
El lector de Justo Navarro (Granada, 1953) sabe del carácter experimental y casi ciberpunk de parte de su obra. Podemos encontrar en el ensayo El videojugador. A propósito de la máquina recreativa (Anagrama, 2017) o en dos de sus últimas novelas, la celebrada DumDum, estudio de grabación (Anagrama, 2024) y la fascinante Gran Granada (Anagrama, 2015), efluvios de una Granada noir y ucrónica, con ecos de William Burroughs o J. G. Ballard. Navarro, seguidor de primera generación de los autores contraculturales, podría estar en el catálogo de una STAR books perfectamente.
Su obra poética, abundante, incluye Un aviador prevé su muerte (1986, Premio Nacional de la Crítica), Mi vida social (Pre-Textos, 2010) y la más reciente, Chico católico (Pre-Textos, 2026); que toma el título de un verso de Jim Carroll, uno de los elementos menos conocidos de la no-wave neoyorquina de finales de los setenta, pero que por su relación con los últimos beatniks y autores como Lou Reed o Patti Smith deja clara su intención primaria. Para ello una cita inicial, palabra de David Cronenberg, en su época de adaptación de El almuerzo desnudo de William Burroughs; avisa de la intoxicación de lírica entomológica frente a la que nos vamos a encontrar.
El lenguaje, la carne, la infección, pierde su condición de enfermedad para tomar el estigma de la transformación. Navarro prefiera las letras para la organización del libro. Un poemario que evita los ordinales y cardinales. Así que en la parte A. enumera alguno de los protagonistas: niño y avispa, hombre del domingo, otro guiño a Cronenberg con la carne viva como santo Vial, nueva carne y la zona intermedia, donde los insectos encuentran la parte lúdica de la morfina. El impacto de las imágenes de Justo Navarro es profundo: "El niño-larva duerme cada noche en un nuevo expediente". Una letra tan grande, una letra que muta, con la edad, crece, de niño a carne, de carne a niño. Dos poemas consecutivos, cita del primero: "La oscuridad vacía de los ojos cerrados para ser lo invisible" y la energía legal del siguiente, donde las motivaciones hacen del libro un manual discursivo de lo orgánico y lo químico. Es este uno de los mejores poemarios del año, impresiona esa manera en la que Justo Navarro se acerca a la turbia lírica de la que también bebió el primer Sergio Algora, ojos y boca de José Miguel Ullán, collage de ciencia y numismática dérmica al modo de Agustín Fernández Mallo. Leemos: "Pero dónde tú estás no hay aeropuertos/y un megáfono invita a dejar la ciudad/y el niño insecto escucha las avispas, el vuelo". Super 8 en color, el grano de una vida antigua, una vida que puede quemarse, el proyector que atrapó a Iván Zulueta y toda su corte de vampiros arrebatados. Su mutismo es una banda sonora de una vida sepia. Al leer el libro la mirada nota cómo los poemas arden. ¿Cómo salvas la vida de un niño insecto? Esa es una pregunta que atraviesa el libro, que te lleva a otras lecturas, estricnina para el vigor sexual y veneno de belladona para afilar las pupilas. El tiempo como agente extranjero. El tiempo fuera de la pelea, de la norma cartesiana: "Esa manera de entender el tiempo/en la nave espacial de las enfermedades terminales". ¿Quién se queda con el puesto eyectable del piloto cuando se produce una emergencia, un apocalipsis? Tener una plaza asegurada para la fuga: "Si la fábrica/de silencio trabaja a su potencia máxima y los miedos/al pasado, al presente y al futuro firman su triple alianza/y el chiquillo descubre que es el bicho/que morirá al principio de la novela de misterio". A esa hora, como si el mundo estuviera conectado: "Detectó el interrogador una mota de polvo en el blanco de ojo" o "Me abría paso a tiros a esa hora en un callejón de Beijing". Detener la existencia una habitación. Alquilar otra vida para que no sufra tu cuerpo con cargo a la fiesta de otro domingo químico: "Me vio en un bar el funcionario/que en de dientes tienes avispas/en aquel tiempo el farmacéutico/me vendía oxicodona/y cada escarabajo me dio la comunión/en pastillas de diez miligramos". Por un instante recordar los tiempos del desamor en Tokio. Escuchar cómo la asamblea de insectos celebra sus sesiones en el cráneo del poeta: "Y tiempo coagulado, la vida era más larga, /la disolución iba a otra velocidad".
En el B. El segundo apartado, tomo nota: "A describir centímetro a centímetro/las paredes en blanco" y leer "La ultravida es posible, anunció el hombre del domingo". Los insectos y sus termitas, fractalizando la sensación de parasitismo entomológico. Poema 27: "Entonces yo vivía en un apartamento de cuarenta metros cuadrados/y vivían en mí unos ciento doce mil habitantes". Hablamos de números enteros y nos viene a la cabeza la imagen de Luis Buñuel escribiendo en el palacio de hielo alguna de las normas básicas que acompañan a Justo Navarro en el libro. En la paranoia, las antiguas policías secretas, se lamenta: "Nunca conseguí que me pincharan los teléfonos" y allí, rasca el cielo, rasca el suelo, bésame, no me desees solo paranoia. Cirujanos, niños, avispas, personas, amalgamas que se oxidan, entra carne y entra metal, herramientas herrumbrosas que construyen el poema. Resulta impresionante, cómo sobrevuelan, al llegar a la parte C, la última, una letanía angelical entre la hermana Ray y un regalo de viola desenfada y anfetamínica cuando aparece la palabra batiscafo. "Viajamos en un tren toda la noche y no salimos de la noche". Luces intensas, neón sagrado que se acercan y confunde. Por un instante dudas si el tránsito válido es del hombre a insecto o viceversa. Ojos como entrada para imágenes y también para parásitos, que se alimentan, sedientos de lo que la persona mira: "Conmigo se venía mi doble con su doble". Quizá el cloroformo nos transporte a una línea temporal alternativa, un estado cuántico diferente donde se ha normalizado la poesía de Navarro y se enseña en los colegios, mientras tanto, el caos y la manipulación, tecnológica y orgánica, son las herramientas con las que la lectura de este magnífico libro se hace más accesible. Uno de los grandes libros de este año, fuera de corrientes, profundamente salvaje, asimétrico en lo formal. Más bien destructivo. Fascinante.
Justo Navarro, Chico católico, Valencia, Pre-Textos, 2026.

