La obra de Christian Laborde incluye novelas, ensayos y poesía. Su trayectoria siempre ha estado marcada por la defensa de los territorios pirenaicos como lugar de su imaginario literario. Eso ha sido fundamental en su obra, con la que ha obtenido, entre otros, el Grand Prix de Littérature Sportive y del Premio Louis Nucéra. 

El ciclismo, como materia de heroica y última auténtica cosmología pop hace que, además de su condición de cronista del Tour de Francia para el grupo RTL durante más de una década, Luis Ocaña, trágico protagonista del desarraigo vital, se convirtiera en la semilla de este hermoso libro: La caída de Luis Ocaña en el Col de Menté (Sr. Scott, 2026) Una obra que ha contado, en su edición española, con el prólogo y traducción de Sanz Irles. Luis Ocaña, español y francés, hijo del dolor y la miseria, tocó la gloria con los dedos en 1971, derrotando por primera vez al mayor campeón de su época, el belga Eddy Merckx, en el Tour de Francia. 

En el prólogo, el traductor realiza una semblanza de la canción ligera, de lo británico y también de lo francés; la influencia real en las carreras ciclistas europeas. Y nos lleva a 1971. Ocaña ha ganado su primera vuelta en 1970 y una etapa en la edición de ese año en el Tour. En las carreras previas a la ronda francesa parece que se puede imponer por primera vez a Merckx… y así lo hace. 

Primero en el mítico Puy de Dome, volcán y parque natural. Uno de los lugares mágicos del Tour. Son 15 segundos. Pero 15 segundos son muchos cuando no se han perdido nunca ninguno. Luis Ocaña, de Priego, Cuenca a Mont-de-Marsan, el calor y el hambre antigua: «molía a palos las libélulas de párpados de aluminio». Las espaldas curvadas y doloridas. Luis y sus miles de hermanos. Su madre, con las sopas de ajo, el apetito, el cansancio, la piel de oliva, los poemas de Miguel Hernández. Luis Ocaña, español y gualda, como solo lo puede ser el que vive lejos de su país. Salvaje y duro, carpintero de golpe indomable. Él sabía que los emigrantes debían amar su país de origen y su país de vida, sabía qué venía del sur. 

En 1971, las risas y el silbido de Eddy en la Paris-Nice. la París-Niza, cuando el sol aparecía, discreto, el frío todavía presente. Silba, silba ahora, le dijo Ocaña, que me encargaré de que las lágrimas lleguen en julio. Y así sería. Al menos hasta Menté. El 5 de julio de 1971. La primera vez que alguien gana a Merckx en el Tour de Francia. La primera vez que el ogro, el caníbal, quiere, pero no puede.  Picasso y Santa Cecilia. Rezo a la Virgen María, en Albi: «Señor mañana / entre Revel y Luchon / derrama sobre mis hombros». Todavía no. Portillon. Primero Orcières Merlette  la bicicleta pesada, que es dragón y corcel. Son caballos cabalgando. 8 de julio de 1971. Otra vez, Orcieres Merlette, desde Grenoble. Tantas veces en Grenoble, en el delfinato, donde Ocaña reinaba mientras Eddy estaba en Italia. Los finales en descenso. De Grenoble a Orcieres Merlette: «Joaquim Agostinho / Agostinho que fue soldado en Mozambique / a pecho como barrica / al que un perro matará», Agostinho que será fiel a Ocaña. Agostinho que sabe usar un arma. Portugal y Angola y Mozambique. Y las claves… cuando BIC era antes un mechero que un bolígrafo. 

¿Qué pasa, Eddy, te falta el aire? «Seco de gas y de bencina». ¿Qué es col de Noyer? 8 de julio de 1971: «Tú vas sin cadena / llevas el maillot naranja / el naranja del sol cuando cae en el agua / el naranja de la naranja que un malabarista clermontés / lanzaba hacia el astro muerto». Ojos de velas, cimas de BIC; la punta de BIC El jueves, sin tele. La gente habla de la gesta, pero no hay imágenes. Está hecho de sueños, de versos, de poemas: «Eddy llega por fin, pero llega sin gas / qué dicen las agujas qué dicen los segunderos». 

Pero Eddy, barón de Brabante, el ogro de Meensel-Kiezegem y de la calle, la Tieltsestraat. Eddy niño, verdura y mantequilla. ¿Crees que Eddy está derrotado? No. Al día siguiente, cuesta abajo, dos minutos recortados. Rini Wagtmans y Jos Huysmans, sus Molteni, sus caballeros de la mesa redonda, tirando los tres, cuesta abajo. Y al día siguiente, un puñado más, en la crono de Albi, doce segundos, los del Puy de Dome. 

