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Configurar sentido descendente

Work in progress del quehacer poético

1 de octubre de 2026 10:28:59 CEST

Un saber que es silencio

Teresa Shaw

 

La publicación de antologías siempre es buena noticia para la poesía. Se las puede tomar como manifiesto canónico, promocional, generacional, combativo, pero no dejan de ser solo una selección de lo que existe, y síntoma de que todavía existe poesía. Sentirse excluido o ir corriendo al índice para ver quién está y quién no está es una respuesta normal en un panorama poético aquejado de lo que podríamos llamar el síndrome del dibujo animado, el creer que si no te mueves, no te citan, no te invitan, no te reseñan, no te antologan no existes. Pero toda antología es subjetiva y, de suyo, efímera. Esta que hoy traemos aquí, es, además, síntoma de muy buena poesía y es fácil espigar entre sus páginas magníficos poemas.

Poetas en construcción reconoce además en el mismo título lo subjetivo y efímero de toda propuesta parecida, no ofrece cánones, manifiestos ni promociones, solo un work in progress que es muy fiel a la naturaleza misma del quehacer poético. Y, aunque se podría decir que tiene su base geográfica en Barcelona porque allí viven y escriben varios de los antologados, no es como la que sacó Bartleby a principio de siglo editada por Manuel Rico, Por vivir aquí, un compendio que llamaba la atención sobre muy buenos poetas dejados de lado por las políticas autonómicas que, en los casos de idioma diferenciado, muchas veces desprecian lo que no se escriba en la lengua minoritaria.

La patria del escritor es el idioma, y aquí tenemos poetas argentinos, colombianos, uruguayos, chilenos, españoles, claro, y hasta una poeta rumana nacionalizada en lengua española. La nómina, en orden alfabético tal y como se presenta en estas páginas es: Neus Aguado, José Ángel Cilleruelo, Laura Giordani, Cristina Grisolía, Rodolfo Häsler, Álvaro Hernando, Tere Irastortza Garmendia, Antonio Méndez Rubio, Corina Oproae, Mónica Picorel, Miriam Reyes, Juan Pablo Roa, Misael Ruiz, Teresa Shaw y Marina Tapia, todos reunidos en ciclos de entrevistas por Misael Ruiz, el editor, en los espacios de la editorial barcelonesa Animal sospechoso, de Juan Pablo Roa.

El espíritu de complicidad detrás de la recopilación es inusual y muy acertado: un poeta invitado al ciclo daba el nombre de otro, y así se reunía este rosario de nombres, como piedras de Pulgarcito para llegar al resultado final que es un hermoso libro de poemas con lúcidas reflexiones sobre el ejercicio poético.

Salen a la luz una serie de constantes no buscadas de antemano, un azar que no lo es tanto cuando se lee en su conjunto. Con al menos un par de certezas: una, estos poetas no están encantados de conocerse y, como resultado, sus poemas quedan lejos de la acomodaticia praxis del sujeto pequeñoburgués que sigue clamando sobre el manido paso del tiempo desde la mayor parte de los libros de poesía que se publican. Aquí el poema es incómodo espacio de canto e indagación. Y dos, frente a la poéticas españolas más sentimentales, el énfasis de grandes vacas sagradas de la escritura y la edición como Luis García Montero y Chus Visor, que recorren nuestra geografía exigiendo eso, que el poema se entienda, aquí hay una cualificación harto autorizada de cómo se puede entender la poesía sin dejar de ser poesía.

Son especialmente incisivas las reflexiones de las poetas: «Me parece más apropiado hablar de emoción que de sentimientos, ya que la emoción siempre se entrelaza con el pensamiento, sosteniendo el poema, que es a la vez una forma y un espacio de reflexión» (Corina Oproae), lo que tira por tierra la manoseada dicotomía entre conocimiento y comunicación que tanto daño hizo a la poesía española. «La construcción del objeto poético pasa por el pensamiento lógico; no obstante, el poema no existe sin la libertad que exige el pensamiento poético […], el poema, más que ser entendido, debe ser intuido» (Mónica Picorel), lo que revela la falta de libertad que hay en el fondo detrás de las poéticas dominantes establecidas. «El poema es una forma de pensamiento no racional, que nos permite acceder a algo inaccesible por la vía racional […]. El contenido no consciente del poema no puede ser sacrificado por el contenido consciente. La poesía manda. Siempre […]. El poema no tiene un significado» (Miriam Reyes), es decir, en gran parte de la poesía más aclamada lo que falta es justo eso, poesía.

