Suscríbete a la Revista Turia

Artículos 1 a 5 de 462 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente

Al otro lado del espejo

29 de junio de 2026 10:21:43 CEST

María Benítez Soldevilla (Alice Quinn) nos entrega su primer poemario, Mecheros para las hadas editado por Los Libros del Gato Negro. Su labor profesional y artística se encuentra plenamente integrada en su obra, que bebe de referentes pictóricos, cinematográficos y de la psicología sanitaria. Un libro que comienza con versos «¿Es Amor una palabra excesiva? / ¿Cómo es el peso de la sombra que proyecta?» En su léxico hay insectos, ninfas… el lenguaje de las hadas escapa de la metáfora sencilla: «Porque mi cuerpo fue ciudad asediada / y en sus calles resuenan -todavía- / los gritos de las víctimas / durante el exterminio». 

Acompañando imágenes potentes tenemos referencias a iconos y representaciones, de San Juan al arlequín, y el mundo de los juguetes de madera, llevándonos, ligeramente intoxicados hasta lugares extraños: «La luz evita tocarme, como si mi piel contuviera / todos los pecados del mundo». Impacta la imagen de los ángeles incinerados en el cielo, la geografía salvaje contra el tiempo: «Masticar diamantes, vomitar carbón». 

En un mundo angosto y asimétrico, lo simbólico se encuentra en el recuerdo de un mar profanado: «Una sirena sin talento para cantar, / pero muy buena escondiendo cadáveres» o de una playa sumida en una tormenta, amenazada por un extraño confeti: «En esta playa cubierta de cenizas / caen del cielo cadáveres de libélulas / y las gaviotas se estrellan con alevosía / contra el agua tensa». 

En el sueño, en la pesadilla, en los contrarios de la luz y la noche: «Cada sombra tiene/su propio miedo a la oscuridad». Cuando la naturaleza se niega a convivir con la derrota, encontramos fragmentos de versos que atraviesan el libro: «Mi sufrimiento es el acto atroz / de talar todos los árboles del mundo / para escribir un libro tras otros / y, sin embargo, / seguir siempre en la misma páginas, / sin poder pasarla». 

El sueño, la ausencia de sueño, el duermevela, hipnótico, narcótico: «Mi insomnio consiste en una voz que insulte/en que no puede dormir / porque escucha una voz diciendo / que no puedo dormir / y así la misma...». La escritora somete a sus poemas a un bucle infinito, una cinta de Moebius que cristaliza en el camino entre la boca y serpiente, la geometría del círculo, el misterio herético del número Pi. 

Encontramos, en la arqueología de citas, una serie de nombres: Ted Bundy y Alejandra Pizarnik, pero también Gata Cattana, Angélica Liddell y el Peter Punk de Leopoldo María Panero: “Vierto vinagre en la herida porque / hay que regalarla a diario”. De la juventud y lo físico: “Tu casa tiene una entrada que desconoces” o “Mi juventud es un pez que se escurre”. Virtud antiinflamatoria en el estigma de la química, sea el ibuprofeno u otro medicamento: “Vierto vinagre en la herida porque/hay que regalarla a diario” o “Antidepresivo que no te anima, pero te duerme” y “Buenas noches, no hagas ruido, / estoy amamantando / la vieja herida”. Un videojuego, el salto del conejo, encerrado en el manicomio del té turbio, Alice: Madness Returns. La familia: “Un día no quedará nadie a tu alrededor que / hay conocido a tus abuelos, aparte de ti”. Poesía y biología, caramelos y muñecas: “Fenómeno que se multiplica como el núcleo de un virus, / aunque a posteriori tiende a fragmentarse / como un vaso contra el suelo / cuando mi gata lo tira”. 

Unos pocos meses que dedican a la muerte, Lisbeth Salander y su cerilla, por dos, como Chantal Maillard. Hay tiempo para el fósforo y para otras extremidades de la química: “El agua me baila a mí / calmando las quemaduras de tu ácido” o “He pensado que deberías saber / que si las tuvieses en la tripa, / estarían todas muertas. / demasiado ácido”. 

