
Eliza Barry Callahan (Nueva York, 1995) es escritora, cineasta, música y artista visual. Se ganaba la vida escribiendo bandas sonoras para películas independientes. El 29 de agosto de 2019 sufrió un incidente que acabó en la pérdida progresiva del oído. Curiosamente coincidía con la fecha en la que, en 1952, el compositor John Cage había estrenado 4’33’’. Doscientos setenta y tres segundos en los que la partitura indica al intérprete que no debe tocar ni una sola nota. El silencio o el ruido de fondo de los espectadores será el resultado de la pieza. A partir de ahí, Eliza, en su primera novela, escribe sobre desaparición, pérdida y la distancia con el mundo. Nueva York-Los Ángeles, en un eje extraño, en un viaje vital en el que suceden muchas cosas en muy poco tiempo. Sexo y deslices, situaciones complejas para personajes aparentemente sencillos, de vidas ociosas. Es la actividad cultural la nueva acción rentista, la gestión de las distancias, puesto que Eliza es una artista global y eso se refleja en el libro.
Construido en forma de dietario minucioso donde se enumeran acciones y ausencias y la manera de relacionarse con sus otros sencillos. Si Venecia es el comienzo, como el agua, se inunda con la playa de Rockaway, llegando hasta el Mediterráneo, haciendo acopio de cualquier humedad que, filtrada, le permita detectar lo que la rodea. Cito: «Hemos llegado a la luna, pero no al oído interno».
La novela recorre el arte, la literatura y el cine de Occidente: Pierre Bonnard, Antón Chéjov y un apartamento sacado de una escena de “La ventana indiscreta”. Oír es una pantalla de estímulos que realiza la intersección con la realidad cambiante. Una mezcla demencial de ondas y campos, de permutaciones que asisten al lector mientras acompaña la degradación de la escritora: aislamiento y soledad. Ella, sola en su apartamento, vocaliza y exhala, una palabra, hola: «siempre podría oír mi propia voz». Un novio, cineasta, un exnovio más bien, que nos permite aumentar el listado de fantasmas e influencias: Kafka, Sophie Marceau y Polanski. Un dinámico galimatías de ocio: «Durante un tiempo abrí el correo electrónico, buscando una felicitación o una carta de aceptación, aunque no me hubiera postulado a nada». Es la vida del creador, el encargo, la ayuda. Introducir cultura pop, beisbol, cartas/cromos. Y cómo sobrevuela la idea de una escuela lengua de signos. Eso sí, con un nombre siniestro como Gotham. Una amiga de su madre, enferma terminal le dice: «Preferiría morirme antes que quedarme sola» y también «La coincidencia es una religión y es agnóstica». El arte contra la música, la literatura se mezcla con John Cage que nos lleva hasta los ready-mades de Duchamp. Se dedica a prepararse té y no beberlo «La evidente desdicha que sentía era una revancha por la niñez a todas luces feliz». Un sentido para el libro, librarse de los contrapesos, apelar a la religión, rezar a la termodinámica: «A veces me olvidaba de que estaba enferma porque la mía era una enfermedad sumamente limpia». Los Soprano y Jacqueline Onassis. Pruebas, palabras, todo se repite, no sabemos si existe el diagnóstico, ni mejora, ni síntomas ni soluciones. La observación y puesta por escrito. El dinero, los ritos, terminar abaratando su vida. Una vida sin flores y llena de marcas blancas. Más espectros: Ingrid Bergman e Isabella Rossellini. Mezclar la cortisona con las instalaciones minimalistas de Hanne Darboven, el nihilismo convertido en números y signos, el arte de la taquigrafía. Consistente.
Avanzar en la cura a través de hipnosis por videollamada, Suzanne Ciani y The Buzzer, un ruido blanco basado en las repeticiones, un alivio soviético que te lleva a una época distinta, hacia la paz de lo analógico. La aparición de Madrid, más bien de Carabanchel. Su cárcel. El río Manzanares y la Quinta del Sordo. Hablar de Goya y sus “pinturas negras”. De la sordera, claro. Los sentidos de Francisco de Goya, no puede ser casualidad, cómo la pesadilla pase de la pared al museo de El Prado.
