le sea posible la conversación en el verano”, esas fueron las palabras textuales que me dijo el director de la Agencia en la conversación que mantuvimos, aunque también está muy bien explicado en el protocolo. El director, al ver mi rostro interrogante, asomó una breve explicación: “sí, es porque ella nació en el sur de España, para ella el verano es la única estación que existe”. En eso puedo que yo piense lo mismo,  aunque en este trabajo no me está permitido pensar, y pagan muy bien. Jamás como actor de teatro tuve un trabajo tan bien pagado. El verano si eres español tiene una dimensión especial. Por la noche viene una enfermera para acostar a doña Margarita. Es muy distinta a Rita, porque Rita es guapa e inocente. La enfermera, en cambio, es bastante desagradable; sin embargo, también insulta a doña Margarita y la llama “la hechicera bizca del demonio”.

 Mi trabajo solo es la conversación, ponerle crema en la cara y el fingimiento. Y hacer pequeños recados, acercar una silla, acompañar a doña Margarita y fingir, fingir que han llamado sus seis hijos, y sus doce nietos. Allí sí que el trabajo es más complejo, porque tuve que meter en mi cabeza un montón de personajes, todos de carácter secundario. Son dieciocho personajes imaginarios, más tres maridos muertos, que fueron reales, según parece. “Sí, sus maridos fueron reales, lo verá en los documentos, sea cuidadoso con esa documentación, es confidencial, y le va en el sueldo su confidencialidad”, dijo el director.

            Noto los dedos de la mano de doña Margarita corretear sobre mi pecho como si fuesen las patitas nauseabundas de un ratón, esa mano que sube hasta mi cuello, y hace un calor fantasmal, porque es un verano muy húmedo y pegajoso y hediondo. Y doña Margarita me besa, porque dormimos juntos, y por eso está tan bien pagado este trabajo, porque yo soy su cuarto marido, el más joven que tuvo, al que le sacaba cincuenta años y el que murió de un golpe de calor. Ahora me parece que doña Margarita me contempla con su ojo bizco. El sol en la cabeza es malo no solo para los ancianos, sino para toda clase de seres vivos.

 

 

una a eme

 

con el hechizo del xilófono

ese que aparece en mis sueños

he decidido recrearte una vez más:

definirte trato

 

como al fuego

 

los primeros hombres.

 

dos a eme

 

dándole curso a esta crudísima lectura

he decidido darte forma desde la nada

 

con la galopante intensidad de mis huesos

con la fragilidad rauda de mis párpados

con todo mi arsenal de cebos y maquinaciones líquidas

con todo mi cuerpo de estrella cazadora

te encierro entre mis flechas

y te me escapas como siempre.

 

tres a eme

 

enmarcarte es como mirarse en un espejo

un proceso meramente letal

 

enmarcarte es como forzarme

con mordazas diferentes

a mirarme en un espejo

y ver ese cadáver descampado

en toda su extensa lejanía.

 

¿Puede una biografía de X ser, al mismo tiempo, una autobiografía de Y?  ¿Puede una “verdadera historia” de un personaje del siglo XVIII, el infante don Luis de Borbón, ser la verdadera historia de Ángel Alcalá, “impertérrito filósofo, teólogo radical y mediocre escritor” de nuestros días, como se retrata en esta novela a uno de sus protagonistas, Anselmo Galván?

 

Pues aunque parezca la cuadratura del círculo, no solo es posible, es cierto.  Para empezar, es cierto que Alcalá es un impertérrito filósofo, es cierto que es un teólogo radical, y en cuanto a lo de “mediocre escritor”, ¿quién no lo es si nos comparamos con Shakespeare, Cervantes, Flaubert o Thomas Mann, por poner algún ejemplo?

 

Ya sabemos que todo lo que escribimos está sustanciado por nuestra particular biografía. Pero hay casos en que esta identificación de lo ajeno con lo propio es mayor, casi un trasunto.

 

Y es que esta novela de nuestro ilustre filósofo, teólogo y escritor  Ángel Alcalá, además de mucho rigor histórico, de mucha consulta de documentos, está llena de trasplantes y guiños personales. Y no solo en la personificación del autor con su declarado “alto ego”, Anselmo Galván -- “Yo bajé de posible cardenal a profesor y modestillo aprendiz de escritor”, se lee, y, quienes sabemos que los familiares de Alcalá ya pensaban en él como cardenal reconocemos el guiño--, o en el hecho de poner en boca del infante don Luis la mayor parte de sus personales elucubraciones existenciales…, sino también en el retrato de su compinche dialogal, el erudito canónigo Juan Ángel Gimeno, amigo personal del autor, o en personajes como Jesús de Vived, don Teofrasto, Agustín Piña…, y en muchas otras incidencias a lo largo del laborioso texto de Alcalá, que cuando justifica al infante don Luis, o critica acerbamente a  Carlos III, trasluce hechos de su propio curriculum, que se nos aparecen como una especie de ajuste de cuentas, o como una forma catártica de hacer aflorar sus demonios interiores.

 

Todo esto, que puede ser bueno o malo, es indiferente literariamente,  porque lo que estamos tratando (aunque en alguna ocasión adivinemos una tesis doctoral camuflada) es, sobre todo, una novela, una novela histórica, y a una novela histórica  podemos y debemos, pedirle, además de rigor histórico, imaginación, elucubración, hipótesis, ucronías,  con que rellenar lo que la historiografía académica, sujeta solo a lo documental, no alcanza a completar lo que podría haber sido.

 

Pueden los historiadores juzgar La infanta y el cardenal desde el punto de vista académico, pero si uno se atreve a enhebrar una novela lo que debemos pedirle es que lo sea, de verdad, convincente, verosímil, apasionante también, por más que la etiqueta de histórica comprometa, y limite mucho, al tiempo, la libertad creadora que se exige al género.

 

Y que me perdonen los entomólogos de la literatura, pero creo que etiquetar las novelas en modalidades no hace sino confundir la sustancia de un género. Por resumir el asunto de la novela de Alcalá, digamos que un tal Anselmo Galván (recordemos que Galván es el segundo apellido de nuestro autor) está empeñado en escribir la biografía del infante don Luis de Borbón, hermano de Carlos III. ¿Quién es este Galván? Nos dice el autor que dedica la vida a la docencia, que “ni ocultaba ni ostentaba (o sea, que no hacía ostentación, rectifico al autor) su antigua condición de sacerdote”, que es  “oriundo de una villa bajoaragonesa”, “amante de la vida, de la música, del arte, y apasionado por la libertad” y “abierto a todo aire de doctrina”.

 

Pues bien, este Galván, tan alcalaíno, con el fin de escribir esa biografía se desplaza a Zaragoza, para reunirse con la viuda del infante don Luis, doña María Teresa de Vallabriga, que habita el palacio de Zaporta. Allí, entre las conversaciones con la Vallabriga, la lectura de su “Diario” (apócrifo), los papeles de “Recuerdos y olvidos” (título ayaliano) escritos por don Luis (también apócrifos), cartas y documentos, reales o ficticios, apoyaturas de los escritos del embajador Fernán Núñez, utilización de la “memoria engañosa”, y recreaciones varias de la vida cortesana, se va enhebrando, a modo de gran tapiz goyesco, con constantes regresos al pasado, el retrato de una época, la borbónica, a partir de Felipe V y sus primeros sucesores. Como un nuevo Goya retratista—recordemos la familia de Carlos IV o la del propio Luis de Borbón--, Alcalá va fijando su atención  en cada uno de los personajes, hasta ofrecernos una radiografía de personalidades y comportamientos.

 

Como ya he apuntado, pero ahora amplifico, deduzco que lo que ha llevado a un historiador tan riguroso como Ángel Alcalá a probar fortuna en la novela, aunque se trate de una novela histórica, es una suerte de identificación personal con el destino vital  del infante don Luis. Ese paralelismo de vidas, por muy distante que pudiera parecer entre figuras de tan distinta temporalidad y condición,  tiene sin embargo un punto en común que, sin duda, no podía reflejarse adecuadamente en un libro de historia pura: el autor necesitaba de la libertad que permite el relato novelesco para plasmarlo.

 

La novela, pese a su dual título, La infanta y el cardenal, tiene un solo protagonista: el infante don Luis, es decir, el cardenal.  La infanta es como una receptora de los recuerdos y vivencias del aquel, su egregio y apesadumbrado esposo. Y se sustenta   en dos ejes: la crisis de conciencia del infante, en una primera parte; y en el tema de la irregular sucesión a la Corona, que constituye el tema predominante que recorre toda la novela.

 

En torno a don Luis, asistimos a la sucesión de monarcas y favoritos, de familiares y amigos, de cortesanos y políticos, de gentes de la cultura y el espectáculo que rodean al protagonista. Frente a los estereotipos de la historia más divulgada, Alcalá abunda en aquellos aspectos que los contradicen o que nos dan aspectos ignorados del inframundo cortesano.

 

Alcalá parece querer poner en entredicho no solo a la historiografía oficial sino la académica más o menos consagrada. Y un mérito de esta novela es la imagen menos conocida que nos ofrece de sus protagonistas. Acierta de pleno. Sus semblanzas de los grandes personajes de la aristocracia española de aquel tiempo no dejan de ser insólitas, al menos para someros conocedores de la historia, como el que aquí les habla.

 

Entra en la intimidad de sus hábitos cotidianos, pero siempre apoyado en la pertinente documentación.  Su margen de ficción, de fabulación para los personajes históricos es prácticamente inexistente, como temeroso de faltar al rigor histórico, de dar a la novela un carácter metahistórico.

 

Aún así, su mirada se posa novedosamente en aquellos aspectos menos frecuentados por la historiografía habitual, que pasa por encima de esos aspectos más íntimos y cotidianos presumibles, verosímilmente presumibles, que dan a su ficción un talante verídico.

 

Donde mas brilla el Alcalá novelista es en esas deliciosas conversaciones en la Casa de Zaporta en las que María Teresa cuenta su vida, acompañada de su hija María Luisa, del enigmático Francisco del Campo, de Galván y del canónigo Juan Ángel. O en esos paseos por ciudades, villas, palacios y vida cotidiana.

 

Otro de los leit-motiv recurrentes de la narración alcalaína es la continua referencia a la sexualidad como determinante de hechos y conductas, poco habitual en el discurso historicista, lo que da a su narración otro de sus aspectos más personales. Sus descripciones amorosas tienen un potente latido erótico, como en el encuentro  de la infanta Maria Teresa con Francisco del Campo, o el de la noche de bodas de la infanta y don Luis.

 

Y hay una permanente preocupación por definir el sentido de la historia, lo que debe hacer un historiador, que lo sea de verdad. El texto está lleno de reflexiones al respecto, que parecen, como ya apuntamos antes, querer enmendar la plana a los historiadores de oficio.

 

Pero lo que sin duda más diferencia a esta novela histórica de las habituales del género es que la narración no se limita  a novelar una historia, más o menos conocida, sino que participa de los andamiajes de una novela de tesis, en la que se propone y defiende una nueva visión de la historia que rompe interpretaciones anteriores: me refiero, como ya he señalado, a la figura de Carlos III que, a partir de los documentos y de las reflexiones de los protagonistas,  aparece con un perfil muy distinto al que estamos acostumbrados y nos da una opinión de su personalidad poco acorde con la que, generalmente favorable, nos ofrece la historiografía habitual.

 

No sé si el autor se excede en su negativo retrato del monarca ilustrado en su afán de defender la figura del infante don Luis, que, por otra parte, frente a la simpatía que le muestra el autor, no deja de aparecer, por sus hechos y actitudes, como un personaje acomodaticio, abúlico, tímido, tibio, atolondrado, miedoso, timorato,  incapaz de tomar las riendas de su destino, sometido sin orden ni medida a sus pasiones amorosas, atolondrado…, cuya educación, cultura, liberalidad de ánimo no son capaces de evitar que sea juguete pasivo de los acontecimientos. En suma, la tesis que plantea Alcalá, su defensa del infante, no creo que salga muy bien parada, y en hechos como la decisión de don Luis de casarse con una prostituta parecen dar la razón a Carlos III en su trato al hermano, que se nos aparece, pese a los esfuerzos del autor, como un atolondrado de poca personalidad.

 

De todo lo dicho creo que estamos  ante una novela que pretende dar una visión poco convencional de un periodo de la historia española, como un tapiz goyesco aunque visto desde su revés, es decir, donde los nudos de la urdimbre revelan su artificio, su última fabril realidad, como un ajuste de cuentas a la propia historiografía, aunque apoyado en ella, y de paso, como una oportunidad del autor de explicarse a sí mismo, a través de sus dos “alter egos” en la trama: el infante don Luis y el filósofo, teólogo y escritor Anselmo Galván. Una autobiografía oculta en una biografía.

 

Para los que somos curiosos de la historia, o mejor de la intrahistoria, esta es una novela reveladora, genuina, que hemos leído ansiosamente con el ánimo de escrutar sus más o menos recónditos o transparentes rincones, porque sabemos que, en ella, tanto la verdad como la ficción son, al cabo, una misma cosa, y siempre nos apasiona escuchar palabras verdaderas.- JUAN DOMÍNGUEZ LASIERRA.

 

 

Ángel Alcalá, La infanta y el cardenal. La verdadera historia del matrimonio morganático de don Luis de Borbón y Farnesio y María Teresa de Vallabriga, Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

 

 

 

 

 

 

 

Último número

  • Revista Cultural TURIA Número 127

    Revista Cultural TURIA Número 127

    LETRAS DE ESPAÑA Y PERÚ

    En estos más de 100 nombres propios de las letras hispano-peruanas son todos los que están. Bastará con decir que nos ocupamos, entre otros de Mario Vargas Llosa, Enrique Vila-Matas, César Vallejo, Pere Gimferrer o Julio Ortega. 

    Este número de la revista se titula “Letras de España y Perú”. Y no por casualidad, porque la nómina y los textos inéditos de los autores de ambos países que participan son también de gran interés: Fernando Aramburu, Santiago Roncangliolo, Juan Manuel Bonet, Eloy Tizón, Alonso Cueto, José Carlos Llop, Sara Mesa y Jorge Eduardo Benavides, por citar sólo algunos de los más conocidos, escriben en TURIA.

    Y, como contenido estrella, un espectacular monográfico sobre “Literatura peruana actual”. Lo dicho: no se pierdan esta nueva entrega que pretende ofrecer una panorámica plural y atractiva de nuestra literatura y que se presentará en la Feria Internacional del Libro de Lima, en una edición dedicada este 2018 a España.

Artículos

por Mercedes Monmany

Habitante fijo, fielmente diseccionado y minuciosamente seguido en la prensa y publicaciones literarias de referencia más importantes tanto de España y Latinoamérica como de Francia –y quien dice Francia, dada la enorme influencia cultural que sigue detentando este país, dice en todo el panorama mundial- las obras de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) son periódica y entusiásticamente recibidas como auténticos clásicos contemporáneos. Sin ir más lejos, los mejores críticos literarios y, sobre todo, los más cómplices y hermanados, en ese gran árbol genético-literario que este autor ha ido construyendo, y revelando, libro tras libro, a lo largo del tiempo, le han dedicado brillantes páginas y ensayos en la patria de Voltaire y Rousseau o, si se prefiere, de Flaubert y Proust.

Leer más
por Félix Terrones

Hablar de literatura peruana actual supone asumir demasiados riesgos. No me refiero solamente a las susceptibilidades que están en juego, ni siquiera a la inevitable omisión de nombres y títulos, sino a la cercanía con el objeto. Estamos obligados a observar cada detalle, por mínimo que sea, con la esperanza de que sea más general que el resto, la ilusión de que se trata de una característica antes que un accidente. Ajeno al pensamiento doctrinario, no puedo más que proponer una reflexión que aborde aspectos valiosos a la hora de pensar en lo que denominamos literatura peruana.

Leer más

Números anteriores