Hay libros que garantizan la fama literaria, pero encasillan a su autor en una jaula temática. Es el caso de Antonio Núñez de Herrera y su única obra publicada en vida, Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa, editada por el sello Mediodía en 1934. Es tal su magnitud estilística y la variedad de ideas sugerentes y modernas que contiene que, hasta fechas recientes, su nombre no era más que la firma de un fascinante libro sobre la gran fiesta sevillana. Así, en un artículo relevante por su precocidad, el crítico de arte Quico Rivas se preguntaba en el número 5-6 de la revista Separata (primavera de 1981) quién era ese escritor que tenía un ensayo de la magnitud del de Eugenio Noel –Semana Santa en Sevilla, publicado en 1916– relativo a las procesiones de la capital andaluza. «Él [Núñez de Herrera] es un ejemplo de supervivencia vanguardista (…). Como todo buen vanguardista su mayor obsesión es la originalidad. Se acerca al tema intentando eludir los lugares comunes, los tópicos fáciles, las metáforas y descripciones más manidas», aseguró.

Antonio Núñez de Herrera era apenas un nombre sin rostro ni historia, enclavijado en la literatura (generalmente, menor) sobre las cofradías de Sevilla. Sin embargo, el autor que protagoniza este monográfico fue mucho más que eso: desde la periferia –el profundo Sur: Extremadura, Andalucía…– de la Edad de Plata, encarnó una de las apuestas más firmes por la fusión de la literatura y el periodismo, creando las estampas, género literario en prosa que sobresale por la subjetividad, la crítica social, el ánimo humorístico y la pulsión vanguardista. Su olvido, por tanto, ha sido mayúsculo, similar al de otros prosistas de la época, ahora felizmente rescatados, entre ellos, Manuel Chaves Nogales, con quien el autor de Sevilla: Teoría y realidad… aparece en una instantánea durante un almuerzo en la Feria de Abril (Ahora, 27 de abril de 1935). El periodista sevillano era prácticamente conocido hasta hace un par de décadas por ser el autor del libro Juan Belmonte, matador de toros (1935). Hoy, tras el rescate y puesta al día del conjunto de su obra, se ha convertido en una figura fundamental de la narrativa española del siglo XX. La memoria, en fin, tiene estos caprichos.

El libro de Núñez de Herrera, hoy reconocido como el acercamiento más sustancial al fenómeno de la Semana Santa, atravesó décadas de absoluto silencio. Nadie lo reseñó ni habló de él durante años. No se encuentran respuestas convincentes a este vacío. El autor contaba con una amplia red de contactos literarios, forjada en numerosas contribuciones en revistas y periódicos, y había sido un activo mediador cultural entre Sevilla y Madrid y entre el grupo Mediodía y las vanguardias de la época. Además, hacia diciembre de 1934, cuando se publica Sevilla: Teoría y realidad…, era un personaje relevante en las letras, el periodismo y la política local. Su firma había aparecido regularmente en una de las cabeceras andaluzas más influyentes –fue redactor de El Noticiero Sevillano, decano de la prensa hispalense por aquel entonces y con una tirada diaria de quince mil ejemplares– y en periódicos madrileños –ejerció de corresponsal de El Heraldo de Madrid y La Libertad, en los que registró su mirada crítica sobre la Exposición Iberoamericana– y había ocupado diversos cargos públicos, desde secretario del primer alcalde republicano a jefe técnico de la recién creada Hemeroteca Municipal.

