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EN 2027 SE CUMPLIRÁN 100 AÑOS DEL NACIMIENTO DE UNO DE LOS GRANDES ESCRITORES ESPAÑOLES DEL SIGLO XX 

LA REVISTA DEDICA A BENET UN ESPECTACULAR MONOGRÁFICO, CON 150 PÁGINAS DE TEXTOS INÉDITOS DE RECONOCIDOS AUTORES Y PRESTIGIOSOS HISPANISTAS DE VARIOS PAÍSES 

TURIA SE PRESENTARÁ EN LA SEDE MADRILEÑA DEL INSTITUTO CERVANTES EL 26 DE MARZO

La revista cultural Turia presentará su número especial en homenaje a Juan Benet en la sede del Instituto Cervantes en Madrid. Será el próximo 26 de marzo, a las 19:00 horas, en un acto público que tendrá formato de conversatorio entre Domingo Ródenas de Moya, catedrático de Literatura Española y crítico literario, la hispanista traductora de Benet al francés (la profesora Claude Murcia, de la Universidad Paris Diderot - Paris 7) y Epicteto Díaz Navarro, catedrático de Literatura Española de la Universidad Complutense. Moderará el coloquio Fernando del Val, periodista de RNE y poeta.

 

 

 

 

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Un día te despiertas y estás ciego. Un día te despiertas y estás mudo: has perdido la capacidad de comunicarte con los demás; no vocalizas bien, tu lengua se mueve con torpeza. Un día te despiertas y no eres tú; no reconoces tus manos. Tus manos no son tuyas, te las han trasplantado por otras durante el sueño. Mueves, sin comprenderlos del todo, tus dedos como enguantados en una sustancia ligera. Un día aprietas el interruptor de la luz y de la alcachofa de la ducha comienza a manar el agua.

¿Qué está ocurriendo? 

Un día, en la adolescencia, contraje algo. Algo raro, vivo. Aquí, no sé, en la frente. Se me metió. Algo sin forma que me mantenía alerta y al mismo tiempo me hacía infeliz. Una cosa. Un zumbido. Un surco en el cerebro. Una zozobra seca, cuyos síntomas eran parecidos a los del enamoramiento o la gripe, pero sin estar yo ni griposo ni enamorado. Me cuesta explicarlo mejor.

Voz caliente y pies fríos. 

Esa cosa me impedía dormir; era un tormento que me obligaba a no conformarme con lo que había. A desear más. A desearlo todo, con ansia.

La Cosa. Me ordenaba pedalear entre las sábanas, moviendo mucho las piernas, hasta sentir un tirón en el empeine o montados los gemelos. Me ordenaba levantarme de madrugada, descalzo, cojeando, y abrir las hojas del balcón en contra de mi voluntad. Para nada.

Te ordeno, te ordeno, te ordeno. Teordeno.

Yo: «No quiero ir». Ella: «Sí. Hazlo, Erizo. Hazlo».

Lo hacía. 

Ya estoy en el balcón abierto. Hace frío. ¿Estás contenta?

Nada ni nadie responde a mi pregunta. Un pasillo de viento. Automóviles seminuevos y una manzana en la acera.

Una manzana. Sola. Qué humillación. Me daba rabia y vergüenza. 

Me sentía humillado todo el tiempo. Algo tiritaba en mí. El mundo era insuficiente, un catálogo borroso, frígido, mal rematado, una selva de grúas y buzones y teléfonos.

Un líquido para beber caliente que se ha enfriado.

Todo era un límite que no se podía traspasar. La materia: un límite. El tiempo: otro límite. Y así todo.

Yo ansiaba… sobrepasar, bordear, rotular… No, no era eso, muy mal expresado. Yo… No encontraba las palabras. Me rindo. Voy a intentarlo de nuevo: yo ansiaba, supongamos, ensanchar el mundo. O corregirlo.

(¿Mejor así? Bueno, psh, por ahora nos conformaremos con eso.)

No por mí, sino por culpa de ese hormigueo invasor que me exigía, me retaba, me remordía, demandaba sus derechos.

Un día te despiertas y te sientes incapaz de seguir siendo tú. 

¿Qué me estaba ocurriendo? Yo estaba mal, muy alterado. Pasaba semanas al acecho, nervioso e irritable. Aquella Cosa hablaba por mí. Contestaba mal a mis padres, lo cual era injusto, porque no lo merecían. No merecían aquel hijo defectuoso, chafado. La Cosa.

Muy pálido, no atendía las clases del instituto, olvidaba comer. La Cosa.

