
Otro autor que continúa gozando del favor del público y de los estudiosos de nuestras letras es Manuel Gutiérrez Aragón. De ahí que ahora la revista TURIA brinde una aproximación rigurosa, oportuna y completa, a su labor literaria. Porque este académico de número de la RAE es, sobre todo, un indiscutible referente de la mejor cultura española. Conviene subrayarlo porque, todavía hoy, en la trayectoria de este cántabro nacido en Torrelavega se destacan por encima de otros méritos su condición de laureado director de cine, de realizador de exitosas series para televisión, o su tarea como guionista y productor. Y sin embargo, como confirman sus novelas, hay en Gutiérrez Aragón un escritor fabuloso y pródigo en obras que nos interpelan. Un creador total que confirmaría, además, la tesis de que cine y literatura son vasos comunicantes.
Junto a esas atractivas aproximaciones a Borges y Gutiérrez Aragón, destaca también en esta entrega de TURIA un artículo de Raúl Molina Gil, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, que aborda la notable y hoy olvidada labor intelectual de Antonio Sánchez Barbudo. Bien lo merece porque este escritor, profesor y crítico literario, fue uno de los más ilustres miembros del exilio republicano español. No en vano, había sido por ejemplo uno de los promotores de la célebre revista cultural Hora de España que pretendió, en plena guerra civil, seguir fomentando la creatividad y el ensayismo a pesar del conflicto bélico. También fue uno de los participantes de aquellas célebres Misiones Pedagógicas que promovió la Segunda República y que le permitió contactar con la auténtica realidad de España más allá de la vida de las grandes urbes y establecer lazos fraternales con un sinnúmero de escritores.
En 1939, como tantos otros, Sánchez Barbudo tuvo que exiliarse en Francia, donde permaneció en un campo de concentración hasta que pudo viajar a México. De allí se trasladaría a los Estados Unidos, donde ejercería como profesor universitario hasta su muerte. Sin embargo, nunca abandonó una fértil tarea investigadora que no obtuvo el eco necesario ni siquiera cuando España se transformó en un país democrático.
ESCRITORES DE CALIDAD LITERARIA CONTRASTADA EN NARRATIVA Y POESÍA
Además de esos relevantes estudios literarios sobre tres autores de calidad y originalidad indiscutibles, TURIA realiza una apuesta clara por difundir material inédito de un notable autor francés considerado una de los protagonistas más singulares de la actual literatura europea: Pascal Quignard. Un escritor y músico muy prestigioso en su país y del que la revista ofrece un anticipo de su nuevo libro, “No hay lugar para la muerte”, editado este mismo año en Francia y que verá la luz en español en los próximos meses gracias a la editorial Shangrila. Sus páginas contienen una profunda y poética reflexión sobre el duelo, la persistencia de la vida y el origen, alejándose de la visión tradicional y morbosa de la muerte. Como el propio autor ha declarado: “No soy un novelista francés (…) Soy un lector que un día abrió un libro y que está lejos de haberse apropiado de su lengua”.
La potente sección que TURIA dedica a narrativa se nutre también de material inédito de autores tan contrastados y reconocidos a nivel literario como Eloy Tizón (Madrid, 1964, considerado uno de los mayores exponentes de la narrativa breve en lengua española de finales del siglo XX y las primeras décadas del XXI), Carlos Castán (aunque de origen altoaragonés, nació en Barcelona en 1960 y reside desde hace años en Madrid. Es un autor de prodigiosos libros de relatos como Frío de vivir o Museo de la soledad) y Eduardo Lago (Madrid, 1954, posee en su haber premios como el Nadal, el Nacional de la Crítica o el Ciutat de Barcelona. Reside en Nueva York desde 1987, ha sido director del Instituto Cervantes en esa ciudad y es un gran experto y traductor de la literatura norteamericana).
Junto a ellos, la revista publica también material inédito de escritores más jóvenes pero igualmente valiosos como como Rebeca García Nieto (Medina del Campo, Valladolid, 1977, psicóloga de formación, cree que escribir no es otra cosa que zambullirse en la mente ajena) y Alberto Otto (Madrid, 1986, que causó impacto con su primera novela La tos, o de autores consolidados como Emilio Gavilanes, también reconocido lexicógrafo.
