Suscríbete a la Revista Turia

Artículos 1 a 5 de 431 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente

Los distintos estadios de la enfermedad

12 de febrero de 2026 14:47:45 CET

Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) es una escritora argentina, especializada en el microrrelato. Uno de sus últimos libros, publicado en 2019, La Guerra (Páginas de Espuma), alcanzó a público y crítica, encumbrándola como uno de los referentes del género.  También ha incursionado en la literatura juvenil y la poesía mientras su narrativa no dejaba de obtener premios y reconocimientos.  Su último libro de cuentos, Sirena de río (Emecé) se publicó en Buenos Aires en 2022 y ahora Páginas de Espuma edita El cuerpo roto, una profunda reflexión sobre la enfermedad y la vida, sobre el deceso y la familia. Uno de esos libros donde los relatos parecen capítulos de existencias distintas, instantes capturados en una polaroid emocional con la que el lector se siente identificado. 

Padres e hijos, mujeres y maridos, sangre y amistad. Todo converge entre recetas, historia, hospitales y situaciones límite que, por su carácter humano, genérico, todos acabamos navegando. Inquietante en la brutalidad, en el manejo de los tiempos narrativos, el modo en el que se extiende la enfermedad por las páginas, de lo leve a lo terminal: lugares y situaciones, la desolación, las palabras que definen el miedo y también palabras que, quedándose en el aire, no acaban de significar nada. 

En el primer cuento, «Un canto a la vida», nos encontramos con el primer estadio de la simple molestia, conocido por todos, el del ibuprofeno y el paracetamol. Y vemos cómo crece, primero muscular, luego el movimiento. Es curioso que las mismas páginas se detienen un instante: el dolor y la enfermedad viajan a distintas velocidades. Hasta la llegada de la palabra-encrucijada, metástasis, desfilarán el tramadol y sus derivados. Es la supervivencia: la quimioterapia, la falta de sueño, la paranoia. La gran palabra, que siempre aparece, que está ahí. Cáncer. Un cuento impregnado de empatía, del que recibe el lector una lección cualitativa, doble: no abandonarse al chamanismo y sí a la ciencia. Y, por supuesto, una lectura de esperanza. 

Con «Rita y el doctor», otra enfermedad, otro lugar: la mente, que derrotada y presta, acaba siendo lucha más. Esa sensación que Shua transmite, de repetir lo mismo mil veces a mil personas distintas, los informes acumulados, la extrañeza del paciente frente al doctor, como si fueras, a la vez, su primer y último paciente. Y un delicado salto temporal, que olvida lo incómodo de lo sexual para llegar a la lenta poesía del olvido. Una extraña pasión, un cuento bellísimo. 

Mi favorito es «Casi una crónica», una especie de Hunter S. Thompson en el servicio público de la Argentina: gente que hace el aguante de lunes a jueves (“se la banca”) y acaba en urgencias el viernes o el sábado, salvando la semana como mejor pueden. Un paraguayo obeso, una chica rica que sangra, lo privado frente a lo público, un tipo sondado que vive en la calle, empatía -es un libro que sobrevive con un suministro infinito de empatía-, las risas, el atajo, la cocaína haciendo su aparición conforme avanza la noche. El whisky y la timba. Duros como estatuas, llega más droga, PACO (pasta base): “No bajes”, se puso dura la noche, llegó la policía, hay un charco de sangre, “Se pudrió todo en la guardia”. Un manifiesto de realismo sucio, casi periodístico. Volver a los setenta, cuando en la Argentina todo era técnico y político, «Técnicas modernas». Incluso el sexo se sometía a la teoría pura, igual que los volúmenes de marxismo, los había para el acto. Un forro, un frotamiento. Un amor inacabado, un recuerdo agridulce. No habrá más penas ni olvido. 

La belleza llega con «El cuerpo roto», una narración acelerada, de marido y mujer, una relación de largo recorrido. Cariño y espera, cuerpos estropeados, la confusión y el hermetismo del recuerdo. Cronometrando el cuento, envuelto en la melaza que siembra el olvido. Ella está muy viva. Hay demasiadas viudas en el mundo. Todos lo sabemos. Pero, por llevar la contraria, leo «Cuidar un gato», la tristeza es el reguero de un perfume, un abrazo que queda. Fue ella la que se marchó y el viudo no sabe qué hacer con la ropa. Una ligera sonrisa: «Vos no necesitáis una novia, necesitáis una empleada». Y llegar el desplome con un abrazo, con otra ausencia, porque la mascota, el gato, es la última luz encendida que dejó su esposa. La autora disecciona el paso del tiempo, sin caer en lo obvio, llegando a cada uno de los que leen, porque es un catálogo completo de personajes y estados, de momentos y recuerdos. 

