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YOLANDA CASTAÑO, UNA DE NUESTRAS POETAS MÁS INTERNACIONALES, LO TIENE CLARO: “LA POESÍA ES UNA EMOCIÓN QUE PIENSA” 

TURIA TAMBIÉN PUBLICA UN OPORTUNO ENSAYO DEL JUAN J. VÁZQUEZ SOBRE VIRGINIA WOOLF Y EL CÉLEBRE CIRCULO DE BLOOMSBURY, EN EL QUE EXAMINA EL PAPEL DEL INTELECTUAL CONTEMPORÁNEO Y SU RESPONSABILIDAD MORAL 

Los lectores del nuevo número de la revista TURIA, que se distribuye este mes de junio, podrán disfrutar de dos entrevistas a fondo y en exclusiva con dos protagonistas de perfiles muy diferentes pero que comparten una intensa trayectoria que acredita la pasión con que ejercen sus respectivas inquietudes: la investigación y divulgación científica en el caso de Nazareth Castellanos y la creatividad literaria en el de Yolanda Castaño. A ese dato se añadiría, sin duda, otro ingrediente fundamental: ambas han hecho del cultivo de sus intereses intelectuales el motor que ha guiado también sus vidas. Por otra parte, y si tenemos en cuenta la proyección y el reconocimiento que sus respectivas obras y personalidades han obtenido a nivel nacional e internacional, resulta acertado afirmar que son dos nombres propios de indiscutible relevancia para la cultura en español.

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No recuerdo en qué momento preciso conocí a Marta Agudo. Tengo la sensación de haberla sentido cerca desde siempre. Podíamos estar meses sin coincidir, pero cuando hablábamos, volvían las sinergias que sólo funcionan con algunas personas y que hacen que sintamos como si hubiéramos estado con ella el día anterior.

Debimos de encontrarnos a comienzos de los años 2000, cuando ella fue a vivir a Madrid. Marta encontró en Madrid, como ha relatado Jordi Doce, un espacio propicio para encauzar sus inquietudes literarias: creó y dirigió la colección de poesía y pintura El Lotófago, de la Galería Luis Burgos; dio clases de escritura creativa en Hotel Kafka; fue miembro del equipo de redacción de la revista de poesía Nayagua, que edita la Fundación Centro de Poesía José Hierro; publicó (junto con Carlos Jiménez Arribas) Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (2005); ese mismo año se doctoró en Filología Hispánica con su tesis La poética romántica de los géneros literarios: el poema en prosa y el fragmento en el siglo XIX en España. En 2010 publicó, junto con Jordi Doce, Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente, autor al que dedicaría también otros estudios. Se ocupó también de traducir a Joan Vinyoli y editó algunas obras de Ana María Navales y Paca Aguirre. Además, y esto es lo más importante, publicó cuatro libros de poemas magníficos, de una coherencia, una intensidad y una verdad apabullante, un legado que crece día a día, a pesar de su aparente brevedad: Fragmento (2004), 28010 (2011), Historial (2017) y Sacrificio (2021), aparente porque escribir debió de escribir algunos libros más que no llegaron a ver la luz por su exagerada autoexigencia.

Para preparar este artículo he vuelto a leer sus libros, sus textos, sus entrevistas, los artículos dedicados a su obra… y he vuelto a abrir también los correos electrónicos suyos que conservo en la bandeja de entrada de mi ordenador. Y han regresado, de forma muy precisa, las afinidades electivas que compartimos: la devoción por Góngora, por el Barroco y por Valente; la comunión con algunos amigos, sobre todo en torno a la revista Nayagua, y a la Fundación José Hierro y a esta revista Turia, de la también era colaboradora (donde siempre había un pretexto poético para encontrarse); compartimos también un punto de vista crítico respecto a la situación de la poesía y la cultura contemporánea, capitalizada cada vez más por la publicidad y el mercado; nos unía así mismo el amor por el lenguaje, ambas habíamos estudiado Filología Hispánica… Había otra afinidad, ésta no elegida. Yo también había hecho la travesía del cáncer, un linfoma; hacía ya más de veinte años cuando a ella se lo diagnosticaron. Entonces intenté convencerla de que, si yo lo había superado, ella también podría hacerlo. Pero no fue así.

Como es obvio, escribo desde esas afinidades que nos vinculaban en la amistad, pero voy a tratar de  trazar algunos rasgos de lo que la hace única, lo que singulariza su escritura, porque ella no se parecía a nadie y encontrar una voz propia fue una de sus grandes obsesiones, hasta convertirse también en tema recurrente y metapoética interna en sus poemas, una batalla con el lenguaje, en la que ganó, –esta vez sí–, un lugar destacado entre los poetas de su generación, como puede verse en su poesía, que cada día crece en intensidad y nos sigue interpelando con más fuerza, desde esa voz que sólo es idéntica a sí misma.

Marta era filóloga vocacional. Le gustaban las palabras y eso se nota no sólo en sus críticas, en sus ensayos y en su poesía, sino también en su lenguaje directo, en su devoción por los juegos de palabras. Se manifestaba en su conocimiento de la tradición («Góngora, el maestro de la metáfora y la creatividad más audaz que sigue representando para mí la modernidad poética») y en su forma de transgredir y llevar al límite las palabras, de interrogarse por el sentido y buscar nuevos cauces del decir («porque acudes incierta/ a las palabras/ por verlas tiritar») (Fragmento). Letrada, pero irreverente, respetuosa con los maestros, pero siempre explorando nuevos territorios.  Como escribe Eduardo Moga, Marta era una de esas personas «poseídas por el lenguaje, esto es, conscientes de que el lenguaje nos configura: nos da el ser».

Y la Filología le dio a ella un esqueleto para su poesía. Como confesó en varias ocasiones, no era autora de poemas sino de «libros de poemas», necesitaba una estructura, un territorio donde sostener las palabras: «Nunca he sido autora de poemas sueltos, sino de libros, de conjuntos poemáticos. Necesito una estructura, algo así como un armazón generador que impulse el surgir de las palabras y las ordene», escribe en la nota que acompaña a su primer libro.

Esa estructura «filológica» no es únicamente aplicable a cada uno de sus libros y de forma explícita al segundo (28010), donde están a la vista las columnas vertebrales que la sostienen: Fonética, Sintaxis, Geografía, Secuencia, sino que la Lingüística y sus derivaciones, van a ser cimiento y soporte también de sus siguientes libros. Así, todos ellos se tejen a su vez en una estructura conjunta, que traza una circularidad de sentido, el ouróboros, ya señalado por Julieta Valero en su epílogo a la reedición de Fragmento: «Fragmento contiene su futuro poético… una condensación anticipatoria… todo estaba ya aquí» y conforma un «conjunto poemático» coherente.  Ese círculo que es también para la poeta «vida: existencia capicúa: nada-vida-nada” (Historial); «…El que nació con actitud de regreso» (Historial); «Entra en esta cadena irreversible y procura trazar la circunferencia del yo. ¿Estancia o desborde?»  (Sacrificio).

El homenaje gongorino de versos encadenados de su primer libro, o los puntos suspensivos que pespuntean los siguientes, van dibujando ese ouróboros con la apelación constante al origen, la auscultación de una genealogía y la memoria iniciática que en algún lugar se anuda al final inevitable, al destino seguro en la muerte… Así la Lingüística se impone como registro de la «angustia existencial» de ese transcurrir, como «desolación metafísica» («el relato de cómo se avanza hacia la muerte, de la nada a la nada», que diría Antonio Gamoneda); y como determinante del lenguaje poético en la conciencia del dolor, en el intermedio corporeizado, ese breve paréntesis de nombrarse materia efímera y en vilo, ese tiritar del lenguaje.

Por ello, me atrevo a aproximarme a sus versos emulando en estos breves apuntes parte de esa estructura lingüística para comprender un poco más su idioma poético, el lenguaje que configura de alguna forma su identidad y sus obsesiones como escritora.

