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15 de febrero de 2016

El poeta portugués Sebastião Artur Cardoso da Gama, más conocido como Sebastião da Gama, nace un viernes de abril de 1924 en Vila Nogueira de Azeitão, distrito de Setúbal, y fallece, víctima de tuberculosis renal y con apenas 27 años, en Lisboa. Su breve e intensa vida se vertebró principalmente en torno a dos pasiones: la actividad poética y la docencia. Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Lisboa, Gama debe su reputación, además de a la considerable valía de sus libros de poemas y de su Diário, a su excelente capacidad pedagógica, siendo sobradamente conocida y casi legendaria su dimensión humana, su bondad natural y el exquisito trato que dispensaba a sus alumnos. Debido a sus problemas de salud, y bajo recomendación médica, Gama trasladó su lugar de residencia a la melancólica y mágica Sierra de Arrábida, muy cerca de la costa, gracias a lo cual desarrolló una rigurosa conciencia medioambiental: no en vano una carta de su autoría en defensa de la Sierra contribuyó decisivamente a que se fundara, en 1948, la Liga para a Protecção da Natureza, la primera asociación ecologista portuguesa.

Los dos primeros libros de Sebastião da Gama, Serra-Mãe (1945) y Cabo da Boa Esperança (1947), suponen un canto directo y sencillo de las innúmeras virtudes de la naturaleza y del amor: montes, nubes, mares y personas se alternan en sus versos desde una óptica inusitadamente optimista y romántica, en una suerte de hermoso panteísmo y de comunión entre los seres. Pero Gama no ha encontrado todavía su verdadera voz: no será hasta que la enfermedad comience a causar honda mella en su salud, hasta que la zarpa de la muerte planee concienzudamente sobre su cabeza, que su poesía gane en altura, riqueza formal y sentido de la trascendencia. En su cuarto y último libro publicado en vida, Campo Aberto (1951), es ya patente el salto de calidad conseguido con respecto a sus obras anteriores, que vendrá a confirmarse y a aumentarse en el póstumo Pelo sonho é que vamos (1953), considerado de manera casi unánime por la crítica como su mejor obra; sirva este ramillete de poemas, en traducción propia y, hasta donde llegan mis indagaciones, por vez primera en lengua castellana, para dar a conocer la voz franca y honesta de Sebastião da Gama.

 

LOS QUE VENÍAN DEL DOLOR

Los que venían del Dolor tenían en los ojos

cruelísimas verdades estampadas.

Lo que era difícil era fácil

para los que venían del Dolor directamente.

 

La flor sólo era bella en la raíz,

el Mar sólo era bello en los naufragios,

las manos sólo bellas si arrugadas

para los ojos vívidos y sabios

de los que venían del Dolor directamente.

 

Los que venían del Dolor directamente

eran demasiado nobles para despreciaros,

¡Mar azul!, ¡manos de lirio!, ¡lirios puros!

Pero en sus ojos graves sólo entraban

las verdades humanas y cruelísimas

traídas del Dolor directamente.

 

EL SUEÑO

Por el sueño nos vamos,

conmovidos y mudos.

¿Llegamos? ¿No llegamos?

Haya o no haya frutos,

por el sueño nos vamos.

 

Basta la fe en lo que tenemos.

Basta la esperanza en aquello

que quizá no tendremos.

Basta que el alma entreguemos

con igual alegría

a lo que desconocemos

y a lo que es del día a día.

 

¿Llegamos? ¿No llegamos?

 

?Partimos. Vamos. Somos.

 

MAÑANA EN EL RÍO SADO

Blancas, las velas

eran sueños que el río soñaba alto.

Muchachas acodadas en ventanas,

se veían, a través de la flor azul del agua, las gaviotas.

Y la Mañana tranquila (sonriendo, hermosa, llegaba la primavera…)

ponía sus pies melindrosos entre las conchas.

Emanaban jardines imponderables

de sus pasos de ninfa

y temblaban las conchas

por súbitas caricias.

 

Lejos estaba todo: el miedo del naufragio,

la angustia de los hombres, el disgusto,

las muecas de tragedias y comedias

de cada uno, el luto, las derrotas.

Lejos la paz verdadera de los niños

y la obstinación heroica de los que esperan.

