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Configurar sentido descendente

Amistad

3 de septiembre de 2018 09:19:59 CEST

 

Abandonaría mi casa, el paisaje,

mi propia extrañeza ante lo desconocido.

Los caminos serían hermanos de leche

y los pueblos y las ciudades renovados hogares

si así me lo pidieses y tu voz susurrante

escuchase en la atroz distancia.

 

Acudiría con mi ejército enseguida

si la guerra convocases;

arrasaría, como una estrella moribunda

            justo antes de desaparecer,

al enemigo que sufrimiento te infligiera,

y tu alegría yo preservaría

como si fuera la reliquia primigenia:

llevada sería a mis templos

como fe verdadera.

 

Me entregaría cautivo si necesitases

como precio de rescate mi agonía,

si con ello libre puedes acogerte

a la inmensidad de la vida.

 

Compartiríamos la felicidad del mundo,

sorbiéndola toda, con el egoísmo avaro

del ladrón hambriento,

y nuestras risas se convertirían en eco

que recorrería cada rincón del mundo.

 

A mi hogar regresaría, la paz

guardaría con celoso sigilo

mientras supiera que mi amigo

entre lujuriantes bienes anida.

 

 

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por David Lorenzo Cardiel

Presentación revista Turia 127 en la FIL de Lima

3 de septiembre de 2018 09:11:26 CEST

La revista Turia  es una publicación científico-literaria de Teruel del Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación Provincial de Teruel fundada por Raúl Carlos Maícas Pallares en 1983 , en recuerdo de la vieja revista del Turia del siglo XIX (1881-1888) DE CIENCIAS, ARTES, LETRAS Y OTROS TEMAS, CREADA POR Joaquín Guimbao, como portavoz de los intelectuales de Teruel, 

Turia 127 está dedicada a dar a conocer la literatura peruana y española  a través de un panorama muy amplio y rico: el ensayo crítico, la poesía, el pensamiento, la ficción;  está dividida por eso en  varios apartados como : Letras, Taller, Poesía, pensamiento, Cartapacio: Literatura peruana actual, Conversaciones, La isla, Sobre Aragón,  Cuadernos turolenses y  La torre de babel, la sección más larga donde se reúnen escritos de opinión sobre autores y autoras de distintos géneros y nacionalidades., con estilos y enfoques muy personales.

Para el lector peruano es una oportunidad de conocer a muchos escritores y escritoras que no llegan fácilmente a nuestras librerías, y supongo que ocurre lo mismo allá,  en Teruel, es deseable que la revista también tenga una circulación amplia, si no en físico porque se trata de un número voluminoso, 500 páginas, podría tener una difusión virtual.

Turia 127 se abre con un ensayo de Javier Morales Mena sobre nuestro  Premio Nobel “Mario Vargas Llosa: ensayista” Morales Mena opina que su ensayística es  autorreferencial, al decir del crítico peruano José Miguel Oviedo; es decir, que los argumentos vargasllosianos sirven para comprender su poética novelística, más que el mundo representado de la obra de otros autores. “ No tiene tampoco sustento epistemológico, según el uruguayo Ángel Rama –anota Morales Mena, así su crítica se convierte en un largo monologo sobre su obra”. Morales se pregunta “Entonces, ¿cómo leer los ensayos de Vargas Llosa?  Pues desde una posición intermedia, o mejor dicho intersticial,  para lo cual analiza  el discurso para ser leído en la ceremonia de concesión del Premio Rómulo Gallegos: «La literatura es fuego» (1967),la noción de «vocación» y la metáfora del fuego. Morales Mena hace breve reflexión sobre los afeptos , palabra que articula dos dimensiones en el trabajo del escritor peruano, lo conceptual y lo afectivo; para Vargas Llosa la literatura es fuego pero el fuego que señala la razón crítica, el inconformismo y la rebelión.

César Vallejo, en nuestro presente Eva Valero

Eva Valero se remite para explicar la importancia de Vallejo a autores como “Mario Benedetti, que en 1967 escribió un artículo  sobre Vallejo y Neruda según Valero, los dos grandes paradigmas poéticos de la literatura hispanoamericana del siglo XX, bajo el título «, dos modos de influir»; al poeta peruano Jorge Eduardo Eielson, autor del artículo «Actualidad de César Vallejo», publicado en la revista Debate, n.º 69, en 1992; y a algunos fragmentos del poeta chileno Raúl Zurita de su ensayo «Poesía y Nuevo Mundo», compilado en el libro Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio, del año 2000.” Segun Valero,: “Vallejo deja huella en los lectores gracias a un  «lenguaje seco a veces, irregular, entrañable y estallante, vital hasta el sufrimiento»,”, dice Eva Valero.  Es conocido el tema sobre el dolor en Vallejo que para Valero y para muchos estudiosos se trata de un dolor universal,  y cita el poema «Los nueve monstruos», Benedetti y Zurita consideran, que Vallejo  fragua un lenguaje nuevo al doblegarlo y violentarlo.

“El tan conocido poema «Considerando en frío, imparcialmente...» resulta paradigmático. En él, el tono frío e impersonal del lenguaje judicial que recorre parte de la composición en sus gerundios repetidos («considerando», «explicando», «comprendiendo») es estrategia textual que va a dar finalmente en una exposición de «considerandos» con la que, por contraste, Vallejo logra la comunicación más radical sobre su sentido de lo humano. Eielson también insiste en el amor universal, en el amor por el ser humano y la compasión por el ser humano, aunque hay algo que agrega y es el «pathos vallejiano», que pone en relación con los estoicos y los místicos castellanos («Quevedo y Unamuno, hasta los grandes rusos de fin de siglo»),  dice Valero, y ello refresca un poco la idea del dolor universal que  en Trilce (1922) tiene otros matices, menos romántico o sentimentales, porque el dolor universal, a mi modo de ver en Vallejo, se ha convertido en un tópico muy recurrente que a veces se vacía de significado. Zurita en cambio se refiere a Vallejo desde una visión histórica, y lo conecta con el Inca Garcilaso y s relato sobre el ajusticiamiento de Túpac Amaru en 1572 para referirse también al sacrificio de los poemas de Vallejo.

De nuevo con Jaime Gil de Biedma/ Luis Antonio de Villena Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990)  uno de los mitos de la  poesía española  conocido por su pereza entre comillas, por escribir poco y corto. Villena se pregunta: “por qué Jai me, el poeta y personaje más conocido de su generación, no escribía...  Y propone interesantes explicaciones sobre el tema “Sin duda la obra en prosa más importante de Gil de Biedma es el Diario de 1956, publicado póstumamente apenas un año después de su muerte. A Jaime le interesaba mucho lo que se ha llamado «literatura del yo»”

En Diez instantáneas de Eduardo Chirinos Fernando Iwasaki Lima, 1960 – Missoula, 2016 Cuenta anécdotas desde su época escolar, paseos de juventud, trabajos que compartió con Eduardo,  así como las lecturas, ya que sus familias se conocían y eran muy amigas. Es un recuerdo vívido y sentido de un amigo y de un poeta al que Iwasaki admira y quiso mucho.

