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Configurar sentido descendente

De norte y frontera

10 de junio de 2026 09:05:08 CEST

Norteña, editado por Las Afueras, es el primer libro publicado en España por la compositora e intérprete mexicana Julieta Venegas. Uno de esos libros que se abren como se despliega un mapa topográfico sobre la mesa de un puesto callejero o como se limpia el cabezal de una vieja pletina antes de que la cinta de casete comience a rodar. 

Norteña, el ejercicio de memoria y arqueología sentimental entregado por Julieta Venegas, es exactamente eso: una bitácora de ósmosis urbana y una indagación sobre cómo se construye la espina dorsal de una identidad artística. El volumen no busca la complacencia de la hagiografía al uso ni el inventario cronológico de los grandes éxitos de estadio; prefiere instalarse en el sustrato, en la semilla, en los años en que las canciones no se buscaban porque tenían que salirte al encuentro. Una reconstrucción minuciosa de la génesis de una voz imprescindible para la cultura contemporánea en nuestro idioma. 

El relato se fractura en dos grandes placas tectónicas que definen a la autora: el desierto fronterizo y el monstruo urbano. En la primera parte, la infancia y la juventud quedan confinadas en Tijuana, ese territorio donde la frontera entre México y Estados Unidos no es una línea, sino una extensión infinita, una mezcla indisoluble, un plano urbanístico y sentimental que se estira hacia el Pacífico. La Tijuana que evoca la escritora es un ojo monstruoso que vigila y acompaña, una cuadrícula que nadie se ocupó de imaginar porque ya estaba construyéndose a golpes de urgencia y cemento. En ese paisaje de aguas frías y sucias, la autora invoca los nombres que poblaron el aire de su formación: José José, Pedro Infante, Rocío Dúrcal. Pero también la vibración subterránea de una época dorada donde la electrónica de frontera, el hip hop mexicano y el punk compartían los mismos centros culturales.

Es ahí, en ese cruce de corrientes, donde se gesta el viraje estético de la creadora. Norteña se detiene con agudeza en dos coordenadas clave que cambiarían para siempre la idea de la música popular y el rol de la mujer en el rock latinoamericano: los conciertos de Mano Negra y la irrupción icónica de The Sugarcubes con Björk a la cabeza. De esa mezcla de casetes piratas, novios de juventud y salas de ensayo precarias nace la necesidad de subvertir la tradición. La autora recuerda los esbozos, las maquetas grabadas en aparatos precarios, los amigos que poseían un ordenador lo suficientemente potente como para almacenar secuencias digitales. Hay una pulsión de pureza en su confesión: disfrazarse de colores brillantes junto a su amiga Ceci para invocar el espíritu lúdico de The B-52's, escribir canciones que le gustaran a su madre.

La ruptura con su primera banda fundamental, Tijuana No!, justo antes del lanzamiento del primer álbum, marca el fin de la inocencia periférica. La llamada de la Ciudad de México en 1995 funciona en el texto como el verdadero rito de paso. Las preguntas que se formula la creadora resuenan con la fuerza de un manifiesto existencial: «¿Para qué te vas? ¿Para qué me quedo?». El deseo no era meramente habitar el Leviatán, sino forzar a que la ciudad fuera suya, bordarse en su tejido, disolverse en su geografía. El libro describe con plasticidad cinematográfica aquellos trayectos interminables en autobús por las arterias de la capital, enlazando trabajos alimenticios con momentos de lectura febril —Tolstói, Flaubert— y la escritura constante de melodías que nutrirían sus composiciones durante los tres lustros siguientes. En el reproductor portátil de la autora, la amalgama volvía a ser deslumbrante: Bronco, Selena, Beck y la presencia totémica de Juan Gabriel.

El encuentro amoroso y creativo con Joselo de Café Tacuba y la irrupción de Francisco introducen un cambio de ritmo en el volumen. La creadora se adentra en el territorio del teatro, las bandas sonoras y los cortometrajes, expandiendo su lenguaje técnico. Es el momento en que el piano clásico se funde con la rigidez rítmica de la caja de ritmos, sentando las bases de su personaje público: la mujer de frontera armada con un acordeón. Norteña analiza con lucidez ese misterio tan propio de la cultura mexicana: la capacidad de tomar la tradición lírica y revolucionaria, la música que unía a padres e hijos, y transmutarla en vanguardia pop. Frente al silencio estructural que habitaba en las familias de la época, las letras románticas se convirtieron en el único vehículo posible para decir lo incomprendido.

