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Configurar sentido descendente

Artrópodos y dolor

25 de agosto de 2026 09:54:28 CEST

Cristina Sánchez-Andrade es escritora, crítica literaria y traductora. Licenciada en Ciencias de la Información y en Derecho, es natural de Santiago de Compostela. Vive en Madrid y algunos de sus últimos libros son La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), Habitada (Anagrama, 2025) y el poemario  Llenos los niños de árboles (La Bella Varsovia, 2019). Este libro, Vida insecta, editado por La Bella Varsovia este año 2026, es un compendio de lírica traumática, bella y salvaje, donde enfermedad, maternidad y pasión se mezclan a través de una línea entomológica que la empareja con la obra reciente de Marta Sanz o Justo Navarro. 

Entomología lírica, de dolor y enfermedad, la lista de insectos se irá acumulando a lo largo de este texto; tijereta: "Así es el miedo / incuba huevos en el cerebro". Buscamos un lugar que se identifique como posible, los huevas, que se encarecen, que se buscan. Repito, dolor y enfermedad. Perdidos y encontrado, profeso de devorar, hambrientos, el olor, breve y repetido, atrapado en su interior, una enfermedad fractal, de zarcillos. El tiempo es lento: "La palabra es la muerte de la mosca" y las malas semillas, convirtiendo el avance en tristeza: "Evitar que la memoria / acabe siendo como la cebolla:  / arrancar / una capa tras otra / para llegar al centro y llorar". 

Los tiempos se han cubierto de humedad, los lugares se han dejado atrapar, reproduciéndose: "Si el pensamiento está vivo, / inclina la cabeza y sacúdelo". Usar aceite de bebé para matarlo. ¿Y la enfermedad, el dolor y la muerte? También, en esa definición de vida: "Amar es querer ser amado". Mosca, araña, insecto palo, lombrices, orugas, caracoles. Con toda la serie, con los días como piedras, cuando uno piensa, al escribir y leer que cada día te acerca más a la muerte que al final de la enfermedad: "Eso está siempre ahí, / como una herida que en su cansancio despide su propia luz: / el aleteo de un murciélago que abre surcos en el pecho". Y así, el terruño hambriento de nitratos, recibe los cadáveres, los restos de vida, lo abandonado y orgánico. Polvo y caparazones de insectos, restos de comida. Otro insecto para la lista, avispas. Toda aquella piel muerta, sin opción a la metamorfosis, ¿Cómo ha ido a parar aquí, todo lo que vacía, en una esquina? Se desprenden de mi cuerpo: "Es la vida no vivida / que me llena de líquenes los pulmones / y acumula arañas en mi sangre". De la tierra, de esos trozos resecos que se desprenden como chocolate viejo: "Y me convertiré en pasto de las olas", se sorprende de su salubridad, del mar que escuece, hasta llegar al poema 21. Allí leemos: "Como hormigas que se agitan / en una caja de cristal / sin más opción que devorarse a sí mismas". Una estructura sencilla, mecanismo de mente colmena, como si al cortar un enganche entre vértices sobrevive el total, el completo, de zánganos y ninfas viviendo un amor prohibido: "Necróforas que limpian las calles de / vientres y cáscaras secas". 

Una madre, una hija, lo clásico en la rutina del apetito: "Están ahí, / se observan mientras los miras / mirando con ese mirar con / que tú miras el mirar / de los que miran las cosas". Un poema como culpa: "Cucaracha de naftalina / que con la fuerza de las semillas / rompe la cáscara de la piel". Lo que crece, la semilla del lugar, de la enfermedad: "Adquiere proporciones monstruosas / derivaciones / que jamás tuvieron lugar en la vida real". Lo que crece, permanece, sea invitado o no: "El ruido que hace la raíz cuando es extirpado de cuajo -ese triste gemido azul- / Esa conjunción salvaje: / bajo el pecho se aloja un huésped / como gusano en la fruta / que la va secando". 

Humanizar los objetos, personificar los síntomas, hacer de lo orgánico protagonista. "¿De qué color es la espera? / ¿Cuántas patas tiene? ¿Qué se puede comer?". De lo natural, lo entomológico es un complemento: "Presente en su interior jugos misteriosos / semejantes a los suyos", en un tanto de maternidad. 

Rosas en el poema 27, que acompañan a la muerte: "Las introduce en cajas / que alguien envía a los muertos. / Las rosas tal vez gritan de dolor en las tumbas, /, pero nadie las escucha". 

Recordamos otros poemas, otros lugares, donde el dolor es amarillo, la enfermedad coloreada de bilis, el miedo: "Un miedo amarillo que ahoga / todos los miedos / y hasta el recuerdo de otros miedos cae a golpes. / Entra como hachazos en el bosque y secciona / los árboles y corta las flores y horada los suelos / y destroza las zarzas". 

Barrie, el niño, los niños, una polilla: "Perder es el camino para ganar, / ganar el camino para perder, oír" y seguir, disfrutando, las circunstancias, insectos y su reproducción multiplicada, insectos desarrollándose de manera exponencial: "Aplastada contra el cristal, / el terciopelo color sangre / de su rostro aniñado". Escuchar cada uno de los desarrollos completos de la biología, recoger la piel de las víboras, saber que las esquinas, lo oscuro, el amoníaco fétido, encuentra su lugar junto a murciélagos, ratones, arañas y moscas. Toda esa lista, en una relación de cazar y ser cazado: "Dentro, / la vieja experta en filtros y mágicos mejunjes / se corta los pezones con tijeras de podar". 