 

Fonética

 

Así la voz, la forma de entonar en dialéctica con el silencio (tendencia poética a la que se la asimiló en su momento y que se queda escasa para definir su trayectoria). La música de las palabras, hasta el roce del aire al respirar, aunque sea en los confines más inhóspitos del ser, busca decirse a partir de esos primeros fragmentos, astillas, leves esquirlas, células o aforismos encadenados. Los sonidos y su representación escrita, la forma de decir un cuerpo y conjugarlo. Disponer cada letra, pronunciar cada nombre y hacer vibrar el espacio de la página en blanco. Un intento de inaugurar la vida de nuevo sin herida, trazar nuevos signos a partir de esas partículas esenciales. En toda su escritura hay un afán de poner en pie el cuerpo del lenguaje: «vértebra a vértebra yergues el discurso» (Fragmento), corporeizarlo, al tiempo que un afán por desintegrarlo para volverlo a fundar con otros nombres posibles. 

Desde su primer libro, ese afán de recoger las señales, las partículas mínimas del lenguaje, las células del significado: «Morse, zarza escrita. / Lenguaje hecho de tildes/ y puntos sobre pieles». Escritura que es tatuaje y cicatriz. El punto aparece como máxima concentración del sentido, el límite donde comienza y termina el lenguaje: «Anula el punto innúmeras palabras» (Fragmento). Nudo o nodo, extremo del ovillo donde arraiga todo el lenguaje. Ese punto fronterizo con el silencio, minimalista «lengua que abreva/ en la piel de los silencios» (Fragmento). Un motivo, el del punto, que volverá a hacerse presente en su libro final Sacrificio: «Lentamente contaré mis huesos uno a uno para que el punto final no sepa más que yo».

Es interesante observar la paradoja de cómo esa deconstrucción de las unidades más pequeñas que puedan ser indivisibles, de las mínimas partículas, es además recolección para armar otro sentido: «Dadme mis letras para recomenzar […]. Dadme, aunque sea un cero, pero uno completo, / cuadrado y sin fisuras» (28010). Aunque las letras, como las células, como las neuronas, a veces llevan impreso un signo de muerte: «neurona enferma/ que gira su curso/ ferviente hasta la red» (Fragmento); «…Mientras vivir se escriba con v de vacío…» (Historial).

A pesar de esa intuición de muerte anticipatoria, hay una búsqueda para recomponer el ser, para trazar esa identidad, que pasa por identificar un sujeto y sus complementos: «Ser en destrozos» (Fragmento), desmenuzar-se, en trazos, en metralla, ser en astillas y añicos. «Deletrea a fin de reconocerme». Así ese comienzo de 28010: «Me llamo Marta. Me llaman Marta», como certificado del nombrarse o ser nombrada.

En Historial volverá a pedir: «Dadme las siglas de una ajustada duración porque en el signo “más” el germen de los significados, las raíces del árbol que se empeña». La necesidad de decir desde la raíz del verbo; para que la cadena no se rompa en su germinar, es preciso anudar esas raíces porque: «Si en algún momento la cadena se rompe será la interrogación, la caligrafía borrosa del que se preguntó quién era él exactamente» (Historial).

Y en su último libro Sacrificio, comenzará precisamente su primer poema reclamando esos signos, esos eslabones perdidos en forma de vocales: «Ven y díctame las vocales de aquel soplo inicial para / que cada engranaje revierta su torreón y cualquier falla / tectónica aspire a ser verdad que no sangra. Pulmón y brisa…». Verdad sin dolor.

Conjugar los signos para descifrar los secretos del existir, como decía Calvino en una de sus Seis propuestas para el próximo milenio refiriéndose a: «una larga tradición de pensadores para quienes los secretos del mundo estaban contenidos en la combinación de los signos de la escritura: el Ars Magna de Raimundo Lulio, la Kábala de los rabinos españoles y la de Pico de la Mirandola… El mismo Galileo verá en el alfabeto el modelo de toda combinatoria de unidades mínimas. Después Leibniz…».

 

Morfosintaxis

 

Pero ¿cómo se forman las palabras y las frases?, ¿cómo las palabras arrastran su herencia y dictan su destino implacable? ¿Cómo ordenar «las sílabas del daño»? (Sacrificio). Tal vez las palabras declinadas en versos nos puedan decir con la morfología del pájaro («Y entre lo que soy y seré, una bandada de verbos» (28010). Cuando las palabras se desprenden de su peso: hacerse pájaro, soltar el lastre de lo utilitario para volar más libre, como en ese final de Del caminar sobre hielo de Werner Herzog: («Durante un breve y delicado instante algo muy dulce traspasó mi cuerpo agotado. Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar».

Y tal vez conseguir la levedad necesaria para sobrevivir frente a la gravedad de existir. Como añade Calvino: «A la precariedad de la existencia de la tribu –sequías, enfermedades, influjos malignos– el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad». El poeta como chamán o mago.

«¿Cómo nace entonces/ del verbo la honda mies?» (Fragmento) ¿Cómo armar el sentido de la escritura y de la vida desde el «espacio herido para el nuevo verbo»? (Fragmento) se pregunta la poeta en su primer libro. Ese espacio herido es la herencia, la genética que no sólo se aloja en los genes («¿Se hereda la estructura mental de lo escuchado?»), se preguntará en 28010. Hay una pulsión de fuga, un deseo de huir de ese determinismo genético y de los espacios dados: «¿Hacia dónde, pues, trazar la fuga?» (28010). La necesidad de «Volver a generar una sintaxis que no tenga filiaciones» (28010). La morfosintaxis concebida como «Repetición tras repetición para ir creando oraciones; llanura en la que tenderse a balbucir» (28010). Y como escribe al final de ese mismo libro: «Pero sujeto y verbo de nada sirven para mi boca antigua» (28010) Necesita fundar nuevas estructuras que se adecúen a su boca, a su poesía, a su decir. Encontrar su propia voz en la que el sujeto pueda predicarse: «Busco en qué punto de esta pierna el predicado. ¿Es el sujeto el corazón porque canjea ritmos o todo cuaja en una oración pasiva sin complemento agente? Los complementos circunstanciales marcarán la índole de tu existencia: el cómo, el sitio, la luz. Y la gramática: otro posible orden al que brindar la razón del sacrificio» (Sacrificio).  Aunque a veces le faltan las palabras: «Falta léxico, faltan letras…». Cuando ya no quedan palabras o las palabras ya no son suficientes, se sustituye por un «abecedario de agujas», con el que «escribir en braille mi último sueño» (Sacrificio). Una sucesión de puntos: incisiones. El cuerpo como libro.

 

Semántica

 

Mucho antes de que el cáncer llegase a su vida, la muerte ya tenía un protagonismo especial en sus poemas, como existencialismo vital, premonitorio, visionario. Al final de 28010 repite como un estribillo «Me llamo Marta, me llaman Marta y me persigue el idioma en que se expresa el moribundo». Toda esa carga semántica que es sino y signo de muerte es percibida como un legado del que no puede desprenderse. Aunque lo intenta una y otra vez apelando al silencio para resemantizar: «Y si la verdadera patria del hombre es el idioma: las pausas, las curvas, sus ritmos informales, habré de callarme para recomenzar» (28010). Así insistirá al final de 28010: «…frotarme las manos hasta que desaparezcan las huellas dactilares y en la explanada abierta de la palma poder sembrar carteles, opúsculos, las cadencias de mi sintaxis o la precocidad de un niño, consciente de ser niño, que muestra sus venas rotundas hacia el aire».

Pero enseguida volverá una de sus imágenes más potentes, la de «el cadáver que albergamos» (Historial), ese cadáver que vive dentro de nosotros desde que nacemos.

«El oficio puntillista de la muerte» (Historial) es un «Oficio de Tinieblas» laico y expresionista. Porque en la poesía de Marta Agudo –y esto forma parte relevante de la personalidad de su escritura–, a diferencia del tratamiento que le dan otros autores, incluido su admirado Valente, no hay asidero místico al que aferrarse; su Oficio de Tinieblas conduce a «una luz salvadora» y un espacio redentor que no está asociado a ninguna religión, sino diluido en el paisaje.  Aquí se cumple el «vivo sin vivir en mí» y «muero porque no muero», pero sin el «más alta vida espero». No hay horizonte de resurrección. Más bien al contrario, dios y lo relacionado con la religión se contempla desde una mirada crítica, escéptica o irónica: «el cáncer es un espacio; un espacio o la instalación de un dios expectante que disfruta observando cómo cae pletórica y de nuevo la roca de Sísifo» (Historial) o «¿Fue Lazaro el primer zombi de la historia?». Y se parodia la mística sin piedad: «¿Adónde te escondiste, azar, con dos fechas uncidas?»  (Historial).