Por último, la revista apuesta por una nueva voz narrativa: la de la aragonesa Cristina Armunia Berges (Teruel, 1988). La amplia y cuidada sección que TURIA dedica a la poesía, la conforman originales de veintiséis escritores de todo tipo de perfiles generacionales y estéticos. Por ejemplo, en la nómina de autores de larga y apreciada obra lírica que colaboran en esta entrega de la revista se encuentran Clara Janés (académica de la RAE), Javier Lostalé, Ana Rossetti, Eloy Sánchez Rosillo, Antonio Lucas, Carlos Pardo, Rosana Acquaroni, Selena Millares, Alberto Santamaría, Manuel Neila o Juana Vázquez, por citar a algunos. Entre los nuevos nombres de la joven poesía que participan, hay que citar a Guillermo Marco Remón, Sofía Nowenstern, Luis Bravo, Candela de las Heras, Rodrigo Buenaventura, Paula Díaz Altozano y Alejandra Martínez de Miguel. Conviene subrayar también que la presencia de poetas aragoneses es notable y reafirma la vocación de TURIA de servir de puente cultural entre territorios y creadores: Adolfo Burriel, Enma Calvo Olloqui, Francisco López Serrano, María Martín Hernández, Angélica Morales y Ana Muñoz.
UN BORGES PARA EL SIGLO XXI
La revista TURIA da a inicio al sumario de su nuevo número con un brillante texto ensayístico sobre la vigencia indiscutible de ese fabuloso escritor que fue y sigue siendo Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Argentina, 1899 - Ginebra, Suiza, 1986). Lucas Adur, que el pasado año publicó en Ediciones Cátedra una excelente biografía de su célebre compatriota, elabora ahora para TURIA un certero artículo con el título “Leer hoy a Jorge Luis Borges: el mismo, el otro”. Sin duda, no puede ser más oportuna esta reflexión, esta invitación a la lectura actual del célebre autor argentino.
Cuando han transcurrido cuarenta años de su muerte se constata, según Lucas Adur, que “quizás leemos a Borges de otra manera porque el mundo se ha vuelto cada vez más borgeano”. Eso significa, en esencia, que “hoy es inevitable pensar en las numerosas intersecciones entre realidad y ficción que atraviesan nuestra cotidianeidad: fake news, inteligencias artificiales, música compuesta e interpretada por algoritmos, identidades virtuales que no se corresponden con ninguna persona real…”
Tiene razón Lucas Adur cuando afirma: “aunque anclado firmemente en el siglo XX –y aún en el XIX, el de su nacimiento– Borges es un autor para el siglo XXI. Su obra no tematiza avances técnicos comparables a los que actualmente nos rodean, pero sí se interroga por la dimensión ética, filosófica y política de la superposición de la ficción y la realidad, de la difuminación de las identidades, de la manipulación de la historia, de los límites paradójicos de una biblioteca infinita (¿la de Babel, Internet?), de los riesgos de una memoria capaz de abarcarlo todo (¿Funes como inteligencia artificial?)… Ciertos recursos y procedimientos borgeanos que en su momento eran revolucionarios nos resultan hoy reconocibles, casi familiares: los libros imaginarios, la proliferación de referencias que saltan de un texto a otro y a otro, los desdoblamientos del “yo” público y privado (¿qué son sino las redes sociales?).
En definitiva, nos dirá Adur, "en un tiempo en el que nadie parece tener tiempo (o paciencia), Borges ofrece poemas y cuentos que pueden leerse en pocos minutos, pero cuyas resonancias son infinitas. Por eso su obra se mantiene vigente, porque cambia, releída y redescubierta por cada época, por cada lector”. Felizmente, Borges es ya un auténtico clásico intemporal y su literatura nos enriquecerá siempre.
MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN: HAY VIDA DESPUÉS DEL CINE
Nadie mejor y más autorizado para hablarnos con criterio y acierto del cineasta y escritor Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, Cantabria, 1942) que Pablo Pérez Rubio, quien a su formación como filólogo suma la de historiador del cine y crítico. Además, ambos han protagonizado en distintas ocasiones las páginas de TURIA. De ahí que el artículo que ahora se publica, bajo el título de “La vida después del cine. Manuel Gutiérrez Aragón en letras”, resulte una utilísima panorámica para que el lector conozca con detalle sobre su producción literaria.