Taller: narrativa, ficción.  Se aprecia en taller una tendencia que prevalece en los cuentos, el realismo literario. Por ejemplo, en Mediterráneo, de Santiago Roncagliolo, un arquitecto maniático de la limpieza de los dientes, del confort, de la soledad, algo misántropo que se casa “por descuido” y hace un viaje de luna de miel a unas islas orientales del Dodecaneso con su mujer, se trata de un energúmeno a quien todo le parece una molestia, una carga, algo difícil de digerir. El asunto doméstico, la soledad el matrimonio, los bebés…todo lo que hace a la gente feliz pero también la aburre y harta.

Fernando Aramburu por su parte en Dilema presenta Las complicadas relaciones entre padre e hija. La relación con la hija y unas palabras duras de ella hacia él lo sumen en la tristeza y confusión, al extremo de no saber cuando  está al volante qué carril tomar para no atropellar a un niño o a un anciano, ello lo lleva a evaluar o poner en valor la vida de las dos posibles víctimas. Este dilema es un pretexto para una desesperación  que no concuerda con la velocidad del instante, lo que convierte a este relato en un cuento especulativo sobre la reflexión de quién vale más en este mundo: un niño o un anciano.

Dioptrías de Eloy Tizón (dioptrías término relacionado con una lente y su poder de refracción.)

 Se ocupa de la culpa,  cargamos con ella desde pequeños, en la escuela. Y claro, lo que sigue es pedir perdón, también por todo. “Por tantos fallos. Por haber sido mal hijo, mal hermano, mal novio, mal copiloto, mal marido, mal padre, mal amigo, mal compañero de trabajo.” El cuento es un monólogo sobre diversos temas, el trabajo, los arrestos en la calle, las navidades, así la narración  avanza a través de pequeñas historias sin argumento,  hasta un gato que fuma, el delirio sin ser delirante, el caos sin lugar a confusión, el amor y la timidez. En resumen, es el relato sobre la felicidad de vivir.

Otras caricias de Alonso Cueto (fragmento de una novela inédita.)En un restaurante humilde o peña criolla, una mujer emprendedora y un cantante tienen una relación de amistad y amor pero cuyas vidas muestran un conformismo ante la pobreza y la medianía de sus logros en el negocio y en el show: “Cuando (Humberto) se miraba, podía verse también la foto de Eloísa Angulo detrás. La gran cantante que no logró ser nunca grande. Como no lo sería él. Para qué ser grande. Para qué ser famoso, para qué ser un éxito. Lo que cuenta es ser uno mismo. Es más tranquilo así.” Ello no impide que Humberto sea una suerte de filósofo que reflexiona sobre la importancia del canto y analiza la letra de canciones criollas, sobre el amor, el abandono. Y la soledad sobre todo.

En Lepidopterología de Sara Mesa, la importancia del pasado que se evoca cuando se escribe y se ha dejado atrás la infancia; hay personajes marginales, mendigas y vagabundos, orates, ancianas buenas en los viejos barrios. Ellos, sus perros y otros personajes dignos de ser protagonistas de historias tiernas. Y el triste fin de estos seres desarraigados

El collar de los Balbases Jorge Eduardo Benavides gira en torno a  una famosa joyería de Madrid,  es el fragmento de una novela sobre el robo de una perla. Abundan las descripciones con lujo de detalles. Un pasaje ilustra cómo” Sánchez Pescador saca con sumo cuidado la larga caja, que es como un nicho donde en pequeños compartimentos guarda los taleguillos con las preciadas perlas. Las hay en verdad hermosas y él está secretamente orgulloso de todas y cada una de ellas, pues algunas rivalizarían con la mismísima Peregrina. Aquí fue precisamente donde el marqués de Alcañices, cuando heredó el marquesado de los Balbases, y siguiendo una tradición antiquísima de los Spínola, eligió la perla para el fastuoso collar que generación tras generación lucen las mujeres de dicha familia. Don Nicolás Osorio se decantó para el llamado «collar de los Balbases por una perla como no hay otra en el reino.”

Un comienzo prometedor  es el de Carlos Pardo, también un extracto de una novela inédita: Lejos de Kakania: historia de jóvenes a quienes les gusta la poesía, y su relación con una madre enferma, el sexo, el amor que según he notado en la mayoría de los textos, casi ha desparecido como sentimiento y pasión romántica, tiene mucho que ver con la moda, con el gusto y la estética…

Unos se casan por descuido, otros simplemente tienen sexo porque se acoplan bien…. O por diversión como en La niña: de Patricia Esteban Erlés, de la novela inédita La niña, en la que una pareja que desea tener un hijo, pero la madre deberá guardar cama, se trata de un embarazo difícil que dispara un drama desalentador para el amor.

Poesía

Egureninana de Bonet, pues es un homenaje al poeta peruano de Barranco, un poema breve pero sugestivo.

La poesía atraviesa épocas, ruinas como Pompeya, donde un ave es el mejor recuerdo de la existencia antes de la destrucción del Vesubio: de José Carlos LLop,

Pasa por el descontento, pero también pone en valor el amor el poeta R. Silva Santisteban en Carta del desterrado.

Casonas antiguas y la nostalgia de lo que se deja atrás y a quienes no volveremos a ver en Duende de Marco Martos. O el deseo de rememorar a una abuela querida a través de una habitación y una silla en Inés de Álvaro Valverde.  Un poema sobre el paraíso, las sombras, la muerte el olvido, los grandes temas son los temas que apreciamos en Alonso Ruiz Rosas.

Sobre la fragilidad y belleza de una mariposa en contraste con la rutina doméstica es el asunto destacable en Amalia Bautista. Es hora de vivir, le dice Aurora Luque a las mujeres de América, este poema tiene un matiz más contestatario que los anteriores.

El tiempo pasa pero no lo digas ante un relámpago, dice en un haikú  Matsuo Basho, por eso Giovanna Pollarolo habla de la casa en ruinas para mostrarnos el  cambio a través de una descripción minuciosa  de los objetos rotos o en desuso, en ausencia de las personas que la habitaron. 

En  “La Llamada”, La metapoesía también aparece como una tendencia hoy en día, en el poema de Ben Clark, sobre qué significa escribir un poema.

Es raro describir un paisaje con alegría y hablar del amor asociándolo a la naturaleza en estas épocas, Roger Santibáñez lo logra con éxito en “Principio del tiempo”.