«Los gaspáridos» es la complicación de una intervención, los grupos de WhatsApp, la autora describe el desgaste, la realidad frente a una estancia prolongada en un hospital, cómo todos tienen que seguir, de una manera u otra, primero los amigos, luego los familiares, finalmente los hijos, viviendo sus vidas. Al final, solo ella, esperando, de Buenos Aires al DF: «Lo vemos dos veces por día. No habrá más mensajes mientras no haya novedades». 

«Gaviotas en el bosque» es un cuento que aborda otra forma de amor y enfermedad. Padre e hija, anfetaminas y whisky, el desorden como forma de vida, la paciencia como solución. Un mazo de recetas, fotocopias y farmacias, pastillas, muchas pastillas. Un dibujo, el presente y el pasado. ¿Habrá futuro entre tantas propuestas truchas? Un dibujo, un animal, cien animales, el zoo: recurrir a la infancia. Estacionar en la paz. La búsqueda por internet, una diarrea, los hospitales como foco de problemas, la llegada de la dependencia. 

«Amín o la caída» es un relato de recuerdos, una vida en su final, donde lo imaginario se confunde con lo real. ¿Qué buscas? Pues un final magnífico y agridulce para ella, para Luis, para el otro, como nos ofrece la autora. De ahí, a un sueño de péplum, de Mónica y sus más de ochenta años. Esta vez, tía y sobrina. Las recetas como parte de la vida, ritmos de blíster y pastillas. 

«Unos días en la playa» habla del cansancio de la familia con una persona dependiente, pero también, de los fenotipos que la sociedad deja en sus márgenes, unos con más suerte que otros: adictos, suicidas, niños que extrañan a su madre, padres que dan miedo a sus hijos… al final, volver y volver. Como un tango fuera del tiempo. 

Uno de mis relatos favoritos es «Selva y el diablo», cómo emparenta la paranoia del proceso, con la revolución de 1955, con el peronismo, montoneros, la violencia y el monte, días bravos de comunismo y muerte. Pero, al final, la gente se junta alrededor de un cadáver al que frotan el pecho para mantenerlo caliente antes de la llegada de la familia. En tiempo de desaparecidos y violencia política, la gente sigue muriendo por enfermedad. Llámalo causas naturales, si quieres: «Sos un cadáver que camina». Una, la pelirroja, la que llevaba el control de un personaje, de Selva, en la célula, acabó muerta por un infarto, después de un ataque de asma, en centro de detención, torturada. ¿Qué se puede escribir sobre eso? Y cito, una frase, final de relato: «Y de la época del miedo no se hable más que es cosa triste», El final, con «Después de la muerte» es la conclusión perfecta: un instante, el teléfono que suena, cuando te relajas, cuando no lo esperas. Acudir al lugar, gastar en el viaje, en el taxi, lo que no gastarías si fuera un momento feliz. En el terror y la tristeza se gasta uno más. ¿Qué prefieres? La vida paralítica o la muerte definitiva:  «Todavía tiene el pecho caliente». La autora lo deja claro, del hombre no queda nada, el cadáver tiene la mandíbula sostenida, un cuerpo que es objeto. Y los que se quedan, los que nos quedamos, con pastillas para dormir, con casas, en la noche, vacías para siempre. El miedo a soñar que sigue vivo y el miedo, todavía peor, de despertarse y beber toda la tristeza de golpe. Leo, escucho, un bello final, de ansia en Plaza Francia, como la canción. Entre la vida y la muerte, incluso después, todos los estadios del hombre, una cronología de lo que nos hace humanos. 

 

Ana María Shua, El cuerpo roto, Madrid, Páginas de Espuma, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) siempre sorprende con sus propuestas. En la última, El libro blanco. Alfabetos de silencios (La Caja Books) aborda distintas maneras de habitar el silencio, de encontrarlo, de conjurarlo, de alzarse (o hundirse) hasta él; incluso nos descubre su alfabeto, el «silenciés». Un extraño ensayo sugerente como enigma o plegaria incauta, de belleza altísima.