Como ha ocurrido en otros casos de cineastas-escritores, Manuel Gutiérrez Aragón no ha disociado plenamente ambas labores, pues como confesó con ironía: “hay en mí dos personas distintas y un solo Gutiérrez verdadero”. Lo que sí resulta evidente es que, tal y como indica Pérez Rubio en su artículo, “en 2008, Manuel Gutiérrez Aragón anunciaba públicamente que abandonaba de manera definitiva la práctica del cine por la de la escritura: “desde hace tiempo —declaraba entonces— me es muy difícil hacer las películas que quiero y de la manera que quiero”. Esgrimía razones de mercado, de indefinición ante los nuevos públicos, o de dificultades para adaptarse a unos tiempos cada vez más difíciles; unos motivos que no le impedirían, por el contrario, redactar en soledad su primera novela, La vida antes de marzo (2009), ganar con ella el Premio Herralde y presentarse con solvencia ante el lector”.
Atrás quedaba una extensa filmografía, como guionista, director y productor tanto de largometrajes, cortometrajes, documentales y series televisivas. Una valiosa y dilatada labor que lo ha situado entre los grandes nombres propios de nuestra industria audiovisual.
Por otra parte, Pablo Pérez Rubio argumenta en TURIA, a propósito de la tarea como escritor de Gutiérrez Aragón, que “aparecían ya en La vida después de marzo las constantes que resumirán la trayectoria literaria posterior del autor, tanto en el viaje corto del relato como en el itinerario trabajoso de la novela: ausencia de artificios narrativos (pero no de ciertas y peculiares travesuras con la estructura), antirretoricismo, dosificación de la información que se proporciona al lector y juegos con los saberes narrador/ receptor, inclusión determinante de un trasfondo socio-político, notorias referencias autobiográficas y dominio del tratamiento de la sugerencia, convertida en sutil valor que no excluye un fino sentido del humor y una innegociable originalidad. Todo ello, siempre, en feliz convergencia con modelos narrativos explícitamente heredados de la gramática cinematográfica”.
Por último, y no por casualidad, en uno de sus más recientes libros (Vida y maravillas) Gutiérrez Aragón dejaba una curiosa reflexión sobre el hecho de escribir, que equiparaba al ejercicio de dirigir cine: “¿Qué es escribir? Una actividad apasionada que termina en algo parecido a una eyaculación liberadora”, “algo así como nacer de nuevo”: libertad, independencia y soledad creadoras frente a las servidumbres de la producción fílmica en gran equipo y los problemas relacionados con el dinero y la financiación.
ANTONIO SÁNCHEZ BARBUDO: UN INTELECTUAL DE LA REPÚBLICA EN EL EXILIO
Bajo el descriptivo título de “El largo viaje de Antonio Sánchez Barbudo: un intelectual de la República en el exilio”, Raúl Molina Gil realiza en TURIA una meritoria aproximación divulgativa acerca de uno de esos miles de españoles que cruzaron a Francia en 1939. Tras su estancia en el campo de concentración de Saint-Cyprien, Sánchez Barbudo consiguió luego que lo liberaran y embarcar hacia México en aquel mítico barco cargado de prestigiosos exiliados que fue el “Sinaia”. La siguiente etapa, seis años más tarde, sería Estados Unidos. Allí ejercería como profesor hasta su jubilación en 1980 de la Universidad de Wisconsin y allí murió en 1995.
Su peripecia vital y su tarea como escritor, profesor y crítico literario es narrada en TURIA con rigor y voluntad de hacer justicia, de rescatar del olvido a uno de los fundadores de aquella revista cultural símbolo de la Segunda República que fue Hora de España. Una publicación de referencia que se editó entre 1937 y 1939, primero con sede en Valencia y luego en Barcelona, fueron Ramón Gaya, Rafael Dieste, Arturo Serrano Plaja y Juan Gil-Albert. Y su nómina de colaboradores fue espectacular: en sus páginas encontraremos a Antonio Machado, María Zambrano, José Bergamín o Rafael Alberti, por citar a algunos. Sin duda, y como bien la describió el hispanista norteamericano Waldo Frank, “Hora de España” constituyó “el mayor esfuerzo literario que ha salido de cualquier guerra y prueba de que la lucha de España contra la traición del mundo es el nacimiento de una cultura que no debe morir”.