Menchú Gutiérrez como Aurora Luque recurren a la poesía en prosa en  “La piedra que nunca más fue piedra”; es una alegoría o metáfora  o metonimia -en realidad la prosa poética siempre dispara en distintas direcciones- sobre el origen de la vida, de las cosas, y su destrucción. En cambio, Almudena Grandes se burla de la belleza artificial en Qué bonita era, un pequeño texto que se acerca al microrrelato

Hay más poesía, sobre la guerra,  de García Román,  y Sanmartin con distintos enfoques, y tonos, ironía o  el llamado de la naturaleza a través del canto y no de las balas;  la sabiduría en una alegoría sobre las cavernas y nuestros orígenes como especie. Precisamente las flores, la fauna son  temas predilectos de Morales Saravia en Gaviotas, donde la ausencia de gente hace más vívido el paisaje marino. En “Viaje”, en cambio, Mariela Dreyfus escribe un poema en prosa para mostrarnos  al artista Max Jacob y sus alucinaciones. Con este poema termina la sección Taller, revelando la diversidad de estilos, tonos, temas y enfoques sobre los que la poesía sigue y seguirá ocupándose a lo largo de la historia. Una interesante y rica muestra, sin duda.

En Pensamientos sobresale el ensayo “Sociedades abiertas o guetos de Valentí Puig

Puig sostiene que La migración en el siglo XXI es un peligro amenazante para la identidad y arraigo de los pueblos europeos en su tradición, el desborde de las fronteras, con inmigrantes y refugiados provoca pánico político y no encuentra solución, cuál es el justo medio, se pregunta el autor, ya otros como el expresidente Zapatero han dicho que los pueblos seguirán tratando de cruzar fronteras porque no tienen nada que perder en sus pueblos, todo lo contrario, se trata de huir o morir…. El asunto es muy complejo, y causa zozobra entre las gentes de los países para quienes los inmigrantes son sinónimo de terroristas. Algo que no puede neutralizar ni el paradigma o la utipía multiculturalista.

También en Pensamientos podemos leer el ensayo “Escrituras en primera persona: Yo, como experiencia de alteridad” de la peruana Patricia de Souza.

Patricia de Souza se pregunta en qué consiste el trabajo de escritura partiendo de quién es ese yo que se autoproclama como narrador y personaje. Ello en medio de una crisis del sujeto.  “Hasta dónde podemos decir YO” en medio de la soledad cuando ya no hay dios y la idea de trascendencia es relativa. Así, analiza lo esencial en la autobiografía como género considerado antes del siglo XX: cartas, memorias, diarios no literarios. La autora se refiere a escrituras en primera persona, no necesariamente autorreferenciales, pues ese yo puede ser otro, como bien anota. “No olvido que en el siglo XIX las mujeres tenían mucho miedo de revelar su identidad y optaban por el seudónimo, en ese caso, ¿cómo delimitar el terreno de propiedad de la autor/a?” Lo interesante de estos ensayos es cómo de un problema intrínseco a  la literatura y a la identidad del narrador-personaje el análisis se puede trasladar a otros campos de carácter social, como los movimientos feministas y políticos.

Cartapacio: Literatura peruana actual

Los firmamentos de la narrativa peruana contemporánea de Félix Terrones

Como me refería a propósito de los ensayos de Puig y de De Souza, Terrones habla de un ensayo errático, especulativo, más que de un pensamiento teórico doctrinario. Esto mismo hace del ensayo un género abierto, diverso y multidisciplinario.Terrones afirma:” la literatura constituye la caprichosa alineación de azares, arbitrariedades y contingencias”, igual que el origen de la vida, producto de la casualidad, de la contingencia.

Terrones señala la naturaleza urbana de la literatura peruana desde Vargas Llosa , Ribeyro, hasta Pilar Dughi. Pero también a partir de los más jóvenes, como Parra, Anticona y los que escriben en el exterior: Cáceres, Wiener, Roncagliolo. Ahí adquiere relieve, el exiliado, el migrante. En cuanto a  la identidad del autor - que como en Bellatin deja de ser  escritor peruano- , este tema adquiere relieve para los escritores del siglo XXI-.  Un asunto  polémico es el de la manera como se esquiva o elude incluso la realidad nacional en otros autores como Prochazca. No está referido al costumbrismo, sino a crear  cito un “artefacto autotélico, suficiente en sí mismo; en ocasiones, incluso, intransitivo con la realidad.”

Yeniva Fernández en  “Condena ” nos deja oír una voz del pasado  que se despierta en la oscuridad sin tiempo, sin espacio conocido, para repasar la derrota de la conquista del Incario.

 En “Camino” de Ricardo Sumalavia, también prevalece como en la mayoría de los relatos la tendencia realista, salvo en Yaniva Fernández. En el de Sumalavia un accidente hace que un hombre dedicado a los negocios descubra que su vida ha estado alejada de la naturaleza, de los pequeños placeres, el deseo de éxito es un camino que no permite alcanzar la belleza de las cosas.

Diego Trelles, colabora en Turia con Langog, que en el lenguaje de los chifas significa comida de los cerdos, o las sobras. Es un relato sobre el racismo en Lima, con el estilo cropolàlico de quienes tuvieron riquezas y cayeron en desgracia socialmente; los resentidos a la inversa, blancos venidos a menos que detestan a los denominaos cholos, a los pobres, al diferente, y son tan delincuentes como cualquier criminal.

“El hombre palo” de Sergio Galarza es un ser deshumanizado para quien la vida animal le es ajena, es cínico y cruel con los insectos, por ejemplo.

Se advierte en casi todos los textos de ficción la necesidad de ser libres, independientes, pero la sociedad impone sus convenciones, el matrimonio, los hijos, el deseo del éxito aunque nada los convence y hace felices. Los autores se remiten a personajes que también son escritores como ellos, cuando no son ellos los mismos personajes, es una necesidad imperiosa de verse en el espejo literario, y su malestar recae por lo general en la rutina domèstica matrimonial cargada de reproches y tensiones. Las atmósferas son opresivas .muy pocos tienen un tono optimista ante el futuro, la idea del fracaso, aquí en Perú o en el extranjero está conectada con las tramas de una tradición que viene desde los años cincuenta con Julio Ramìon Ribeiro, Congrains, Dughi.

Es el caso de “La luna de papà” de Irma del Águila, donde se ventila el tema de la vejez, lo irreversible de las enfermedades en los ancianos. Otro detalle interesante es el abandono por completo de la linealidad en relación con el tiempo, las anacronías o pausas y elipsis permiten salirse del asunto introductorio y el texto se libera de las viejas normativa, como dice Mempo Giardinelli: el cuento empieza y termina moviéndose y lo hace en varias direcciones. Es el caso de Qué locura enamorarme de ti, de Wienner, donde el poliamor, el amor entre tres construye una intriga erótico sentimental y la tradicional deja de ser el centro con todas las implicancias socioculturales y políticas que ello supone. En este relato, el personaje es una escritora, estamos ante los tiempos del postamor, es una constante en una época donde el amor como dice Zygmund Bauman es líquido y frágil el vinculo que une a las personas.