La poeta, identificada con lo acuático, vende su voz, de sirena, hacia la isla: “Tragar pastillas para anular el grito”. Y es premonitoria: “Y todos los péndulos de los videntes giraban / ante tus fotografías” de una situación extrema: “La herida está llena de larvas / la vida cría en mi muerte”. La electricidad última, la de la batería: “Un electrodo en mi frente / la consciencia es material” y la de los últimos días: “Desde que ellas han llegado/el hospital de paliativos de mi cabeza / ha sido cerrado / y los enfermos dados de alta”. Todos los cuentos comienzan a arder cuando nombran a Wendy última entre las dríades. Un libro poderoso que marca el camino de una carrera literaria estimulantemente diferente.

 

María Benítez Soldevila (Alice Quinn), Mecheros para las hadas,  Zaragoza, Los Libros del Gato Negro, 2026.

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Lucidez en la niebla

29 de junio de 2026 09:58:08 CEST

Hay libros de poemas escritos desde una experiencia concreta y otros que parecen surgir de una intemperie mental, de un lugar donde pensamiento, memoria y lenguaje están sometidos a una presión extrema. La vida no fue sueño, de Juan Carlos Abril, pertenece a esta segunda categoría. Un libro sobre el desencanto, la pérdida, el envejecimiento; atravesado por la conciencia de la fractura contemporánea, por la sensación de que el sujeto moderno habita un territorio erosionado donde incluso la identidad aparece sometida a sospecha. 

Desde los primeros versos, el lector entra en una atmósfera de desgaste y lucidez. El yo poético contempla cómo “todas mis esperanzas y mis ilusiones” terminan convertidas en “un recuerdo / que se escapa”, y esa imagen inicial marca buena parte de la temperatura emocional del libro: la imposibilidad de retener el sentido. Sin embargo, sería un error reducir esta poesía a una simple elegía existencial. Lo que distingue a Juan Carlos Abril de tantos autores instalados en el culturalismo melancólico o en la confesión sentimental es la complejidad intelectual de su mirada. En estos poemas el pensamiento no sólo acompaña a la emoción: la cuestiona y la somete a una continua relectura. 

Hay una tensión permanente entre experiencia y discurso. El poema avanza mediante acumulaciones reflexivas, desplazamientos conceptuales y variaciones sintácticas que recuerdan ciertos procedimientos de la poesía meditativa contemporánea. El lenguaje se convierte así en un espacio de investigación. Uno de los grandes temas del libro es precisamente el agotamiento del lenguaje y, al mismo tiempo, su necesidad. “La poesía va y viene, / se encuentra en lucha con la vida. / La vida nos amarga, nos agobia, / la poesía libera”, escribe Abril en uno de los fragmentos más reveladores del volumen. Esa declaración funciona como una poética implícita: la escritura aparece como resistencia frente a la degradación de la conciencia. 

Formalmente, el libro se sostiene sobre tres poemas extensos y ondulantes que integran pensamiento abstracto, imágenes visionarias y modulaciones narrativas sin perder intensidad lírica. Hay momentos en los que la voz parece avanzar mediante asociaciones casi hipnóticas, reproduciendo el flujo discontinuo de la mente contemporánea. Esa respiración amplia recuerda en ocasiones ciertas zonas de los poetas del silencio o de la tradición meditativa anglosajona, aunque Abril evita siempre la imitación. Su tono posee una identidad reconocible: claridad filosófica, agotamiento emocional y resistencia ética. 

Es interesante la manera en que se incorporan elementos del presente tecnológico y psicológico sin caer en el exhibicionismo generacional. Expresiones como “realidad aumentada”, “palabras clave” o “curva de aprendizaje” aparecen integradas en el tejido del poema como síntomas de una subjetividad colonizada por nuevas formas de percepción. El yo poético piensa desde un mundo saturado de información, algoritmos y discursos fragmentarios. De ahí que muchas veces el poema adopte una estructura de deriva mental donde conviven terminología técnica, imágenes metafísicas y recuerdos íntimos. Esa hibridez produce algunos hallazgos poderosos, versos donde la abstracción filosófica se encarna de pronto en imágenes memorables, alcanzando una intensa dimensión visionaria: “la espada verde del fulgor”. 