En Historial asistimos a un auténtico despliegue del campo semántico del cuerpo y de la enfermedad: piel, esqueleto, articulaciones, vísceras, páncreas, pulmón, leucocitos, hematíes, cerebro, cortex… Incluso de medicinas, protocolos, errores médicos, daños colaterales… Con voluntad de dar visibilidad –como ya hicieran otras creadoras como Susang Sontag o Hannah Wilke– a una enfermedad, el cáncer, que sigue siendo tabú en nuestros días. Pero lo coloca en primer plano sin dramatismos, e incluso, en ocasiones, envuelto en ese sentido del humor, «a veces mezcla de juego y rabia», que la caracterizaba y que se convierte en asidero y consuelo: «La melodía de los contrarios: agudo-grave, grave-agudo» (Historial). O como cuando relata, en la obra inédita en la que estaba trabajando al final, su diario, Momento mori, ese colmo de las casualidades: que está tomando un medicamento que se usa contra el dolor y la ansiedad, precisamente llamado Lyrica: «He estado inválida de nuevo por la ingesta de Lyrica, olvidé que me había llevado hace más de un año a una crisis mental y física fuerte».

En continuidad con ese campo semántico, el motivo del mar y los desiertos de sal, y los glaciares, se irán definiendo como lugares del canto, horizontes donde se derrama la voz y la mirada, donde el cuerpo se disuelve en geografía y se funde con el paisaje, y hace posible la representación de lo indecible. Las blancas salinas desiertas, los mares petrificados, los hielos de la Antártida que se asoman a la portada de su ultimo libro, Sacrificio, están ya en el primero, Fragmento, y se anticipan también en Historial: «Alivia saber la Antártida, más ahora en esta habitación que compartes con una mujer y su máquina de oxígeno».

En las fotografías de Cano Erhardt encontró los paisajes que ella ya había descrito en sus poemas mucho antes de conocer esas imágenes. De hecho, como ha contado Jordi Doce, Fragmento, publicado en 2004, iba a titularse en un principio La desnudez del páramo. Y entre sus libros anteriores, de los años noventa, habría otro titulado Los vértigos amplios del blanco. Las fotografías de Cano Erhardt, de las series Altas soledades y Ralty Reflections fueron realizadas en 2015 en El Salar de Uyuni (el mayor desierto de sal del mundo), y en los desiertos andinos de la Reserva Natural Eduardo Averoa, en Bolivia. Marta Agudo escribió en 2017 el poema «Cuatro tiempos», donde dialoga con las fotografías de Altas soledades de Erhardt. Poema que tuve el privilegio de publicar en primicia en las páginas de Revista de Occidente (núm. 424, septiembre de 2016). Este poema serviría de coda al libro Historial, en 2017. En Veracidad del mapa (Galería Luis Burgos, Colección el Lotófago, 2021) título que procede de un poema de 28010. Marta Agudo declara en la nota final su deuda con Erhardt: «Me gusta pensar que con este libro se cierra un círculo que se abrió cuando la contemplación de algunas fotos de las series Ralty Reflections y Altas soledades, ambas de 2016, en especial las imágenes de salinas y sus formaciones exagonales, me llevo a escribir el poema «Cuatro tiempos», germen de lo que luego sería Historial. Más recientemente, el recuerdo de las fotos de glaciares y paisajes árticos que se incluyen en Wonder of Nature (2017-2018) ha impulsado y condicionado la escritura de mi último libro, Sacrificio (2021)».  En esas fotografías Marta Agudo encuentra materializadas las atmósferas trazadas en sus poemas, imágenes que hablan de la soledad en el límite de la abstracción. Las formas geométricas del vacío. Espacios vaciados de vida. Montañas de sal, paisajes donde nada crece salvo la luz de la desolación. Un mar que se desborda en las afueras. «Se derramaba la vida por los lados» se repite como una letanía: «Se derramaba la vida por los lados, pero dios nunca llegó» (Historial). Ese mar manriqueño («Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…»), ya estaba lleno de muertos en su primer libro. Por eso, escribe en Historial: «Mientras en los quirófanos se oiga el mar no habrá anestesia suficiente para el miedo».

Pero también, de alguna forma, y aunque parezca contradictorio, es un mar de serenidad. En su último libro, Sacrificio, nos recibe en la portada el frío de ese espacio glaciar, la luz detenida en ese azul transparente, y parece, por fin, reconciliarse con el lenguaje, entender la gramática de ese mantra: «He tenido que llegar hasta aquí para entender la caligrafía gozosa del mar».

 

Coda: la alegoría simbólica de las manos

 

En el libro que Marta Agudo realizó junto con Jordi Doce en 2010 sobre la obra de Valente, Pájaros raíces, se incluye un interesante ensayo de Rafael José Díaz titulado «Las manos del decir», donde se refiere a la mano como símbolo esencial en Valente, pero una mano cargada con la idea de «concavidad» (Mandorla) como hueco que guarda lo sagrado (Al dios del lugar). Las manos serán también un símbolo decisivo en la obra de Marta Agudo, pero, curiosamente, la suya no es una mano cóncava sino una mano abierta, una mano extendida. Quizás porque a pesar de sus querencias por Valente, no comparte con él el sentido de lo sagrado ni la conexión con la mística, como ya hemos apuntado.

En 28010 se refiere a las manos como un espacio posible, no cuenco, sino explanada: «Habré de callarme para recomenzar, frotarme las manos para que desaparezcan las huellas dactilares y, en la explanada abierta de la palma, poder sembrar las vocales de un lenguaje propio». Un espacio donde hacer el vacío, el silencio. Borrar las líneas de la mano, las líneas de la vida y las huellas dactilares, para huir del determinismo de la genética («¿El mal, el fatum?... / En las líneas de la mano tu alfabeto» (Historial) y encontrar un lenguaje propio.

Esa explanada de la palma de la mano abierta es papel en blanco y tabula rasa, coincide con la imagen de las salinas y es un espacio metafísico en el que se debate la contradicción y la pregunta que atraviesa toda la poesía de Marta Agudo: cómo sembrar «las vocales de un lenguaje propio» en ese lecho de sal, si todo lo que se escribe sobre la sal desaparece, se diluye: «La sal absorbe las huellas» («Cuatro tiempos»). Sería como escribir con tinta transparente o invisible.

Pero hay huellas que perduran y aún nos siguen hablando con sus manos, como las de las pinturas rupestres. En Sacrificio, precisamente, alude a las pinturas de Altamira, cuyas paredes están llenas de manos: «Sin pócima que nos salve, el bisonte de Altamira devana su cerebro un siete de diciembre de hace treinta y ocho mil cuatrocientos veinte años: en su certeza que nunca amplifica, las huellas de sus pintores reclaman auxilio».

Diría que, en esa tensión metafísica, en esa búsqueda del lenguaje propio, en la imposibilidad del decir la «palabra perdida» (María Zambrano) se alojan algunas de las claves de la poética de Marta Agudo, algunas de sus intuiciones esenciales y buena parte de «la verdad» de su poesía: «La gramática también zozobra por la piel y sus mesetas rubrican o apagan verdades» (Sacrificio).

Por último, un paratexto: en la dedicatoria de su libro Sacrificio, que nos envió en marzo de 2021, Marta Agudo dibuja esa mano abierta por completo, como las de Altamira. En torno a los dedos unos leves trazos bien situados consiguen añadirles movimiento, como si la mano se desplazase ligeramente a izquierda y a derecha, tal vez como un signo de despedida o quizás como un saludo en el que el movimiento de la vida sigue tiritando, como en sus poemas «…porque acudes incierta / a las palabras / por verlas tiritar» (Fragmento).

