Resulta difícil abordar Algo más frágil (2026, Editorial Renacimiento), de Teresa Garbí, sin remitirnos a sus dos poemarios anteriores: El aire encendido y Cada vez más tierra. Me arriesgaría a afirmar que los tres libros pueden leerse como una especie de tríptico involuntario, emergente de una misma actividad fecunda y subterránea. 

Algo más frágil nos propone un viaje por tres territorios: “Atmósfera”, “Se puede abrir la puerta” y “La línea encarnada”. En ese trayecto, el yo poético aparece descentrado, casi desposeído de sí: “Yo: palabra incomprensible. /No hay nadie”. Sin embargo, esa identidad cuestionada no conduce al nihilismo, sino a una búsqueda de sentido que se extiende a todos los planos de la existencia: lo familiar y afectivo, la biosfera y también el mundo onírico y simbólico. Los poemas son portadores de una intuición, frágil como una llamita encendida en la niebla, a la que Teresa nos invita a asomarnos una vez más. El mundo sensible, lo que vemos, es apenas una capa precaria de una realidad más grande, donde distintas temporalidades, vivos y muertos, materia y memoria conviven en una extraña comunidad.

La naturaleza sigue ocupando un lugar fundamental en este poemario, quizás con una conciencia más aguda del ecocidio. En El aire encendido ya encontrábamos una escucha afinada, una atención casi contemplativa al mundo natural, al temblor de lo vivo. En Algo más frágil, esa escucha se vuelve más radical porque está atravesada por la conciencia de una eventual desaparición. El ruiseñor sigue cantando, pero ahora lo hace en un mundo amenazado, donde los pájaros pueden extinguirse, los bosques ser arrasados y la catástrofe erigirse como la última palabra. Hay un poema especialmente significativo en este sentido: “¿Dónde están los pájaros? / /Nos han abandonado. / Han huido, han muerto, se han extinguido”.

Aunque el caminar como método de meditación ha estado dominado históricamente por hombres (Woodsworth, Thoreau, Nietzsche), existen escritoras que han hecho del andar un espacio vital y filosófico. Teresa Garbí, al igual que Simone Weil o Donna Haraway, pertenece a esa estirpe de pensadoras y poetas que escriben caminando. H. D. Thoreau en sus caminatas por los bosques aledaños a Concord (Massachussetts) tuvo que atestiguar la tala de árboles milenarios. En su ensayo titulado Caminar, Thoreau daba cuenta de su desesperación frente a la ceguera humana que concibe al árbol como material maderable. También Teresa caminando por el Moncayo o por su querida sierra de Espadán ha sufrido hondamente la constatación del arrase ecológico.  

“Han destruido un bosque. /Miles de árboles convertidos en pellet”. El bosque convertido en “material combustible”, en pellet. Como en poemarios anteriores, árboles, barrancos, montañas, riachuelos, pájaros, no son meros elementos compositivos de un paisaje “natural”, sino formas de conciencia y revelación. Todo está vivo y nos habla. Dice Teresa: “Hablan los objetos y su sombra”. La tierra es la depositaria de todas las memorias y el cuerpo compartido: “Cuerpo de la tierra, / cubierto de pelaje”. La naturaleza deja de ser escenario para convertirse en una comunidad de presencia. Los bosques, la lluvia o el barro participan de una misma respiración con lo humano. Hay una sensibilidad agudísima de la devastación ecológica, no desde la consigna (aunque la denuncia es rotunda), sino desde una experiencia personal, profunda, que me atrevería a llamar “mística”, expandida, de pertenencia al mundo. 

La relación con el linaje familiar es otro núcleo luminoso del libro. Abuelos, padres, nietos, vivos y muertos, aparecen sin sentimentalismo, como presencias activas que nos acompañan y sostienen. Son presencias atravesadas por el amor, pero también por el miedo y la culpa. Y el poemario logra transformar todo eso en una forma de reconciliación lúcida. La muerte deja de ser frontera terminal para convertirse en zona de tránsito, una puerta que puede ser abierta.

En tiempos de zapping, atención fragmentada y no ya de déficit, sino auténtica catástrofe atencional, Algo más frágil nos propone una forma de atención comprometida. Una mirada que se detiene a observar la precariedad de la vida y también su belleza en peligro. 