Parte de la ficción dedicada al Perù se desarrolla principalmente dentro de las cuatro paredes de la casa matrimonial, más que la ciudad, sobresale la rutina doméstica como en Ventanas rotas de Karina Pacheco, donde interviene la tecnología, el Internet, el televisor, el celular, en medio de ello, la corrupción que abarca diversas esferas, y va desde arriba hasta abajo, desde el espacio público y las instancias el gobierno hasta el privado, empresas y personas individuales, por ello el deseo de ser activistas e incorporarse a un partido político o entrar en la clandestinidad.

En este panorama bastante amplio de la literatura peruana actual figuran poetas con una trayectoria importante e incluso premiados en el exterior como Miguel Ildefonso, que expresa e ilustra con claridad el hastío, el carecer de metas, el ir a la deriva buscando una salida que no se vislumbra. Victoria Guerrero, en Sturm und Drang, por ejemplo, desarrolla el tema de la mujer y su subordinación social, con un lenguaje transgresor, en este texto está en juego la cultura europea y la tradición romántica, el clasicismo alemán, todo puede ser amado, odiado, mancillado, admirado. O la figura del padre en Alessandra Tenorio que prefigura más que nostalgia la conciencia de la pérdida y la muerte como algo natural que ha de venir, sin rebelarse ante ella.

La selección se refresca un poco con el texto lúdico y el juego de palabras con el que se aprecia la esencia de las cosas de Micaela Chirif a través de contrastes simples pero que esconden realidades complejas.

Rocìo Silva escribe un ensayo inspirado en un famoso y hermoso poema de Blanca Varela “Ternera acosada por tábanos”. En Coronada de moscas, Rocío Silva presenta una semblanza sobre la poeta que se convierte en ficción, en  un texto que dialoga con Varela y es asimismo una lectura de la poética vareliana y un análisis sobre su poesía y su vida.

El trabajo de Paul Baudry sobre Julio Ramón Ribeyro plantea algo que todos respetan en el autor de Los gallinazos sin plumas y muchos excelentes relatos, su ahistoricidad, Ribeyro nunca hizo caso de tendencias de moda, ni buscó la manera de sorprender para trascender, lo más ajeno a él era el pretender estar en la cima de la pirámide. Por ello Baudry hace hincapié en su visión transmoderna: “Ribeyro percibe semejanzas entre los diferentes presentes estéticos, lo cual le permite entender la historia literaria desde un punto de vista sincrónico y no necesariamente diacrónico. De este modo, las modernidades estéticas que se encuentran desperdigadas a lo largo del tiempo lineal son reunidas dentro de su mirada circular, propia de un escritor clásico”

Ribeyro conocerá la fama tardíamente, algo que consigue al margen de su voluntad, como Borges descreía en la trascendencia.

Quiero terminar con una frase de Julio Ortega en una conversación con Fèlix Terrones: “Sin mejores lectores no habrá mejor literatura”.

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Carmen Ollé

Poesía como pregunta esencial a la Historia

2 de julio de 2018 10:59:38 CEST

            La nueva entrega poética de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) es Hotel Europa, publicada por La isla de Siltolá. No puedo aquí recoger su trayectoria de poeta, estudioso, traductor y crítico con que viene recorriendo lo que llevamos de siglo y que lo ha situado en un lugar de referencia; hay fuentes de información para ello. Me propongo extender un comentario a lo que este libro creo que propone con una belleza y un rigor que no deben pasar desapercibidos.

            Se me ocurre que, si parafraseamos a Antonio Machado cuando definió la poesía como “palabra esencial en el tiempo”, acaso hoy tendríamos que preguntarnos si esa esencialidad puede omitir la condición histórica en que nos hallamos y de la que nos sabemos tanto herederos como actores. La esencia puede encontrarse en el conocimiento, o proceder del examen de la experiencia íntima; pero no puede orillarse de ella nuestro estar constituidos por ese conjunto de fuerzas que denominamos devenir. En este sentido, la obra de Gómez Toré se une a otras voces que hoy debaten la propia identidad y para las que el reenvío a lo antropológico o a lo individual no satisface todavía ese deseo.

            Una voz en este libro proclama: “¿Por qué preguntas por Europa? ¿Sabes tú algo de ella?... Prefieres quedarte ahí callado, insistiendo en una pregunta que ya nadie se hace”. Ya en la formulación de ese interrogante el poeta se sitúa en un límite: Junto al silencio impuesto por el poder de lo consabido; en la necesidad de exigir que se cuestione esa identidad; en la dificultad de que la palabra poética ha perdido toda relevancia social, toda posibilidad de abrir caminos y, sin embargo rehúsa su rendición. El libro entero es un esfuerzo por situarnos inquisitivamente ante nosotros mismos desde una identidad que viene dada por el poder y su hacer y una tradición que, no obstante, quiere resistirse (Machado, Benjamin, Whitman, Cernuda). Con este objetivo, Gómez Toré diseña una estrategia de aproximaciones. La primera y más extensa parte del libro, titulada “Historia universal”, nos invita a un viaje por las tierras exteriores a lo europeo-occidental, en donde el marchamo de la historia reciente que los países centrales dirigen deja huellas que son estragos: Matto Grosso, las víctimas de sus agresiones militares, Ciudad Juárez, Mozambique, Manila… Un procedimiento que trata de eludir, de raíz, la posición eurocéntrica y la propaganda que, previsiblemente, esperamos que Europa –o sus mandatarios– hará de sí. Hay que preguntar al Otro para saber de uno mismo, hay que mirar el rastro que uno deja, hay que permitir que hablen (y no podrán hacerlo, expulsados como están del lugar de la palabra y la comunidad de comunicación) a esos que hallaremos “Acampados / junto a la roja carretera de tierra, / al borde de la tierra / siempre de otros… Al borde de la historia”. Quienes son los testigos, con su “extraña paciencia”, de esta cruel verdad: “La historia / es una sucesión de hechos consumados, / de crímenes perfectos.”