Tomando prestado el aliento de Miguel Hernández, el escritor José Manuel Querol (Madrid, 1967) pespunta un libro entreverado de lo académico, lo confidencial, lo político, lo íntimo, lo personal, lo histórico, lo actual. Todo ello con un tono apasionado, por momentos irónico, de vuelo lírico. Un ensayo que abre la posibilidad de un diálogo común: No soy de un pueblo de bueyes (Trea).

 

- ¿Por qué tomar partido siempre por los que pierden?

- Es una decisión personal, casi una actitud, y perdóname la expresión, romántica. Quien pierde no tiene control sobre el relato, y está a merced del ganador, que lo impone, y por eso, porque la imposición sobre la realidad es un abuso del yo triunfante, me causa recelos, lo que, por otro lado, no le da a la interpretación de los que pierden mayor fundamento, pero los hace más sólidos (porque su relato está cuestionado siempre por el vencedor) a quien busca la empatía, que sabe de los enredos de la soberbia y de la justificación de los horrores y duda por eso siempre de los relatos hegemónicos. La realidad histórica es un laberinto en el que sólo hay matices de grises y una insustancial sospecha en la que se entrelazan hechos, documentos, arqueología y todos los demás eventos probatorios con las intenciones, la finalidad del relato, la voz autoral y sus vivencias personales además de otras muchas cosas. Es una decisión arbitraria porque la memoria histórica está hecha con relatos inconstantes y parciales, experiencias, narrativas familiares, historias tejidas con lecturas, prejuicios, contexto social en el que vivimos en cada momento, ideología propia y heredada y miedos. Por eso, la visión de los perdedores, aún siendo probablemente también cuestionable, tiene algunos asideros en esos documentos y hechos que sí puedo constatar, y no tiene la sospecha de la afirmación de una justificación de los horrores que suele contener siempre el relato de los vencedores. Es verdad, el relato de las víctimas tampoco es fiable, pero lo es más que el de los victimarios.

 

“La historia no es más que un relato construido con los vestigios materiales de los hechos”

 

- Usted distingue memoria (con sus fugas —o entropías—), algo más maleable, de la historia, una narración más certera. Pero, ¿acaso la historia no la cuentan los vencedores? ¿Y qué hacemos con el revisionismo histórico? ¿No deja de ser, la historia, una dama de compañía que tiene un ratito para cada uno que quiera estar con ella?

- La Historia no es más que un relato, pero es un relato construido, si se hace honradamente, con los vestigios materiales de los hechos, con el análisis de las consecuencias que estos tuvieron y con la posibilidad que da el ser siempre escrita a posteriori de facilitar un plano por el que deambular. Nada es fiable en la vida humana, por supuesto, pero hay cosas que no pueden ser puestas en duda si aceptamos la lógica y los hechos, los documentos y las fosas de los muertos que excavamos y, sobre todo, el juicio del tiempo, que con ojos nuevos puede valorar los engaños y argucias del relator de los hechos y sus aciertos también. La memoria es otra cosa, mucho más complicada, y en la memoria se incardinan como en una función matemática, la propia biografía de quien la ejercita, su carácter, sus inclinaciones y convicciones, la memoria familiar y los relatos que le han sido transmitidos por padres, abuelos, amigos, y que el sujeto incorpora a esa memoria, lo estudiado en los libros, que depende del contexto social en el que ese sujeto ha vivido, , el propio presente del individuo que modifica en virtud de este su propio pasado y su memoria. En fin, muchas cosas, pero, además, la memoria no necesita ser una ciencia, es emocional, y la Historia debe huir sin embargo de las emociones. Sí, la Historia es esa dama que tú dices, es un relato hecho por un hombre que tiene su propia memoria emocional, pero que puede ser discutida, corregida o valorada por otras memorias personales y por la materialidad de los documentos y los hechos que son el argumento donde debe avalarse ese relato. La Historia la cuentan los vencedores, pero la Historia tiene una vida más larga que la de los que contaron su relato, y es ese juego de las generaciones contradiciendo o avalando los relatos previos lo que va aquilatando el juicio del tiempo.

 

“La civilización se construyó como una gran mentira para sobrevivir”

 

- ¿Cómo se reconoce la verdad?

- Esta sí que es una pregunta difícil. A lo más que podemos acercarnos, o eso creo, es a un compromiso, como el «baciyelmo» de El Quijote, que es una bacía de barbero y también un yelmo, eso ya lo sabía Cervantes, pero sí hay algunas cosas que permanecen incólumes ante los relatos. Permanecen las fosas comunes, con sus esqueletos a los que la luz del sol pone fecha y misericordia, permanecen las cárceles, permanecen las actas de los juicios sumarísimos, permanecen las fortunas hechas con latrocinios, permanecen muchos indicios que, al menos, pueden plantear una hipótesis plausible sobre la verdad, que será como una pintura al fresco, rápida, sin posibilidad de detalle, quizás, en la que luego pueden pensarse múltiples correcciones a lo que el artista hizo, pero que sí permiten poder ser consideradas un dibujo de esa verdad que queremos conocer, y sobre todo, el tiempo, destructor de la soberbia de los hombres; cuando ya nada importe y todos los que fueron fusilados y sus nietos, los que se enriquecieron y sus nietos, los que se asociaron con ideas que el futuro dirá que son erróneas o tuvieron sentido y sus nietos estén muertos, cuando ya nada de eso importe ni haya quien pueda sentirse responsable de las barbaridades que hace el hombre, quizás ese tiempo corrija a los historiadores y las memorias de los que se acerquen a los tiempos en que la humanidad se volvió loca e insensible, que son casi todos los tiempos desde que la civilización se construyó, esta sí, como una gran mentira para sobrevivir.

 

“Nosotros no somos responsables de lo que hicieron nuestros abuelos”

 

- ¿De qué depende que uno quede en paz con sus mayores (su familia) cuando estos han sido próximos al mal (fascistas, franquistas, caciques…)?

- Pues no lo sé. Yo, por suerte, no tengo que enfrentarme a esa pregunta en mi memoria familiar, o al menos, eso creo. Quizás la pregunta deberías hacérsela a Cercas, que se ha enfrentado con ella, y su respuesta es realmente ambigua, un ejercicio desesperado por vincularse al relato familiar desvinculándose al mismo tiempo de él, pero no es un problema moral. Nosotros no somos responsables de lo que hicieron nuestros abuelos. Tengo amigos alemanes cuyos abuelos colaboraron con los nazis, fueron nazis, pero ellos no tienen responsabilidad alguna por ello, la tienen por los actos y la voluntad que empeñen en que un horror así no pueda volver a suceder, y tienen también la responsabilidad de devolver aquellos frutos que su familia obtuvo con el crimen, o al menos de intentar reparar con ellos el mal que se hizo. No todos los fascistas tuvieron igual responsabilidad, los hubo asesinos, corruptos, y que se libraron de pagar por sus crímenes, pero también hubo hombres que se equivocaron, que se dejaron seducir porque tenían hambre, porque tenían miedo, porque vivieron experiencias horribles que les lanzaron al otro lado del terreno de juego, hay muchas causas por las que los hombres nos equivocamos y acabamos ayudando al mal a vencer. Con los caciques tengo menos dudas, en ellos el pecado es la soberbia y la avaricia, y eso sí es una decisión personal y consciente, lo otro, la renacionalización del proletariado que se ejerció como programa de ingeniería social en el nazismo, y que ahora tiene también sus ejecutores, condena a los impulsores de este, pero creo que el obrero, el campesino, el ama de casa a la que le inoculan el gen del odio, y que puede constatar su miseria objetivamente, sólo son seres humanos que no tienen el horizonte completo a la vista, que juzgan, quizás egoístamente, no lo sé, en función de su desesperación y de sus anhelos, que necesitan que alguien les confirme que el futuro será suyo, que el mañana les pertenece, y por eso, engañados, acaban por hacerse franquistas o fascistas, colaboradores, no sé si del todo conscientes, del mal.

