
Cristina Sánchez-Andrade es escritora, crítica literaria y traductora. Licenciada en Ciencias de la Información y en Derecho, es natural de Santiago de Compostela. Vive en Madrid y algunos de sus últimos libros son La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), Habitada (Anagrama, 2025) y el poemario Llenos los niños de árboles (La Bella Varsovia, 2019). Este libro, Vida insecta, editado por La Bella Varsovia este año 2026, es un compendio de lírica traumática, bella y salvaje, donde enfermedad, maternidad y pasión se mezclan a través de una línea entomológica que la empareja con la obra reciente de Marta Sanz o Justo Navarro.
Entomología lírica, de dolor y enfermedad, la lista de insectos se irá acumulando a lo largo de este texto; tijereta: "Así es el miedo / incuba huevos en el cerebro". Buscamos un lugar que se identifique como posible, los huevas, que se encarecen, que se buscan. Repito, dolor y enfermedad. Perdidos y encontrado, profeso de devorar, hambrientos, el olor, breve y repetido, atrapado en su interior, una enfermedad fractal, de zarcillos. El tiempo es lento: "La palabra es la muerte de la mosca" y las malas semillas, convirtiendo el avance en tristeza: "Evitar que la memoria / acabe siendo como la cebolla: / arrancar / una capa tras otra / para llegar al centro y llorar".
Los tiempos se han cubierto de humedad, los lugares se han dejado atrapar, reproduciéndose: "Si el pensamiento está vivo, / inclina la cabeza y sacúdelo". Usar aceite de bebé para matarlo. ¿Y la enfermedad, el dolor y la muerte? También, en esa definición de vida: "Amar es querer ser amado". Mosca, araña, insecto palo, lombrices, orugas, caracoles. Con toda la serie, con los días como piedras, cuando uno piensa, al escribir y leer que cada día te acerca más a la muerte que al final de la enfermedad: "Eso está siempre ahí, / como una herida que en su cansancio despide su propia luz: / el aleteo de un murciélago que abre surcos en el pecho". Y así, el terruño hambriento de nitratos, recibe los cadáveres, los restos de vida, lo abandonado y orgánico. Polvo y caparazones de insectos, restos de comida. Otro insecto para la lista, avispas. Toda aquella piel muerta, sin opción a la metamorfosis, ¿Cómo ha ido a parar aquí, todo lo que vacía, en una esquina? Se desprenden de mi cuerpo: "Es la vida no vivida / que me llena de líquenes los pulmones / y acumula arañas en mi sangre". De la tierra, de esos trozos resecos que se desprenden como chocolate viejo: "Y me convertiré en pasto de las olas", se sorprende de su salubridad, del mar que escuece, hasta llegar al poema 21. Allí leemos: "Como hormigas que se agitan / en una caja de cristal / sin más opción que devorarse a sí mismas". Una estructura sencilla, mecanismo de mente colmena, como si al cortar un enganche entre vértices sobrevive el total, el completo, de zánganos y ninfas viviendo un amor prohibido: "Necróforas que limpian las calles de / vientres y cáscaras secas".
Una madre, una hija, lo clásico en la rutina del apetito: "Están ahí, / se observan mientras los miras / mirando con ese mirar con / que tú miras el mirar / de los que miran las cosas". Un poema como culpa: "Cucaracha de naftalina / que con la fuerza de las semillas / rompe la cáscara de la piel". Lo que crece, la semilla del lugar, de la enfermedad: "Adquiere proporciones monstruosas / derivaciones / que jamás tuvieron lugar en la vida real". Lo que crece, permanece, sea invitado o no: "El ruido que hace la raíz cuando es extirpado de cuajo -ese triste gemido azul- / Esa conjunción salvaje: / bajo el pecho se aloja un huésped / como gusano en la fruta / que la va secando".
Humanizar los objetos, personificar los síntomas, hacer de lo orgánico protagonista. "¿De qué color es la espera? / ¿Cuántas patas tiene? ¿Qué se puede comer?". De lo natural, lo entomológico es un complemento: "Presente en su interior jugos misteriosos / semejantes a los suyos", en un tanto de maternidad.
Rosas en el poema 27, que acompañan a la muerte: "Las introduce en cajas / que alguien envía a los muertos. / Las rosas tal vez gritan de dolor en las tumbas, /, pero nadie las escucha".
Recordamos otros poemas, otros lugares, donde el dolor es amarillo, la enfermedad coloreada de bilis, el miedo: "Un miedo amarillo que ahoga / todos los miedos / y hasta el recuerdo de otros miedos cae a golpes. / Entra como hachazos en el bosque y secciona / los árboles y corta las flores y horada los suelos / y destroza las zarzas".