Los profesores cubrían el encerado con fórmulas algebraicas y gráficas de fiebre, igual que en los hospitales. La enseñanza era una especie de convalecencia. Nos amontonaban a todos allí, a la espera de un diagnóstico. Ingresado, yo prestaba poca atención a las películas medievales de campesinos o a la mitosis de células, que para mí eran lo mismo.

Campesinos, células: límites.

La historia avanzaba a cámara lenta, se arrastraba a la pata coja. ¡Vamos, más brío!Tardaban una eternidad hasta empujar a la guillotina a Félix III y entronizar en su lugar a Tristán IV, quien no tardaba en correr la misma suerte de ser conducido también al cadalso y eso entraba en el examen parcial.

No paraban de rodar cabezas.

Lo cual me recordaba aquella manzana en la acera que llevaba pudriéndose tres días seguidos sin que ningún barrendero la retirase. En serio, ¿por qué? 

No encontraba mi espacio. La vida daba siempre la señal de estar comunicando. Un mensaje grabado que decía: «Todas nuestras operadoras están ocupadas en este momento». En cambio, escuchaba como un llanto lejano que no cesaba de sonar en todo el día. Miraba a los grupos de estudiantes con aprensión: nadie más parecía notar nada raro. Sus cuerpos embutidos en sudarios de rocanrol y poliéster.

Los oía cacarear en el patio, debajo de la canasta de baloncesto, entre risas, toses suaves, alegres, muy suyos, desesperados, haciendo chascar sus nudillos mientras alardeaban de algo alzando mucho el cuello o trazaban planes conspiratorios para la tarde del sábado y la mañana del domingo. Había una gran precisión y riqueza de detalles en esos planes cuchicheados, procedentes de estirar mucho el cuello, de cuya belleza yo, por alguna razón, estaba excluido. 

En algún sitio se celebra una boda, un baile de disfraces, una fiesta de pijamas, alguien se casa, uno gritó:

–¡Tenemos que hacer una colecta entre todos para el regalo a los novios!

Esto los alteró mucho. Provocó malentendidos, riñas, enfados. O planeaban juntarse otro día, en casa de Katia Orororo, aprovechando la ausencia de sus padres, para celebrar una sesión de espiritismo, sentarse a oscuras en el suelo del salón, formando un círculo de manos, y desde esa rueda invocar a los espíritus por medio de una ouija.

No era la primera vez que lo hacían. Aseguraban que en cierta ocasión un espíritu respondió a sus demandas, qué susto, el vaso se desplazó solo de una letra a la otra, de la ese a la eme, de la hache a la uve, para deletrear palabras o frases simples, tú eres pura, tú eres pura, le escribió a una el espíritu, el vaso se deslizaba solo, sin intervención de nadie, hasta que de repente salió volando por los aires y se estrelló contra la pared, rompiéndose en añicos, momento en que todos salieron huyendo despavoridos de casa de Katia Orororo.

A partir de aquella tarde celebraron las reuniones en casa de Camilo Coria. 

Chascaban los nudillos, mis compañeros de estudios, sobreexcitados con la colecta para la boda o con aquel vaso de ultratumba, debajo de la canasta de baloncesto.

Iban a bodas. Hacían espiritismo. Se relacionaban con novios o con espíritus, gente interesante. Yo no.

También esto era otro límite. Un fracaso personal.

Movían los labios para hablar y lo que yo escuchaba era: un llanto. 

Me aterraba la muerte y a veces deseaba morir.

Estar muerto ya. En pleno mediodía, joven. La oscuridad de la tumba. El silencio eterno. La nada. Nada se mueve, nadie duda, no hay titubeos. Los grandes interrogantes filosóficos que te arañan la mente a lo largo de toda tu existencia, sin dejarte en paz ni un segundo, al final se reducen a esto: una inscripción con dos fechas.

¿Eso era todo?

Llueve sobre tu lápida, que se vuelve resbaladiza como una pista de patinaje. La muerte es resbaladiza, gotea. Una hoja cae, no cae. Unas manos hacendosas modifican ramos de flores, tralarí tralará. La vida, pese a todo, continúa sin ti. La vida siempre triunfa. El mundo no te necesita, ni a ti ni a nadie. Un universo reptante de larvas, raíces, secreciones, nudos, siseos. «Aquí yace…». 