Para encontrar el lugar, el cajón, el cierre, un cajón que lleva cien años cerrado y exhala polvo y, de nuevo, naftalina: "El lenguaje musical y corrupto de las vírgenes que con los brazos plegados y la cabeza encajada en el pecho / sueñan con la hora de despertar". De dentro a fuera, un espejo: "Se agarra a tu cabellera, / parásito / con uñas y dientes / devora a la niña / y ahoga a la joven". De surcos y zurcidos, donde caminan la miniatura hambrienta, "Ante su crueldad solo pides una cosa: / devenir la que siempre fuiste". Y seguimos pensando en el presente, enfermos de pasado, la química se impone a las flores como los insectos a los hijos. Es familia: "Hubo promesas, / pero lo que ahora sientes / no son amapolas agitando sus faldas, / son risas coaguladas / en el pecho". Y sigues, en lectura, en el cuerpo: "Tienes en los ovarios inquietudes / o poemas sin empezar". Rehén de la república de tus obreras, hijas tuyas, abejas, la entomología avanza hacia una humanidad divergente, el salvajismo de los artrópodos: "Ninfa acuclillad rompe su camisa de fuerza y lanza tuut", la fonética tribal, asesino que, como una enfermedad, se introduce en la enfermedad, para deshacer: "Lo primero que hace es asesinar a sus hermanas". 

Alumnos, proclamas, zarcillos por todo el cuerpo, salen a las calles, devoran el pasado, nublan el futuro. Como aquel poemario donde el color amarillo es primario, hiel y miedo, solo queda hoy en la lectura de los versos: "Llevas, en tus entrañas secas, cerca de un millón / de hijos" o, claro, la descomposición de la anatomía a través de los versos. "Tu cerebro diminuto, tienes / ovarios como inmensas catedrales en donde se gestaron". Duro del cuerpo, volver a William Burroughs o Justo Navarro, que han ofrecido este tipo de mutaciones, como lo hace Marta Sanz con su Amarilla, editada también por La Bella Varsovia. Y así: "Tras la unión, el vientre del elegido se abrió y / con él cayeron despojos". Una mujer, los pelillos arando entre bosques de encierro, todos los caros se cubren de tela, de hilillos de araña, como empezar la digestión por sorpresa, intoxicado: "Por las venas del bosque / arrastra el velludo cuerpo / que más tarde envolverá en tumba de seda". Escuchar, sentir, paladear al rival: "Desea comer tierra / y, sin saber por qué, / busca las partes desmembradas de sí misma: / patas, antenas, abdomen". Los dientes puestos, la succión de los salmos. "Las hormigas aladas / se aparean bajo la lluvia" y también, "Las ratas entran y salen de mi sangre", y con "Ya no puedo ni mirarme / esquivo los espejos". Araña, mordiscos, piel que es ira, me pregunto cuántas hijas no conociste. 

En el poema 46 encontramos una sucesión de palabras como estas: "Ese lugar no se puede visitar / si no es atravesando el olvido / del perfume de un nardo/entre las hojas de un libro / ese llegar no existe/o solo existe en tu memoria". ¿Qué esperas, qué es mañana? "Ahora es todo insecto menos la esperanza esterilizada / y el hueso del gato que hiere en el umbral". Concatenar descomposición (larva que es proyecto) y dolores (que es semilla) y el dolor de la calavera que se ramifica. 

En los últimos poemas, afrontar el final como si fuera una revuelta frustrada: "Un olor a tiempo / tiempo que no es tiempo, si no / lugares/borroneo de alas, crujido / de huesos aserruchados". Y de nuevo, concatenar la actividad en el mismo verbo: hacer, hacer, hacer es no, no hacer, hacer que se deshace: "Y al final solo somos / el tiempo que se nos escurre / como arena fina de las manos". Y llegar al final: "Recuerda que en esos días de frío y hambre / te encontraron viva / bajo los negros cadáveres de tus hijas". No hay un comienzo, no es generoso, siquiera el fin, para ese comienzo. 

 

Cristina Sánchez-Andrade, Vida insecta. Barcelona, La Bella Varsovia, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Una forma insegura, pero lúcida, de sentir el mundo

25 de agosto de 2026 09:26:24 CEST

La prensa es un ámbito que, prácticamente desde sus orígenes, ha acogido la colaboración de escritores y creadores literarios cuyo nombre e historia sirve de aval y de atractivo. Sin embargo, el contenido periodístico se orienta fundamentalmente hacia la información de actualidad y hacia el comentario crítico de los acontecimientos, es decir, hacia la transmisión de hechos y opiniones explícitas. La literatura, en cambio, no pretende ofrecer información veraz de los acontecimientos, ni un pensamiento argumentado y elaborado; ni transmite hechos, ni opiniones explícitas. Su territorio propio es la expresión de la subjetividad, que no se  manifiesta de forma directa; se proyecta sobre situaciones, imágenes, voces y acciones que la encarnan, sin necesidad de ser contrastadas con la realidad, ni agotarla conceptualmente. El pensamiento discursivo tiende a fijar y generalizar; la literatura, en cambio, preserva la complejidad difusa de lo vivido. 

Hay, pues, un desajuste de base entre escritura literaria y escritura periodística. Pero esta tensión, lejos de constituir un obstáculo, ha sido con frecuencia un poderoso estímulo creador. Muchos escritores encontraron en la prensa un espacio donde someter la sensibilidad literaria al roce inmediato de la realidad cotidiana, de la anécdota, de la actualidad efímera y de las formas cambiantes de la vida social. De ese encuentro nace una escritura híbrida y especialmente fértil: textos que parten del comentario, de la memoria o de la observación casual, pero que terminan revelando una visión del mundo, una tonalidad emocional y una forma singular de percibir la experiencia. 

Las fórmulas son numerosas: la elaboración del lenguaje acercándolo a la poesía en sus aspectos más formales (anagramas, ritmos, aliteraciones, imágenes…), la transgresión creativa propia del humor y la ironía, formas sutiles de combinar narración y pensamiento sin convertirse en crónica, ni opinión, la atención a los aspectos de la realidad más extravagantes y que lindan con lo fantástico, la exposición de un pensamiento no especulativo y reflexivo, sino asociativo, exótico, casi surrealista. Lo que mantiene a estas colaboraciones en el terreno de la literatura es la capacidad que tienen de, conservando la referencia a la actualidad, no ser un mero testimonio de lo que ocurre, y la de trascender la racionalidad del pensamiento sin eliminarlo por completo. Ni pretenden que nos enteremos de lo que pasa, ni quieren convencernos de nada, pero nos sitúan en el mundo y nos invitan a reconocer formas de reaccionar a sus vicisitudes. Expresan actitudes y formas de respuesta que podemos reconocer sin necesidad de compartirlas. 