La autora reconstruye con precisión el cambio de paradigma de finales de los noventa. Era un tiempo analógico, una era donde los discos dependían del presupuesto de una gran compañía, de horas encerradas en estudios profesionales, cuando las grabaciones domésticas eran una utopía técnica. En ese contexto, el debut de 1997 con Aquí, bajo el amparo de Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel, supuso un impacto sísmico. Al tomar los temas compuestos originalmente en un primitivo teclado Korg 01/W y volcarlos en secuenciadores digitales para luego reinterpretar las pistas con instrumentos acústicos, la creadora obró el milagro: facturar una obra profundamente orgánica y texturada desde una matriz tecnológica. Aquel rostro pálido, delicado y frágil, pero dotado de una presencia imponente que dominaba los afiches de tonos azules y verdes acuosos de la época, alteró las reglas del juego. No era after-punk, no era pop de diseño; era una solista cantando en español que demostraba que se podía amar el tango, el bolero y el folclor sin perder un ápice de modernidad, abriendo los ojos a una generación que buscaba vida más allá de las camisas de cuadros del grunge o el orgullo chauvinista del britpop.

Norteña avanza hacia el presente con la cadencia de quien sabe que el viaje de la memoria siempre es circular. Tras la consagración internacional que supusieron trabajos como Bueninvento, o Limón y sal, el texto nos traslada a su realidad actual en Buenos Aires, cerrando el mapa de influencias que conecta el norte desértico con el Cono Sur y su antigua fascinación por Soda Stereo. La obra se consolida así como un bellísimo ejercicio de honestidad donde las ciudades, la familia y los silencios heredados comparten el protagonismo absoluto con las canciones. La autora ha conseguido fijar en estas páginas la semilla de su aprendizaje individual, entregando un testimonio fundamental sobre el nacimiento y la consolidación de una de las voces más ricas, magnéticas y perdurables de la música contemporánea en nuestra lengua.

 

Julieta Venegas, Norteña. Memorias del comienzo, El Prat de Llobregat, Editorial Las Afueras, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Un canon insumiso

10 de junio de 2026 08:50:25 CEST

Hay libros que no se leen; se sintonizan. Volúmenes que operan como estaciones de onda corta emitiendo desde un sótano iluminado por el flexo de la memoria. El último artefacto de José Luis Gracia Mosteo posee ese magnetismo de la resistencia, un lixiviado del verso donde el humor cáustico, netamente aragonés, se traslada a las avenidas de Madrid para levantar un censo de ausencias. José Luis Gracias Mosteo (Zaragoza, 1957) ha sido docente, escritor y crítico. Ha transitado el terreno de la novela, El rock de la dulce Jane (Verbum, 2005) y la poesía, Blues de los bajos fondos (2008, con reedición en 2013) o Campos de Aragón (Olifante, 2024), pero quizá con el ensayo ha encontrado un lugar cualitativo entre la maraña de reseñistas, con el tumultuoso y recordado ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? (Éride, 2021) y que encuentra una cierta continuidad con este La leyenda del lugar inexistente (Éride, 2026). Lo que Gracia Mosteo despliega aquí no es una mera recopilación de solapas o un ejercicio de nostalgia funcionarial; es una biblioteca imaginaria al amparo de Jorge Luis Borges, un callejero desmitificador y nutricio que funciona como canon internacional y estrictamente personal. 

La estructura del volumen se asemeja a un museo de retratos orales, un plano secuencia que recorre la geografía del aislamiento, el alcohol y la soberbia literaria. El viaje arranca en el Retiro madrileño, bajo el signo cabalístico del 333, invocando a Marcos Ricardo Barnatán para entender cómo Borges terminó transmutado en adjetivo: “La lectura de sus libros se convierte cada día en su resurrección”- El veredicto del autor es inapelable: la lectura de sus libros es, en realidad, su resurrección diaria. A partir de ahí, la pantalla se llena de espectros. Gracia Mosteo invoca la calma contemplativa de Ángel González —ese poeta reconvertido en alimento para cantautores pop— y nos regala una deliciosa anécdota con Luis García Montero que contrasta con la transparente amargura de Carolina Coronado, un fantasma del siglo XIX atrapado en Almendralejo a la que ignorar es obligar a morir de nuevo. 

La literatura parece decirnos el autor, es una geografía de solapamientos trágicos. Ahí quedan los versos de Idea Vilariño, cristalizando la soledad y el desgarro de su amor por Juan Carlos Onetti. O Marcelino Menéndez Pelayo, atrapado entre el oficialismo rancio y su pasión clandestina por las mercedarias del amor: “Existe un fantasma en la biblioteca del paraíso, al que ignorarlo es hacer que de nuevo muera” Gracia Mosteo maneja el fragmento breve con la precisión de un montador de cine, reconstruyendo esa España contradictoria que bascula entre el olvido y la herida abierta de Marruecos, uniendo el desierto de Alhucemas con Arturo Barea, Félix Romeo y Ramón J. Sender. Para Gracia Mosteo —y en esto resulta imposible no contribuir a la militancia— Francisco Umbral sigue siendo faro, guía y océano indomable. Con todas sus contradicciones. Un Umbral que nos conduce inevitablemente a César González-Ruano, ese sujeto vampirizado por cualquier columnista con gusto. En una pirueta estética fascinante, el autor es capaz de hacer convivir en la misma página la escuadra y el cartabón de Ruano con el delirio lisérgico de William Burroughs. Porque Gracia Mosteo no calla. Saca los colores a los adalides de la distancia ética, esos "progres" de bolsillo lleno que confunden la literatura con el canapé institucional y el reparto de premios. 

Hay en estas páginas una profunda fascinación por lo británico, una rara avis en nuestras letras. El autor traza líneas de tensión que van de la agorafobia uruguaya de Mario Levrero al Leviatán de Kingsley Amis; una escalada de té sórdido y pastel de cordero que conecta a Oscar Wilde con Ian McEwan y la distopía matemática de Alan Turing. Incluso se atreve a señalar en el paraíso al maestro oculto de Michel Houellebecq y sucesor espiritual de Frank Zappa: un disidente absoluto. El texto aborda también las zonas oscuras de la historia. Al analizar el futurismo y la pulsión bélica de Gabriele D'Annunzio o Filippo Tommaso Marinetti, Gracia Mosteo nos advierte contra el error contemporáneo de juzgar el pasado con la miopía de la corrección política actual. De igual modo se adentra en la contracultura. ¿Dónde termina el letrista y empieza el poeta del rock? Frente al torbellino de caras de Bob Dylan —juglar de la aldea global galardonado con el Nobel— o la melancolía de Leonard Cohen, emerge la figura de Lou Reed, un cronista atrapado en las transiciones del realismo sucio de Bukowski, Carver o Auster. Lou Reed no es poeta, pero no podemos olvidar, esta consideración es exógena al autor, que sin Reed muchos de los escritores no se hubieran puesto frente a una olivetti para teclear al ritmo de sus canciones. Deberíamos zanjar el debate con un manifiesto antiguo y válido: la buena poesía nace ya dotada de su propia música. No necesita amplificadores. 

En este particular museo de retratos orales, Gracia Mosteo no levanta monumentos; levanta actas de demolición. El autor recorre las costuras de la República de las Letras para exhumar las envidias, las miserias biográficas y los malos alcoholes de una fauna tan brillante como mezquina. Es la crónica de un tiempo en el que la crítica literaria no se ejercía solo en el texto, sino en la fisonomía, mutando a menudo en crueldad física. Por sus páginas desfilan las semblanzas humillantes y los dardos cruzados entre tótems como Eugenio d'Ors, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno. Una guerra de guerrillas que no entiende de fronteras y que Gracia Mosteo extiende a la literatura universal, rescatando agravios memorables como el que sufrió Jack Kerouac a manos de un implacable Truman Capote. Al caricaturizar al autor de On the road, Capote zanjó la cuestión con un desprecio absoluto que hoy resuena con fuerza en el libro: «Eso no es escribir; eso es mecanografiar». 

El tramo final del volumen funciona como una reivindicación de la poesía frente a la decadencia de la civilización. El autor transita de la perfección formal de Mallarmé y Coleridge a la pirotecnia visual de Vicente Huidobro, los caligramas de Apollinaire y el urbanismo metafísico de Giorgio de Chirico. Hay espacio para los poetas "raros", como el inclasificable ornitólogo marciano Ferrer Lerín, y para aquellos críticos que, al igual que los jóvenes reseñistas de Cahiers du Cinéma, saltaron a la creación heridos por la misma bala, la de la lectura o el visionario. Uno se siente identificado al notar la aguda visión de Gracia Mosteo, esta vez sobre el poeta transmutado en primerizo novelista: Los poetas que se pasan a novelistas, con sus primeras novelas inevitablemente autobiográficas, en la segunda se sueltan de la mano de los recuerdos. Tiene usted razón. 

Gracia Mosteo cierra su particular mapa con el reconocimiento al noble oficio de perdedor y consejero. En un mundo donde la literatura se ha vuelto un asunto escrupuloso para minorías ruidosas, el autor prefiere dejarse guiar por la generosidad visionaria de talentos puros y humildes como Mariano Gistaín y Ricardo Díez. Mientras el río de Ángel González se aleja hacia el olvido, este libro queda como un almanaque imprescindible. Una guía de resistencia para mitómanos insomnes.


José Luis Gracia Mosteo, La leyenda del lugar inexistente (Postales y patrañas del Parnaso), Zaragoza, Éride, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

El ladrón de la belleza

10 de junio de 2026 08:34:44 CEST

El poeta vallisoletano, “poetófilo pre-postromántico”, según él mismo, Luis Alonso lo ha vuelto a hacer, ha cometido de nuevo, repetidamente, con alevosía y a traición, el delito de apropiación literaria indebida con fines de aprovechamiento personal, como hiciera en su deslumbrante Joyas robadas, ahora bajo el título, un tanto hiperbólico y ya delator de que ha continuado con el saqueo, Robé todo lo que leí. A partir de frases memorables de todo tipo va tramando una urdimbre, gobernada por la afinidad o el puro azar, como cualquier existencia, que a su vez traza un balizamiento biográfico y de su pensamiento, en un ejercicio harto original, mediante breves entradas numeradas, trescientas ocho en total, compuestas con un estilo ameno, en permanente estado de gracia y con el aderezo añadido de un humor muy sano.

Lo fragmentario, como indicio de una escritura rizomática, está claramente en auge en el género narrativo contemporáneo, es un semillero de subgéneros novedosos, híbridos, aun sin organizar y encasillar, pero que tiene éxito desde el reconocimiento del microrrelato o la notoriedad del aforismo. De uno de los pioneros en este arte del bloque narrativo en corto, Pascal Quignard, toma el título el libro que nos ocupa; el más destacado cultivador en español, Enrique Vila-Matas, cuyo Bartleby y familia aparece en el cuarto parágrafo, es el prosista de cabecera, junto a Jorge Luis Borges, de Alonso, para quien su quehacer respondería, con arreglo a la contracubierta, al género, “promiscuo”, de las “bibliomemorias”, pero bien podría hablarse, qué sé yo, de diario heterodoxo de lecturas con aire de divertido palimpsesto.

Se me antoja, en suma, agenérico, imposible de catalogar o encuadrar, como los maravillosos ensayos descoyuntados de Mark Strand o los impagables pecios ferlosianos, que en tanto tiene, en ambos casos. En el certero prólogo de Joyas robadas, Gustavo Martín Garzo lo calificaba como “manual de iluminaciones”, con mucha propiedad, porque en efecto todos los fragmentos de “material disperso”, engarzados temáticamente, constituyen, a mayores de prueba palpable del increíble dominio de letra e imagen del autor, un compendio entretenido, ingenioso y sugerente, no hay apuntamiento del que no se pueda extraer algo sustancial.

En cuanto a la estructura, el autor recurriría en su descargo, con su gracejo y donaire salerosos característicos, a la memoria de una de las películas fetiche de su niñez, que tanto le impresionara en el cine Omy de Medina de Rioseco, ay, hace muchos años cerrado, Tarzán de los monos; alegaría que como el protagonista ha avanzado en su escritura de liana en liana. O bien que le recuerda a las fichas de dominó en cualquier bar de entonces, en la sobremesa, un sol y sombra y un farias de dopaje. En realidad, se trata de una especie de encadenado fílmico, con los fragmentos enlazados por atracción semántica.

De cualquier manera, Alonso, talento e inteligencia siempre despiertos, se mueve como pez en el agua en estas lides, a la espera del encontronazo feliz con el hallazgo, un poco a la que saliere unamuniana o más bien en plan serendipia, que “consiste en salir en busca de una cosa y encontrar otra, casi siempre mejor”, como en el chiste vasco de las setas y el Rolex, sin descartar que responda a algún principio de la cuántica o de la teoría de redes que se nos escapa al común de los mortales y sospecho que también a los especialistas.

Con este formato, la calidad e interés dependen de la amplitud de miras del escritor, que afortunadamente, en este caso, es mucha. En este sentido, el libro es un chollazo, por menos de veinte euros nos llevamos a casa un alhajero de primera, con un rimero de ideas perspicaces, ocurrentes, divertidas, surgidas a raíz de algo leído o escuchado, cazado al vuelo. Para abrir boca, nos ofrece una frase desportillada, de las suyas, genialoide de forma involuntaria de la difunta Lola de España: “Hagas lo que hagas, abstente a las consecuencias”. No menos desopilante es la siguiente perla disparatada con la que nos obsequia, procedente de un alumno bachiller, de su mujer, que “atribuyó a Luis Cernuda una obra que, de haberla escrito este, hubiera sido definitiva: Deseo la acción de la quimera”. Y podríamos glosar con deleite una a una de las siguientes.

Alonso frecuenta los mejores caladeros de diarios, blogs, reseñas, artículos de opinión, viñetas o muros de Facebook para cobrarse y convidarnos a las piezas más lucidas y sabrosas, los títulos son su debilidad. Epicúreo y disfrutón, pesca de todo, de todo lo bueno, en cualquier sitio, con preferencia por lo musical (lo mismo se arranca por soleá, bulería o fandango que por bolero, copla, jazz, cuplé, tango o ranchera, que por su Billie Holiday o sus cantautores favoritos, por Imperio Argentina hasta Rosalía) y lo literario (poetas a decenas, como Anne Carson, Wisława Szymborska, Brines o su cofrade Luis Ángel Lobato; novelistas a porrillo: Valle-Inclán santificado, Umbral, Tabucchi, Landero, Lucia Berlin, Scott Fitzgerald, la Tocarczuk, Sara Mesa…). Echa el anzuelo además en multitud de campos: slóganes publicitarios, principios de física teórica, noticias de actualidad, proverbios orientales, la pintura o la IA, quién da más. Para derivar en una temática variadísima: de los relojes a los amores veraniegos o en triángulo, de la siesta a la inspiración, del subjuntivo al silencio, de la bebida a los viajes, de las fake news a las distopías, de los laberintos a las floristerías, de la nostalgia al adverbio, por poner algunos derrotes.

Para regodeo de antemano de sus agradecidos lectores y lectrices, este avezado narrador, letraherido contumaz (me temo que a él no le gustaría, por pedantesco y rimbombante, letraherido, preferiría, supongo, logolascivo), pues con diecisiete primaveras se zampó de un bocado nada menos que el Canto general nerudiano, así que irreductible, ha aireado que, en lugar de rehabilitarse de su vicioso descarrío como merodeador y “carterista de citas”, sigue perseverando en su impenitente propensión a la reincidencia, al declarar que está atesorando otro botín con el que cerrar con garantías y por todo lo alto una trilogía. Habida cuenta del intervalo de ocho años transcurrido entre las dos entregas editadas, esperamos con impaciencia que la demora sea menor, de tal manera que el alijo de remate, a buen seguro igual de nutrido y brillante, otro festín de referencias y reflexiones provechosas, otra mina en la que hasta lo que tiene pinta de baratijas o bisutería de mercadillo se transforma, a compás o por medio de elegantes driblings, gracias a su palabra, en diamante en bruto u oro de ley, vea la luz lo antes posible.

 

Luis Alonso, Robé todo lo que leí, León, Eolas, 2026.

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Fermín Herrero

La voz del exilio

9 de junio de 2026 15:08:53 CEST

 



Están aquí y allá: de paso,

en ningún lado.

Cada horizonte: donde un ascua atrae.

Podrían ir hacia cualquier fisura.

No hay brújula ni voces

Ida Vitale 

 

 

 

La literatura del exilio siempre se ha hecho así: entre dos mundos, con un lenguaje doliente, herido, con voces de aquí y de allá. Está marcada por la soledad, la nostalgia, la tenacidad por reconstruirse en cualquier parte, lejos de casa. No soy exiliado, pero como inmigrante me identifico con aquellos que echan raíces de inmediato, aunque no dejen de soñar con el regreso al terruño. Me solidarizo con su espíritu de resistencia y optimismo ante la incertidumbre, el vacío, la adversidad. La literatura de los exiliados, como la de los inmigrantes, está hecha de ganancias y pérdidas, choques culturales, sueños incumplidos y promesas. Se talla en el presente, en el hogar de adopción, en nuevos escenarios y con otros registros, diferentes a los del origen, pero en el momento menos pensado vuelve la mirada sobre el hombro y descubre intacto el pasado, ese ayer que no acaba de irse nunca y nos marca para siempre.

Eso y más hallamos en la literatura de Ida Vitale y Gustavo Pérez Firmat. O en la de Juan Gelman, Angelina Muñiz Huberman, Raúl Zurita y Claribel Alegría. En todos ellos, la letra expone las fracturas ocasionadas por el desplazamiento. Las heridas supurantes, los cortes que no terminan de cerrar. Lo que se atrofia. Lo que no se puede recuperar. El exiliado escribe para conectarse con el lugar del que proviene, aunque este ya no exista y sea, más bien, una figuración, un hogar inventado que poco o nada tiene que ver con la realidad del presente. Su literatura está marcada por el sentimiento de saber que no pertenece porque proviene de otra parte, sin importar el tiempo que resida en el hogar de adopción. Su sentir es, invariablemente, el de aquel que está de paso, aunque hayan pasado muchos años desde la llegada a ese otro país que a veces, en ciertas ocasiones, parece suyo.

En Una casa lejos de casa. La escritura extranjera (Valencia: Ediciones Contrabando, 2020), Clara Obligado reflexiona sobre la no pertenencia de los exiliados, sobre su lengua y su literatura. “Llegar a un país desconocido es triste y adánico, temible y apasionante, antiguo e inaugural. Morir de añoranza y curiosidad. Caminar por un bosque de comparaciones” (74-75), sostiene la escritora argentina, exiliada en Madrid desde 1976.[1] Es vivir en un mundo de analogías, donde hay que desarrollar, por necesidad, una visión doble de la vida. Incluso si llegas a un país donde se habla tu lengua, pronto entiendes que las palabras no siempre tienen el mismo significado ni suenan igual que en casa. Porque es posible ser extranjero en tu propio idioma, reflexiona Obligado, y tiene razón. La supervivencia de todos los que hacemos el hogar en tierras nuevas depende de convivir con otros acentos, apropiarnos de otros modismos, nombrar de manera distinta, aceptando la condena de la incomprensión y la perenne consigna de ser el otro, el foráneo, el que no pertenece, aun si por momentos parece incorporarse a la cultura dominante.

El libro de Clara Obligado nos hace pensar en las estrategias de los hombres y mujeres que, al verse desplazados de la patria, pasan por una especie de “mestizaje íntimo” (78), un choque o encuentro de idiomas, expresiones culturales y dialectos que solo tienen sentido para aquel que habita dos mundos a la vez, o que se sitúa justo en el medio de ellos. En la frontera. En el intersticio. El escritor que se halla en esa situación debe crear “un puente de palabras” (81). Para poder nombrar, para dejar que el idioma de la infancia converse, en el reino de los afectos, con el de la vida actual, con aquel que nos toca habitar. Solo así es posible sortear la incomunicación, los equívocos lingüísticos, las palabras que se abandonan porque los nuevos interlocutores no las entienden, o las que se adquieren por costumbre o por necesidad, para que la comunicación fluya y no cause desconcierto, malestar. La pérdida del hogar y la falta de pertenencia se observan ahí: en la lengua del exiliado, en su forma de conjugar, en el nuevo acento que adopta como estrategia de supervivencia, o en las cadencias de antaño a las que se aferra, en las palabras que ahora utiliza, en las que traduce diariamente, en cualquier conversación donde sigue siendo un extranjero. Es un tema al que vuelve Clara Obligado con insistencia, como vemos en Todo lo que crece. Naturaleza y escritura (Madrid: Páginas de Espuma, 2021), en Tres maneras de decir adiós (Madrid: Páginas de Espuma, 2024) y en Exilio, ilustrado por Agustín Comotto (Páginas de Espuma, 2026). 

No menos punzante es Sandra Lorenzano al reflexionar sobre el exilio en su novela Saudades (México: FCE, 2007), donde una mujer intenta reencontrarse en un mundo hecho de ausencias, pérdidas y desaparecidos. Lo hace recurriendo a su lengua madre, aunque esta, por momentos, pareciera extranjera. Y lo hace también en su poemario Vestigios (Valencia: Pre-Textos, 2010), donde las voces y murmullos apenas se acercan a la tierra prometida y las palabras nunca parecen suficientes para describir una tragedia. En Herida fecunda, libro ganador del XV Premio Málaga de Ensayo “José María González Ruiz” 2023 (Madrid: Páginas de Espuma, 2024), Lorenzano vuelve al tema del exilio con una prosa poética que busca desesperadamente retratar los dilemas de aquellos que se ven obligados a dejar el hogar para echar raíces en otra parte. Al llegar a México en 1976, a los dieciséis años, Lorenzano hace todo lo posible por encajar, por hablar como los adolescentes mexicanos, y en gran medida lo consigue… pero a la larga reconoce sus carencias: “Perdí la lengua en algún lugar de estos diez mil kilómetros que me separan del pasado” (13). Pensando en las pocas cosas materiales que los exiliados pueden meter en una maleta antes de partir, la escritora siente que lo único que lleva consigo es el cuerpo y la palabra. El resultado de habitar perenemente una zona intermedia, el “entre”, el “in-between” de dos mundos distintos, se observa sobre todo en la lengua: “Hablo dos versiones del mismo idioma. Contaminados siempre uno por el otro, por mucho que intente mantener claras las fronteras” (42). Su escritura, hecha de otras huellas e idiomas perdidos, restos, vestigios, es su tabla de salvación, el vehículo que le permite volver a casa, para recuperar aquello que no fue pero que bien pudo haber sido. En otras circunstancias. Si la vida hubiera sido de otro modo, con otra gente, otras vivencias, otros cariños.

Ser hija del exilio es para Lorenzano vivir siempre lejos, con la certidumbre de que “lo seguro se vuelve inestable” (60). Es el naufragio, un hueco en el pecho, el vacío que dejan las despedidas en el aeropuerto y el deseo de volver. ¿A dónde? Nunca se trata de un lugar concreto, explica la escritora que se define a sí misma como argenmex, sino a un tiempo psicológico: “A la vida que no tuvimos” (81). El exilio es, sobre todo, una herida abierta, y en los mejores casos “fecunda”, una cicatriz en la que se aprecia el zurcido de la memoria. Una marca que esconde y revela el antes y el después de la partida. Una huella indeleble donde se ve el arraigo y el desarraigo, la dislocación, el desplazamiento, el anhelo de pertenecer y la imposibilidad de la pertenencia. Los que nos vamos de casa para no volver sabemos que es cierto, que debemos lidiar con estas incertidumbres toda la vida. No solo eso: “Quien ha sido desterrado, migrante, nómada, sabe que puede volver a serlo en cualquier momento. O, mejor dicho, que nunca dejará de serlo” 127). Tal vez por eso mismo el libro de Lorenzano está hecho de fragmentos, de retazos de ayer y de hoy, de experiencias propias y ajenas, halladas al caminar junto a algún eterno peregrino. En él las palabras queman, duelen y solo a veces sanan. Son suyas pero también de Clarice Lispector, Sylvia Molloy, Antonio Machado. Y de otros, muchos otros. Porque el exiliado busca una familia alternativa dondequiera que esté, y en las voces de esos otros, migrantes, desterrados, encuentra el abrazo, el calor de casa, la lengua perdida, el aliento para seguir respirando.

Para María Zambrano, la gran filósofa española que vivió un largo exilio debido a la Guerra Civil, el exilio comienza con el abandono, o con la sensación de sentirse abandonado. Es constatar que hay una insalvable distancia entre el presente y la patria perdida, y que el único destino del desterrado es peregrinar, sin puntos de apoyo, solo al fondo de la historia. El exiliado debe inventarse otra vida allá a donde va, enraizando una y otra vez, viviendo a la intemperie, entre escombros, refugiado en el silencio, pese a lo que parezca. Por eso mismo Clara Obligado siente que el exiliado es una versión distinta de aquel que fue. Al analizar una conversación con otros amigos exiliados, piensa: “Somos los otros de nosotros mismos… Ha llegado el momento en el que no sabemos qué es ir, qué es volver. Entre tantas otras cosas perdidas, hemos perdido el habla común” (115). ¿Cuántos de nosotros que vivimos lejos del hogar no sentimos algo parecido y recurrimos a palabras en desuso porque son las únicas donde aún nos reconocemos? ¿Cuántos no perdimos la voz, las cadencias de nuestro idioma, por el contacto con otras lenguas o para no desentonar con la gente de nuestro alrededor? 

Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy. Por todo y a pesar de todo, mi amor, yo quiero vivir en vos… Para Sandra Lorenzano el exilio es el miedo a volver y el miedo a no volver, el regalo de estar vivos, pero distantes de casa. Es la condena de vivir con la ausencia perpetua, envejecer “lejos de los testigos de la infancia. Sin la mirada que nos reconoce” (89). Pensando en las lenguas que habita, en las palabras que la traspasan de un castellano a otro, en su afán de pertenencia y en la imposibilidad de ser de un solo lugar, Lorenzano quisiera quedarse muda justo antes de la hora final: “Que otros escriban la gesta heroica de la resistencia y los exilios. Que otros más insistan en los gestos plañideros y las etiquetas. Si digo que me quedé tartamuda, ¿me entienden?” (160). Los que vivimos lejos de casa sabemos por qué lo dice. Entendemos su balbuceo, su identidad dividida, repartida entre varias partes de uno mismo. Es la voz del exilio. Entrecortada. Llagada. Potente. Engendrada en el intersticio del día a día, hecha de humo y ceniza, de todo aquello que hoy somos y de aquello que pudimos haber sido.  



