
La vigencia de Borges, a cuarenta años de su muerte, parece un hecho indiscutible. Sigue siendo objeto de lecturas, (re)escrituras, seminarios, homenajes, congresos y polémicas, por no hablar de memes, parodias pop y citas (no siempre apócrifas) que circulan por las redes sociales. Pero, ¿qué Borges leemos? ¿El escritor y su obra se han mantenido iguales a sí mismos o podemos hablar de un nuevo Borges leído desde el siglo XXI?
En “Pierre Menard, autor del Quijote” (1939), uno de sus textos más célebres, Borges imaginaba un (relativamente) apócrifo escritor francés que había logrado algunas páginas que reproducían, palabra por palabra, las de la obra magna de Cervantes. En el momento central del relato, el narrador cotejaba dos fragmentos de los respectivos Quijotes, que eran literalmente idénticos, para señalar sus importantes diferencias. La hipótesis, demostrada con desopilante inteligencia, era clara: el tiempo cambia los textos. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, nadie puede leer dos veces el mismo libro. El texto no es un objeto fijo, clausurado, sino que su sentido se construye en el marco de una red de innumerables relaciones que se recrea en cada momento, en cada lectura, en cada lector. Esta idea, uno de los axiomas centrales de la poética borgeana, nos invita a preguntarnos, entonces, qué ha hecho el tiempo con la obra de Jorge Luis Borges: ¿cómo lo leemos hoy?
Esbozar una posible respuesta es el objeto de estas páginas: proponer algunos de los desplazamientos más significativos para trazar coordenadas que permitan situar el modo en que su obra y si figura continúan interpelándonos a cuarenta años de su muerte.
Una obra inestable
En 1974, Borges publicó en la editorial Emecé (Buenos Aires) un voluminoso tomo de tapa verde, de más de mil páginas, que presentaba como sus Obras completas. La designación elegida era, como mínimo, curiosa. Por un lado, porque excluía tres de sus primeros libros publicados –Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926), El idioma de los argentinos (1928)–, y varios otros textos de distintas etapas.[1] Por otro lado, porque la obra estaba lejos de estar “completada”: al autor le quedaba aún más de una década de vida y producción: publicó dos libros nuevos al año siguiente y sumó más de una decena hasta su muerte –sin contar los escritos en colaboración–.
Desde aquel ya mítico volumen del 74 se han sucedido numerosísimas ediciones, pero aún después de la muerte, la obra completa de Borges parece un libro imposible, infinito, al que siempre puede sumársele una página. Quizás el propio escritor haya diseñado las cosas de modo tal que su obra fuera un conjunto inestable, que se redefiniera a lo largo de los años, de los hallazgos de las ediciones, con textos cautivos, perdidos, recobrados y apócrifos. La productividad póstuma de Borges ha sido notable: se han recopilado en distintos volúmenes numerosos textos suyos que nunca habían sido publicados en formato libro; se han reeditado obras y ediciones que el escritor había excluido de sus Obras completas; se han dado a luz manuscritos con poemas desconocidos de su juventud y breves prosas dictadas en su madurez; han aparecido transcripciones de charlas, clases y diálogos que brindó en distintos lugares del mundo… En los últimos dos años se publicaron novedades valiosísimas: cartas de su adolescencia, apuntes para conferencias sobre temas diversos, un curso completo de literatura inglesa y norteamericana… Y todavía es posible que mañana, en una hoja plegada dentro de algún volumen polvoriento o en una revista olvidada de la vanguardia española, alguien encuentre un texto inédito de Borges. Todos estos hallazgos –posibilitados, en parte, como dije, por el modo en que el propio escritor proyectó la circulación y dispersión de su producción– invita a que redefinamos constantemente de qué hablamos cuando hablamos de la obra de Borges. Desde luego, no es difícil acordar cuáles son sus piezas maestras: Ficciones, El Aleph, Otras inquisiciones, Discusión, El hacedor, Fervor de Buenos Aires, El otro, el mismo constituyen el corazón de lo que podemos denominar la literatura borgeana. Y, sin embargo, las nuevas páginas que aparecen muchas veces invitan a releer las ya conocidas, tejen nuevas redes y producen nuevos efectos de sentido. La fisonomía de la obra de Borges es hoy muy distinta de lo que era hace cuarenta años. Y todo lector que lo desee, que ya haya descubierto sus textos canónicos, tiene la posibilidad de explorar sus márgenes, de encontrarse en la lectura y la relectura con una novedad siempre nueva.
Nuevas facetas en la figura de autor
No es solo la obra de Borges la que ha incorporado, en el siglo XXI, nuevas aristas y orillas para explorar. También, complementariamente, su figura de autor ha mutado notablemente a la luz de nuevos descubrimientos y nuevas lecturas. La imagen de Borges que tenía un lector en la década del ochenta, una imagen que en buena medida había sido diseñada y difundida por el propio escritor a través de entrevistas y textos autobiográficos, es muy distinta de la que puede hacerse un lector medianamente informado del siglo XXI.
Procuraré sintetizar aquí algunos de los que considero los desplazamientos más relevantes que hacen de Borges “otro”, sin que deje de ser “el mismo”.
Algunas transformaciones tienen que ver, simplemente, con el paso del tiempo. Durante su vida, especialmente en la Argentina, Borges había sido objeto de numerosas polémicas por sus posiciones políticas reaccionarias, desde mediados de los años cincuenta. Para los lectores de izquierda o peronistas, Borges era una figura incómoda, admirada por su calidad estética y repudiada por su ideología. El escritor era juzgado por sus declaraciones periodísticas –a veces, justo es reconocerlo, muy repudiables– tanto o más que por su producción literaria. Su muerte y la consagración universal que terminó de consolidarse en los años siguientes –y que tuvo un momento apoteósico en 1999, cuando se conmemoró el centenario de su nacimiento– fueron limando algunas de sus aristas más ásperas y hoy es reivindicado casi ecuménicamente. Escritores, artistas, críticos e intelectuales de las más diversas latitudes y procedencias reconocen en él a un maestro. Esto no implica que no persistan los detractores, como lo testimonia, por ejemplo, una curiosa compilación de artículos con un título suficientemente elocuente: el Anti Borges (M. Lafforgue, 1999). Pero, en términos generales, el escritor parece haber dejado atrás las polémicas para alcanzar la gloria –que, como él decía, “es una incomprensión y tal vez la peor”–. En una época en la que están muy vigentes los debates sobre la relación entre el artista y la obra, las condenas y cancelaciones, su caso aparece como una extraña excepción.
En una línea similar, durante su vida, Borges fue frecuentemente acusado de ser un escritor extranjerizante, desvinculado de su contexto y con escaso arraigo en su tierra. Llegó incluso a ser tildado de “anti-argentino”. Aquí el tiempo y las lecturas –pienso en trabajos como los de Beatriz Sarlo (Borges. Un escritor en las orillas), Daniel Balderston (¿Fuera de contexto?) o Annick Louis (Borges ante el fascismo)– han ubicado su posición de un modo más certero, subrayando la presencia insoslayable de debates, temas y tonos criollos que, a lo largo de su producción, se entrecruzan con sus intereses universales. Hoy Borges es generalmente entendido como un autor comprometido con las cuestiones de su época, a la vez hondamente argentino y abiertamente cosmopolita, capaz de articular de modo genial e inesperado el tango con las sagas nórdicas, la muerte del César con el asesinato de un gaucho en la pampa (“La trama”).
A comienzos de este siglo, dos investigadores de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno realizaron un hallazgo sorprendente: entre los libros que poseía la biblioteca –algunos de ellos almacenados en depósitos casi olvidados– había centenares que habían pertenecido a Borges y que presentaban marcas de sus lecturas. En 2010 dieron a conocer los frutos de su investigación en Borges, libros y lecturas, un trabajo que abrió nuevas perspectivas a los estudios académicos sobre el autor. Era posible acceder, de modo preciso y documentado, a una de las principales facetas de su figura: el Borges lector. Saber qué libros leyó, cuándo y, sobre todo, cómo: cuáles fueron sus destacados, sus notas, qué relaciones iba estableciendo con otros libros e incluso con su propia obra. Estos datos permiten comprobar muy concretamente la continuidad entre lectura y escritura en la obra de Borges, conocer sus fuentes y ver cómo reelabora citas y fragmentos para producir relatos, ensayos y poemas. Además, ofrecen una nueva perspectiva sobre el muy trajinado tema de la erudición del autor: esta era heteróclita, pero distaba de ser una impostura, como se llegó a creer a veces. El acceso a la biblioteca de Borges revela que muchas de sus excéntricas referencias tienen orígenes comprobables y precisos y abre un nuevo modo de abordar su obra, construyendo series y diálogos con otros escritores, insospechados años atrás.
Entre los libros pertenecientes al escritor que se encontraron en la Biblioteca Nacional argentina hubo otro hallazgo de repercusiones inesperadas. En la portadilla de un ejemplar de una biografía de Schopenhauer –uno de sus filósofos favoritos–, Borges había dejado una breve lista manuscrita de las más de veinte ciudades donde dictó conferencias entre 1949 y 1952.
Él mismo, en su autobiografía (“An Autobiographical Essay”, 1970), se había referido a su actividad como conferencista: pese a su timidez para hablar en público, debió asumir esa tarea como medio para ganarse la vida luego de verse empujado por motivos políticos a abandonar su cargo en una biblioteca municipal. Pero el hallazgo de esta lista redimensionaba lo que creíamos saber de esa faceta de Borges, que fue mucho más conspicua e itinerante de lo que se suponía. Las investigaciones posteriores revelaron que, entre 1949 y 1955, el escritor –devenido orador– impartió centenares de cursos y conferencias a lo largo de la Argentina –y, ocasionalmente, en Montevideo–. Lejos entonces de la imagen del autor encerrado en su biblioteca, consagrado únicamente a un trabajo meticuloso con su obra, tenemos que vislumbrar a un hombre obligado a preparar y dictar hasta dos o tres clases por semana, sobre los temas más diversos –desde la poesía gauchesca a la mística, desde la literatura en la época de Bach a la narrativa policial o el teatro de Bernard Shaw–, un viajero que arribaba a pequeños pueblos de provincia para presentarse en teatros, escuelas o centros comunitarios, que escribía en los huecos que le dejaba su trabajo, muchas veces reciclando textos de su labor como orador, pero también retroalimentado por esa experiencia, por los lugares que descubría y las historias que le contaban.[2] Además, las investigaciones sobre este Borges orador –llevadas a cabo principalmente por un equipo de la Universidad Nacional de Mar del Plata– contribuyen también a ensanchar los márgenes de la obra de Borges: los lectores actuales pueden conocer, aunque sea fragmentariamente, los ecos de esas palabras proferidas por el escritor/orador, de las que hasta hace poco tiempo no teníamos noticias.
Un último hito que puede mencionarse como decisivo en la reconfiguración de la imagen que tenemos del escritor es la publicación del monumental Borges (2006), de su amigo Adolfo Bioy Casares. Se trata de un diario de miles de páginas en las que Bioy registra los encuentros cotidianos que sostuvo con el autor de Ficciones, entre 1948 y casi el final de su vida. Aquí vemos un Borges íntimo, con muchos rasgos completamente sorprendentes: polémico, maledicente, procaz, muy interesado en cuestiones políticas y en rencillas literarias. Asistimos a un testimonio de primera mano sobre la escritura de algunos textos importantes, sobre su rol como editor, antólogo, traductor y director de colecciones, sobre el proceso de escritura en colaboración. Son páginas donde puede encontrarse la voz de Borges, su ironía, su sensibilidad, su inteligencia deslumbrante. El Borges de Bioy es una obra maestra en sí misma, disfrutable de punta a punta, al que todo lector debería asomarse y es, además, una revelación para los interesados en la vida y obra del gran autor argentino. Este hallazgo puede ponerse en línea con otros testimonios –como el de Estela Canto, Borges a contraluz– y ciertas investigaciones biográficas –las de Carlos García, Alejandro Vaccaro y Edwin Williamson– que han contribuido a derribar ciertos mitos que existían sobre el escritor, para revelarnos una imagen más ajustada a la realidad, con sus luces y sombras y, en última instancia, más compleja y humana.
