
La lectura de No estar complica el irse (IV Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena) de Luis Felipe Comendador, editado por Reino de Cordelia, es la última entrega poética del escritor y editor salmantino. Conocido también por su obra gráfica, algunos de sus últimos libros son En olor de multitudes (A Fortiori Editorial, 2025) o La alfombra vejada del Gran Lewobski. (Ed. Ars Poética, 2023).
En la esfera de Luis Alberto de Cuenca y Pere Gimferrer, la aparición de un panteón literario que frisa con el pop es una constante en su obra que cristaliza de manera cualitativa en esta lectura: personajes literarios en acción, poemas que atrapan una acción, un instante real, sugerido, un momento apócrifo, en el ámbar del parnaso literario. Pere Gimferrer, como hemos comentado antes, aparece entre el mar en llamas y las estrellas de Hollywood: “Cuerpo que busca el peso de otro cuerpo / y a veces lo rehúsa como una ortografía, / cuerpo ardido en miasmas / y el chop-chop de una química de dioses”.
Acudimos, plenos de sexo, panteras y náusea a Antonio Martínez Sarrión, del uno al nueve, los novísimos mutados en viejísimos, ¿qué es el Albacete? En la situación provinciana y universal: “Buscan simples respuestas a la muerte”. De Martínez Sarrión a Ana Rosetti, el verso: “Te hice ya hace años con olor a cocina/en esta frente mía donde el verdín florece”. Y seguir, ahora, hacia el jazz y el perseguidor, de Julio Cortázar frente al espejo distorsionador de Severo Sarduy, rock y Nouveau roman: “Que sus manos gestan un abecedario/y con él se saturan de palabras”. Amor y bebida, lectura y muerte, sobre el lenguaje de la luna: “De esa yesca voraz que se hace llama / y quema cada insomnio con usura”. Apuntalar el amor, dormir a un lado y despertar. Y el sexo de pie, el recuerdo al lado oscuro del corazón, con los versos de Oliverio Girondo, de absenta y ultraísmo con Norah Lange. Partidas de cartas, ajedrez lírico, negro y blanco: “Deslábrame las ingles con la lengua / y clávame una uña en la clavícula, asesina dulcísima y selvática”.
Ojos políglotas, glaucos, daltónicos para enterrar los alcoholes míticos, los amores destructivos, el malditismo: Verlaine y Rimbaud, entre revueltas, poemas y esclavismo, confusión: “Una mujer como sin huesos / pero con hijos escondidos / hechos de balbuceos en sus entrañas rojas”. El cara a cara, el vis a vis, comienzo y final. Juan Gelmán, poesía rioplatense, la ciénaga, la voluntad del frío: César Vallejo, el cristo de las puertas, el pie en los muros, Blanca Varela bebiendo Inkacola, Octavio Paz y el abrazo de un niño. Leer “Dicen que aprendió a llagar en las cabezas de los hombres” y también “Y sin embargo temo/que me pidan el mar / o que no sepa desprenderme de estar vivo”. Letras de manos, letras para mecer al niño y al poeta, buscar el verso suelto de Ernesto Cardenal y la soledad de San Lorenzo, el papa Francisco: “Cien cuchillos mellados / que en su óxido contienen la gangrena”. Los poemas estancan tiempo y literatura, se lee: “Jamás creí que fuera tanto.../ y sin embargo temo / que me pidan el mar / o que no sepa desprenderme de estar vivo”. El lector se encuentra con versos como estos: “También hay hombres trágicos / que llevan las señales en sus nucas... / y otra clase de hombres, / que apenas pertenecen a este mundo, / que saben que el dinero no es la suerte / de los hombres lanzados a la nada”.
Poco a poco, tras una carrera de tres versos, Luis Alberto de Cuenca hace su presencia como un guiño al canon y la muerte, sustancia poética, Cesare Pavese con la soga al cuello: “Cuánta tristeza... / saber que en otros brazos / te desperezas”, de los clásicos, de Cátulo a Lesbia: “Incrusta lo que muerte / y usa el verbo chupar como una entrega”. Blusas destrozadas, como la ceniza del sobre cubriendo el vuelo del arcángel. Muchos de los muertos escriben en servilletas, teclean en máquinas antiguas, Joan Margarit, elucubra sobre la enfermedad, un poema que nos traslada, que es imaginación, tiempo y distancia.
Avanzar hacia la batalla del realismo sucio, de la campana rítmica, David González charla con Allen Ginsberg en el Café Parnaso y el cadáver de la mujer decente con piel de cartulina, comparten un trago de absenta a las once. Sexo y pezones de colores negros, marcados como arañas. La poesía escapa a lo formal y se acerca a la violencia de lo orgánico. Y otra vez Ginsberg, que se pinta con el betún del tiempo para aparentar ser más joven: “El pedestal donde serás un bronce para los excrementos de las palomas”. En una pensión sórdida el olor a lavanda devuelve la sed, la lengua desecada, políglota: “Se bebió cerveza calienta y vomitó bilis”. De David González a Ángel González y volver a Octavio Paz, vía Aníbal Núñez, como un manual de instrucciones, la construcción de tu propio parnaso: “Virgencita de todos los mercados de abastos, /anatomía dispuesta a los Blup Blup del émbolo”. Se cierra un libro de espejos, una propuesta atávica, la de los versos de la tribu, con una construcción de instantes, una captura de palabras: “Y si el próximo minuto fuera el de la salvación”.
Luis Felipe Comendador; No estar complica el irse, Madrid, Reino de Cordelia, 2026.