Los nietos debemos entender, con buena voluntad, que nuestros abuelos no fueron santos, como nosotros tampoco lo somos, y que a ninguno se nos puede pedir el martirio por la humanidad. Debemos aceptarlo, reconocer que el mundo es muy complejo y que, a toro pasado, todo queda más claro, pero que en medio del combate nada es estable ni cierto, y dejarlos en paz. Otra cosa es la que afecta a los nietos de los dirigentes, de los criminales, de los asesinos, a ellos les diría que sí deben hacer público que su memoria familiar está manchada de sangre y que ellos están dispuestos a intentar reparar el daño, pero eso es una ingenuidad por mi parte. La soberbia de clase, la presunción de que ellos están tocados por la divinidad y por la Historia hace, salvo en contadas ocasiones, imposible la reparación. Con ellos no se puede contar para nada.

 

“Al final, la desmemoria triunfa siempre y el mundo se convierte en un objeto muy diferente del que fue”

 

- Si la desmemoria, como usted apunta, es una virtud, ¿eso que llevamos de ventaja respecto de la inteligencia artificial, incapaz de ella..?

- La desmemoria puede ser una virtud, eso depende. Es verdad que, al final, la desmemoria triunfa siempre y el mundo se convierte en un objeto muy diferente del que fue, pero mientras dure el dolor, mientras el recuerdo sangre, la desmemoria es muy difícil. Es verdad, los franceses ejercen una desmemoria muy particular, ensalzan una resistencia que casi no existió, y la que existió fue cosa de comunistas y de exiliados españoles en su mayor parte, y se olvidan del colaboracionismo, que fue la norma. No sólo les pasa a ellos, les pasa a casi todos los pueblos que se avergüenzan por una u otra razón de lo que hicieron (también aquí, en España) y resuelven el relato como mejor conviene al tiempo en el que este se redacta de nuevo. Pero sí, la desmemoria puede tener algún sentido si lo único que se quiere es poder avanzar hacia el futuro cuando no puede resolverse con consenso el pasado. Pero el hombre deshistorizado que pretendió la Unión Soviética también fracasó porque nada que no se resuelve del todo acaba por desaparecer, y cuando regresa a la memoria, además, lo hace desnaturalizado, tergiversado, y ofrece otro relato falso y consecuencias presentes. El pasado no puede condicionar el presente, pero lo hace, y lo hace por esa necesidad soberbia de épica de los pueblos y por esa condición mítica que les impide reconocerse como humanos, falibles, obligándonos a todos a construir relatos en conflicto con los hechos, a establecer un modelo mítico de la Historia, y no político, no digamos simplemente humano.

No debemos equivocarnos, la inteligencia artificial tiene una memoria selectiva, y esa es la del programador, Las bibliotecas tienen mejor memoria porque, en cierto sentido, acogen multitud de programadores, cada uno con su propia memoria, pero la inteligencia artificial comete errores, unos forzados y otros no, pero los comete, y su juicio es ideológico, lo que es normal, pero quiere venderse como verdad absoluta, como si fuera el pensamiento de un extraterrestre al que le da igual lo que pensemos sobre un hecho y él sólo relatase verdades, y no es cierto, la inteligencia artificial es un instrumento humano, y posee todas las virtudes y todos los defectos del humano que la crea, y por el momento, sus creadores son muy poco fiables, observan una finalidad que da hasta miedo. Cui prodest?

 

“El nacionalismo es una lacra, sea este cual sea, pero necesita de relatos y de héroes”


- ¿Hasta qué punto los mitos patrios (Pelayo, Blas de Lezo, santa Teresa, Verdaguer, Ibn Arabi…) conforman el sujeto común? Y el individuo, ¿necesita también de sus propios mitos para construir su identidad?

- Los mitos quieren ser el alma de ese sujeto común, pero ninguno alcanza esa categoría, de hecho, tengo mis dudas de que ese «sujeto común» exista. Los héroes forman parte de una arquitectura que no va más allá de 1780, cuando empiezan a pensarse en serio los nacionalismos, y son usados en función de generar un tipo de relato u otro que aglutine al pueblo como una unidad que, de hecho, no existe. Es verdad que antes también se fueron forjando mitos, y la iglesia participó activamente en su construcción con un interés más general, si se quiere, pero igualmente político (piensa en Jiménez de la Rada y Castilla). Los mitos que mencionas son la intensión semántica y política de diferentes intereses económicos y de dominio mucho tiempo después de que todos ellos murieran, y su relato es espurio, no tiene nada que ver con ellos mismos. No sabemos quién fue Pelayo, dudamos de si la batalla de Covadonga fue batalla, escaramuza o simplemente una invención. ¿Pelayo formaba parte de la corte de Toledo afín al rey Rodrígo o fue un héroe plenamente asturiano? Quizás Pelayo es el mito más cercano que tenemos al rey Arturo britano, pero lo construyeron con la idea de servir a la unidad cristiana primero, y luego como símbolo intensional de la unidad de España, de sus orígenes, como Blas de Lezo, un ilustre marino, sí, y un guerrero terrible, pero no podemos atribuirle la unidad de España per se como anda haciendo últimamente la ultraderecha. Hay mitos más locales, nacionalistas, que han ido construyendo mitologías soberanistas alternativas a la de España, como las del nacionalismo vasco, con sus gudaris, las del catalán, como Rafael Casanova, o los de una Andalucía soñada, inventada, como decía Gil Benumeya, y todos ellos, si uno rasca en sus vidas, nos muestran seres humanos que actuaban movidos por los vientos de la Historia, no eran mitos, eran hombres, sólo hombres. El nacionalismo es una lacra, sea este cual sea, pero necesita de relatos y de héroes, necesita una épica pura y mística y construye ejemplos, como el Cid o Jaime I, Roger de Flor, el que sea, para reunir en torno a ellos un esfuerzo que es futuro, no es el esfuerzo de aquellos hombres.

Los individuos hacemos algo parecido con nuestra genealogía familiar o nuestras querencias políticas, incluso deportivas, futbolísticas (ese mito de los once aldeanos ganando un mundial que tan bien explica Pablo Batalla en Los nuevos odres del nacionalismo español), pero, si uno lo piensa bien, no los necesitamos. Uno puede apoyarse en un referente moral, ético, que guie sus pensamientos y sus acciones, pero mitificar al personaje es despojarle de su sentido humano, y se traiciona así incluso todo lo bueno que podía ofrecer a quien le admira. La santificación es un pecado patrio, tanto como la demonización, y se ejerce individual y colectivamente sin medida alguna, lo que siempre es muy peligroso y, sobre todo, genera una realidad falsa.

 

“La guerra se puede ganar o se puede perder, pero siempre será un fracaso”

 

- La «memoria de un fracaso», como califica la Guerra Civil, ¿es más útil o más auténtica que otro tipo de memorias?

- ¿Hay alguna guerra civil que no sea un fracaso? ¿Hay alguna guerra que no lo sea? Decía Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y la guerra se puede ganar o se puede perder, pero siempre será un fracaso. Eso lo entendieron también muchos de nuestros intelectuales en la postguerra, incluso aquellos que habían estado en el bando franquista, piensa en esa «poesía desarraigada», sólo los idiotas hacían sonetos al Imperio español y los publicaban luego en revistas como Garcilaso o Arbor. La utilidad o no de la memoria sobre la Guerra Civil tiene que ver precisamente con eso, con su consideración universal como fracaso, sólo algunos con intereses muy personales o de clase se atreven a establecer discursos triunfalistas y a darle una dimensión de necesidad histórica vital, algo que últimamente escucho de vez en cuando con demasiada alegría. Una memoria que conciba la guerra civil como una necesidad histórica, como una consecuencia de los peligros que España sufría en aquella época, como el resultado de la necesidad de salvar a la patria es una memoria fraudulenta, y peligrosa.

 

“Las comunidades humanas son grupos depredadores siempre”

 

- ¿Por qué «no hay pueblo pacífico»?  ¿El héroe, cualquiera, tiene tras de sí un reguero de sangre?

- Porque no lo hay, las comunidades humanas son grupos depredadores siempre. Cuando los nazis inventaron aquello del «espacio vital» no estaban inventando nada nuevo, sino siguiendo los patrones que estaban perfectamente integrados en la Historia de los pueblos. ¿No fue un depredador el Imperio Británico? ¿No lo fue el español? Y si quieres, nos remontamos a Gengis Khan, a Roma, a Persia o a quien quieras. ¿No es un pueblo depredador el del «Destino Manifiesto»? Todos ellos comparten con los nazis eso del espacio vital, y para asegurárselo deben quitárselo a otros, someterlos, esclavizarlos. Es parte de nuestra naturaleza, los antropólogos han encontrado alguna tribu aislada que parece no poseer ese gen, pero ni siquiera están seguros de que sea así. Hay que aceptarlo, para que un europeo o un norteamericano pueda cambiarse de coche cada cuatro años deben esclavizarse siete habitantes de eso que llaman «tercer mundo», y el capitalismo es quizás su instrumento contemporáneo ahora que no es tan fácil, al menos para los europeos (no así para los norteamericanos), invadir países y privarlos de sus recursos. Y para ejercer el supuesto derecho al espacio vital hay que sacrificar hombres, soldados, y hay que ofrecerles héroes que participen de esa característica general de toda la épica indoeuropea, el «pathos», el sacrificio del héroe por el pueblo, como Beowulf, como Rolland, como Rodrigo Díaz de Vivar o Eloy Gonzalo, que además se asimila al héroe que nace del propio pueblo, como Daoiz o Velarde, Manuela Malasaña y hasta María Pita. Todos muertos con las manos ensangrentadas.

 

“Las fotografías son, en cierto sentido, la prueba de que hemos vivido”

 

- Usted nos comparte alguna fotografía personal. ¿Qué hemos perdido al capitular con los teléfonos y llevarlas en ellos, pero no tenerlas al alcance de la vista, reveladas?

- Pues no lo sé, supongo que este es un cambio de hábito que puede afectarnos, pero, por otro lado, también llevamos todos nuestros recuerdos en el bolsillo, los compartimos con otros en el parque o en el bar. Las fotografías son, en cierto sentido, la prueba de que hemos vivido, la prueba de haber estado en lugares, de haber brindado con otros o haber estado en la presentación de un libro con nuestro escritor preferido. Antes había que pensárselo para hacer una foto, era costoso y arduo. Había que comprar la cámara, llevarla, revelar las fotos que tenían un precio, ahora sólo hay que pagar un buen móvil con cámara y lanzarse a una orgía de recuerdos desordenados que nos siguen allá donde vamos. Lo que sí es cierto es que son importantes por eso que te digo, prueban que hemos vivido, lo prueban a los demás y nos lo prueban a nosotros mismos. El instrumento que usamos es sólo coyuntural, tiene ventajas e inconvenientes, pero es accesorio.

 

“Todo tiempo genera sus relatos, sus referentes, sus héroes y sus villanos”

 

- La postmodernidad, ¿también nos legará sus propias leyendas?

- Todo tiempo genera sus relatos, sus referentes, sus héroes y sus villanos. La postmodernidad querrá competir con otros tiempos y alegará con Warhol, con Lyotard, con Kundera, y alguno de ellos permanecerá en la memoria de la Historia, pero yo creo que la postmodernidad es tan frágil como leve es el individuo de Kundera, y los Laclau, Agamben o el divertido Žižek creo que tendrán un papel muy secundario en la narración de este tiempo, sin con ello querer empequeñecer su obra, sino por el manoseo y manipulación continua que de ellos hace el rebaño universitario.

Hay quien dice que la postmodernidad ya ha pasado, y que ahora habitamos un neobarroco cansado, y puede que tenga razón quien piensa así. La Escuela de Frankfurt se empeña en querer rescatar una Ilustración de la que reniega el pueblo después de que los sistemas educativos lo hayan convertido en otro rebaño de ovejas, El pensiero dévole no quiere tirar al niño con el agua de la bañera, pero no pasa de hacer análisis, ciertos pero inútiles, del mundo en el que vivimos. De la tercera escuela de la postmodernidad, sin embargo, me parece que tendremos que seguir teniendo noticias, los pensadores de la decadencia; es como si Nietzsche, el peor Nietzsche, se hiciera omnipresente y quisiera arrasar con la Ilustración y generar un iluminismo político y cultural que a mí me asusta, lo que no sé es en qué se transformara este pequeño monstruo, si en león o en niño. Spengler y su progenie están al acecho para desbaratar el mundo en el que llevo viviendo 60 años.


“Los seres humanos necesitamos de estructuras simbólicas entrelazadas para poder entender la naturaleza, nuestra cultura, la biografía de cada cual”

 

- ¿Qué papel cumple, si es que se le reserva alguno, lo sagrado en nuestras sociedades?

- No sé si esta pregunta debo intentar responderla pensando en la creencia o en la estética. Lo sagrado, creo yo, forma parte connatural de nosotros y de la cultura, es una forma simbólica para entender el mundo, y es difícil, además, prescindir de ello, porque los seres humanos necesitamos de estructuras simbólicas entrelazadas para poder entender la naturaleza, nuestra cultura, la biografía de cada cual, y la política debe estar armonizada con la religión tanto como con la economía. Si el capitalismo es luterano, y el luterano es capitalista, es por algo, pero creo que esta no es la respuesta. Yo estoy de acuerdo con Trías y su filosofía del Límite, él piensa que los seres humanos habitamos en el límite entre la materialidad y lo invisible, lo misterioso, y por eso necesitamos de ambas dimensiones. El problema es la estetización del mundo y de nuestras vidas. He oído decir que la espiritualidad repunta porque Rosalía ha hecho una mala canción, como casi siempre, o porque una directora muy moderna ha hecho una película sobre querer ser monja e ir a misa los domingos. Eso no tiene nada que ver con lo sagrado, ni siquiera con la espiritualidad, sino con una moda para pijas con título nobiliario o con ganas de que las crean Madonna (a Madonna le pasa lo mismo). Me encantaría ver a esos «nuevos» creyentes pasando un año en un monasterio de Soria o en una misión en Burundi, y luego podríamos quizás ponernos a pensar sobre ello. Porque ese ejemplo, que no pasa de ser una banalidad más, es el modo en el que en esta modernidad se expresa, a través de la estetización del mundo, su emocionalidad, a través de una experiencia performativa de una ciudadanía en shock, como la describía Benjamin. Una performance no es la realidad, y parece que eso debemos aprenderlo de nuevo, vivimos en un universo virtual donde la vida no es vivida como tal, sino como una serie de Netflix, que luego, apagado el televisor, vuelve y es otra cosa. Lo sagrado pertenece al ser humano desde el principio y permanecerá siempre con él, como el misterio de todo aquello que ama, teme y duda el ser humano, y forma parte de su universo simbólico, forma parte de él, pero con lo sagrado hemos terminado haciendo lo que también quieren hacer y hacen con la ciencia, con el lenguaje (proceso de semiotización primario, lo llamaba Lotman), o el arte, formas simbólicas también, como las llamaba Cassirer, convertirlas en una performance estética que de dinero. Capitalismo antropológico.

 

“Nadie ha entendido qué es ser liberal en España porque nunca lo hemos probado, lo cual no es ni bueno ni malo”

 

- Que en España, según su opinión, no haya liberales, ¿qué explica? ¿Y por qué hay tantos que se reclaman de tal linaje?

