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Configurar sentido descendente

El sincero misterio de la poesía de Lola Mascarell

10 de diciembre de 2018 09:08:58 CET

 

Rescatar lo banal es la ambición de todo poeta lírico.

Charles Simic.

 

Intento no pensar en lo que pienso.

Lola Mascarell

 

 

Sencillo misterio el de estos 44 poemas que Lola Mascarell nos regala en su último libro: Un vaso de agua, título que es en sí mismo ya una declaración de principios, título transparente (preciosa la viñeta de la cubierta de José Saborit, ese vaso cotidiano, sin pretensiones, sin adornos, vaso escueto y ordinario, vaso sin flor) difícilmente podría encontrarse un título más elemental, más puro, más primordial, Un vaso de agua es a la vez el título del último poema del libro, que un dibujo de Isabel Quintanilla, su contemplación y su recuerdo, provoca en la autora.

 

Una mano dibuja, la otra escribe. Una misma sed. Un mismo vaso de agua que la sacia.

 

De vez en cuando uno se encuentra con algo que no esperaba, con algo inesperado, unas veces por inoportuno y otras porque resulta insólito el lugar donde lo encontramos. Porque insólito es encontrar hoy poesía en un libro de poesía, un género en el que todos somos competentes, “un género que antes era considerado arduo hasta el escepticismo” (Berarnidelli). Hoy la poesía es la gran damnificada de la democratización de la cultura. Desde que todos somos poetas, la poesía se ha convertido en tierra de nadie.

 

A la poesía podemos acercarnos de dos formas. Una es escribiéndola, y la otra leyéndola. Pero la poesía, a diferencia de otros géneros, debemos escribirla como si la estuviéramos leyendo y debemos leerla como si la estuviéramos escribiendo. La poesía, a diferencia de otros géneros, a diferencia incluso de la filosofía, con la que se la suele emparentar, quizá con razón, sin duda con razón, no se hace como se hace por ejemplo una novela, ni se piensa como se piensa un pensamiento. La poesía, dicho heideggerianamente es ser-uno-para-otro, o ser-uno-con-otro. Y el poeta, por su parte, y el lector, por la suya, lo único que puede hacer es descubrirla, sacarla de su madriguera, mostrarla, antes de que vuelva a escapársenos. Quizá se parezca más a la pintura, “arte de la luz”. Porque a la poesía hay que acercarse con humildad, sin exigencias, a la poesía no se la puede obligar, no se la puede forzar, ni tampoco suplicar, la poesía viene cuando quiere y se va cuando quiere. La poesía es como el amor, hay que merecerlo, y como el amor te lo encuentras un día sin saber por qué, y al día siguiente lo pierdes sin saber por qué.

 

Pero siempre hay un por qué. Una pregunta en el aire. Un recuerdo que se olvida.

 

La poesía no es un género literario.

 

No, no me estoy alejando del libro de Lola, me estoy acercando a él, me estoy dejando envolver por él, me estoy bebiendo el vaso de agua que me ofrece.

 

Por lo demás, no trato de convencer a nadie de nada que no esté ya convencido. Sólo quiero exponer una idea acerca de la poesía, una idea sencilla, una idea que no es mía, y que ya Valéry expresó en estos términos: “la poesía no tiene como objetivo comunicar un “pensamiento”, sino provocar en el lector un estado emocional que corresponda a un pensamiento análogo (y Valéry subraya la palabra análogo, es decir, no idéntico).

 

En este mundo, nos dice Lola Mascarell, hay cosas.

 

Una silla, un costurero con dibujos florales, un delantal, una lámpara, una colcha, un armario, unos zapatos, un vaso de agua…

 

Hay una balaustrada junto al mar.

 

Hay deseos. Antes de dormir – el rumor de lo líquido.

 

No alcanzamos la cumbre.

La cordura nos hizo regresar.

Cada renuncia eleva

la cima en la que crece tu deseo.

 

Hay remordimientos.

 

Hay nostalgia. Una nostalgia inmensa, repentina, / de todo lo que nunca sucedió.