La memoria ocupa también un lugar central. Recordar aquí significa enfrentarse a la inestabilidad de la propia conciencia. El pasado aparece erosionado, convertido en una materia ambigua donde ya no es posible distinguir entre experiencia real y deformación subjetiva. “Yo vengo del pasado y el pasado / sorprendentemente no existe”, afirma. Ahí se resume la lógica profunda del libro: la identidad se revela como una construcción precaria sostenida apenas por fragmentos de memoria. 

La vida no fue sueño dialoga con una larga tradición de la desilusión moderna, desde hastío el Barroco hasta la poesía existencial contemporánea. El propio título establece una inversión irónica de Pedro Calderón de la Barca: aquí la vida no es sueño, es desgaste y conciencia. El despertar no conduce a ninguna revelación trascendente, sino a una comprensión dolorosa de los límites humanos. Y, sin embargo, el libro evita el nihilismo absoluto. Hay una insistencia ética que atraviesa sus páginas: la necesidad de sostener la dignidad incluso en medio del derrumbe. 

Quizá sea precisamente la palabra “dignidad” una de las claves secretas del volumen. Aparece asociada a los derrotados, a quienes intentan sobrevivir sin renunciar a su verdad interior. “Quise cambiar el mundo / y ahora sólo espero / salir de aquí con dignidad”, leemos en uno de los momentos más conmovedores. Esa confesión resume también el cansancio histórico de toda una generación enfrentada al fracaso de los grandes relatos colectivos. 

El sujeto que habla en estos poemas se siente perseguido por la culpa, la desmemoria y el agotamiento, pero también intenta construir un espacio de resistencia a través del lenguaje. De ahí que la escritura aparezca como un territorio ambiguo: refugio y herida al mismo tiempo. “Mi dignidad es la poesía / entregada a su suerte”, leemos hacia el final del libro. 

Hay algo profundamente contemporáneo en esta manera de entender el poema no como un lugar de armonía, sino como un espacio de tensión irresuelta. La vida no fue sueño exige una lectura lenta, atenta a sus desplazamientos reflexivos y a sus recurrencias simbólicas. Frente a cierta poesía contemporánea dominada por el efectismo confesional o la simplificación emocional, Juan Carlos Abril apuesta por una escritura densa, intelectualmente exigente y moralmente incómoda. 

La vida no fue sueño es, en definitiva, un libro de madurez. Un libro que interroga la memoria, el lenguaje y la identidad desde una lucidez amarga, pero también desde una profunda necesidad de verdad. 

 

Juan Carlos Abril, La vida no fue sueño, Valencia, Pre-Textos, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Dionisio López

De norte y frontera

10 de junio de 2026 09:05:08 CEST

Norteña, editado por Las Afueras, es el primer libro publicado en España por la compositora e intérprete mexicana Julieta Venegas. Uno de esos libros que se abren como se despliega un mapa topográfico sobre la mesa de un puesto callejero o como se limpia el cabezal de una vieja pletina antes de que la cinta de casete comience a rodar. 

Norteña, el ejercicio de memoria y arqueología sentimental entregado por Julieta Venegas, es exactamente eso: una bitácora de ósmosis urbana y una indagación sobre cómo se construye la espina dorsal de una identidad artística. El volumen no busca la complacencia de la hagiografía al uso ni el inventario cronológico de los grandes éxitos de estadio; prefiere instalarse en el sustrato, en la semilla, en los años en que las canciones no se buscaban porque tenían que salirte al encuentro. Una reconstrucción minuciosa de la génesis de una voz imprescindible para la cultura contemporánea en nuestro idioma. 

