María Benítez Soldevilla (Alice Quinn) nos entrega su primer poemario, Mecheros para las hadas editado por Los Libros del Gato Negro. Su labor profesional y artística se encuentra plenamente integrada en su obra, que bebe de referentes pictóricos, cinematográficos y de la psicología sanitaria. Un libro que comienza con versos «¿Es Amor una palabra excesiva? / ¿Cómo es el peso de la sombra que proyecta?» En su léxico hay insectos, ninfas… el lenguaje de las hadas escapa de la metáfora sencilla: «Porque mi cuerpo fue ciudad asediada / y en sus calles resuenan -todavía- / los gritos de las víctimas / durante el exterminio». 

Acompañando imágenes potentes tenemos referencias a iconos y representaciones, de San Juan al arlequín, y el mundo de los juguetes de madera, llevándonos, ligeramente intoxicados hasta lugares extraños: «La luz evita tocarme, como si mi piel contuviera / todos los pecados del mundo». Impacta la imagen de los ángeles incinerados en el cielo, la geografía salvaje contra el tiempo: «Masticar diamantes, vomitar carbón». 

En un mundo angosto y asimétrico, lo simbólico se encuentra en el recuerdo de un mar profanado: «Una sirena sin talento para cantar, / pero muy buena escondiendo cadáveres» o de una playa sumida en una tormenta, amenazada por un extraño confeti: «En esta playa cubierta de cenizas / caen del cielo cadáveres de libélulas / y las gaviotas se estrellan con alevosía / contra el agua tensa». 

En el sueño, en la pesadilla, en los contrarios de la luz y la noche: «Cada sombra tiene/su propio miedo a la oscuridad». Cuando la naturaleza se niega a convivir con la derrota, encontramos fragmentos de versos que atraviesan el libro: «Mi sufrimiento es el acto atroz / de talar todos los árboles del mundo / para escribir un libro tras otros / y, sin embargo, / seguir siempre en la misma páginas, / sin poder pasarla». 

El sueño, la ausencia de sueño, el duermevela, hipnótico, narcótico: «Mi insomnio consiste en una voz que insulte/en que no puede dormir / porque escucha una voz diciendo / que no puedo dormir / y así la misma...». La escritora somete a sus poemas a un bucle infinito, una cinta de Moebius que cristaliza en el camino entre la boca y serpiente, la geometría del círculo, el misterio herético del número Pi. 

Encontramos, en la arqueología de citas, una serie de nombres: Ted Bundy y Alejandra Pizarnik, pero también Gata Cattana, Angélica Liddell y el Peter Punk de Leopoldo María Panero: “Vierto vinagre en la herida porque / hay que regalarla a diario”. De la juventud y lo físico: “Tu casa tiene una entrada que desconoces” o “Mi juventud es un pez que se escurre”. Virtud antiinflamatoria en el estigma de la química, sea el ibuprofeno u otro medicamento: “Vierto vinagre en la herida porque/hay que regalarla a diario” o “Antidepresivo que no te anima, pero te duerme” y “Buenas noches, no hagas ruido, / estoy amamantando / la vieja herida”. Un videojuego, el salto del conejo, encerrado en el manicomio del té turbio, Alice: Madness Returns. La familia: “Un día no quedará nadie a tu alrededor que / hay conocido a tus abuelos, aparte de ti”. Poesía y biología, caramelos y muñecas: “Fenómeno que se multiplica como el núcleo de un virus, / aunque a posteriori tiende a fragmentarse / como un vaso contra el suelo / cuando mi gata lo tira”. 

Unos pocos meses que dedican a la muerte, Lisbeth Salander y su cerilla, por dos, como Chantal Maillard. Hay tiempo para el fósforo y para otras extremidades de la química: “El agua me baila a mí / calmando las quemaduras de tu ácido” o “He pensado que deberías saber / que si las tuvieses en la tripa, / estarían todas muertas. / demasiado ácido”. 

La poeta, identificada con lo acuático, vende su voz, de sirena, hacia la isla: “Tragar pastillas para anular el grito”. Y es premonitoria: “Y todos los péndulos de los videntes giraban / ante tus fotografías” de una situación extrema: “La herida está llena de larvas / la vida cría en mi muerte”. La electricidad última, la de la batería: “Un electrodo en mi frente / la consciencia es material” y la de los últimos días: “Desde que ellas han llegado/el hospital de paliativos de mi cabeza / ha sido cerrado / y los enfermos dados de alta”. Todos los cuentos comienzan a arder cuando nombran a Wendy última entre las dríades. Un libro poderoso que marca el camino de una carrera literaria estimulantemente diferente.

 

María Benítez Soldevila (Alice Quinn), Mecheros para las hadas,  Zaragoza, Los Libros del Gato Negro, 2026.