Barrie, el niño, los niños, una polilla: "Perder es el camino para ganar, / ganar el camino para perder, oír" y seguir, disfrutando, las circunstancias, insectos y su reproducción multiplicada, insectos desarrollándose de manera exponencial: "Aplastada contra el cristal, / el terciopelo color sangre / de su rostro aniñado". Escuchar cada uno de los desarrollos completos de la biología, recoger la piel de las víboras, saber que las esquinas, lo oscuro, el amoníaco fétido, encuentra su lugar junto a murciélagos, ratones, arañas y moscas. Toda esa lista, en una relación de cazar y ser cazado: "Dentro, / la vieja experta en filtros y mágicos mejunjes / se corta los pezones con tijeras de podar".
Para encontrar el lugar, el cajón, el cierre, un cajón que lleva cien años cerrado y exhala polvo y, de nuevo, naftalina: "El lenguaje musical y corrupto de las vírgenes que con los brazos plegados y la cabeza encajada en el pecho / sueñan con la hora de despertar". De dentro a fuera, un espejo: "Se agarra a tu cabellera, / parásito / con uñas y dientes / devora a la niña / y ahoga a la joven". De surcos y zurcidos, donde caminan la miniatura hambrienta, "Ante su crueldad solo pides una cosa: / devenir la que siempre fuiste". Y seguimos pensando en el presente, enfermos de pasado, la química se impone a las flores como los insectos a los hijos. Es familia: "Hubo promesas, / pero lo que ahora sientes / no son amapolas agitando sus faldas, / son risas coaguladas / en el pecho". Y sigues, en lectura, en el cuerpo: "Tienes en los ovarios inquietudes / o poemas sin empezar". Rehén de la república de tus obreras, hijas tuyas, abejas, la entomología avanza hacia una humanidad divergente, el salvajismo de los artrópodos: "Ninfa acuclillad rompe su camisa de fuerza y lanza tuut", la fonética tribal, asesino que, como una enfermedad, se introduce en la enfermedad, para deshacer: "Lo primero que hace es asesinar a sus hermanas".
Alumnos, proclamas, zarcillos por todo el cuerpo, salen a las calles, devoran el pasado, nublan el futuro. Como aquel poemario donde el color amarillo es primario, hiel y miedo, solo queda hoy en la lectura de los versos: "Llevas, en tus entrañas secas, cerca de un millón / de hijos" o, claro, la descomposición de la anatomía a través de los versos. "Tu cerebro diminuto, tienes / ovarios como inmensas catedrales en donde se gestaron". Duro del cuerpo, volver a William Burroughs o Justo Navarro, que han ofrecido este tipo de mutaciones, como lo hace Marta Sanz con su Amarilla, editada también por La Bella Varsovia. Y así: "Tras la unión, el vientre del elegido se abrió y / con él cayeron despojos". Una mujer, los pelillos arando entre bosques de encierro, todos los caros se cubren de tela, de hilillos de araña, como empezar la digestión por sorpresa, intoxicado: "Por las venas del bosque / arrastra el velludo cuerpo / que más tarde envolverá en tumba de seda". Escuchar, sentir, paladear al rival: "Desea comer tierra / y, sin saber por qué, / busca las partes desmembradas de sí misma: / patas, antenas, abdomen". Los dientes puestos, la succión de los salmos. "Las hormigas aladas / se aparean bajo la lluvia" y también, "Las ratas entran y salen de mi sangre", y con "Ya no puedo ni mirarme / esquivo los espejos". Araña, mordiscos, piel que es ira, me pregunto cuántas hijas no conociste.
En el poema 46 encontramos una sucesión de palabras como estas: "Ese lugar no se puede visitar / si no es atravesando el olvido / del perfume de un nardo/entre las hojas de un libro / ese llegar no existe/o solo existe en tu memoria". ¿Qué esperas, qué es mañana? "Ahora es todo insecto menos la esperanza esterilizada / y el hueso del gato que hiere en el umbral". Concatenar descomposición (larva que es proyecto) y dolores (que es semilla) y el dolor de la calavera que se ramifica.
En los últimos poemas, afrontar el final como si fuera una revuelta frustrada: "Un olor a tiempo / tiempo que no es tiempo, si no / lugares/borroneo de alas, crujido / de huesos aserruchados". Y de nuevo, concatenar la actividad en el mismo verbo: hacer, hacer, hacer es no, no hacer, hacer que se deshace: "Y al final solo somos / el tiempo que se nos escurre / como arena fina de las manos". Y llegar al final: "Recuerda que en esos días de frío y hambre / te encontraron viva / bajo los negros cadáveres de tus hijas". No hay un comienzo, no es generoso, siquiera el fin, para ese comienzo.
Cristina Sánchez-Andrade, Vida insecta. Barcelona, La Bella Varsovia, 2026.

