El libro de Ben Clark Semiótica nuclear, publicado por Visor, es el nuevo volumen de poesía del traductor y poeta ibicenco. Entre los galardones obtenidos por su obra, destaca el premio Hiperión, el Premio Ojo Crítico de Poesía de RNE en 2014 y el XXX Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2017 por su libro La policía celeste. Con Demonios (Palma de Mallorca, Sloper, 2023) obtuvo el Premio de la Crítica en lengua castellana en la modalidad de poesía. Entre sus últimas traducciones destaca El arte de las nubes, de Ko Un (León, Eolas Ediciones, 2025). 

Semiótica nuclear nos lleva desde 1981 hasta el presente, definiendo el peligro, lo nuclear: el contrato de miles de años entre lo inmediato y la erosión. Los tiempos se miden en generaciones, la constante de semidesintegración, letras griegas para el plomo, para una herida abierta en el corazón del hombre. Toda la tierra está infestada, tendrás agua caliente y luz por la noche, los dioses se habrán rendido. No les devuelvas el fuego. Nosotros enterramos a los muertos y los dioses se engordan en las profundidades: “En las cosas de piedra, en el papiro / en la piel de cordero, en MS-DOS”. Sabíamos que el peligro está presente, lo dice el poeta, lo dice la ciencia, ¿cuándo separamos ambos amanuenses? Es tu pasado 1993, debajo de los residuos, cartuchos de videojuegos y muerte enriquecida. Pero la probabilidad, eso también lo sabe el poeta, está de nuestro lado. 

La primera parte: “Este lugar es un mensaje”, de nuevo 1981, un golpe de estado: “Y nadie recordaba las ciudades / ni el sonido excitante de la lluvia / chocando contra el zinc”. Hirviendo la leche, cualquiera te lo dirá, la grasa de la leche es capaz de atrapar los metales pesados, el veneno de la intoxicación. Un deseo, una leyenda. ¿Cuándo descubriste, Ben, que tu poeta favorito está muerto?: “Pero llevabas muerto varios años / y yo no lo sabía”. La sapiencia, el recuerdo, escuchar su obra dentro de ti, buscar rarezas e inéditos. Es un poeta muerto lo más parecido a un residuo nuclear, emanando poderosos fantasmas infatigables que se introducen dentro del cuerpo y no se pueden purgar: “Así aprendí que no sucede nada / si no lo he leído en un poema”. Vidrio revestido de escarcha y seguir atrapado le recuerdo, profundizar en él como si fuera un arqueólogo de lo sentimental: “Vivías en mi mente / mientras estabas muerto para el mundo”. En esa profundidad te enfrentas a instantes cualitativos, una pensión en Cádiz, un telegrama, un padre muerto, un simple telegrama que es capaz, en su tosquedad, de asesinar a un padre: “Y el telegrama dijo que llevabas ya días / charlando con  un muerto en tu cabeza” y esa imagen, ese instante te atrapa, sin dejar opciones para rectificar, el poema y la vida. Una tumba, un obituario, un padre. ¿Quién será el responsable de apagar la última luz del mundo? “Cuando, vencido, apaga su luz el traductor / su sombra se disuelve entre las sábanas / y nadie sabe cuál será la lengua / que habrá de usarse para despertarlo”. 

Ozymandias, el hombre más inteligente del mundo, el de Alan Moore, hablando al universo en latín, para demostrar, con el silencio por respuesta, que Dios no responde. Lengua fósil, comunicación muerta, la vital historia que alimentó un imperio, una religión: “La lengua del futuro está ya muerta. / Tan solo existe en nuestras elegías”. Y escuchar, desterrar, aproximarse: “La lengua del futuro no ha nacido”. 

La segunda parte, “Este lugar no es un lugar de honor”. La portada, el nombre de Ursula K. Le Guin, las bolsas, la piedad, Pandora, niñas, ejércitos y cunetas. Simone Weil, doble nombre: “No vayas a la guerra. / Mirémonos un rato aquí en silencio”. Y el poeta, cerca de las ruinas, la manera de acumular restos del amor, de un amor. “Desde este ventanal, cegado hoy por tabiques, / mirábamos las flores del jardín / donde un niño podría haber reído”. Las estrellas en un invierno nuclear siguen siendo estrellas, eso es parte de la realidad, dura y científica: “En una noche oscura entré en el mar / de mi infancia con el miedo a mis ideas”. Luis Cernuda, el poeta muerto, el poeta presente, y ahora otro, el poeta futuro y lees: “Contemplarás la luna, no lo dudo / y hallarás un mensaje en su silencio / que inundará tus venas de alegría”. En la casa, en el amor, en la muerte: “Nada muere a pesar de tanta muerte, / a pesar del dolor que en ti germina”. Las calles cubiertas, dominadas por los hierbajos. Las grietas son el vacío: “Mientras tanto / en la quietud espesa de tu casa, / las plantas te corrigen los poemas de amor”. Y el poeta, canciones que se entonan en cada uno de los extremos: “La cárcel transparente que habitamos / aquello que escribimos a los muertos”. La historia en un instante, Walter Benjamin, el poeta que habla al poeta, que habla del poeta, la poesía como algo radioactivo, una tormenta de luz y electricidad: “No pudimos salvar los que perdimos, / pero sí comprender que lo intentábamos”. Y sigue: “Las astillas del tiempo no avanzaban / y tú no te giraste ni un instante”. 

En la tercera parte, “El peligro todavía está presente”: Anne Sexton, nieve sobre la mesa, el cadáver: “Destructores de mundos / que hablan de la lengua de los muertos”. Hemos perdido, fuego y leyendas, barcos y sábanas de lino. El grito de Edvard Munch, las pipas de René Magritté, no es un dibujo, esto no es un grito, esto no es un poema: ¿Qué es lo que quieres advertimos, Ben? “Pero, ¿y si este poema sobrevive? / ¿Y si después de dos de mi traducciones se pierde todo salvo, el Grito sanará?” Henry Miller, Terminator, las guitarras contra las puertas del cielo. Un verano de guerra, emperadores, el fragmento contra las ruinas: “Vosotros, que soñasteis los dioses del silicio / y tratasteis ciudades sobre el agua”. El sonido burbujeante, el barrio tibio, la luz del átomo. El poeta escribe desde el borde del hundimiento, ¿Quién es Penélope? Espera el retorno, el periodo de semidesintegración, metales profundos, el uranio debajo de la lengua, como meta y Marie Curie, que veía sus huesos a través de la piel sin saber que el radio, sin saber que esas piedras finas se las estaban comiendo por dentro, el sarcoma, el aliento de los dioses. “El veneno le comes las venas recubiertas / por cicatrices, noches, palabras incisivas”. María Zambrano y Chernóbil, la extraña pareja, el vapor, algo inocente, que acaba en la avidez de la muerte, de la pureza, lo bello, impregnado de veneno. El vapor en metamorfosis de lluvia negra, el aliento pútrido que no se detecta, ¿el futuro? ¿El crimen? Robert Oppenheimer sintiéndose el destructor de mundos, «Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos» Bhagavad Gita, el dios Visnú le muestra al príncipe Arjuna su forma divina y poderosa para convencerlo de cumplir con sus deberes en la guerra. Imagina salir de esa pesadilla y darse cuenta de que es tu vida. 

 

Ben Clark, Semiótica nuclear, Madrid, Visor, 2026.