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25 de octubre de 2013

 

                              

                                    Un mar de verdes sombras

                                     Sobre el azul silvestre

                                     Y un oleaje tierno

                                     Sonámbulo y terrestre

                                     En el preciso ángulo

                                     En que estoy convergen

                                     Mientras miro macizos

                                     De setos sucederse

                                     En la lenta penumbra

                                     Del día que anochece.

                                     Como las cinerarias

                                     Aprendo a sucederme:

                                     A ser como las cosas

                                     Que son lo mismo siempre

                                     Y en un mismo paisaje

                                     Encontrarme, perderme.

Escrito en Lecturas Turia por Jaime Siles

25 de octubre de 2013

 

Qué habría sentido yo

hija de mil cañadas

heredera de albéitares y herreros

del sudor abatido de los hombres a pie

que surcan en campaña cualquier tierra

              en el nombre de un dios de quien nada pretenden.

          

 

Siempre es así. La sangre frágil de los desposeídos

viene a saldar la deuda

         de la eterna codicia de unos pocos.

 

Sí, mis antepasados estuvieron en Flandes

aferrando los dedos a sus lanças de palo.

¿Para qué? ¿Para quién?

Cachorros extirpados de sus pueblos

por la pobreza seca

            siempre tan aliada de las guerras ajenas.

Acechaban las aguas donde el cruel septentrión

castigaba sus huesos.

            Ellos pierden la vida. Otros ganan el oro.

            Qué habría sentido yo.

Escrito en Lecturas Turia por Raquel Lanseros

25 de octubre de 2013

         Me acuesto en la meseta de lo improbable.

Lamo en sueños las muescas precisas

que labraste en mi espalda

y amago un despertar incandescente.

 

 

 

         Tu fe se acumula

en la matriz fecunda de nuestro don táctil.

Mi gracia tiene sustento en tu vientre apuntalado.

 

         Hoy la hierba comprende su siega

y cien endrinas aspiran

al roce lento de tu menester.

 

II

         La invitación se hace propicia…

tú me encuentras entre el mejor de los preceptos

y el trance responsorial.

 

         Nuestra piel es consciente

del insulto que supone ser dos y no uno.

 

 

Escrito en Lecturas Turia por Rafael Saravia

23 de octubre de 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

 

Hacemos el amor tan cerca de la cocina,

es tan pequeño este piso,

que llega el olor de las tuberías como un olor de santidad

pegajoso y sucio,

sintético y torcido,

demasiado calor,

por todo tu cuerpo con tatuajes y escamas.

 

Luz de la ciudad, eres blanca como el sol.

 

Conozco gente de cincuenta y cinco años

que ocupa puestos importantes bajo las luces de la ciudad,

que hablan un español inmaculado,

que tienen el poder y la dicha social,

pero que no hacen el amor como tú y yo lo hacemos,

-si es que es amor y no mentira-,

con esos gritos arrancados

-si es que son gritos y no ficciones-

a la piel, a la lengua, al ácido

de las enigmáticas baldosas del suelo,

que apenas aman así, a la manera nuestra,

-rabia y poco futuro, ira y poca compasión-

y yo no entiendo que la vida sea otra cosa

que las blancas cabelleras

de tu carne hipócrita y regiamente desnuda

como si sonasen los himnos nacionales de Francia y Alemania,

de Rusia y España, de Suecia y Finlandia,

no en mitad de una Olimpiada,

sino en mitad de los extrarradios industriales.

 

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

 

A veces no nos dormimos en la madrugada y pensamos en Marte

y pensamos en las cenizas de los crematorios ascendiendo,

-cuerpos carbonizados, gente que nació para decorar el cielo-,

buscando su tumba en el aire contaminado,

-el aire pleno de cenizas humanas que vienen de la tierra,

culos y lenguas, fémures y sacros, hígados y simiente-,

siete horas seguidas mirando el plafón dorado allá en el techo

de un dormitorio traspasado por ruidos

de coches viejos y lejanos,

de puertas de vecinos que se abren;

y miramos una ventana,

presintiendo a través de las rendijas

la fuerza de las grúas que crean la vida y la historia.

 

Luz de la ciudad, te bebo desnudo.

 

Cuando tenga setenta años y ya no pueda,

ábreme en canal,

y tira mi corazón a los perros.

Y tú come con ellos,

pelea con ellos para que te dejen morder,

muérdelo como tú sabes,

perra,

mi corazón.

 

Te quiero.

 

Te quiero tanto.

 

Te quiero,

como los dinosaurios quieren la luz de las estrellas para beberla de noche,

como los leones en África devoran cebras con los riñones plenos de basura,

como los blancos comen negros con el corazón pleno de ilusiones blancas.

 

Luz de la ciudad, eres mi novia, mi espejo y mi alegría.

 

Me paso las noches gritando.

Contra la oscuridad, contra la luna,

gritando.

Desnúdate, perra,

gritos en mitad de la madrugada,

en mitad de las escaleras de los pisos baratísimos:

exaltación, demasiada exaltación.

 

Todo está blanco.

 

Desnúdate, perro. ¿Tiemblas? ¿Te asusto?

 

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

 

Luz de la ciudad, que también ilumina

a los perros,

a los negros,

a los niños,

a los santos,

a los resucitados,

a los ancianos,

a los pobres,

a los asesinos,

y a las mujeres,

a las iniluminables mujeres.

 

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

 

Luz de la ciudad sobre tu cabello de ceniza Sulamita.

 

Tengo muchas ganas esta noche.

Te mataré. Te lo daré. Te daré eso.

Nos casaremos. Te lo daré, lo juro.

 

Te quiero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        

Escrito en Lecturas Turia por Manuel Vilas

22 de octubre de 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quisiera retener dentro de mí,

en la sangre nupcial, acanalada

que me nutre y refuerza mi destino

la persistente luz que me da fuerzas,

esa luz perseguida sin descanso

durante los inacabables meses

del invierno septentrional, que sólo

para ser nube huidiza se oscurece

como si se enlutara la conciencia,

la luz avecindada en la memoria

con la embriaguez que un cuerpo

acostado en la arena, desvalido

en su pureza, causa en quien lo mira.

 

A lo lejos, la masa forestal

abraza las brillantes dunas. Pájaros

traviesos en el aire cabriolean

mientras olas de un mar

liso como la palma

de la mano dibujan en la mente

la frontera entre quien ahora soy

y aquel que todavía no te amaba.

 

Como un guante de terciopelo el sol

acaricia el fragmento de tu piel

expuesta. Está el día en su más

colmada lumbre y yo me adentro,

olvidado de mí, deshilachándome

como un cirio, en su incandescente llama

mientras bebo esas gotas de sudor

que brotan en un descuidado pliegue

cuya forma obedece al envés de tu sombra.

 

 

                                                                                 

Escrito en Lecturas Turia por Carlos Alcorta

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