            Este viaje a los invisibles revela lo visible. Su testimonio es la palabra que denuncia el crimen de lo que viene ocurriendo. Parecería, por tanto, que alcanzar ese lugar arrasado por la historia tendría el poder de la iluminación. Y así es; algunos poemas de gran belleza parecen nacidos de epifanías que responden a gestos y actitudes del cuerpo de los olvidados, no de un discurso, surgen de un lugar de pureza que aún persiste. “La anciana, casi alegre, con las manos mordidas por la lepra, marca el ritmo de una canción de bienvenida”. “… sostiene la mujer / un cesto de frutas. / Su cuerpo es la columna / de un fragmento de cielo”. “A fuego lento se cuecen las historias, se cuece el alimento compartido, la humedad rota, el sueño de la tierra. // Nos alejamos demasiado deprisa sin saber qué madera enciende aún la noche”. Y esas presencias, todas de mujeres africanas, sobresaltan los prejuicios y los juicios propios para hacernos objeto de una cuestión decisiva: “Quién ha dicho que tienen la mirada perdida… Vestidas para una fiesta que nadie ha convocado todavía… Cómo saber, en qué lugar decir, si hemos llegado pronto o demasiado tarde al agua de la celebración”.

            Hay aquí el eco de Hölderlin, tan querido al universo poético de José Luis Gómez Toré: Dios ha abandonado a los hombres, los poetas son los centinelas de un mundo por llegar. Solo que ahora esa esperanza se ha vuelto impensable. Un verso terrible de nuestro autor lo proclama: “La expiación, si llega, / vendrá desde lo alto, / no dirá/       este es mi cuerpo”. La historia, por tanto, no será redimida por un Dios que se puede identificar con ella. La historia, más bien, está atravesada por divinidades creadas a la medida humana que no son sino hipóstasis de su ferocidad. “El destino se cumple y es mejor no quedarse en el medio de la calle cuando cruza, hermoso como un dios, sangriento como un dios, el carro de combate escribiendo la historia”; “Mientras tanto / nuestros dioses exigen / pruebas de amor, / devoran con igual voracidad / plegarias y blasfemias”.

            La segunda parte del libro la constituye un fragmento de género dramático, “El teatro anatómico del doctor Cirlot”, subtitulado “Interludio grotesco”. Un médico forense examina un cadáver, una mujer que se oculta recita la elegía de la huida o perdida o raptada o humillada Europa, cuya esencia se encuentra precisamente en el rapto, esto es, en la ausencia. La aproximación poética a esa identidad, que proviene de las gentes excluidas de tierras no tan lejanas, se topa ahora con el lamento y la pregunta por su desaparición formulada en sendos monólogos que no llegan a interferirse y para los que no cabe tampoco la mediación de un comentario. El poeta –el lector– llega tarde a la escena. Asiste a los ecos de esa falta. ¿”Qué es Europa”? Se convierte en ¿”Qué ha sido de Europa”? Y, más aún, constatada ya su desaparición, cuestiona si todavía hay alguien a quien le importe, si esa imagen de autopromoción significa algo, puesto que sus “valores”, esa singularidad de que alardean: la patria de los derechos humanos, de las libertades, la prosperidad, la propiedad privada, los parlamentos y la prensa libre, han sido barridos por el interés económico, las conveniencias políticas, el mero ejercicio del poder, la hipocresía, el sarcasmo. Entramos así en la tercera y última sección de Hotel Europa, con título homónimo, que se abre con el poema: “Después de la historia” y que empieza una vez que ha dejado atrás ese cadáver y su autopsia sin efectos.

Son un puñado escaso de poemas en los que José Luis Gómez Toré pareciera ponernos ante los ojos el testimonio que nuestro pequeño continente pudiera aún dar de sí mismo. Su inventario de términos recoge las infamias más recientes: Treblinka, Cuelgamuros; retoma mitos que hablaron de venganza: los hermanos Electra y Orestes, más cercanos que nunca a Hamlet; y, sobre todo, la voz truncada de los poetas, a los que se acude como para una consulta urgente, y que ya han respondido con su fracaso: la muerte de tristeza, el suicidio, el exilio, la soledad. La pregunta que traíamos se hunde en la tierra, desaparece envuelta en el polvo, absurda entre las ruinas verticales de los edificios y los comercios. “Para otros las fronteras. / El desierto se extiende”. “Desde aquí escucho los valses del Imperio con un aire de jazz mientras insisten lejos los obuses con su secreta música”. El libro nos conduce por un viaje, a cuyo término, no hallaremos el espíritu de Europa, su identidad buscada; esta tierra no ha comparecido, es acaso sólo un lugar de paso, una residencia, un marco de ruinas que nos deja en la desolación y el vacío.

Pero ¿quién está hablando aquí?, nos preguntamos, ¿qué clase de voz ha dirigido nuestros pasos a lo largo de estas páginas? Y también: ¿por qué nos habla así, con un lenguaje poético?, ¿qué lo justifica? El lugar del poeta en este libro es enormemente complejo. Por un lado, es un cuerpo, un cuerpo que viaja en su calidad de europeo a donde no le han llamado. Allí se sorprende, aunque “es precario el asombro / y a menudo nos miente”; saluda a las gentes con las que se cruza: “miro desde un autobús viejo / como quien pasa a bordo de la historia / y contempla una orilla interminable”; se pliega como la mayoría a “consumir nuestra dosis cotidiana / de cafeína y culpa”, y, al final, se ausenta: “La cerveza bien fría lava nuestros pecados, la culpa del retorno”. El poeta ve, ha superado la ignorancia programada. Pero tal condición no es motivo de vanagloria; es apenas un hombre informado más, no el único, que llega a afirmar: “Lo confieso: odio esta transparencia”. De ninguna manera un héroe, no asume el lugar del periodista que denuncia con riesgo de su vida hechos y nombres precisos; es frágil, no va a ocupar un lugar señero en la manifestación, no dirige. Gómez Toré vuelve a la pregunta de Hölderlin sobre la misión del poeta en tiempos de penuria. En algunas de las primeras páginas, esa palabra es capaz aún de un efecto sanador (el recuerdo de Whitman como enfermero en la guerra civil), y puede convocarse como testigo de los hechos: “los soldados miran fijamente a la cámara. Al poema”. Sin embargo, esta esperanza se desvanece enseguida. El lenguaje ha sido tomado por los violentos: “Pedimos las palabras inermes / y nos dieron esta herencia nocturna”; “El lenguaje, un estado de excepción”; donde al asesino “Le escuchamos hablar la lengua de las víctimas” y los enemigos nos ponen los nombres. Esta corrupción del lenguaje (ecos de Celan, al que Gómez Toré ha dedicado trabajos) conlleva la construcción de un discurso que conduce a la impostura. “Son demasiados signos para este tiempo adicto a las catástrofes… Demasiada ironía. Como si nos sobraran las palabras. Como si no estuvieran ya rotos los espejos”. Se ha establecido esa mentira que rompe espejos y que, en consecuencia, impide toda reflexión, toda toma de conciencia que nos libere. Frente a ese lenguaje colonizado en el que se establecen las narraciones, se niegan los grandes relatos y los periódicos, se nos recuerda con insistencia, llegan siempre tarde para repetir consignas, envueltos en ese discurso poderoso, ¿cabe aún una alternativa?, ¿hay lugar para la palabra poética?

Gómez Toré ha meditado a fondo sobre ello y sabe que la palabra poética ha sido descabalgada hace tiempo. En el propio libro, se muestra el itinerario de esa retracción. Los poemas ven cuestionado su estatus de proclama y anuncio para mostrarnos que su tarea se hace cada vez más limitada y sombría. “Son pocas las certezas: no ordenar las imágenes, no borrar la sutura, mantener a distancia el porvenir”. Incluso es preciso destinarse al silencio para no caer en la trampa de las palabras dadas; incluso precaverse de una memoria que parece fabricada ad hoc. La insurrección de la poesía tendría entonces que consistir en la asunción de un lugar marginal desde el que ejercer un profetismo casi desesperado. “Poesía es el resto. / La democracia es lo que queda en los márgenes”, se nos dice. Sin embargo, tal opción no es contemplada aquí. Hasta del margen, la poesía ha sido expulsada. Por eso, el testimonio no alcanza a testimoniar. Se ha vuelto imposible: Tomando el ejemplo ético de Luis Cernuda le dice: “Nunca quisiste ser profeta”. Y, en otro poema: “O quizá, entre nubes de polvo, convocados por nadie, vocear al borde del mercado palabras caducadas, adjetivos vagamente procaces, ritos de primavera como restos de saldos”. Ya nadie va a escuchar, nadie va a entender. El poema se parece a una algarabía. Ahora, el hombre cívico, el hombre que sabe leer, el que habla impaciente y el que escribe se igualan en su impotencia. Ese Hotel ha excluido a los poetas. Sería como el último acto del derrumbe. Preguntamos por Europa, preguntamos por el lugar de la poesía, las dos preguntas vienen finalmente a coincidir. José Luis Gómez Toré ha buscado respuestas con la carga preciosa de lo más granado de la tradición poética europea, a la que en sus bellos poemas da continuidad; y también, creo, fortalecido por el alimento, la bebida y los encuentros que ha recibido de Mozambique y otras lejanías. Sin embargo, siente su fragilidad en este lugar bajo la amenaza del hundimiento. No se le puede pedir más rigor, más autenticidad a un libro de poemas que ha querido mirar lo esencial con una palabra que sea a la vez inteligencia y deseo, que retorna a una tradición poética siempre sofocada, y que no se ha ahorrado las preguntas más audaces. Por eso es terrible su lucidez al concluir su Hotel Europa, al dejarnos con estas palabras: “¿No te acuerdas de mí? Soy el padre de nadie, el que hace las cuentas con el amor de otros. Desde aquí escucho el chocar violento de las copas, cómo parten los trenes cargados de consignas. Yo guardo su secreto. Me empeño en ser el último. Todavía no he aprendido a callarme. Lo haré pronto.”

 

 

 

 

José Luis Gómez Toré, Hotel Europa, Sevilla, La Isla de Siltolá, 2017.

Escrito en Sólo Digital Turia por Javier Sáez de Ibarra

De Jaime Gil de Biedma se han dicho muchas cosas, gran poeta, verdadero creador de una época de la poesía en Barcelona, el verdadero maldito de una generación, la de los cincuenta, que dio lugar a la Escuela de Barcelona, Barral, Costafreda o Ferrater, entre otros, si Costafreda y Ferrater se suicidaron, Barral fue un gran editor pero también otro de esos malditos de su época en una Barcelona inolvidable.

   Gil de Biedma también fue contemporáneo de los poetas de los cincuenta y sesenta, Ángel González, Paco Brines y Claudio Rodríguez, entre otros, pero algo que les ha diferenciado es el tono poético, articulado en un diálogo continuo consigo mismo en el caso de Gil de Biedma donde se siente un desengaño vital y una cierta amargura ante la vida, su búsqueda del placer prohibido en tantos locales, su abuso del alcohol le llevaron a la autodestrucción, muriendo de sida el 8 de enero de 1990.

    En su libro Moralidades (1966) vemos la influencia de Eliot, Spender o Auden, buen lector de los ingleses, al igual que Luis Cernuda, sus poemas inician un interesante coloquio del hombre poeta con el hombre que se considera uno más del especie, a través de un cierto desdoblamiento que merece comentar en este artículo.

   He elegido para ello un poema muy conocido “Barcelona ja no es bona, o mi paseo solitario en primavera” dedicado a Fabián Estapé donde podemos encontrar los verdaderos temas de su obra, el paganismo, el pesimismo, la nostalgia, la soledad y el paso del tiempo.

   Recuerda a sus padres y los retrata en ese tiempo de blanco y negro, cuando dice:

“Entonces, los dos eran muy jóvenes / y tenían el Chrysler amarillo y negro. / Los imagino al mediodía, por la avenida de los tilos / la capota del coche salpicada de sol,…/”.

   El recuerdo va avanzando, la mirada a los seres que viven ya en las fotografías, lo que lleva a los mismos lugares que sus padres, deambula por aquellos espacios que ya el tiempo ha dejado atrás, queriendo recuperar un eco, una sombra, una luz que destelle en ese olvido que es el tiempo:

“Así, yo estuve aquí /dentro del vientre de mi madre, / y es verdad que algo oscuro, que algo anterior me trae / por esos sitios destartalados”.

    Y llega el amor, como si quisiese ser testigo del momento de la cópula en que fue engendrado, hay una sombra en su interior que pesa, una desolación que hiere, indaga entonces por esos rincones donde estuvieron sus padres:

“Yo busco en mis paseos los tristes edificios, / las estatuas manchadas de lápiz de labios, / los rincones del parque pasados de moda / en donde, por la noche, se hacen el amor”.

    Vive entonces un tiempo ido, parece como si fuera un exiliado  del mundo que persiguiera el eco de sus seres queridos, errante de todo nacer, olvidado, increado en realidad.

    Luego habla de la época de la burguesía, de aquellos tiempos donde todo era capitalismo y poder:

“Oh mundo de mi infancia, cuya mitología / se asocia –bien lo ves-/ con el capitalismo de empresa familiar”.

     Vuelve en otro poema de este libro ese deseo de recordar el pasado, en ese afán de ver desnudo un cuerpo, porque solo así se puede unir el deseo a la memoria, al contemplar un cuerpo por la noche  sin ser tocado (como un día contó Vicente Aleixandre de una experiencia que vivió) todo se vuelve pureza, el tiempo eterno y la vida algo bello.

    El poema se llama “Mañana de ayer, de hoy”, refleja una imagen, como si el poeta mirara un cuadro, donde los colores inundan la vista y todo produce un destello impresionante:

“Es la lluvia sobre el mar. / En la abierta ventana, / contemplándola, descansas / tu sien en el cristal”.