Asimismo, el autor de Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa participaba activamente en numerosos proyectos culturales y literarios –la revista Mediodía, el Centro de Estudios Andaluces, donde ocupó el puesto de secretario general en su primera junta directiva, la Asociación de la Prensa, de la que llegó a ser bibliotecario…– e, incluso, había logrado algunos reconocimientos literarios en el ámbito local, como el segundo premio del concurso de artículos periodísticos de la fiesta de los Reyes Magos del Ateneo –con el poema «Romance de los magos de Sevilla», en diciembre de 1932– y el galardón al «mejor artículo en alabanza de la ciudad de Sevilla» convocado por el Ayuntamiento y concedido en junio de 1934 al texto «Aprecio y loa de Sevilla», alejado, eso sí, de su transgresor estilo personal. Por esta última distinción recibió un homenaje al que «asistieron gran cantidad de amigos, principalmente los elementos literarios y artísticos de la ciudad, entre los que el señor Núñez de Herrera goza no solo de la admiración que sus trabajos merecen, sino del afecto que da la diaria convivencia», se lee en la nota publicada por El Liberal (8 de julio de 1934). Es decir, el escritor estaba en todas partes y su libro, en cambio, en ninguna.

Pueden plantearse hipótesis difícilmente conclusivas sobre este estricto silencio. Una de ellas, su deriva ideológica. Es cierto que el escritor simpatizó con la sección liberal de centroizquierda del Partido Radical que lideraba Diego Martínez Barrio, y que esta fuerza política, si bien mayoritaria en la ciudad, nunca contó con un órgano de prensa estable frente a la patronal (La Unión), los monárquicos (ABC de Sevilla) y la derecha católica (El Correo de Andalucía). Solo El Liberal –el más difundido a comienzos de los años treinta en Sevilla, con una tirada diaria superior a los cincuenta mil ejemplares– se mostró favorable al nuevo régimen, pese a las reticencias de su histórico director, José Laguillo, monárquico convencido. Ante este panorama, Núñez de Herrera se puso al frente de dos proyectos vinculados a los intereses políticos de Martínez Barrio: la revista Crítica. Semanario político y de información, de la que se publicaron cuatro números entre el 9 y el 27 de abril de 1931, dando cobertura a los trascendentales comicios municipales celebrados el día 12, y el periódico El Pueblo. Diario Republicano de Andalucía, que solo pudo sacar once números entre el 28 de junio y el 19 de julio a causa de «las malas artes y las maquinaciones puestas en juego para impedir su salida».

Claro que su afiliación republicana podría explicar el silenciamiento del libro durante la dictadura franquista, pero no antes. Paradójicamente, solo hay rastro de algunas charlas públicas en las que, con toda probabilidad, abordó su trabajo literario. Así, el 23 de abril de 1932 –días después del boicot antirrepublicano a la Semana Santa, roto únicamente por la cofradía de la Estrella–, dio a conocer «unas vivas Estampas de Semana Santa, resultado de sus apreciaciones sobre cosas, personas y menciones de la ciudad» en la Tertulia del Arenal con el título de «Un ensayo y unas estampas de la Semana Santa» y «Fisonomía del nazareno». Al día siguiente, ABC de Sevilla destacó el éxito de público de la lectura, donde se «expuso el resultado de un análisis químico de nuestra Semana Santa, consumado en su laboratorio particular». De igual modo, en el agasajo recibido el 6 de julio de 1934 por la obtención de un premio periodístico local, «el señor Núñez de Herrera (…), a petición de los asistentes, leyó unas cuartillas sobre temas sevillanos». Finalmente, el 21 de noviembre de ese mismo año, días antes de la publicación de la obra, el periódico La Voz informó de que el escritor había dado lectura de su «próximo libro». Ninguna referencia más. Ninguna posterior a la fecha de salida.