Luis, Luis, aguanta, por dios. Y el sol y esos campings y el nombre de las montañas y sus domésticos, el danés Leif Mortensen y el luxemburgués Johny Schleck, el padre de Frank y Andy, todos sus gregarios, los argonautas que robaron el vellocino de Eddy. Llega el 12 de julio. La repetición, las listas, la Nikon, la Canon, Pentax, Leica. La frontera, Col de Portet-d'Aspet , Menté y Portillon. El final en Luchon. Y “El tarangu”, pitillos y anfetas, no hay alianza, no hay nada: «El cielo azul como un crótalo / para ti la España en alpargatas / ha cruzado la frontera». Suenan las palabrotas como nunca, el patriotismo es salvaje, termos de café y alcohol de garrafa. Y Eddy ataca y Luis va detrás, la banda de Eddy, si no es hacia arriba será hacia abajo o en llano. Lo suyos, su banda, serían reyes si no fuera por el emperador. El aire es eléctrico. El aroma trae el ozono: «El col de Menté ahora / la menta de hojas redondas / mantillas de las rocas / lanza su aroma pimentando a las napias de los corredores». El sol le toma por diana, sus rayos en la espalda, el col de Menté está maldito: «el rayo carnívoro desgarra sus magras espaldas / y rasga el pedernal de la calzada». Col de Menté, mediocre hasta hoy, mediocre para siempre. Mentira, traidor: «La montaña tirita / ahora es el chubasco / ahora llueve a mares / aguacero, chaparrón, trompa, jaleo». El frío, qué frío, la ceguera, granizo como disparos en la espalda: «pero a Eddy le importa un carajo / se tira como un loco cuesta abajo / a rueda de Eddy / ahí está Luis». 

Bilis, cuadro, aviso, curva y neumáticos. Todos en el suelo. Sabor a yerba, la roca que perdonó a Eddy tiene hambre y no perdona a Luis. La columna, la caja torácica, la que desde siempre ha contenido la tuberculosis, las toses y la sangre, un Luis enfermo, resiliencia. La caja torácica de Luis Ocaña. Joaquín, Joop: «Luis cae por tercera vez / ya no se levanta / no se levanta más». «Luis que padeciera descendido de la cruz / yace al pie de la roca / la España de gaznate cliente / que nada sabe del drama». España está cerca, está lejos, la radio y el periódico. No es como ahora. Hay que esperar, el rumor de la llama, el dolor. La mujer de Ocaña cree que es la muerte la que avisa, el hospital, el grito se escucha desde el sur al norte. Le cuesta entenderlo. Suena accidente, suena muerte: «El sol ha abandonado a su dama / y los peces voladores llegados del Duero / los esperan igualmente». 

El motorista, los bosques que grita, es él, es Luis, exclama toda España: «es Eddy / el palurdo belga / superviviente del rayo y de las aguas diluvianas / cubierto desde la cara hasta el cuello». Eddy, la frontera, ¿Luis, dónde estás tú?, ¿qué haces tú?: «Luis no está no oye / no sabe que el sol lo busca/que España lo llama» y «Luis pasa por encima de España / por encima del sol / en el helicóptero del SAMU». Luis dónde estás tú, qué haces tú, oyes tú. Nuestra señora de los ciclistas. Luis le reza a la Virgen María: «Luis, pero cómo se te ocurrió / seguir a Eddy en su locura / por qué no lo dejaste sale zumbando entre los rayos». 

Su padre, que lo vio, con la bandera, antes de morir, que amó a España como solo se puede amar cuando no vives en ella. En una canción, en una copla, en un suspiro: «Por donde llegó a Francia a alquilar su fuerza / a alquilar sus brazos» y cruzó con su camisa, un ramo seco, unas fotos y así: «Caminó mucho tiempo señor/ por carreras tiró por caminos / flanqueó vías del tren». Y el col de Portillon. «Habría odio señor, en la montaña borracha / brotando de la boca de las bestias / y del gaznate de la gente / repetido por el eco / su hermoso nombre Ocaña». Señor del corazón, de los olivos, del coñac. De 1973 asalvajado, la pólvora, el olor de la pólvora y el disparo. Luis y su patilla como un hacha. Veinte años más tarde. Un libro tan bello que duele. 

 

Christian Laborde, La caída de Luis Ocaña en el col de Menté, Madrid, Sr.Scott, 2026.