El relato se fractura en dos grandes placas tectónicas que definen a la autora: el desierto fronterizo y el monstruo urbano. En la primera parte, la infancia y la juventud quedan confinadas en Tijuana, ese territorio donde la frontera entre México y Estados Unidos no es una línea, sino una extensión infinita, una mezcla indisoluble, un plano urbanístico y sentimental que se estira hacia el Pacífico. La Tijuana que evoca la escritora es un ojo monstruoso que vigila y acompaña, una cuadrícula que nadie se ocupó de imaginar porque ya estaba construyéndose a golpes de urgencia y cemento. En ese paisaje de aguas frías y sucias, la autora invoca los nombres que poblaron el aire de su formación: José José, Pedro Infante, Rocío Dúrcal. Pero también la vibración subterránea de una época dorada donde la electrónica de frontera, el hip hop mexicano y el punk compartían los mismos centros culturales.

Es ahí, en ese cruce de corrientes, donde se gesta el viraje estético de la creadora. Norteña se detiene con agudeza en dos coordenadas clave que cambiarían para siempre la idea de la música popular y el rol de la mujer en el rock latinoamericano: los conciertos de Mano Negra y la irrupción icónica de The Sugarcubes con Björk a la cabeza. De esa mezcla de casetes piratas, novios de juventud y salas de ensayo precarias nace la necesidad de subvertir la tradición. La autora recuerda los esbozos, las maquetas grabadas en aparatos precarios, los amigos que poseían un ordenador lo suficientemente potente como para almacenar secuencias digitales. Hay una pulsión de pureza en su confesión: disfrazarse de colores brillantes junto a su amiga Ceci para invocar el espíritu lúdico de The B-52's, escribir canciones que le gustaran a su madre.

La ruptura con su primera banda fundamental, Tijuana No!, justo antes del lanzamiento del primer álbum, marca el fin de la inocencia periférica. La llamada de la Ciudad de México en 1995 funciona en el texto como el verdadero rito de paso. Las preguntas que se formula la creadora resuenan con la fuerza de un manifiesto existencial: «¿Para qué te vas? ¿Para qué me quedo?». El deseo no era meramente habitar el Leviatán, sino forzar a que la ciudad fuera suya, bordarse en su tejido, disolverse en su geografía. El libro describe con plasticidad cinematográfica aquellos trayectos interminables en autobús por las arterias de la capital, enlazando trabajos alimenticios con momentos de lectura febril —Tolstói, Flaubert— y la escritura constante de melodías que nutrirían sus composiciones durante los tres lustros siguientes. En el reproductor portátil de la autora, la amalgama volvía a ser deslumbrante: Bronco, Selena, Beck y la presencia totémica de Juan Gabriel.

El encuentro amoroso y creativo con Joselo de Café Tacuba y la irrupción de Francisco introducen un cambio de ritmo en el volumen. La creadora se adentra en el territorio del teatro, las bandas sonoras y los cortometrajes, expandiendo su lenguaje técnico. Es el momento en que el piano clásico se funde con la rigidez rítmica de la caja de ritmos, sentando las bases de su personaje público: la mujer de frontera armada con un acordeón. Norteña analiza con lucidez ese misterio tan propio de la cultura mexicana: la capacidad de tomar la tradición lírica y revolucionaria, la música que unía a padres e hijos, y transmutarla en vanguardia pop. Frente al silencio estructural que habitaba en las familias de la época, las letras románticas se convirtieron en el único vehículo posible para decir lo incomprendido.

La autora reconstruye con precisión el cambio de paradigma de finales de los noventa. Era un tiempo analógico, una era donde los discos dependían del presupuesto de una gran compañía, de horas encerradas en estudios profesionales, cuando las grabaciones domésticas eran una utopía técnica. En ese contexto, el debut de 1997 con Aquí, bajo el amparo de Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel, supuso un impacto sísmico. Al tomar los temas compuestos originalmente en un primitivo teclado Korg 01/W y volcarlos en secuenciadores digitales para luego reinterpretar las pistas con instrumentos acústicos, la creadora obró el milagro: facturar una obra profundamente orgánica y texturada desde una matriz tecnológica. Aquel rostro pálido, delicado y frágil, pero dotado de una presencia imponente que dominaba los afiches de tonos azules y verdes acuosos de la época, alteró las reglas del juego. No era after-punk, no era pop de diseño; era una solista cantando en español que demostraba que se podía amar el tango, el bolero y el folclor sin perder un ápice de modernidad, abriendo los ojos a una generación que buscaba vida más allá de las camisas de cuadros del grunge o el orgullo chauvinista del britpop.