 

«El silencio no es un modo de estar, sino de ser»

 

- ¿Cuánto silencio (y de qué naturaleza) ha participado en la escritura de este libro?

- El silencio no es un modo de estar, sino de ser. Siempre me han definido como alguien «callado», por mi carácter reservado e introvertido. Mis amigos hacían bromas de todo tipo con mis silencios, y creo que El libro blanco responde a esa naturaleza, aunque no hay nada autobiográfico en él. Los silencios que se describen en el libro son colectivos, universales. Los míos me los callo.

 

-¿Qué cualidades se requieren para practicar el «silenciés»?

- Resguardarse del ruido, sobre todo del propio. Levantarse temprano, antes que el resto de animales y humanos, moverse despacio, alejarse de las plazas. Conducir por carreteras secundarias. Leer sobre todo los márgenes paginales.

 

-¿Hay silencios más puros y otros sucedáneos?

- El silencio puro, técnicamente, no existe. Donde hay un ser vivo, los zumbidos de su sistema nervioso y el rumor del correr de su sangre llegan al oído y estropean la recepción (la ausencia de recepción, para ser exactos). Puede haber silencio en una cámara anecoica, con la condición de que no haya nadie que lo oiga (sucede un poco como con el gato de Schröndiger: quizá exista ese silencio perfecto en el interior del habitáculo, pero no podemos saberlo, solo deducirlo).

 

«La belleza genera un momento de suspensión que acalla todo a su alrededor»

 

-¿El silencio siempre deviene en belleza? Algo similar: ¿Silencio y belleza siempre brotan juntos?

- En algún poema del libro se dice que la belleza genera un momento de suspensión que acalla todo a su alrededor. Ese «contuvo la respiración» de los clichés novelescos delata la proximidad del acontecimiento.

 

- El silencio del ignorante, ¿lo convierte en un sabio?

- El silencio del lego, o del lerdo, son silencios tensos, eléctricos, desconfiados, de apretar los puños. El silencio de la persona sabia es relajado, tranquilo, parece estar en otro sitio mientras calla.

 

«Pensar es de las pocas cosas que logramos desarrollar sin hacer ruido, y por eso es tan valioso –y tan escaso–»

 

- ¿El silencio también exige un acallamiento del pensar?

- Pensar es de las pocas cosas que logramos desarrollar sin hacer ruido, y por eso es tan valioso –y tan escaso–.

 

- ¿Cuándo duele más un silencio que una palabra?

- En muchos casos descritos en el libro. Por ejemplo, si el silencio responde a la pregunta «¿Me voy a curar?».

 

«Hay quienes intentan convertir la política es una mascletá de estupideces, un tronar indistinto de naderías estentóreas»

 

- ¿Hay alguien menos proclive al silencio que los políticos?

- Hay quienes intentan convertir la política es una mascletá de estupideces, un tronar indistinto de naderías estentóreas. Luego, hay otros políticos, pocos, que hacen su trabajo a escondidas, velando por los demás, o intentándolo. En un libro de aforismos que saldrá este año en la editorial Polibea, el poeta Eduardo Moga escribe: «Una idea sin matices no es una idea, sino una tamborrada». La política española recuerda a veces la Rompida de Calanda o al toque de tambor en Baena, pero sin gracia, y con nuestra cabeza como parche por reventar.

 

-¿Cuándo conviene convertirse en «ventrílocuo» del silencio ajeno?

- El silencio de los demás es inescrutable; más que ventrílocuos, somos marionetas del guiñol de lo que callan. Si nos ocultan parte de la verdad cuando hablan, ¿cuánto mentirán al guardar silencio?

 

- ¿Se siente cómodo el silencio en el pronombre «yo»?

- Eso es lo mejor del silencio, que mientras dura no se dice «yo», no agredes a nadie lanzando ese pronombre. Lo habitas como lo que es, un hostal avejentado de provincias que pronto tendrá otro ocupante.

 

«Escribir es arbitrar en la guerra de los signos contra la página»

 

- ¿Cómo se detectan esas «grietas del discurso», sus silencios, en palabras de Túa Blesa?