    La reflexión del hombre que medita la vida, como en los Cuatro cuartetos de Eliot o en el pensador de Rodin, el acto de mirar, en la senda de Brines que mira el paisaje desde el interior, la aparición del mar, que refleja el sentido de la vida y ese cristal donde se refleja, como un Narciso que se mira en las aguas del río.

   Y luego el cuerpo, verlo desnudo es saber que el deseo goza su ímpetu, vive en el poeta, el afán de acercarse a un cuerpo es también la ilusión de vivir, volver a ser después de la nada que es la vida:

“Imagen de unos segundos, / quieto en el contraluz, / tu cuerpo distinto, aún / de la noche desnudo”.

   Se ve la imagen, puede ser el ayer o el presente, puede estar ahí o haberse alejado, pero al igual que el cristal es reflejo auroral, inicia el mundo. Para Gil de Biedma la contemplación ya es suficiente, como miramos con atención las estatuas griegas, en el deseo está también la conjunción amorosa, el mirar es tocar, el contemplar es acariciar.

   Y como si fuese la sonrisa de una Gioconda, el cuerpo le mira, como si hubiese estado allí o en la lejanía, hubiese sido un espejismo o un ser real:

“Y te vuelves hacia mí, / sonriéndome. Yo pienso / en cómo ha pasado el tiempo, / y te recuerdo así”.

     Todo se hace evocación, cuerpo que es deseo, mirada que es evocación y un desnudo que sin tocar ya es acto de amor.

     Y no hay que olvidar en Gil de Biedma la imagen desgarrada, esos encuentros homosexuales que le llevan a bares, que le hacen maldito en la vida y en la literatura, en esos lugares se va destruyendo, en actos de amor a desconocidos casi, amores de una noche, ginebra y cama por doquier, como nos dice en su poema “Loca”:

“La noche, que es siempre ambigua, / te enfurece –color / de ginebra mala / son tus ojos unas bichas”.

     La alusión a “bichas” ya expresa el dolor, también el alcoholismo que le persiguió para huir de la vida penetrando brutalmente en ella, como Baudelaire, Allan Poe y otros muchos que ahogaron su vida en el alcohol.

“En la cama, / luego te calmaré / con besos que me da pena / dártelos. Y al dormir / te apretarás contra mí / como una perra enferma”.

    “Bichas”, “perra”, nos lleva a un vocabulario más violento, quién sabe si del mundo de la prostitución, ese deseo de calmar para luego hacer el amor ferozmente.

   En este poema vemos el mundo del poeta, que a veces, cuando se deja llevar por el lirismo, escribe poemas de una gran ternura, pero que no elude la realidad de la vida, todo está en la poesía de Gil de Biedma: el sexo, el tiempo y la muerte.

   Y, para concluir su famoso “Contra Jaime Gil de Biedma”, de su libro Poemas póstumos (1968) donde se echa en cara el ser en que se ha convertido, el hombre envejecido prematuramente porque la vida no le da lo que busca y lo que encuentra no es más que el poso de un tiempo ido:

“Te acompañan las barras de los bares / últimos de la noche, los chulos, las floristas, / las calles muertas de la madrugada / y los ascensores de luz amarilla / cuando llegas borracho, / y te paras a verte en el espejo / la cara destruida, / con ojos todavía violentos /que no quieres cerrar. Y si te increpo, / te ríes, me recuerdas el pasado / y dices que envejeces”.

     Ese otro yo que se recrimina en lo que se ha convertido es el espejo de un hombre que ha fracasado en la vida, un perdedor en realidad.

   Parece como si el poeta fuese intuyendo que ese mundo de noches locas, de sombras en las que se contempla desdoblado, le convierten en un ser que se va desdibujando, en realidad, un hombre que se contempla a sí mismo, en el pasado (la infancia), en el presente (los  lugares donde bebe o escribe).

   Así fue el poeta catalán, un precursor de generaciones posteriores, también un talento que dejó huella en amigos poetas, además todo un maldito de su tiempo, realmente inolvidable. Queda como uno de los poetas más singulares e irrepetibles de su tiempo, su legado aún permanece en una poesía no exenta de lirismo pero muy apegada a la realidad.

   

Escrito en Sólo Digital Turia por Pedro García Cueto

 

            Hace exactamente veinte años Juan Eduardo Zúñiga me dio a leer un manuscrito mecanografiado que se titulaba Doce fábulas irónicas. Este acto venía a confirmar una ya sólida amistad. Zúñiga es persona muy reservada. Su círculo íntimo es reducido -Felicidad Orquín, su esposa; su hija, Adriana; y unos pocos amigos, entre ellos el también escritor Manuel Longares-. Que me ofreciera leer una obra inédita tenía para mí una significación muy especial. Hacía tres o cuatro años que nos conocíamos. Nos había presentado un fantasma: nada menos que el espíritu de Mijaíl Bajtín, el gran pensador ruso. No es broma. Sería el año de 1994 o 1995 cuando una mañana recibí una sorprendente llamada. Un señor que decía llamarse Zúñiga me preguntaba si estaba interesado en intervenir en el congreso de celebración de Mijaíl Bajtín en su ciudad natal, Orel, Rusia. Los organizadores le habían encargado que localizara a algún experto español en la obra del gran teórico de la novela. Y Vicente Cazcarra, traductor de la teoría de la novela de Bajtín, le había hablado de un profesor zaragozano que era yo, aunque no supo darle mis señas. Zúñiga pidió ayuda a Ana María Navales y así fue posible nuestra primera conversación telefónica. Después vinieron otras muchas. Yo había leído El coral y las aguas, su obra menos conocida, que acababa de reaparecer en la reedición de Alfaguara, tras el fracaso que supuso la primera edición de Seix Barral en 1962. Y entonces llegaron los primeros encuentros en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En el momento de ofrecerme la lectura de las Doce fábulas irónicas ya conocía toda la obra publicada hasta entonces por Zúñiga y era uno de sus admiradores. Recuerdo que la obra me impresionó -tiene el nivel de excelencia de las mejores obras del autor y, sin embargo, apenas se parece al resto- pero le puse algunos reparos. Los reparos eran muy simples. Ni son fábulas ni son irónicas, le dije. Durante algún tiempo discutimos qué otros términos podían sustituir a los del título, todavía provisional. Pero no encontramos otros más apropiados. Como suele suceder con los autores simbolistas el nombre de un género suele aparecer en el título de la obra, pero no coincide la voluntad del autor con el criterio -siempre estrecho- del filólogo. Valle-Inclán titula Romance de lobos y aquello no es un romance, por mencionar solo un ejemplo. Veinte años después aquella obra aparece bellamente impresa por la editorial Nórdica e ilustrada por Fernando Vicente con el título de Fábulas irónicas. Siguen siendo fábulas y siguen siendo irónicas. Pero no son doce sino diez. Y esa es la historia que quiero contar.