 

Hay desesperación, hay euforia, hay confianza, hay sospecha, hay dolor, y hay, ay, a veces gran amor, hay poesía. Mejor dicho hay palabras que destilan la experiencia y llegan a convertirse en poesía.

 

Palabras que celebran también lo cotidiano, el viento entre las ramas, las luces y las sombras, unos cuerpos en la arena, unas pisadas, el sueño que no llega.

 

Y el misterio.

 

De pensar y pensar / en lo absurdo de estar para marcharse.

 

Lola Mascarell sabe que desentrañar el misterio no está en su mano, sabe que no está en manos de nadie, que su misión consiste sólo en constatarlo, en señalarlo:

 

Detente en tu camino / y habita ese misterio.

 

En advertir su presencia.

 

Otras veces es la soledad.

 

Otras el amor.

 

Hay poemas en este libro que te desarman, poemas que te inquietan, poemas que te emocionan, poemas que te calman, poemas que te reconcilian, poemas que te desasosiegan, aunque ya supongo que no serán los mismos para todos. Ese también es su misterio.

 

Sencillez, es para mí uno de esos poemas.

 

Y quiero escribir cosas

como que hoy hizo frío

 y que empieza noviembre.

 

(…)

 

 Escribir por ejemplo

 que el día se termina,

 y que no pasa nada.

 

Y bastará tu nombre.

Unas páginas más adelante nos tropezamos con Y bastará tu nombre, de resonancias místicas, cuyo verso final resuena en nosotros antes de leerlo: para sanarme. Y entonces volvemos a leer el poema y recitamos, como en una letanía, cuántas veces, cuántas veces, mientras se van sucediendo tu nombre y la herida y mis desvelos y el manantial y la sed… La autora ha sabido combinarlo todo con tanta sabiduría y sutileza que vamos leyendo, confiados sin saber adónde, hasta los dos versos rotundos que cierran el poema y nos dejan transidos de emoción: cuántas veces, amor, / para sanarme.

 

Hay poemas que empiezan con un nudo en la garganta, como decía Robert Frost. Y otros que terminan con un nudo en la garganta.

 

Voy de paso por sendas y caminos,

de paso entre las rocas, de prestado

por estos caminales

repletos de memoria y de pisadas.

 

Voy tratando de asir alguna cosa,

una rama de árbol,

una breve emoción, algún recuerdo,

un pájaro, una piedra, una pisada,

una mínima prueba que me deje

saber que estuve aquí, sólo de paso,

y que nada era mío.

 

Una mano que dibuja, otra que escribe. Un vaso de agua. Un libro de poemas en el que hay poesía. Poesía primordial, poesía transparente, poesía clara como el agua clara del vaso que nos ofrece.

 

Y que conste que “yo no creo en la poesía. Yo creo únicamente en la poesía que me hace creer en ella.” (Berarnidelli).

 

 

Lola Mascarell, Un vaso de agua, Valencia, Pre-Textos, 2018.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Manuel Arranz

Amor al cine

23 de noviembre de 2018 14:06:26 CET

Desde hace más de diez años, la bitácora 39escalones. Reflexiones desde un rollo de celuloide se ha convertido en una referencia para cuantos estamos interesados en el cine y buscamos un lugar en el que las películas de las que se da noticia son analizadas o revisitadas y lo son con un rigor y precisión sobresalientes, amén de estar trufadas con un toque de humor que convierte en una delicia la lectura de cada una de las entradas que se van publicando. Con posterioridad al inicio del blog, allá por 2011 apareció el libro 39 estaciones. De viaje entre el cine y la vida, editado por la zaragozana Eclipsados, en el que se recogían textos de índole cinematográfica, variados y siempre acertados, que suponían la plasmación en papel de lo que aparecía en la pantalla. Detrás del blog y de ese primer acercamiento literario que decíamos está el crítico de cine Alfredo Moreno Agudo, quien acaba de publicar, a finales de 2017, su primera novela, titulada Cartago Cinema, una obra en la que confluyen casi todos los géneros cinematográficos y que es una velada declaración de amor al cine, que no anda a la zaga de otras obras tan recordadas como Cineclub (David Gilmour), El cinéfilo (Walker Percy) o Triste, solitario y final (Oswaldo Soriano), por citar algunos clásicos.

La novela se sitúa en diversos planos temporales y espaciales, juega con la sorpresa, la alusión y los guiños y homenajes cinematográficos (cada lector pondrá rostro a los personajes según lo que estos le sugieran o recuerden o asociará algunos pasajes con secuencias cinematográficas), pero sobre todo es una novela sobre el cine, de un cinéfilo que ha visto, estudiado y conoce con exhaustividad y rigor la historia del cine y sabe narrar con amenidad no exenta de humor (los impagables diálogos telefónicos entre el personaje del guionista Elliott Gray y el productor Bufford Sheldrake dan buena muestra de ello). Cada capítulo tiene el título de una película que trata sobre el propio cine e incluye desde clásicos (Cautivos del mal, El crepúsculo de los dioses…) a producciones más recientes (State and main o Un final made in Hollywood, por ejemplo), además de un fragmento dialogado de otra película. Al final del libro, se añaden unas notas en las que figura una breve sinopsis de cada una de las películas cuyo título ha aparecido al comienzo de cada capítulo.

La trama narrada es compleja y gravita en torno a varios personajes ligados al cine que se encuentran en una situación límite, al margen del sistema y de la forma de hacer cine hodiernos que fueron sustituyendo al Hollywood clásico desde los finales de los sesenta, ese cine que vio la eclosión de una nueva generación, la de los Scorsese, Coppola, Pollack, Bogdanovich, Cimino o Altman, y de la que el protagonista de la novela, John Ferris Ballard, un director de culto con una breve pero exitosa carrera, sería uno de ellos. Curiosamente, algunos de los directores antes citados vuelven a la primera plana en estos últimos tiempos por algún premio (caso de Scorsese con el Princesa de Asturias) o de alguna reedición de algún libro (por ejemplo, el John Ford de Bogdanovich). Estos y otros directores coetáneos tuvieron dificultades para hacer cine en años venideros –algo parecido le sucedió a Hitchcock o a Wilder- y John Ferris Ballard no sería una excepción, pues es un director de escueta obra, convertido en autor enigmático y misterioso, que vive retirado y recluido en Francia, ajeno al mundo del celuloide y sin opciones de volver a rodar de nuevo.

El inicio de la novela, con la noticia de su muerte, nos lleva ya hacia el pasado, pues a partir de ahí se narran sus últimos días y su última aventura, cuando accede a rodar una película para un productor de los viejos tiempos (Bufford Sheldrake, de la Golden Masks) siempre y cuando más adelante se le permita a él retomar un antiguo proyecto que anda varado, en compañía de su fiel guionista y amigo, Monty Grahame, que también vive con él en su retiro francés. Lo que se halla detrás de ese encargo no es sino un intento del productor de volver a conseguir un éxito de taquilla recuperando para ello a Ferris Ballard, aunque este no sabemos si está muy de acuerdo con ese propósito o si tiene otros intereses. Para ello, el guionista Elliott Gray será el mediador y encargado de aliviar tensiones y evitar malentendidos, a cambio, claro está, de una recompensa, que será poder rodar también otro viejo proyecto. Como vemos, todo está entrelazado y todo depende de la voluntad de Ferris Ballard para llegar a buen puerto. Lo que no está tan claro es que este quiera o tenga esa idea en la cabeza, que vea en esta ocasión la última oportunidad para otro proyecto o para ajustar cuentas con el pasado.

