
Comenzar el olvido es un bildungsroman, una novela de formación y de educación sentimental, concienciación política y reivindicación histórica. Está narrada en tercera persona, y el relato discurre siguiendo la mirada y los pasos de Manu, un narrador que sabe muy bien salir del marco para que entre la historia, con minúscula, lo no contado por la otra, la Historia con mayúscula. Escribió Walter Benjamin que el enemigo no ha dejado nunca de vencer, y de eso va también la novela. Manu se sabe presa de una especie de derrota epistemológica, el narrador indaga, se podría decir que remueve Roma con Santiago, Hortaleza con Fuenlabrada, los despachos de la policía político-social con la redacción de un periódico, pero la novela acaba con el tono amargo y no conclusivo de una derrota.
Comenzar el olvido se divide en tres partes, en tres tiempos muy distintos. Está primero el pasado más atrás cronológicamente hablando, cuando sucede el primer feminicidio, el suceso narrado más pegado a la piel, ocurrido en plena infancia del narrador. Viene luego el pasado todavía remoto pero algo menos porque lo sorprende en la adolescencia, y es cuando le cuentan lo que no es propiamente un feminicidio y tiene algo de accidente, pero que equipara a la víctima con las de cualquier crimen machista al quedar enterrada en el olvido y ser una muerte, no conviene olvidarlo, causada por un sistema patriarcal de represión. Y tercero, queda lo que pasa en el «pasado próximo», un pasado que casi nos salpica con su inmediatez. Es el presente de Manu, el punto privilegiado desde el que narra la historia y busca asimilar narrativamente los dos asesinatos que le rozan en su historia personal. Ahora le roza algo más, un relato relativamente ajeno, los diarios que caen en sus manos, escritos por una desconocida, Marisa Bravo, testigo de la guerra y la posguerra, una exhumación que hasta cierto punto habla con voz propia. Comenzar el olvido es la historia de 3 silenciamientos que, si bien no conocen la rectificación que les es debida en la página de la Historia, si se corrige ese silencio —que suele ser cómplice— en la novela.
Una escritora como Edurne Portela, que vivió de cerca el conflicto vasco, hablaba de que, antes de pasar a la parodia —se refería a Ocho apellidos vascos—, habría que hacer duelo, solo entonces se podría hablar con el debido conocimiento y, de suyo, con desenfado. Y está el libro de Mavi Oñate que se ha publicado hace poco, Cuéntame el olvido. El duelo antes de la parodia, contar el olvido, comenzar el olvido, son combinaciones de palabras un tanto agramaticales, como la misma ley de la memoria; chocan juntas las palabras que forman el sintagma, un eco de la situación relativamente anormal que describen. Nos hablan de un hiato histórico, un hueco en la psique no balizado por el lenguaje, que se revela como cierta necesidad urgente de narrar, una forma de nombrar que, si atendemos a la situación política, económica y social en Occidente hoy en día, trae a la mente una pregunta: ¿por qué ahora?
Cuando en una obra narrativa llama la atención la demora en las descripciones, todo apunta a una voluntad de rescate, frente a lo trepidante de lo sucedido. Quien lee narrativa espera cada vez más esto último, un supuesto manejo fluido y rápido que aporte sin demora una secuencia de hechos, causas y consecuencias, jugando incluso a posponer esto último con la sacrosanta idea del suspense. Este tipo de lectura cada vez acepta menos una narrativa que no sea, si se me permite decirlo un tanto vagamente, empírica y concisa. Hay no obstante quien lee narrativa y comparte la voluntad de rescate, de recuperación, se siente cómodo en ese marco. Un marco, digámoslo, ideológico. En ese sentido, Comenzar el olvido, una novela de cuidado exquisito del lenguaje, es también una novela de denuncia, y el equilibrio entre ambos polos, la demora expositiva y la urgencia declarativa, es sin duda el difícil equilibrio que ha buscado su autor. Una pesquisa de la que sale airoso, hay que decir.
Llama la atención, en el marco geográfico de la novela, el descampado como espacio de la ciudad, la historia y la memoria. Una buena traducción del famoso libro de T. S. Eliot, The Waste Land, podría haber sido El descampado. Quizá la separación de las palabras en inglés, frente a los casos en los que se presenta en una sola palabra, aconsejaba esa traducción. También suena mejor «la tierra baldía» que «el descampado», término hasta cierto punto malsonante, y, de nuevo, reflejo en el idioma de un hueco incómodo en la realidad. En la página 119 leemos: «El baldío es el límite, la linde entre el desconsuelo y la tierra de nadie». Se nos ocurre que, más que el límite, acaso el baldío, el descampado, sea el centro. Y, si se suele decir que toda novela tiene un punto oscuro, un centro no mentado que la gobierna, cabe preguntarse si ese vértigo es, por un lado, el silencio impuesto, contra el que se enfrenta Manu en desigual lucha. Pero, por otro lado, si no será el descampado ese punto oscuro, el fulcro de atracción, el agujero negro. Los descampados parecen cosa del pasado desarrollista del país, pero siguen entre nosotros, en la fibra misma de la ciudad. Hace no muchos años, en un barrio obrero de Burgos, los vecinos se sublevaron porque las autoridades municipales amenazaban con convertir su descampado, útil para aparcar y pasear al perro, en un aparcamiento regulado de cemento. Hubo alguna cadena de televisión que adoptó la causa con entusiasmo y retransmitió informativos desde allí. Algún poeta llegó a escribir versos como «menos Gamoneda y más Gamonal». El descampado ocupa nuestra psique y nos lleva incluso a confundir presente, pasado y estética literaria.
Otro asunto candente que aborda la novela es el de la familia. En la página 108 Manu «se siente parte de un linaje solidario, de una saga en la que representaba el futuro, lo novedoso». Luego, en la página 139 da más detalles de ese ámbito familiar: «Refugio y antídoto. La familia. Una medicina que aplaca momentáneamente el dolor. Nunca su origen». Hay relativa ambigüedad en estas palabras, no sabemos si buscada. Invita a pensar que la familia sea también a veces el origen del dolor, su fuente misma. Y esto lleva a otra palabra que el autor subraya en la novela, con cita de un verso de Rosana Acquaroni: la obediencia. Viene a la cabeza un lema que se repetía en aquellos años, «Ni profe, ni sargento, ni patrón: insumisión». La primera pieza era intercambiable, podía ser profe, pero también se decía a veces cura, y podría ser también padre. Y en la novela hay una obediencia de guante de hierro, la debida a la dictadura, a la policía político-social, a Íñiguez, el policía represor; y hay también «una obediencia de guante blanco» (página 114) al padre, al abuelo, a la familia. Íñiguez tiene doble papel en Comenzar el olvido: investiga el crimen de la mujer de la tinaja en la primera parte, y aparece luego como oficial al mando de los antidisturbios que provocan la muerte de Mariluz Nájera en la segunda. Íñiguez es quien verbaliza la derrota epistemológica de mayor alcance cuando equipara ambos planos de obediencia con estremecedoras palabras: «La unidad es nuestra familia. ¡¡Y la familia se defiende sin fisuras!!».
La novela acota el punto en el que sucede el cruce de trayectorias entre el bote de humo y la cabeza de la joven manifestante, que quizá solo pasara por allí; o no, que estaba allí con toda la intención. La vida puede ser eso, un cruce de trayectorias, pero la novela lo es por antonomasia, le da cabida al azar en la trama a través de la inventiva. En la página 158, cuando Íñiguez despacha al policía novato que ha disparado el bote, entierra todo lo sucedido bajo un manto de impunidad dándole unas vacaciones al subordinado. El narrador apostilla: «Diluirse en la vorágine de la sangre y el silencio. La eternidad era eso. Por los siglos de los siglos». La labor del novelista entonces pasa por llamar la atención sobre ese instante y contenerlo, delimitarlo en el relato, darle forma de suficiencia y dirección en la trama a lo sucedido, aislarlo del devenir innominado y mostrenco. El narrador lo llama «engarzar la historia» (página 160). La mirada del novelista señala, resignifica y salva, aísla una gota del discurrir voraginoso para evitar la licuefacción del sucedido, hacer posible que el cruce de trayectorias, como la sangre de san Jenaro, solidifique y llame a contemplar el milagro que transubstancia a la mujer de la tinaja en Natividad Romero Rodríguez.
Comenzar el olvido arroja luz sobre unos años que corren riesgo de terminar en el olvido, algo que interesa a la conviene de ideología conservadora radical en la actualidad, pero no deberíamos pasar por alto las numerosas, precisas y preciosas descripciones de otra luz, la más pura y abstracta, obra de un autor que ha destacado escribiendo libros de viajes sobre puntos del mapa para ver cielos y atardeceres. Quizá eso le abriera la mirada para engarzar en el trasunto de su primera novela la descripción de un taller de carpintero en un poblado chabolista cabe el descampado: «Un rayo de sol perfila el ventanuco y las motas de serrín delimitan la luz igual que en una pintura de Fra Angelico» (página 53). Pan de oro en la página por fin iluminada de la Historia.
Pepo Paz Saz, Comenzar el olvido, Madrid, Reino de Cordelia, 2026