Núñez de Herrera comenzó a escribir sobre la Semana Santa para El Noticiero Sevillano y La Libertad de Madrid en 1930, año en el que las procesiones coincidieron con la celebración de la Exposición Iberoamericana, inaugurada el 9 de mayo de 1929. Por tanto, Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa es una depuración estilística de esos textos periodísticos, la formulación más lograda de las estampas. Aunque la mayoría de ellas son creadas ex profeso para el libro, el autor también reutiliza los materiales de la prensa reproduciéndolos casi de forma literal («Explicación y elogio de Pilatos»); otras veces, los incluye modificados («Crónica de la flor quemada», «Biografía del hombre reivindicado» y «Excepción de Juanillo el de la Palma»); y, en ocasiones, emplea motivos comunes, como la crónica del vuelo del Graf Zeppelin por Sevilla, donde hizo escala el 16 de abril de 1930 («Épica del dirigible y la torre»). La obra, en apariencia un ensayo sobre la fiesta sevillana, no trata ni de cofradías ni de religión, sino de la ciudad, en la que supo ver esa identidad en fuga del mundo moderno, ese signo de collage de la vida contemporánea: «La Semana Santa no ha existido hasta ahora mismo […]. Es autóctona, autónoma y automática. Nace y crece como una planta. Dura siete días y en ese tiempo germina, levanta el tallo, florece, fructifica y grana. Acaba finalmente cuando el postrer nazareno se descalza las sandalias y las envuelve en el último número de El Socialista». 

El escritor falleció el 23 de julio de 1935 en las playas de Montegordo, en la región portuguesa del Algarve, adonde se había retirado días antes para curarse de sus crónicos problemas respiratorios. No vio referenciado su libro en vida en ninguna parte. Días antes del deceso, su desesperación era palpable. El 8 de julio escribió a Benjamín Jarnés –a quien había dedicado tres amplios artículos en tono elogioso publicados en El Noticiero Sevillano– con un ejemplar firmado de Sevilla. Teoría y realidad… En la carta le pedía una reseña para el diario La Nación, y explicaba que estaba siendo «silenciado concienzudamente por la prensa reaccionaria –es decir por toda la prensa– de Sevilla». No sabemos si el novelista le respondió, aunque se ha localizado hasta la fecha nota alguna sobre la obra. Se inició así un silencio de décadas, magnificado por la Guerra Civil y la construcción cultural de una dictadura que negaba y silenciaba las complejidades y paradojas que presentaba la Semana Santa. Hubo que esperar hasta 1981, cuando José Luis Ortiz de Lanzagorta reeditó el libro, perdido en bibliotecas, mercadillos y librerías de saldo. Rápidamente, durante la transición política, se convirtió en la obra fundamental para comprender la dimensión cultural de la Semana Santa y, por extensión, de la ciudad.

Ya en 2015, el editor David González Romero amplió sustancialmente el corpus conocido de los textos de Núñez de Herrera y le devolvió a un espacio literario, periodístico y vanguardista desconocido. Apoyándose en la digitalización de numerosas cabeceras, descubrió a un autor sumamente creativo y con una trayectoria personal que le situaba como uno de los referentes del movimiento de renovación de las letras españolas surgido en las décadas de 1920 y 1930, tal como ya apuntaba Juan Manuel Bonet en su Diccionario de las vanguardias en España, 1907-1936. En 2018, los firmantes de este texto ampliamos el conocimiento del autor investigando sus claves biográficas y aportando un importante caudal de textos en la prensa extremeña que explican por qué La Gaceta Literaria lo situó en enero de 1928 como uno de los autores referenciales de las vanguardias en Extremadura, junto a Enrique Segura, Antonio Otero Seco, Francisco Valdés, Antonio Meca o Román Calderón, al tiempo que aparecía en las páginas de la publicación dirigida por Ernesto Giménez Caballero como uno de los animadores del grupo y de la revista Mediodía.