[1] Cito de la sexta edición de su libro, publicada en 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Oswaldo Estrada

Burbáguena blues

4 de junio de 2026 10:17:41 CEST

Sobre la creación de la poesía, sobre el poeta y la poesía, Enrique Villagrasa (Burbáguena, 1957) escribe y lee: todo lo que ha pasado por delante de sus ojos, clásico y canónico, más todas las nuevas corrientes de poesía española. Desde su trayectoria como crítico, como codirector de la colección de poesía “Rayo azul” (Huerga & Fierro) junto a Óscar Ayala. Su obra más reciente incluye Queda tu sombra (Huerga & Fierro, 2019), La poesía sabe esperar (Igitur, 2019) y Fosfenos (Huerga & Fierro, 2024). 

Este volumen, En la esquina del verso (PUZ, 2026), publicado en la colección “La gruta de las palabras”, es uno de sus mejores libros. Comenzar con Miguel de Cervantes y dedicar el primer poema a Nacho Escuín. Indicativo de la situación desde la que el lector parte: “Solo vivimos y solo morimos, / consumidos por el poema no escrito”. Una imagen que siempre acude, ¿es el sonido del ahogo?: “El cadáver / del tiempo florecía”. Sobre el mar y el tiempo, pedir y escuchar, verbos y sintagmas que complementan al autor que, hermético, se desliza en la acción, en la sumisión del poema: “Que busca tu rostro ausente, / como el mar en su decir y desdecir” y atrapado por la mutación de lo euclídeo utiliza una palabra, Ucronía, que florece en un verso como el futurismo, como Giuseppe Ungaretti, una página en soledad, subversiva: “La fría mañana / nace sorprendida camino de la fuente”. 

Volver a otro tema, volver a otro verso, Enrique Villagrasa, con un camino recorrido, vital y poético, una larga trayectoria, recordar Fosfenos, la manera en la que enlaza el final de un poema con el verso inicial del siguiente. Un juego en el que Villagrasa nos hace cómplices. ¿Qué hace la poesía? Ofrece belleza, pero también es exigente: «Y el poema tendrá su revancha». Denuncia que los poetas ya no leen: con exclamaciones y preguntas, Enrique Villagrasa, ofrece paciencia, pero se muestra exigente en sus lecturas, más allá del camino cartesiano: «Es posible que el mundo defina / al mundo». 

Conforme avanzamos en el poemario la geografía emocional aparece y se convierte en determinante lírico, Jiloca (el mar y el tiempo): “Y allá en la misteriosa playa blanca, esa Belleza / no envejece el mar ni sus labios violeta”. Ritmo de verso larga, trepidante sobre las sílabas, allí, del Jiloca, puñal que arrastra el recuerdo del mar hasta Burbáguena. Villagrasa, de Tarragona a Burbáguena. Del Mediterráneo a la frontera, entre Teruel y Zaragoza. 

Nos adentramos en el poema IV, recogemos el verso: “En la gruta feroz de las palabras” madre que riega, “No te olvides de apagar el verso cálido / cuando abandonas el portal de su casa”. ¿Lo divino, lo cotidiano, la primavera tiene un apellido de verso frío? «El poeta es aprendiz: / cementerio de Burbáguena, / para ser amado». La distancia del oleaje, el recuerdo del mar: «Aquella ola que acaricia era salada: / ese mar incompleto pues faltan sus pasos». La poesía es luz, luz es Burbáguena (toda la luz, la poesía y Burbáguena): «Acaso tu niñez en Burbáguena no es el territorio de lo indecible? / ¿Acaso tus libros; cada uno, no está contenido/en el anterior; / y Fosfenos no contiene al siguiente sino?». 

El final del libro, desemboca en una geografía, una intensidad situacional de versos demoledores, de amparo en el recuerdo, contraste de oscuridad y mañana: "De noche tal vez sueñes con ella: / esa enloquecida ciudad y su mar./ Reconocer su voz fue tu rescate./ Y sin embargo amas su luz mediterránea”. Cerrar el texto, casi cerrarlo más bien, con un listado de referentes, de amigos y compañeros de viaje, de citas y protecciones: Juan Antonio Tello, Alfredo Saldaña y, de nuevo Nacho Escuín. 

Esa manera de intercambiar, de mirar de otro modo, de alimentarse del cierzo de Burbáguena como otros lo hacen del Ebro en Logroño, miradas diferentes en espacios distintos, es una manera eficaz de defender la poesía, como también extrapolar lo próximo, lo íntimo, al mundo: «El mundo es un dédalo de cenizas, / una geometría de escombros». Es este uno de los grandes libros de la notable obra de Enrique Villagrasa, lector y crítico, hoy, aquí, en estas páginas, impactante redactor de su tiempo, de su intimidad poética. 

 

Enrique Villagrasa, En la esquina del verso, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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