En el viaje, físico e intelectual, se acumulan referentes, Oscar Wilde, golondrinas que marchan a El Cairo, la película “El prestamista”, este libro tiene algo de guía. Aparece un tercer, cuarto o quinto personaje. No es necesario seguir contando: la novia pelirroja del antiguo novio cineasta. Cultura pop, Quincy Jones, Austin Powers, Alvin y las Ardillas, películas de Metrópolis, Malevich, Pieter Brueghel y «Los peces grandes se comen a los pequeños». De Nueva York a Los Ángeles, en una geografía narrativa que incluye La Habana (y Venecia y Madrid, claro).
Volver a una canción, no la cita, la reviso al escribir, ¿Cuál es la frecuencia, Kenneth? De los soviéticos a la televisión americana por cable. Ella también estaba en Cuba. Y nos lo explica: Museo Nacional de Cuba, el Taller Experimental de Gráfica, Belkis Ayón. El viaje a Los Ángeles. «Hay gente que miente sobre sus sueños. Se los inventa sobre la marcha». El diario íntimo de Adela H. (también L'Histoire d'Adèle H.) dirigida por François Truffaut, sobre la hija de Víctor Hugo. Con Isabella Adjani, a la que también escribió canciones Gainsbourg. Hay sitio en el libro para la canción francesa. El sonido de Occidente se introduce en el interior del libro, como los zapatos, artistas retiradas de pop sueco e Imelda Marcos.
En Los Ángeles cambiamos las calles del este por las afueras del océano. Todo continúa en la sexualidad inherente del cultureta. Sexo y sordera conviven en la novela como lo hacen las referencias y los cultismos. En Los Ángeles más cine y más explícito o natural, bañado de una extraña sensualidad de un compendio de circunstancias que encajan. De nuevo el sonido contra las voces, ¿Qué queda? La impronta. Al final no son más que ondas.
Se acerca, la historia dentro de la historia, una anécdota sobre la voz que grabó las indicaciones de los transportes metropolitanos de Nueva York. Otros personajes dentro del personaje. Voz y más voz. Como si fuera el GPS, como si fuera Alexa o el Google Maps. El retorno a casa: «Cuando entré en el apartamento pensé que quizá me encontraría a mí misma». Personajes, duración, libros y personajes con historias intensas, propuestas. La historia de Johannes Kepler, la composición, el volcado de los movimientos y las órbitas de los planetas en una melodía. Se parece a la paz, la red, un Dios que compone. Que escribe también el silencio. En el listado, “El eclipse” de L'eclisse (El eclipse) de Michelangelo Antonioni y “La furia de dios” de Werner Herzog. Seamos indulgentes. En el silencio, cualquier noche es el centro del mundo y el presente se renueva sin cesar. Estemos en Manhattan o la selva peruana.
El tiempo transcurre, se consume el dinero, se avanza en la novela mientras se evapora. No hay estaciones. No hay movimiento, ni mejora. «Recreación de la guerra de secesión», recordando a George Saunders. Otros personajes, otro catálogo, como si la autora buscara una solución (y lo hiciera, acumulando ideas para historias futuras). Se va cerrando, la amiga moribunda de la madre, el cineasta. «La vida, viviendo como en una moratoria». En julio deja de tomar notas. En agosto, cerrando el año, el libro, un círculo vital y literario, con su madre en Venecia. Allí volvemos a las indicaciones: “La Virgen y el Niño con santos” de Giovanni Bellini y un intercambio de vídeos con el tercer vértice sensual. Ella, él, ella. Lo bueno es saber, de nuevo, conocer la permuta de los actos; «El silencio se reemplaza constantemente a sí mismo». Hacia el final, como podríamos esperar, una carretera, una gruta, todo negro. Más que negro, apagado. Y su madre que le pregunta: ¿Qué vas a hacer ahora? Y nosotros que nos preguntamos, como ella, ¿Puede ser que no te escuche, que no te escuches tú ya?
Eliza Barry Callahan, La prueba de audición, traducción de Rita Da Costa, Barcelona, Anagrama 2025

