En el mundo (o, ya más bien, mundillo) de la cultura, ese en el que pululan artistas de todo pelaje, desde narradores, poetas, novelistas, ensayistas, pintores de vanguardia, músicos y un largo etcétera, la pregunta que no deberían hacerse es si el arte o la cultura han muerto, ni tampoco (arrimando cada uno el ascua a su sardina) si han muerto la novela, la poesía, la pintura o la música. No. La verdadera y más trascendental pregunta que tendrían que hacerse todos aquellos que clásica y tradicionalmente han formado parte de ese amplio gremio es si ha muerto el humanismo. O, dicho de otra manera, si las diferentes expresiones artísticas conservan aún un carácter que vaya más allá de lo meramente mercantil y comercial, y apunte, por tanto, a cotas más elevadas de espiritualidad. Cotas herederas de la tradición grecolatina y continuadoras de lo que se dio en el Renacimiento, donde importaban más el saber, el conocimiento y el autoconocimiento, la búsqueda de la verdad, la belleza y el bien, y no la superchería ni la intrascendencia de lo superfluo y lo baladí. A tenor de lo que la cultura actual produce, se diría que cada vez estamos más cerca de alejarnos de lo primero y de vivir inmersos en lo segundo. 

La turistificación de los museos, las modas pasajeras por estar a la última en la presentación de cualquier obra artística por el simple hecho de acumular «experiencias» más que por interiorizar y aprender (para crecer mental, sentimental e inteligentemente) de esas «experiencias», como si de atiborrarse de un sinfín de platos en lugar de educar el paladar se tratara, es la más evidente razón de que los valores del humanismo clásico están en crisis, o, lo que es lo mismo e incluso algo paradójico: que no por consumir más cultura nos culturizamos más, dado que esa cultura, en términos generales, es una cultura de postureo o una cultura de usar y tirar, como los pañuelos kleenex. 

Por fortuna no todo está perdido, y contra ese modo de consumismo cultural se revelan unos pocos «humanistas» que aún creen que la naturaleza humana es una fuente de nobleza y no solo de vileza, y con capacidad de superación para llegar adonde realmente hay que llegar, a saber: a aquello que nos hace humanos si nuestro propósito en la vida es corregir los vicios y los errores de la sociedad. Uno de esos «humanistas» es José Luis Trullo, tal vez el mejor exponente español en la reivindicación de una vuelta a la dimensión espiritual del ser humano, y enemigo declarado del materialismo, de la palabra vacua y del relativismo que tiene en los publicistas, los políticos y los eslóganes que utilizan sus mayores armas para adocenar a la gente y devaluar el sentido verdadero de ciertos vocablos, como el bien, la verdad, la justicia o la belleza. 

A Trullo le preocupa sobremanera el uso espurio que se hace de esos términos y reclama (y hasta protesta con muchas impecables e implacables razones) un mejor empleo de los mismos, para lo cual esgrime como necesaria la recuperación del sentido que en general los filósofos de la antigüedad y en particular los moralistas franceses le dieron a tales nobles ideas. Porque para esos filósofos y moralistas, igual que para José Luis Trullo, lo importante, dentro de nuestro devenir como personas, es intentar comprender al otro (recuerden: “Je suis l'autre” de Gérard de Nerval o “Je est un autre” de Arthur Rimbaud), ya que, en el fondo, todos somos lo que somos en relación a lo que son los demás, y sin los demás nada seríamos. En Un monstruo incomprensible. Retablo de moralistas franceses, 1600-1850 (Editorial Renacimiento, 2025), Trullo ha querido rescatar las mejores sentencias (aforismos, diríamos hoy) de una pléyade de autores, entre otros Madeleine de Souvré, Chamfort, Joubert o Pascal, para hacernos ver que nada de lo humano les fue ajeno. Un rescate que encierra no pocas sorpresas.