Y hay buenos avisos para navegantes también entre los poetas: «En el momento de la escritura del poema nunca se rechaza una palabra porque no sea propia de la dicción personal, lo que ocurre es que las palabras ajenas rara vez comparecen» (José Ángel Cilleruelo), sobre poesía e idiolecto. «Está siendo letal, a día de hoy, la tan cacareada identificación entre poema y poeta en la que se basa la ideología moderna occidental, con ese toque individualista que además le aporta la expansión del neoliberalismo como forma natural de ver las cosas» (Antonio Méndez Rubio), sobre la dudosa legitimidad como poética de izquierda que tenía la versión española de la poesía de la experiencia. «De ahí que los sentimientos, la observación atenta de una realidad determinada y el pensamiento lógico sean tan solo elementos residuales y parciales del poema» (Juan Pablo Roa), toda una jerarquía epistemológica. «Cuando no se limita a ser una construcción literaria, la poesía está más cerca del mundo —de su experiencia no estereotipada— que cualquier otro modo de hablar […]. Pero simplificar la experiencia es engañarnos, volverla banal» (Misael Ruiz). Sobran los comentarios.

Por no citar solo poéticas, diré que abundan los poemas de hondura, música, tinieblas y pellizco, no directamente traducibles a rédito ni experiencia, un complemento perfecto a estas poéticas. La poesía brilla en estas páginas con toda la oscuridad de la psique y la luminosidad del idioma. Me quedo con broches que abren y cierran la antología. El maravilloso verso de Neus Aguado, «en las soleadas playas del país sin memoria», eco del cernudiano «en los vastos jardines sin aurora», pues Cernuda podría haber figurado en una antología de poesía en español al otro lado del Atlántico junto a otros habitantes del idioma. Y con el espectral poema sobre las cordilleras de Marina Tapia, originaria de la montañosa Chile: “Cordilleras, / salientes emotivas, / locura de racimos para el vuelo. / Sois hálito ascendente, / o dedos de las diosas que, dormidas, / levantan sus pulgares y acarician / la pulpa de las nubes.”

La lectura de Poetas en construcción depara instantes como estos, en los que el idioma se expande, sale del encorsetado topos poético español, si es que tal cosa existe, y hace del pensamiento geología. En otra antología de hace años, Alejandro Krawietz, poeta y crítico canario, avisaba del peligro de abaratar la expectativa. Poetas en construcción muestra que no todo está perdido y la poesía sigue costando quilates a la hora de escribirla y de leerla.

 

Poetas en construcción, Misael Ruiz (ed.), Animal sospechoso, Barcelona, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Carlos Jiménez Arribas

Presencia del orfismo en la literatura moderna

1 de octubre de 2026 10:18:43 CEST

Basten dos ejemplos. En el capítulo 127 de Moby Dick, un carpintero transforma un ataúd en una balsa funeraria para honrar al arponero Queequeg que había fallecido y cuyo deseo era ser colocado en una canoa sin quilla que, ya muerto, le llevara por los mares “con dirección incierta en una larga deriva por los siglos oscuros”. El capitán Ahab se le acerca y le pregunta si, “mientras trabaja, canta”. “Como hacen los dioses o los titanes”, añade. El artesano le responde que él no canta pero que su martillo, sí.

“-Sí. Es porque la tapa hace de caja de resonancia. Y el motivo por el cual sirve como caja armónica es que no tiene nada dentro.

-Gusano de seda que tejes tu propia mortaja desde dentro de ti mismo. Eres un tipo malicioso. ¡Tic, toc! Así suenan los minutos de la vida. Allí está el símbolo temido de la muerte cruel, convertido en el signo de la ayuda y la esperanza en medio del peor peligro. ¡Un ataúd como salvavidas!” 

Otro, aún más intensamente órfico. El ultimísimo poema de Sylvia Plath, Filo (Edge) que la poetisa escribió apenas seis días antes de suicidarse. Comenzando por la referencia del título a una abertura (en griego, “caos”) despliega una cosmología de raíz órfica: “La mujer ha sido perfeccionada. / Su cuerpo/Muerto tiene la sonrisa de la consumación, / La ilusión de la necesidad griega (…) Cada niño enroscado /, una serpiente blanca, uno en cada pequeño/Cántaro de leche, ya vacío. / Ella los ha replegado (…) La luna no tiene nada de qué entristecerse, / Observa desde su capucha de hueso”. 

No se sabe qué resulta más admirable: si la sombría belleza de estos pasajes o el hecho de que para comprender el diálogo que unos autores -también los contemporáneos– sostienen con otros a lo largo del tiempo haya que adentrarse en lo más profundo de las tradiciones. Y eso solo es posible gracias a los estudiosos, personas que han dedicado la vida a poner a nuestra disposición esos tesoros antiguos que nos permiten penetrar en algo tan esencial, para comprendernos a nosotros mismos, como es la literatura de nuestro tiempo. 