Precisamente, el papel de Núñez de Herrera en la publicación sevillana del 27 también ha estado relegado a las sombras. Nunca ejerció cargo directivo alguno y, por lo general, pasa desapercibido en los recuerdos de los escritores vinculados a Mediodía. Sin embargo, existen suficientes argumentos para defender su importante desempeño, siendo uno de los autores más prolíficos en la trayectoria de la hoja sevillana, con un total de seis colaboraciones, sólo por detrás de Rafael Porlán, Joaquín Romero Murube, Rafael Laffón y Alejandro Collantes de Terán, quien le dedicó, por cierto, unos versos de raíz popular con una clara orientación política en 1928: «Por el sol tiene Triana, / –¡qué bonita!– cada día / banderas republicanas, / por la luna tiene el puente / cañones de artillería». La relevante posición del extremeño también la reconoce La Gaceta Literaria en sus notas de actualidad literaria, que igual da cuenta de la visita del escritor «de incógnito» a Madrid para anunciarles la salida inminente de un nuevo número (octubre de 1928), que demuestra su papel singular como «prosista» y «ensayista» dentro del grupo hispalense (1 de junio de 1930). Él está entre los firmantes de una carta de presentación –conservada en el Archivo Jorge Guillén de la Biblioteca Nacional– a los seguidores de la publicación anunciándoles, en enero de 1933, el inicio de una nueva etapa. Igualmente, las necrológicas que publican ABC de Sevilla y El Liberal lo sitúan también como referente de la revista, donde afianzó su prestigio «en especulaciones y ensayos».  

Al margen de su papel en Mediodía, conviene detenerse igualmente en el ensayo sobre «la poesía de 1927» que Antonio Núñez de Herrera publicó por entregas en el periódico La Libertad de Badajoz entre octubre y noviembre de ese mismo año, es decir, antes del homenaje a Góngora organizado por el Ateneo de Sevilla, del que saldría la célebre fotografía fundacional de la Generación del 27. Se trata de la respuesta a las críticas contra «la lírica moderna» que venía vertiendo ‘Un bibliófilo extremeño’, pseudónimo del erudito, escritor y filólogo Antonio Rodríguez Moñino, en las páginas de El Correo Extremeño. Envuelto en esta polémica, el autor de Sevilla: Teoría y realidad… sostiene que «la poesía española del 1927 no tiene nada de dislocada, ni aún son frecuentes los versos libres, ni mucho menos los desencuadernados al estilo cubista y ultraísta con el que se trató de buscar un revulsivo a la ñoñez cursi, sentimental y sensiblera, que fue el rabo –engalanado de lazos de percalina– que nos dejó el Romanticismo».  Y añade: «Hay sí, en la poesía actual, una atrevida brillantez en las imágenes, y un vigor y una depuración en el adjetivo que escandalizan al lector corriente».

La disputa, que se prolonga a lo largo de cinco capítulos –de los que únicamente se conservan los tres últimos, fechados los días 4, 13 y 18 de noviembre– pasa por ser la primera teorización y compendio de las claves poéticas que definirían al grupo. En este sentido, Núñez de Herrera percibió la existencia de algo novedoso y estructuralmente con sentido en torno al 27 y quiso demostrarlo –«¡con hechos!, no con palabras»– con la publicación de «un conato de antología de poesía moderna» en La Libertad de Badajoz. Dicha selección reunió poemas de Alejandro Collantes de Terán («Rondel de don Presumido»), Gerardo Diego («Giralda»), José Moreno Villa («Schola Cordis»), Rogelio Buendía («Pescador de estrellas»), Federico García Lorca («Prendimiento de Antoñito el Camborio»), Rafael Alberti («Amor de miramelindo»), Rafael Laffón («Alegría atlántica»), Ramón de Basterra («Eva última»), Adriano del Valle («Suerte de varas»), Pedro Salinas («El agua que está en la alberca»), Mauricio Bacarisse («Diluvio»), Dámaso Alonso («Noche»), Pedro Garfias («Motivos del mar») y Joaquín Romero Murube («Décima»).

Sin duda, la importancia de esta pionera antología es sustancial para comprender la forja del grupo poético de 1927 y la contribución de agentes culturales y revistas literarias periféricas a la conformación de espacios de encuentro y trasvases de ideas fundamentales a la hora de perfilar las formas de la generación. Ese protagonismo quedó rubricado en el célebre homenaje a Góngora del Ateneo hispalense, cuya famosa instantánea son, en realidad, tres: los reporteros gráficos Juan José Serrano, ‘Dubois’, pseudónimo de Eduardo Rodríguez Cabezas, y probablemente un tercer fotógrafo anónimo, acaso Pepín Bello, que siempre se arrogó su autoría, que captaron «hombro con hombro» el posado de los poetas para El Noticiero Sevillano, La Unión y El Liberal, respectivamente. Las notas informativas de las cabeceras locales dieron amplia cobertura al contenido de las veladas literarias, recogiendo expresamente la presencia de Antonio Núñez de Herrera y sus compañeros de la revista Mediodía entre el público que asistió a la actividad celebrada en el salón de actos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de la capital andaluza.   

Queda constancia, además, de la difusión de los trabajos literarios del escritor extremeño en muchas publicaciones de la época: Meseta, Cosmópolis, Oromana, Revista del Ateneo de Jerez… En estas colaboraciones integra el bagaje ultraísta y futurista, confecciona ejercicios vanguardistas y aborda la modernidad desde el prisma del surrealismo. Claro ejemplo son los textos que publicó en El Correo de la Mañana de Badajoz a comienzos de 1925, recién llegado de la guerra de Marruecos, en los que muestra un interés central por lo festivo y lo carnavalesco, por las máscaras y el cuestionamiento de los patrones sociales hegemónicos. Pone el foco en la risa, el carnaval, lo popular y la alteración de roles que provoca la fiesta, elementos que atraviesan toda su obra y que están presentes en Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa. También destacan estos trabajos por jugar con las paradojas y buscar flancos de aparente contradicción. No es menos extraño que publicara sus primeros textos sobre la risa en un rotativo católico integrista –El Correo de la Mañana y escribiera uno de sus últimos artículos políticos, desde posiciones democráticas liberales, en el suplemento de la revista anarquista Tierra y Libertad de Barcelona, en octubre de 1931.

Núñez de Herrera busca en todo momento esos espacios de indefinición y travestismo que impiden lecturas simples y maniqueas. Siente una especial predilección por los anarquistas que dejan de lado el conflicto social para portar los estandartes del SPQR en las procesiones. «El último nazareno sí tiene su historia y su filosofía. En pesados artículos doctrinales ha leído algo sobre Hegel. También sabe que existe la interpretación materialista de la Historia, pero ahora no se trata de eso. No se trataba de Largo Caballero. Pero, ¡cuidado!, tampoco del Sumo Pontífice. Se trata de la Semana Santa», escribe en uno de los primeros capítulos de su libro. El humor y la ironía son la mejor forma de transitar la modernidad, desde el escándalo hasta el análisis social poliédrico. Huye así de los convencionalismos sociales y genera nuevos horizontes que son también sociales, como ocurrirá a partir de 1930, cuando hace más patentes sus postulados republicanos-liberales y democratizadores-regeneracionistas. Como ocurre con otros tantos escritores e intelectuales, el final de la dictadura de Primo de Rivera coincidió con un período de repolitización de la literatura. Núñez de Herrera comienza a dedicar páginas muy críticas contra los gastos de la Exposición Iberoamericana y contra la historia de corrupción y mal gobierno que ha encaminado al país hacia la República.

La conjugación de contradicciones que detecta en lo popular confronta con las ácidas críticas que proyecta sobre las élites políticas de la dictadura primorriverista, sobre los terratenientes, sobre la radicalización política y sobre el pistolerismo. En uno de sus primeros textos políticos, titulado «Máquinas de votar» y publicado el 28 de agosto de 1927 en La Libertad de Badajoz, tiraba de ironía para pasar la censura y denunciar la falta de democracia en España en un comentario sobre el maquinismo y la filosofía industrial. «Máquinas de votar, que ahorran a los padres de la patria el trabajo de levantarse y abrir la boca. Sencillas máquinas –que de ser complicadas acaso no sirvieron para los parlamentos–. (…) Hoy, máquinas de votar; mañana, máquinas de hacer senadores. Y más tarde, aquella gentil máquina de hacer chorizos –los cerdos entraban vivos por un lado y salían hechos longaniza por otro–. Y cuando la chacina no nos gustara, ¡marcha atrás!, y los chorizos se convertían en cerdos vivitos y coleando», anota.

Otra característica en la obra de Núñez de Herrera es la adecuación de su ritmo narrativo a los imaginarios culturales del momento: la aviación, la fotografía, el cinematógrafo... Por eso escribe «estampas», «impresiones», escenas en movimiento. También escribe «fintas y teoremas» a modo de ejercicios de estilo filosófico, que son los que presenta en las revistas literarias. El lenguaje es novedoso y sería perfectamente trasladable a un guion cinematográfico formado por escenas inconexas. Es un autor moderno que integra los referentes culturales del momento, propios de la literatura de vanguardia: los dirigibles, las hazañas aéreas, la velocidad, el mecanicismo, el boxeo, la moda, el jazz, las carreras, el cine, los extranjerismos, las masas y las referencias a las vanguardias literarias internacionales. Entrevista al mosquito que vuela por su cuarto, habla con los muertos del cementerio e interroga a su estómago. Publica en la segunda etapa de Mediodía, en abril de 1933, en una hoja suelta, el mecanoscrito titulado «Radiografía», un texto en prosa con asociaciones libres que sugieren un cierto automatismo, imágenes irracionales, términos y expresiones inusuales en el lenguaje poético y pinceladas de humor negro.

Este interés por la modernidad y las vanguardias es proyectado sobre Sevilla. La ciudad, como en el título de su única obra publicada, capitalizó sus empeños literarios. Ya el 10 de abril de 1926 publicó en La Voz de Córdoba un artículo criticando los tópicos generados en torno a la cultura andaluza. No encuentra por ninguna parte la ciudad «típica» y «castiza», orientada a reiterar tópicos para consumo de turistas. Al contrario, su mirada es crítica con toda la tradición romántica y toda la exaltación de la pandereta. En La Libertad de Madrid, en su edición del 13 de noviembre de 1929, habla de las dificultades de escribir sobre Sevilla sin caer en «leso andalucismo» y en la «maraña andaluzoide que mintieron turbios escritores. (…) [Sevilla] es una ciudad blindada por la literatura. Una dura cáscara la recubre y la disimula. (…) Y puesto que los fabricantes de panderetas y crónicas para el mercado les habían enseñado cómo se hacía una Sevilla que gustara a la gente, comenzaron a edificar una ciudad que no desmintiera a las litografías». De igual modo, en el citado rotativo madrileño denuncia el 17 de agosto de 1930 que «hay una Sevilla que no piensa nada más que en los forasteros». Meses después, el 5 de febrero de 1931, volvía a denunciar desde las páginas de El Noticiero Sevillano la «literatura de exportación» y la «pantomima literaria» creada en torno a Sevilla. Núñez de Herrera actúa como un alquimista, entiende la ciudad como un laboratorio en el que descifrar los cambios de la modernidad. La ciudad se convierte en un problema a resolver, en un juego inexplicable de tensiones, en una utopía posible en la que lo tradicional y lo novedoso se diluyen: «Bienaventurados los hombres que saben festejar las antiguas tradiciones y los que saben construir dirigibles», escribe.  

Para Núñez de Herrera, la legitimidad política republicana descansaba también en la cultura popular y el mantenimiento de ritos significativos, aunque su epidermis fuera de tradición católica y monárquica. Por ello en el seminario republicano que dirige, Crítica, publica antes de las elecciones de abril de 1931 textos relativos a la Semana Santa y las fiestas de Sevilla, pues considera que la hegemonía se disputa en estos rituales simbólicos. Crítica y El Pueblo fueron sus dos proyectos periodísticos más politizados. En sus páginas subrayó el perfil regeneracionista de la República, acentúo las críticas a la monarquía histórica, al caciquismo y a la restauración borbónica. Asimismo, señala la responsabilidad del rey en el desastre de Annual y en las guerras de Marruecos, que Núñez de Herrera experimentó en sus propias carnes durante el servicio militar. A comienzos de 1931, a las puertas de la República, la prensa nacional anunció el lanzamiento de un nuevo rotativo republicano denominado Crisol, donde se incluían firmas de Azorín, Gómez de la Serna, Fernando de los Ríos, Luis de Zulueta, Moreno Villa, Américo Castro, Pérez de Ayala, Corpus Barga, Salvador de Madariaga, Luis Bello y Antonio Núñez de Herrera. Este último no publicó finalmente en Crisol, a menos que escribiera con seudónimo, posibilidad que no se descarta pero que parece poco probable ya que, por ejemplo, en el debate que mantuvo con Rodríguez Moñino sobre la poesía del 27 cuestionó a su interlocutor que escribiera con seudónimo.

Tras la proclamación de la República, e iniciadas las reformas del bienio social-azañista, que Núñez de Herrera celebra, critica a quienes, desde la izquierda revolucionaria, estaban atacando la República con el fenómeno del pistolerismo en Sevilla. En este sentido, deja caer la sospecha en La Libertad de Madrid el 18 de agosto de 1931, con argumentos que también sostuvo Diego Martínez Barrio, que el suministro de armas a los obreros estaba siendo fomentado por las derechas antirrepublicanas para sembrar el caos, deslegitimar el gobierno y provocar un cambio en la opinión pública para que mirara con nostalgia el régimen anterior. Finalmente, denuncia la medida del gobernador civil, Vicente Sol, de armar al antiguo somatén –con el eufemismo de «guardia cívica»– para contener el pistolerismo. «Los anarquistas son monárquicos o los monárquicos son anarquistas», es decir, «monarquistas».

Para el escritor, el origen de los males que sufre la ciudad de Sevilla está en el endeudamiento masivo de los consistorios durante la dictadura primorriverista para pagar la construcción de los pabellones y el hotel Alfonso XIII de cara a la Exposición Iberoamericana. La ciudad, en aras de un acto de propaganda dictatorial, se había endeudado de por vida. Pero no sólo la cita internacional fue un agujero negro del gasto municipal. También centró las ocupaciones de un consistorio que no supo dar respuesta a las decenas de millares de obreros que llegaron a la ciudad para los trabajos de la Exposición y se asentaron en barrios del extrarradio sin servicios y sin una perspectiva laboral una vez concluidos los festejos. La Exposición Iberoamericana fue un polvorín que explotó en el conflicto social de la II República. La deuda municipal y su afán por atraer turistas y personajes de renombre habían provocado problemas de vivienda, de trabajo, de higiene y hasta de calidad en las aguas, lo que justificaba el viraje de amplios sectores hacia posiciones republicanas. El 7 de febrero de 1931 denunció la deuda injusta contraída con los fastos patrióticos en las páginas de La Libertad de Madrid. El adeudo convirtió Sevilla, «oficialmente, en una ciudad de régimen económico excepcional, (…) como multada en sus ciudadanos la culpa de sus regidores». La prensa extremeña primero, y la madrileña después, es un punto de escape para Núñez de Herrera, para expresar sus críticas sin el peso de la atmósfera local. Así, en noviembre de 1927, alertaba en las páginas de El Heraldo de Madrid que la prensa sevillana «está muy bien ocupada en tocar aires nacionales y serenatas galantes como conviene al mejor éxito del Certamen Iberoamericano del que son ediles y juglares».