Norteña avanza hacia el presente con la cadencia de quien sabe que el viaje de la memoria siempre es circular. Tras la consagración internacional que supusieron trabajos como Bueninvento, o Limón y sal, el texto nos traslada a su realidad actual en Buenos Aires, cerrando el mapa de influencias que conecta el norte desértico con el Cono Sur y su antigua fascinación por Soda Stereo. La obra se consolida así como un bellísimo ejercicio de honestidad donde las ciudades, la familia y los silencios heredados comparten el protagonismo absoluto con las canciones. La autora ha conseguido fijar en estas páginas la semilla de su aprendizaje individual, entregando un testimonio fundamental sobre el nacimiento y la consolidación de una de las voces más ricas, magnéticas y perdurables de la música contemporánea en nuestra lengua.

 

Julieta Venegas, Norteña. Memorias del comienzo, El Prat de Llobregat, Editorial Las Afueras, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Un canon insumiso

10 de junio de 2026 08:50:25 CEST

Hay libros que no se leen; se sintonizan. Volúmenes que operan como estaciones de onda corta emitiendo desde un sótano iluminado por el flexo de la memoria. El último artefacto de José Luis Gracia Mosteo posee ese magnetismo de la resistencia, un lixiviado del verso donde el humor cáustico, netamente aragonés, se traslada a las avenidas de Madrid para levantar un censo de ausencias. José Luis Gracias Mosteo (Zaragoza, 1957) ha sido docente, escritor y crítico. Ha transitado el terreno de la novela, El rock de la dulce Jane (Verbum, 2005) y la poesía, Blues de los bajos fondos (2008, con reedición en 2013) o Campos de Aragón (Olifante, 2024), pero quizá con el ensayo ha encontrado un lugar cualitativo entre la maraña de reseñistas, con el tumultuoso y recordado ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? (Éride, 2021) y que encuentra una cierta continuidad con este La leyenda del lugar inexistente (Éride, 2026). Lo que Gracia Mosteo despliega aquí no es una mera recopilación de solapas o un ejercicio de nostalgia funcionarial; es una biblioteca imaginaria al amparo de Jorge Luis Borges, un callejero desmitificador y nutricio que funciona como canon internacional y estrictamente personal. 

La estructura del volumen se asemeja a un museo de retratos orales, un plano secuencia que recorre la geografía del aislamiento, el alcohol y la soberbia literaria. El viaje arranca en el Retiro madrileño, bajo el signo cabalístico del 333, invocando a Marcos Ricardo Barnatán para entender cómo Borges terminó transmutado en adjetivo: “La lectura de sus libros se convierte cada día en su resurrección”- El veredicto del autor es inapelable: la lectura de sus libros es, en realidad, su resurrección diaria. A partir de ahí, la pantalla se llena de espectros. Gracia Mosteo invoca la calma contemplativa de Ángel González —ese poeta reconvertido en alimento para cantautores pop— y nos regala una deliciosa anécdota con Luis García Montero que contrasta con la transparente amargura de Carolina Coronado, un fantasma del siglo XIX atrapado en Almendralejo a la que ignorar es obligar a morir de nuevo. 

