El currículo de la neurocientífica Nazareth Castellano (Madrid, 1977) incluye trabajos de investigación y docencia en prestigiosas instituciones dentro y fuera de España como el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense de Madrid, el laboratorio de Ciencia Cognitiva y Computacional del Centro de Tecnología Biomédica de la Universidad Politécnica de Madrid, el Instituto de Investigaciones Cerebrales Max Planck de Frankfurt y el Instituto de Psiquiatría del King’s College de Londres en el Reino Unido.

Desde 2022 dirige el área de investigación del laboratorio Nirakara y ocupa la cátedra extraordinaria de mindfulness y ciencias cognitivas en la Universidad Complutenses.

Sus investigaciones, que abarcan más de dos décadas, se han centrado en implementar herramientas matemáticas para estudiar las redes cerebrales y cómo se reorganizan en casos de daño cerebral y enfermedades como el Alzheimer. También investiga la relación entre el cerebro y otros órganos del cuerpo humano como el corazón, el intestino y los pulmones mediante el análisis de su actividad eléctrica y su composición microbiana para entender los procesos biológicos que intervienen en la regulación emocional, así como los efectos de la meditación y los estilos de vida sobre la salud mental.

Pero lo que realmente distingue la actividad de esta científica frente a otros casos de expertos investigadores en nuestro país es su voluntad de divulgación. Castellanos decidió un día abrir la puerta del laboratorio e invitar a quien quisiera escucharla a aprender sobre los beneficios de algo en principio tan natural como la respiración o el pensamiento consciente. Y no tiene reparos en confesar que fue la necesidad de encontrar una vía de respuestas prácticas para su propia vida lo que le llevó a convertirse en la gran divulgadora científica que es hoy, continuamente reclamada en congresos y encuentros de distintos niveles de conocimiento para dar a conocer sus experiencias.

Desde que el aspecto divulgativo entró en su quehacer diario, ha publicado varios libros. El primero, publicado en 2021, fue El espejo del cerebro. En 2022 apareció Neurociencia del cuerpo donde explora cómo el cuerpo influye en la mente, integrando hallazgos científicos recientes con perspectivas históricas de la medicina oriental y occidental para mostrar el impacto de la postura, la respiración, el corazón y la microbiota en procesos como la memoria, la atención y las emociones. Su último libro El puente donde habitan las mariposas, editado por Siruela, un compendio de sus hallazgos científicos en relación con los beneficios de una respiración consciente, en los que integra ciencia, filosofía, incluso poesía, lleva ya la etiqueta de best seller y sobrepasa con creces los cien mil ejemplares vendidos en más de una decena de ediciones. Pero Castellanos no olvida la divulgación dirigida a los más pequeños con libros como Alicia y el cerebro maravilloso.

Cuando estas líneas vean la luz es posible que ya esté en las librerías su último trabajo en el que danza y ciencia se dan la mano. Se trata de un diálogo entre ella y el bailarín Joaquín de Luz, que a los 22 años era solista en el American Ballet Theatre de Nueva York y ha sido director de la Compañía Nacional de Danza. “Defiendo mucho la danza como forma de prevención. Y, a la editorial La Huerta Grande, se le ocurrió que él escribiese su experiencia y yo tradujera lo que le pasa a su cuerpo a través de esa experiencia”, afirma la neurocientífica.

La conversación para Turia tiene lugar vía zoom desde su casa en Madrid. En pantalla, Nazareth Castellanos se muestra tan relajada y natural como aparece en cuantas citas divulgativas se solicita su participación.

 

“Me parece fundamental la aportación de la filosofía cuando investigamos los correlatos neuronales de la conducta humana”

-Comenzando por su formación, su primera licenciatura es en Física Teórica. Posteriormente se doctora en Medicina con una tesis titulada Estudio y aplicación de métodos matemáticos para determinar la conectividad funcional entre series temporales de origen neurofisiológico. Y a continuación cursa un Máster en Matemáticas Aplicadas a la Biología y en Neurociencias. Sin duda, el expediente académico de alguien que considera que en la ciencia no debe haber compartimentos estancos

– No, no te equivocas. Eso es algo que pertenece a mi forma de ser pero también a mi bagaje familiar. En mi familia hay catedráticos de filosofía, pero que además son expertos en física. O sea, siempre gente con mucha, mucha curiosidad, Tengo mucha suerte de estar rodeada de tíos tan eruditos. En mi casa siempre está eso de que aquí se sabe de todo o nos interesa todo. Y entonces es verdad que a mí me sorprende cuando empiezo la investigación, lo de los compartimentos estancos sobre todo porque, bueno, en la carrera pues más o menos te lo esperas, y aunque a mí siempre me ha gustado leer…. Pero sí que en la investigación me sorprende cómo, algo tan complejo como era estudiar los correlatos neuronales de la conducta humana, no se podía ver desde la filosofía. Esto sí que me ha sorprendido siempre y  he intentado un poco abrir camino. Hay que decir que, al menos en España, esto todavía no está muy aceptado y en los proyectos de investigación, por ejemplo, cuando nosotros pedimos presupuestos, podemos contratar a médicos, físicos, psicólogos, pero no puedes contratar a un filósofo, no te lo admiten, está penalizado. Es algo en lo que tenemos que seguir trabajando porque me parece fundamental.

 

“Ser analfabeto del idioma en el que habla el poder es peligrosísimo”

- Y tiene mucho que ver con eso que suele criticar tanto que es el divorcio que existe en España entre la Ciencia y las Humanidades. Algo que se empieza a ver como un error pero cuya solución aún parece lejana.

- Bueno, en España a lo mejor es un poco más agudo, pero piensa que cuando lo de las dos culturas de Snow [se refiere a la famosa conferencia y ensayo del científico C. P. Snow que denunciaba la falta de comunicación entre científicos e intelectuales humanistas, lo que obstaculizaba la solución de problemas mundiales] fue en Cambridge, en los años cincuenta, cuando ya se empezaba a plantear que nos estábamos equivocando. Cualquier visión [que solo tenga en cuenta una de esas parcelas] siempre será incompleta. También tengo que decir que he encontrado un poquito más de curiosidad en el mundo científico hacia las humanidades que al revés. Hay mucho miedo a no comprender lo científico.  Y también cierto orgullo al decir ‘no tengo ni idea de cómo es una célula’. Esto te lo puede decir un catedrático de literatura. Y se queda tan tranquilo. Incluso es un motivo de orgullo. Creo que nos tenemos que alfabetizar en los tecnicismos, porque la ciencia hoy en día tiene un poder muy gordo. Ser analfabeto del idioma en el que habla el poder es peligrosísimo.

 

“Me sentí casi empujada a hacer compatible la investigación y la divulgación de la neurociencia”

–Usted trabaja habitualmente desde hace años en proyectos científicos de gran calado dentro y fuera de España, pero hay un momento en el que decide que va a hacer compatible ese trabajo con una intensa labor de divulgación, algo que es menos frecuente en España que en el mundo anglosajón, por ejemplo. ¿Cuándo y cómo fue ese momento?

–Pues eso realmente yo no lo decidí. Fue. Me sentí casi empujada. Hubo un momento cuando yo estaba en Londres, en el King’s College, que tuve una crisis con el mundo científico, con mi carrera. Me planteaba un poco qué es lo que estaba haciendo. Había trabajado muchos años en daño cerebral, en Alzheimer, y allí en Londres trabajaba en daño cerebral neonato. Fue algo que me impactó mucho. En un momento dado pensé: caray, llevo veinte años dedicada al dolor. ¿Por qué la neurociencia no me puede ayudar a saber cómo puedo estar mejor? Vivía en Londres y por las tardes me iba al Centro Tibetano a meditar. Allí me contaban cosas de la mente. Entonces me dije: por qué yo, que me dedico al cerebro, que estoy en una de las mejores instituciones, tengo que venir al Centro Tibetano para que alguien me diga qué hago yo con esta cabeza. Que me parece muy bien ir al Centro Tibetano, pero no porque el otro [la ciencia] no me lo diga, ¿no? Y entonces empecé a reconsiderar la ciencia. Intentando estudiarla desde el punto de sacar información que a mí me valiese, que yo aprendiese sobre mí, que me sirviera para estar mejor. Y me di cuenta que, hasta aquel momento, estudiaba los artículos muy científicamente y muy en línea de información. Pero empecé a darme cuenta que ahí había mucho conocimiento que era muy válido y, entonces, empecé a contarlo a mis amigos. Y cada vez el círculo era más grande. Una vez, contando esto a mi jefe, aquí en Madrid, me dice: pues vete a dar una charla a tal sitio. Y de ahí pasé a dar un curso y luego vino la pandemia y empecé a hacer cosas por internet. Todo aquello empezó a crecer como una bola de nieve. Nunca me lo me lo propuse pero luego, haciéndolo, me di cuenta de la importancia tan tremenda   que tiene.

 

“Hay una visión muy superficial de lo que es la salud mental, o la gestión de la mente, o el conocimiento de uno mismo”

–En su último libro, El puente donde habitan las mariposas hay una unión entre filosofía y medicina y se apoya en dos pilares fundamentales: Heidegger y Ramón y Cajal. De hecho, el libro comienza con una cita del premio Nobel español: “Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro si nos lo proponemos”. Como objetivo, es una cuestión muy atractiva, pero se antoja difícil ¿no?

–El libro pretende desmentir un poco tantas frases que creo que tienen el objetivo de ayudarnos y yo agradezco y veo la generosidad que hay en ello. Pero, desde mi punto de vista, a veces hay una visión muy superficial de lo que es la salud mental, o la gestión de la mente, o el conocimiento de uno mismo. Si hay algo que yo nunca diría es que es fácil. San Agustín decía “estamos hechos de tierra y es una tierra muy difícil de cultivar”. Ahí me encuentro yo. Cuando nosotros empezamos a estudiar cómo cambia el cerebro en una persona, cuando empieza a hacer meditación, por ejemplo, vemos que viene con una idea preconcebida que solo te puede llevar al fracaso y a la frustración. En el mensaje de Ramón y Cajal, se nos olvida esa segunda parte de “si te lo propones”. Ramón y Cajal era un ardiente defensor del esfuerzo, y sí habla del esfuerzo es porque supone que no va a ser fácil.

Yo empecé a estudiar la neurociencia de la meditación en monjes meditadores muy, muy expertos y me pareció fascinante, pero también ahí me di cuenta de que eso tampoco me interesaba tanto, porque eran personas que meditan a lo mejor cuatro o cinco horas al día, viven en monasterios, y en fin es muy diferente a lo que yo vivo en mi día a día y a lo que yo puedo hacer. Entonces, si la meditación solo es válida si haces eso, pues con qué osadía uno se atreve a decir: hay que meditar. ¿Te tienes que ir a vivir a otro monasterio? Por eso empecé a estudiar la meditación accesible. Nadie persigue llegar a esos estados de trascendencia, que tampoco me importan mucho, salvo para que sean una herramienta para que nos mantengamos mejor. Lo que no significa estar bien. Y a partir de ahí me di cuenta de que, aunque es muy difícil, también es verdad que el cerebro es muy agradecido. Es difícil, pero enseguida hay frutos, Es paradójico, pero el punto está en el encuentro con esa dificultad. Es parte de este camino, Por eso me gusta decir que nadie te garantiza que lo puedas conseguir ni que sea fácil.

“Como dijo Hannah Arendt, todo lo que estudio lo estudio para mí. Si a los demás les sirve, me alegro mucho”.

–En ese camino personal, en el que iba encajando las piezas como en un puzle, se encuentra con el ensayo de Heidegger Construir habitar pensar. Un libro que trata de cómo habitarse a uno mismo. ¿Ese habitar, ese entender, era lo que iba buscado de alguna manera?

–Como te decía, todo comienza en el momento en que yo estaba en Londres y me empiezo a replantear la ciencia. Trabajaba en alzhéimer y daño cerebral, pero no me involucraba tan personalmente en la investigación. Quiero decir: en el trabajo me implicaba en cuerpo y alma, pero era como algo que a mí no me afectaba. Pero en el momento en que empiezo a estudiar cómo todo eso me puede ayudar a gestionar cosas mías, cosas que en mayor o menor intensidad nos afectan a todos, esa investigación se convierte en una búsqueda personal. Recurro muchas veces a esa frase que dijo Hannah Arendt de que “todo lo que estudio lo estudio para mí. Si a los demás les sirve, me alegro mucho”. Claro, lo que yo estudiaba, el Alzheimer y el daño cerebral, afortunadamente no me ha tocado, pero la ansiedad y el estrés... Y me pregunté: ¿qué hago? ¿cómo me conozco? ¿no puedo gestionar mi atención? Tal cual. Esto es de todos. Y luego, los últimos años, han sido un poco difíciles para mí a nivel personal. Y entonces, sí que pude poner muy en práctica y vivir en primera persona lo que estaba estudiando. Eso es lo que me hizo reafirmarme en que todo aquello realmente podía ser de ayuda. Porque ahí tuve un momento en que me dije: ¿y si ahora esto no me sirve a mí? ¿Con qué cara voy a ir diciendo luego a la gente que respirar viene bien? Pero sí, me vino bien, me ayuda mucho y he visto sus bondades. No es la panacea, como nada lo es, pero son cosas para mejorar. Hay momentos en la vida donde lo único que puedes perseguir es mantenerte en pie y otros momentos en los que quieres estar mejor. Eso lo que yo buscaba.

 

“Uno observa que cuando empieza a tomar una dieta saludable nota el efecto emocional rápidamente. Es ir al cuerpo para intentar que la mente esté un poco mejor”

–Desde hace un tiempo se venía creyendo que el cerebro era el que mandaba en el resto del organismo y quizá uno de los aspectos más sorprendentes de sus investigaciones es que van en sentido contrario: que es el funcionamiento de otros órganos el que moldea el cerebro. Uno de los más importantes en este aspecto es el intestino. ¿Cómo lo hace?

–Desde hace unos diez años la ciencia ha tenido que dar la vuelta. Principalmente, la vía de comunicación entre el intestino y el cerebro que más se conoce es la microbiota del intestino. Hay un montón de microorganismos, principalmente bacterias, que se pensaba en un principio que eran patógenas. Después se dijo: son parásitos, pero luego se ha visto que no, que tienen una función. Se hicieron estudios en animales que luego se han extrapolado al cuerpo humano y se ha visto que sin esa microbiota el cerebro sería disfuncional. Hasta ese punto. Nosotros lo que hacíamos era medir cuál es la concentración de los diferentes tipos de bichitos que hay en el intestino y luego correlacionamos lo que pasaba con diferentes factores de estilo de vida, cognitivos, emocionales… Y lo que dice la literatura [científica] es que esos microorganismos influyen en diferentes zonas del cerebro. Hacen que las neuronas se inclinen más hacia una actividad que hacia otra. Modelan, influyen en ese comportamiento y sobre todo, influyen en las zonas más relacionadas con nuestro estado anímico. Entonces la gran pregunta era ¿cómo podemos nosotros influir en ellos? Se ha visto que el estilo de vida impacta mucho sobre esa microbiota. Principalmente la dieta y el ejercicio físico, que es lo que nosotros estudiamos. Aquellas dietas que todos sabemos cuáles son y que podríamos considerar más pobres influyen en nuestro estado anímico. Esto ¿a qué nos ha llevado? Pues a una perspectiva de ver si realmente todos los problemas de salud mental que tenemos en la sociedad se deben a que hay una falta de organización saludable en nuestras vidas o es una falta de salud. Por ejemplo, tenemos síntomas depresivos, que no significa que tengamos una depresión, vale, pues a lo mejor se reducen un poco si la persona empieza a hacer ejercicio o cambia su dieta. Se trata de encontrar si realmente en la salud mental hay una componente que sea exclusivamente biológica. Pero ¿qué pasa? Que yo me empiezo a sentir mal y luego se produce lo que se llama la disociación cognitiva. Si me siento mal es porque no me gusta mi trabajo, porque no estoy donde quisiera estar. O sea, le pongo explicaciones y puede que sea así, pero lo mentalizamos mucho, y a lo mejor ese estado tiene una parte que es puramente biológica, ¿no? Y es verdad que uno observa que, cuando empieza a tomar una dieta saludable, nota el efecto emocional rápidamente. Es ir al cuerpo para intentar que la mente esté un poco mejor.

 

“El segundo cerebro es el corazón”

–De todas formas, he leído en su libro que el órgano al que más escucha el cerebro es el corazón. Cuénteme.

–Mucha gente dice eso de que el segundo cerebro es el intestino. Pues no, es el corazón. Cuanto más cerca están del cerebro, más influencia tienen los sistemas. Esto ya se sabe desde Galeno. El corazón emite en una frecuencia que es similar a la frecuencia de disparos de las neuronas y esto hace que tenga un impacto mucho mayor y, sobre todo, que se piensa que el corazón influye en los factores de percepción. En cada latido del corazón se producen muchos cambios en nuestro cerebro y en nuestros ojos. Hay un eje corazón cerebro, que es constante, es cada segundo, entonces sí es el órgano que más influye. Eso explica que, por ejemplo, cuando yo estudiaba la enfermedad de Alzheimer, siempre hablábamos de la correlación que había entre salud cerebral y salud cardiovascular, pero no se sabía por qué. Grandes expertos de la Universidad de Estocolmo, como la doctora Fratiglioni, han estudiado cómo los factores de riesgo de la demencia son los mismos que los factores de riesgo cardiovascular. Siempre suelen ir de la mano. Y luego se ha visto que cuando hay disfunción cerebral hay disfunción cardíaca, aunque sea subclínica.

 

“Estamos muy eclipsados por la técnica”

–Uno de los aspectos de sus investigaciones que se ha popularizado más, sin duda porque nos afecta a todos, es el de la respiración. De hecho, su libro se subtitula Biosofía de la respiración. Vayamos primero con ese término: biosofía. ¿Cómo se traduce al habla corriente?

–Tiene que ver con la primera pregunta que me hacías, en cuanto a la relación entre las humanidades y la ciencia. Y tiene que ver con ese momento en el que intento buscar en la ciencia una forma de extraer también sabiduría. Yo me preguntaba cuando iba a meditar al centro tibetano: ¿Buda es un sabio, pero Ramón y Cajal no?. Y me pregunté qué puedo aprender de mí, qué sabiduría puedo extraer desde la ciencia. Biosofía para mí es una forma de mirar a la ciencia. Es una mirada que tiene en cuenta a las humanidades, no que las compare. Muchas veces en el mundo académico, y yo lo he hecho muchos años, se trabaja manejando datos, mucha información, pero no te paras a pensar: todo esto ¿qué me está diciendo? Cuando, a lo mejor, es un poema o la filosofía la que inmediatamente te traslada a ello. En el mundo de la ciencia es muy fácil quedarse en el dato, en la información. Eso que siempre se decía sobre el dedo de Galileo, te fijas más en el dedo que señala la luna. Estamos muy eclipsados por la técnica también.

–Es curioso porque los científicos siempre tienen una aureola de sabios…

–A mí me parecen frikis (jajaja). Yo distingo entre un genio y un sabio. Sabio es el que tiene sabiduría. Genio es el que tiene una gran inteligencia, una gran capacidad de asociar, de acumular información. El sabio para mí, es el que saca de ahí una enseñanza, una lección de vida Y sí, he conocido científicos y médicos que me parecen muy sabios. He tenido mucha suerte en ese sentido. Pero luego he visto algunos que, en fin…

 

“Desde el punto de vista cerebral, cuando respiramos por la nariz se activan regiones neuronales que trabajan de una forma más ordenada”

–En el tema de la respiración, señala la importancia de observarla, de entrenarla. ¿Qué problemas tenemos con la forma en que respiramos y qué relación tiene con la salud mental?

–Gran parte de la población es respiradora bucal. Inspira por la boca. Cuando inspiramos por la boca, esta se convierte en un filtro, mientras que cuando inspiramos por la nariz, la nariz limpia un poco el aire, lo limpia, lo atempera y lo humidifica. Esto hace que ese aire entre en mejores condiciones a mi cuerpo. Desde el punto de vista cerebral, cuando respiramos por la nariz se activan regiones neuronales que trabajan de una forma más ordenada. Por ejemplo, el hipocampo, que es la zona involucrada en la memoria y en la atención. Esa capacidad de mejorar nuestros rendimientos neuronales disminuye si inspiramos por la boca. Una gran parte de la población tiene atrofia en la musculatura porque casi no usamos la nariz y eso hace que no entre aire suficiente y se respire por la boca.

 

“Que nos alfabeticemos en cómo funciona el cuerpo, porque asumimos como normales cosas que no lo son, es muy importante”

–En sus investigaciones, hace hincapié en la apnea. Esos segundos que hay entre la expiración y la siguiente inspiración. ¿Tiene que ver con algo que se está empezando a estudiar de forma mucho más intensa que es la apnea del sueño?

–Si toda la población se hiciese un análisis de cómo duerme, el setenta por ciento tendría apnea del sueño. Y eso, ¿qué consecuencias puede tener para la salud? De entrada, supone un peor descanso y, claro, mucha más fatiga mental y eso impide la limpieza del cerebro. Hacerse un estudio de cómo uno duerme, cómo respira mientras duerme, me parece una inversión y no estamos hablando tampoco de cantidades inmensas, porque no lo cubre la Seguridad Social a no ser que tengas un problema grave. Conocer cómo respiro mientras duermo, y luego ver qué puedo hacer al respecto, me parece vital. Porque cuando dormimos no nos damos cuenta de lo mal que respiramos. Es verdad que ahora se está extendiendo y mucha gente duerme con una mascarilla, pero que antes esto no sucediera no significa que no existiese el problema. El doctor Eduardo Anitua, que es uno de los grandes expertos en este tema me decía: no sabes la de veces que yo he oído en mi consulta ‘mi marido ronca, pero ronca mal’. Ronca mal. Nadie tenía ni idea de lo que esto significaba. A nadie se le activaba una alarma por roncar Por eso es tan importante la divulgación. Que nos alfabeticemos en cómo funciona el cuerpo, porque asumimos como normales cosas que no lo son, es muy importante. De esto trata la medicina preventiva de ir observando tu cuerpo, saber lo que te parece que es saludable y lo que no.

 

“Es muy difícil instaurar un hábito, no lo hemos descubierto ahora”

–Si estamos tan seguros de los beneficios de la meditación y de la importancia de respirar bien, siendo algo sencillo, ¿cómo es que estas enseñanzas no se introducen en la escuela?

–Bueno, claro, ésta es la pregunta que me hago yo todos los días. Nos hacemos esa pregunta ahora que sabemos sus beneficios. Vamos avanzando muy lento a lo largo de la historia sobre el conocimiento de nuestra mente. Pero esa pregunta se la hicieron hace cuatro mil años en la India. Los que hacían los pranayamas [técnicas para controlar la respiración]. Hace dos mil quinientos años, Buda decía que nos despistamos mucho y que eso nos genera dolor. Es también la ataraxia de los griegos que la formularon hace unos cuantos siglos. Pero entonces eran pocos los que accedían a esa información. Mis tíos siempre están diciendo: ojalá hubiéramos vivido en la época de Sócrates. Bueno, si hubieras nacido en la época de Sócrates y te hubiera tocado ser de una cierta clase porque imagínate que naces esclavo... Y a Buda le seguían doce ¿no? Hoy en día lo que tenemos es una capacidad de difusión inmensa. Es el momento de la historia donde más gente hay beneficiada por el conocimiento y tenemos que ir hacia a más. Pero, por otro lado, aunque sabemos muchas cosas no las aplicamos, ¿verdad? Llevamos así miles de años, Vamos lentos por lo que decíamos al principio de que las cosas no son fáciles. Es muy difícil instaurar un hábito, no lo hemos descubierto ahora.

 

“Tenemos que trabajar con la población para que sepa reconocer lo que es saludable y lo que no, y aprender a reconocer en el otro ciertos patrones”

En lo que parece que la sociedad sí va avanzando es en perder el miedo a hablar de salud mental. Que ir al psicólogo o al psiquiatra ha dejado de ser tabú, al menos no lo es tanto como antes. Pero he leído en uno de sus artículos que se estima que el 70% de la población va a atravesar en su vida una situación traumática pero que solo el 5% recibirá ayuda profesional. Esto da un poco de miedo porque digamos que hay muchas personas heridas por ahí que pueden no solo hacerse daño sino hacer daño a los demás.

–La inmensa mayoría.  Bueno, hay un porcentaje importante de la población que no puede acceder a ese tipo de ayuda. Cuando se hacen este tipo de estadísticas se refieren a Europa y Estados Unidos principalmente. O sea, cuando se evalúa el por qué la gente no pide ayuda, se evalúa en aquellos que podrían acceder a ella y no lo hacen. Lo que se ve es que todavía hay un gran prejuicio: si voy al psicólogo, significa que estoy loco, que soy una persona enferma, que estoy muy mal. Es decir, tiene una cantidad de connotaciones muy graves. Es cierto que también la psiquiatría se ha encargado de darse a sí misma una publicidad que es espeluznante. Metía en manicomios a gente que hoy consideraríamos absolutamente normales. Pero el dato favorable es que cada vez vamos normalizando y se habla mucho más de salud mental. Cuando un famoso, un actor, por ejemplo Dani Rovira, que ha hablado de su depresión, lo cuentan hacen un gran bien porque el asunto se normaliza. Y luego creo también que la psicología se tiene que posicionar, y ya lo está haciendo en mi opinión muy bien desde hace tiempo, como un centro de prevención. Para mí es similar a ir al gimnasio. Antes no existían los gimnasios, antes había centros de rehabilitación a los que ibas si te habías hecho daño. Y hoy en día uno va al gimnasio para para estar bien, no porque te hayas caído ya.  Creo que en la psicología está pasando un poco eso, aunque todavía hay mucha resistencia. Y luego está lo que se llama la psicología invisible. No sabemos la cantidad de alteraciones de la personalidad que hay y que son completamente funcionales, están nosotros, y por ese desconocimiento uno no sabe reconocerlas en el otro. Podemos tener delante a una persona narcisista, de las que crean un enorme sufrimiento pero que ni siquiera ellas lo saben. Tenemos que trabajar con la población para que sepa reconocer lo que es saludable y lo que no, y aprender a reconocer en el otro ciertos patrones. Eso es algo que también tendrían que enseñarnos en la escuela. Si a lo largo de la vida pudieras ir puliéndote de alguna manera no llegarías a los cincuenta o sesenta años con una mochila de quinientas toneladas. Es como la higiene, que ha supuesto muchas ventajas desde el punto de vista de salud física. Antes las personas no se duchaban todos los días. Nadie se lavaba los dientes. Ni se lavaba la comida. Todas esas medidas de higiene que han influido en la longevidad. Algo así deberíamos hacer con la salud mental.

 

Sobre la herencia transgeneracional epigenética

–Un asunto fascinante al que se refiere en su libro es la llamada ‘herencia transgeneracional epigenética’. ¿Es cierto que, además del ADN, llevamos una carga de las experiencias de nuestros antepasados aunque nosotros no hayamos pasado por ellas?

–Sí, ahora se está estudiando mucho la herencia transgeneracional epigenética del trauma y también la herencia transgeneracional epigenética de la resiliencia. A grandes rasgos, se diría que es la expresión de los genes. Esto se ha estudiado, por ejemplo, en los supervivientes del Holocausto, o en personas que han sufrido abusos de pequeños. Se analizan cómo son los genes de su descendencia, de sus nietos, y se comparan con los genes de personas que no han tenido un sufrimiento tan específico, tan claro. Entonces ven que los descendientes de aquellos que tuvieron un trauma tienen variaciones epigenéticas en aquellos genes que te hacen ser más propensos a tener más estrés, a tener más depresión. Los estudios del Holocausto fueron muy interesantes porque vieron que hay algunas personas que fueron supervivientes de los campos de concentración y evidentemente dejaron una herencia muy dura. Pero luego, curiosamente, se vio que personas que habían sobrevivido habían sacado de esa experiencia una fortaleza sobrehumana y entonces vieron que sus descendientes tenían genes mejores: más resistencia al cortisol, por ejemplo, más capacidad de creatividad estratégica. Estos estudios se hacen en entre los supervivientes de del Holocausto o los veteranos de guerra en Estados Unidos, o sea, en situaciones extremas muy concretas. Son campos científicos recientes y queda mucho por estudiar en este proceso.

Nosotros hemos estado evaluando los cambios epigenéticos que se producen al realizar prácticas de meditación de forma regular, en formato pequeño, poco tiempo, porque ya se había estudiado el grupo de los grandes meditadores, los monjes, gente que medita todos los días dos y tres horas, y se ha visto que tenían cambios epigenéticos. Vale. Nosotros queríamos ver lo que ocurre en gente normal que medita un tiempo breve de forma regular. Ahí los cambios son menores. La parte que me parece más interesante de la herencia transgeneracional no es tanto saber lo que he recibido, porque yo creo que va a ser muy difícil ir hacia atrás. Imagínate que tu abuela ha pasado por una experiencia que ahora consideramos traumática pero que para ella no lo fue porque lo asumía como normal, aunque eso no signifique que la hubiera traumatizado. Si yo preguntara a mi abuela, que ya no vive, si ha tenido ansiedad, estoy segura de que ni siquiera había oído hablar de la ansiedad.  Entonces, ir hacia atrás me parece interesante para considerar que no todo lo que a mí me sucede lo explico con mi vida, Pero lo que me interesa es tener en cuenta ese concepto para que lo vayas a dejar en el futuro. O sea, me parece más un concepto que tiene que tener una connotación más altruista. Yo no sé lo que he heredado. Si te digo la verdad. Pero sí sé que puedo hacer algo para dejar en el futuro algo mejor.

 

“Me propongo ser una mejor versión de mí misma sin recurrir a la moral”

–De todo esto escribe en el libro El puente donde habitan las mariposas. Parece un compendio de aquello que necesitaba transmitir su lado más divulgador.

–Sí. La verdad que fue así. Fue escrito en una época difícil de mi vida en la que fui tirando de todo lo que había sido mi ciencia, y que en aquel momento podía ayudarme. Es cuando descubro el libro de Heidegger [el ya citado Construir habitar pensar] y me entero de que está escrito cuando a él le invitan a un congreso en la Alemania destrozada por la guerra. Un congreso en el que el país se planteaba: ¿qué vamos a hacer ahora?, ¿cómo salimos de esta? Y yo en aquel entonces me sentía un poco así. Y pensé que, en mayor o menor grado, todo el mundo ha pasado por un momento así. No es que sea necesario pasar por algo tan traumático, que muchas veces esperamos a que lleguen grandes guerras para a ver qué hago yo conmigo, cómo puedo ir cambiando. O sea, el planteamiento de Ramón y Cajal: “todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro si nos lo proponemos”.  Pues me propongo ser una mejor versión de mí misma sin recurrir a la moral.

 

–Pienso que hizo una apuesta arriesgada con el título. Al darle ese carácter poético podría haber sido confundido con un libro de autoayuda, cuando es un libro que remite continuamente a los datos científicos en los que se apoya. ¿No lo pensó?

–Cuando hablas de estos temas, especialmente si eres mujer, en seguida te ponen la etiqueta de autoayuda o te pueden hacer comentarios como que te has leído a Heidegger en la Wikipedia, cuando yo me he empapado de todo Heidegger. Son comentarios que nunca se le harían a un hombre.  Quería que el libro se transmitiese desde el lugar donde se hizo, que era un lugar muy íntimo. Por eso huí de un título académico, ese viene después con esa  ‘Biosofía de la respiración’, que ya incluía una palabra que nadie iba a entender. Pero no quería que el título tuviese una relación tan directa. De entrada, yo elegí la editorial Siruela porque quería que el libro fuera tratado con elegancia y respeto. Pero fíjate, el título, El puente donde habitan las mariposas, no está elegido al azar. Tiene una correlación científica. El puente es la conexión neuronal y las mariposas son las neuronas, como las llamaba Cajal. Y el habitar es el asunto central del libro. Pero no quería que el título fuese algo así como ‘la conexión entre las neuronas en el momento del habitar’. Y sí era arriesgado.

 

“La Inteligencia Artificial es una oportunidad fantástica para reorganizarnos”

–Ahora está en auge el debate sobre el desarrollo de la Inteligencia Artificial y sus consecuencias. Entre los que consideran que será un desastre en algunos aspectos de la humanidad y los que piensan que es la panacea del futuro, por exponerlo a grandes rasgos, ¿usted donde se sitúa?

–Pues en el medio. Me parece que hay mucho entusiasmo y habrá que ver cuánto se cumple de todo eso. O sea, me recuerda un poco al momento en que se descubre la genética, Que se llegó a decir: dentro de veinte años ya no habrá enfermedades. Y estamos hablando de hace cincuenta años. Creo que hay mucha euforia. Pero sí creo que es una herramienta que bien aprovechada, nos va a hacer mucho mejores, no solo en cuanto a la utilidad. Bueno, yo creo que no va a tener tanto alcance como dicen en lo que nos asusta más, pero sí creo que es una oportunidad fantástica para reorganizarnos. Por ejemplo, a nivel temporal, a mí me ha hecho ahorrar mucho tiempo y lo he podido dedicar a otras cosas, pero no sé, creo que estamos muy al principio. Mi sensación que hay que dejarla un poco más de recorrido para poder predecir.

 

“La espiritualidad está muy prostituida. Está llena de muchas interpretaciones que a veces son muy superficiales”

–Nunca ha tenido reparos como científica en hablar de la espiritualidad. ¿Qué es para usted?

–Últimamente me he ido separando de ella porque si te digo la verdad, ya no me servía. Me ha enseñado mucho y me parece indispensable. Pero en este momento como que me llegaba más o me parecía más novedoso, más fresco, lo que aportaba el mundo científico. A mí me parece que la espiritualidad está muy prostituida. Está llena de muchas interpretaciones que a veces son muy superficiales. Y al final el mensaje parece más simple que sencillo. Ahora bien, el budismo a mí me ha ayudado mucho en muchos años de mi vida y me parece una fuente de inspiración. El sufismo también. Yo suelo incluir la filosofía en el campo de la espiritualidad. Y esta es para mí más que nada una mirada. Se debate mucho si el budismo es filosofía o religión. Hay autores que defienden una cosa y la otra y yo me encuentro reflejada en ambos. Yo no sabría dónde situarla, igual que otras corrientes. Lo que yo veo es que hay que tener más cultura sobre todo eso. Se nos enseña mucha historia en el en el colegio, pero se nos debería enseñar también historia del pensamiento o, mejor dicho, de los pensamientos porque igual que igual que la medicina no es una sola medicina, hay varias y aprenderíamos más de esas fusiones. Hay que tener todo esto en cuenta, pero en este momento me parece un poco más fresco e interesante lo que aporta el mundo científico.

–También hay muchas referencias a la poesía. Su actividad, que parece frenética, ¿le deja tiempo para leer y para leer poesía?

–Yo leo mucha literatura y mucha poesía por la noche. En la habitación donde medito hay una estantería y ahí solo hay poesía. Los demás libros están por aquí [señala el espacio desde donde tenemos la conversación vía zoom] la literatura y todo lo relacionado con la ciencia. Ciencia, literatura, filosofía, todo eso está aquí. Pero yo leo mucha poesía. Sí. Ahora, por ejemplo, estaba leyendo a las poetas de la Generación del veintisiete y también a una autora que me interesa mucho que es Alejandra Pizarnik. Me doy cuenta de que últimamente estoy leyendo mucha poesía de mujeres. Por ejemplo, me gusta mucho la poesía del siglo ocho de China. Tengo varios libros porque me parecen de una elegancia… Me acunan.

 

“Solemos infravalorar el impacto que tiene el entorno sobre nosotros”

–Se ha referido a la habitación donde medita. El contexto, el entorno, como también la postura física, es más importante de lo que creemos.

–La postura influye en nuestro estado mental, ya que el cerebro está constantemente valorando cómo está la postura de tu cuerpo, Entonces, si tienes una postura propia cuando estás mal, esa postura va a influir un poco en tu percepción. Y luego el entorno que no solo es importante para meditar. Solemos infravalorar el impacto que tiene el entorno sobre nosotros. Lo infravaloramos y, por ejemplo, a nivel social deberíamos empezar a considerar el impacto que tiene en nosotros el gris que inunda las ciudades, las esquinas, la falta de verde, los edificios horrorosos… todo eso va impactando y cada vez hay más estudios que dan cuenta de ello. El lugar donde meditas debes asociarlo a lugar donde tú vas a encontrarte contigo misma. Es un lugar que suelo cuidar. Allí tengo una alfombra persa que compré en Uzbekistán y mi cojín de meditación. Y una estantería de madera con libros de poesía. Suele haber algún muñeco que deja la niña siempre porque me suelo sentar con ella. Allí respiramos, hablamos, y es un sitio a donde voy para que se pare el mundo.