- El discurso está compuesto de signos que ocupan parte del espacio en blanco. Ya vio Mallarmé en Un golpe de dados que la página es una partitura y que sus partes no escritas debían entenderse como silencios. De ahí la concentración de los minúsculos poemas de Valente, que parecen líneas creadas para darle espesor y densidad material al blanco en derredor. Escribir es arbitrar en la guerra de los signos contra la página.

 

- ¿Difieren los silencios que provocan las imágenes respecto de los que originan las palabras?

- Las imágenes no nos dejan respirar; es normal que, a veces, cuando queremos concentrarnos en algo, abstraernos o relajarnos, cerremos los ojos. Es la única forma de defenderse. Ese negror inconcreto, con sombras y fosfenos, que contemplamos en la oscuridad, es el equivalente visual del silencio.

 

«Escribir es mi forma preferida de callar durante horas»

 

- ¿Es un sinsentido hablar o escribir sobre el silencio? ¿No sucede, como apuntó la poeta Szymborska, que se destruye? 

- Por un lado, sí; si lo dice la admirable Szymborska, poco que agregar. Pero demos un rodeo al razonamiento: ¿es lo mismo callar que no escribir? Porque cuando escribo no emito ruidos —por eso lo hago a mano y con lentitud, sin rasgar ni hendir el papel—. Escribir es mi forma preferida de callar durante horas. Así entendida, la escritura no solo no se opone al silencio, sino que constituye la más calmada y muda de sus formas.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Lirismo, crítica sin amparo, un regusto de épica casi a la antigua usanza… la poesía de Xosé María Álvarez Cáccamo es de una ductilidad solo comparable al borde de la parresía. La editorial Dilema reúne su obra en Cuatro décadas de poesía (1983-2023), un poeta que también transita las veredas del objeto poético, de una intensidad altísima y, al tiempo, enraizado en los asuntos más políticos.

 

«Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria»

 

- En cuarenta años, ¿en qué se sigue reconociendo cuando lee sus poemas más antiguos y cuál, de haberlo, es el gran hiato (s) que se han producido en su poesía?

- Hoy puedo reconocer en mi obra más reciente –y reconocerme a mí mismo sin arrepentimiento- la posición evocativa que dirige mis poemas desde que empecé a escribir. Es un registro emocional del que no puedo prescindir. Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria. La utopía que la conduce es el sueño del reencuentro con el pasado, la ilusión de detener el curso de la vida para poder regresar a la infancia, a la adolescencia, a los ámbitos familiares, a cierto estado de plenitud que en parte resulta construído por el poema. Memoria poética sin excesivo peso de nostalgia. Todavía me identifico, además, con la mirada onírica de fundamento surrealista cuyos excesos de juventud fueron reconducidos a partir de mi libro Cimo das idades tristes, de 1988 —el posible hiato por el que me preguntas—, donde comencé una ruta de clarificación expresiva que se fue intensificando hasta hoy. Se trataba de liberar el lastre acumulativo, una imaginería de densa arquitectura no siempre justificada. No renuncio, sin embargo, a la función del poema como intérprete interrogante de la complejidad del mundo y, por lo tanto, huyo de la efusión emotiva no elaborada, del poema como documento confesional

 

«Toda la variedad de mi trabajo obedece a la pulsión del placer manual»

 

- ¿En qué difiere la poesía hecha poema de la poesía de los objetos, o la poesía visual?

- Mis poemas de base lingüística vibran en el espacio de la experiencia vital, íntima o colectiva. Los poemas visuales y objetuales que salen de mis manos no necesitan asentar sus raíces en la materia de base biográfica, aunque con frecuencia recogen ecos de la memoria, formas y volúmenes que traen resonancias, por ejemplo, de mis juguetes de niño. Antonio Gamoneda, en un poema que preside el catálogo de mi exposición Biblio-grafías, celebrada en León en 2013, escribe: «He logrado acercarme a tu juguetería, quiero decir, claro es, a tu juguetería amorosamente diabólica». Juguetería escultórica, objetos encontrados, libros intervenidos, textos criptográficos, miniaturas oníricas, toda la variedad de mi trabajo objetual y visual, aunque emparentada temáticamente con mi poesía escrita, se desarrolla en el taller del homo faber y obedece a la pulsión del placer manual, mucho más gozosa y serena que la producida por la inquietante inmersión del poeta en las profundidades de la existencia.