Y es aquí, en ese motivo que mueve la novela, en donde irán apareciendo las diversas tramas y los muy variados a la vez que bien definidos personajes que acompañarán al protagonista, convirtiéndose ellos mismos en actores principales, pues la narración está enfocada desde el punto de vista de Gray (que curiosamente sufre acromatopsia, es decir, que ve la vida en blanco y negro) y convierte a Martina Bearn, la enigmática secretaria asignada a Ferris Ballard, en pieza clave de toda la historia, confiriendo así a este personaje un estatus primordial, por encima del misterioso y escurridizo director, presente y ausente a partes iguales, desde el inicio con un flashback. A lo largo de las páginas siguientes iremos viendo cómo se ha ido forjando la personalidad de Ferris Ballard, qué importancia tiene España y más en concreto un pueblecito de Zaragoza (Sabina de San Jorge) o por qué para todos ellos –los guionistas Gray y Grahame, la ínclita Martina Bearn, el mentado Ferris Ballard o el propio Sheldrake- es esta una última aventura, romántica y casi atemporal, en unos tiempos estos que ya no son los de entonces y que no admiten actitudes y personajes como ellos, salvo que se adapten y cambien (que es lo que hace el hábil Bufford Sheldrake, tratando de sacar réditos del aura de director maldito de Ferris Ballard). Son pues, personajes muy en la línea de los de Peckinpah (Grupo salvaje) o John Huston (Vidas rebeldes me viene a la cabeza, pero también y desde luego Cazador blanco, corazón negro, de Eastwood sobre un libro de Peter Viertel a cuenta del rodaje de La reina de África), en las últimas, pero contumaces y decididos en su forma de pensar y actuar.

Cartago cinema es una novela asombrosa, que es en sí un homenaje y una declaración de intenciones sobre qué es el cine, por qué este es tan importante en la vida de tantas personas y, sobre todo, es una obra magníficamente escrita y documentada, que permite al lector ir recordando pasajes, escenas o rostros conforme va avanzando la narración y en la que al final uno termina volviendo a esa vieja idea que dice que el cine es la vida que no hemos podido vivir o la que nos hubiera gustado, al menos, haber intentado.

 

Alfredo Moreno Agudo. Cartago Cinema. Zaragoza, Mira Editores, 2017,

Escrito en Sólo Digital Turia por Pedro Moreno Pérez

Harari y el boom de la gran Historia

5 de noviembre de 2018 08:57:28 CET

Con De animales a dioses y Homo Deus Yuval Noah Harari ha conseguido un doble éxito. En primer lugar, se ha convertido en el ensayista más leído y traducido de esta década (34 traducciones y decenas de ediciones). Líderes mundiales como Obama, Merkel y Macron se han interesado por su obra y entrevistado con él. En segundo lugar -y esto es lo más importante- ha puesto en la agenda de las humanidades una disciplina relativamente nueva: la gran historia.

            El éxito de Harari es merecido e indiscutible. Pocos intelectuales -quizá ninguno- han tenido el impacto tan rápido y profundo que ha tenido él en apenas cinco años y siendo todavía joven (42 años). Por supuesto, su propuesta tiene aspectos polémicos y aun criticables. Se le ha criticado su sensacionalismo, sus descuidos o su simplificación del budismo -Harari se declara budista-. Y son críticas justas, aunque deben quedar en un segundo plano respecto a sus méritos. De sus méritos conviene destacar que Harari es un magnífico divulgador. No es un investigador. Es un excelente escritor y sus libros -al menos, el primero- están escritos de manera que su lectura resulta muy agradable sin descuidar su prioridad, que son los contenidos. Su propósito es reflexionar a la vista de los datos que disponemos acerca de la gran evolución de la humanidad sapiens. Y es en esa dimensión reflexiva donde se le puede señalar la tendencia al sensacionalismo. Claro está que sin ese sensacionalismo el grupo editorial Penguin Random House no se hubiera interesado en la aventura de editar y publicitar mundialmente su obra. Pero es justo reconocer que, para lectores cultos, resulta excesiva la atención dedicada a ciertos fenómenos de escaso relieve, como el proyecto de establecer una colonia en Marte en 2025 o ciertas prácticas de ingeniería genética. También es criticable la gestión editorial de sus libros -que Harari atribuye a su marido-. Homo Deus es una repetición del primero, con novedades escasas y poco relevantes. Y algo similar cabe esperar del tercero, del que ya se ha avisado que es una colección de artículos y entrevistas, para que nadie se llame a engaño.

 

Las lagunas de Harari

            Quizá la crítica más relevante que cabe hacer del discurso de Harari sean sus lagunas. Harari ha visto bien que la gran evolución de la humanidad sapiens se ha basado en saltos. Esto es, que ha pasado por etapas cuyos momentos de transición han supuesto revoluciones. Las dos primeras revoluciones están muy bien descritas en De animales a dioses -que, por cierto, era el título que el autor quiso dar al libro y no el de Sapiens con el que han aparecido casi todas las traducciones-. Se trata de la revolución cognitiva -el Paleolítico- y la revolución agraria -el Neolítico-. Sin embargo, apenas ha prestado atención a la revolución ganadera. Esa revolución que llevó las lenguas indoeuropeas desde Irlanda a la India fue posible por la aparición de la ganadería y del carro de cuatro ruedas y su epicentro fueron, al parecer, las estepas entre el mar Negro y el Caspio. Es evidente que la ganadería tuvo que suponer un gran impacto. Por el cambio nutritivo y porque los ganaderos suelen ser violentos y guerreros. Con ellos nace el fenómeno que llamamos guerra y con ella las federaciones de tribus que después hemos llamado naciones. Con esta revolución la desigualdad da un salto cualitativo. Las culturas de agricultores son mucho más igualitarias, como puede comprobarse en las necrópolis de unos y otros. Basta recordar la Iliada con el interés por el botín y por el ganado y el culto a los héroes, que serían enterrados con sus tesoros. La moneda homérica son las cabezas de ganado. En el canto VI de la Iliada Homero se ríe del intercambio de regalos entre el troyano Glaucón y el aqueo Diomedes, porque aquel lleva sus armas de oro y este de bronce, y añade que el intercambio de armas es el cambio “de nueve novillas por toda una hecatombe”.   

            Falta también en Harari la debida consideración de la revolución de la historia. El paso de las sociedades fundadas en la tradición a las sociedades innovadoras, que se acompañan de la transición del calendario lunar al calendario solar, de la irrupción del monetarismo, del mercado internacional, de las disciplinas académicas, de la escritura y, con ella, del libro, y del pensamiento crítico, entre otras cosas, es una de las grandes revoluciones sapiens. Harari no repara en ella. Y algo similar puede decirse de la revolución moderna. Harari presenta la Modernidad como una revolución científica que empieza en el Humanismo. Parece claro que los avances científicos son elementos relevantes tanto en la revolución humanística como en la revolución moderna. Pero esos avances no serían posibles sin las ciudades, el mercantilismo, la filosofía o los nuevos planteamientos estéticos. Y, por supuesto, Harari no repara en el cambio que supone el tránsito de la sociedad estamental a la sociedad de los individuos.

            Quizá la explicación de estos vacíos en la exposición de Harari sea la ausencia de un método eficiente. No basta la erudición -aunque sea necesaria y Harari la maneje con maestría- para dar cuenta del gran proceso evolutivo de la humanidad. Aspectos cruciales también pueden resultar insuficientes. Tal es el caso de la tecnología o de la economía. Las mejores propuestas para esta tarea vienen del materialismo y de la teoría de la imaginación. De hecho, Harari comienza su exposición por la senda de la teoría de la imaginación al llamar al Paleolítico “la revolución cognitiva”, pero abandona pronto esta vía para adentrarse en una selva ecléctica.

 

 La gran historia

            Pero el mayor éxito de Harari no son las ventas millonarias de sus libros, su fama mundial o el reconocimiento de líderes políticos y sociales. El mayor éxito de Harari consiste en haber puesto en primera línea de la agenda cultural una nueva disciplina: la gran historia. La historia, lo mismo que otras disciplinas anexas -la historia del arte o la historia literaria- se han ido diluyendo en estudios hiperconcretos -un autor, la historia local, un grupo, en el mejor de los casos, un periodo-. Esos estudios -monografías- pierden necesariamente la visión de conjunto y, con ella, la capacidad de reflexionar sobre el destino de la humanidad. La filosofía de la historia ha sido una disciplina marginal e, incluso, sospechosa, para el siglo XX. Sin embargo, en los últimos años del siglo XX han aparecido obras magníficas, enormes esfuerzos de investigación y de reflexión. Sus autores han tenido impactos apreciables en el dominio puramente académico. Me refiero a los trabajos de W. H. McNeill, pero también a los de   Fred Spier. La teoría de este último es la más sorprendente e innovadora. Spier no se limita al estudio de las varias humanidades. Va más lejos, a partir del cálculo del gasto energético explica, en términos de un riguroso materialismo, la evolución de la vida en el universo, y la aparición de la humanidad como un paso más en ese proceso. Esta teoría solo puede compararse a la de Darwin por su trascendencia. Los libros de Spier también han sido traducidos, pero no han llegado al gran público. No son libros de divulgación, aunque los puede leer alguien no iniciado en estas materias que tenga un nivel cultural alto. Desde otras disciplinas, grandes pensadores han venido a converger con los objetivos de la gran historia: Norbert Elias, desde la sociología (la gran evolución); Cornelius Castoriadis, desde la teoría de la imaginación; Mijaíl Bajtín, desde la estética literaria (el gran tiempo)… Se trata de pensar el destino de la humanidad sin misticismo (algo que también le sobra a Harari). Hoy esa tarea no es una especulación sin fundamento sino una necesidad para que la humanidad pueda asumir la responsabilidad que le ha caído encima al arrebatar a los dios caído encima al arrebatar a los dioses el timón del mundo y del universo.

Escrito en Sólo Digital Turia por Luis Beltrán Almería

Parasomnia

28 de septiembre de 2018 10:05:47 CEST

una a eme

 

con el hechizo del xilófono

ese que aparece en mis sueños

he decidido recrearte una vez más:

definirte trato

 

como al fuego

 

los primeros hombres.

 

dos a eme

 

dándole curso a esta crudísima lectura

he decidido darte forma desde la nada

 

con la galopante intensidad de mis huesos

con la fragilidad rauda de mis párpados

con todo mi arsenal de cebos y maquinaciones líquidas

con todo mi cuerpo de estrella cazadora

te encierro entre mis flechas

y te me escapas como siempre.

 

tres a eme

 

enmarcarte es como mirarse en un espejo

un proceso meramente letal

 

enmarcarte es como forzarme

con mordazas diferentes

a mirarme en un espejo

y ver ese cadáver descampado

en toda su extensa lejanía.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Etiel Taupier

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mirar un cuadro. Recorrerlo con la mirada. Con la memoria. Decir lo que uno ve. Describirlo con palabras. Palabras exactas, precisas. Nombrar. Todo tiene un nombre. Todos tenemos un nombre. Para todo hay una palabra. Muchas palabras posibles. Aproximadas. Intercambiables. Una sola la justa.

 

 

Zurbarán, el esplendor del siglo de Oro, la devoción, la santidad, el martirio, la religión, la crueldad, la piedad, las rosas, los ojos, la inocencia, el pan de los pobres. Florence Delay ha escrito un bello libro sobre las santas de Zurbarán*. Santas amables, regias a la vez que humildes, santas en hábitos suntuosos, imperturbables. Alta costura, alta prosa, depurada, poética en el mejor sentido de la palabra (no debería tener otro), breve, ligera, sonora, callada, colorida. Florence Delay describe lo que ve. El rostro, la expresión, el aderezo, coronas, brazaletes, colgantes, tocados, los ojos, la mirada, el pelo, todas son morenas, todas son jóvenes, todas son bellas. Luego el vestido, un vestido, una vida, todas las santas de Zurbarán, incluso las más humildes, las pobres, las que no tuvieron nada en vida, van vestidas con ostentación, con elegancia, no es ostentación, es elegancia, ese instinto de la elegancia que poseen algunas personas independientemente de su condición, esa elegancia innata, ¿una recompensa del cielo en el caso de las santas? Las telas, los adornos, los bordados, los colores. Florence Delay, como si estuviese haciendo la crónica de un desfile de moda, no olvida nada, ningún detalle, ningún matiz, ninguna alusión, nada escapa a su penetrante mirada. Y finalmente las herramientas, los símbolos del martirio, del milagro: las rosas, el libro, la espada, el clavo, las piedras de la lapidación, las tenazas, el león, el dragón, la antorcha, los pechos cortados, los ojos en una bandeja.