José Manuel Marrero  lo ha conseguido en Escritos antibélicos de una forma muy genuina: el narrador, que se podría confundir fácilmente con el autor y, de esta manera, caer en el vicio del adoctrinamiento, se limita a seguir a un personaje, Nopólemo, e informarnos de lo que hace, de lo que dice, de lo que piensa; su vida, sus reacciones, sus cavilaciones personales. El lector puede seguirlas a distancia, comprenderlas, incluso experimentarlas, sin sentirse obligado a hacerlas suyas o, en el caso de los pensamientos, aprobarlos o rechazarlos. No necesita Marrero recurrir a grandes elaboraciones lingüísticas, al lenguaje poético que llama la atención sobre sí mismo, pues una prosa cuidada, delicada, que sigue un ritmo natural, sin grandes énfasis, mantiene atento al lector en un tono amable, lleno de humor, pero sin agresividad alguna (bueno, alguna sí, hacia el reguetón). 

La anécdota personal se conjuga con los acontecimientos sociopolíticos para inducir un pensamiento que no se rige por el rigor, sino por la afectividad y los mecanismos de la poesía: la analogía, la paradoja, la metonimia. Si la fórmula no es exactamente la de la literatura, porque el contenido no parece quedar oculto en la configuración sensorial y en los hechos narrados, el resultado, en cambio, se le acerca mucho, porque el discurrir de Nopólemo consiste precisamente en hacer explícita la fórmula: encontrar configuraciones poéticas en las palabras, en las cosas, en los hechos, y proponer una interpretación personal, nunca tajante, nunca definitiva. 

El texto “Un pedacito de martes” es un buen ejemplo de este procedimiento. Todo él nace de una asociación verbal mínima y casi arbitraria que irrumpe en la conciencia del personaje: la transformación de la expresión “un pedacito de Marte” en “un pedacito de martes”. A partir de ese desplazamiento, el personaje desarrolla una deriva imaginativa y pseudohermenéutica que mezcla humor, reflexión lingüística y actualidad bélica. La incongruencia de convertir un día de la semana en un objeto divisible le lleva a tomar la expresión como una metáfora, a especular sobre su sentido (la fragmentación de cosas no fragmentables) y a proyectarlo sobre otras entidades, para acabar pensando en la posibilidad de fragmentar la guerra hasta volverla inofensiva. El razonamiento tiene algo de juego verbal, de ocurrencia deliberadamente excesiva y extravagante, pero desemboca poco a poco en una realidad concreta y dolorosa: las imágenes televisivas de la invasión rusa de Ucrania. El texto no argumenta contra la guerra ni pretende convencer al lector mediante ideas abstractas; hace algo más literario y quizá más eficaz: mostrar la impotencia de la imaginación y del humor ante la persistencia de la violencia real. El contraste entre la ligereza especulativa del comienzo y la sequedad amarga del final deja además una impresión de fragilidad y desengaño muy característica del libro. El final es bien elocuente: “Enciende el televisor que, un día más, escupe imágenes de la invasión rusa de Ucrania. Nopólemo se reconcentra e imagina que trocea la pantalla como troceó la tarta de chocolate y como troceó el martes de la guerra hasta convertirlo en ínfimos atisbos de violencia de todo punto inofensivos, tan perdonables como los inocentones juegos bélicos infantiles. Lo imagina, pero no consigue sentirse mejor.” 

Escritos antibélicos alcanza, pues, la calidad literaria de una forma original y paradójica: haciendo explícito el sentido de los hechos en el pensamiento del personaje, algo que en principio parecería apartarlo de la literatura, pero convirtiendo al mismo tiempo ese pensamiento, esa conciencia que se observa y se comenta a sí misma, en el hecho mismo, en el verdadero contenido narrativo y, por tanto, en el significante de una dimensión implícita más profunda: la expresión de una conciencia vacilante, pero coherente, una forma insegura, pero lúcida, de sentir el mundo y la vida. Nopólemo aplica con frecuencia una especie de análisis literario a la realidad que lo rodea, pero sus interpretaciones no reducen la experiencia a conceptos, ni agotan su sentido afectivo; son, más bien, el vehículo a través del cual ese sentido se manifiesta. Los textos de Escritos antibélicos no tratan solo de la guerra en sentido literal, tratan de todos los enfrentamientos que nos salen al paso por doquier; pero no hace proclamas, nos muestra una forma de respuesta, una actitud compleja, llena de matices, a veces contrapuestos, que pueden variar o combinarse según los casos y que el lector puede completar: densa y ligera, insegura y decidida, combativa y reposada, personal y contagiosa, llena de humor y resignación. 

 

José Manuel Marrero Henríquez, Escritos antibélicos, Santa Cruz de La Laguna, Baile del Sol, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Núñez Ramos

Frente a frente, un parnaso particular

7 de agosto de 2026 12:24:15 CEST

La lectura de No estar complica el irse (IV Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena) de Luis Felipe Comendador, editado por Reino de Cordelia, es la última entrega poética del escritor y editor salmantino. Conocido también por su obra gráfica, algunos de sus últimos libros son En olor de multitudes (A Fortiori Editorial, 2025) o La alfombra vejada del Gran Lewobski. (Ed. Ars Poética, 2023). 

En la esfera de Luis Alberto de Cuenca y Pere Gimferrer, la aparición de un panteón literario que frisa con el pop es una constante en su obra que cristaliza de manera cualitativa en esta lectura: personajes literarios en acción, poemas que atrapan una acción, un instante real, sugerido, un momento apócrifo, en el ámbar del parnaso literario. Pere Gimferrer, como hemos comentado antes, aparece entre el mar en llamas y las estrellas de Hollywood: “Cuerpo que busca el peso de otro cuerpo / y a veces lo rehúsa como una ortografía, / cuerpo ardido en miasmas / y el chop-chop de una química de dioses”. 