Borges pop
Existe otro desplazamiento muy notable de la figura de Borges, cuyo recorrido es sinuoso, más difícil de trazar y datar con precisión, pero que puede enunciarse de la siguiente manera: el escritor puede considerarse hoy como parte de la cultura de masas. Recreaciones de su obra y de su figura proliferan en el cine, la televisión, las historietas, las plataformas de streaming y las redes sociales. Sin dejar de ser el autor de una obra compleja que integra la “alta literatura”, hay también un Borges pop, un Borges “para millones”.
Es posible encontrar referencias explícitas o alusiones implícitas a su obra en un cómic de Batman (Batman Inc, donde el héroe viaja a Buenos Aires y debe resolver un crimen misterioso vinculado a Borges y el grupo de Florida), una película de Christopher Nolan (Inception es una película repleta de ideas y procedimientos que pueden caracterizarse como borgeanos) o un episodio de Black Mirror (“Joan is Awful” es una reversión de “Las ruinas circulares”). Navegando por las redes pueden encontrarse infinidad de citas certeras, apócrifas, fragmentos de entrevistas y hasta una página consagrada a desopilantes “memes borgeanos”.
El devenir pop del gran escritor argentino comenzó, en rigor, durante los últimos años de su vida. Por un lado, su presencia en los medios argentinos e internacionales, era prácticamente cotidiana: las fotos en diarios y revistas, las entrevistas en radio y televisión… La figura de Borges, ese anciano de voz trémula que parecía haber leído todos los libros del mundo, se volvió familiar aun entre quienes no se había asomado nunca a su obra. Su humor, su ironía, sus declaraciones polémicas y el ingenio de muchas de sus réplicas contribuyeron a su celebridad. Él mismo solía jactarse de ser un escritor más conocido que leído. Por otro lado, mientras que en la Argentina seguía siendo discutido por sus opiniones políticas conservadoras, en muchos otros países era reconocido como modelo por artistas de vanguardia, que lo tomaban como referencia para sus obras. Así, por mencionar algunos ejemplos, en Alphaville (1965), de Jean Luc-Godard, se escuchan fragmentos de “Nueva refutación del tiempo”; en el clímax de Performance (1970), de Donald Cammell y Nicolas Roeg, el rostro de Borges se superpone con el de Mick Jagger, y Bernardo Bertolucci y Hugo Pratt ofrecieron sendas reversiones, una fílmica y otra en historieta, de “Tema del traidor y del héroe” (La estrategia de la araña y Concierto en do menor para arpa y nitroglicerina, respectivamente).
Las alusiones y las recreaciones de su obra en el marco de la cultura de masas permiten, en la actualidad, releer su obra de modos que décadas atrás hubieran resultado insospechados. Por un lado, la circulación pop contribuye a des-solemnizar su figura de autor. Pese al humor y la auto-ironía que Borges solía aplicar a su propia consagración, es cierto que su imagen había cristalizado en cierta medida como la de un sabio venerable, autor de una obra casi inaccesible. Algo de ese peso casi intimidatorio para ciertos lectores que el escritor parecía acarrear se diluye si lo vemos interactuar con Batman, estampado en remeras o convertido en meme. Por otro lado, y creo personalmente que esta es una veta a explorar, las relecturas pop permiten descubrir facetas de la obra de Borges que ya estaban presentes en sus textos, pero no habían sido demasiado transitadas por la crítica o las lecturas más canónicas. Me refiero al costado weird, a esas hipótesis extravagantes sobre mundos paralelos, sociedades secretas, paradojas temporales o experiencias oníricas, que lo pueden emparentar con la ciencia ficción de Philip K. Dick o Stanislaw Lem y con los relatos conspiranoicos de Thomas Pynchon, por no hablar de los multiversos que el cine de superhéroes ha popularizado en la última década. La mirada pop permite recordar que, en Borges, además de referencias teológicas y filosóficas, hay historias de gánsteres, de espías, de piratas, de monstruos intergalácticos. Creo que estas aproximaciones pueden llevar a que nuevos lectores descubran a Borges y a que viejos lectores lo redescubran desde un ángulo inesperado.
