Juan Antonio Tello (La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, 1965) es un poeta de largo recorrido, creador capaz de ofrecer obras de alto calado lírico como Cuando fui naufragio (2008) o su último volumen hasta hora, el Premio de Poesía Santa Isabel de Portugal del año 2023, Representación, además de traducir textos de Boris Vian y Alfred Jarry mientras se embarca en una constante reivindicación de las letras del norte de África. Docente, doctor en Teoría de la literatura y ocasionalmente batería de rock, Tello retoma la poesía con Los perros de Nador, editado por Prensas Universitarias de Zaragoza en su colección La gruta de las palabras.  

Kohl en los ojos, la mirada ahumada, el verde, la prosa poética que primera contempla y luego cincela, desiertos y recuerdos: “Una mañana al sol de las entrañas”. ¿De qué colores hablas? Los que el poeta hace que luzcan contra las superficies, hasta que su forma ya no puede determinarse: “Somos inmunes a la derrota, hemos perdido lo que había que perder”. Lugares y colores, verde y Merzouga, la duna de Erg Chebbi, los silencios de las ciudades prohibidas bajo el terror de los sueños, de Howard Philip Lovecraft a William Burroughs encerrado en sus pesadillas de láudano en Tánger. El calor se hermana con la muerte, la sangre con la fiesta, ambos, calor y muerte se deslizan en la fiesta hacia el desierto, como semillas fértiles: “El amor es una tempestad que pinta Géricault a orillas de Mauritania”. 

Casi puede uno sentir la sed de la medusa deslizándose sobre la arena, infinita, como la sed de los perros, los perros de Nador. ¿Quién eres, le preguntamos al poeta, quién eres tú, tan lejos de Zaragoza? En los fraseos herméticos de Fernando Andú, en las cúpulas dentro de las que retumban las canciones que dejó atrás David Bowie, en la vida secreta, de Turquía hasta Arabia, pasando por la meseta de Kenia. Bowie, que cultivo a los perros hasta convertirse en uno, de diamante: “Mi cabeza paraíso de pájaros sin rama”. El olvido es un viento, la ceguera, la sórdida unión de las nubes sin lluvia, una geografía de la infancia. Se busca un collar para sostener al maniquí frente a los arrebatos del poeta que,

una y otra vez, se hace dueño del disfraz: “Calcularemos la profundidad del charco antes de saber nadar, pero con las botas puestas que se hundan en el barro”. Al avanzar en el libro, sobre las páginas, se condensan los versos: “Aquí la luz no es igual, cambia el color de los ojos, pero no la perspectiva de las cosas”. También, claro, para la reflexión: “La escritura es una pauta de nuestra respiración que pide tiempo en el giro después de cada capítulo de un campo de girasoles”. 

Una súbita ventisca de versos nos invade, ladridos de pasión: “Somos perros en el sabor del amor, y nos matamos sin miedo”, abrasados por el rey del polvo y la sed: “Cuando el sol no es más que un ángulo” y reflexionamos sobre el mismo arte de la creación: “Hemos perdido las claves de este lenguaje”. Para retomar el más fundamental de los aprendizajes, el que vivir y el de morir, incompatibles en la emoción. 

Se pregunta, una y otra vez Juan Antonio Tello qué o quién muere en este ejercicio de lenta poesía que es Los perros de Nador: “Dejo arder los sustantivos unos cuantos siglos más”. Un metro de los números, un ábaco, el ejercicio de la escritura, que trasciende a lo físico para convertir al lobo en perro y viceversa. Se cumple el tiempo de los aullidos: "Con una casa que aún no existe, aunque sí es un lenguaje que custodiamos". ¿Es el mismo aullido el de los lobos que esperan fuera de la ciudad que el de los perros que dan nombre al poemario? Amarillo de la geografía última de España, el Rif y Alhucemas, la máquina blanda de una civilización que ya no soporta la mezcla: “Lo que ahora se entraña es el fuego y la roca”. 

En las páginas últimas se nota la mezcla exotérmica, el vapor sulfuroso que exhala, afónico, entre los márgenes: “Donde no caben las dunas cabe el derecho a nacer en un tiempo de perros”. Y el final, cuando la chispa es guía en un desierto que confunde tarde con amanecer, madrugada con noche profunda, leemos: “Ese lenguaje que aún me pertenece” confluye hacia la reflexión última: “El alma nos arrastra a la violencia”. Es un libro de profusa imaginería, de desierto y mar, ahí donde el que para unos es el norte, para otros el primer sur. Una prosa de acumulativa naturaleza, coherente con la obra del poderoso poeta que es el zaragozano José Antonio Tello.

 

Juan Antonio Tello, Los perros de Nador, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026.