- Supongo que eso le da una pátina de modernidad, de europeidad. Aquí no hay liberales, salvo muy pequeñas excepciones. No hubo Revolución Francesa, echamos a Napoleón a navajazos y exiliamos a los bonapartistas, y los únicos franceses que nos cayeron bien fueron los Cien Mil Hijos de San Luis, que vinieron a sostener el absolutismo de Fernando VII. Pero, al margen de ese argumento histórico, aquí lo que siempre triunfó fue (y es) la sociedad tradicional, expresada políticamente en el carlismo y el tradicionalismo. Hay muchos carlismos, pero todos comparten ese odio por el mundo liberal, sea el tradicionalismo casposo que apoyó a Franco, sea el carlismo confederal del pacto dinastía-pueblo evolucionado en autonomismos, soberanismos o independentismos de derechas o izquierdas, que tienen su raíz también en los modelos en evolución divergente del carlismo durante el siglo XX. Los supuestos liberales madrileños no se someten a lógica alguna de mercado, y no pueden atribuirse éxito o fracaso alguno de sus empresas, porque son sostenidos por redes clientelares o familiares, y los partidos españoles que dicen tener una filiación liberal son quizás los que confunden esta con un caciquismo férreo que procede de esos elementos carlistas más reaccionarios. Es muy difícil explicarlo en unos párrafos, creo que me salió mejor en el capítulo que dediqué a ello en No soy de un pueblo de bueyes, pero lo intento. La izquierda autonómica, soberanista o independentista, participa de los mismos elementos de la filosofía política del carlismo que se renovó leyendo a Franz Fanon y rezando con la Teología de la Liberación. Unamuno, antes de todo esto, ya lo expresaba muy bien y se adhería a esa constitución “confederal” que ahora se permite hablar de colonialismo interior o de revisión continua de las relaciones entre las partes del estado, nombrándola como «autodeterminación», de una gestión compartida entre un poder descentralizado y el pueblo que puede autogestionarse considerando sus diversas tradiciones históricas. Ser liberal es estar caminado por un alambre sin red confiando en que el éxito en los negocios nos ponga en la lista de los salvados por Dios, y aquí el estado y los supuestos gurús del liberalismo de derechas ofrecen a los suyos una red fuerte y sólida. Nadie ha entendido qué es ser liberal en España porque nunca lo hemos probado, lo cual no es ni bueno ni malo, el liberalismo tiene ese regusto luterano que a mí se me hace difícil de aceptar, además, el liberalismo del XIX también ha mutado durante el siglo XX y XXI en un leviatán horrible que arrasa en el mundo, incluso, curiosamente, en España, donde en la psicología política y emocional, que no en las instituciones y en el mundo laboral, permite verdaderos absurdos incluso en los individuos que lo defienden.

 

“Los españoles no somos más Quijotes que Sanchos ni más Sanchos que Quijotes, eso es un mito interesado”

 

- Hay dos figuras literarias que sirven de eje a nuestra historia, el pícaro (género que inventamos) y el quijote. ¿De qué depende que caigamos de uno u otro lado?

- Yo creo que todos los seres humanos transitamos siempre por ambos arquetipos, en un sentido, en otro, nos movemos siempre en una línea de dirección o en la otra sin ser plenamente conscientes de ello nunca. El propio Cervantes aclara al final que ambos modos de percibir la realidad se complementan y son necesarios, y lo hace en el lecho de muerte de Don Quijote, cuando Sancho le ruega que no se muera. Don Quijote, ya cuerdo y recuperado como Alonso Quijano, le pide perdón a Sancho por haberle hecho parecer loco como él, y le pide disculpas por haberle contagiado el error de creer en caballeros andantes. Sancho, llorando, le ruega que viva y que no se deje morir por la melancolía. Alonso Quijano reconoce su error y rechaza los libros de caballerías por los que antes se desvivía, llamándolos «mentiras y disparates». En sus últimos momentos, pide perdón a su fiel escudero por arrastrarlo a sus fantasías, pero Sancho, con gran lealtad, le responde que no ha sufrido, sino que ha disfrutado acompañándolo, y le suplica que vivan muchos años más. No, no hay que dejarse atrapar por la melancolía, y aún quedan ínsulas que gobernar y castillos con damas a las que rescatar, aunque el castellano sea un tabernero de una venta y los ejércitos rebaños. Eso importa menos que el juego que nos permite vivir, pero también hay que procurarse un buen zurrón donde la ambrosía sea un buen queso y el bálsamo de Fierabrás venga recetado por un médico.

Los españoles no somos más Quijotes que Sanchos ni más Sanchos que Quijotes, eso es un mito interesado, o eso creo yo. Somos como los demás pueblos de la tierra, soñadores que se dan de bruces con la realidad, con la violencia, el hambre y la injusticia, y realistas como los pícaros, que buscamos hacernos ricos con los cohechos y prevaricaciones que podamos cometer, pero que viajamos hasta nuestra Ínsula en un caballo de madera que vuela.

 

“Los nacionalismos que hoy sufrimos son consecuencia de la globalización”

 

- En un mundo globalizado (en el espacio y en el tiempo), ¿resulta más arduo el sentimiento de pertenencia? ¿Cómo deslindar ese ser parte de los nacionalismos chatos?

- No sé cómo deslindarlo, lo que sé es que los nacionalismos que hoy sufrimos son consecuencia de la globalización, de esta segunda fase que ahoga a los individuos que, refugiándose, buscan el terruño para protegerse de ese leviatán que antes mencionaba y que los quiere disolver en ácido. El fascismo y el nacionalismo anejo nacen del diálogo enfrentado entre las élites globales y las élites locales, que discuten por la posesión de los bienes y de los individuos. La reacción de las élites locales es de defensa, y la defensa es la creación de diferentes nacionalismos que sueñan que nos protegen con los mitos, inventan enemigos internos o externos y nos venden una gloria que no es real. De nuevo un modelo virtual, como digo, no real, de reacción.

Es verdad que el sentimiento de pertenencia es un refugio cuando fuera arrecia el viento y la lluvia que cala, y esa pertenencia puede tener muchos modos de ser, pero todos nos cobijan en un grupo humano, que puede ser una nación, una secta gnóstica o un equipo de futbol, eso es lo de menos. El hombre deshabitado, el hombre en soledad debe ser tremendamente fuerte para afrontar la realidad, y eso es muy difícil, pero ¿por qué hemos de limitar la pertenencia? Las fronteras, como las religiones, son creaciones humanas, no realidades externas que las hayan puesto los dioses como límites al ser. Siempre es posible enfrentar esa orfandad, esa soledad, con otras categorías que no sean restrictivas, que no sean modelos de oposición estructuralista excluyente. A mí se me ocurre la fraternidad, que no limita, que no excluye, y que nos reúne a la especie humana si es capaz de entenderla como defensa ante la soledad del mundo y sus peligros.

El libro He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes de Basilio Sánchez se alzó el pasado noviembre con el premio de la Fundación Loewe, sin duda uno de los más prestigiosos del actual abanico de concursos de poesía. Que un poeta tan discreto, tan poco dado a las alharacas y la exhibición como Basilio Sánchez se haya hecho con el codiciado galardón no deja de ser una buena noticia, al mismo tiempo que una saludable anomalía en tiempos mediáticos y revueltos como los nuestros. Que un libro tan sereno y plácido como el suyo haya llamado la atención del jurado habla también, en mi opinión, de la necesidad o el deseo de remansar las agitadas aguas de nuestro panorama poético: uno tiene la impresión de que optar por una apuesta tan clásica, comedida y equilibrada como esta es casi una declaración de intenciones.

La poesía de Basilio Sánchez ha ido decantándose con parsimonia y regularidad a lo largo de las tres últimas décadas. Autor de más de una decena de libros de poemas, Sánchez ha escrito sus versos con un espíritu totalmente ajeno a modas y camarillas, fiel a una austeridad verbal y unos presupuestos estéticos que le han venido acompañando sin desmayo hasta sus libros más recientes: el también espléndido Esperando las noticias del agua (Pre-Textos, 2018) y este que venimos a comentar. Es la suya una poesía tersa, pulida, hondamente arraigada en una tradición que Sánchez ha ido haciendo propia con los años y la experiencia, y que abarca desde el Antiguo Testamento (varios de sus modos de escritura arrancan de la poética hebrea, tan laboriosamente estudiada y documentada entre nosotros por Luis Alonso Schökel), pasando por nuestra Edad Media y nuestros Siglos de Oro, hasta llegar al simbolismo francés y el surrealismo, su heredero. Que tras ese extenso periplo de lecturas (a las que habría que sumar probablemente otras pertenecientes a la espiritualidad oriental) sigamos escuchando, nítida y sin impostar, la voz propia del poeta no es uno de los méritos menores de la obra de Sánchez.

He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es un libro orgánico, distribuido en forma de tríptico y coda, cuyos poemas sin título (solo las tres partes lo tienen) parecen con frecuencia fragmentos, piezas de una unidad mayor: como teselas de un mosaico. Algo parecido sucede a menudo con las estrofas de los poemas: tomadas de una en una, aisladas del resto, muestran una cohesión que las hace brillar como aforismos o metáforas aisladas. Por contraste, la inserción de cada estrofa en el poema, como la de cada poema en la parte a la que pertenece, es frecuentemente problemática, misteriosa. Sánchez opera a menudo mediante la suma (la colección) de afirmaciones vibrantes con valor de máxima y deja al lector la libertad de elegir cuáles son las conexiones que se dan entre sus aserciones. Por ello abundan la impersonalidad y el presente gnómico, tan evidentemente encarnados en la abundancia de la forma Hay; por ello, también, el libro contiene varios poemas que adquieren el ritmo y el tono de la salmodia o que se acercan, tal vez de un modo no totalmente consciente, a la enumeración caótica y a la definición. Comentaré algunos ejemplos.

Son declaraciones con valor categórico que inciden en uno de los temas principales del libro: la naturaleza de la propia escritura poética: “Escribir un poema es andar sobre las aguas, / confiarnos a lo bueno del mundo”. (pg. 57). “Escribir un poema / supone, de algún modo, regresar / otra vez al principio, / al hervor silencioso de la nada, / al caldo primigenio / y a los cielos sin luna, a la inminencia / de las casualidades y los astros”. (pg. 63). “Uno escribe un poema para sentirse vivo. / Uno escribe un poema / para que otro descubra que estás vivo”. (pg. 62). Estas afirmaciones, a menudo vinculadas con un espacio de intimidad someramente descrito (una lámpara de cobre, una mesa de madera, una ventana), tienen el valor de un programa vital: la primera asocia la escritura poética al ámbito de la espiritualidad de raíz cristiana; la segunda, a la fuerza adánica de lo todavía nunca dicho, lo aún inexistente (con Huidobro, probablemente, guiñando un ojo al lector desde una esquina de la página) y, por ende, con la oscura voluntad de fundar un mundo verbal; la tercera, en fin, se lanza a la búsqueda de un interlocutor capaz de acoger estos versos como quien acepta a un huésped en su casa.

En cualquier caso, las tres desvelan también que más que el mundo natural, la inmediatez de lo vivo, el paisaje natural constantemente evocado en el libro es de naturaleza eminentemente verbal, mental, simbólica e icónica. No es que lo sensorial esté totalmente excluido, como tampoco lo está lo anecdótico. Es más bien que los sentidos se difuminan y aminoran tras una gruesa capa de reflexión estética y moral; y que la escasa anécdota, reducida a la mínima expresión, se ve sometida al quietismo que palpita en todas las definiciones, las afirmaciones en presente, los pensamientos que parecen tallados en la piedra: “La realidad es un relámpago que persiste”. (pg. 13); “Somos hijos de un árbol / Al que le falta sólo una manzana”. (pg. 16); “El que entiende de pájaros entiende de narcisos”. (pg.17); “No hay ningún escritor / que no se sienta abandonado por las estrellas”. (pg. 18); “El poeta no ha elegido el futuro. / El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. (pg.22). Son todos ejemplos de la primera parte del libro.

En su conjunto, la música de los versos (a menudo versículos) de Sánchez se fía principalmente al significado y el poder evocador de las palabras, prescindiendo con frecuencia tanto de la prosodia clásica como de la medida silábica. Es la suya una opción deliberadamente austera que a menudo aproxima el ritmo del texto a la prosa de ideas, y que va calando poco a poco en el lector. Y hay en ello una más que probable elección moral: en vez de deslumbrar, el poeta pretende sugerir; en vez de epatar, empapa. Él mismo afirma “que no nombra las cosas con grandeza, / sino con gratitud”. (pg.79), y un poco antes: “Yo creo en el poema / que es capaz de sumir al que lo lee / en el mismo silencio / que el ejercicio a solas de la propia escritura / consigue suscitar en torno a sí.” (pg. 74). Ese deseo de comunicación sincera, esencial, tan alejada de la frivolidad y el lugar común como de la grandilocuencia vacía, es uno de los rasgos más valiosos del libro: “La poesía es el oficio del espíritu”, llega a decir en la página 44, en uno de los más logrados momentos de la obra.

Y de ahí, de ese constante deseo de trascendencia, de ese valor adánico, convocatorio, que Sánchez otorga a la palabra poética, extraigo yo la afirmación con que abría esta reseña. Dice el poeta en la página 22: “Amo lo que se hace lentamente, / lo que exige atención, / lo que demanda esfuerzo.” ¿Acaso no es esta toda una declaración de intenciones, una aguja de marear en los actuales mares revueltos de la poesía nuestra de hoy? Basilio Sánchez ha escrito un libro deliberadamente austero, demorado y reflexivo que pretende regresar a la raíz, al fondo de lo poético, y al fondo de lo humano. Ya solo el esfuerzo, la atención puesta en ello, merecen la lectura. –AGUSTÍN PÉREZ LEAL

 

Basilio Sánchez, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, Madrid, Visor, 2019

Último número

  • Revista Cultural TURIA Número 159

    Revista Cultural TURIA Número 159

    El nuevo número de TURIA dedica su monográfico a reivindicar la valía e interés de una gran autora europea: Ingeborg Bachmann. Una figura fascinante de las letras austríacas del siglo XX que merece ser redescubierta con motivo de cumplirse el centenario de su nacimiento. Su calidad literaria y su denuncia de la violencia estructural contra las mujeres bien lo merecen. También Jorge Luis Borges protagoniza un magnífico artículo que nos da las claves para leer hoy su obra. Además, estudiamos la obra literaria del cineasta Manuel Gutiérrez Aragón y rescatamos del olvido a Antonio Sánchez Barbudo. Publicamos narraciones inéditas de, entre otros, Pascal Quignard, Eloy Tizón, Carlos Castán, Eduardo Lago, Rebeca García Nieto y Alberto Otto. No falta una plural representación de la mejor poesía  actual en español. Conversamos en exclusiva con la neurocientífica Nazareth Castellanos y con la poeta Yolanda Castaño. En ensayo, no hay que perderse el artículo sobre Virginia Woolf y el Círculo de Bloomsbury, modelos que permiten examinar el papel del intelectual contemporáneo y su responsabilidad moral.

Artículos

por Isabel Hernández

Cualquiera que intente acercarse hoy a la persona y la obra de Ingeborg Bachmann encontrará un panorama no menos que contradictorio. La apariencia moderna, independiente y llena de alegría de vivir de la única escritora austriaca capaz de cosechar con su poesía un éxito sin precedentes en la vecina Alemania de posguerra, de esa escritora, definida por los medios de comunicación como un milagro literario, que pronunció importantes discursos sobre el estado de la poesía escrita en su lengua en aquellos difíciles momentos para el arte, todo ello no era en realidad más que la faceta visible de una compleja personalidad.

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por Lucas Adur

La vigencia de Borges, a cuarenta años de su muerte, parece un hecho indiscutible. Sigue siendo objeto de lecturas, (re)escrituras, seminarios, homenajes, congresos y polémicas, por no hablar de memes, parodias pop y citas (no siempre apócrifas) que circulan por las redes sociales. Pero, ¿qué Borges leemos? ¿El escritor y su obra se han mantenido iguales a sí mismos o podemos hablar de un nuevo Borges leído desde el siglo XXI?

En “Pierre Menard, autor del Quijote” (1939), uno de sus textos más célebres, Borges imaginaba un (relativamente) apócrifo escritor francés que había logrado algunas páginas que reproducían, palabra por palabra, las de la obra magna de Cervantes. En el momento central del relato, el narrador cotejaba dos fragmentos de los respectivos Quijotes, que eran literalmente idénticos, para señalar sus importantes diferencias. La hipótesis, demostrada con desopilante inteligencia, era clara: el tiempo cambia los textos. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, nadie puede leer dos veces el mismo libro. El texto no es un objeto fijo, clausurado, sino que su sentido se construye en el marco de una red de innumerables relaciones que se recrea en cada momento, en cada lectura, en cada lector.

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