 

“Ningún sistema político podrá cambiar lo que el ser humano ha sido, es y nunca dejará de ser”

 

-”Bien, belleza y verdad”…, una tríada por la que apostaron algunos moralistas franceses. ¿Por qué no por la libertad, la igualdad y la fraternidad? ¿Es que eran más estetas que ideólogos?

 

-Ni una cosa, ni la otra. Los autores que solemos englobar bajo el rótulo de “moralistas franceses” eran, a mi entender, “humanistas” en el más amplio sentido del término, es decir: creían firmemente en la existencia de una naturaleza humana, con sus noblezas y sus vilezas, pero también en nuestra capacidad de superar estas para desplegar aquellas. Sus máximas, sentencias, apuntes y aforismos asumen esa función parenética que ha acompañado a la brevedad desde la Grecia arcaica (con el caso de Teognis de Mégara como estandarte más destacado): nos alertan de los errores que cometemos por mera inadvertencia y, salvo excepciones (caso de La Rochefoucauld), nos exhortan a alcanzar esas “altas metas” a las que, desde Cicerón y Séneca, viene llamándonos explícitamente el humanismo occidental. En este contexto, la ideología política ocupa un espacio muy limitado. Bien es cierto que, si hemos de tildar de algo a los moralistas franceses, sería, como poco, de conservadores, cuando no de reaccionarios (caso de Chateaubriand), pero eso no quiere decir que se muestren insensibles ante las injusticias sociales, al revés, las denuncian y las condenan (caso de Chamfort). Lo que sí tienen muy claro es que ningún sistema político podrá cambiar lo que el ser humano ha sido, es y nunca dejará de ser. En este sentido, en general los moralistas se muestran un tanto escépticos respecto a cualquier propósito revolucionario, lo cual no excluye su confianza en nuestra capacidad de ser buenos, bellos y verdaderos, si nos lo proponemos, pero individualmente; estaríamos, pues, ante un caso paradójico de fatalismo optimista.

 

-Moralistas franceses en lugar de moralistas de otras lenguas, ¿qué tienen de especial?

 

-Por la calidad de sus reflexiones y el modo exacto en que las plasmaron por escrito, han logrado ser reconocidos como un caso singular en la historia de la cultura occidental. Lógicamente, la expresión no es mía: pertenece al acervo común, y a pesar de las connotaciones peyorativas que en nuestra época suele acompañar al concepto “moralista”, creo que en este caso está más que justificado el conservarla, por lo que he comentado más arriba: porque su propósito es el de incidir sobre las costumbres (“mores”, en latín) para corregir los vicios y enfatizar las virtudes.

 

“Es nuestra disposición personal la que acaba determinando el perjuicio o el beneficio que nos ocasiona todo lo que nos ocurre”

 

-Además, distingues entre moralistas optimistas y moralistas pesimistas…, ¿a qué crees que responden esas dos actitudes opuestas?

 

-Entiendo que es una cuestión, ante todo, de carácter (el cual, para Heráclito, era el modo en que el destino se encarna en cada persona). La acidez descorazonadora e implacable de La Rochefoucauld nada tiene que ver con la cálida ternura y la sensibilidad de Joubert, por poner un ejemplo. También es cierto que cada cual experimentó en sus carnes las vicisitudes de su propia ubicación existencial, y los salones de la aristocracia francesa, si nos creemos lo que nos cuentan los moralistas, debían de ser un auténtico infierno disfrazado de gentileza cortesana. Sin embargo, quiero pensar que, como dejó escrito Sartre en una frase magistral, “somos lo que hacemos con lo que nos hacen”: es nuestra disposición personal la que acaba determinando el perjuicio o el beneficio que nos ocasiona todo lo que nos ocurre. En esto, los estoicos, los más preclaros moralistas de la historia, nos brindaron una lección de valor permanente.

 

-En tu prólogo a Un monstruo incomprensible dices que la naturaleza humana siempre es la misma. Pero, ¿no te parece que la historia muestra suficientemente que en poco nos parecemos ya a nuestros ancestros?