El médico del Seguro que me examinó, el doctor Barrientos, tras auscultarme me encontró sano, nada, no tienes nada, muchacho, Erizo, me instó a hacer ejercicio aeróbico, nadar y pedalear hasta agotarme, nada que no se cure sudando, ¿tienes novia, muchacho, Erizo?, y antes de darme tiempo a responder el doctor Barrientos me recomendó tomar un complejo vitamínico y vuelves en seis meses, o antes si estás peor, muchacho, Erizo, pero yo no estaba ni mejor ni peor, sabía que no era eso, no era eso. Ni parecido.

Guardé silencio. El médico también guardó silencio.

Los dos guardamos silencio. 

La manzana en la acera llevaba ya cinco días pudriéndose. Cinco. Nadie hacía nada por remediarlo. Abollándose ella sola, con una abolladura interior. Vi cómo brotaba de ella una suerte de absceso, que comenzó a supurar un líquido parduzco. Poco a poco iba cobrando el aspecto de una manzana asada. 

Probé a cantar. Nada. Probé a dibujar. Nada, tampoco.

Seguía sintonizando el llanto.

Probé a escalar una montaña, con resultados nulos. Después de extenuarme todo el día al aire libre bajo el sol, entre rocas naranjas y cascadas verdes, bajé trotando de las alturas medio grogui y afónico de tanto oxígeno.

–Por intentarlo nada se pierde, Erizo –me dijo alguien. 

El consultorio del doctor Barrientos se encontraba al fondo de un largo, larguísimo pasillo. El pasillo alcanzaba el consultorio ya exhausto. Con sus últimas fuerzas, se desparramaba en dos butaquitas verdes de felpa con minifalda de flecos, un velador sobre el cual sonreía una revista warholiana y una lámpara de pie, pero no mucho.

Había un biombo blanco en el consultorio del doctor Barrientos. Visillos también blancos, como hecho adrede. Todo muy conjuntado. Artístico, incluso. El doctor Barrientos era un médico pop. Una camilla de hierro con pinta de confortable, a la que apetecía llamar «lecho». Un armario metálico, práctico, que contendría guantes de goma, algodón, yodo, jeringuillas o esterilizadores o yo qué sé. Formas.

El doctor Barrientos me extendió una receta. La letra del doctor Barrientos era legible. 

Un día, por hacer algo, probé a escribir algunas frases sueltas, en un pedazo de papel que encontré en la cocina.

Algo hizo clic. ¿Ahora sí?

Mi estado pareció mejorar un poco. El llanto se mitigó. Sentí que algo sucio y pesado se me removía dentro, pesaba menos, la bola se desatascaba, la sangre fluía más acuosa.

La bestia, durante algunos minutos, dio la impresión de apaciguarse, ceder, doler menos, antes de que el efecto se disipase y ella volviese a la carga.

La luz en la ventana se agazapaba, era un gato de sol. 

Compré un cuaderno escolar. Anoté frases. Dibujé flores. Escribía sin pensar, en una especie de trance loco, durante varias horas, lo primero que se me ocurriese, sin levantar la vista del papel ni para releer lo escrito ni para corregir.

Mis padres se asomaron a la cocina, me sonrieron, tranquilizados, casi conmovidos, y retrocedieron de puntillas, para no molestarme: pensaban que estaba volcado en mis estudios. 

Ellos tenían otras preocupaciones. Pronto nos mudaríamos a una casa más grande y mejor, en un barrio nuevo. Nuevas calles, nuevos afectos. Había que desmontar el hogar. Las paredes empezaron a vaciarse de estanterías, fotos, libros y cachivaches, y los pasillos a poblarse con pilas de cajas rotuladas con títulos de catálogo de decoración o película de gritos: «Vajilla nueva», «Baño», «Cocina/2», «Varios». 

Iba a todas partes con mi cuaderno. El hecho de que no me separase de él motivó que mis compañeros de clase me apodasen burlonamente el Taquígrafo. Ni siquiera me molestó. A mis espaldas, sin consultarme, propusieron mi candidatura para ser delegado de curso. No era opcional. Mi cara apareció en los carteles. Quedé el segundo. Ganó Camilo Coria, por un escaso margen de votos.

La lluvia destiñó los carteles. Mi cara, arrugada, terminó en la papelera.

Nada había cambiado, nada, y, no obstante, todo era distinto. El mundo. Las caras de la gente. Los edificios de hombros estrechos, salivados de lluvia. Al pasar por mi cuaderno, el mundo se revitalizaba, intensificaba sus colores o salía huyendo con otro estilo.

Al séptimo día, la manzana en la acera desapareció. O yo dejé de verla. 

Si no se me ocurría nada, lo me que sucedía con frecuencia, anotaba en mi cuaderno una sola palabra: «Cactus».