Acudimos, plenos de sexo, panteras y náusea a Antonio Martínez Sarrión, del uno al nueve, los novísimos mutados en viejísimos, ¿qué es el Albacete? En la situación provinciana y universal: “Buscan simples respuestas a la muerte”. De Martínez Sarrión a Ana Rosetti, el verso: “Te hice ya hace años con olor a cocina/en esta frente mía donde el verdín florece”. Y seguir, ahora, hacia el jazz y el perseguidor, de Julio Cortázar frente al espejo distorsionador de Severo Sarduy, rock y Nouveau roman: “Que sus manos gestan un abecedario/y con él se saturan de palabras”. Amor y bebida, lectura y muerte, sobre el lenguaje de la luna: “De esa yesca voraz que se hace llama / y quema cada insomnio con usura”. Apuntalar el amor, dormir a un lado y despertar. Y el sexo de pie, el recuerdo al lado oscuro del corazón, con los versos de Oliverio Girondo, de absenta y ultraísmo con Norah Lange. Partidas de cartas, ajedrez lírico, negro y blanco: “Deslábrame las ingles con la lengua / y clávame una uña en la clavícula, asesina dulcísima y selvática”. 

Ojos políglotas, glaucos, daltónicos para enterrar los alcoholes míticos, los amores destructivos, el malditismo: Verlaine y Rimbaud, entre revueltas, poemas y esclavismo, confusión: “Una mujer como sin huesos / pero con hijos escondidos / hechos de balbuceos en sus entrañas rojas”. El cara a cara, el vis a vis, comienzo y final. Juan Gelmán, poesía rioplatense, la ciénaga, la voluntad del frío: César Vallejo, el cristo de las puertas, el pie en los muros, Blanca Varela bebiendo Inkacola, Octavio Paz y el abrazo de un niño. Leer “Dicen que aprendió a llagar en las cabezas de los hombres” y también “Y sin embargo temo/que me pidan el mar / o que no sepa desprenderme de estar vivo”. Letras de manos, letras para mecer al niño y al poeta, buscar el verso suelto de Ernesto Cardenal y la soledad de San Lorenzo, el papa Francisco: “Cien cuchillos mellados / que en su óxido contienen la gangrena”. Los poemas estancan tiempo y literatura, se lee: “Jamás creí que fuera tanto.../ y sin embargo temo / que me pidan el mar / o que no sepa desprenderme de estar vivo”. El lector se encuentra con versos como estos: “También hay hombres trágicos / que llevan las señales en sus nucas... / y otra clase de hombres, / que apenas pertenecen a este mundo, / que saben que el dinero no es la suerte / de los hombres lanzados a la nada”. 

Poco a poco, tras una carrera de tres versos, Luis Alberto de Cuenca hace su presencia como un guiño al canon y la muerte, sustancia poética, Cesare Pavese con la soga al cuello: “Cuánta tristeza... / saber que en otros brazos / te desperezas”, de los clásicos, de Cátulo a Lesbia: “Incrusta lo que muerte / y usa el verbo chupar como una entrega”. Blusas destrozadas, como la ceniza del sobre cubriendo el vuelo del arcángel. Muchos de los muertos escriben en servilletas, teclean en máquinas antiguas, Joan Margarit, elucubra sobre la enfermedad, un poema que nos traslada, que es imaginación, tiempo y distancia. 

Avanzar hacia la batalla del realismo sucio, de la campana rítmica, David González charla con Allen Ginsberg en el Café Parnaso y el cadáver de la mujer decente con piel de cartulina, comparten un trago de absenta a las once. Sexo y pezones de colores negros, marcados como arañas. La poesía escapa a lo formal y se acerca a la violencia de lo orgánico. Y otra vez Ginsberg, que se pinta con el betún del tiempo para aparentar ser más joven: “El pedestal donde serás un bronce para los excrementos de las palomas”. En una pensión sórdida el olor a lavanda devuelve la sed, la lengua desecada, políglota: “Se bebió cerveza calienta y vomitó bilis”. De David González a Ángel González y volver a Octavio Paz, vía Aníbal Núñez, como un manual de instrucciones, la construcción de tu propio parnaso: “Virgencita de todos los mercados de abastos, /anatomía dispuesta a los Blup Blup del émbolo”. Se cierra un libro de espejos, una propuesta atávica, la de los versos de la tribu, con una construcción de instantes, una captura de palabras: “Y si el próximo minuto fuera el de la salvación”. 

 

Luis Felipe Comendador; No estar complica el irse, Madrid, Reino de Cordelia, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Louise Glück, Djuna Barnes, Linda Pastan, Sharon Olds, Carolyn Forché, Alejandra Pizarnik o Rosa Leveroni son algunas de las poetas que convoca Rosa Lentini (Barcelona, 1957) en su último ensayo, Leer hacia dentro. Mujeres y poesía (Cántico), donde recoge una generosa gavilla de reflexiones que permite hacerse una idea de la hechura de la aportación femenina a la poesía, así como un conjunto de reflexiones a propósito de la poesía misma.

 

“La traducción es imprescindible para ampliar fronteras y qué mejor que un aire fresco que viene de fuera para elevar nuestra exigencia”

 

- Le devuelvo una pregunta que plantea: la poesía de un país, ¿puede cambiar gracias a la incorporación a su lengua de poetas traducidos de otras lenguas?

- Definitivamente, no se entendería la obra de un Lorca con Poeta en Nueva York, o de un Juan Ramón Jiménez con Espacio y Tiempo, recordemos que este fue, además, el primer traductor de poemas de Emily Dickinson. No serían ambos los poetas tan completos que conocemos si no hubieran pasado por la poesía anglosajona, especialmente por la obra de Poe, Whitman o Frost, además de la ya citada Dickinson. En mi caso es igual, si no hubiera traducido a las poetas norteamericanas no hubiera escrito la trilogía Hablando de objetos rotos. La traducción es imprescindible para ampliar fronteras y, puesto que la poesía y en general la literatura y las artes se miden por su valor comparativo, qué mejor que un aire fresco que viene de fuera para elevar nuestra exigencia. ¿Acaso se entendería la escultura, la pintura o el cine solo desde un panorama nacional, aun si llevan características nacionales y populares en su composición? Lo mismo para la poesía.