            De las diez fábulas publicadas ocho habían aparecido en Babelia entre 2002 y 2004. Y de esas ocho, cuatro habían visto la luz en la revista Triunfo, en 1973. A pesar de que conozco bien la personalidad de Zúñiga no acertaba a comprender por qué no publicaba el libro. Él me repetía que no terminaba de convencerle. Y, ciertamente, ahora puedo ver que decía la verdad y qué era lo que no le convencía. De las doce fábulas originarias otras cuatro han desaparecido. Eran las que no publicó Babelia. En su lugar el libro recoge otras dos inéditas: “Escrito en las paredes” y “El magnate y el bufón”. “Escrito en las paredes” no me era desconocida. No estaba en la versión de 1998, pero Zúñiga me ofreció una copia hará tres años, cuando preparaba un artículo académico sobre las fábulas semiinéditas. Este título nos da una imagen muy precisa de lo que es el libro. Lo escrito en las paredes eran las pintadas antifranquistas. Hoy es un género desaparecido. Todo se anunciaba y convocaba por pintadas murales. La fábula ilustra esto con la figura de un emperador asiático, un tirano, que prohíbe la escritura para borrar el recuerdo de sus atrocidades. Es una muestra del simbolismo de Zúñiga, que apunta a la dictadura franquista con esta fábula -y con el resto-. Esa y la fábula “El magnate y el bufón -es decir, las dos inéditas, incluidas en esta edición- son las dos únicas que no tienen un soporte histórico. Ese detalle revela algo sobre la idea originaria del autor. Y es que este libro tiene un referente en el que parece inspirarse: Momentos estelares de la humanidad: doce miniaturas históricas de Stefan Zweig. Esta colección de anécdotas históricas tuvo una traducción al español en los años cincuenta del siglo pasado, lo que me hace sospechar que su gestación puede alcanzar el medio siglo. Comparten ambas obras la indagación estética en la historia. Zúñiga la había cultivado antes en su obra El anillo de Pushkin, que se había limitado a la esfera cultural rusa. Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre las anécdotas de Zweig y las de Zúñiga. A Zweig le interesó el carácter dramático de esos momentos estelares de la humanidad. A Zúñiga, en cambio, parece interesarle más la dimensión grotesca de esos momentos. Esa dimensión combina crueldad y risa, tiranía y rebeldía. Él lo explica muy bien cuando dice -me dice- que ha deslizado disparates en estas historias, y quizá haya que entenderlo en clave goyesca. De la atracción que debieron ejercer los momentos estelares de Zweig han quedado algunos indicios. El primero de ellos consiste en que inicialmente las fábulas debían ser doce, aunque cabe advertir que en una segunda edición Zweig había aumentado a quince las anécdotas. El segundo, y más trascendente, es la capacidad de ver elementos puramente literarios en situaciones históricas. En el caso de Zweig le interesó la caída de Bizancio, por la dejadez de las potencias cristianas de la época, que puso en peligro a toda Europa y, en especial, al imperio austro-húngaro, su patria. Precisamente una de las fábulas descartadas por Zúñiga llevaba el título de “El sitio de Constantinopla”, aunque su contenido no tenía nada que ver con el contenido de la anécdota de Zweig. Pero conviene recordar que Zweig también fue un escritor dado al grotesco. Sus mejores relatos tienen ese sello. Me refiero a novelas breves como Leporella o Carta de una desconocida. En el libro de Zúñiga los elementos grotescos y crueles son más abundantes y decisivos que en la obra de Zweig. También hay una mayor presencia del humorismo, ya presente en el título, por lo de irónicas. Incluso puede apreciarse una diferencia en la concepción de la anécdota. Los momentos de Zweig están más vinculados a la historia que las fábulas de Zúñiga. Y las fábulas son mucho más breves que los momentos de Zweig. Por eso son más fábulas o anécdotas que momentos estelares, más literarias que las pesquisas históricas del gran escritor vienés.

            Y, precisamente a propósito del grotesco, tengo una anécdota que contar. Se trata de la gestación de la última fábula añadida a esta colección: “El magnate y el bufón”. He dicho antes que era una de las fábulas inéditas. Sería más exacto decir que es una fábula semiinédita. Me explicaré. En 1970 publicó Zúñiga un relato titulado “El magnate, el bufón y la carroña.” Formaba parte del libro Relatos españoles de hoy, preparado por Rafael Conte para la Biblioteca Pepsi, una colección no venal que se distribuía en bares y bodegas. El ambiente húngaro del relato hace pensar en una redacción temprana, porque en 1944 Zúñiga había publicado un libro divulgativo sobre Hungría. Se trata de un relato sobre la corrupción del poder, cuya publicación resultaba muy oportuna porque en aquel año de 1970 España se veía envuelta en un gran escándalo de corrupción política: el caso Matesa, que había enfrentado a los ministros azules, con Manuel Fraga a la cabeza, con los ministros tecnócratas, vinculados al Opus Dei. Pero lo importante del caso estriba en que era un relato marcado por un grotesco extremo. De un estilo muy hermético el lector debe deducir que el bufón recoge cadáveres humanos de un gran río para alimentar las piaras de los conventos de la capital y vender después la carne a los ejércitos que combaten al turco. El círculo está cerrado: cadáveres que dan vida y muerte. Y el resultado es que el bufón se hace el dueño de su señor, merced a la avaricia de este. Este relato había sido borrado de su currículum por Zúñiga. No había sido recogido por ninguno de los volúmenes de relatos posteriores. Ni siquiera me había hablado de él. Pero lo descubrí por casualidad. Encontré el libro, muy difícil de encontrar en las bibliotecas por su circulación no venal, en casa de unos familiares. Y me pareció un excelente relato, que no merecía olvidarse. Dediqué un artículo académico a analizar la dimensión estética e histórica de este relato y le di el artículo a leer a Zúñiga, para su aprobación. Esa aprobación era necesaria por dos razones: porque recuperaba un relato del que el autor había renegado y porque reproducía el relato, y necesitaba el permiso del autor para publicarlo. Zúñiga no solo me dio ese permiso, sino que se replanteó la recuperación literaria del relato. El resultado es la fábula “El magnate y el bufón”. Ha desaparecido del título original la carroña, probablemente para mantener la unidad del libro. La nueva fábula es más corta que la original. Más sintética.

            Termino diciendo que esta es una parte de la historia de este libro. No me cabe duda que al largo proceso de su gestación habrá de corresponder un largo proceso de recepción, porque este atractivo volumen -el ilustrador ha captado muy sabiamente la dimensión grotesca- encierra lo mejor del espíritu rebelde y burlón de Juan Eduardo Zúñiga.  

           

Escrito en Sólo Digital Turia por Luis Beltrán Almería

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