Eso pensaba al encontrarme de nuevo con los trabajos que el helenista español Alberto Bernabé está publicando sobre el orfismo: los Poemas de Orfeo, fragmentos órficos sobre teogonías y sobre el alma (Adaba); su comentario filosófico al Papiro de Dernevi (Adaba), poema atribuido a Orfeo y encontrado en 1962 cerca de Tesalónica, o la recién aparecida versión en inglés de los Fragmentos órficos de la Loeb Library de la Universidad de Harvard. No extraña este último logro en quien ya realizó la edición de referencia mundial de los Fragmentos órficos en la Bibliotheca scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana. 

En Bernabé, más que de logros hay que hablar de servicios pues con ese espíritu trabaja silenciosamente desde hace más de cinco décadas. Y lo es ciertamente que se ocupe en componer también las ediciones que nos permiten leer en español el corpus órfico. Pero ¿qué es el orfismo? ¿Qué importancia tiene? ¿Ante todo, quién fue realmente Orfeo? 

Orfeo es un personaje mitológico del que a lo largo de un milenio tenemos referencias directas (lo que llamamos literatura órfica) o indirectas en la cultura griega y en la romana. Se le creía hijo de Apolo o de un rey de Tracia (Eagro) y de una musa (¿Calíope?), y su mayor don era un talento musical capaz de entusiasmar con su canto a todo lo viviente, incluidos los dioses de los que descendía. Como el propio Bernabé ha estudiado, la obra de Platón muestra una poderosa presencia de la religiosidad órfica, bien que transpuesta a su sistema filosófico, y, por su parte, Aristóteles ya sostuvo que el personaje no tuvo una existencia física personal. 

No obstante, un número considerable de poetas, al menos desde el Papiro de Derveni hasta diversos autores de la época helenística, atribuyeron sus propios escritos a esa entelequia que fue el Orfeo poeta. ¿Por qué? Fundamentalmente por la mezcla de dos cosas: porque ese corpus contenía con variantes un conjunto de creencias religiosas identificables y porque Orfeo era considerado, por su antigüedad pre-homérica (la leyenda lo situaba como tripulante de Jasón en la nave Argos), un destacado punto de referencia. Grecia veneraba la antigüedad y el ascendiente de Orfeo venía tanto de su asociación primaria de lo musical con lo poético (se le atribuía la creación del verso hexámetro) como del hecho de que hubiere tenido un contacto con el Hades (a donde acudió con su lira para rescatar a su amada, ¿Eurídice?). Este contacto con el más allá daba razón de la capacidad visionaria del mítico poeta. 

¿Y qué cosas veía o sabía Orfeo? La raíz del orfismo es de naturaleza dionisiaca: cuando Zeus conoce que los titanes han devorado a Dionisio los fulmina con un rayo de cuyas cenizas surge una raza humana partida entre su corporalidad y su alma de origen divino (negativo por los titanes; positivo por Dionisio). La negatividad provoca que el alma de los mortales quede encerrada en el cuerpo –Platón trasmite el célebre “cuerpo, sepultura”, evocado por Melville en su novela – donde será custodiada y podrá purgarse mediante ciertas conductas (el vegetarianismo, que no es sino un rechazo religioso de lo que implique sacrificio de sangre) y los ritos descritos en la tradición órfica. A la llegada de las almas al Hades, Perséfone juzgará si están suficientemente purificadas para admitirlas en el no-ser o si, en caso contrario, retornarán en un nuevo cuerpo en un proceso casi interminable de metempsicosis o transmigración de las almas. 

De todo lo anterior se pueden extraer los principales temas de la literatura órfica: desde las cosmologías y teogonías que explican el origen del mundo (con los elementos de la noche, la leche, la luna y la serpiente blanca mencionados en el poema de Plath) hasta las descripciones del allende o destino al que se dirigen las almas con las descripciones de la catábasis o descenso al Hades de Orfeo; lo relacionado con los ritos iniciáticos del orfismo; o, por último, los intentos sincréticos o imitaciones de autores del primer neoplatonismo o incluso de la tradición judaica (El testamento de Orfeo) Y la leyenda prosiguió: cuando Orfeo volvió del Hades, en su soledad no sufría la compañía de mujeres; que por eso lo mataron las bacantes descuartizándolo y, como al Bautista, cortándole la cabeza; que la echaron a las aguas de Hebro pero que seguía clamando por su amada hasta alcanzar, reposando sobre la lira, las costas de Lesbos y sembrar la semilla de la poesía lírica aracaica, la de la inmortal e insuperada Safo.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Álvaro de la Rica

Periodo de desintegración

1 de octubre de 2026 10:04:36 CEST

El libro de Ben Clark Semiótica nuclear, publicado por Visor, es el nuevo volumen de poesía del traductor y poeta ibicenco. Entre los galardones obtenidos por su obra, destaca el premio Hiperión, el Premio Ojo Crítico de Poesía de RNE en 2014 y el XXX Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2017 por su libro La policía celeste. Con Demonios (Palma de Mallorca, Sloper, 2023) obtuvo el Premio de la Crítica en lengua castellana en la modalidad de poesía. Entre sus últimas traducciones destaca El arte de las nubes, de Ko Un (León, Eolas Ediciones, 2025). 