 

La difícil sencillez


En Algo más frágil, Teresa Garbí lleva su escritura hacia una radical depuración retórica, desprendiéndose de todo lo accesorio para acceder a un núcleo esencial. Varios textos adoptan la forma de poemas breves, casi aforísticos, y fragmentos visionarios que parecen escritos después de haber atravesado un extenso silencio. Y tras una renuncia a desplegar todos los recursos del lenguaje, a cualquier efectismo. Algunos de estos poemas breves dejan una reverberación prolongada. Sintaxis del relámpago. “Así arden en mí los significados” (Antonio Gamoneda).  Hay en ellos una conciencia aguda de la fragilidad de todo lo vivo, incluso de la propia identidad; pero también una obstinada fidelidad a la vida sensible. Todo es transitorio y, precisamente por ello, extremadamente valioso.

El libro señala y es antídoto de tres males actuales: negación de la muerte, hipertrofia del yo y atención triturada.

La palabra muerte aparece trece veces y las palabras “muertos”, “muerta”, otras tantas. En tiempos de tanatofobia y terror a la propia caducidad, tener presente a la muerte quizás nos ayude a mirar el mundo con intensidad renovada. Hay conciencia de pertenecer a un ciclo natural donde vida y muerte son caras de la misma moneda, movimientos de la misma respiración. La vida visible es solo la corteza de algo mucho más vasto y desconocido. En este sentido, la poesía de Teresa Garbí está conectada a la tradición mística y, de manera especial, a San Juan de la Cruz. No desde una religiosidad doctrinal, sino desde una afinidad más profunda: la experiencia común del límite, del despojamiento y la indagación de una realidad que excede lo visible. “Míralo en la pared vacía: / Juan de la Cruz danza su Cántico espiritual”.

Como en la poesía sanjuanista, el lenguaje intenta acercarse a aquello que no puede decirse del todo: la percepción de una unidad oculta entre todas las cosas, la intuición de una realidad que desborda los límites del yo y el tiempo lineal. Tanto en San Juan como en Teresa Garbí, el conocimiento verdadero pasa por una experiencia de vaciamiento. “No sabemos nada, es cierto.”  El sujeto debe atravesar la oscuridad, la pérdida y la intemperie para acceder a otra forma de visión. Es el no saber. “Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo”.

En la sección llamada “Se puede abrir la puerta” encontramos un poema que dice: “Es posible saber lo esencial: prepararse para morir/ Desaprender”. Ese “desaprender” dialoga claramente con la vía negativa de la mística: la necesidad de desprenderse de certezas para aproximarse a lo esencial. Pero hay una diferencia importante: mientras en San Juan la naturaleza remite a la unión final con Dios, en Algo más frágil la trascendencia es más incierta, más material y vulnerable. La aceptación de la fragilidad de todo cuanto existe y la intuición de una continuidad misteriosa entre todas las formas de vida. Teresa logra abordar estas cuestiones sin caer en la abstracción filosófica. La escritura se inicia siempre de una imagen sensible: unos platos sucios, una sombra, una niña que duerme o la lluvia golpeando los cristales. Teresa Garbí recoge elementos de la experiencia mística como el silencio, la noche, el vaciamiento del yo, la insuficiencia del lenguaje desde una conciencia contemporánea del desastre. Una conciencia más desnuda y compasiva de nuestra pertenencia a lo viviente y de nuestra radical fragilidad. En ese sentido, Algo más frágil podría leerse como una mística sin dogma, profundamente encarnada en la materia, en los cuerpos, en la que la trascendencia no está fuera del mundo, sino temblando dentro de él.


La fragilidad como forma última de resistencia.

 

Para Simone Weil, la vulnerabilidad no es un accidente de la existencia humana, sino su verdad más profunda. Vivimos en una época de musculación del yo, de búsqueda de desarrollo personal e independencia del sujeto.  La consigna sistémica es aparentar fortaleza y éxito permanentes, autonomía total. Sin embargo, esa reluciente armadura apenas logra esconder nuestra realidad de sujetos rotos. Es precisamente en ese lugar de rotura donde empieza la posibilidad de encuentro con algo que nos trasciende. La fragilidad humana es una puerta de entrada a la gracia. 

Algo más frágil nos coloca frente a una pregunta esencial: qué puede salvarnos en una época de devastación material y simbólica. Y la respuesta que esboza Teresa apunta a lo más frágil de la existencia: la atención, la ternura, la memoria compartida, el vínculo con lo viviente. 

 

Teresa Garbí, Algo más frágil, Sevilla, Renacimiento, 2026.