No es extraño que los poetas, además de escribir, reflexionen sobre su proceso creativo. A ese conjunto de ideas subyacente lo llamamos poética. Así definen el sentido, el estilo y el propósito de su obra. Aunque es habitual en la poesía, puede aplicarse a toda la literatura y, por extensión, a otras artes. Más raro es que los creadores reflexionen sobre el marco económico en el que sitúan su trabajo y acerca de cómo éste condiciona la difusión de sus títulos y, en última instancia, su forma de vida. Crear exige tiempo, mucho, que compite con el dedicado a la familia o al trabajo mediante el cual se obtiene sustento. Yolanda Castaño se ha metido en estos vericuetos, no particularmente trillados en España. Parte de una concepción política que, de forma más indirecta, atraviesa igualmente sus libros de poemas. Tomaremos como base para esta conversación su ensayo Economía y poesía: rimas internas (2025). En el exterior es cierto que hay alguna aproximación al problema, y seguramente destaca el libro de William Deresiewicz, La muerte del artista, publicado en 2020. En él, el autor alerta, de cómo la economía digital amenaza la música, la escritura y las artes visuales. Apunta dos versiones sobre cómo ganarse la vida en la era digital: una proviene de Silicon Valley, según la cual todo el mundo puede ser artista porque producir es barato y distribuir, gratuito; si hacemos caso de la otra, adjudicada a los propios artistas, el contenido digital se ha desmonetizado, y la música, la escritura y el vídeo son gratis. El problema es quién paga por el trabajo. Yolanda Castaño niega ser etérea y se pregunta cómo una poeta puede vivir de lo que escribe. Resuelve que la opción más habitual es buscar un trabajo que sirva de colchón para la práctica artística. “Quien escribe versos necesita alimento, techo, abrigo, transporte, material de trabajo… pagar facturas”.

 

 “Lo personal siempre es político porque no estamos disociadas de nuestras vertientes económicas, sociales y, por tanto, políticas”

-Afirma que las liturgias poéticas siempre rehusaron hablar de dinero y que poesía y economía son realidades irreconciliables. Un punto de partida lapidario.

-Quiero pensar que cada vez lo son menos, ya que poco a poco se va descorriendo ese tupido velo que -por un mandato de elegancia o de discreción, o de recato- ocultaba o hacía confusa la trazabilidad de los esfuerzos. Empieza a abrirse un poco ese tabú, a arrojarse luz sobre toda esta cuestión, que permanecía tan entre neblinas. Debemos aspirar a situaciones más igualitarias que allanen la brecha de clase.

-¿Lo personal es político?

-Lo personal siempre es político porque no estamos disociadas de nuestras vertientes económicas, sociales y, por tanto, políticas. No somos islas, somos individuos dentro de sociedades regidas por estructuras fuera de las cuales resulta absolutamente imposible caminar o desarrollarse. A veces pensamos que, si no votamos, nos libramos de participar del juego electoral. Pero lo cierto es que la abstención también cuenta: el voto en blanco acaba favoreciendo a opciones que no son las nuestras. Nos gustaría pensar -sería una hermosísima fantasía- que se puede escribir y desarrollar una persona como escritora, como escritor, fuera del sistema económico, fuera del sempiterno capitalismo. No es posible alejarnos del arbitraje que decide cómo nuestro trabajo literario se coloca en el mercado. Dejarlo en manos de terceras personas es negligente, irresponsable y perezoso.

 

“Soy consciente de la dificultad de caminar a un lado del sistema que se nos impone”

-En la primera respuesta se ha referido al capital y a la brecha de clase y en la segunda, al capitalismo. En su ensayo hay mucho concepto marxista: habla de clase, de conciencia gremial, del sistema neoliberal, de dictadura, de trabajadores, de colectivizar la cultura… Incluso en su poesía es apreciable este sesgo. En La segunda lengua (2014) incluye una cita de Alberto Santamaría –“Deberías haberme visto leyendo a Marx en la playa”-; y unas páginas más adelante refiere algo que encaja con el final de su anterior respuesta: “No te quedes a mirar cómo el capital compra el deseo”. Pero es que su última entrega se llama a bocajarro Materia (2022). ¿Es la suya una poesía, establezcamos una nueva clasificación, del materialismo histórico?

