
Recientemente se ha podido ver en La 2 El desencanto (1976), de Jaime Chávarri, accesible en RTVE play. Su título caracterizó un momento de la transición política y, desde luego, merece verse una vez más. En el centro de aquel feroz ajuste de cuentas de los Panero con el padre y con la propia institución familiar, Felicidad Blanc, la madre, salvo cuando la ataca su hijo mayor, Leopoldo María, parece flotar por encima de todo y de todos. Es la figura enigmática cuya autobiografía ha editado oportunamente Virginia Trueba bajo el título Espejo de sombras.
De entrada, es una lectura apasionante. Abruma el número de títulos que pretende asomarse a la vida en el franquismo en tono mayor. Aquí no, estamos ante una voz distanciada, algo impostada, pero sin énfasis, que da el testimonio de una mujer bajo la dictadura. Una vida sin heroísmos ni tragedias aparentes, sometida a la sordidez general de aquellos años. Es significativo que hayan de morir el dictador y su marido, para que Felicidad Blanc se decida a hablar por lo no dicho a lo largo de su vida, cuidándose, eso sí, de no aparecer nunca como víctima. Después del éxito agridulce de El desencanto, puede por fin reivindicarse: “Yo misma” es el título del último capítulo.
Al igual que en toda autobiografía, Felicidad Blanc se justifica y se explica: en otras palabras, compone una figura de sí misma a la que encontrar sentido. Como tantas mujeres, hubiera querido una vida muy distinta a la que se ha visto obligada a llevar, rodeada de un marco general opresivo. Blanc se narra subrayando que no es del mundo que ha vivido –“mi siglo fue el XIX” (358); sin disimular su condición de “niña bien”; sin ocultar un matrimonio difícil al margen del amor que sintió y con intensidad por Luis Cernuda; defendiendo finalmente una fidelidad a sí misma mantenida contra viento y marea.
Precede al texto una introducción extensa, que lo sitúa en relación con la película y el momento histórico y aclara la composición: Blanc no escribe, dicta, lo que exige mediación entre voz y escritura, con lo que eso supone. Ocupa buena parte de la introducción la relación del libro con el feminismo y los “usos amorosos de la posguerra”, dada la definición de la autora como “feminista en état sauvage”. Tampoco es despreciable su relación con la literatura: ella protagoniza varios poemas de Panero; ama a Cernuda; escribe ella misma, pero acaba renunciando, resignada al papel de esposa y madre… Es evidente la sensibilidad para el paisaje.
Imprescindible el prólogo de Massanes, que editó lo que Blanc dictaba, y expresivo repasar las fotos, reproducidas de la primera edición. Pero importa sobre todo leerla a ella. La narración se distribuye en capítulos, según las casas familiares en las que vivió sucesivamente y los diferentes tramos de su vida. Produce una intensa sensación de verdad, desde la primera frase: “Nací […] en pleno corazón del barrio de Salamanca” (115). Nadie puede acusarla de ocultar sus orígenes. Aunque si bien las casas marcan un ritmo, no estamos ante un relato puramente intimista.
En la guerra se acumulan las experiencias: ella, en una familia de derechas, acabará por definirse como “de izquierdas”, sin que sea lo central; su padre, sospechoso precisamente por ser de derechas, sirve como médico en un hospital republicano y, al acabar la guerra, será de nuevo sospechoso, ahora a los vencedores, por haber servido. Llegado el año 1939, Blanc no se engaña: “Ahora vendrá la revancha, la despiadada revancha” (221).
Pero lo definitorio es que Blanc parece enamorada del amor. Se suceden los enamoramientos, inmaduros o fugaces, hasta el matrimonio con Leopoldo Panero, al que los hijos en la película definen como “un padre brutal”. Pues bien, olvidemos el esquematismo. El Panero de Blanc podrá ser brutal, pero no es despreciable. Desde luego, ella no es ni su amiga ni su compañera: simplemente trae sus hijos al mundo. Su sensibilidad y su talento, que lo tiene, no cuentan: “El amor se ha vuelto a reducir a un amor de alcoba” (294). Y, sin embargo, un reencuentro final de la intimidad parece redimir, algo al menos, la soledad anterior. Panero no es un monstruo, se ajusta al modelo clásico del varón: todo va bien mientras la mujer se somete, el menor signo de autonomía ella lo paga. Se aprecia bien en la reacción ante el amor por Cernuda.
Por otra parte, Blanc aprecia la obra de Panero, aunque no se engaña: es soñada la que protagoniza realmente sus poemas de amor. Eso sí, el peso de los amigos en la vida de su marido, que no ayudan nada, permite que nos asomemos al grupo de la revista Escorial, un capítulo relevante, con sus más y sus menos, de la poesía española de posguerra: si bien apuestan por el regreso de los exiliados, no menos blanquean la cara de la dictadura.
La relación con los hijos sería el otro gran centro, desde la maternidad, donde se manifiesta precisamente el Panero más desagradable, hasta la difícil comunicación con ellos a lo largo de la niñez y ya crecidos, cuando juzgan a su madre con menos virulencia que a su padre, pero la juzgan, olvidando que desde 1962 está sola para hacer frente a todo y que no se lo ponen precisamente fácil: conocerá al hilo de las actividades de los dos mayores los aspectos más represivos del franquismo.
Al final, a través de la incomprensión y la amargura, Blanc acaba, en efecto, por reivindicarse a sí misma: si bien lecturas y seres humanos fueron motivo de desilusión, ella nunca claudicó: “El amor ha sido, es y será lo más importante de mi vida. Lo único que nos hace acercarnos a la muerte sin temor.” (359).
En suma, una lectura imprescindible para conocer la posguerra española y la primera transición, y no solo por su valor testimonial, sino también por el literario que muchas de sus páginas alcanzan.
Felicidad Blanc, Espejo de sombras, ed. de Virginia Trueba Mira, Madrid, Cátedra, 2026.