Semiótica nuclear nos lleva desde 1981 hasta el presente, definiendo el peligro, lo nuclear: el contrato de miles de años entre lo inmediato y la erosión. Los tiempos se miden en generaciones, la constante de semidesintegración, letras griegas para el plomo, para una herida abierta en el corazón del hombre. Toda la tierra está infestada, tendrás agua caliente y luz por la noche, los dioses se habrán rendido. No les devuelvas el fuego. Nosotros enterramos a los muertos y los dioses se engordan en las profundidades: “En las cosas de piedra, en el papiro / en la piel de cordero, en MS-DOS”. Sabíamos que el peligro está presente, lo dice el poeta, lo dice la ciencia, ¿cuándo separamos ambos amanuenses? Es tu pasado 1993, debajo de los residuos, cartuchos de videojuegos y muerte enriquecida. Pero la probabilidad, eso también lo sabe el poeta, está de nuestro lado. 

La primera parte: “Este lugar es un mensaje”, de nuevo 1981, un golpe de estado: “Y nadie recordaba las ciudades / ni el sonido excitante de la lluvia / chocando contra el zinc”. Hirviendo la leche, cualquiera te lo dirá, la grasa de la leche es capaz de atrapar los metales pesados, el veneno de la intoxicación. Un deseo, una leyenda. ¿Cuándo descubriste, Ben, que tu poeta favorito está muerto?: “Pero llevabas muerto varios años / y yo no lo sabía”. La sapiencia, el recuerdo, escuchar su obra dentro de ti, buscar rarezas e inéditos. Es un poeta muerto lo más parecido a un residuo nuclear, emanando poderosos fantasmas infatigables que se introducen dentro del cuerpo y no se pueden purgar: “Así aprendí que no sucede nada / si no lo he leído en un poema”. Vidrio revestido de escarcha y seguir atrapado le recuerdo, profundizar en él como si fuera un arqueólogo de lo sentimental: “Vivías en mi mente / mientras estabas muerto para el mundo”. En esa profundidad te enfrentas a instantes cualitativos, una pensión en Cádiz, un telegrama, un padre muerto, un simple telegrama que es capaz, en su tosquedad, de asesinar a un padre: “Y el telegrama dijo que llevabas ya días / charlando con  un muerto en tu cabeza” y esa imagen, ese instante te atrapa, sin dejar opciones para rectificar, el poema y la vida. Una tumba, un obituario, un padre. ¿Quién será el responsable de apagar la última luz del mundo? “Cuando, vencido, apaga su luz el traductor / su sombra se disuelve entre las sábanas / y nadie sabe cuál será la lengua / que habrá de usarse para despertarlo”. 

Ozymandias, el hombre más inteligente del mundo, el de Alan Moore, hablando al universo en latín, para demostrar, con el silencio por respuesta, que Dios no responde. Lengua fósil, comunicación muerta, la vital historia que alimentó un imperio, una religión: “La lengua del futuro está ya muerta. / Tan solo existe en nuestras elegías”. Y escuchar, desterrar, aproximarse: “La lengua del futuro no ha nacido”. 

La segunda parte, “Este lugar no es un lugar de honor”. La portada, el nombre de Ursula K. Le Guin, las bolsas, la piedad, Pandora, niñas, ejércitos y cunetas. Simone Weil, doble nombre: “No vayas a la guerra. / Mirémonos un rato aquí en silencio”. Y el poeta, cerca de las ruinas, la manera de acumular restos del amor, de un amor. “Desde este ventanal, cegado hoy por tabiques, / mirábamos las flores del jardín / donde un niño podría haber reído”. Las estrellas en un invierno nuclear siguen siendo estrellas, eso es parte de la realidad, dura y científica: “En una noche oscura entré en el mar / de mi infancia con el miedo a mis ideas”. Luis Cernuda, el poeta muerto, el poeta presente, y ahora otro, el poeta futuro y lees: “Contemplarás la luna, no lo dudo / y hallarás un mensaje en su silencio / que inundará tus venas de alegría”. En la casa, en el amor, en la muerte: “Nada muere a pesar de tanta muerte, / a pesar del dolor que en ti germina”. Las calles cubiertas, dominadas por los hierbajos. Las grietas son el vacío: “Mientras tanto / en la quietud espesa de tu casa, / las plantas te corrigen los poemas de amor”. Y el poeta, canciones que se entonan en cada uno de los extremos: “La cárcel transparente que habitamos / aquello que escribimos a los muertos”. La historia en un instante, Walter Benjamin, el poeta que habla al poeta, que habla del poeta, la poesía como algo radioactivo, una tormenta de luz y electricidad: “No pudimos salvar los que perdimos, / pero sí comprender que lo intentábamos”. Y sigue: “Las astillas del tiempo no avanzaban / y tú no te giraste ni un instante”. 

En la tercera parte, “El peligro todavía está presente”: Anne Sexton, nieve sobre la mesa, el cadáver: “Destructores de mundos / que hablan de la lengua de los muertos”. Hemos perdido, fuego y leyendas, barcos y sábanas de lino. El grito de Edvard Munch, las pipas de René Magritté, no es un dibujo, esto no es un grito, esto no es un poema: ¿Qué es lo que quieres advertimos, Ben? “Pero, ¿y si este poema sobrevive? / ¿Y si después de dos de mi traducciones se pierde todo salvo, el Grito sanará?” Henry Miller, Terminator, las guitarras contra las puertas del cielo. Un verano de guerra, emperadores, el fragmento contra las ruinas: “Vosotros, que soñasteis los dioses del silicio / y tratasteis ciudades sobre el agua”. El sonido burbujeante, el barrio tibio, la luz del átomo. El poeta escribe desde el borde del hundimiento, ¿Quién es Penélope? Espera el retorno, el periodo de semidesintegración, metales profundos, el uranio debajo de la lengua, como meta y Marie Curie, que veía sus huesos a través de la piel sin saber que el radio, sin saber que esas piedras finas se las estaban comiendo por dentro, el sarcoma, el aliento de los dioses. “El veneno le comes las venas recubiertas / por cicatrices, noches, palabras incisivas”. María Zambrano y Chernóbil, la extraña pareja, el vapor, algo inocente, que acaba en la avidez de la muerte, de la pureza, lo bello, impregnado de veneno. El vapor en metamorfosis de lluvia negra, el aliento pútrido que no se detecta, ¿el futuro? ¿El crimen? Robert Oppenheimer sintiéndose el destructor de mundos, «Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos» Bhagavad Gita, el dios Visnú le muestra al príncipe Arjuna su forma divina y poderosa para convencerlo de cumplir con sus deberes en la guerra. Imagina salir de esa pesadilla y darse cuenta de que es tu vida. 

 

Ben Clark, Semiótica nuclear, Madrid, Visor, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Artrópodos y dolor

25 de agosto de 2026 09:54:28 CEST

Cristina Sánchez-Andrade es escritora, crítica literaria y traductora. Licenciada en Ciencias de la Información y en Derecho, es natural de Santiago de Compostela. Vive en Madrid y algunos de sus últimos libros son La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), Habitada (Anagrama, 2025) y el poemario  Llenos los niños de árboles (La Bella Varsovia, 2019). Este libro, Vida insecta, editado por La Bella Varsovia este año 2026, es un compendio de lírica traumática, bella y salvaje, donde enfermedad, maternidad y pasión se mezclan a través de una línea entomológica que la empareja con la obra reciente de Marta Sanz o Justo Navarro. 

Entomología lírica, de dolor y enfermedad, la lista de insectos se irá acumulando a lo largo de este texto; tijereta: "Así es el miedo / incuba huevos en el cerebro". Buscamos un lugar que se identifique como posible, los huevas, que se encarecen, que se buscan. Repito, dolor y enfermedad. Perdidos y encontrado, profeso de devorar, hambrientos, el olor, breve y repetido, atrapado en su interior, una enfermedad fractal, de zarcillos. El tiempo es lento: "La palabra es la muerte de la mosca" y las malas semillas, convirtiendo el avance en tristeza: "Evitar que la memoria / acabe siendo como la cebolla:  / arrancar / una capa tras otra / para llegar al centro y llorar". 

Los tiempos se han cubierto de humedad, los lugares se han dejado atrapar, reproduciéndose: "Si el pensamiento está vivo, / inclina la cabeza y sacúdelo". Usar aceite de bebé para matarlo. ¿Y la enfermedad, el dolor y la muerte? También, en esa definición de vida: "Amar es querer ser amado". Mosca, araña, insecto palo, lombrices, orugas, caracoles. Con toda la serie, con los días como piedras, cuando uno piensa, al escribir y leer que cada día te acerca más a la muerte que al final de la enfermedad: "Eso está siempre ahí, / como una herida que en su cansancio despide su propia luz: / el aleteo de un murciélago que abre surcos en el pecho". Y así, el terruño hambriento de nitratos, recibe los cadáveres, los restos de vida, lo abandonado y orgánico. Polvo y caparazones de insectos, restos de comida. Otro insecto para la lista, avispas. Toda aquella piel muerta, sin opción a la metamorfosis, ¿Cómo ha ido a parar aquí, todo lo que vacía, en una esquina? Se desprenden de mi cuerpo: "Es la vida no vivida / que me llena de líquenes los pulmones / y acumula arañas en mi sangre". De la tierra, de esos trozos resecos que se desprenden como chocolate viejo: "Y me convertiré en pasto de las olas", se sorprende de su salubridad, del mar que escuece, hasta llegar al poema 21. Allí leemos: "Como hormigas que se agitan / en una caja de cristal / sin más opción que devorarse a sí mismas". Una estructura sencilla, mecanismo de mente colmena, como si al cortar un enganche entre vértices sobrevive el total, el completo, de zánganos y ninfas viviendo un amor prohibido: "Necróforas que limpian las calles de / vientres y cáscaras secas". 

Una madre, una hija, lo clásico en la rutina del apetito: "Están ahí, / se observan mientras los miras / mirando con ese mirar con / que tú miras el mirar / de los que miran las cosas". Un poema como culpa: "Cucaracha de naftalina / que con la fuerza de las semillas / rompe la cáscara de la piel". Lo que crece, la semilla del lugar, de la enfermedad: "Adquiere proporciones monstruosas / derivaciones / que jamás tuvieron lugar en la vida real". Lo que crece, permanece, sea invitado o no: "El ruido que hace la raíz cuando es extirpado de cuajo -ese triste gemido azul- / Esa conjunción salvaje: / bajo el pecho se aloja un huésped / como gusano en la fruta / que la va secando". 

Humanizar los objetos, personificar los síntomas, hacer de lo orgánico protagonista. "¿De qué color es la espera? / ¿Cuántas patas tiene? ¿Qué se puede comer?". De lo natural, lo entomológico es un complemento: "Presente en su interior jugos misteriosos / semejantes a los suyos", en un tanto de maternidad. 

Rosas en el poema 27, que acompañan a la muerte: "Las introduce en cajas / que alguien envía a los muertos. / Las rosas tal vez gritan de dolor en las tumbas, /, pero nadie las escucha". 

Recordamos otros poemas, otros lugares, donde el dolor es amarillo, la enfermedad coloreada de bilis, el miedo: "Un miedo amarillo que ahoga / todos los miedos / y hasta el recuerdo de otros miedos cae a golpes. / Entra como hachazos en el bosque y secciona / los árboles y corta las flores y horada los suelos / y destroza las zarzas". 

Barrie, el niño, los niños, una polilla: "Perder es el camino para ganar, / ganar el camino para perder, oír" y seguir, disfrutando, las circunstancias, insectos y su reproducción multiplicada, insectos desarrollándose de manera exponencial: "Aplastada contra el cristal, / el terciopelo color sangre / de su rostro aniñado". Escuchar cada uno de los desarrollos completos de la biología, recoger la piel de las víboras, saber que las esquinas, lo oscuro, el amoníaco fétido, encuentra su lugar junto a murciélagos, ratones, arañas y moscas. Toda esa lista, en una relación de cazar y ser cazado: "Dentro, / la vieja experta en filtros y mágicos mejunjes / se corta los pezones con tijeras de podar". 

Para encontrar el lugar, el cajón, el cierre, un cajón que lleva cien años cerrado y exhala polvo y, de nuevo, naftalina: "El lenguaje musical y corrupto de las vírgenes que con los brazos plegados y la cabeza encajada en el pecho / sueñan con la hora de despertar". De dentro a fuera, un espejo: "Se agarra a tu cabellera, / parásito / con uñas y dientes / devora a la niña / y ahoga a la joven". De surcos y zurcidos, donde caminan la miniatura hambrienta, "Ante su crueldad solo pides una cosa: / devenir la que siempre fuiste". Y seguimos pensando en el presente, enfermos de pasado, la química se impone a las flores como los insectos a los hijos. Es familia: "Hubo promesas, / pero lo que ahora sientes / no son amapolas agitando sus faldas, / son risas coaguladas / en el pecho". Y sigues, en lectura, en el cuerpo: "Tienes en los ovarios inquietudes / o poemas sin empezar". Rehén de la república de tus obreras, hijas tuyas, abejas, la entomología avanza hacia una humanidad divergente, el salvajismo de los artrópodos: "Ninfa acuclillad rompe su camisa de fuerza y lanza tuut", la fonética tribal, asesino que, como una enfermedad, se introduce en la enfermedad, para deshacer: "Lo primero que hace es asesinar a sus hermanas". 

Alumnos, proclamas, zarcillos por todo el cuerpo, salen a las calles, devoran el pasado, nublan el futuro. Como aquel poemario donde el color amarillo es primario, hiel y miedo, solo queda hoy en la lectura de los versos: "Llevas, en tus entrañas secas, cerca de un millón / de hijos" o, claro, la descomposición de la anatomía a través de los versos. "Tu cerebro diminuto, tienes / ovarios como inmensas catedrales en donde se gestaron". Duro del cuerpo, volver a William Burroughs o Justo Navarro, que han ofrecido este tipo de mutaciones, como lo hace Marta Sanz con su Amarilla, editada también por La Bella Varsovia. Y así: "Tras la unión, el vientre del elegido se abrió y / con él cayeron despojos". Una mujer, los pelillos arando entre bosques de encierro, todos los caros se cubren de tela, de hilillos de araña, como empezar la digestión por sorpresa, intoxicado: "Por las venas del bosque / arrastra el velludo cuerpo / que más tarde envolverá en tumba de seda". Escuchar, sentir, paladear al rival: "Desea comer tierra / y, sin saber por qué, / busca las partes desmembradas de sí misma: / patas, antenas, abdomen". Los dientes puestos, la succión de los salmos. "Las hormigas aladas / se aparean bajo la lluvia" y también, "Las ratas entran y salen de mi sangre", y con "Ya no puedo ni mirarme / esquivo los espejos". Araña, mordiscos, piel que es ira, me pregunto cuántas hijas no conociste. 

En el poema 46 encontramos una sucesión de palabras como estas: "Ese lugar no se puede visitar / si no es atravesando el olvido / del perfume de un nardo/entre las hojas de un libro / ese llegar no existe/o solo existe en tu memoria". ¿Qué esperas, qué es mañana? "Ahora es todo insecto menos la esperanza esterilizada / y el hueso del gato que hiere en el umbral". Concatenar descomposición (larva que es proyecto) y dolores (que es semilla) y el dolor de la calavera que se ramifica. 

En los últimos poemas, afrontar el final como si fuera una revuelta frustrada: "Un olor a tiempo / tiempo que no es tiempo, si no / lugares/borroneo de alas, crujido / de huesos aserruchados". Y de nuevo, concatenar la actividad en el mismo verbo: hacer, hacer, hacer es no, no hacer, hacer que se deshace: "Y al final solo somos / el tiempo que se nos escurre / como arena fina de las manos". Y llegar al final: "Recuerda que en esos días de frío y hambre / te encontraron viva / bajo los negros cadáveres de tus hijas". No hay un comienzo, no es generoso, siquiera el fin, para ese comienzo. 

 

Cristina Sánchez-Andrade, Vida insecta. Barcelona, La Bella Varsovia, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Una forma insegura, pero lúcida, de sentir el mundo

25 de agosto de 2026 09:26:24 CEST

La prensa es un ámbito que, prácticamente desde sus orígenes, ha acogido la colaboración de escritores y creadores literarios cuyo nombre e historia sirve de aval y de atractivo. Sin embargo, el contenido periodístico se orienta fundamentalmente hacia la información de actualidad y hacia el comentario crítico de los acontecimientos, es decir, hacia la transmisión de hechos y opiniones explícitas. La literatura, en cambio, no pretende ofrecer información veraz de los acontecimientos, ni un pensamiento argumentado y elaborado; ni transmite hechos, ni opiniones explícitas. Su territorio propio es la expresión de la subjetividad, que no se  manifiesta de forma directa; se proyecta sobre situaciones, imágenes, voces y acciones que la encarnan, sin necesidad de ser contrastadas con la realidad, ni agotarla conceptualmente. El pensamiento discursivo tiende a fijar y generalizar; la literatura, en cambio, preserva la complejidad difusa de lo vivido. 

Hay, pues, un desajuste de base entre escritura literaria y escritura periodística. Pero esta tensión, lejos de constituir un obstáculo, ha sido con frecuencia un poderoso estímulo creador. Muchos escritores encontraron en la prensa un espacio donde someter la sensibilidad literaria al roce inmediato de la realidad cotidiana, de la anécdota, de la actualidad efímera y de las formas cambiantes de la vida social. De ese encuentro nace una escritura híbrida y especialmente fértil: textos que parten del comentario, de la memoria o de la observación casual, pero que terminan revelando una visión del mundo, una tonalidad emocional y una forma singular de percibir la experiencia. 

Las fórmulas son numerosas: la elaboración del lenguaje acercándolo a la poesía en sus aspectos más formales (anagramas, ritmos, aliteraciones, imágenes…), la transgresión creativa propia del humor y la ironía, formas sutiles de combinar narración y pensamiento sin convertirse en crónica, ni opinión, la atención a los aspectos de la realidad más extravagantes y que lindan con lo fantástico, la exposición de un pensamiento no especulativo y reflexivo, sino asociativo, exótico, casi surrealista. Lo que mantiene a estas colaboraciones en el terreno de la literatura es la capacidad que tienen de, conservando la referencia a la actualidad, no ser un mero testimonio de lo que ocurre, y la de trascender la racionalidad del pensamiento sin eliminarlo por completo. Ni pretenden que nos enteremos de lo que pasa, ni quieren convencernos de nada, pero nos sitúan en el mundo y nos invitan a reconocer formas de reaccionar a sus vicisitudes. Expresan actitudes y formas de respuesta que podemos reconocer sin necesidad de compartirlas. 

José Manuel Marrero  lo ha conseguido en Escritos antibélicos de una forma muy genuina: el narrador, que se podría confundir fácilmente con el autor y, de esta manera, caer en el vicio del adoctrinamiento, se limita a seguir a un personaje, Nopólemo, e informarnos de lo que hace, de lo que dice, de lo que piensa; su vida, sus reacciones, sus cavilaciones personales. El lector puede seguirlas a distancia, comprenderlas, incluso experimentarlas, sin sentirse obligado a hacerlas suyas o, en el caso de los pensamientos, aprobarlos o rechazarlos. No necesita Marrero recurrir a grandes elaboraciones lingüísticas, al lenguaje poético que llama la atención sobre sí mismo, pues una prosa cuidada, delicada, que sigue un ritmo natural, sin grandes énfasis, mantiene atento al lector en un tono amable, lleno de humor, pero sin agresividad alguna (bueno, alguna sí, hacia el reguetón). 

La anécdota personal se conjuga con los acontecimientos sociopolíticos para inducir un pensamiento que no se rige por el rigor, sino por la afectividad y los mecanismos de la poesía: la analogía, la paradoja, la metonimia. Si la fórmula no es exactamente la de la literatura, porque el contenido no parece quedar oculto en la configuración sensorial y en los hechos narrados, el resultado, en cambio, se le acerca mucho, porque el discurrir de Nopólemo consiste precisamente en hacer explícita la fórmula: encontrar configuraciones poéticas en las palabras, en las cosas, en los hechos, y proponer una interpretación personal, nunca tajante, nunca definitiva. 

El texto “Un pedacito de martes” es un buen ejemplo de este procedimiento. Todo él nace de una asociación verbal mínima y casi arbitraria que irrumpe en la conciencia del personaje: la transformación de la expresión “un pedacito de Marte” en “un pedacito de martes”. A partir de ese desplazamiento, el personaje desarrolla una deriva imaginativa y pseudohermenéutica que mezcla humor, reflexión lingüística y actualidad bélica. La incongruencia de convertir un día de la semana en un objeto divisible le lleva a tomar la expresión como una metáfora, a especular sobre su sentido (la fragmentación de cosas no fragmentables) y a proyectarlo sobre otras entidades, para acabar pensando en la posibilidad de fragmentar la guerra hasta volverla inofensiva. El razonamiento tiene algo de juego verbal, de ocurrencia deliberadamente excesiva y extravagante, pero desemboca poco a poco en una realidad concreta y dolorosa: las imágenes televisivas de la invasión rusa de Ucrania. El texto no argumenta contra la guerra ni pretende convencer al lector mediante ideas abstractas; hace algo más literario y quizá más eficaz: mostrar la impotencia de la imaginación y del humor ante la persistencia de la violencia real. El contraste entre la ligereza especulativa del comienzo y la sequedad amarga del final deja además una impresión de fragilidad y desengaño muy característica del libro. El final es bien elocuente: “Enciende el televisor que, un día más, escupe imágenes de la invasión rusa de Ucrania. Nopólemo se reconcentra e imagina que trocea la pantalla como troceó la tarta de chocolate y como troceó el martes de la guerra hasta convertirlo en ínfimos atisbos de violencia de todo punto inofensivos, tan perdonables como los inocentones juegos bélicos infantiles. Lo imagina, pero no consigue sentirse mejor.” 

Escritos antibélicos alcanza, pues, la calidad literaria de una forma original y paradójica: haciendo explícito el sentido de los hechos en el pensamiento del personaje, algo que en principio parecería apartarlo de la literatura, pero convirtiendo al mismo tiempo ese pensamiento, esa conciencia que se observa y se comenta a sí misma, en el hecho mismo, en el verdadero contenido narrativo y, por tanto, en el significante de una dimensión implícita más profunda: la expresión de una conciencia vacilante, pero coherente, una forma insegura, pero lúcida, de sentir el mundo y la vida. Nopólemo aplica con frecuencia una especie de análisis literario a la realidad que lo rodea, pero sus interpretaciones no reducen la experiencia a conceptos, ni agotan su sentido afectivo; son, más bien, el vehículo a través del cual ese sentido se manifiesta. Los textos de Escritos antibélicos no tratan solo de la guerra en sentido literal, tratan de todos los enfrentamientos que nos salen al paso por doquier; pero no hace proclamas, nos muestra una forma de respuesta, una actitud compleja, llena de matices, a veces contrapuestos, que pueden variar o combinarse según los casos y que el lector puede completar: densa y ligera, insegura y decidida, combativa y reposada, personal y contagiosa, llena de humor y resignación. 

 

José Manuel Marrero Henríquez, Escritos antibélicos, Santa Cruz de La Laguna, Baile del Sol, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Núñez Ramos

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