La literatura parece decirnos el autor, es una geografía de solapamientos trágicos. Ahí quedan los versos de Idea Vilariño, cristalizando la soledad y el desgarro de su amor por Juan Carlos Onetti. O Marcelino Menéndez Pelayo, atrapado entre el oficialismo rancio y su pasión clandestina por las mercedarias del amor: “Existe un fantasma en la biblioteca del paraíso, al que ignorarlo es hacer que de nuevo muera” Gracia Mosteo maneja el fragmento breve con la precisión de un montador de cine, reconstruyendo esa España contradictoria que bascula entre el olvido y la herida abierta de Marruecos, uniendo el desierto de Alhucemas con Arturo Barea, Félix Romeo y Ramón J. Sender. Para Gracia Mosteo —y en esto resulta imposible no contribuir a la militancia— Francisco Umbral sigue siendo faro, guía y océano indomable. Con todas sus contradicciones. Un Umbral que nos conduce inevitablemente a César González-Ruano, ese sujeto vampirizado por cualquier columnista con gusto. En una pirueta estética fascinante, el autor es capaz de hacer convivir en la misma página la escuadra y el cartabón de Ruano con el delirio lisérgico de William Burroughs. Porque Gracia Mosteo no calla. Saca los colores a los adalides de la distancia ética, esos "progres" de bolsillo lleno que confunden la literatura con el canapé institucional y el reparto de premios. 

Hay en estas páginas una profunda fascinación por lo británico, una rara avis en nuestras letras. El autor traza líneas de tensión que van de la agorafobia uruguaya de Mario Levrero al Leviatán de Kingsley Amis; una escalada de té sórdido y pastel de cordero que conecta a Oscar Wilde con Ian McEwan y la distopía matemática de Alan Turing. Incluso se atreve a señalar en el paraíso al maestro oculto de Michel Houellebecq y sucesor espiritual de Frank Zappa: un disidente absoluto. El texto aborda también las zonas oscuras de la historia. Al analizar el futurismo y la pulsión bélica de Gabriele D'Annunzio o Filippo Tommaso Marinetti, Gracia Mosteo nos advierte contra el error contemporáneo de juzgar el pasado con la miopía de la corrección política actual. De igual modo se adentra en la contracultura. ¿Dónde termina el letrista y empieza el poeta del rock? Frente al torbellino de caras de Bob Dylan —juglar de la aldea global galardonado con el Nobel— o la melancolía de Leonard Cohen, emerge la figura de Lou Reed, un cronista atrapado en las transiciones del realismo sucio de Bukowski, Carver o Auster. Lou Reed no es poeta, pero no podemos olvidar, esta consideración es exógena al autor, que sin Reed muchos de los escritores no se hubieran puesto frente a una olivetti para teclear al ritmo de sus canciones. Deberíamos zanjar el debate con un manifiesto antiguo y válido: la buena poesía nace ya dotada de su propia música. No necesita amplificadores. 

En este particular museo de retratos orales, Gracia Mosteo no levanta monumentos; levanta actas de demolición. El autor recorre las costuras de la República de las Letras para exhumar las envidias, las miserias biográficas y los malos alcoholes de una fauna tan brillante como mezquina. Es la crónica de un tiempo en el que la crítica literaria no se ejercía solo en el texto, sino en la fisonomía, mutando a menudo en crueldad física. Por sus páginas desfilan las semblanzas humillantes y los dardos cruzados entre tótems como Eugenio d'Ors, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno. Una guerra de guerrillas que no entiende de fronteras y que Gracia Mosteo extiende a la literatura universal, rescatando agravios memorables como el que sufrió Jack Kerouac a manos de un implacable Truman Capote. Al caricaturizar al autor de On the road, Capote zanjó la cuestión con un desprecio absoluto que hoy resuena con fuerza en el libro: «Eso no es escribir; eso es mecanografiar». 

El tramo final del volumen funciona como una reivindicación de la poesía frente a la decadencia de la civilización. El autor transita de la perfección formal de Mallarmé y Coleridge a la pirotecnia visual de Vicente Huidobro, los caligramas de Apollinaire y el urbanismo metafísico de Giorgio de Chirico. Hay espacio para los poetas "raros", como el inclasificable ornitólogo marciano Ferrer Lerín, y para aquellos críticos que, al igual que los jóvenes reseñistas de Cahiers du Cinéma, saltaron a la creación heridos por la misma bala, la de la lectura o el visionario. Uno se siente identificado al notar la aguda visión de Gracia Mosteo, esta vez sobre el poeta transmutado en primerizo novelista: Los poetas que se pasan a novelistas, con sus primeras novelas inevitablemente autobiográficas, en la segunda se sueltan de la mano de los recuerdos. Tiene usted razón. 

Gracia Mosteo cierra su particular mapa con el reconocimiento al noble oficio de perdedor y consejero. En un mundo donde la literatura se ha vuelto un asunto escrupuloso para minorías ruidosas, el autor prefiere dejarse guiar por la generosidad visionaria de talentos puros y humildes como Mariano Gistaín y Ricardo Díez. Mientras el río de Ángel González se aleja hacia el olvido, este libro queda como un almanaque imprescindible. Una guía de resistencia para mitómanos insomnes.


José Luis Gracia Mosteo, La leyenda del lugar inexistente (Postales y patrañas del Parnaso), Zaragoza, Éride, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

El ladrón de la belleza

10 de junio de 2026 08:34:44 CEST

El poeta vallisoletano, “poetófilo pre-postromántico”, según él mismo, Luis Alonso lo ha vuelto a hacer, ha cometido de nuevo, repetidamente, con alevosía y a traición, el delito de apropiación literaria indebida con fines de aprovechamiento personal, como hiciera en su deslumbrante Joyas robadas, ahora bajo el título, un tanto hiperbólico y ya delator de que ha continuado con el saqueo, Robé todo lo que leí. A partir de frases memorables de todo tipo va tramando una urdimbre, gobernada por la afinidad o el puro azar, como cualquier existencia, que a su vez traza un balizamiento biográfico y de su pensamiento, en un ejercicio harto original, mediante breves entradas numeradas, trescientas ocho en total, compuestas con un estilo ameno, en permanente estado de gracia y con el aderezo añadido de un humor muy sano.

Lo fragmentario, como indicio de una escritura rizomática, está claramente en auge en el género narrativo contemporáneo, es un semillero de subgéneros novedosos, híbridos, aun sin organizar y encasillar, pero que tiene éxito desde el reconocimiento del microrrelato o la notoriedad del aforismo. De uno de los pioneros en este arte del bloque narrativo en corto, Pascal Quignard, toma el título el libro que nos ocupa; el más destacado cultivador en español, Enrique Vila-Matas, cuyo Bartleby y familia aparece en el cuarto parágrafo, es el prosista de cabecera, junto a Jorge Luis Borges, de Alonso, para quien su quehacer respondería, con arreglo a la contracubierta, al género, “promiscuo”, de las “bibliomemorias”, pero bien podría hablarse, qué sé yo, de diario heterodoxo de lecturas con aire de divertido palimpsesto.

Se me antoja, en suma, agenérico, imposible de catalogar o encuadrar, como los maravillosos ensayos descoyuntados de Mark Strand o los impagables pecios ferlosianos, que en tanto tiene, en ambos casos. En el certero prólogo de Joyas robadas, Gustavo Martín Garzo lo calificaba como “manual de iluminaciones”, con mucha propiedad, porque en efecto todos los fragmentos de “material disperso”, engarzados temáticamente, constituyen, a mayores de prueba palpable del increíble dominio de letra e imagen del autor, un compendio entretenido, ingenioso y sugerente, no hay apuntamiento del que no se pueda extraer algo sustancial.

En cuanto a la estructura, el autor recurriría en su descargo, con su gracejo y donaire salerosos característicos, a la memoria de una de las películas fetiche de su niñez, que tanto le impresionara en el cine Omy de Medina de Rioseco, ay, hace muchos años cerrado, Tarzán de los monos; alegaría que como el protagonista ha avanzado en su escritura de liana en liana. O bien que le recuerda a las fichas de dominó en cualquier bar de entonces, en la sobremesa, un sol y sombra y un farias de dopaje. En realidad, se trata de una especie de encadenado fílmico, con los fragmentos enlazados por atracción semántica.