“El mundo será Tlön…”
“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” (1940) es uno de los relatos más ambiciosos, complejos y extraordinarios de Borges. Narra la invasión de nuestra realidad por un mundo imaginario, urdido por una centenaria sociedad secreta. El relato culmina con una lacónica y resignada profecía del narrador: “El mundo será Tlön”. Es decir, la realidad estará completamente penetrada por la ficción, la realidad será indiscernible de la ficción. En los años cuarenta, el cuento era –entre otras cosas– una denuncia de los totalitarismos que se propagaban por Europa, con sus mitologías y mistificaciones. Leído hoy es inevitable pensar en las numerosas intersecciones entre realidad y ficción que atraviesan nuestra cotidianeidad: fake news, inteligencias artificiales, música compuesta e interpretada por algoritmos, identidades virtuales que no se corresponden con ninguna persona real… Dicho de otro modo: quizás leemos a Borges de otra manera porque el mundo se ha vuelto cada vez más borgeano.
En ese sentido, quizás, aunque anclado firmemente en el siglo XX –y aún en el XIX, el de su nacimiento– Borges es un autor para el siglo XXI. Su obra no tematiza avances técnicos comparables a los que actualmente nos rodean, pero sí se interroga por la dimensión ética, filosófica y política de la superposición de la ficción y la realidad, de la difuminación de las identidades, de la manipulación de la historia, de los límites paradójicos de una biblioteca infinita (¿la de Babel, Internet?), de los riesgos de una memoria capaz de abarcarlo todo (¿Funes como inteligencia artificial?)… Ciertos recursos y procedimientos borgeanos que en su momento eran revolucionarios nos resultan hoy reconocibles, casi familiares: los libros imaginarios, la proliferación de referencias que saltan de un texto a otro y a otro, los desdoblamientos del “yo” público y privado (¿qué son sino las redes sociales?).
Por último, hay un rasgo de la poética del escritor que parece especialmente en sintonía con nuestra época: su fragmentarismo, su brevedad. Hay en Borges una apuesta decidida por las formas breves: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos” (“Prólogo” a El jardín de senderos que se bifurcan). Borges nunca escribió una novela y algunas de sus obras maestras caben en una página. En un tiempo en el que nadie parece tener tiempo (o paciencia), Borges ofrece poemas y cuentos que pueden leerse en pocos minutos, pero cuyas resonancias son infinitas. Por eso su obra se mantiene vigente, porque cambia, releída y redescubierta por cada época, por cada lector.
[1] El propio Borges, según el testimonio de su amigo Bioy Casares, bromeó acerca de que el plural Obras completas, había sido un modo de salvar ingeniosamente su voluntad de dejar caer varios de sus primeros libros; cuando los de Emecé “comprendieron que no podrían llamar Obra completa al volumen que preparan, […] alguien sugirió de inmediato la respuesta que todos aceptaron: llamar al libro Obras completas. «Ninguna de las que se incluyen estará incompleta», alegan” (Borges, 2006).
[2] Así, por ejemplo, en “El desafío”, incorporado a la reedición de Evaristo Carriego, afirma: “Creí, al cabo de tan dilatadas fatigas, haberme despedido de la historia del duelo generoso; este año, en Chivilcoy, recogí una versión harto superior, que ojalá sea la verdadera…”, Evaristo Carriego).