 

- ¿Cómo es esa «otra forma» de leer a una poeta mujer?

- Esa «otra forma» parte de las palabras de Olvido García Valdés de su poética en Ellas tienen la palabra, que he ampliado con mi experiencia lectora, pues me he ido dando cuenta de que cuando leo a una mujer poeta lo hago con una complicidad diferente, y pongo el ejemplo de un ebanista que escucha a otro ebanista hablar de las vetas de la madera, de su rugosidad o llaneza, de sus colores intensos o claros, brillantes o mates, luminosos u hoscos, de su diferente sequedad o de su distinto olor. No solo entiendo el concepto de cuanto se me dice, sino que conozco por experiencia el roce de sus venas, su textura, sus diferentes densidades. Escucho, por tanto, a ese ebanista con una mayor cercanía. Cuando una mujer poeta escribe, conozco sensorialmente, además de mentalmente, el lugar desde el que habla. Es como un hermanamiento de oficio, ese hermanamiento sería el género.

 

“Las poetas norteamericanas nos han mostrado que el género importa”

 

- ¿Se ha superado ese debate a propósito de si existe una poética propia de mujeres respecto a hombres? ¿No se trata, utilizando el símil psicoanalítico, de lugares, un lugar femenino frente a uno masculino, con independencia del sexo que escriba desde cada uno de ellos?

- La generación de mujeres anterior a la nuestra insistía en que no había diferencia alguna, en que lo importante era centrarse en escribir lo mejor posible obviando el género, y por supuesto que se debe escribir lo mejor que uno pueda, pero las poetas norteamericanas nos han mostrado que el género importa, aun si lo masculino y lo femenino se desdibujan, sí que creo que el punto de vista es distinto. En España, cuando poetas de la generación del 50 llevaban el gran peso derivado de la guerra y de la dictadura, en Estados Unidos los movimientos beat y feminista, así como los posicionamientos antiapartheit y antibelicista dan un vuelco a la sociedad americana donde las mujeres se preguntan acerca de sí mismas ya a mediados del siglo pasado. Un momento en el que estalla, en muy pocos años, la escritura de poetas mujeres con obras de gran calidad, por lo que el cambio en poesía es radical, mucho más que en novela, que ya se venía gestando desde el siglo anterior. Y el cuerpo ofrece ese lugar desde el cual empezar a cuestionarse qué y en qué forma escribir, un punto de partida que se convierte en algo más profundo, en un punto de vista, llámalo lugar si quieres. Personalmente, me sorprendió sentir una gran conexión, cuando lo leí por primera vez, con un poeta radicalmente distinto a mí, como es Ocean Vuong, nacido en Vietnam, en 1988, por tanto, de una generación muy posterior a la mía y radicado en Estados Unidos, que se confiesa abiertamente gay pero también, y este es un punto esencial, haber sido educado casi exclusivamente por mujeres.

   

- ¿Qué nos enseña el lenguaje poético que solo podemos aprender de él?

- Ante todo, una profundidad, el lenguaje poético sería la posibilidad que se le da al hombre de profundizar, de interrogarse acerca de sí mismo y de su entorno, de poner en primera fila todo lo que la mirada común suele pasar por alto, todo aquello que está borroso fuera de foco o simplemente fuera de campo. En “Las bodas de Pentecostés”, Larkin parece tocar el centro de lo que es la poesía cuando al final del poema sugiere el brusco freno del tren como una sensación de caída: «un haz de flechas/ que se disparan lejos de la vista para volverse lluvia en otra parte», (traducción de Álvaro García). La imagen de la lluvia de flechas y de la misma lluvia fuera del foco del poema dice más sobre una poética propia que un artículo sobre qué es y qué no es poesía.

 

“La biografía siempre interviene en la obra, pues hablamos desde el yo siempre, aún si no hablamos de nosotros”

 

- Cuando la biografía interfiere en la obra (caso de Pizarnik, de Djuna Barnes, de Dickinson…), ¿qué gana y qué pierde la poesía? ¿Cómo deben dialogar ambas, la vida, la escritura?

- La biografía siempre interviene en la obra, pues hablamos desde el yo siempre, aún si no hablamos de nosotros, «hablo desde mí, pero no de mí» dice Jenaro Talens. De hecho, un poeta tan hermético como Paul Celan es solo comprensible cuando te paseas por su biografía. Recuerdo una exposición magnífica en el Círculo de Bellas Artes de Madrid hace años, que tuve la suerte de ver guiada de la mano de Andrés Sánchez Robayna, quien me iluminó acerca de muchos puntos. Nunca he vuelto a leer la poesía de Celan como lo hacía antes de esa exposición. La siento relacionada con su vida de una forma más viva de lo esperado. Sabemos de Dickinson que se abstuvo de publicar, a excepción de unos pocos poemas, y probablemente esa fue una de las razones que la hicieron ser la poeta que conocemos ahora. El caso de Pizarnik es otro; siempre pensamos al leerla en lo que nos hubiera entregado de haber vivido hasta una edad tardía, pero esa interrupción, junto a su sugerente poesía, la convirtió en un mito. Y el de Djuna Barnes es todavía más inusual, se pasó los últimos treinta años de su vida guardando en un gran baúl de su apartamento de Patching Place, en Greenwich Village, poemas y versiones de poemas cada vez más condensados que nunca llegó a publicar. Ella decía de sí misma que era la escritora famosa más desconocida del mundo. En nuestra editorial, Igitur, llegamos a publicar una primera antología de sus poemas y versiones que fue primicia mundial, que yo misma traduje en colaboración con Osías Stutman. Solo más tarde llegó la edición en inglés. 

 

- ¿Siempre pesan más las circunstancias personales que las sociales a la hora de escribir poesía?