-Bueno [sonríe], nunca me habían dicho eso pero no suena mal. Desde luego, bebe de muchos referentes, algunos los que usted ha mencionado. Quiero pensar que mi poesía viene filtrada por la historia vivida las últimas décadas. Por supuesto, mi ideología es enormemente cuestionadora y suspicaz para con la herencia capitalista. Pero también soy consciente de la dificultad de caminar a un lado del sistema que se nos impone.

-Para rebatir que la poesía por amor al arte sea hermoso se apoya en que entregar “la fuerza de trabajo” es una “dádiva equivoca”, y afirma que el hecho de que un trabajador renuncie “por voluntad propia a su parte” se le antoja “el sueño más alto de todo potencial empleador”. ¿El poeta es, pues, un trabajador o, como decía Mayakovski, un obrero?

-Desde luego, el fruto de su trabajo no viene de una inspiración divina. Ojalá. Esa es otra fantasía que pulula por ahí. Nos encantaría escribir casi al dictado de un trance divino, pero lo cierto es que la literatura sale del esfuerzo, del sudor, de la concentración y, sobre todo, del reflejo de ese trabajo, de ese sudor y de ese esfuerzo… que es el tiempo, el tiempo de nuestra vida, de nuestra salud, de nuestro cuerpo.

 

“Sustentar una carrera literaria es duro”

-Cita a Simone de Beauvoir: el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los oprimidos.

-Nuestra escritura es a costa de un tiempo que no es una mina infinita de la que extraer sin cesar. De esa mina finita extraemos el tiempo para nuestra creatividad, pero también para el edificio que soporta nuestras necesidades materiales.

-Ahí es donde empieza el conflicto.

-Si no necesitáramos tiempo para los frutos de la literatura, si esta viniese al dictado divino todo sería más fácil. Pero sustentar una carrera literaria es duro. No estamos hablando aquí de publicar un librito o dos libritos mientras nos dedicamos a otra cosa, sino de sostener una carrera literaria con sus sacrificios y renuncias. A veces parece que no queda muy claro de qué hablamos al hablar de vivir de la literatura. Cuando damos un recital aquí, una charla allá, una conferencia… la sociedad ve una foto, un vídeo, un viaje y sólo se queda con la parte agradable. Detrás de cada uno de esos eventos, hay muchísima burocracia.

-La burocratización de la vida actual contempla todos los órdenes, a veces parece soviética: afecta a profesores, a ganaderos… es como si hubiéramos ido hacia atrás.

-La burocracia es un enorme problema. El que asiste al recital no sabe de todos los mails que hay detrás, de todas las maniobras institucionales o comunicativas que tenemos que hacer para desarrollar nuestro trabajo. Y todo sale de la mina finita de la que le hablo.

 

“La literatura es algo individual que construye un patrimonio colectivo. Por eso hay que creer en el árbol y tener al mismo tiempo conciencia de bosque”

En Economía y poesía dice: “Siempre que un trabajador cultural es llamado y acepta desarrollar una labor de forma gratuita, pienso que la cima de la pirámide ha alcanzado el más alto de sus cielos”. Yolanda Castaño siempre ha visto la escritura poética como algo que se hace con las manos. Un trabajo, un oficio. Casi una forma de artesanía. Encaja con el perfil que vuelca William Deresiewicz en su libro de la bajista y compositora Kim Deal, conocida por formar parte, entre otras bandas, de los Pixies. Volvió a Dayton, Ohio, a los 50 años. Se compara sin rastro de autocompasión con el tipo de trabajadores del medio oeste industrial de Estados Unidos, cada vez más posindustrial. “Soy una trabajadora de la industria automotriz. Soy una trabajadora del acero. No soy más que otra persona en la historia del mundo, cuya industria se ha vuelto arcaica y ha desaparecido”. Yolanda Castaño no es tan derrotista.