 

«La vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede»

 

- ¿Cómo evitar que «la crecida de sangre» nos haga «hombres muy tristes y muy pacíficos para siempre»?

- El poema de este verso, titulado “Cuchillos” en castellano, me fue llevando en su avance a la hipérbole final, una conclusión de tonalidad ascendente derivada del testimonio de las heridas con que la vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede. Yo me sentía entonces, en las proximidades de mis cuarenta años, muy triste. Luego pude comprobar que, afortunadamente, aquel estado de ánimo no me acompañaría siempre y que los acontecimientos que habían provocado la tristeza vivida entonces como definitiva no habían alcanzado el exagerado volumen de una crecida de sangre. Pero, en aquellos días, me sentía arrastrado por la desmesura del río sangriento. Desde mi conciencia de 1988, el año de ese poema, te diría que los efectos inmediatos de la crecida de sangre no se pueden evitar. Luego las aguas volvieron a su cauce y la vida fue trayendo otras heridas y otros poemas que las fueron acogiendo, a veces con voluntad y resultado de efecto terapéutico.

 

«La melancolía, esa emoción fronteriza, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos»

 

- ¿La poesía es más dúctil en la melancolía que en el deseo?

- La melancolía, esa emoción fronteriza, casi amable, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos, equilibrados, a veces versículos de formato dilatado. Esta es la segunda acepción del adjetivo «dúctil» en el diccionario de la Academia: «Aplícase a los metales que mecánicamente se pueden extender en alambres o hilos». Quien pudiera poner la melancolía en versos que se fuesen extendiendo a la manera de alambres o hilos. Tal vez se pueda intentar tal prodigio de alquimia en un poema objeto. Extender el metal de la melancolía hasta que alcance la sutileza de un alambre finalmente disuelto en hilos.  El deseo, en cambio, sobre todo el deseo erótico, busca versos rotos, quebrados, vibración de encabalgamiento, elipsis. Pero hay deseos de amplio espectro o de dimensión transcendente que se manifestarían mejor a través de ritmos sinfónicos.

 

«Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria»

 

- ¿Cuánto de onírico alberga la poesía?

- Una tendencia fundamental de la poesía de todos los tiempos comparte con el discurso del sueño nocturno algunas claves de sentido: el significado polisémico de las imágenes, la sugerencia enigmática, la construcción desordenada, la arquitectura simbólica, la irrupción del magma subconsciente. El cantar de los cantares, El cántico espiritual, Poeta en Nueva York o el Aullido de Ginsberg constituyen ejemplos claros de esa corriente onírica. La poesía simbolista de Rimbaud y Baudelaire, el surrealismo y todas las variantes del irracionalismo poético recogen del sueño una parte decisiva de su materia creativa o, cuando no es así, establecen un diálogo de proximidad muy evidente con la ficción soñada.

Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria en los primeros momentos de vigilia. Son sueños transcritos en lengua de poema todos los textos de la segunda parte de Tempo de cristal e sombras (2014) y la visión onírica dirige además la construcción de muchas imágenes a lo largo de toda mi obra.

 

«La pasión del deseo conduce las rutas de nuestra vida»

 

- ¿Cómo reconocer «la hora del deseo»?

- La hora más alta del deseo es la de los años de adolescencia y de juventud. Era muy fácil entonces reconocer sus síntomas: entusiasmo y desazón, feliz desequilibrio. La pasión del deseo conduce, con mayor o menor intensidad y permanencia, las rutas de nuestra vida. Todavía hoy me mueve el entusiasmo de nuevos descubrimientos existenciales, artísticos, científicos y literarios, deseos de amor y de amistad, la esperanza política de justicia, la confianza en la derrota del fascismo. El deseo vivo de nuevos poemas. Puedo reconocer en mi cuerpo la vibración de los diferentes órganos del deseo.

 

«Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece»

 

- El poema, ¿nos habla o nos escucha?

- Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece. Él mismo no sabe lo que nos quiere decir hasta que decide callarse. Tampoco entonces su discurso resulta totalmente inteligible en términos de racionalidad ni para el autor ni para sus destinatarios. Y, sin embargo, el buen poema nos entrega un efecto de verdad, una sugestión interrogante, un sentido necesario, casi siempre revelador. Estoy hablando de la modalidad poemática con la que más me identifico, distante de aquella otra caracterizada por el uso de un guion previo al acto creativo.