Dedicado por completo a la docencia e investigación, en 1958 Sánchez Barbudo fue nombrado “full profesor” de Wisconsin y adquirió la nacionalidad norteamericana, una circunstancia que le permitió viajar y regresar temporalmente a España. Su experiencia la relató en “España al volver. Impresiones de un refugiado”, que publicó en 1959 en la revista neoyorquina Ibérica. Editor de Dios deseado y deseante. Animal de fondo (1964) y Diario de un poeta recién casado (1970) de Juan Ramón Jiménez, así como de Miguel de Unamuno (1974), coordinó y colaboró en el Homenaje a Arturo Serrano Plaja (1984). En 1981 la Universidad de Wisconsin publicó un libro colectivo en “Homenaje a Antonio Sánchez Barbudo. Ensayos de literatura española moderna” y en 1987 asistió en Valencia al Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas, en donde presentó una ponencia titulada “Algunos recuerdos y reflexiones” sobre el Congreso de 1937.
Tal y como se afirma en las conclusiones del artículo, pese a los intentos de reubicarlo dentro del mundo literario español, su figura, como la de tantos otros, ha ocupado una posición de injusto margen en la historia de nuestras letras, que sólo la crítica contemporánea puede ayudar a restaurar. Ojalá este artículo de la revista TURIA contribuya a revalorizar la ingente tarea intelectual que llevó a cabo Antonio Sánchez Barbudo.
PASCAL QUIGNARD, UN CLÁSICO VIVO DE LA LITERATURA FRANCESA
Otro de los principales protagonistas del nuevo número de TURIA es Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, Francia, 1948). Considerado un escritor de culto en Europa y un auténtico clásico vivo de las letras de nuestro país vecino, Quignard ya fue objeto de un inolvidable monográfico de la revista en 1998. Ahora vuelve a suscitar el interés de los buenos lectores por cuanto se ofrece, en exclusiva en español, un adelanto de su último libro publicado: “No hay lugar para la muerte”. Una novedad que verá la luz en el próximo otoño y gracias a la editorial Shangrila.
Su traductor, Manuel Arranz, escribe en TURIA una reveladora nota informativa en la que nos aclara las intenciones de Quignard con este libro: “No hay lugar para la muerte”, uno de los últimos versos que escribiera Emily Brontë, es quizá su libro más personal, más autobiográfico, más íntimo y secreto. Quignard retoma en este texto composiciones musicales soñadas, variaciones, fugas y melodías, citas explícitas e implícitas, alusiones, sueños y recuerdos apócrifos, ecos de otros libros, propios y ajenos, que se confunden y olvidan, porque leer es, en última instancia, descifrar el mundo, “este mundo de lenguas y de libros”, donde todo renace, todo vuelve, todo muere, y no hay lugar para la muerte.
Pascal Quignard vive en París y se inició en la escritura como ensayista a los veinte años, actividad que sigue cultivando a la par de su creación novelística. Su otra pasión ha sido y es la música barroca. Además, es un experto organista. En 1994, siendo editor en Gallimard y director del Festival de Ópera Barroca de Versailles, lo deja todo para dedicarse únicamente a escribir.
Es autor de más de ochenta libros entre los que destacan sus novelas Carus (1979, premio de la Crítica), El salón de Wurtemberg (1986), La lección de música (1987), Las escaleras de Chambord (1989) y, Todas las mañanas del mundo (1991, llevada al cine por Alain Courneau, con banda sonora de Jordi Savall), Terraza en Roma (2000), y Villa Amalia (2006, gran premio Jean Giono). También cabe destacar su ciclo narrativo Último reino, del que ya han aparecido cinco volúmenes, el primero de los cuales, Las sombras errantes”, mereció el premio Goncourt en 2002. Otros títulos traducidos a nuestro idioma son: Las solidaridades misteriosas (2012) y El amor el mar (2023). No hay que olvidar, finalmente, que Quignard ha escrito numerosos ensayos en los que la ficción se mezcla con la reflexión, como Pequeños tratados.
En 2023 recibió en España el Premio Formentor de las Letras, dotado con 50.000 euros. Anteriormente, en 2019, Pascal Quignard fue distinguido con el premio Marguerite Yourcenar por el conjunto de su obra. Asimismo, por su contribución a la difusión de las artes y las letras en Francia y en todo el mundo, ha obtenido numerosos galardones honoríficos en su país natal.