 

Allí, en la orilla del río,

mirando sólo el río, con los oídos sordos

a lo que no es la música del agua,

un sosiego alegórico persiste.

Ni el jadear de las velas lo perturba.

Ni el rumor de los senos caprichosos

de la Mañana, que brotan en las aguas

y fluctúan, enfermos de perfume.

Ni la presencia humana del Poeta

?sombra que poco a poco se ilumina

y se diluye, anónima, en la brisa…

 

FLORBELA (A SU MEMORIA)

¡Soy yo, Florbela! Aquel a quien buscaste.

Hablan de mí tus versos de Muchacha.

Tu boca para mí se abrió, divina,

mas fue sólo el Luar lo que besaste.

 

¡Has de volver, Florbela! En débil asta

por entre el trigo crece, purpurina,

la más fresca amapola de este prado

que, por haberme visto, no cortaste.

 

Tengo yo tres mil años: soy Poeta.

Nací del labio seco de un asceta,

de una oración que Dios dejó de lado.

 

Redimí tantos cuerpos, tantas vidas

viví en ellos, que siento ya nacidas

alas para subir, para alcanzarte.

 

INSCRIPCIÓN

Nada sabe del Mar

quien no murió en el Mar.

Que callen los poetas

y que digan apenas la mitad

los que andan sobre las olas

sujetos por un hilo.

 

Sabe todo del Mar

quien en el Mar perdió todo.

Pero duerme en su fondo,

tiene los labios sellados,

y sus ojos, que reflejan

y explican claramente

los misterios del Mar,

para siempre cerrados.

 

POESÍA DESPUÉS DE LA LLUVIA

(A Maria Guiomar)

Después de la lluvia, el Sol: la gracia.

¡Oh, la tierra mojada iluminada!

Y regueros de agua atraviesan la plaza

?luz fluyendo, en un fluir imperceptible casi.

 

Canta, contento, un pájaro cualquiera.

Después, en las ramas desnudas, aletea.

El fondo es blanco –cal fresca en las casitas de la plaza.

Cascabeles, ruedas girando, voces claras en el aire.

 

¡Tan alegre este Sol! Hay Dios. (Si lo hubiera negado

antes del Sol, no lo dudaba ahora).

¡Tarde virgen, Señora aparecida! ¡Oh, Tarde,

igual a las mañanas del principio!

 

Y tú pasaste, flor de los ojos negros que yo admiro.

¡Grácil, tan grácil! Pura imagen de la Tarde…

Flor llevada por las aguas, mansamente…

 

(Fluía la luz, en un fluir imperceptible casi…)

 

PLAZA DEL ESPÍRITU SANTO, 2, 2º

Ni más ni menos: todo similar

al desmedido sueño que tenías.

Apenas no soñaste con estas golondrinas

que habitan el tejado.

 

Vivimos en la plaza… ¡Qué hermoso

es el nombre que tiene nuestra plaza!

Fíjate que con esto no contábamos.

(Éramos dos soñando y exigiendo.)

 

Desde la casa el Alentejo es verde.

Y basta abrir los ojos: son sembrados,

son olivares, huertas… ¡Y pensabas

que nuestros ojos vivirían sedientos!

 

Y el pan de nuestra mesa… ¡Y la jarrita

que nos da de beber! Los mil dibujos

de la vajilla: flores, peces pardos,

dos pájaros que cantan en un nido…

 

¿Y nuestro cuarto? Ahora puedes darme

tu cuerpo sin recelo ni amargura.

Observa a la Señora de la Moldura

reír por nuestra alma y nuestra carne.

 

En todo, Compañera,

nuestra casa es sin duda nuestra casa.

Hasta en las flores. O en la encina en brasas

que gime en la chimenea.

 

Así lo quiso Dios. Y nosotros al sueño alzamos muros,

yo rasgué las ventanas, tú bordaste

las cortinas. Después, flor en el asta,

fue cogerte y quedamos ambos puros.

 

Puros, Amor –y a la espera.

Y serenos. Igual que nuestra casa.

(Y llamará a la puerta, con un ala,

un ángel de sangre y carne verdadera.)

 

A LA MEMORIA DE ALBERTO CAEIRO

Ahora sí, ahora que he cerrado el libro de Poesía.

El Sol ha dejado de ser una metáfora para ser el Sol.

Los sentimientos han dejado de ser apenas palabras.

Todo es de verdad, ahora que he cerrado el libro de Poesía

y he mirado de frente todo aquello que existe.

 

¿Por qué demonios me enseñaron a leer?

(Si no supiera leer ni siquiera tendría que cerrar el libro,

insatisfecho por no haberlo abierto)

¿Por qué no me dejaron ser siempre agreste y niño?

Todas mis lecturas serían fuera de los libros.

 

Miraría todo con una alegría tan grande,

con una virginidad tan grande,

que hasta Dios sonreiría

contento por haber creado el Mundo…

 

CARTA DE GUÍA

Incluso con este calor, quiero ir.

A tropezones, serpenteando, como sea,

porque existen personas que me esperan

y que han nacido para que me preocupe por ellas.

Llevo veintidós años hablando de mí

y habré de hablar de mí la vida entera:

¡tengo tanto que decir

y pasar al papel!

La anatomía de mi alma, principalmente,

que ha de quedar escrita,

para que vean lo extraño que es un hombre por dentro.

 

Pero ahora, en este momento,

y en otros iguales a este,

dejo aparte el binóculo con el que acecho

y gracias al que todo lo que es pequeño en mí me parece grande

y voy hacia delante, a pesar del calor,

a pesar de marchar como un borracho.

Hay manos extendidas, labios secos.

Casas en las que el Sol tiene pudor de entrar, de tan infectas.

Donde Dios se taparía la nariz, si llegase a la puerta.

Cuando las palabras son como tiritas de lino,

no hay nada mejor para el alma, hecha de carne viva de un hombre.

Por eso voy indiferente a este calor de junio.

El binóculo puede esperar.

Yo me quedo esperando.

Suelto barcos y redes,

no vaya a ser que aquellos que me esperan

hubieran muerto ya, cuando yo llegue,

o no tengan ya oídos para mis palabras,

ni aun labios que sientan

la frescura del agua que les llevo…

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Miguel Ángel Manzanas

15 de febrero de 2016

Encuentro a los jóvenes tan preocupados por la venta, por la agencia literaria, por la repercusión en el mercado, por la notoriedad, que eso tiene que influir en su escritura
Jaime Salinas

 

 

 



esto que escribimos nace muerto, se vuelve mercancía obsoleta para ojos que son cuencos vacíos, en bien de consumo según el librero que devuelve a la guillotina el continente porque el contenido ha dejado de estar de moda, nunca lo estuvo y si lo estuvo: mal, muy mal

 

este nuevo tiempo de los asesinos
exige una oración para el profeta Bernard London
una elegía para el profeta Brooks Stevens

 

es inútil y si no, mal, no contiene ni los colores, ni las formas, ni los eslóganes, ni el maquillaje, ni el peinado, ni las lentejuelas, ni los materiales adecuados, no hay desnudos de los fáciles, denota el momento de su realización y lo que es peor: el afán por sobrevivirte, desgraciadamente, sinvergüenza pretencioso, eres viejo para sacar bíceps en los bares, nadie pagará por ver tus pechos, para liarte a tortazos con cualquiera por los favores de un padrino y has empezado a pensar en la poesía como un bien, por tanto, la estás matando tú mismo



este nuevo tiempo de los publicistas
exige un AOP para el profeta Bernard London
un estudio sobre su awareness para el profeta Brooks Stevens
An Advertising Model with Wearout and Pulsation

esta poesía es abono, detrito, uña seccionada, lo recogerá en breve y dejará registro de su existencia baldía la nueva edición corregida y aumentada del bestiario de la Real Academia Española de la Muerte, una crítica elogiosa, una indiferencia colectiva


este nuevo tiempo de los artistas
exige un hapenning en honor al profeta Bernard London
una performance para el profeta Brooks Stevens


la muerte no tiene mala prensa, en los diarios se achican las secciones de Cultura pero se mantienen y crecen las necrológicas, bailamos un flashmob como bailan las polillas a la luz de las bombillas, llevamos la pancarta con el mensaje más simple, coger el megáfono es un lujo que nos podemos permitir, porque hemos llegado a la meta y, como sospechábamos, allí no hay nada

 

este nuevo tiempo de los suicidas
exige responsabilidades a Bernard London
una mano de hostias para Brooks Stevens

 

Escrito en Lecturas Turia por Enrique Cabezón

5 de febrero de 2016

 

Antonia Pozzi nació en 1912 en Milán, donde murió en 1938.
Ha publicado: Parole y La vita sognata e altre poesie inedite.

 

 

 

 

 

 

 

LA VIDA

En el umbral del otoño
en un ocaso
mudo

Descubres la ola del tiempo
y tu rendición
secreta

Como de rama en rama
ligero
un caer de pájaros
a los que las alas ya no aguantan.

 

GRITO 

No tener un Dios

no tener una tumba

no tener nada firme

solo cosas vivas que huyen  —

ser sin ayer

ser sin mañana

y cegarse en la nada —

— ayuda —

por la miseria

que no tiene fin —

 


INCREDULIDAD

Las estrellas - las nubes exiliadas
más allá del viento
quién sabe por qué
espacios desconocidos caminan.

Ayer corrían sombras
sobre las nieves de la colina -
como dedos ligeros.

Ojos no míos
que la niebla invade -



PENSAMIENTO

Tener dos largas alas
de sombra
y plegarlas sobre tu mal;
ser sombra, paz
vespertina
en torno a tu apagada
sonrisa.


LA ARMÓNICA

En un claro - dulce
sollozante armónica -
quisiera oírte - acompañando
una danza de muchachos
ante rocas
que el ocaso desangra y deja exánimes
en brazos del cielo -

no aquí - en la dura calle
donde cantas canciones de miseria
y tu voz es un sarmiento
reluciente de hiedra
que abraza en vano
las altas casas enemigas.


MUERTE DE LAS ESTRELLAS

Montañas - ángeles tristes
que en la hora del crepúsculo
mudas lloráis
al ángel de las estrellas - desaparecido
entre oscuras nubes -

arcanos florecimientos
esta noche
en los abismos nacerán -

oh - sea
en las flores de los montes
el sepulcro
de los astros apagados -


RÍO

Oh día,
oh río,
oh irreparable andar -

suben a tus riberas las mentiras
como duras gravas -
se eleva en tu desembocadura un blanco
sepulcro para tus
olas -

oh día,
oh río,
oh irreparable andar que recorre el alma -

oh alma mía
en soledad elegida
para que viva entre
en su ataúd.


REFLEJOS

Palabras - vidrios
que infielmente
reflejáis mi cielo -

en vosotras pensé
después del ocaso
en una oscura calle
cuando sobre los guijarros cayó una vidriera
y los fragmentos largamente
esparcieron en el suelo luz.



AMOR DEL AGUA

Por el valle que es un lago
de sol - agitado por la ola
de las campanas -
huye la sombra
y se reúne
bajo un árbol solitario
donde el torrente
cae -

Toda la sombra y la frescura del mundo
se cierran en torno
a la frente acalorada
del niño
que - asomado a la orilla -
no sabe liberar
su alma abandonada
de los plateados brazos
de la casc

Escrito en Sólo Digital Turia por Antonia Pozzi

8 de enero de 2016

 

 

Traducción y nota de Álvaro García

No encuentro muchos poemas infantiles como 'The Sound Collector', de Roger McGough, donde las cosas concretas se abren a lo inconcreto y el sonido de los versos, con sus fijaciones y oscilaciones, deja lo cotidiano ante el vacío que nos amenaza y nos potencia. Recitado, puede ser inquietante.

 

 

 

 

Hoy llegó un desconocido

vestido de negro y gris.

Empaquetó los sonidos

y se los llevó de aquí.

 

El hervir con un silbido,

el cerrarse el pasador, 

el ronroneo del gatito,

el tic tac del reloj.

 

El salto de la tostada,

el crujir los cereales.

Al untar la mermelada,

el áspero ruido que hace.

 

El chupchup de la cazuela,

el tintineo del horno,

el borboteo en la bañera

al llenarse poco a poco.

 

El golpeteo del agua

de la lluvia en el cristal.

Cuando se hace la colada,

el glugú del desaguar.

 

El llanto del niño chico.

La silla cuando la arrastro.

De la cortina, el chirrido.

El crujir de los peldaños.

 

Alguien vino esta mañana

sin decir su identidad.

Nos dejó sólo el silencio.

La vida no será igual.

 

THE SOUND COLLECTOR

 

A stranger called this morning

Dressed all in black and grey

Put every sound into a bag

And carried them away

 

The whistling of the kettle

The turning of the lock

The purring of the kitten

The ticking of the clock

 

The popping of the toaster

The crunching of the flakes

When you spread the marmalade

The scraping noise it makes

 

The hissing of the frying-pan

The ticking of the grill

The bubbling of the bathtub

As it starts to fill

 

The drumming of the raindrops

On the window-pane

When you do the washing up

The gurgle of the drain

 

The crying of the baby

The squeaking of the chair

The swishing of the curtain

The creaking of the stair

 

A stranger called this morning

He didn’t leave his name

Left us only silence

Life will never be the same.

Escrito en Sólo Digital Turia por Roger McGough

21 de diciembre de 2015


 

Giuseppe Conte nació en 1945 en Porto Maurizio (Liguria) y reside en Sanremo.
Entre otros libros, ha publicado: L’ultimo aprile bianco, Le stagioni y L’oceano e il ragazzo.

 

 

 

 

 

 

 

 UN NUEVO ADIÓS

                                  a Michele Montagnese

Donde estás ahora, ¿ves aún sobre el mar
la geometría acribillada de las nubes
porosas, purpúreas, las columnatas de
luz invertidas, del otro lado del horizonte?
¿Desde el puente de qué trasbordador ves el
Tirreno y el Jónico desembocar aún
el uno en el otro en lucha, en las caricias?
Más allá duerme una palma, un canto, África.

Adiós, amigo, la vida es incesante
y tú lo sabes, tú que ya no estás ni
sobre un mar ni sobre el otro. Ahora
caminas sobre el límite indivisible
donde nada es distinto de nada
tus Eólidas de sal son islas
nacidas en el Norte de brumas y turberas.

Pero la vida es incesante, y fiel
el canto. Nosotros volveremos al estrecho de Mesina
‒tú tendrás en los ojos demacrados nuevos pensamientos‒
y hablaremos como aquel día de Argel, de oasis,
de las muchachas sin velo y del rostro blanco de
Constantina.

 

EL ÚLTIMO MUCHACHO DROGADO

 

El último muchacho drogado ha muerto a la
orilla del mar, tirado como un
corazón de manzana, comido y
frágil, impotente contra la continuidad
de la resaca, incrustado de granos
de arena reluciente, él humilde
residuo orgánico, ennegrecido, ya
en vías de corrupción.
Era el último, de él ya no se sabe
el nombre ni el apellido, ni qué
buscaba.


QUÉ ERA EL MAR

¿Qué era el mar? Tenía
colas y patas de agua entre las
rocas, pulía los guijarros, hacía
siglas de luz sobre la arena: era
profundo pero insensible, se decía, y
célibe, individual, estéril.
En olas obstinadas o tranquilas
subía y bajaba mareas, rodeaba
las tierras, él lunar, él frío, irreductible
en su consagrarse al movimiento y la aridez.
Las naves lo surcaban con largas estelas.
Ahora se ha perdido la memoria de las tempestades
y de los faros, de los veleros y de los transatlánticos, de los
náufragos, de los cargueros de púrpura y
de carbón, de Tiro, de Londres.
Era profundo, pero insensible, se decía, morada
de las conchas, de las familias de los
peces, extinguidas, ahora: tenía profundidades viscosas, cráteres y
algas y corales.
Tallaba los promontorios, sostenía las islas.
Jugaba, él mudo, desdeñoso, inservible,
feliz en sus movimientos
vitales.



CUANDO SE REGRESA A DONDE SE NACE

Regreso a esta calle, donde he nacido
como una luz a su estrella estallada.
En éste mi viaje, estos
portones, los dos peldaños de pizarra, las
fachadas altas, desconchadas, con las ventanas
ciegas, la subida, el arco que marcaba
el límite, abajo mi casa
que tenía la galería sobre el patio de
musgo y zarzas en torno a un pozo, y
el balconcito azul, el parral
en vilo sobre los huertos de nísperos.
Tras aquellas persianas, en el tercer piso,
fue el amor, estaba la guerra fuera
los soldados alemanes ya exhaustos, en
fuga. El destino es volver a donde se ha nacido.
Lo saben todas las flores, los templos, los soles
que son como nosotros aún por alzar
no profetizados, y ya polvo.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Giuseppe Conte

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