 

Cuando Florence Delay va a un museo busca los dos, o como mucho tres cuadros que quiere ver, y se limita a ellos. Si se trata de una serie, o de un conjunto de cuadros con algún nexo o relación entre sí, hace una excepción y los ve todos. El Prado, el Louvre, el museo de Bellas Artes de Sevilla, el Thyssen-Bornemisza, Chartres, Montpellier, Londres, Génova, Dublín, Nueva York…, Florence Delay ha perseguido a las santas de Zurbarán por todo el mundo. Santa Isabel de Portugal, santas Justa y Rufina, santa Catalina, santa Margarita de Antioquía, santa Marina, santa Águeda, santa Lucía, santa Engracia, santa Eulalia, santa Eufemia, santa Inés, santa Emerenciana, santa Apolonia, todas ellas salieron de su taller para viajar por el mundo, algunas de su propia mano. De cuando en cuando Florence Delay toma una nota para no olvidar algo. Escribe con pluma y tinta negra, tiene una letra pequeña, clara, algo inclinada hacia la derecha. Escribe despacio. Las prisas, la precipitación, la improvisación, son cosas que Florence Delay desterró de su vida muy pronto. No se puede escribir con prisas. No se puede vivir con prisas. Más tarde, en la habitación del hotel, escribirá algunas cosas, leerá algunas cosas, pensará en algunas cosas. Antes de subir a la habitación se ha fumado un último cigarrillo y bebido una copa de vino tinto. Es un engorro esto de no poder fumar uno en su habitación. Cuántas tonterías, piensa, hemos tenido que soportar estos últimos años. Y las que nos esperan, suspira. Pero no quiere pensar en esto. Quiere pensar en los cuadros que ha visto. Quiere pensar en el pasado. El futuro está detrás. Todo vuelva. Quiere pensar en las santas. Quiere escribir sobre ellas. Descubrirlas. Describirlas. Saber algo más de ellas. Contarlo. Ha puesto sobre la mesa las reproducciones que ha comprado en la tienda del museo. Su cuaderno. Su pluma. La leyenda dorada. El catálogo de la exposición Balenciaga. El libro Santas de Zurbarán, devoción y persuasión. Un vaso de agua. El ordenador vendrá más tarde. A su tiempo. Al final de todo el proceso. Y escribe: “En Sevilla, una jóvenes santas presentan un desfile de Alta costura”. Alza la pluma y evoca soñadora su juventud. La primera vez que visitó el museo de Bellas Artes de Sevilla. Recuerda a sus amigos españoles. Sus viajes a España, Madrid, el Retiro, Pepe Bergamín, los toros, José Tomás… Qué corta es la vida. Qué extraña. He sido feliz, piensa. Soy feliz. Me han hecho feliz y he hecho feliz. He cumplido. He devuelto mis talentos aumentados. Pero no quiere ponerse melancólica. Y vuelve al cuaderno. Escribe: “Bellas como las andaluzas de ojos negros y pelo negro, llevan largos vestidos, con capa o sin capa, diversos modelos de jubones, casaquillas, camisolas y basquiñas, segundas faldas bajo las primeras…” Y mientras escribe, una vez más, revive su vida. Un colgante, una joya, el color de un vestido en el cuadro que está mirando, son idénticos a un colgante, una joya, o el color de un vestido reales, concretos, únicos, que llevaba su madre en las ocasiones, como se decía entonces, su profesora de baile…  un vestido, una vida, un libro… Basta por hoy. Mañana temprano tiene que volver a París. Se va a la cama. Apaga la luz.

 



*           Florence Delay, Haute couture, París, Gallimard, 2018.  

Escrito en Sólo Digital Turia por Manuel Arranz

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