Una biografía perfecta, magnífica, recuperada, esta Jaime Gil de Biedma: retrato de un poeta de Miguel Dalmau, editada originalmente en 2004 y reescrita y revisada por el autor en este 2026. Jaime Gil de Biedma, fallecido en 1990, héroe de la existencia, arqueólogo en todos los sustratos de la vida. Una vida con el recuerdo de la guerra, los estudios de derecho, las oposiciones al cuerpo de diplomáticos. Llegar a 1953 y convalidar la asignatura de la existencia con su hermano en las letras, Carlos Barral. 

Gil de Biedma, atrapado por la culpa, será siempre una persona intermedia: en lo político y lo social. En lo doméstico y lo laboral. El poeta joven que escribe su diario. Las noches del Barrio Chino de Barcelona, conforme avanzan los cincuenta, el existencialismo francés se impone por Europa, el pernod rebajado con agua y las canciones de Juliette Grecó. 

Gil de Biedma se enamora, construye su vida alrededor del hedonismo y la fe en el amor. Jaime Gil de Biedma, el poeta, el humano Gil de Biedma, contradictorio, Gil de Biedma encarnando esa definición. Mientras se cocina el Retrato del artista en 1956, del que será guía para las generaciones que están por llegar, Gil de Biedma ve pasar frente a sus ojos a todos los poetas canónicos de los cincuenta en adelante: Ángel Gónzalez, Ana María Moix o José Agustín Goytisolo. 

Gil de Biedma, en las páginas de su vida, volverá a Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, como el heredero definitivo de la obra-vida, de la vida-obra. Gil de Biedma, en el polígono que tiene al Mediterráneo de Kavafis y Calafell en un vértice, la Castilla dura, segoviana y resinera de La Nava de la Asunción, la pecaminosa Barcelona, con su oxígeno escaso de libertad y, por supuesto, la exótica Manila, toda Filipinas, que, de nuevo, confundirá la brillantez de la pluma, el folio y el sello oficial de la Compañía de Tabaco de Filipinas con la nocturnidad y alevosía de los cuerpos jóvenes. 

Como el último recuerdo del 98, Jaime Gil de Biedma es un español rebelde, que sufrirá de enfermedades varias, que ejercerá con disciplina como dipsomaníaco, poeta en ejercicio constante, pero de escritura contracturada. Su producción es reducida. Gil de Biedma necesita vivir para que los versos desborden el vaso de la ginebra, y en sus palabras la línea del tiempo es turbia: se mezcla el pasado, la juventud perdida, la madurez terrible... La vejez como una maldición que solo castiga el cuerpo y no el alma. 

La provechosa lava de la Escuela de Barcelona, en los años cincuenta, será el compartimento que usen los libros de texto para facilitar el estudio de los bachilleres en los cursos posteriores. No obstante, Jaime Gil de Biedma no es un poeta de espacios estancos, no necesita generación, él mismo es un estilo, una manera de escribir canónica y referente. 

Más lector que escritor, incluso, sus estudios, como en Cántico: el mundo y la poesía de Jorge Guillén publicado en el amanecer de los sesenta, cuya redacción oxigenó su producción lírica. También con Moralidades (1966), donde está su propuesta hacia la poesía social y la crítica al capitalismo. No deja de ser, de nuevo, contradictorio y confuso comparar los poemas con su forma de vida y su trabajo. Pero la belleza de la obra lo supera. Como esa necesidad de validarse con el intento de formar parte del comunismo oficial a través de su solicitud de pertenecer al PSUC y la negativa por parte de los órganos del partido debido más a su condición sexual que a la naturaleza de su espacio social y laboral. Cualquier lector cabal lo encontrará ridículo más de medio siglo después. 

Su inclusión en la Antología de la nueva poesía española de 1968 por José Batlló podría ser considerada el acceso cualitativo al olimpo poético formal de una generación de largo recorrido. Jaime Gil de Biedma con Las personas del verbo (Seix Barral, 1975) se corona como compositor. Sus textos, lixiviados de música y vida, se entroncan en la pasión y siguen sirviendo como manual de estilo para cualquier poeta último. 

Una forma de beber desesperada, la búsqueda del amor en los cuerpos y en las almas, la divina izquierda de los hijos intocables, el sótano negro y Bocaccio Boite, con toda la camada de la Gauche Divine. Que el compromiso no esté peleado con el mejor alcohol y las sedas más exclusivas. Este volumen sirve como referencia para El cónsul de Sodoma, la película de Sigfrid Monleón, protagonizada por Jordi Mollà y estrenada en 2010. 

Es imposible recoger todos los matices del libro, tanto en un largometraje como en una reseña, así que al final el que escribe, lee o interpreta, toma de la obra y vida de Jaime Gil de Biedma elementos guiados por la pasión: ser el maestro para Guillermo Carnero o Alex Susanna, la crueldad hacia Pere Gimferrer, el cine y la copla... Su abandono en 1975 de la acción creativa tras la muerte de Franco, la decepción tras la espera, su poesía completa en los bolsillos de esos aprendices, la Barcelona salvaje, la sala Zeleste, la actividad desde el Centro Asociativo de Gais y Lesbianas, Ventura Pons y los jóvenes pinchadiscos que lo enamoran con canciones de The Smiths en antros y callejuelas. 

Un hombre encantador, podemos usar esas sencillas palabras. Los ochenta, la cercanía a Juan Manuel Serrat, su interés por la canción pop, sin saber que, tras morir, una generación, la del cambio de siglo, conocería su obra a través de las melodías de Gabriel Sopeña y la voz de Loquillo en celebrados discos como La vida por delante, de 1994. Pero antes, siempre con el corazón en el romanticismo italiano, la claridad del agua, el incienso turbio de Nueva York. 

La enfermedad, palabra que podría ir perfectamente con mayúsculas, es parte de esa existencia azarosa y trágica, como en una carrera entre la vida y la obra. Una relación entre el rock y los versos, la contradicción del tabaco filipino y las madrugadas de whisky, el enfrentamiento agónico de la bohemia con la ducha fría y el café solo que le exigía su trabajo. 

Luis Antonio de Villena, quizá el más fiel y último de sus amigos, aparece para recordar que la elegancia también se medía con el paso firme hacia un despacho, con la mente despejada y el traje a medida, alterado por el verso oculto y exigente que peleaba por salir entre la trifulca de la mejor de las telas y la barba perfectamente afeitada. La imagen, la estética, toda una vida: muchos llevamos más de tres décadas buscando entender el único argumento de la obra. 

 

Miguel Dalmau, Jaime Gil de Biedma, retrato de un poeta. Barcelona, Tusquets Editores, 2026.