Durante sus primeros años en Sevilla, compatibilizó el trabajo en Correos con la colaboración eventual en la prensa extremeña y en revistas literarias. Esta circunstancia no agradó a sus superiores. La Jefatura de Correos de Sevilla le abrió expediente el 11 de junio de 1929 porque «trae libros y cuartillas a la oficina y, burlando la vigilancia de los jefes, se dedica a leer y a escribir». Sin embargo, dio el salto al periodismo profesional con la Exposición iberoamericana, al convertirse en corresponsal, desde noviembre de 1929, para La Libertad de Madrid. A mediados de ese año, había comenzado a trabajar como redactor de El Noticiero Sevillano. De hecho, en septiembre de 1929, abre su reportaje sobre el asesinato ocurrido en un navío –el yate Mary– que había cruzado el océano Atlántico con ocasión de la Exposición Iberoamericana presentándose como un redactor novato. A finales de ese mismo año, se convierte en uno de los engarces de La Gaceta Literaria en Sevilla, donde firmó crónicas en diciembre de 1929, enero de 1930 y abril de 1930. Es interesante comprobar cómo su visión de la cita internacional varía en función del medio en el que publica, siendo más crítico sobre los gastos y las consecuencias socioeconómicas en la prensa de Madrid. Para El Heraldo y La Libertad prepara textos muy críticos con los imagotipos de lo andaluz. Pretende mostrar la ciudad que no se ve tras el trampantojo pintoresco: la de los problemas de vivienda, la de la pobreza, pero también la popular que escapa a los tópicos románticos.

Por eso, cuando el escritor gallego Ángel Lázaro o el periodista francés Élie Richard –redactor jefe de París Soir- visitan las fiestas sevillanas de primavera, Núñez de Herrera ejerce de cicerone atípico. Como cuenta el repórter galo en la crónica de su viaje por Sevilla, publicada en la prestigiosa publicación parisina entre el 14 y el 25 de abril de 1932, el extremeño le mostró una ciudad diferente: los barrios de extrarradio, el hacinamiento, la pobreza, la urbe realmente existente y nada pintoresca. Asimismo, tuvieron tiempo para hablar de literatura. Richard reconoció el 26 de septiembre de 1936, en Les Nouvelles Littéraires, Artistiques et Scientifiques, en un artículo sobre el asesinato de Federico García Lorca, que fue su anfitrión sevillano quien le descubrió al poeta y dramaturgo granadino.

La obra completa de Antonio Núñez de Herrera que editamos en 2018 David González Romero, César Rina y José María Rondón sigue abierta a nuevos descubrimientos. Confiamos en que el proceso de digitalización emprendido por las administraciones vaya aportando nuevos textos, también en el desarrollo de investigaciones abiertas en torno al personaje. Sin embargo, hay vacíos en su corta pero intensa trayectoria de escritor que están condicionados por la pérdida, presumiblemente irreparable, de las publicaciones. Por ejemplo, no tenemos noticias de nuestro autor entre mayo de 1925 y julio de 1927. En alguno de esos meses daría el salto de El Correo de la Mañana a El Liberal, ambos de Badajoz, pero sus ejemplares se han perdido. Tampoco se conocen los dos primeros pliegos del debate mantenido con Antonio Rodríguez Moñino en torno a «la poesía de 1927». No se conservan los ejemplares de octubre de ese año donde se publicaron los dos primeros artículos. Sucede igual con los textos entre finales de 1927 y 1929, cuando no existe motivo documentado que justifique que Núñez de Herrera dejara de publicar en esas fechas. Deseamos que el tiempo y el trabajo de investigación continúe aportando más escritos y más referencias de su trayectoria vital, artística y política.

Sin embargo, como se puede comprobar en este cartapacio de Turia, no es poco lo que ya se sabe. En estas páginas Núñez de Herrera trasciende de los límites temáticos de la literatura cofrade y de las fronteras de la ciudad de Sevilla para presentarse como modelo de una generación que, además de la poesía, ejerció ampliamente la prosa y que encauzó el impacto de su literatura en periódicos y revistas, más dinámicas y ágiles que los libros. La trayectoria de Núñez de Herrera también nos muestra la importancia que tuvo la sociabilidad en la gestación de un espacio de experimentación vanguardista y de autoafirmación generacional conocido como grupo o generación del 27. Dicha hornada no fue el resultado exclusivo de una serie de encuentros casuales en Madrid, sino que se confeccionó también en colectivos y publicaciones surgidos en la periferia. Sirva también este cartapacio para ampliar la nómina de heterodoxos andaluces con un personaje que hizo del laberinto urbano de Sevilla un laboratorio creativo para comprender las transformaciones globales de la modernidad.