- Depende. Ya lo he comentado antes, a la mayor parte de los poetas de la generación del 50 en España las circunstancias históricas y sociales pesaron diría que en exceso en muchos casos; en cambio, en EE.UU. se abrió a un pensamiento más moderno, más intrahistórico como diría Unamuno, y que, al principio, en los años setenta, divulgó que lo social era personal, como se da en la poesía de una Denise Levertov, por ejemplo, o en las poetas de lenguaje «negro» como son Audre Lorde o June Jordan. Pero una Adrienne Rich ya concienciada y madura abre el campo y asegura que lo personal es asimismo político, dándole carta de ciudadanía al yo más personal y familiar, lo que cambia definitivamente el panorama para las poetas que vienen después. Sharon Olds probablemente no habría desarrollado su obra de la forma en que lo ha hecho sin que hubiera existido anteriormente Rich.

 

- ¿Qué ofrece la poesía al lector de un mundo como el nuestro?

- Como dije antes, profundidad, la superficialidad es enemiga del estado de la poesía. Por eso es importante, si no fundamental, leer, leer ante todo, algo que hoy se hace pronto y mal. En este país nuestro, además, somos muy amigos de hablar de un libro de oídas. Mira por ejemplo un texto como es Una habitación propia de Virginia Woolf, que pronto va a cumplir un siglo y que es un referente no solo para las feministas. Muchas personas no lo han leído porque están convencidas de saber de qué trata: de cómo una escritora necesita de una habitación para resguardarse a escribir y de dinero para centrarse en su obra. ¿Dice esto el libro? Sí, pero dice mucho más, la mirada de Woolf sobre la poesía en construcción es fundamental y sobre otros aspectos de lo literario. No lo voy a reproducir aquí, solo espero que se lea un libro que no tiene desperdicio ni por su estilo, ni por su sarcasmo, ni por sus iluminadoras ideas. Este es el sentido último de mi libro de ensayos sobre el que hablamos ahora, ir directamente a las fuentes y leer a los grandes poetas y escritores. 

 

“Las palabras del poemas son un refugio, un lugar en el que crecer”

 

- Anne Sexton apuntó aquello de que «una mujer es siempre su propia madre». ¿Qué tiene de maternidad la poesía?

- Es, en palabras de una poeta como Esperanza Ortega una «amiga» que nos acompaña, es la posibilidad de un diálogo con nosotros mismos, es dejar que la poesía nos atraviese para decir aquello que ni siquiera imaginábamos que necesitábamos o podríamos llegar a decir. Las palabras del poema llegan más lejos que nuestra planificación, nos mecen, dejarse atravesar por la poesía es como llegar al centro de un mundo y ese mundo empieza en el canto y el vaivén de la madre. Y son un refugio, un lugar en el que crecer, un encuentro y una anagnórisis, un autodescubrimiento.

 

“Muchas de las poetas más jóvenes se han lanzado de cabeza a una poesía celebratoria del yo”

 

- Pienso en los poetas confesionales. ¿Cómo saber si hay demasiado «yo» en un poema, como sucede con Olds?

- Bueno, Olds no es exactamente una poeta confesional como lo son Plath y Sexton. Olds se basa en su vida familiar y privada como punto de partida de su poesía, pero se eleva muy por encima de su biografía. Solo hay que leer su Satán dice, que empieza con un poema sobre la tentación del diablo para que ella reniegue de sus padres con palabrotas y acaba con el descubrimiento de que el amor va más allá de la herida que estos le infligieron, o su libro El padre, que describe el diario de la enfermedad y la muerte de su padre, su conmoción, el estar cerca del cuerpo desnudo de un hombre que siempre fue severo y distante, la lenta corrosión de su cuerpo, la condolencia y la conmiseración más que el amor que despierta ese lento apagamiento convierten ambos libros en universales. En el Abecedario, que se puede encontrar en Youtube, Gilles Deleuze nos dice que quien escribe sobre su infancia escribe sobre un niño, así, con el artículo indefinido delante, y ese niño viene a convertirse en símbolo de la infancia, y por tanto en símbolo universal. Pero es cierto que las poetas de hoy estamos obsesionadas con excluir el yo de la poesía, es un problema lingüístico: si un hombre dice «yo» se refiere a toda la humanidad, si lo hace una mujer, se refiere solo a la mitad de la humanidad. Como digo en uno de los ensayos, no hay que eliminar el yo, sino solo elidirlo, tangenciarlo, aun si se cuenta una historia personal. Muchas de las poetas más jóvenes en cambio se han lanzado de cabeza a una poesía celebratoria del yo. 

 

“Sin distancia, el poema se vuelve confesional y deja de ser ese símbolo que se pretende universal”

 

- Usted habla de cierta distancia en la ética de algunas poetas (Barnes, Pastan, Forché…) ¿cómo afecta esto al resultado del poema?

- La distancia es fundamental, pero hablo de una distancia poética, no ética, y la distancia la ofrece la máscara de la poesía. No me refiero con ello a ponerse una máscara de poeta, sino a crear un espacio, un margen con el lenguaje, para que el poema llegue más eficazmente al lector. Una de las grandes creadoras de distancia fue Elizabeth Bishop, la exactitud descriptiva, la minuciosidad, el trabajo de lenguaje que debía sin embargo dejar el poema acabado como si fuera recién creado, límpido, y el final abierto fueron puntos fundamentales y referentes para las siguientes generaciones de poetas mujeres en Norteamérica. Sin distancia el poema se vuelve confesional, la experiencia privada y deja de ser ese símbolo que se pretende universal.

 

- El trabajo de Alejandra (Pizarnik) con el lenguaje, nos llevó a la encrucijada archifamosa del «si tengo agua, ¿beberé?». ¿Es insalvable la brecha entre el mundo y la palabra?

- La cita exacta es «No / las palabras / no hacen el amor / hacen la ausencia ¿Si digo agua beberé, si digo pan comeré?», Alejandra se refiere a que la palabra no produce formas, y se plantea por tanto la utilidad poética, como decías antes la distancia y la interacción entre vida y escritura, aunque la base de la vida de Pizarnik fue solo la escritura. La palabra poética, el poema, sí nos da algo, ya sea una especie de consuelo, de sustitutivo, de conocimiento de nosotros y de nuestro entorno, una religación a la vida como decía Sofía de Mello en sus poéticas. Paul Celan hablaba de encuentro, un encuentro clave con ese lugar abandonado de la infancia, con un hogar. En cierto sentido, es la más alta dosis de espiritualidad que puede ofrecérsele al ser humano, a veces pienso que más que la música, porque hay una concreción en palabras de la que la música carece.

 

“Escribir es una fuga del ahora más que una nostalgia”

 

- ¿La poesía surge siempre de una pérdida?

- La vida misma es siempre una pérdida, el tiempo lo es, pero la poesía busca tanto fijar algo y volverlo permanente, ya sea un recuerdo, un amor, una incorruptibilidad, una inocencia, como huir de ello. Escribir es una fuga del ahora más que una nostalgia. Es también un pasado que, más que revisitar, se reconstruye, se reordena. Escribir es por tanto la posibilidad de la construcción de un mundo propio.

 

- ¿Cómo se relacionan deseo y melancolía en la voz poética?

- La poesía está compuesta de valores contrastados, deseo y melancolía son los dos polos extremos con los que englobamos sentimentalmente un espacio poético, y ambos son necesarios para la construcción de ese mundo del que hablaba antes. La poesía lleva en sí siempre un sentimiento de doble dirección. 

 

- ¿Cuánto de plegaria, de oración contiene el poema?

- Permíteme en este caso que te responda con un poema del primer libro de mi trilogía Tuvimos, de 2013 publicado en Bartleby, “El calor”: “Dentro de la casa, al alba / te refriegas los ojos como el caballero / que ha velado sus armas / ha ardido el fuego toda la noche / y ahora solo deseas dormir / Ha sido una larga espera de tres lustros, / te detienes, piensas por un momento / en tu vasto cansancio/ Pero hoy es mucho más, / se remonta hasta la imagen legendaria de un guardián / que hiere tu cuerpo con su lanza / Viste fracasar la entrega tantas veces, / tantas veces fueron inútiles las cartas / enviadas a Dios / ¿Hay suficiente calor en la habitación? / Con cuidado doblas tu ropa / y la dejas sobre la butaca, / los zapatos bien alineados al pie de la cama / protegerán tu sueño / Mañana la carta que escribas / no será ya una oración”

Todo poema lleva implícito un rezo ofrecido a alguien o a algo. Pierre Reverdy decía que él no escribía para sí mismo, no escribía para los demás, le escribía a (la cursiva es mía) los demás, aunque no sabía exactamente a quién. Ese cambio en la preposición es más que significativo. Le hablamos a alguien, sea a otro, a nosotros mismos o a un espacio indeterminado, y ese susurro es casi una oración.

 

- De los muchos nombres propios que deambulan por estas páginas (Sharon Olds, Louise Glück, Linda Pastan, Leveroni…), ¿por cuál siente especial fascinación?

- Esto es como preguntarle a un niño pequeño a cuál de sus padres quiere más. Pero lo cierto es que las poetas que recojo en el libro me han fascinado en un momento de mi vida, cada una de ellas ha tenido su espacio porque cada una domina su poesía con su toque de personalidad. Leveroni era familia política lejana por parte de mi abuela paterna, de la que rescaté de la biblioteca de Cataluña parte de su obra inédita, la traduje y la publicamos en Igitur. Linda Pastan me fascinó cuando la traduje con Susan Schreibman, (una compañera de la clase de Traducción que daba Michael Tregebov, en el Instituto de Estudios Norteamericanos de Barcelona), a finales de los ochenta y principios de los noventa, y mucho después en la antología que publicamos en Igitur, cuya traducción hice con Jonio González. Pastan me fascinó por la limpidez de sus poemas que ella sin embargo confiesa, en una entrevista, corregir cada uno al menos un centenar de veces, siguiendo la recomendación de Bishop, esto es, trabajar a fondo el poema, pero dejarlo como recién acabado de escribir. Djuna Barnes en cambio tiene una poesía inteligente y hermética y a la vez es una pionera de la poesía de la sororidad en su libro de 1915 El libro de las mujeres repulsivas, una antología con figuras de mujeres prostitutas que desean amor, de viejas maltratadas y gastadas por la vida, destacando las de varios cadáveres, un libro que muestra una compasión hacia el propio sexo, anticipativo de lo que una Adrienne Rich y sus compañeras de generación harán después ya a mediados de siglo. Y, como he dicho, una generación más tarde estas autoras del medio siglo propician la obra de una Sharon Olds que convierte su poesía en testimonio de los secretos de una familia, incluso sexuales, que es absolutamente único. Todas estas poetas me influyeron a la hora de escribir la trilogía, todas ellas tienen un alto concepto de lo que es la responsabilidad poética, así como la ética. Antes de la trilogía, en cambio, centraba mis lecturas sobre todo en los poetas centroeuropeos y antes en los españoles y latinoamericanos, pero también en alguna poesía popular africana como la del Alto Atlas o la malgache, a las que traduje al castellano desde el francés. En la poesía anglosajona puede que la diferencia se encuentre en la concreción de ideas, una cierta materialidad que engloba asimismo al paisaje, y que, aunque sale de la conciencia del cuerpo, la toma de conciencia suele ser tardía. La propia Rich dice que sí misma que a ella le costó media vida averiguar que escribía desde el punto de vista de una mujer de raza blanca, de mediana edad, que vivía además en el país más poderoso y a la vez más peligroso de la tierra.

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Entomología canónica

7 de agosto de 2026 11:58:11 CEST

El lector de Justo Navarro (Granada, 1953) sabe del carácter experimental y casi ciberpunk de parte de su obra. Podemos encontrar en el ensayo El videojugador. A propósito de la máquina recreativa (Anagrama, 2017) o en dos de sus últimas novelas, la celebrada DumDum, estudio de grabación (Anagrama, 2024) y la fascinante Gran Granada (Anagrama, 2015), efluvios de una Granada noir y ucrónica, con ecos de William Burroughs o J. G. Ballard. Navarro, seguidor de primera generación de los autores contraculturales, podría estar en el catálogo de una STAR books perfectamente. 