De cualquier manera, Alonso, talento e inteligencia siempre despiertos, se mueve como pez en el agua en estas lides, a la espera del encontronazo feliz con el hallazgo, un poco a la que saliere unamuniana o más bien en plan serendipia, que “consiste en salir en busca de una cosa y encontrar otra, casi siempre mejor”, como en el chiste vasco de las setas y el Rolex, sin descartar que responda a algún principio de la cuántica o de la teoría de redes que se nos escapa al común de los mortales y sospecho que también a los especialistas.

Con este formato, la calidad e interés dependen de la amplitud de miras del escritor, que afortunadamente, en este caso, es mucha. En este sentido, el libro es un chollazo, por menos de veinte euros nos llevamos a casa un alhajero de primera, con un rimero de ideas perspicaces, ocurrentes, divertidas, surgidas a raíz de algo leído o escuchado, cazado al vuelo. Para abrir boca, nos ofrece una frase desportillada, de las suyas, genialoide de forma involuntaria de la difunta Lola de España: “Hagas lo que hagas, abstente a las consecuencias”. No menos desopilante es la siguiente perla disparatada con la que nos obsequia, procedente de un alumno bachiller, de su mujer, que “atribuyó a Luis Cernuda una obra que, de haberla escrito este, hubiera sido definitiva: Deseo la acción de la quimera”. Y podríamos glosar con deleite una a una de las siguientes.

Alonso frecuenta los mejores caladeros de diarios, blogs, reseñas, artículos de opinión, viñetas o muros de Facebook para cobrarse y convidarnos a las piezas más lucidas y sabrosas, los títulos son su debilidad. Epicúreo y disfrutón, pesca de todo, de todo lo bueno, en cualquier sitio, con preferencia por lo musical (lo mismo se arranca por soleá, bulería o fandango que por bolero, copla, jazz, cuplé, tango o ranchera, que por su Billie Holiday o sus cantautores favoritos, por Imperio Argentina hasta Rosalía) y lo literario (poetas a decenas, como Anne Carson, Wisława Szymborska, Brines o su cofrade Luis Ángel Lobato; novelistas a porrillo: Valle-Inclán santificado, Umbral, Tabucchi, Landero, Lucia Berlin, Scott Fitzgerald, la Tocarczuk, Sara Mesa…). Echa el anzuelo además en multitud de campos: slóganes publicitarios, principios de física teórica, noticias de actualidad, proverbios orientales, la pintura o la IA, quién da más. Para derivar en una temática variadísima: de los relojes a los amores veraniegos o en triángulo, de la siesta a la inspiración, del subjuntivo al silencio, de la bebida a los viajes, de las fake news a las distopías, de los laberintos a las floristerías, de la nostalgia al adverbio, por poner algunos derrotes.

Para regodeo de antemano de sus agradecidos lectores y lectrices, este avezado narrador, letraherido contumaz (me temo que a él no le gustaría, por pedantesco y rimbombante, letraherido, preferiría, supongo, logolascivo), pues con diecisiete primaveras se zampó de un bocado nada menos que el Canto general nerudiano, así que irreductible, ha aireado que, en lugar de rehabilitarse de su vicioso descarrío como merodeador y “carterista de citas”, sigue perseverando en su impenitente propensión a la reincidencia, al declarar que está atesorando otro botín con el que cerrar con garantías y por todo lo alto una trilogía. Habida cuenta del intervalo de ocho años transcurrido entre las dos entregas editadas, esperamos con impaciencia que la demora sea menor, de tal manera que el alijo de remate, a buen seguro igual de nutrido y brillante, otro festín de referencias y reflexiones provechosas, otra mina en la que hasta lo que tiene pinta de baratijas o bisutería de mercadillo se transforma, a compás o por medio de elegantes driblings, gracias a su palabra, en diamante en bruto u oro de ley, vea la luz lo antes posible.

 

Luis Alonso, Robé todo lo que leí, León, Eolas, 2026.

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Fermín Herrero

Artículos 1 a 5 de 462 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente