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Configurar sentido descendente

Entre heridas, dudas y preguntas surge la esperanza

10 de octubre de 2019 09:39:15 CEST

 

Vida y obra tienen en Matías Escalera la misma respiración; como filólogo ahonda en la cultura a través de la lengua y de la literatura, como filósofo se hace constantemente preguntas, como viajero conoce el Este y el Oeste, y siempre comprometido con la verdad, la justicia y la libertad.

 

Su creación ha abarcado todas las áreas: la poesía, la narrativa, la dramaturgia, el ensayo, el artículo político y literario y la edición; fue impulsor de la publicación del estudio de Alberto García-Teresa, imprescindible para ahondar en el conocimiento de la denominada Poesía de la Conciencia Crítica; para la que el yo es el mejor medio para llegar al nosotros y alumbrar, según Alberto García-Teresa, un nuevo sistema ético que suponga una nueva forma de relacionarse con los demás.

 

Toda la poesía de Matías Escalera es, además, un organismo vivo, unitario, en continuo crecimiento. En 2008, publica Grito y realidad, en cuyo manifiesto inicial escribe lo siguiente: «Espíritu y materia, tiempo interior y tiempo histórico, dos substancias fundidas en una misma y única substancia… Entre el juego y el grito, puestos a elegir, preferimos el grito».

 

En 2009, aparece Pero no islas, en el que el desafío, afirma Matías Escalera, «consistía en poetizar las ideas, las emociones, las experiencias y los actos cotidianos, al tiempo que las ideas, las emociones, las experiencias y los actos excepcionales; esto es, lo inmensamente grande y lo inmensamente pequeño, sin que existiera fractura en su traducción a símbolos poéticos».

 

Versos de invierno: para un verano sin fin es su siguiente poemario, publicado en 2014. Matías Escalera en esta obra, según apunta Alberto García-Teresa, a quien parafraseo, «utiliza una concepción dialógica de la poesía invitándonos constantemente a la reflexión, mediante una poesía de verso largo, entramada, exhortándonos a salir de nosotros mismos y a escuchar a los otros».

 

Y, dos años después, publica uno de los libros para él más queridos, Del Amor (de los amos) y del Poder (de los esclavos), donde se adentra en las dos pasiones sobre las que se fundamenta, afirma Matías Escalera, «la experiencia material y concreta del espíritu humano». Obra en la que el uso de los puntos suspensivos se hace estructural y obliga al lector a responder en el espacio mismo del poema, a latir con sus latidos, que son los de su propia vida.

 

Recortes de un corazón herido: por la esperanza, acorde con el resto de su obra, encierra una paradoja, pues se trata de un corazón herido por la esperanza, cuando parecería que la esperanza, más que abrir heridas, las debería cicatrizar. Pero, en seguida, nos damos cuenta de que la esperanza parte de una asunción total de la vida, de la propia y de la del resto de los seres humanos, especialmente de la de los más agredidos por ella; con todos sus rostros: el social, el económico, el político o el amoroso; el de la ternura, el de la soledad, el de la muerte, el artístico, el de la propia poesía, el del asombro y, muy importante, el de los sueños. Y unas veces somos víctimas y otras verdugos.

 

Heridas que, al ser reconocidas y habitadas por esta poesía, crean dentro de nosotros una conciencia, nos construyen interiormente y así nos proporcionan un sentido hondo de la esperanza, nos dotan de armas para no doblegarnos y nos preparan para el alba, para un amanecer que, contra toda sombra, es la corriente sanguínea de la obra de nuestro autor.

 

Si nuclear en ella es el alba, la esperanza del alba, nucleares son también las dudas, las preguntas y la paradoja, ya citada. Y algo que informa todo el poemario: la simbiosis, así lo creo yo, entre lo material, con sus propias leyes, y lo espiritual, que nunca anula a lo primero, pero que lo ordena desde una superior energía humana que no renuncia a la verdad y a la belleza. «Los cuerpos sin alma no oyen: te miran pero no te ven.»

 

No quisiera olvidarme de la luz y esa quietud celeste que nos invita a la celebración, pero que no debe apartarnos de nuestro compromiso con el dolor y con la esperanza, ni convertir en engaño hermoso nuestra relación con la decadencia y con la muerte. Como sucede en el emocionante poema titulado “ESPERANZA ANTES DEL ALBA”.

 

Si, como resulta patente, el yo del autor está umbilicalmente unido al resto de los seres humanos y a la Historia, también lo está a nosotros, sus lectores, en una concepción de la poesía alejada del espectáculo. Hay un continuo diálogo dentro de los poemas, llenos de presencias, invitándonos continuamente a participar en ese coloquio. También con los expulsados del mundo…

 

Y de repente vi alzarse a los muertos

Eran como columnas de luz…

Y emergían de las aguas del mar cementerio cerca de Lampedusa

Cerca del Estrecho de Gibraltar

Cerca de las islas griegas… (y aún más allá en todos los mares

cementerios del mundo) Eran cientos

Eran miles

Eran centenares de miles

Eran todos los muertos de los viejos mares amados de mi infancia.

 

Y, finalmente, está el poder de la mirada en esta poesía, mirada que, a veces, es un espejo en el que se refleja toda la existencia, como sucede en el texto “Esos portadores de ternura”. El poder de la mirada y la necesidad, asimismo, de abrir espacios al sueño y de convertir en acción la utopía, alimento siempre de la esperanza, como afirma el filósofo alemán Ernst Bloch.

 

Nuestro destino es un “Destino lunar”, como se titula el texto que cierra el libro, el de una luna que cumple en soledad su destino diario, luchar contra la densidad de tantas sombras, abriendo el fruto prodigioso que guarda cada instante.

 

 

Matías Escalera Cordero, Recortes de un corazón herido: por la esperanza, Madrid, Ediciones Huerga y Fierro, 2019.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Javier Lostalé

Ser o no ser, el valor de la memoria

17 de septiembre de 2019 09:36:48 CEST

EVOCACIONES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Septiembre de 1939. “Empieza el día en el que en el límpido cielo de un verano que languidece (y es que el cielo del treinta y nueve era maravillosamente azul) veo aparecer en lo alto doce puntos de plateados destellos. La bóveda celeste, altiva, radiante, empieza a llenarse de un rumor monótono y sordo que yo nunca había oído. Tengo siete años, me encuentro en un prado y no quito los ojos a los puntos. De repente…suena un estruendo terrible, estallan las bombas –sólo más tarde sabré que se trata de bombas- y veo cómo saltan por los aires gigantescos surtidores de tierra…”  Es el testimonio que veinte años después de ese momento evoca Ryszard Kapuscinsky en Ejercicios de la memoria.[i]  El periodista, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2003), perderá en aquel lance su inocencia y dará comienzo a su hégira personal y familiar huyendo de las balas, el hambre y la muerte.  En este relato autobiográfico evoca su infancia, el dolor de los primeros días de la segunda guerra mundial cuando Hitler invade Polonia y dos semanas más tarde lo hace el Ejército soviético por el Este atravesando Pinsk, Bielorrusia. Súbitamente el pequeño Ryszard conocerá el frío y el hambre y sentirá los escalofríos del miedo.

     Testimonio de la picaresca del hambre, sufrida en Varsovia, es el que relata Roman Polanski en sus Memorias[ii]  que reseñamos en el número 124 de la Revista Cultural Turia. “Con la intensificación de los ataques aéreos empezó a faltarnos comida… Una vez regresó mi madre de sus cotidianas expediciones rebuscando comida con un saco de azúcar mezclada con arena porque la había recogido del suelo de la calle. Tras diluir el azúcar en una lata de galletas, sacó toda la arena que pudo y elaboró después unos deliciosos pastelillos que vendimos a cambio de dinero…” Seis años, uno menos que Kapuscinsky, tenía Polanski cuando una decisión de su padre le lleva de París - en donde había nacido- a Polonia, primero Cracovia y luego a la capital, porque equivocadamente creyó que allí la familia estaría más segura. Al cineasta le tocó sufrir las penurias del gueto donde perdió en Auschwitz a su madre embarazada.

 

Después del ensayo general

    La guerra civil española había terminado cinco meses antes. Muchos historiadores consideran que nuestra contienda fue un ensayo de la Segunda guerra Mundial. Terminado el ensayo, se reanuda la tragedia. En este ochenta aniversario de la invasión de Polonia por las tropas alemanas recordamos la obra de varios creadores que se sitúan en esa histórica jornada. Además de reseñar el artículo de Kapuscinsky y las Memorias de Polanski, indagamos en la más reconocida comedia de Ernest Lubitsch.[iii] To be or not to be es una farsa política y amorosa sobre el sentido del deber. Es una producción de Hollywood de 1942 que Lubitsch rodó dos años después de la invasión de Polonia.

    El cineasta llevaba veinte años residiendo en Estados Unidos. Tras sus éxitos iniciales en el cine mudo alemán de la primera década del siglo XX emigró a Hollywood atraído por la industria del cine que tenía allí su meca. La película comienza en un ensayo de la obra teatral “Gestapo” que se debería representar en Varsovia en 1939. Para comprobar la verosimilitud del personaje (el actor Tom Dugan) que debe interpretar al dictador el ensayo se traslada a las calles de la capital polaca. Atónitos, los transeúntes asisten a la parodia del sosias de Hitler. Una niña descubre el ardid, el rey está desnudo. La realidad es mucho más cruel y no se puede disfrazar. Pocas horas después, con los cielos despejados, los tanques y aviones de la Wehrmacht  y Luftwaffe consuman la invasión del país. En esta tragicomedia,  Jack Benny, que tendría aquí el papel más memorable de su carrera artística, interpreta al actor Joseph Tura quien sobre el escenario  intenta hacer bien el monólogo de Sakespeare mientras María, su mujer, antes de salir a escena, recibe en el camerino  la visita de un piloto, el apuesto teninete Stanislav Sobinski (Robert Stack). Ella es  Carole Lombart que no llegó a ver el estreno de la película porque murió poco después de rodar To be or not to be en un accidente de avión. Aparte de la trama de enredos amorosos, la esencia de la película es la lucha de los miembros de la compañía por apoyar a la Resistencia y huir de una Polonia devastada.

    Con guión de Edwin Justus Mayer basado en un texto original de Lubitsch y Melchior Lengyel, To be or not to be es un canto a la dignidad, al teatro como espacio de salvación y una invitación a resistirse contra la opresión.  La película fue inicialmente un fracaso comercial al considerar, parte de la crítica y el público, irreverente hacer comedia del drama bélico que estaba viviendo el mundo.

     Alguna vez nos hemos podido preguntar el porqué de ese título con una evocación tan obvia a la obra de Sakespeare. Al ver la película queda claro su sentido porque los actores representan Hamlet [iv]en el teatro de Varsovia donde se centra la acción. Pero hay antecedentes que justifican y penetran como subtexto al relato.

      Cuentan N.T. Binh y Christian Viviani, en su biógrafía[v] del director, que “en 1932 viajó Lubitsch por última vez a Berlín y por última vez fue aclamado en su ciudad natal después de llevar unos cuantos años trabajando por voluntad propia en Hollywood. Al año siguiente subiría Hitler al poder y este judío autoexiliado ya no podría volver hasta después de la segunda guerra mundial, lo cual no llegó a hacer antes de su prematura muerte en 1947”. Todo parece indicar que en ese viaje triunfal Lubitsch asistió a la representación de una parodia musical basada en Hamlet. La obra, fue improvisada en su honor. El título de esta película parece saldar cuentas con la “brutalidad política del nazismo que se había adueñado de su país y pretendía adueñarse de gran parte de Europa, representada en la invasión de Polonia en septiembre de 1939”.

 

El teatro como salvación

     Como en el principio de Lo que piensan las mujeres, otra comedia que Lubitsch rodó en Hollywood un año antes, los lavabos de las damas son el espacio acotado y libre para burlar la tiranía. En el final de To be or not to be, los actores se meten en el baño de mujeres para salir poco después  vestidos con uniformes de soldados de las SS. Cuando un falso Hitler vuelve al vestíbulo, de los aseos sale el actor que por fin cumplirá el sueño de interpretar a Sakespeare. El teatro como salvación de la barbarie, la farsa para desenmascarar las mentiras del nazismo.

    Más allá de los hechos que narra, To be or not to be reclama  al actor que represente bien su papel… debe distinguir y saber dónde empieza la vida y dónde termina el espectáculo. El soldado debe hacer bien la guerra, a los polacos, o cualquier pueblo oprimido, debe luchar contra el invasor nazi. Aparece la duda, como en el título de la frase inicial de Hamlet.

    Aunque  To be or not to be fuera rechazada por frívola en el momento de su estreno, lo cierto es que “cuando el mundo vivía sus días más oscuros, Lubitsch entregó una de las mejores comedias que ha dado Hollywood. Y no una comedia escapista, sino Ser o no ser, en la que se atrevió a reírse de Hitler en pleno horror bélico. Si el mayor talento del maestro berlinés era su capacidad de hacer que nos riéramos de los hechos y las ansiedades más graves, de utilizar el humor para ayudarnos a conocernos mejor a nosotros mismos, entonces esta película puede ser considerada su trabajo más consumado”. [vi]

   En To be or not to be Lubitsch ha intentado que la memoria histórica quede impresa en su verdad, evitando las falsas representaciones que incluyen privilegiados fragmentos de los acontecimientos reales del nacimiento del nazismo. Los menores gestos y detalles han sido caricaturizados para mostrar el horror a través del humor, horror que un tiempo más tarde se haría realidad cruel ante los acontecimientos a los que se enfrentaba Europa.

    Albert Einstein en 1933 le pregunta a Sigmund Freud en una carta “¿Por qué la guerra?”[vii]  En ella cuestiona si el ser humano podrá resolver este conflicto en un futuro. Sigmund Freud, abandonaba Austria camino del exilio en 1938.  Fatigado y enfermo, probablemente decepcionado por sus profundas investigaciones basadas en lo más oscuro del alma humana, cruzó una noche el Canal de la Mancha para morir en Londres. Morir en libertad, como él mismo había comentado. “Las guerras, había observado el padre del psicoanálisis, agrupan a militantes de la sumisión, personajes enajenados y subyugados ante el poder. Muchedumbres de corazones huecos y mentes vacías frente al cumplimiento obsesivo de los códigos propuestos por la subjetividad del otro: en algunos casos burócratas de la muerte”.  Los personajes de To be or not to be representan las antípodas de ese pueblo sumiso.

    Lubitsch articula varios tipos de texto, el que tiene carácter de documento histórico y el que recrea a partir del Hamlet de Sakespeare. Ambos intentan dar unidad al film. Que la obra de Sakespeare discurra en paralelo con los otros relatos nos puede ilustrar sobre un deseo del director de analizar la traición humana, la anestesia de Dinamarca para desenmascarar la mentira, como ocurrió en Alemania.  Hamlet sabe de la traición pero no quiere saber, no puede ejecutar el deseo de justicia que clama su padre desde las sombras, después de su asesinato a manos de su hermano. La voz del padre como una agente del Superyo clama venganza. Hamlet debe ser o no ser ese brazo justiciero y fiel. Esta obra de Sakespeare, como la película de Lubitsch, denuncia la ambición de poder como deseo reprimido de todo ser humano, y, como en el drama de Edipo, el empeño en usurpar el lugar del otro. Estos hechos dramáticos se realizarán traicionando el peso de la palabra, el cumplimiento de los juramentos y la muerte de los ideales.  El cine cumple una misión privilegiada para el espectador, en este caso reflexionar e investigar sobre el destino de Eros y de Thanatos, sobre la corrupción mental, la sumisión a los líderes, la complicidad silenciosa,  la ambición y la crueldad humana.

 



[i]              [i] -Ejercicios de la memoria está incluido en La jungla polaca una recopilación de artículos y reportajes, un libro de relatos que reúne algunas de las experiencias en distintas guerras de África del periodista polaco nacido en Bielorrusia en 1932. Ryszard Kapuscinsky (1962) Editorial Anagrama 2008

[ii]

                [ii] -Memorias. Roman Polanski Editorial Malpaso 2017

[iii]

                [iii] Ernst Lubitsch : nacido en Berlín, el 28 de enero de 1892, fallecido el 30 de noviembre de 1947 en Los Ángeles, California. Fue ciudadano estadounidense desde 1933. Su versatilidad como cineasta fue notable; dominando la comedia, el drama, la tragedia, la farsa y el espectáculo. Hombre De puro en boca, acento alemán y risa expansiva… Con la llegada del cine sonoro  se convirtió en pionero y luego en el rey de la “comedia americana”. Se denomina Toque Lubitsch a la habilidad que tenía el cineasta alemán de sugerir más de lo que mostraba. A base de diálogos chispeantes, argumentos interesantes, personajes ingeniosos y sofisticados apela el cineasta a la inteligencia del espectador, quien llega a imaginar a partir de la sugerencia que plantea el cineasta.

[iv]            [iv] Hamlet la obra dramática de “William Sakespeare” transcurre en Dinamarca, y trata de los acontecimientos posteriores al asesinato del rey Hamlet (padre del príncipe Hamlet), a manos de su hermano Claudio. El fantasma del rey pide a su hijo que se vengue de su asesino. Al margen de las múltiples interpretaciones sobre el sentido de la obra, explícitamente Hamlet gira alrededor de la locura (tanto real como fingida), y de la transformación del profundo dolor en desmesurada ira. Además de explorar temas como la traición, la venganza, el incesto y la corrupción moral.(Wikipedia)

[v]                    [v] Lubitsch N.T. Binh &Christian Viviani. (editorial T&B 2005)  

[vi]           [vi] Ernest Lubitsch: el arte de la sugerencia. Juan Tejero PDF

[vii]                 [vii] ¿Porqué la guerra? Freud. Obras completas. Volumen veintidós. Buenos Aires. Amorrortu 1976.

Escrito en Sólo Digital Turia por Eduardo Larrocha y Magdalena Calvo

La importancia del final

17 de septiembre de 2019 09:31:02 CEST

En el prefacio que Shelley escribe en nombre de su mujer Mary Wollstonecraft para Frankenstein, señala los modelos de la poesía épica y dramática antigua y moderna, desde la Ilíada de Homero al Paraíso perdido de Milton, pasando por La tempestad y El sueño de una noche de verano de Shakespeare, que considera no solo los moldes primigenios de “la verdad de los principios de la naturaleza humana”, sino también los insoslayables patrones que deben guiar al “humilde novelista” en sus “creaciones en prosa”.

Amén del concepto ancilar y esencialmente lúdico que para los románticos como Shelley tienen el relato y la novela, frente a la grandeza trágica y filosófica de la Poesía, en esas afirmaciones, tanto la poesía épica, como la dramática, se consideran fenómenos y entidades narrativas previas y superiores, es verdad, pero, al final, análogas al relato en prosa que es la novela.

Por eso, no se extrañe, el lector, de que en este –tal vez insensato– experimento, titulado “La Importancia del Final”, se dote de nuevos finales tanto a grandes relatos épicos de la antigüedad clásica, como a algunas conocidas tragedias y comedias, junto a un buen ramillete de novelas modernas, pues todas ellas son historias que han pasado al acervo del lector curioso y obstinado; y algunas de ellas –bastantes– han terminado por convertirse incluso en lugares comunes de la cultura popular, para los que leen y para los que no leen, ni piensan leer ya nunca.

Estos seis nuevos finales inesperados que ofrecemos en esta tercera y última entrega de esta serie que tan amablemente ha acogido la edición digital de la revista TURIA, a lo largo de estos meses –anticipo de lo que será, en su día, ya en libro, una suma de cincuenta–, abundan, como lo hacen los seis finales propuestos en las dos anteriores entregas, en una intención muy clara, bucear en esa percepción genial del formalista ruso Iuri Lotman, para el que, en el final de las historias, precisamente, va contenida la visión del mundo que transmiten. Es nuestro deseo que hayan disfrutado del experimento, ideado para lectores como ustedes.

***

7

No haría falta justificar el porqué de la elección, para comenzar esta última entrega de finales inesperados, de dos de las tragedias más famosas de uno de los más grandes dramaturgos de la Grecia clásica y del teatro occidental, Sófocles. Incluso quienes no las han leído o visto representadas sobre un escenario saben de las peripecias de sus héroes, incluidos sus aciagos finales. Yo las he elegido por el impacto que me causaron en mi juventud, al traducir algunas de sus partes más significativas como joven estudiante de letras, y, más tarde, como descifrador maduro de sus fatales destinos.

 

Antígona de Sófocles

(… no volvería a hacerlo…)

 

Y casi sin volverse, como hablando para sí misma, dijo:

− Creonte, créeme, no volvería a hacerlo, si pudiese volver hacia atrás el tiempo, Polinices, mi querido hermano, permanecería a la intemperie, como atractivo señuelo para las fieras y las aves de la carroña; aunque mi corazón se hubiese partido en dos y hubiese caído muerta de dolor... Mi cuerpo exánime hubiese cubierto el suyo, como hacen los hoplitas cuando saben que van a morir en la batalla y sus cuerpos quedarán insepultos… Y qué bella metáfora hubiese sido de la ciudad, ¿no? Muertos que son la sepultura de sus muertos…

Calla y mira a Creonte, por primera vez, ahora sí, de frente, con distanciada objetividad. El cansancio y el dolor extremo han eliminado de su gesto cualquier resto de aquella tozuda pasión que la ha guiado hasta ese preciso instante…

− Después de tanto sufrimiento −dice, por fin−, el mundo, la ciudad, no ha cambiado ni un ápice; nada ha cambiado ni un ápice… Quizás tú, Creonte, con tu inmisericorde rigor y apelación a las leyes, tenías razón; pero yo prefiero la Democracia a la Ciudadanía, la libre determinación al consenso; pero eso no nos ha traído hasta aquí, ¿verdad?

Y, de nuevo, como si hablase para ella, añade: O sí ¿O ha sido eso exactamente lo que nos ha traído hasta aquí…?

 

8

 

Edipo Rey de Sófocles

(… eres mi madre, pero qué importa si somos tan felices…)

 

− Sí, lo sé, eres mi madre, pero qué importa si somos tan felices; no destruyas con ese gesto, con tu suicidio, toda esa felicidad… Por primera vez, querida Yocasta; por primera vez en mi vida, soy completamente feliz y a nadie se le debería arrebatar la felicidad conquistada tan sólo por un fatal encuentro en un cruce de caminos… Somos, esposa mía, piezas sujetas al gran juego de los dioses y a ellos no les importa nuestra felicidad, sólo nuestro sometimiento…

[… pausa dramática y expectante. Yocasta lo mira, unos dicen que con pena, otros que con un gesto de horror, y otros, que con infinito amor; pero permanece en silencio…]

… ¿Qué deberíamos hacer ahora, eso que nos grita la muchedumbre del coro…? Pero tú sabes que ninguno de entre ellos ha conquistado nunca la felicidad, si así fuera, no estarían pidiendo tu muerte ni mi ceguera, tu holocausto y mi propia mutilación…  Tú sabes que quien no conoce ni ha conocido el gozo del auténtico amor en los brazos de la mujer o del hombre soñados tiende a la injusticia y es cruel, pues quien ha conocido la plenitud de ese gozo jamás se atrevería a solicitar la aniquilación de un hombre feliz…  Oh, dioses, hasta Tiresias estaría de acuerdo con ello; ni mi propio sentido del deber, ni todas vuestras leyes, ni tampoco las humanas, pueden obligarme a la renuncia, ni siquiera mi propia conciencia puede hacerlo, ¿por qué deberíamos hacerlo, para satisfacer qué balanza, si no hemos dañado a nadie a sabiendas?

[… duda, titubea…]

 … tampoco mi destino prefijado de héroe, digan lo que digan también Tiresias o el coro… ¡Soy tan feliz!... No, jamás me arrancaré los ojos, jamás lo haré y tú, querida esposa madre, jamás te quitarás la vida; los seres felices no lo hacen y nosotros lo somos, ¿verdad?

 

 

9

Se puede decir que el Libro del Arcipreste ha sido una de las lecturas decisivas de mi vida; desde luego, uno de los textos que más han influido en mi concepto de la literatura, en general, y de la novela, en particular. Desde que mi maestro Julio Rodríguez Puértolas nos lo descubrió en la Universidad y nos enseñó a leerlo como el producto conflictivo, intenso y paradójico que es, fruto de uno de los primeros sujetos en los que se anticipa la modernidad como el tiempo y el espacio de la incertidumbre y de la angustia existencial –no solo en Castilla, sino, quizás, en toda Europa–, su asidua lectura y comentario ha enriquecido y abierto mi mente a la comprensión de la auténtica naturaleza de la novela moderna, en general, y de la novela experimental del siglo XX, en particular.

 

Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita

(… este es el estupor de la decadencia…)

 

[fragmento en prosa encontrado en el códice BNM/30-GRZ-01909; junto a otros escritos, jurídicos y notariales, también en prosa[1]]

 

… en mala hora le di a don Hurón mi carta para las dueñas, en ella iba toda mi sabiduría y mi dolor; cómo pude hacerlo, cómo no preví esta final humillación del deseo… Cómo no preví que acaso sea verdad que el amor solo anida en los corazones gentiles, que el buen amor no admite terceros, ni su público pregón por las plazas y las calles… En qué he pardo, a qué punto he llegado… Con Garoça hubo un momento en que tocamos el cielo de los amantes y pareció que la búsqueda alcanzaba por fin su sentido… Qué mujer, qué plenitud la de sus brazos… Oh, la bella Garoça, cuánta promesa y gozo en su seno… Cómo he podido caer en este estado lamentable… Fue su muerte, la memoria insoportable de su pérdida… Cómo he podido recaer una vez más en el error; tan honda es la merma causada por la soledad… Cómo he podido creer siquiera un instante que don Hurón era la solución, el cordel que me sacaría de este pozo oscuro… Oh, Dios, señor del buen amor, qué humillación y vergüenza ver convertidas en lodo viscoso y nauseabundo las palabras en las que se acrisolaba la suma de mi existencia y de mi búsqueda… Escuchar las risotadas y el escarnio de la turba y la untuosa y lasciva cantinela de don Hurón asesinándolas con su propia risa y caricatura… Cómo no he previsto mi propio ridículo, la decadencia…

… ¡Garoça, exclama el Arcipreste, vuelve de tu fosa de tierra pura en intacta; atraviesa el río del olvido y sálvame de esta confusión bufa y grotesca!… ¿Por qué he tardado tanto en comprender? Son tan pocos los que logran rozar la gloria del amor verdadero… ¡Pero es tanta y tan terrible y dolorosa, luego, la nostalgia de los amantes recompensados con su roce!…

 

 

10

Tratar de justificar la elección del relato por excelencia de la modernidad resultaría inútil y pretencioso; solo cabe decir que ha sido otra de las lecturas esenciales de mi vida, como lector y como escritor.

 

Don Quijote de Miguel de Cervantes

(Dos finales; uno apócrifo, por supuesto)

 

[Final 1] “El auténtico final de Cide Hamete”.

− Psss… psss… ¿se han ido ya todos…?

− Sí, señor; ya están todos durmiendo… y creen que vuesa merced ha muerto; qué lástima me dan…

− Pues espabila, Sancho, y prepara todo el bagaje…

− Ya lo tengo todo listo, señor…

− En Flandes, querido Sancho, me han dicho que se vive bien, que los prados son verdes y el agua abundante, allí podremos vivir libres y a nuestro antojo; y si necesitamos dinero dicen que se puede trabajar y ganarlo honradamente…

− Sí, señor, vámonos como lo hicieron Rincón y Cortado o nuestro amigo el licenciado Vidriera…

… … …

 

[Final 2] “El bachiller Sansón Carrasco toma las armas”.

Sancho llora la muerte de don Quijote; al cabo se levanta y se dirige a por las armas de su señor, las toma con mimo, con lágrimas en los ojos, las envuelve en una vieja manta y las sube a su pollino, y en silencio, cabizbajo, se dirige a la casa de Sansón Carrasco y, cuando este abre, con las armas en la manta, desde el umbral, le dice:

− Se lo debe, señor de la Blanca Luna, se lo debemos los dos…

Y Sansón Carrasco, a partir de ese instante, Caballero de la Blanca Luna, asiente en completo silencio…

 

11

A los lectores que no hayan leído el texto de Defoe y a los que crean que lo han leído o que lo leyesen de jóvenes, les recomendaría que volviesen a leerlo con la madurez que dan las lecturas sucesivas y los años. Se encontrarán con algo completamente diferente a lo que recordaban o a lo que esperan encontrar. Una de las cargas de profundidad más potentes lanzada jamás al océano de nuestra modernidad capitalista.

 

Robinson Crusoe de Daniel Defoe

 

Viernes, decepcionado y confundido por la muy cristiana hipocresía  y corrupción de los hombres civilizados, decidió regresar a su isla, reconciliarse con su anterior estado salvaje y probar, junto con los suyos, de nuevo, la sangre y la carne de sus enemigos; y, al hacerlo, la primera vez, después de tanto tiempo, descubrió en su más profundo interior de ser salvaje que aquel gesto era infinitamente más justo y verdadero, menos cruel y malvado, mucho más humano, en suma, que la mayoría de los que había visto entre los seres civilizados, pues aquella carne y aquella sangre del enemigo se había obtenido mediante una lucha entre iguales, en donde unos y otros gozaron de las mismas oportunidades, tanto que bien podría haber sido él el bocado de los otros… No había habido en ese combate ninguna de las añagazas, de las mentiras y de las trampas que se escondían en las falsas palabras de su antiguo amo y de su gente, sobre las que basaban sus vidas hipócritas y mentirosas. 

 

 

 

12

Finalmente, he seleccionado la extraordinaria obra de Mann, más citada que leída, como ocurre con casi todas las obras clásicas; una experiencia lectora intensa, densa, completa y envolvente, con ánimo e intención totalizadora que exige, por eso, lectores que consideren la novela como algo más que un artefacto de entretenimiento. Un auténtico monumento a la escritura concebida como desentrañamiento de las almas y de los cuerpos de unos sujetos –que nos anuncian a nosotros mismos– atrapados por la Historia, justo al final de un mundo y al comienzo de otro.

 

La montaña mágica de Thomas Mann

 

… hubo momentos, joven Castorp, en los que brotaron en ti sueños de amor llenos de alentadores augurios, sueños que tú creías gobernar; eran sueños de muerte y de lujuria, de cuerpos dañados y libres… Y, ahora, viéndote dirigirte hacia ese crepúsculo rojo sobre el barro y la sangre de tus compañeros, nos preguntamos si de todo este festival mundial de la muerte, si de este espantoso arranque febril que calcina el cielo lluvioso del alba se elevará, algún día, el amor.

–        ¡No! –me gritas, justo antes de perderte en la oscuridad.

–        ¡En la cima te espera el bueno de Joachim! – querríamos gritarte nosotros desde nuestra cómoda sombra, pero ya es tarde.

FINIS OPERIS



[1]
                        [1] [NOTA AL MARGEN] … acaso justo al final el Arcipreste comprendió que debería haber escrito en prosa, como el astuto de don Juan Manuel, y así inaugurar una nueva escritura destinada al futuro…

Escrito en Sólo Digital Turia por Matías Escalera Cordero

Entre la nada y el olvido en la obra de Leopoldo de Luis

5 de septiembre de 2019 13:20:46 CEST

 


  Estamos de celebración porque Sergio Arlandis, mucho más que poeta, también investigador y crítico, profesor en la Universidad de Valencia ha realizado una excelente selección de la obra de Leopoldo de Luis, de la mano también de su hijo Jorge Urrutia, profesor prestigioso y gran poeta de nuestro tiempo.

   He titulado este texto “Entre la nada y el olvido” porque en los poemas seleccionados el gran Lepoldo de Luis contempla la vida como un abismo, donde el espejo nos niega a veces toda apariencia, somos seres en la derrota, que perpetuamente perseguimos la claridad desde la umbría mirada del tiempo.

  En la estupenda selección de los poemas, encuentro tres que me han llegado dentro, de diferentes épocas, Arlandis en el prólogo ve la poesía como la ventana desde la que miramos el mundo y es muy cierto, el poeta que se siente extraño ante la vida, que pasa casi fantasmagórico por las cosas, abre las puertas de su casa al verso que le alumbra y es el fuego donde germina el tiempo. Para de Luis la vida es un refugio donde uno se  esconde y solo en los versos amanece de veras a la verdadera vida. En ese extrañamiento vital crecen sus poemas, como muestra en Los imposibles pájaros (1949), libro en que ya vemos su afán de ver la luz entre las tinieblas del vivir. En el poema “Eterna voz” dice:

“También vendrán otras gentes y otros días / y enterrarán mi voz”-

    La vida sigue y el poeta ha de pasar, al final todo será arena negra que cubrirá el cuerpo, la vida será ya otra, para el que la pierde, en ese infinito abismo que es la muerte.

   Porque la voz del poeta no es la suya en realidad, nace de algún lugar, en ese espacio donde el hombre que no somos vive, donde el hombre no nacido crece, donde el increado se hace luz cenital:

“Ni aún esta voz es mía, es una herencia. / Yo no soy yo- Fui aquel. He sido. Acaso / hay un oculto río y una escondida espina / que eternamente van atravesándonos”.

   La vida es esa espina, esa cruz que nos lleva a otro yo, quizás al que nunca hemos sido. Hay en la poesía de Leopoldo de Luis un desdoblamiento, como si otro ser le inundara, no el que se mira en el espejo, sino un eco de otra voz, de otro tiempo, una herencia de otros seres ya idos.

   En el libro El extraño, escrito en 1955, hay un poema dedicado al hijo, que me ha gustado mucho, en esa declaración hacia un ser que aún es inocencia desde la sombra del hombre ya maduro:

“Mirándote quisiera derretir / este plomo sombrío de mi pecho / y creen en la vida y en las cosas / que nos dicen su claro sortilegio”.

   La vida desde el niño, abriendo a la magia del tacto y del abrazo a ese ser que lleva plomo ya en el pecho, la carga como Sísifo de la vida que siempre empieza de nuevo.

   Sigue Leopoldo de Luis su sendero de abrir un cauce al corazón herido, al que late y pena en la memoria.

   En 1979 llega Igual que guantes grises, libro donde de nuevo, en la senda de ese Aleixandre de Sombra del paraíso, de Luis habla de ese espacio que ya nos ha condenado, vivimos en la ilusión del ayer desde un hoy que es derrota, como nos dice el poema “Paraíso perdido”:

“Perdemos realmente un paraíso. / Porque hay un paraíso en cada uno / de nosotros y un día / nos expulsa súbitamente.”

   El cuerpo que se mira despojado de sí mismo es ya el yo herido, el que ya no existe, envuelto en el olvido de sí mismo, en de Luis vive ese deseo de existir pero que nos niega la propia vida, con su eterna condena del hastío y el dolor.

   Llega en esa senda a un poema que me ha dejado conmocionado, en Cuadernos del verano 2005, Últimas notas, escribe Leopoldo un poema que nos hiere, nos arroja directamente al vacío existencial, se llama “Final”:

“¿Cómo voy a morir si no he nacido? / Nacer es ir sacando el otro a flote, / es conseguir que día a día brote / del fondo en que mantiénese  escondido. / No he llegado a lo plenamente humano /proyecto del que quise ser un día. / Sombra de un sueño que la luz seguía / y se quedó sonámbulo y lejano”.

     Dirá también que somos cautivos en sentinas, lo que nos deja esa sensación de tristeza como si la vida fuese una farsa, una burda broma, ¿será entonces el final o habrá algo más que le de sentido a todo esto?.

    En esta antología editada por Cátedra con el prólogo agudo y extenso de Arlandis hay un eco doloroso, los que leemos sus poemas ya sabemos que todo es derrota, pero quizá queda la ilusión en el hijo, en un paraíso no perdido del todo, gran poesía la de Leopoldo de Luis que cala muy adentro.

Leopoldo de Luis. Libre voz (Antología poética 1941-2005). Ediciones Cátedra, Madrid, 2019,

Escrito en Sólo Digital Turia por Pedro García Cueto

Tres cuentos cortos

8 de agosto de 2019 09:57:20 CEST

 No estoy acostumbrada a la esperanza

Seguramente tú estás hecho de energía oscura, ésa que los astrónomos dicen que mantiene, desafiando todas las leyes de la física, en constante expansión el universo desde la explosión inicial. Probablemente eres así y no puedes evitar la destrucción que produces a tu alrededor. O quizá sólo yo provoco en ti esa fuerza oscura con la que me has lanzado hacia el otro extremo del universo. Has creado entre nosotros,en secreto, una distancia infinita que a mí me ha sumido en la confusión y la tristeza. No soy capaz de sobreponerme a la marea que la violencia de tu engaño ha levantado en mi mente. Yo creí ser más fuerte que tu dolor, me engañé pensando que una voluntad decidida puede enfrentarse al destino y dominarlo, que mi amor permitiría allanar las dificultades, sortear las trampas del camino, incluso conseguir que te sintieras ligado a mí cualquiera que fueran las circunstancias de nuestras vidas, que el paso del tiempo y la entrega de estos años tejerían entre los dos una red de complicidad indestructible. ¡Qué inmenso error! Me convertiste en tu juez, en una pesada carga de la que te despojaste, como de una estrella apagada, con gélido desdén. Y aquí estoy derrotada, escondida, temblando de frío y miedo, esperando que llegue un poco de luz a los escombros de esta galaxia en ruinas en la que me he refugiado, como los soldados de un ejército vencido que no quieren ser capturados, pero que tampoco tienen ya valor o fuerzas para seguir combatiendo.

Tengo por delante años de exilio, de no querer ver ni ser vista, tratando de recobrar el aliento y sobrevivir en lugares donde nadie habla con quien está sentado a su lado. Lugares siempre en penumbra en los que, casi en silencio, viejos piratas, desertores de todas las guerras, que hace siglos vendieron su alma al diablo, apuran el líquido brillante que les llama desde el fondo del vaso.

Ellos son la única compañía que puedo soportar porque sus cicatrices hacen las mías menos visibles, su dolor vuelve el mío menos áspero y no me engañan haciéndome creer que no estoy sola.

 

 

 

Baile de debutantes

Escucho una voz de niña enfadada y luego la veo salir del parque y dirigirse a la calle volviéndose, de vez en cuando, para insultar a unos chicos que se ríen de ella. A los chicos no puedo verlos porque unos arbustos los ocultan, sólo oigo sus risas y sus comentarios burlones.

Ella parece furiosa y sus ojos azules y redondos, como los de una actriz de cine mudo, están velados por lágrimas que, valerosa, logra contener.

En el silencio del domingo por la tarde cualquier pelea, por pequeña que sea, supone un acontecimiento y en algunos balcones comienzan a asomar las cabezas de mis vecinos, tan aburridos como yo, intentando enterarse de qué está pasando.

Debe de tener unos catorce años y seguramente por eso me resulta llamativa la soltura con la que maneja palabras tan soeces. Siento la tentación de preguntarle si le han hecho daño o si necesita ayuda pero me da la impresión de que probablemente lo interpretaría como un entrometimiento de vieja.

Es una chica flaca, de caderas y espalda aún estrechas pero se ha vestido como si fuera a posar para la portada de una revista hortera. Quizá esa sea la razón que explique que las risas de sus amigos le parezcan tan humillantes. Se ha puesto unos vaqueros ceñidos de talle muy bajo sujetos en la cadera por un pañuelo rojo y una camisa anudada justo por debajo del brevísimo pecho. Deja a las vista un cuerpo larguirucho y prometedor pero poco apropiado para una vestimenta tan exuberante. La contradicción le confiere un aspecto extremadamente frágil.

Como si hubiera adivinado lo que yo estaba pensando y quisiera desmentirme escupe al suelo con rabia y levanta airada la cabeza, en la que un turbante rojo, como su camisa, sostiene una altísima coleta.

Va caminando delante de mí, apretando altivamente el paso porque dos de los chicos del parque han salido tras ella. Uno lleva al otro sentado en el manillar de su bicicleta y en ese extraño equilibrio de idas y venidas detrás de la chica, este último trata de excusarse echándole la culpa a un tercero ausente. Las excusas me suenan tan familiares, tan repetidas, tan inútiles y,  al mismo tiempo, tan eficaces.

Ella va cambiando el tono de sus respuestas con tanta facilidad que obliga a pensar que estaba deseando hacerlo desde el principio y el chico se baja de un salto del manillar y continúa caminando junto a ella. La conversación, a partir de ese momento, sigue en un tono mucho más bajo y el ciclista se retira sin decir nada.

Ya no puedo escuchar lo que dicen pero, de repente, siento una enorme fatiga. Al verlos juntos, uno al lado del otro, me parecen aún más jóvenes de lo que había creído; ella le saca un palmo y eso suele ocurrir cuando los chicos no han llegado aún a la edad del estirón. No son más que dos niños ensayando un juego extenuante que los tendrá entretenidos, al menos, los próximos cuarenta años.

 

 

Al caer la tarde

Solo necesito una mecedora para pasar la tarde. ¡Qué espíritu tan pobre el mío!. Como a una niña en su columpio, el movimiento me parece suficiente ocupación, me acuna y me acompaña. Atrás y adelante, subir un poco y luego bajar, uno, dos... Siento pasar el tiempo sin dolor y sin afán en la mecedora blanca de mi abuela. La recuerdo a ella, tan lejana, como me veo a mí ahora: adulta, abstraída, extraviada en un laberinto oculto en la parte de atrás de sus ojos, mirando sin fijar la vista en ningún sitio, dejando pasar la tarde sin hacer nada, sin decir nada, sin esperar nada.

Me arrullan el ruido suave de la madera que se balancea sobre el mármol y el roce de las viejas cuerdas que trenzan el asiento al estirarse. Música de tres notas que se repiten, en orden, una y otra vez mientras me voy quedando a oscuras.

Ensayo para mi vejez, solo probable, muchas tardes así. No quiero ver la tele, tan sórdida como acostumbra, sentada en un sillón inmóvil, ni siquiera oír la radio que chorrea palabras grasientas. Mejor mecerme en el silencio y el olvido.

Escrito en Sólo Digital Turia por Eve Ferriols

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