-¿Es el artista un ser individual -pinte un cuadro o escriba un libro- o, como consideraba Marx, usted siente que el pueblo entero acaba siendo el autor -por medio del individuo de turno-? ¿El colectivo se expresa mediante el artista?

-Toda creación conlleva una parte subjetiva. Creo que se canta, se hace música, se pinta y se escribe desde un yo, pero esa particularidad no deja de ser el botón de muestra de una comunidad. La literatura es, por tanto, algo individual que forma parte de un entramado tremendamente colectivo. De hecho, construye un patrimonio comunitario. Por eso la literatura es tan delicada. Por eso hay que creer en el árbol y tener al mismo tiempo conciencia de bosque.

 

“El arte puede ser un navío expedicionario para grandes transformaciones sociales”

-En el siglo XX la literatura, dice, adquiere una dimensión política en favor de la revolución social. Seguramente en la segunda parte del XIX, con el realismo, también había denuncia. En todo caso, ¿usted cree que la creación es de izquierdas?

-Esto es muy complejo de analizar. Se tildó con frecuencia la creación como una actividad burguesa por lo que parecía tener de entretenimiento, o de actividad superflua. Sin embargo, la cultura y el arte, hoy en día, son de las mayores herramientas que tenemos para expresar ideas que pueden transformar el mundo. Es cierto que esas transformaciones operan primeramente en lo simbólico, pero detrás de lo simbólico llegan los cambios. El arte puede ser un navío expedicionario para grandes transformaciones sociales.

-Usted afirma al comienzo del ensayo que cualquiera que se asome a unas páginas de poesía notará que la mancha tipográfica “tiende a colocarse a la izquierda”. Entiendo que subraya su idea de progresismo.

-Sí.

-Pero se me ocurren muchos autores conservadores: T. S. Eliot, Vargas Llosa, Borges, Pessoa, Dos Passos, Ayn Rand, Ortega… -el mismo que decía que ser de izquierdas, como ser de derechas, era una de las infinitas maneras que tiene el hombre de ser imbécil-

-[ríe] Por supuesto que tiene que haber diversidad como en cualquier manifestación humana. En mi caso con esa metáfora quería decir que, bajo mi punto de vista, la literatura -y, si me lo permite, más señaladamente la poesía- es la mayor antípoda de la idea heredada. Y, por lo tanto, de la idea conservadora, de lo ya sabido, o de lo dado por hecho. La poesía explora nuevos derroteros del lenguaje. Quizá no inventa léxico, pero opera con el existente. Desde luego, ensaya nuevas relaciones entre las palabras, nuevas sintaxis para que, mediante esas innovadoras asociaciones, podamos explorar nuevas formas de dicción. Que al final son formas de decir la realidad opuestas a los lugares comunes y a las verdades unívocas. Quizá, con esas nuevas formas de decir, ensayemos nuevas maneras de entender el mundo y la vida. En ese sentido, yo creo que es un lenguaje progresista e innovador.

 

“Con la poesía podemos cargarnos las reglas lógicas y alcanzar espacios nuevos”

-De su testimonio se deduce que la poesía sirve. Hay una larga tradición que reclama la inutilidad del arte -al margen de lo que usted antes citó como “actividad superflua”. George Steiner habló de la “enorme inutilidad” que tenían en común la música y la poesía; cuando Auster recibió el premio Príncipe de Asturias, dedicó su discurso a hablar de esa misma inutilidad de la escritura; Rodrigo Cortés estima que esa es justamente su mayor virtud. Mucha gente entiende que el secreto o el misterio de la poesía, o de la escritura, es que valga en sí misma, que no sea funcional. Usted se opone a esa idea.

-Bueno, creo que tiene matices. Por un lado, valdría la pena definir qué entendemos por utilidad. Posiblemente todos convengamos que el amor no tiene absolutamente ninguna utilidad y, sin embargo, tiene importancia, que es algo distinto. Algunas de las cosas más importantes de la vida, o que más nos afectan, carecen de utilidad. Y sin embargo, aun creyendo que la poesía es tan importante como otras cosas inútiles -los afectos, la belleza-, no deja de ser un lenguaje transformador. Los demás lenguajes permiten analizar la vida con un fin. Ahí está el periodístico: nos ayuda a entender y a interpretar la realidad, pero no alcanza por sí solo. También nos servimos del código económico, del filosófico, del político. Todos ellos, desde su ángulo, contribuyen a explicar realidades tan convulsas como las que vivimos actualmente. Al lado de todas, por supuesto, está el lenguaje poético. El lenguaje literario nos ayuda, desde su flanco, a analizar el entorno desde posiciones a las que no llegan los demás. Con la poesía podemos cargarnos las reglas lógicas y alcanzar espacios nuevos.

 

“La belleza siempre es consuelo, esperanza, estímulo” 

-Ha citado la belleza, ¿cuál es su sentido actual? Venimos de una clasificación en la que se tenía en cuenta lo sublime -y en los ámbitos académicos, la excelencia-. Ahora es todo más horizontal. En poesía hay maneras de escribir directas, denotativas y podemos reclutar la participación del feísmo, en el siglo XX. ¿Cuál es el sentido de la belleza? ¿Podemos reclamarla aún? ¿En qué términos?

-Sí, podemos reclamarla porque es un concepto tan amplio que abarca maneras de entenderla tan diversas como diferentes gustos y percepciones puedan tener las personas. La belleza siempre es consuelo, esperanza, estímulo. Pero, por supuesto, cada persona desde la óptica que necesita. 

-Cita a Pardo Bazán. Porfiaba en vivir de su trabajo literario escribiendo ocho horas al día. Eso se puede asemejar a picar piedra, igual te duele la cabeza y no puedes escribir. ¿Cuál es el sentido de la profesionalización del poeta? Un dibujo a mano alzada de Picasso, realizado en dos minutos, puede valer millones y una obra que ha costado diez años podría no tener valor. Juan Rulfo está por encima de Corín Tellado. Usted defiende profesionalizarse. ¿Eso conectaría la acción con el mercado? Otros autores a lo largo de la historia han asociado la preservación de la calidad del género a su carácter minoritario.

-La poesía siempre será minoritaria porque es algo congénito al género. Efectivamente no es una cuestión cuantitativa y Pardo Bazán, bueno, mayormente era una narradora. La poesía no creo que necesite ese nivel de disciplina, de constancia diaria. Igual sí conviene mantener la mano ejercitada, como se suele decir, pero no como para que valga todo lo que se escriba de manera diaria. El camino de la profesionalización no lo pinto como un camino biunívoco, obligatorio, sino como un camino flexible, incluso discontinuo o tentativo. Lo importante es que pinte un horizonte de posibilidad, especialmente para las escritoras que vengan. Es verdad que no sería tanto escribir todos los días, sino que nuestro trabajo sea valorado, y debida y razonablemente remunerado. A veces cuando se apoya el reproche en las ventas de nuestros libros, conviene recordar que los números de los libros de poesía son tan ínfimos que representan un porcentaje muy pequeño de nuestros ingresos. El oficio no creo que se base tanto en las ventas de libros o discos. Las personas que viven hoy de la música lo hacen en buena parte por los directos, que no dejan de ser una manifestación musical y una de las formas en las que las personas consumen más música. También la poesía, entroncando con el carácter oral de sus orígenes, puede disfrutarse escuchada. Nuestros recitales poéticos serían nuestros conciertos, y ahí metemos charlas, talleres… todas las formas en las que comunicamos nuestro trabajo. Y todo debe ser remunerado.

[William Deresiewicz dice en su libro que las grandes obras de arte, incluso las que son simplemente buenas, dependen de la existencia de individuos “capaces de dedicar la mayor parte de su energía a producirlas; en otras palabras, profesionales”. Admite que la creatividad amateur es sin duda algo maravilloso para aquellos que la practican, pero no debe confundirse con el artículo original.]

-O sea, cuando dice que profesionalizarse es vivir de la obra, engloba las actividades satélite.

-Mmm… lo de satélite las coloca en una posición tan subalterna que no lo tengo claro. Una vez, una escritora de otra generación me dijo: “Tú no vives de la literatura, tú vives de los recitales”, y me pregunté yo misma qué eran los recitales, si acaso eran bricolaje u horticultura. No creo que si una pintora vive de vender algunos cuadros y complementa esa actividad con clases de pintura, se le pueda decir que no vive de la pintura. En la música, vuelvo al ejemplo, los conciertos son una forma de comunicar las canciones. De hecho, defender los recitales es arcaico porque nuestro género no nació para los libros. Eso fue algo que después de los incunables se coló en nuestro trabajo, cuando llegaron el universo Gutenberg y la distribución masiva editorial. Nuestro género nació para ser cantado y compartido en foros abiertos. Así que, por supuesto, parte de mi trabajo consiste en esos directos, en contactar con el público y recitar mis poemas.

 

“La democratización del acceso a las herramientas no sólo literarias sino editoriales ha dado buenos tiempos para el escritor aficionado y peores para la escritora profesional”

 

-Pero ¿cómo vivir de la escritura cuando parece haber más escritores que lectores? La editorial Periférica tiene un correo de respuesta automático para las propuestas de edición. Aclaran que no pueden leer tantas obras como reciben, y añaden: “Pasan los años y tenemos la sensación, a tenor de las muchas personas que envían sus obras, de que es posible que exista más gente que escribe y desea publicar lo que escribe de la que lee”.

-Eso está muy bien, estoy de acuerdo en que la democratización del acceso a las herramientas no sólo literarias sino editoriales ha dado buenos tiempos para el escritor aficionado y peores para la escritora profesional. A veces son superiores las ansias expresivas que las lectoras. Entiendo que no pueda ser una profesión masiva, pero así como hay personas que viven de editar libros y otras lo hacen de venderlos en sus establecimientos e incluso las hay que viven de distribuirlos, debería caber un pequeño porcentaje de la sociedad que viva de escribir.

 

“La cultura y el arte son elementos que construyen nuestra identidad, la de una época, la de un país”

-Escribir es una parte imprescindible en la cadena del libro, está claro. Pero si el mercado no reclama la actividad, ¿cuál es la salida?: ¿un subsidio? Estoy pensando en una frase suya: “Hasta que no se aprendieron civilizadas vías por las que solicitar una ayuda a alguna administración pública…”.

-No podemos dejar los productos culturales y artísticos exclusivamente en manos del mercado. Eso sería dejarlos en la ley de la selva. ¿Dejar solo aquellos productos más comerciales? No sé si queremos una sociedad que se recuerde sólo por el fútbol, las orquestas, los reality shows y la literatura folletinesca. La cultura y el arte son elementos que construyen nuestra identidad, la de una época, la de un país.

-A ese respecto, usted señala que en secundaria no se estudian los hitos deportivos sino los literarios. Aunque, a este paso, todo se andará…

-Espero que no. Como espero que no se estudien los logros de los empresarios y empresarias. De momento, se sigue estudiando literatura.

-No mucha.

-Pero todavía algo sí. Eso da cuenta de que hace mucho por la construcción de una identidad nacional. Así que vuelvo a la idea: ¿queremos recordar históricamente la cultura que se produjo en esta época, también a través del desarrollo de nuestra danza contemporánea, de nuestro teatro independiente, de nuestra escultura? Fíjese que estoy mencionando actividades sin duda minoritarias. Repito que si las dejásemos en manos del mercado, sería como dejarlas en manos de la ley de la selva. Así que por supuesto que las administraciones públicas tienen que ocuparse de que los géneros minoritarios puedan desarrollarse, ampliarse y trascender fronteras.

-Mediante ayudas.

-Sí, que podrían venir en forma de ayudas. Igual que las hay en otros ámbitos. Nadie se rasga las vestiduras cuando se ofrecen becas de estudio, de investigación, a proyectos arquitectónicos. ¿Por qué no hacerlo también en el ámbito literario, a un proyecto creativo?

-Claro, pero eso es para un momento concreto, una obra, un periodo, pero si aspira una persona a vivir de la escritura o de la poesía, tiene por delante igual 30 años de vida laboral.

-Sí, sí, así de difícil es. Por eso nadie está pidiendo que le solucionen la vida. Sólo aplicar lo que ocurre en otros países. No se aspira a nada fuera de este planeta. En países muy cercanos, existen sistemas de becas que se ganan en concurrencia competitiva y con comités rigurosos.

-Usted es un ejemplo de que se puede vivir de la literatura.

-Por supuesto, no ha sido fácil llegar aquí pero, bueno, conciliando un poco los ámbitos locales con el estatal y el internacional, abriendo el abanico, no sólo ofreciendo recitales. También ejerzo como jurado en certámenes y exploro diálogos entre poesía y otros lenguajes creativos, creando híbridos. Hago videopoesía, uno poesía con música, poesía con plástica, escribo textos para públicos específicos como el infantil… Combinando un poco de aquí y de allá, sí, se puede llegar a vivir de la literatura. Hay que compaginar becas con otras vías.

-El problema es que igual mucha gente querría vivir, acabamos de decir que hay mucha gente que escribe. ¿Quién opta a esa beca, a esa subvención, por la vía que sea? ¿Todo la que la solicita? ¿Quién selecciona?... Tenemos los casos de los premios privados, se dice que están dados y tal cosa no se aleja muchas veces de la realidad. Ahora mismo no hay editorial abierta a recibir originales, es muy difícil traspasar ciertas barreras. Al final, si se presentan 400 personas a un premio, esté o no dado, le cae a uno. ¿Ese sistema de incentivos sucesivos convertiría a la gente que finalmente pudiera vivir de ello en una pequeña élite?

-Llamarlo élite es un poco espinoso. Podríamos llamar élite a las personas con mejores calificaciones universitarias.

-Estamos hablando de meritocracia.

-No niego que hay una enorme competencia. Por supuesto que no mucha gente puede vivir de la música, de las artes plásticas y del cine, pero siempre hay un número de personas que lo consigue. Por supuesto, son carreras enormemente exigentes. Poner la tirita antes que la herida no me parece muy constructivo. La condición humana es corruptible, pero existen jurados calificadores que dan acceso a una escuela de arte, que juzgan una oposición muy dura, que otorgan becas…. Es imposible, dentro de lo humano, la absoluta perfección. Pero no por ello vamos a preferir la carestía a la posibilidad. Hay que crear estructuras.

 

“No son buenos tiempos para el arte en ningún lugar, todos los géneros lo tienen complicado”

-Ha citado varias manifestaciones artísticas. En el ensayo, se pregunta “qué matiz implica la palabra poeta que la arrincona frente otras como pintor, bailarina, arquitecta, músico, compositora,” pero según retrata William Deresiewicz, en La muerte del artista, todas las manifestaciones están tocadas. Es muy complicado vivir del arte en general. ¿Hay algún país en el que esto sea distinto?

-Es cierto que es tremendamente difícil, no son buenos tiempos para el arte en ningún lugar, todos los géneros lo tienen complicado. En el caso de la poesía, creo que su adhesión espiritual, casi social o incluso moral ha dificultado todavía más la trazabilidad del esfuerzo.

-La dificultad, se refiere, de ser tenida como un trabajo.

-Sí, ha hecho que vivir de la poesía casi sonase como vivir de la bondad, como si la poesía no fuese un género artístico más. Por supuesto que la poesía expresa emociones, pero también expresan emociones la música y la plástica, y no por ello dejan de ser tareas humanas remunerables. En cuanto a otros países, por supuesto que hay situaciones bastante mejores para las artistas y los artistas que las que vivimos en nuestro Estado. No solo la de Alemania o la de los países nórdicos porque se me puede reprochar que estoy hablando de estados con un PIB superior al nuestro.

-¿Cuánto de pensamiento y cuánto de emoción hay en la poesía a su juicio?

-Debe ser un equilibrio entre ambas. La poesía es un lenguaje afín a la filosofía que sustituye las lógicas más intelectuales por otras de naturaleza irracional o conectada con las emociones. Es, por lo tanto, una emoción que piensa, pero mediante herramientas y caminos poco reflexivos.

-Usted cuenta en el libro que una poeta de Irlanda le preguntó cómo aprendía a la gente en España a hacer literatura. De ahí se puede deducir una categoría laboral.

-Sí, Irlanda es un buen ejemplo. Incluso México podría ser un espejo en el que mirarnos. Hay países en que existen circuitos de ayudas, becas de creación, programas de mentorado en el que autores o autoras consagradas pueden tutelar el camino de autoras o autores emergentes, y son remunerados por ello.

-También se pregunta por qué el trabajo de una poeta danesa permite ser tarificado.

-Y el nuestro no. ¿Por qué tanto prurito a la hora de imaginar cómo pagar a los poetas?

-Volvamos a la escritora de Irlanda, hablemos de las clases de escritura creativa. Usted las defiende. Tradicionalmente, no importa la época, los autores no recibieron pautas para escribir, no aprendieron a hacerlo, da igual si Garcilaso, Vallejo, Lorca, Machado o Valera. Incluso la ausencia de pautas podría ser liberadora y contribuir a esa forma de escribir que usted defiende. ¿Considera que puede haber una enseñanza reglada de la escritura?

-No lo tengo claro, pero sí considero que volvemos a ser hijos de nuestras propias tradiciones culturales. Me he encontrado con escritoras y escritores provenientes de otras que me preguntan con enormísima y profunda curiosidad cómo las escritoras españolas aprendemos a escribir. En los países anglosajones, las clases de escritura están extendidísimas. Se trata de una práctica muy longeva. Fíjese que en nuestro país sí tenemos formaciones regladas en otros ámbitos artísticos: la plástica, la música, la arquitectura, la escultura… en literatura esto causa enorme estupor.

 

“Hay una gran soberbia en decir que o nacemos con un talento o no hay nada que hacer”

-Hay quien dice que cualquiera puede pintar o escribir. Usted descree de la inspiración. ¿No cree en cualidades naturales?

-Hay una gran soberbia en decir que o nacemos con un talento o no hay nada que hacer. Quizá podríamos darle una vuelta. Dar una oportunidad a las personas. La lectura no deja de ser una especie de formación constante. Luego, por supuesto que la historia ha dado genios. En esos casos, la formación se ha dado de una manera mucho más sutil, íntima y sin necesidad formativa.

-Ha hablado de las dificultades de valorar el esfuerzo, pero usted es partidaria de la pereza.

-Sí [risas]. La pereza es el defecto que prefiero.

-En su ensayo habla de “la latente ideología del trabajo” y de la pereza como un contrapeso. Eso me llevó a pensar nuevamente en Marx, o más exactamente en su yerno, Paul Lafargue, autor de El derecho a la pereza; volvemos al marxismo por otra vía.

-Pues sí, lo que son las cosas. Bueno, la pereza para mí es como una especie de entelequia dorada pero me gusta en los demás. Me he criado en la ideología del trabajo, al ser hija de una generación para la que trabajar fue casi una religión y un ascensor social. Me he visto atrapada en esa ideología, de la que confieso ser víctima.

-¿Cuántas horas trabaja al día?

-Diez. No me siento orgullosa. Es un ejemplo que me gustaría que no siguiese nadie a mi alrededor. Yo trabajo para que tengan condiciones mejores las que vengan detrás de mí. Para que no tengan que dejar de lado a sus seres queridos. No debería ser necesaria una entrega tan grande, tan ardua y con tantas renuncias.

-Los ocho últimos premios nacionales han sido mujeres. Además, se han tenido en cuenta las lenguas cooficiales y la identidad. Son designaciones del gobierno del Estado. Calidad aparte, ¿se pueden tomar como premios políticos?

-No han sido premios políticos. En cien años de Premio Nacional de Poesía, yo fui la decimoprimera mujer en ganarlo. No tengo muy claro si todos esos hombres lo merecían. Quiero decir: ¿cuántos años llevamos con ese premio? Ciento y pico. Y lo han ganado trece mujeres, y ochenta y tantos hombres. ¿Los ochenta y tantos fueron premios políticos? Cabría pensarlo. Cabría plantearse si fueron premiados por ser hombres o si fue por su calidad literaria. En cualquier caso, ya tocaba un poco de compensación por todas estas décadas y siglos en las que hemos estado elegante y discretamente calladas. Esperamos el mismo silencio por el otro lado.

-Una entrevista como esta, en profundidad, ¿debería ser considerada un trabajo?

-No, claro que no, una entrevista no deja de ser una conversación, no deja de ser promoción real y divulgación de la obra.

-En Estados Unidos hay autores, consagradísimos, que cobran por ser entrevistados -incluso por firmar-, y el representante se lleva un porcentaje.

-Bueno, desde luego hay conversaciones pendientes. Existen países más avanzados que el nuestro. Otro asunto que dejaría sobre la mesa es si debe remunerarse a todos los autores, a todas las poetas, por igual.

-Suena a relativismo o a igualitarismo radical.

-Claro, es un debate. Genera controversia. Me parecen conversaciones interesantes, pero un tanto avanzadas, de un estadio en el que desgraciadamente aún no estamos. Todavía estamos en un nivel de iniciación, ojalá lleguemos ahí.

 

“Quienes vivimos de la poesía claro que hablamos de cachés. Hay que abordar estos temas con transparencia, honestidad y de un modo saneado”

-El caché muchas veces -en la música, en la pintura- depende de la penetración social del autor o de su protagonismo en el mercado.

-Bueno, quienes vivimos de la poesía claro que hablamos de cachés. Estaríamos buenos, ¿no? Quienes hacemos entre cinco y siete eventos a la semana, imagínese si no hablásemos de cachés. Hay que abordar estos temas con transparencia, honestidad y de un modo saneado. O sea, tenemos que hablar de facturación, de IRPF, de epígrafes… El sistema nos obliga a ser nuestras propias contables, agentes, road managers, nuestras community manager, nuestras propias jefas de prensa… Son conversaciones que la música y las artes plásticas tienen más avanzadas.

Para avanzada, su actividad. No todos los cuerpos ni todas las mentes resistirían una tan exigente. Pocos días después de esta charla irá a Nigeria, donde pasará una semana. Justo al volver, atenderá a un invitado procedente de Colombia que participa en el ciclo internacional de poesía que dirige un lunes al mes desde hace 17 años, en La Coruña. Al día siguiente tiene actuación en la localidad gallega de Oleiros por la mañana y por la tarde volverá a sus maletas porque veinticuatro horas después partirá a Rabat, Marruecos. Un rayo que no cesa. Su agenda es síntoma de la paradoja volcada en Economía y poesía: vivir de la literatura no le permite escribir. Pero escribe. Y “cada cuatro o siete años” publica. Entretanto, no deja de participar en actividades. Para no naufragar. Ni en la vida ni en la obra. Para ganar tiempo, ese mar encrespado. Para no dejarse ahogar por él.