Su obra poética, abundante, incluye Un aviador prevé su muerte (1986, Premio Nacional de la Crítica), Mi vida social (Pre-Textos, 2010) y la más reciente, Chico católico (Pre-Textos, 2026); que toma el título de un verso de Jim Carroll, uno de los elementos menos conocidos de la no-wave neoyorquina de finales de los setenta, pero que por su relación con los últimos beatniks y autores como Lou Reed o Patti Smith deja clara su intención primaria. Para ello una cita inicial, palabra de David Cronenberg, en su época de adaptación de El almuerzo desnudo de William Burroughs; avisa de la intoxicación de lírica entomológica frente a la que nos vamos a encontrar. 

El lenguaje, la carne, la infección, pierde su condición de enfermedad para tomar el estigma de la transformación. Navarro prefiera las letras para la organización del libro. Un poemario que evita los ordinales y cardinales. Así que en la parte A. enumera alguno de los protagonistas: niño y avispa, hombre del domingo, otro guiño a Cronenberg con la carne viva como santo Vial, nueva carne y la zona intermedia, donde los insectos encuentran la parte lúdica de la morfina. El impacto de las imágenes de Justo Navarro es profundo: "El niño-larva duerme cada noche en un nuevo expediente". Una letra tan grande, una letra que muta, con la edad, crece, de niño a carne, de carne a niño. Dos poemas consecutivos, cita del primero: "La oscuridad vacía de los ojos cerrados para ser lo invisible" y la energía legal del siguiente, donde las motivaciones hacen del libro un manual discursivo de lo orgánico y lo químico. Es este uno de los mejores poemarios del año, impresiona esa manera en la que Justo Navarro se acerca a la turbia lírica de la que también bebió el primer Sergio Algora, ojos y boca de José Miguel Ullán, collage de ciencia y numismática dérmica al modo de Agustín Fernández Mallo. Leemos: "Pero dónde tú estás no hay aeropuertos/y un megáfono invita a dejar la ciudad/y el niño insecto escucha las avispas, el vuelo". Super 8 en color, el grano de una vida antigua, una vida que puede quemarse, el proyector que atrapó a Iván Zulueta y toda su corte de vampiros arrebatados. Su mutismo es una banda sonora de una vida sepia. Al leer el libro la mirada nota cómo los poemas arden. ¿Cómo salvas la vida de un niño insecto? Esa es una pregunta que atraviesa el libro, que te lleva a otras lecturas, estricnina para el vigor sexual y veneno de belladona para afilar las pupilas. El tiempo como agente extranjero. El tiempo fuera de la pelea, de la norma cartesiana: "Esa manera de entender el tiempo/en la nave espacial de las enfermedades terminales". ¿Quién se queda con el puesto eyectable del piloto cuando se produce una emergencia, un apocalipsis? Tener una plaza asegurada para la fuga: "Si la fábrica/de silencio trabaja a su potencia máxima y los miedos/al pasado, al presente y al futuro firman su triple alianza/y el chiquillo descubre que es el bicho/que morirá al principio de la novela de misterio". A esa hora, como si el mundo estuviera conectado: "Detectó el interrogador una mota de polvo en el blanco de ojo" o "Me abría paso a tiros a esa hora en un callejón de Beijing". Detener la existencia una habitación. Alquilar otra vida para que no sufra tu cuerpo con cargo a la fiesta de otro domingo químico: "Me vio en un bar el funcionario/que en de dientes tienes avispas/en aquel tiempo el farmacéutico/me vendía oxicodona/y cada escarabajo me dio la comunión/en pastillas de diez miligramos". Por un instante recordar los tiempos del desamor en Tokio. Escuchar cómo la asamblea de insectos celebra sus sesiones en el cráneo del poeta: "Y tiempo coagulado, la vida era más larga, /la disolución iba a otra velocidad". 

En el B. El segundo apartado, tomo nota: "A describir centímetro a centímetro/las paredes en blanco" y leer "La ultravida es posible, anunció el hombre del domingo". Los insectos y sus termitas, fractalizando la sensación de parasitismo entomológico. Poema 27: "Entonces yo vivía en un apartamento de cuarenta metros cuadrados/y vivían en mí unos ciento doce mil habitantes". Hablamos de números enteros y nos viene a la cabeza la imagen de Luis Buñuel escribiendo en el palacio de hielo alguna de las normas básicas que acompañan a Justo Navarro en el libro. En la paranoia, las antiguas policías secretas, se lamenta: "Nunca conseguí que me pincharan los teléfonos" y allí, rasca el cielo, rasca el suelo, bésame, no me desees solo paranoia. Cirujanos, niños, avispas, personas, amalgamas que se oxidan, entra carne y entra metal,  herramientas herrumbrosas que construyen el poema. Resulta impresionante, cómo sobrevuelan, al llegar a la parte C, la última, una letanía angelical entre la hermana Ray y un regalo de viola desenfada y anfetamínica cuando aparece la palabra batiscafo. "Viajamos en un tren toda la noche y no salimos de la noche". Luces intensas, neón sagrado que se acercan y confunde. Por un instante dudas si el tránsito válido es del hombre a insecto o viceversa. Ojos como entrada para imágenes y también para parásitos, que se alimentan, sedientos de lo que la persona mira: "Conmigo se venía mi doble con su doble". Quizá el cloroformo nos transporte a una línea temporal alternativa, un estado cuántico diferente donde se ha normalizado la poesía de Navarro y se enseña en los colegios, mientras tanto, el caos y la manipulación, tecnológica y orgánica, son las herramientas con las que la lectura de este magnífico libro se hace más accesible. Uno de los grandes libros de este año, fuera de corrientes, profundamente salvaje, asimétrico en lo formal. Más bien destructivo. Fascinante. 

 

Justo Navarro, Chico católico, Valencia, Pre-Textos, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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