Antes de echarse a andar, el poema escucha el rumor de una intuición que reclama ser verbalizada, un verso que se ofrece sin previo aviso, una pauta musical repentina, una imagen sugestiva, el instante de un recuerdo. En las ocasiones más propicias, el poema decide responder a la solicitud de su autor, quien, sin duda, es el responsable único de la acción creativa.

La ficción verbalizada en mi respuesta, protagonizada por un sujeto, el poema, al que he otorgado atributos humanos, se ajusta a la literalidad de tu pregunta: «¿El poema ¿nos habla o nos escucha?» Creo, sin embargo, que esta interpretación fabulada o parabólica consigue, como el poema mismo, un cierto efecto de verdad.

 

«No me conformo con la justicia poética de mis versos»

 

- Sepultar en unos versos a alguien (Manuel Fraga Iribarne) bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza, ¿es justicia poética?

- Ojalá hubiéramos conseguido ejercer contra Fraga Iribarne y otros activos y muy convencidos colaboradores con la dictadura franquista una acción de justicia legal. No me conformo con la justicia poética de mis versos, que responden a la sensación feliz de aquellos días de movilización popular, dirigida por la plataforma Nunca Máis contra la inoperancia y las mentiras de los gobiernos del Partido Popular (el de la Xunta y el del Estado)  frente al desastre provocado por el vertido de petróleo del Prestige. Efectivamente, desde el mes de noviembre de 2002 y a lo largo del año 2003, el dirigente fascista Manuel Fraga Iribarne fue «sepultado bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza», y fuimos nosotros, el pueblo gallego en formidable actividad de insurrección, quienes pronunciamos la sentencia. Luego él emergió de los fondos de la ignominia. Pero, finalmente, hoy se cumple de alguna manera el deseo que expresan otros versos de mi poema “Maré do pobo a arder” (Marea del pueblo en llamas): «Desaparecido/al fondo del fangal de alquitrán/y del olvido». Justicia popular, tal vez, la que condenó a Fraga Iribarne al olvido, pues no consiguió permanecer como hubiera querido en el estado de la tercera vida, la vida de la fama poetizada por Jorge Manrique. Justicia poética, acción verbal de agitación contra la injusticia, la violencia católica, el genocidio militar de 1936, la dictadura de Franco o las amenazas fascistas de hoy son los motivos que me incitaron a escribir otros poemas y libros de intención política.

 

«Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva»

 

- ¿Qué diferencia el poema elegíaco del sentimentalismo que acampa en tantos versos de hoy?

 

- El sentimentalismo plano, simple efusión sentimental sin elaborar, materia prima no manufacturada, página de diario adolescente, son productos que debemos situar en espacios ajenos al ámbito de la poesía, elegíaca, hímnica o propia de cualquier modalidad genérica. No constituyen entidades de arte sino documentos confesionales —dignos de aprecio como ejercicio humano— que, en un tiempo como el presente en que las fronteras del continente literario se desdibujan en beneficio de ciertas aportaciones de perfil populista, están causando mucho daño en los territorios de la recepción menos formada, que acoge esas manifestaciones de la emoción esencial como muestras valorables de Poesía. El número de seguidores de tales documentos de la espontaneidad sentimental en las redes sociales define a veces el nivel que permite, con la complicidad de algunas editoriales, su incorporación al sistema literario. Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva.

 

«En mi obra abundan las presencias humanas»

 

- El poeta, cuando escribe, ¿lo hace solo o lo pueblan voces de vivos y muertos que hacen de esa soledad una multitud bien avenida?

 

- Sí. Esas otras voces acuden al eco del poema y traen su propio acento. Organizan el coro de la memoria. Confunden sus días con las horas del poeta. El poeta evocativo y elegíaco los convoca para que colaboren a ajustar las imágenes del pasado. En mi obra abundan las presencias humanas. Son sobre todo las personas de mi familia, especialmente mis padres y mis hijos, pero vienen también antepasados más remotos, algunos escritores y artistas, seres anónimos, siluetas populares: «Hay bultos que sobreviven indiferentes bajo la tormenta. Suben y bajan por el día entre la lluvia multitudes grises, ropas frías, un tráfico líquido de sombras». En el último poema de la antología «llegan a mi casa las cuatro muertes, / nuestras cuatro muertes del vivir de siempre».

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

La profundidad de lo cotidiano

6 de febrero de 2026 10:22:25 CET

Juan Luis Saldaña (San Sebastián, 1978) es escritor y novelista. Su producción literaria es muy heterogénea, yendo desde los relatos con Hasta agotar existencias” (Comuniter, 2010), el dietario digital e irónico en su exquisita recopilación Sois todos idiotas (Libros de(a) Imperdible, 2014) y, sobre todo, Hilo musical para una piscifactoría (Anorak, 2016) novela que tuvo una segunda edición al año siguiente coincidiendo con el rodaje de Miau, la película de Ignacio Estaregui que se inspiró en ella para la escritura del guion. 

Juan Luis Saldaña, habitual en prensa escrita y radiofónica, hace del humor y lo cotidiano una marca de identidad, cargada de belleza y una sensibilidad que escapa a los movimientos postmodernos que rodean la literatura española de las últimas décadas. Un heterodoxo, capaz de publicar en el mismo año su tesis doctoral sobre el periodista Mefisto, Fernando Soteras 'Mefisto' (1886-1934) y sus coplas del día como fenómeno popular (IFC), obtener el premio de narrativa Isabel de Portugal con La mala edad y publicar este, su primer poemario, Inventario doméstico con la editorial Olifante. 

Hablamos de primer poemario, quizá de manera formal, porque Juan Luis ha escrito versos desde que montó su primera banda, “Nubosidad Variable” o ha esbozado una lírica heredera de Mariano José de Larra o Francisco Umbral en sus numerosísimas columnas en la prensa diaria española y aragonesa. Pero sí, es tiempo de que el Saldaña poeta haga su aparición oficial y lo haga, además, con un libro que había obtenido el Premio Internacional de Poesía Garrido Chamorro, y en una editorial con la solera y la tradición de Olifante. Inventario doméstico nos ofrece un catálogo de ámbitos y capturas, una amalgama emocional donde se suceden los usos y las costumbres, las dimensiones euclídeas del cariño y la belleza: tiempo y distancia.  Prosas poéticas con un tono capitular frente al paso de los años: «La ropa tendida es un fusilamiento de almas. La ropa tendida es el suicidio de un espantapájaros, la bandera de los barrios, es casi tirar la casa por la ventana». Con una poética que encaja con sus compañeros de generación, cercano al tono de Familia numerosa de Enrique Cebrián Zazurca o Quedarse a vivir de Carmen Ruiz Fleta, desde una perspectiva de hijos-padres, de lo filial y lo paterno, de la contemplación como instrumento para conservar los sentimientos. 

Entre los cachivaches del pasado y la quincalla moderna, la memoria es un trasunto de decisiones que se niega a desaparecer. Las elecciones, como en una existencia llena de bifurcaciones y senderos, acaban encumbrando las palabras hacia su territorio natural, la apropiación del ámbar como conservación de la herencia, la conexión familiar.  Escribe Saldaña: «El estucado es la epidermis de los tabiques, un lisérgico sobrio y sugerente que siempre te ofrece compañía. El gotelé es un relieve imperfecto y un plano imposible, una guerra de pintura congelada en el tiempo y el acné perenne de los hogares. Por eso alisé mis paredes». Este libro refleja los paisajes comunes de una generación que ha sido el demiurgo entre la añoranza digital y el tótem tecnológico. Juan Luis Saldaña, apolíneo constructor, amanuense de lo cotidiano, cataloga las grandes cuestiones a través de metáforas demoledoras, de juegos de espejos, de la contemplación sensible de un mundo que se conserva en el museo de la semántica y el recuerdo. En las habitaciones de la casa se acumulan recuerdos y pasiones: «Fregar es un barreño de plástico en un camping, una cadena de montaje en familia, una taza desconchada, un coro de italianas y Nosferatu. Fregar es asumir lo imposible, un Poncio Pilato del frío y la decepción inevitable del genio. Fregar es empezar a ensuciar. Por eso compré un lavavajillas». Pasión y existencia, la genealogía del poeta cauteriza el olvido de los objetos, los enfría en el vidrio del instante. Es un dispensario de versos, encajados en prosas nutricias, que harán que el lector disfrute de la sucesión de pasajes que conforman Inventario doméstico: una experiencia de regresión, aderezada con un pasado cálido y reconocible. 

 

Juan Luis Saldaña, Inventario doméstico, Zaragoza, Olifante, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Del baldío al verso

6 de febrero de 2026 10:00:13 CET

Tras publicar su colección de relatos Periferias del deseo (Pregunta, 2025), recibir el Premio de las Letras Aragonesas 2024 -ex aequo junto a José Luis Melero-, y publicar La emoción de vivir, (Gobierno de Aragón, 2025); una colección de prosas y versos que es un gran homenaje lleno de ternura y generosidad para con tantas y tantas figuras a las que evoca y dedica su cariño -desde Emilio Lacambra o Félix Romeo, hasta Sinner y Alcaraz-, Antón Castro cierra un año de cosecha providencial con un nuevo poemario, Con sílabas de gol (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2025) en el que se recogen cincuenta y dos prosas poéticas centradas en el balompié como eje principal de giro; obra que, en palabras del autor, “es una aproximación a un juego contiguo a la emoción, la belleza, el suspense y la idolatría” y nos revela a su comienzo que “podría contar mil cosas./ Pero en realidad querría hablar/ de todos aquellos a los que amé” y, añadirá posteriormente en su texto, porque “el fútbol, como la vida, exige armonía, / unidad de grupo, suma de esfuerzos / y pasión de ganar y gozar con los tuyos”: he aquí un terreno donde desarrollar un juego ágil y preciso. 

En sus casi doscientas páginas despliega las palabras como si se trataran de aquellos botones con los que, de pequeño, emulaba la contienda sobre el verde césped de la imaginación, botones variados -algunos brillantes, otros más sencillos- con los que Castro compone un once titular en el que se alinean el recuerdo de un pasado de carreras en el baldío, el afecto hacia todos quienes formaron parte de ese universo del balón, la ternura brotando de la evocación, el amor regateando a cada paso de la vida, la pasión del aficionado, el almanaque detallista del forofo, la pluma del cronista deportivo, el heroísmo del fútbol base, la mitomanía que despiertan las estrellas rutilantes, la gloria de la victoria y la épica del perdedor que nunca se da por vencido; pues “al fútbol se juega para ganar, pero si pierdes haciéndolo bien, no es una deshonra. Es una modesta forma de triunfo”. Así, nos confiesa, “el fútbol fue una de las primeras escuelas de aprendizaje, algo así como un laboratorio a cielo abierto de conocimiento, imaginación, amistad y sueño” y que “es también un jardín abonado de sensaciones, de nombres, de cromos, de alineaciones y de memoria”. 

Telúricamente la cancha es un planeta paralelo, una suerte de campo de batalla homérico en el que -de forma alegórica- se citan, triunfan o perecen héroes inolvidables a los que cantarán poetas como Castro, relatando “un conjunto de instantes en los que brillan la inteligencia, el temblor de la fantasía y ese arte que rara vez llega a los museos y asoma una y otra vez a las praderas de la memoria”. Y es que, “el fútbol es la emoción de vivir” y, por ello, estos versos guardan “un pájaro inesperado”, una crónica de la juventud que podrían reconocer como suya todos esos muchachos que, generación tras generación y en masa, acuden “a vivir la vida con el balón de reglamento anudado a los pies”. 

Al escribir sobre el fútbol en su vida, da vida a aquellos que quedaron amarrados al pasado como cromos de una liga distante, salen del álbum y recorren la voz con nuevo aliento, porque “los que se van viven en nosotros si los recordamos”, mucho más si quien los eleva son las alas del verso. 

De una manera incuestionable, se puede afirmar que en estos poemas se celebra la vida, la amistad, el cariño como si de un gol se tratase, ya que “el gol es la poesía de los domingos de tristeza” y en todos y cada uno de los campos en que se traza la marca de un rectángulo de cal, se levantan los “escenarios de los recuerdos / donde los versos se miden con sílabas de gol”. Pasado el tiempo, cualquiera de aquellos chicos y chicas podrían confesar, con el nombre de alguna figura legendaria en el silencio de la memoria: “cerré los ojos y oí, con absoluta nitidez, el clamor / del estadio como si hubieras vuelto a marcar” y, es que, para alzarse con el triunfo en la cancha de la vida, no se pude salir a defender un empate. El cuero siempre seguirá rodando. 

  

Antón Castro, Con sílabas de gol, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

Artículos 1 a 5 de 431 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente