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SEGÚN LA AUTORA DEL ENSAYO EL PUENTE DONDE HABITAN LAS MARIPOSAS, “HAY DEMASIADA EUFORIA CON LA IA, PERO BIEN UTILIZADA PODRÁ HACERNOS MEJORES” 

YOLANDA CASTAÑO, UNA DE NUESTRAS POETAS MÁS INTERNACIONALES, LO TIENE CLARO: “LA POESÍA ES UNA EMOCIÓN QUE PIENSA” 

TURIA TAMBIÉN PUBLICA UN OPORTUNO ENSAYO DEL JUAN J. VÁZQUEZ SOBRE VIRGINIA WOOLF Y EL CÉLEBRE CIRCULO DE BLOOMSBURY, EN EL QUE EXAMINA EL PAPEL DEL INTELECTUAL CONTEMPORÁNEO Y SU RESPONSABILIDAD MORAL 

Los lectores del nuevo número de la revista TURIA, que se distribuye este mes de junio, podrán disfrutar de dos entrevistas a fondo y en exclusiva con dos protagonistas de perfiles muy diferentes pero que comparten una intensa trayectoria que acredita la pasión con que ejercen sus respectivas inquietudes: la investigación y divulgación científica en el caso de Nazareth Castellanos y la creatividad literaria en el de Yolanda Castaño. A ese dato se añadiría, sin duda, otro ingrediente fundamental: ambas han hecho del cultivo de sus intereses intelectuales el motor que ha guiado también sus vidas. Por otra parte, y si tenemos en cuenta la proyección y el reconocimiento que sus respectivas obras y personalidades han obtenido a nivel nacional e internacional, resulta acertado afirmar que son dos nombres propios de indiscutible relevancia para la cultura en español.

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Un poco de contexto

Si, a pesar de las promesas emancipadoras de progreso técnico científico, se ha instalado la más zafia posmodernidad propagando su ubicua autoironía, si progresa la división de la humanidad, si se intensifica la destrucción del planeta, si aumentan el miedo y la violencia, si se aloja la sensación reprimida de que todos nos encontramos atrapados en un sistema indeseable que no podemos cambiar, si seguimos ignorando en qué consiste ser humanos, si la recurrente presencia del mal, la injusticia, la codicia y el sufrimiento nos rodean, Rob Riemen se suma con paso decidido a la lucha de las ideas y nos ofrece un consuelo esperanzado atendiendo a lo que considera la clave del problema: la educación del ser humano. La sociedad ha relegado el acceso a una oportunidad de regeneración basada en una verdad humana de pretensión universal de la que Riemen se erige en portavoz. Frente al adocenamiento materialista, la simple estupidez y la decadencia consiguiente, pretende rescatar los valores humanitarios clásicos cuyas raíces filosófico-políticas se hallan en Sócrates y Platón. En su obra destaca la fuerza del espíritu humano para afrontar los rasgos desmotivadores de una cultura que obtura la posibilidad de alumbrar un futuro en el que el ser humano se reconozca en la mejor versión de sí mismo.

Rob Riemen es un pensador neerlandés que fundó en 1994 el Nexus Instituut, un foro independiente que cuenta con la colaboración de renombrados intelectuales de todo el mundo. El Instituto dirige sus esfuerzos de reflexión y debate a rescatar la tradición humanista europea para acercarla al público en general, desarrollando un encomiable diálogo en busca de la verdad y la civilidad amenazadas. Entre sus fines más importantes, busca contrarrestar la prevalencia que han adquirido en la sociedad actual el enfoque unidimensional de la ciencia, la tecnología y los valores comerciales. Este proyecto enmarca la publicación de obras –que en España está traduciendo la editorial Taurus– en las que, a través de la revisión de sucesos fundamentales e hitos de la cultura, se reúnen asuntos dispares sobre los que el autor exhibe un vasto conocimiento de la mejor tradición del pensamiento, el arte, la historia y la literatura occidentales. Su discurso resulta enormemente atractivo por el estilo empleado, en el que su impecable dominio del lenguaje y de los tiempos de la narración, a medio camino entre lo académico y lo figurativo, entre lo literario y lo filosófico, rompen las limitaciones que pretenden separar y especializar los saberes. Sus textos, siempre elocuentes e iluminadores, adquieren un tono esencialista, ejemplificador, admonitorio en ocasiones, pero sobre todo poblado de vitalidad, sensibilidad y delicadeza mostrando a un intelectual conmovedor y esperanzado que activa la imaginación del lector, alienta su moral y potencia sus facultades superiores. Utilizando con maestría narrativa el lenguaje legado por los clásicos, mezclando intimismo y alta cultura, Riemen apela a nuestra conciencia para rechazar los excesos del cientifismo y el interés económico. Sin embargo, su crítica no entronca, por ejemplo, con la línea postmarxista de la Teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, ni tampoco con el postestructuralismo francés de genealogía nietzscheana; aunque en ocasiones pueda existir alguna similitud con estos movimientos, su propuesta no se centra en el análisis de lo sistémico, sino que, sabedor de que toda civilización gira en torno a la actitud ante la vida que mantienen sus integrantes, dirige su discurso al carácter moral del individuo, rehuyendo la acritud y el pesimismo para descansar sobre una ontología de lo humano y unos valores fuertes que buscan restaurar una senda difícilmente accesible en los tiempos actuales, pero que ha encontrado importantes paladines en todas las épocas.

Quizá la relativa novedad del trabajo de este intelectual consista en señalar que los excesos y la banalización presentes en la cultura contemporánea no son algo de hoy, aunque en nuestra era hayan alcanzado cotas incomparables; como revelan los asesinatos de Sócrates, Leone Ginzburg o Jan Patocka, Riemen considera que siempre ha existido un combate entre las tinieblas y la luz, la esperanza y el nihilismo, la tiranía y la libertad… La propuesta del holandés se remonta a Sócrates, y ya sabemos que esta vía, desde que disputara con el relativismo y escepticismo de los sofistas, siempre se halló en minoría y amenazada por los tiempos. En la actualidad siguen dándose nuevas versiones de esta vieja contienda, una crisis múltiple que refleja una amenaza civilizatoria: la violencia parece ser una alternativa más duradera que la paz; la mentira la cara más vista de la verdad; la venganza la forma que suele adoptar la justicia; el triunfo económico y social la única manera en que el éxito puede desearse… Ante este panorama, nuestro autor recupera y enaltece escritores, argumentos y planteamientos que, aunque en la mayoría de las ocasiones no han logrado imponerse, acumulan un valor intelectual cuyo fuego nunca se ha apagado. La acertada reunión de artistas, autores y pensadores teje una red nada azarosa de coincidencias al servicio de un objetivo: perfilar en sus contornos precisos y, a la vez, rescatar el humanismo. De este modo, Riemen pretende insuflar en nuestra cultura el aliento liberador de unos valores éticos y estéticos casi olvidados. La belleza, la serenidad, la coherencia, la firmeza, la valentía, la armonía, la contemplación, son anhelos humanos reprimidos por un sistema mutilador que empuja nuestras conciencias hacia el miedo activando la agresión. Frente a esta amenaza, la prosa de este escritor atesora la virtud de inspirarnos, lo que resulta excepcionalmente difícil en esta época de ruido; sus textos indican con precisión y elegancia el lugar hacia el que dirigirnos en el paisaje de la cultura facultándonos para la belleza, la compasión, el bien y la verdad.

 

La amenaza del fascismo

 

El declive moral y cultural va acompañado de la sombra inquietante del fascismo. Combatir las amenazas totalitarias a la libertad es difícil porque, entre otras cosas, el fascismo se beneficia de la resistencia a aceptar que ese virus está presente de nuevo en nuestras sociedades. Pero olvidar la historia conduce a repetirla. A Riemen, como a tanto espíritu ilustrado, le preocupa el auge del fascismo que, bajo el calificativo de populismo, está arraigando en el occidente desarrollado poniendo en peligro la civilización democrática. Sin embargo, compartiendo un juicio que extrae de Thomas Mann, el fascismo no es principalmente un fenómeno político, sino que hunde sus raíces en la cultura. A diferencia de otros pensadores, su análisis no concibe el fascismo un corolario de la economía capitalista, sino el resultado de la potenciación de las emociones irracionales que anidan en el ser humano y que encuentran en el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo sus expresiones más terribles. La crisis, la inseguridad económica, las amenazas del terrorismo son el caldo de cultivo de ese miedo, pero el miedo desemboca en fascismo cuando encuentra un apoyo fundamental en la ignorancia. La transmisión de la cultura representa el mejor antídoto para librarnos de esa estupidez que facilita el avance del miedo. No podemos renunciar a una educación en la que los conocimientos que aportan las humanidades –la filosofía, el arte, la historia– nos otorguen la adecuada comprensión del ser humano y del hecho social. Las humanidades ofrecen la posibilidad de alcanzar una construcción moral que nos abra a encontrar un significado profundo a nuestras vidas vacunándonos contra la expansión del peor lado que se halla escondido en nosotros mismos, ese enemigo interior que es el fascismo y que desemboca, según la historia nos ha demostrado, en despotismo y violencia. La educación humanista guarda la auténtica sabiduría que nos faculta para que nuestros actos acompañen a nuestros pensamientos y así obtengamos la capacidad de ser justos.

Además de la ignorancia, Riemen indica otros elementos que prefiguran la aparición de la actitud fascista: sobre todo, el declive de los valores morales y espirituales que amparado en un subsistente nihilismo abandona a las gentes a sus pasiones y deseos; también la atomización social, la proliferación de individuos aislados ajenos al destino de los otros. Desaparecida la ética, desaparece la cultura –en el sentido de cultivo del alma–, así como el ideal de que debemos esforzarnos por superar nuestra condición animal y mejorarnos a nosotros mismos, reconocer nuestra humanidad común, responsabilizarnos y esforzarnos. Incapacitados para utilizar nuestro intelecto con el propósito de edificarnos moralmente, entregados a nuestros deseos, emociones, impulsos, temores y prejuicios, buscamos una falsa libertad mientras nos hallamos a merced de la irracionalidad y el poder. Expulsados los valores intelectuales, el esfuerzo, la dificultad, esa libertad conducirá a la reacción violenta ante cualquier traba que obstaculice la satisfacción de nuestros deseos más primitivos y excesivos. Y cuando la democracia se convierte en el gobierno de ese hombre-masa, es la propia democracia la que desaparece entregada al populismo. Si la política queda reducida a mera lucha por el poder a través de la propaganda, se estimulará la agresión y el enfado envueltos en una atmósfera de odio y resentimiento.

Es un lugar conocido en la investigación social que el miedo resulta una de las causas más poderosas para incentivar la violencia. Por lo tanto, combatir el miedo es prioritario, si queremos construir una sociedad sana y libre en la que los individuos alcancen una convivencia justa, en armonía con la naturaleza y los otros. A juicio de Riemen –que sigue en este análisis a Erich Fromm– el miedo a la auténtica libertad conduce a adaptarse a las circunstancias sin desplegar la propia individualidad. Cobijado el miedo en el vacío existencial, esa adaptación favorece una identificación del éxito con la fama y la posesión de bienes materiales. Una sociedad en la que prima más el tener que el ser y que, en consecuencia, potencia el consumo y el entretenimiento para enmascarar el vacío y la ansiedad que lo acompaña. La decadencia es inevitable, el miedo a perder lo único que se posee –el dinero y las cosas materiales– aumenta la probabilidad de una explosión violenta. La facilidad que conceden las sociedades contemporáneas para satisfacer determinados deseos hace olvidar que el bienestar, pero también la libertad, la justicia o la autenticidad no vienen dados, sino que hay que esforzarse tanto para su conquista como para su mantenimiento. La virtud o el conocimiento nunca son fáciles de obtener, exigen un cultivo del alma; pero para lograr esa bildung se necesita creer en la existencia de unos valores superiores que sirvan de guía e iluminación. Reconectar con la esencia de Europa, más allá de una mera unión comercial y económica, con el humanismo, con la genuina vida democrática basada en el deseo de verdad, belleza y justicia, con el cuidado del alma y la construcción moral del individuo, son los antídotos más efectivos para hacer frente a esta amenaza.

 

Una propuesta positiva: la nobleza de espíritu

 

Hace ya demasiado tiempo que sabemos de la omnívora capacidad del mercado para asimilar cualquier fuerza discrepante. La masa de las mercancías funde negocios y política, beneficio y prestigio, necesidades y publicidad. Sabemos que si existen voces disidentes se encuentran demasiado sofocadas y desactivadas para propagarse de manera efectiva. El conocimiento ha mutado desde un proyecto emancipador hasta convertirse en una mera mercancía sujeta a compraventa. Hace décadas que no existen agentes capaces de producir un cambio social ante un poder omnímodo tan intangible como real. Desmotivación, falta de esperanza, crisis de valores, puro cinismo vacuo, pesimismo e hipnotismo se extienden buscando asegurar la cuenta de beneficios. Una pomposa racionalidad patrocina eficacia y crecimiento económico, mientras identifica la ciencia con la única verdad ignorando que sólo ofrece hechos y datos, pero es incapaz de crear sentido o valorar. Riemen no considera que todos estos peligros puedan desaparecer de pronto, pero ante ellos defiende el poder transformador que posee la difusión de un ideal casi olvidado: la nobleza de espíritu. El problema es que hoy hasta el propio término se considera improcedente y el ideal que en él subyace se encuentra tan desacreditado como olvidado. El libro que su autor titula con ese nombre lo dedica a recuperar diversas expresiones paradigmáticas de esa noción en figuras claves como Sócrates, Spinoza, Goethe, Walt Whitman, Émile Zola, Thomas Mann, Robert Musil, Leone Ginzburg, Edmund Husserl, Albert Camus y muchos otros que decidieron ser valientes en situaciones desfavorables. A través de múltiples ejemplos y con el propósito de contribuir a nuestra educación y aliento, el holandés señala un camino que otros recorrieron antes en favor de las causas de la justicia, la verdad y el bien.

Las instituciones y el derecho de voto no bastan para fundar una comunidad democrática genuina; si en su seno no se instaura un adecuado clima espiritual, sin la fuerza vivificadora de la nobleza de espíritu, las leyes e instituciones que nos gobiernan se convierten en letra muerta y su degeneración es inevitable. Son muchas las inercias fatales, hacen falta fuerza, perseverancia y tenacidad para hacer realidad las elevadas metas de nuestras declaraciones de principios. La nobleza de espíritu dota al ser humano del carácter apropiado para que nuestros ideales cívicos no queden en meras intenciones. Riemen, considerando que la ética personal es más importante que las instituciones sociales, apela a la conciencia individual recordando que la persecución de la nobleza de espíritu implica apartarse de una sociedad que pretende hallar la felicidad en la obtención de la riqueza, el poder o la fama, sin saber que solo son espejismos que no pueden brindar al alma serenidad ni dicha duraderas. De Sócrates aprendimos que la vida que merece la pena vivir es una vida examinada, en la que seamos valientes, es decir, en la que encontremos el coraje de ser sabios, de atrevernos a actuar en circunstancias difíciles, de responder de nuestros actos, de distinguir el bien del mal y de mantenernos fieles a la búsqueda de la verdad. Por el contrario, una vida acomodaticia, adaptada a las demandas de la sociedad actual, nos desvía del sentido que únicamente una educación autoexigente puede revelarnos. Ese camino de ejercicio e indagación propiciado por una buena instrucción habrá de sustentarse en la razón para encontrar la íntima unión entre libertad, verdad y felicidad. Sin embargo, lo novedoso, la velocidad y el progreso han sustituido la calma imprescindible –que, por ejemplo, conservan las obras del gran arte– para que la templanza y el valor, virtudes necesarias para afrontar la vida y también su caducidad, sean recuperadas en nuestro horizonte de aspiraciones morales. Aprovechar el tiempo para desarrollar nuestra capacidad de autotransformación es una enseñanza que Riemen toma de Goethe y Thomas Mann. El tiempo debe ser utilizado sin tregua para perfeccionarnos hasta alcanzar la persona que debemos ser. Esta lucha interior requiere de una educación basada en un cierto orden que reconoce lo superior y de una aspiración a la verdad, aunque esta última requiera de formas nuevas en las que experimentarla. La democracia resulta imprescindible, pero, si no queremos que se convierta en campo abonado para la demagogia, se precisa una ambición dirigida a elevar la vida intelectual de los ciudadanos al nivel de los mejores. La prosperidad y la seguridad son condiciones de la civilización, pero no constituyen su esencia: el diálogo basado en razones, el pluralismo y ante todo el respeto a la vida humana, articulan su fundamento. Por eso, la civilización implica la negativa a recurrir a la violencia para promover cambios políticos. El ansia de justicia, por ejemplo, de justicia económica, en ausencia de los valores propios del humanismo, conduce al terror. El fanatismo ideológico y la miopía intelectual que acuden por sistema al victimismo amparan sus demandas en la manipulación y la mentira. Las perspectivas interesadas se alejan de la verdad que es atemporal, desinteresada y no utilitaria. Riemen invita a elevarnos por encima de la ideología, de la política que divide, que defiende firmemente a través de abstracciones lo uno o lo otro, para, en su lugar, adentrarnos en el mundo del espíritu que plantea dudas, que cuestiona, que erige el discernimiento y la sensibilidad y, sobre todo, que valora el respeto al ser humano concreto en su esfuerzo hacia la verdad y la libertad. Los obstáculos son múltiples. Muchas veces es el amor al poder el que empuja a perder la integridad intelectual y la independencia de pensamiento. Otras veces, es la absolutización del paradigma de las ciencias naturales la que conduce a arrumbar los valores que guían la vida humana hacia la plenitud, ignorando que, para interpretar la realidad, para desvelar el significado de los hechos y de los datos, se requiere de unos valores que sirvan de guía. Vivir auténticamente, tener compasión, crear belleza y ser justos no es algo a lo que las ciencias naturales puedan enseñarnos por sí solas, necesitamos la aportación que los conocimientos humanísticos garantizan.

 

Algunos comentarios adicionales

 

Habrá quien considere que el trabajo de este autor peca de ingenuo en un contexto en el que la ciencia y la tecnología continuarán su avance imparable en el marco de una economía capitalista que promociona valores diametralmente opuestos a los defendidos por el humanismo. Es probable que su apelación a la conciencia personal no afecte a unas estructuras que extienden un individualismo insolidario atento únicamente al propio bienestar material. En ese acaso, los textos de Riemen, afectados de ausencia de recomendaciones normativas o de regulaciones dirigidas a las instituciones, pueden tornarse poco eficaces. Pero los intereses del pensador holandés apelan a la persona; su convicción sobre el papel que deben jugar los intelectuales en el debate de las ideas condiciona una propuesta destinada a inspirar los pensamientos y potenciar la agencia de aquellos individuos con quienes conecte su sensibilidad y compromiso. Este proyecto ofrece esperanza frente al miedo, urgiendo a nuestra voluntad e inteligencia para acceder a los conocimientos humanísticos y así modificar nuestra praxis. Su mayor logro se halla en la capacidad para expresar con claridad, sencillez y fuerza las creencias y los valores que nos constituyen como seres humanos, su máximo potencial anida en inspirar nuestro pensamiento y motivar nuestra acción.

También puede argumentarse que la posición fuerte que Riemen adopta respecto a la verdad, la felicidad y el ser humano se sustenta sobre una determinada concepción metafísica que el desarrollo de la filosofía occidental ha relegado. Sin embargo, el neerlandés sostiene que ahí reside uno de nuestros mayores errores culturales: el auténtico conocimiento nunca puede renunciar a la metafísica, a la pregunta sobre la condición del ser humano y el sentido de la vida. Es en este contexto donde se vindican las humanidades y las artes que constituyen su lugar paradigmático de expresión y reflexión. De otra manera, su planteamiento puede parecer una afrenta a la irrenunciable pluralidad democrática necesaria para un diálogo abierto y fecundo; pero el trabajo de Riemen despeja esta crítica en cuanto se remite a lo esencial filosófico, a una duda, a una indagación que se origina en la negativa a aceptar que alguien o algo ostente el monopolio del saber. La libertad de pensamiento y la pluralidad son los rasgos insoslayables de una investigación en la que efectuar preguntas oportunas reporta más beneficio que repetir respuestas sin haberlas examinado críticamente. La existencia de una verdad absoluta no implica su posesión, sino solo la creencia de una dirección a la que encaminarse. Esta puede adoptar diversas formas en el tiempo; debemos permanecer atentos a esos cambios sin renunciar a un horizonte de certeza.

Puede que vivamos en un mundo que renunció a los horizontes últimos de verdad y sentido, un mundo en el que el ser se halla disuelto y la ontología sea una quimera, de modo que la concepción metafísica platónica y los valores atemporales en los que apoya su propuesta Rob Riemen, al sustentarse en un esencialismo universalista que muchos asumen periclitado, se considere superada. Estamos rodeados de escépticos que no creen que puedan ofrecerse indicaciones generales sobre qué es una vida buena o una vida que merezca la pena. Pero aun considerando que Nietzsche esté en lo cierto y el ser humano invente en qué creer sin fundamento alguno, no somos indiferentes a las consecuencias de nuestras construcciones culturales a efectos prácticos. Por eso, y a pesar de las debilidades de la razón, debemos decidir y defender con convicción aquellos valores que expresen el mejor modo en el que deseamos existir. El relativismo nos vuelve impotentes ante la violencia y la tolerancia convertida en valor absoluto se alía con la falsedad; la injusticia o el error no posibilitan una buena convivencia; únicamente las creencias que arraigan en nuestro interior pueden ser fuente de motivación y acción transformadora. Riemen señala la necesidad de preservar, a la vez que promocionar, la democracia liberal –que frente a la política segregadora defiende un objetivo cosmopolita–, los derechos humanos y, ante todo, la educación basada en los valores morales universales representados por la tradición humanista europea en la que destaca la libertad, la valentía, la responsabilidad, la crítica independiente, el amor al prójimo y a la verdad. ¿No parecen valores estimables? ¿Cuál es la alternativa?

 

Cristina Sánchez-Andrade es escritora, crítica literaria y traductora. Licenciada en Ciencias de la Información y en Derecho, es natural de Santiago de Compostela. Vive en Madrid y algunos de sus últimos libros son La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), Habitada (Anagrama, 2025) y el poemario  Llenos los niños de árboles (La Bella Varsovia, 2019). Este libro, Vida insecta, editado por La Bella Varsovia este año 2026, es un compendio de lírica traumática, bella y salvaje, donde enfermedad, maternidad y pasión se mezclan a través de una línea entomológica que la empareja con la obra reciente de Marta Sanz o Justo Navarro. 

Entomología lírica, de dolor y enfermedad, la lista de insectos se irá acumulando a lo largo de este texto; tijereta: "Así es el miedo / incuba huevos en el cerebro". Buscamos un lugar que se identifique como posible, los huevas, que se encarecen, que se buscan. Repito, dolor y enfermedad. Perdidos y encontrado, profeso de devorar, hambrientos, el olor, breve y repetido, atrapado en su interior, una enfermedad fractal, de zarcillos. El tiempo es lento: "La palabra es la muerte de la mosca" y las malas semillas, convirtiendo el avance en tristeza: "Evitar que la memoria / acabe siendo como la cebolla:  / arrancar / una capa tras otra / para llegar al centro y llorar". 

Los tiempos se han cubierto de humedad, los lugares se han dejado atrapar, reproduciéndose: "Si el pensamiento está vivo, / inclina la cabeza y sacúdelo". Usar aceite de bebé para matarlo. ¿Y la enfermedad, el dolor y la muerte? También, en esa definición de vida: "Amar es querer ser amado". Mosca, araña, insecto palo, lombrices, orugas, caracoles. Con toda la serie, con los días como piedras, cuando uno piensa, al escribir y leer que cada día te acerca más a la muerte que al final de la enfermedad: "Eso está siempre ahí, / como una herida que en su cansancio despide su propia luz: / el aleteo de un murciélago que abre surcos en el pecho". Y así, el terruño hambriento de nitratos, recibe los cadáveres, los restos de vida, lo abandonado y orgánico. Polvo y caparazones de insectos, restos de comida. Otro insecto para la lista, avispas. Toda aquella piel muerta, sin opción a la metamorfosis, ¿Cómo ha ido a parar aquí, todo lo que vacía, en una esquina? Se desprenden de mi cuerpo: "Es la vida no vivida / que me llena de líquenes los pulmones / y acumula arañas en mi sangre". De la tierra, de esos trozos resecos que se desprenden como chocolate viejo: "Y me convertiré en pasto de las olas", se sorprende de su salubridad, del mar que escuece, hasta llegar al poema 21. Allí leemos: "Como hormigas que se agitan / en una caja de cristal / sin más opción que devorarse a sí mismas". Una estructura sencilla, mecanismo de mente colmena, como si al cortar un enganche entre vértices sobrevive el total, el completo, de zánganos y ninfas viviendo un amor prohibido: "Necróforas que limpian las calles de / vientres y cáscaras secas". 

Una madre, una hija, lo clásico en la rutina del apetito: "Están ahí, / se observan mientras los miras / mirando con ese mirar con / que tú miras el mirar / de los que miran las cosas". Un poema como culpa: "Cucaracha de naftalina / que con la fuerza de las semillas / rompe la cáscara de la piel". Lo que crece, la semilla del lugar, de la enfermedad: "Adquiere proporciones monstruosas / derivaciones / que jamás tuvieron lugar en la vida real". Lo que crece, permanece, sea invitado o no: "El ruido que hace la raíz cuando es extirpado de cuajo -ese triste gemido azul- / Esa conjunción salvaje: / bajo el pecho se aloja un huésped / como gusano en la fruta / que la va secando". 

Humanizar los objetos, personificar los síntomas, hacer de lo orgánico protagonista. "¿De qué color es la espera? / ¿Cuántas patas tiene? ¿Qué se puede comer?". De lo natural, lo entomológico es un complemento: "Presente en su interior jugos misteriosos / semejantes a los suyos", en un tanto de maternidad. 

Rosas en el poema 27, que acompañan a la muerte: "Las introduce en cajas / que alguien envía a los muertos. / Las rosas tal vez gritan de dolor en las tumbas, /, pero nadie las escucha". 

Recordamos otros poemas, otros lugares, donde el dolor es amarillo, la enfermedad coloreada de bilis, el miedo: "Un miedo amarillo que ahoga / todos los miedos / y hasta el recuerdo de otros miedos cae a golpes. / Entra como hachazos en el bosque y secciona / los árboles y corta las flores y horada los suelos / y destroza las zarzas". 

Barrie, el niño, los niños, una polilla: "Perder es el camino para ganar, / ganar el camino para perder, oír" y seguir, disfrutando, las circunstancias, insectos y su reproducción multiplicada, insectos desarrollándose de manera exponencial: "Aplastada contra el cristal, / el terciopelo color sangre / de su rostro aniñado". Escuchar cada uno de los desarrollos completos de la biología, recoger la piel de las víboras, saber que las esquinas, lo oscuro, el amoníaco fétido, encuentra su lugar junto a murciélagos, ratones, arañas y moscas. Toda esa lista, en una relación de cazar y ser cazado: "Dentro, / la vieja experta en filtros y mágicos mejunjes / se corta los pezones con tijeras de podar". 

Para encontrar el lugar, el cajón, el cierre, un cajón que lleva cien años cerrado y exhala polvo y, de nuevo, naftalina: "El lenguaje musical y corrupto de las vírgenes que con los brazos plegados y la cabeza encajada en el pecho / sueñan con la hora de despertar". De dentro a fuera, un espejo: "Se agarra a tu cabellera, / parásito / con uñas y dientes / devora a la niña / y ahoga a la joven". De surcos y zurcidos, donde caminan la miniatura hambrienta, "Ante su crueldad solo pides una cosa: / devenir la que siempre fuiste". Y seguimos pensando en el presente, enfermos de pasado, la química se impone a las flores como los insectos a los hijos. Es familia: "Hubo promesas, / pero lo que ahora sientes / no son amapolas agitando sus faldas, / son risas coaguladas / en el pecho". Y sigues, en lectura, en el cuerpo: "Tienes en los ovarios inquietudes / o poemas sin empezar". Rehén de la república de tus obreras, hijas tuyas, abejas, la entomología avanza hacia una humanidad divergente, el salvajismo de los artrópodos: "Ninfa acuclillad rompe su camisa de fuerza y lanza tuut", la fonética tribal, asesino que, como una enfermedad, se introduce en la enfermedad, para deshacer: "Lo primero que hace es asesinar a sus hermanas". 

Alumnos, proclamas, zarcillos por todo el cuerpo, salen a las calles, devoran el pasado, nublan el futuro. Como aquel poemario donde el color amarillo es primario, hiel y miedo, solo queda hoy en la lectura de los versos: "Llevas, en tus entrañas secas, cerca de un millón / de hijos" o, claro, la descomposición de la anatomía a través de los versos. "Tu cerebro diminuto, tienes / ovarios como inmensas catedrales en donde se gestaron". Duro del cuerpo, volver a William Burroughs o Justo Navarro, que han ofrecido este tipo de mutaciones, como lo hace Marta Sanz con su Amarilla, editada también por La Bella Varsovia. Y así: "Tras la unión, el vientre del elegido se abrió y / con él cayeron despojos". Una mujer, los pelillos arando entre bosques de encierro, todos los caros se cubren de tela, de hilillos de araña, como empezar la digestión por sorpresa, intoxicado: "Por las venas del bosque / arrastra el velludo cuerpo / que más tarde envolverá en tumba de seda". Escuchar, sentir, paladear al rival: "Desea comer tierra / y, sin saber por qué, / busca las partes desmembradas de sí misma: / patas, antenas, abdomen". Los dientes puestos, la succión de los salmos. "Las hormigas aladas / se aparean bajo la lluvia" y también, "Las ratas entran y salen de mi sangre", y con "Ya no puedo ni mirarme / esquivo los espejos". Araña, mordiscos, piel que es ira, me pregunto cuántas hijas no conociste. 

En el poema 46 encontramos una sucesión de palabras como estas: "Ese lugar no se puede visitar / si no es atravesando el olvido / del perfume de un nardo/entre las hojas de un libro / ese llegar no existe/o solo existe en tu memoria". ¿Qué esperas, qué es mañana? "Ahora es todo insecto menos la esperanza esterilizada / y el hueso del gato que hiere en el umbral". Concatenar descomposición (larva que es proyecto) y dolores (que es semilla) y el dolor de la calavera que se ramifica. 

En los últimos poemas, afrontar el final como si fuera una revuelta frustrada: "Un olor a tiempo / tiempo que no es tiempo, si no / lugares/borroneo de alas, crujido / de huesos aserruchados". Y de nuevo, concatenar la actividad en el mismo verbo: hacer, hacer, hacer es no, no hacer, hacer que se deshace: "Y al final solo somos / el tiempo que se nos escurre / como arena fina de las manos". Y llegar al final: "Recuerda que en esos días de frío y hambre / te encontraron viva / bajo los negros cadáveres de tus hijas". No hay un comienzo, no es generoso, siquiera el fin, para ese comienzo. 

 

Cristina Sánchez-Andrade, Vida insecta. Barcelona, La Bella Varsovia, 2026.

El libro He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes de Basilio Sánchez se alzó el pasado noviembre con el premio de la Fundación Loewe, sin duda uno de los más prestigiosos del actual abanico de concursos de poesía. Que un poeta tan discreto, tan poco dado a las alharacas y la exhibición como Basilio Sánchez se haya hecho con el codiciado galardón no deja de ser una buena noticia, al mismo tiempo que una saludable anomalía en tiempos mediáticos y revueltos como los nuestros. Que un libro tan sereno y plácido como el suyo haya llamado la atención del jurado habla también, en mi opinión, de la necesidad o el deseo de remansar las agitadas aguas de nuestro panorama poético: uno tiene la impresión de que optar por una apuesta tan clásica, comedida y equilibrada como esta es casi una declaración de intenciones.

La poesía de Basilio Sánchez ha ido decantándose con parsimonia y regularidad a lo largo de las tres últimas décadas. Autor de más de una decena de libros de poemas, Sánchez ha escrito sus versos con un espíritu totalmente ajeno a modas y camarillas, fiel a una austeridad verbal y unos presupuestos estéticos que le han venido acompañando sin desmayo hasta sus libros más recientes: el también espléndido Esperando las noticias del agua (Pre-Textos, 2018) y este que venimos a comentar. Es la suya una poesía tersa, pulida, hondamente arraigada en una tradición que Sánchez ha ido haciendo propia con los años y la experiencia, y que abarca desde el Antiguo Testamento (varios de sus modos de escritura arrancan de la poética hebrea, tan laboriosamente estudiada y documentada entre nosotros por Luis Alonso Schökel), pasando por nuestra Edad Media y nuestros Siglos de Oro, hasta llegar al simbolismo francés y el surrealismo, su heredero. Que tras ese extenso periplo de lecturas (a las que habría que sumar probablemente otras pertenecientes a la espiritualidad oriental) sigamos escuchando, nítida y sin impostar, la voz propia del poeta no es uno de los méritos menores de la obra de Sánchez.

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es un libro orgánico, distribuido en forma de tríptico y coda, cuyos poemas sin título (solo las tres partes lo tienen) parecen con frecuencia fragmentos, piezas de una unidad mayor: como teselas de un mosaico. Algo parecido sucede a menudo con las estrofas de los poemas: tomadas de una en una, aisladas del resto, muestran una cohesión que las hace brillar como aforismos o metáforas aisladas. Por contraste, la inserción de cada estrofa en el poema, como la de cada poema en la parte a la que pertenece, es frecuentemente problemática, misteriosa. Sánchez opera a menudo mediante la suma (la colección) de afirmaciones vibrantes con valor de máxima y deja al lector la libertad de elegir cuáles son las conexiones que se dan entre sus aserciones. Por ello abundan la impersonalidad y el presente gnómico, tan evidentemente encarnados en la abundancia de la forma Hay; por ello, también, el libro contiene varios poemas que adquieren el ritmo y el tono de la salmodia o que se acercan, tal vez de un modo no totalmente consciente, a la enumeración caótica y a la definición. Comentaré algunos ejemplos.

Son declaraciones con valor categórico que inciden en uno de los temas principales del libro: la naturaleza de la propia escritura poética: “Escribir un poema es andar sobre las aguas, / confiarnos a lo bueno del mundo”. (pg. 57). “Escribir un poema / supone, de algún modo, regresar / otra vez al principio, / al hervor silencioso de la nada, / al caldo primigenio / y a los cielos sin luna, a la inminencia / de las casualidades y los astros”. (pg. 63). “Uno escribe un poema para sentirse vivo. / Uno escribe un poema / para que otro descubra que estás vivo”. (pg. 62). Estas afirmaciones, a menudo vinculadas con un espacio de intimidad someramente descrito (una lámpara de cobre, una mesa de madera, una ventana), tienen el valor de un programa vital: la primera asocia la escritura poética al ámbito de la espiritualidad de raíz cristiana; la segunda, a la fuerza adánica de lo todavía nunca dicho, lo aún inexistente (con Huidobro, probablemente, guiñando un ojo al lector desde una esquina de la página) y, por ende, con la oscura voluntad de fundar un mundo verbal; la tercera, en fin, se lanza a la búsqueda de un interlocutor capaz de acoger estos versos como quien acepta a un huésped en su casa.

En cualquier caso, las tres desvelan también que más que el mundo natural, la inmediatez de lo vivo, el paisaje natural constantemente evocado en el libro es de naturaleza eminentemente verbal, mental, simbólica e icónica. No es que lo sensorial esté totalmente excluido, como tampoco lo está lo anecdótico. Es más bien que los sentidos se difuminan y aminoran tras una gruesa capa de reflexión estética y moral; y que la escasa anécdota, reducida a la mínima expresión, se ve sometida al quietismo que palpita en todas las definiciones, las afirmaciones en presente, los pensamientos que parecen tallados en la piedra: “La realidad es un relámpago que persiste”. (pg. 13); “Somos hijos de un árbol / Al que le falta sólo una manzana”. (pg. 16); “El que entiende de pájaros entiende de narcisos”. (pg.17); “No hay ningún escritor / que no se sienta abandonado por las estrellas”. (pg. 18); “El poeta no ha elegido el futuro. / El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. (pg.22). Son todos ejemplos de la primera parte del libro.

En su conjunto, la música de los versos (a menudo versículos) de Sánchez se fía principalmente al significado y el poder evocador de las palabras, prescindiendo con frecuencia tanto de la prosodia clásica como de la medida silábica. Es la suya una opción deliberadamente austera que a menudo aproxima el ritmo del texto a la prosa de ideas, y que va calando poco a poco en el lector. Y hay en ello una más que probable elección moral: en vez de deslumbrar, el poeta pretende sugerir; en vez de epatar, empapa. Él mismo afirma “que no nombra las cosas con grandeza, / sino con gratitud”. (pg.79), y un poco antes: “Yo creo en el poema / que es capaz de sumir al que lo lee / en el mismo silencio / que el ejercicio a solas de la propia escritura / consigue suscitar en torno a sí.” (pg. 74). Ese deseo de comunicación sincera, esencial, tan alejada de la frivolidad y el lugar común como de la grandilocuencia vacía, es uno de los rasgos más valiosos del libro: “La poesía es el oficio del espíritu”, llega a decir en la página 44, en uno de los más logrados momentos de la obra.

Y de ahí, de ese constante deseo de trascendencia, de ese valor adánico, convocatorio, que Sánchez otorga a la palabra poética, extraigo yo la afirmación con que abría esta reseña. Dice el poeta en la página 22: “Amo lo que se hace lentamente, / lo que exige atención, / lo que demanda esfuerzo.” ¿Acaso no es esta toda una declaración de intenciones, una aguja de marear en los actuales mares revueltos de la poesía nuestra de hoy? Basilio Sánchez ha escrito un libro deliberadamente austero, demorado y reflexivo que pretende regresar a la raíz, al fondo de lo poético, y al fondo de lo humano. Ya solo el esfuerzo, la atención puesta en ello, merecen la lectura. –AGUSTÍN PÉREZ LEAL

 

Basilio Sánchez, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, Madrid, Visor, 2019

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