Me obligaba a repetirla cien veces, o doscientas, con total solemnidad litúrgica, en un castigo placentero, cactus cactus cactus cactus cactus. Una línea tras otra, sin desfallecer. Lo importante no era el significado concreto de tal palabra, o de cualquier otra, sino la acumulación verde y espinosa que esas seis letras convocaban y expandían.

Las palabras despertaban al diccionario. 

Me concentraba. Visto desde fuera, podía dar la sensación de que hacía algo útil, importante o beneficioso para alguien. Mi casa se vaciaba, pronto habría una mudanza. Yo me limitaba a cubrir las páginas de los cuadernos con facilidad, una tras otra, sin sufrimiento alguno, a buen ritmo, por ambas caras, persiguiendo aquella caligrafía huidiza que siempre iba un paso por delante de mí y se me escapaba, como la correa de un perro suelto al doblar la esquina. 

El lenguaje sabía más que yo. Me teledirigía. Me indicaba las posibles direcciones, postes señaladores. Yo me abandonaba a su canto. Era mi manera de escalar montes, o de hacer espiritismo, para contactar con los muertos.

Algo aprendí: que no debía oponer resistencia, sino rendirme, no intervenir, dejar que el lenguaje tomase todas las decisiones por mí, hiciese él solo todo el trabajo, mientras yo permanecía al margen, ocioso, mirándome las uñas.

Escribir no es trabajar, sino permitir que trabaje el otro. Que el otro hable. Que nos inunde. Que nos posea. Lo verdaderamente difícil, a la hora de escribir, es mantenernos callados, apartarnos y molestar lo menos posible.

Cuando quiso darse cuenta, el Taquígrafo ya había entrado en el club de los comedores de papel. Masticadores de verbos. 

Quien escribía no era del todo yo, sino algún otro Erizo desconocido hasta entonces, que la escritura sacaba a la luz. Escribir es duplicarse, multiplicarse. Yo era el primer asombrado al ver brotar de mis dedos aquella proliferación horizontal, un pentagrama donde bailaban astros. Pueblos de cartulina. Una hilera de iglesias, una pegada a la otra, en cada una de las cuales se sumergía la cabeza de un recién nacido en una pila bautismal rebosante de agua bendita. Una pared. Otra pared. Un tiroteo.

La escritura activaba algún resorte oculto de memoria peligrosa. Me acordaba perfectamente de cosas que nunca había vivido. 

La siguiente fase fue cuando comencé a ver personajes de ficción. Dos, en concreto: se me aparecieron muy jóvenes, casi adolescentes, un hombre y una mujer, todavía sin nombre. ¿Quiénes eran? Los veo como en sueños, metidos en alguna clase de dilema serio o de amenaza inapelable. Discuten mientras caminan al aire libre, en el centro del verano, por una finca campestre, poblada de árboles, ríos, ganado, sombras, revuelo de gallinas, moscas, embarcaderos con flores. En el aire flotan briznas de alquitrán y calor. 

También veo que están escondidos, que no pueden salir de allí ni aunque quieran. Sus vidas corren peligro. Alguien poderoso, un familiar lejano, ha encargado a un sicario ­–se me ocurre de repente, y así lo transcribo sin dudar en el cuaderno– la tarea de localizarlos y abatirlos a tiros como si fuesen bestias. Trofeos de caza. Animales heridos. 

En esta misma finca jugaban ellos dos cuando eran niños. Y mira ahora. El cielo enfila hacia el mar, en mi cuaderno. Sin embargo, él trata de persuadirla de que lo más conveniente es que regrese –ella sola, sin él– al peor sitio posible, a donde mayor es el riesgo, la posibilidad de cacería, la sangre.

–¿Por qué me pides eso? –protesta Cordelia–. No tiene sentido. 

Discuten. Al parecer, no queda otro remedio. Es una apuesta descabellada. Sabe que si la descubren, perderá la vida. Se perderán el uno al otro. Hay como una fatalidad en todo ello, un hado, rencillas sórdidas del pasado sin resolver, traiciones, deudas de dinero, laberintos del destino que los obligan a separarse (¿por qué, si se aman?) en el peor momento posible.

–Tiene que ser ya –insiste él–. Lo antes posible. Si puede ser hoy, mejor que mañana. 

Cordelia tiene agujas de pino en el pelo. Un segundo antes de hablar, cierra los ojos. Parece a punto de llorar, se retuerce las manos. No entiende, se resiste:

–¿Qué es más peligroso? –pregunta–. ¿Que me encuentren ellos a mí por la calle o que me los encuentre yo a ellos?

Ella ignora si se trata de un estado de locura pasajera o una inocentada o incluso una ocurrencia genial de él, de su amante, la persona con quien se acuesta.

(Ya desarrollaré esto más adelante). 

Tal vez el único lugar donde no se les ocurriría buscarlos sea precisamente allí, donde él la envía, al infierno, a un palmo del cuartel general de los matones o de la discoteca de la muerte. Una idea tan idiota que no es posible creerla. O puede que gracias a eso, a su incongruencia, ella salve la vida.

Después de todo. 

Como con miedo a quebrarse, Cordelia ofrece, por decir algo, posibles refugios alternativos: Malasia, Singapur, una islita que… Menciona otros cuantos, cada vez menos creíbles.

Los dos saben que no es posible. El momento del adiós se aproxima. 

Él pronuncia la única palabra prohibida entre ellos. El término tabú. Una sola vez:

–Hermana.

En la catedral de árboles se hace el silencio. Una nota.

–¿Reconoces el canto de ese pájaro? –pregunta él–. Es un herrerillo común. 

Se abrazan. Permanecen largo tiempo abrazados. Yo los veo, en mi cuaderno. No puedo hacer nada para ayudarlos, lo siento mucho. Cordelia, resignada a lo peor, se rinde, que ocurra lo que tenga que ocurrir, al fin murmura:

–Entonces, si no queda otro remedio, debería prepararme ya, hacer la maleta.

Él asiente.

Ninguno de los dos se mueve. 

Mientras yo no lo decida, no se moverán de allí. Se amarán, se odiarán, soy dueño de sus pasiones, al contrario que de las mías. Intervengo o no, teledirijo sus sueños. Decido corregir un árbol, trasplantar otro de sitio, trasladar un río. Árboles que simulan ser personas. Solo hablan cuando yo les doy permiso. Sin mi permiso, los personajes permanecen mudos, a la espera. Qué solos están, me dan pena. Deposito mis palabras en sus bocas, si quiero. Puedo matarlos o permitirlos que vivan, si quiero. Aún no lo sé. Ellos dos son mis rehenes. Seguirán estando presos y agujereados, atrapados en el desierto campestre y en mi cuaderno. 

(Si el mundo se enterase. Si alguna vez el mundo, por casualidad. De rebote, digo. Qué miedo, cuánta zozobra. Si alguna vez el mundo –me refiero al mundo adulto, al no-nosotros, ese de portafolios y corbata y salario mínimo interprofesional– sospechase de nuestra existencia, nos imaginase juntos, solos, convertidos en plural, nos sorprendiese in fraganti saliendo o entrando de los espejos del recibidor de los hoteles, registrándonos con nombres falsos, señor y señora Duarte, señor y señora Gabalda, …

Si eso pasase. Nos pasase. Entonces). 

La vida cambia a cada minuto. Durante un minuto o dos te parece que es algo y al minuto siguiente se rectifica y ya es otra. La vida no tiene ningún propósito preconcebido, ningún esquema fijo trazado de antemano para nosotros, qué va, el destino no existe, ni los dioses, todo es pura improvisación de la materia, puro escándalo, la vida toca jazz sin partitura, somos libres pero estamos solos, todo está en el aire. Nadie sabe qué le deparará el despertar de hoy, si amaneceremos oficinistas o escarabajos.

Yo no sé lo que busco hasta que lo encuentro. 

Las cajas para la mudanza se apilaban en el salón, formando torres. Ya faltaba poco para mudarse. Nos vamos. A partir de ahora las cosas pueden salir bien o mal, puede que el amor te sea adverso o propicio, puede que no pare de llover en todo el día, en  toda la semana, mientras tú te inclinas sobre tu cuaderno. Y qué.

 

Lirismo, crítica sin amparo, un regusto de épica casi a la antigua usanza… la poesía de Xosé María Álvarez Cáccamo es de una ductilidad solo comparable al borde de la parresía. La editorial Dilema reúne su obra en Cuatro décadas de poesía (1983-2023), un poeta que también transita las veredas del objeto poético, de una intensidad altísima y, al tiempo, enraizado en los asuntos más políticos.

 

«Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria»

 

- En cuarenta años, ¿en qué se sigue reconociendo cuando lee sus poemas más antiguos y cuál, de haberlo, es el gran hiato (s) que se han producido en su poesía?

- Hoy puedo reconocer en mi obra más reciente –y reconocerme a mí mismo sin arrepentimiento- la posición evocativa que dirige mis poemas desde que empecé a escribir. Es un registro emocional del que no puedo prescindir. Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria. La utopía que la conduce es el sueño del reencuentro con el pasado, la ilusión de detener el curso de la vida para poder regresar a la infancia, a la adolescencia, a los ámbitos familiares, a cierto estado de plenitud que en parte resulta construído por el poema. Memoria poética sin excesivo peso de nostalgia. Todavía me identifico, además, con la mirada onírica de fundamento surrealista cuyos excesos de juventud fueron reconducidos a partir de mi libro Cimo das idades tristes, de 1988 —el posible hiato por el que me preguntas—, donde comencé una ruta de clarificación expresiva que se fue intensificando hasta hoy. Se trataba de liberar el lastre acumulativo, una imaginería de densa arquitectura no siempre justificada. No renuncio, sin embargo, a la función del poema como intérprete interrogante de la complejidad del mundo y, por lo tanto, huyo de la efusión emotiva no elaborada, del poema como documento confesional

 

«Toda la variedad de mi trabajo obedece a la pulsión del placer manual»

 

- ¿En qué difiere la poesía hecha poema de la poesía de los objetos, o la poesía visual?

- Mis poemas de base lingüística vibran en el espacio de la experiencia vital, íntima o colectiva. Los poemas visuales y objetuales que salen de mis manos no necesitan asentar sus raíces en la materia de base biográfica, aunque con frecuencia recogen ecos de la memoria, formas y volúmenes que traen resonancias, por ejemplo, de mis juguetes de niño. Antonio Gamoneda, en un poema que preside el catálogo de mi exposición Biblio-grafías, celebrada en León en 2013, escribe: «He logrado acercarme a tu juguetería, quiero decir, claro es, a tu juguetería amorosamente diabólica». Juguetería escultórica, objetos encontrados, libros intervenidos, textos criptográficos, miniaturas oníricas, toda la variedad de mi trabajo objetual y visual, aunque emparentada temáticamente con mi poesía escrita, se desarrolla en el taller del homo faber y obedece a la pulsión del placer manual, mucho más gozosa y serena que la producida por la inquietante inmersión del poeta en las profundidades de la existencia.

 

«La vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede»

 

- ¿Cómo evitar que «la crecida de sangre» nos haga «hombres muy tristes y muy pacíficos para siempre»?

- El poema de este verso, titulado “Cuchillos” en castellano, me fue llevando en su avance a la hipérbole final, una conclusión de tonalidad ascendente derivada del testimonio de las heridas con que la vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede. Yo me sentía entonces, en las proximidades de mis cuarenta años, muy triste. Luego pude comprobar que, afortunadamente, aquel estado de ánimo no me acompañaría siempre y que los acontecimientos que habían provocado la tristeza vivida entonces como definitiva no habían alcanzado el exagerado volumen de una crecida de sangre. Pero, en aquellos días, me sentía arrastrado por la desmesura del río sangriento. Desde mi conciencia de 1988, el año de ese poema, te diría que los efectos inmediatos de la crecida de sangre no se pueden evitar. Luego las aguas volvieron a su cauce y la vida fue trayendo otras heridas y otros poemas que las fueron acogiendo, a veces con voluntad y resultado de efecto terapéutico.

 

«La melancolía, esa emoción fronteriza, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos»

 

- ¿La poesía es más dúctil en la melancolía que en el deseo?

- La melancolía, esa emoción fronteriza, casi amable, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos, equilibrados, a veces versículos de formato dilatado. Esta es la segunda acepción del adjetivo «dúctil» en el diccionario de la Academia: «Aplícase a los metales que mecánicamente se pueden extender en alambres o hilos». Quien pudiera poner la melancolía en versos que se fuesen extendiendo a la manera de alambres o hilos. Tal vez se pueda intentar tal prodigio de alquimia en un poema objeto. Extender el metal de la melancolía hasta que alcance la sutileza de un alambre finalmente disuelto en hilos.  El deseo, en cambio, sobre todo el deseo erótico, busca versos rotos, quebrados, vibración de encabalgamiento, elipsis. Pero hay deseos de amplio espectro o de dimensión transcendente que se manifestarían mejor a través de ritmos sinfónicos.

 

«Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria»

 

- ¿Cuánto de onírico alberga la poesía?

- Una tendencia fundamental de la poesía de todos los tiempos comparte con el discurso del sueño nocturno algunas claves de sentido: el significado polisémico de las imágenes, la sugerencia enigmática, la construcción desordenada, la arquitectura simbólica, la irrupción del magma subconsciente. El cantar de los cantares, El cántico espiritual, Poeta en Nueva York o el Aullido de Ginsberg constituyen ejemplos claros de esa corriente onírica. La poesía simbolista de Rimbaud y Baudelaire, el surrealismo y todas las variantes del irracionalismo poético recogen del sueño una parte decisiva de su materia creativa o, cuando no es así, establecen un diálogo de proximidad muy evidente con la ficción soñada.

Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria en los primeros momentos de vigilia. Son sueños transcritos en lengua de poema todos los textos de la segunda parte de Tempo de cristal e sombras (2014) y la visión onírica dirige además la construcción de muchas imágenes a lo largo de toda mi obra.

 

«La pasión del deseo conduce las rutas de nuestra vida»

 

- ¿Cómo reconocer «la hora del deseo»?

- La hora más alta del deseo es la de los años de adolescencia y de juventud. Era muy fácil entonces reconocer sus síntomas: entusiasmo y desazón, feliz desequilibrio. La pasión del deseo conduce, con mayor o menor intensidad y permanencia, las rutas de nuestra vida. Todavía hoy me mueve el entusiasmo de nuevos descubrimientos existenciales, artísticos, científicos y literarios, deseos de amor y de amistad, la esperanza política de justicia, la confianza en la derrota del fascismo. El deseo vivo de nuevos poemas. Puedo reconocer en mi cuerpo la vibración de los diferentes órganos del deseo.

 

«Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece»

 

- El poema, ¿nos habla o nos escucha?

- Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece. Él mismo no sabe lo que nos quiere decir hasta que decide callarse. Tampoco entonces su discurso resulta totalmente inteligible en términos de racionalidad ni para el autor ni para sus destinatarios. Y, sin embargo, el buen poema nos entrega un efecto de verdad, una sugestión interrogante, un sentido necesario, casi siempre revelador. Estoy hablando de la modalidad poemática con la que más me identifico, distante de aquella otra caracterizada por el uso de un guion previo al acto creativo.

Antes de echarse a andar, el poema escucha el rumor de una intuición que reclama ser verbalizada, un verso que se ofrece sin previo aviso, una pauta musical repentina, una imagen sugestiva, el instante de un recuerdo. En las ocasiones más propicias, el poema decide responder a la solicitud de su autor, quien, sin duda, es el responsable único de la acción creativa.

La ficción verbalizada en mi respuesta, protagonizada por un sujeto, el poema, al que he otorgado atributos humanos, se ajusta a la literalidad de tu pregunta: «¿El poema ¿nos habla o nos escucha?» Creo, sin embargo, que esta interpretación fabulada o parabólica consigue, como el poema mismo, un cierto efecto de verdad.

 

«No me conformo con la justicia poética de mis versos»

 

- Sepultar en unos versos a alguien (Manuel Fraga Iribarne) bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza, ¿es justicia poética?

- Ojalá hubiéramos conseguido ejercer contra Fraga Iribarne y otros activos y muy convencidos colaboradores con la dictadura franquista una acción de justicia legal. No me conformo con la justicia poética de mis versos, que responden a la sensación feliz de aquellos días de movilización popular, dirigida por la plataforma Nunca Máis contra la inoperancia y las mentiras de los gobiernos del Partido Popular (el de la Xunta y el del Estado)  frente al desastre provocado por el vertido de petróleo del Prestige. Efectivamente, desde el mes de noviembre de 2002 y a lo largo del año 2003, el dirigente fascista Manuel Fraga Iribarne fue «sepultado bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza», y fuimos nosotros, el pueblo gallego en formidable actividad de insurrección, quienes pronunciamos la sentencia. Luego él emergió de los fondos de la ignominia. Pero, finalmente, hoy se cumple de alguna manera el deseo que expresan otros versos de mi poema “Maré do pobo a arder” (Marea del pueblo en llamas): «Desaparecido/al fondo del fangal de alquitrán/y del olvido». Justicia popular, tal vez, la que condenó a Fraga Iribarne al olvido, pues no consiguió permanecer como hubiera querido en el estado de la tercera vida, la vida de la fama poetizada por Jorge Manrique. Justicia poética, acción verbal de agitación contra la injusticia, la violencia católica, el genocidio militar de 1936, la dictadura de Franco o las amenazas fascistas de hoy son los motivos que me incitaron a escribir otros poemas y libros de intención política.

 

«Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva»

 

- ¿Qué diferencia el poema elegíaco del sentimentalismo que acampa en tantos versos de hoy?

 

- El sentimentalismo plano, simple efusión sentimental sin elaborar, materia prima no manufacturada, página de diario adolescente, son productos que debemos situar en espacios ajenos al ámbito de la poesía, elegíaca, hímnica o propia de cualquier modalidad genérica. No constituyen entidades de arte sino documentos confesionales —dignos de aprecio como ejercicio humano— que, en un tiempo como el presente en que las fronteras del continente literario se desdibujan en beneficio de ciertas aportaciones de perfil populista, están causando mucho daño en los territorios de la recepción menos formada, que acoge esas manifestaciones de la emoción esencial como muestras valorables de Poesía. El número de seguidores de tales documentos de la espontaneidad sentimental en las redes sociales define a veces el nivel que permite, con la complicidad de algunas editoriales, su incorporación al sistema literario. Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva.

 

«En mi obra abundan las presencias humanas»

 

- El poeta, cuando escribe, ¿lo hace solo o lo pueblan voces de vivos y muertos que hacen de esa soledad una multitud bien avenida?

 

- Sí. Esas otras voces acuden al eco del poema y traen su propio acento. Organizan el coro de la memoria. Confunden sus días con las horas del poeta. El poeta evocativo y elegíaco los convoca para que colaboren a ajustar las imágenes del pasado. En mi obra abundan las presencias humanas. Son sobre todo las personas de mi familia, especialmente mis padres y mis hijos, pero vienen también antepasados más remotos, algunos escritores y artistas, seres anónimos, siluetas populares: «Hay bultos que sobreviven indiferentes bajo la tormenta. Suben y bajan por el día entre la lluvia multitudes grises, ropas frías, un tráfico líquido de sombras». En el último poema de la antología «llegan a mi casa las cuatro muertes, / nuestras cuatro muertes del vivir de siempre».

Un escritor no deja de ser un artesano que moldea palabras para crear una obra. El hecho de que su materia prima no sea un objeto tangible no quiere decir que sus creaciones no puedan emocionar a un lector, a una persona que penetra en las entrañas del lenguaje -en este caso- y halla un placer estético semejante al del espectador que contempla la obra de un trabajador manual. Esto es lo que uno hace, con mayor o menor habilidad y desigual fortuna, cuando escribe, por ejemplo, una columna de prensa para un periódico.

Igual que hay buenos artesanos, hay buenos escritores y mejores y sobresalientes. El periodista Ander Izagirre (San Sebastián, 1976), que lleva muchos años publicando crónicas y reportajes, pertenece a esta última categoría. Para comprobarlo, solo hay que acercarse a un libro que publicó hace quince años y que la editorial Libros del K.O. acaba de rescatar ahora: Los sótanos del mundo.

El origen de esta obra está en el viaje que el autor realizó, junto a un grupo de expedicionarios en 2001 que, lejos de ascender las cumbres más altas del planeta, se propuso bucear en las depresiones geográficas de los cinco continentes. Comandados por Josu Iztueta, los viajeros se internan en terrenos sometidos a condiciones climatológicas extremas y, a lo largo de nueve meses, se topan con un sinfín de personajes de lo más variopinto: mineros, militares, maestras, expatriados. Vidas, en general, poco comunes como la del misionero que deja su existencia confortable y se establece en un poblado inhóspito de África.

Los sótanos del mundo es un libro que mezcla la aventura de viajar con la tradición de las regiones exploradas y las vidas -a veces, al límite- de personas anónimas. Hay en estas páginas una rigurosidad escrupulosa al abordar la intrahistoria de cada territorio, gran delicadeza a la hora de entrevistar a sus habitantes y precisión total en el aporte de datos. Estas crónicas trepidantes, perfectamente documentadas y escritas con una maestría compositiva sobresaliente, demuestran que el periodismo bien hecho es una forma excelsa de literatura.

Ander Izagirre ha declarado en más de una ocasión que sus trabajos nacen de manera azarosa: lo mismo de un conflicto civil que de hechos denunciables como la explotación infantil, un tema que estudió en Potosí, su otro gran libro. Pero absolutamente todos tienen un común denominador: la curiosidad. Ella es la que le lleva de un continente a otro a conocer la existencia de diferentes culturas y, lo más importante, a ponerse por un momento en el lugar de los otros. De ahí nace el periodismo más genuino. Y tantas otras pasiones. Porque, ¿qué le queda a una persona que carece de curiosidad?

 

Ander Izagirre, Los sótanos del mundo, Libros del K.O., 2020,

 

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