 

-En lo superficial, tal vez hemos cambiado, pero en lo profundo somos esencialmente los mismos, y como he señalado, nunca dejaremos de serlo; contra los constructivistas, soy un firme defensor del concepto de “naturaleza humana”. Es su existencia la que explica la vigencia de los clásicos, a los cuales leemos con el mismo provecho, si no muy superior, al que nos proporcionan nuestros propios contemporáneos (al menos, en mi caso). Por supuesto, como sociedad en muchos aspectos hemos “mejorado”, si se puede decir así: al menos en Occidente, ya no aceptamos que se discrimine a nadie por su origen, su sexo, su clase social, etcétera; pero también hay que admitir que en ciertos temas hemos “empeorado”: el materialismo ha arrasado con nuestra dimensión espiritual, la chabacanería se celebra en lugar de condenarla, las bajas pasiones se han adueñado de las masas hasta límites insoportables... pero eso también ha ocurrido en otras épocas, como bien sabemos, y sin duda en el futuro volverá a suceder.. Quod erat demonstrandum.

 

“Hay que rescatar las palabras de las garras de políticos y publicistas”

 

-¿Las palabras confortan hoy en día como lo hacían en el pasado o se han devaluado? ¿No crees que las palabras verdaderas están en crisis?

 

-Así lo creo, sí. De hecho, no hace mucho publiqué un texto sobre ese tema, titulado de manera elocuente “Palabras secuestradas”, urgiendo a los poetas (¡y a los moralistas!) a rescatarlas de las garras de políticos y publicistas. Cuando se pervierte el lenguaje, se corrompe la sociedad.

 

-Kafka decía que sólo la brevedad es impecable. ¿Lo prolijo entonces es un exceso del pensamiento?

 

-Impecable e implacable, sí. El laconismo, como se lee en el Protágoras de Platón es “propio de un hombre perfectamente educado”. Los charlatanes, en cambio, suelen ser verborreicos. Los sofistas constituyen un caso muy claro de ello.

 

“No existe género alguno que se encuentre libre del peligro de ser malversado”

 

-Greguerías, aerolitos, sentencias, aforismos, etcétera… ¿Se podría pensar que son formas de lucimiento más que de pensamiento?

 

-Depende de quién y cómo los cultive. Muchas greguerías no pasan de chistes sin trascendencia, desde luego, pero otras alcanzan cotas siderales. Con los aerolitos de Ory pasa lo mismo: la mayoría son travesuras, y lo que es peor, absurdas. Las máximas y sentencias corren el riesgo contrario: incurrir en la impostura, hacer pasar por densa y profunda un afirmación vacua y falaz. Pero no existe género alguno que se encuentre libre del peligro de ser malversado. Ni siquiera de que un lector con dudoso criterio acabe dando su beneplácito a un texto insustancial, sea breve como un aforismo o extenso como un ensayo.

 

“Entiendo la del aforista como una labor cívica”

 

-¿Un aforista es un francotirador que dispara para herir o matar nuestros lamentables actos fallidos en el curso de nuestra vida?

 

-Al menos, entre muchas otras cosas, debe llamarnos la atención sobre ellos y proponer alternativas. Por eso entiendo la del aforista como una labor cívica. Como decía antes, el ser humano se mueve en la cuerda floja entre la amenaza del error y la promesa del acierto. El aforista que cultiva el registro moral, si es honesto, nos ayuda a alejarnos del primero y acercarnos al segundo.

 

“Una sociedad que reduce el diálogo a un intercambio de eslóganes, desde luego, tiene muy poco futuro”

 

-“El moralista es un humanista” parece ser una de tus tesis. Pero la moral no siempre es la misma, ¿cómo se come eso?

 

-Cociéndolo a fuego lento. No es un asunto que se pueda ventilar en “dos tardes”, como quien dice; de hecho, es el gran dilema de la ética: ¿qué conceptos forman y no pueden dejar de formar parte del ideario de una sociedad que se respete a sí misma, y cuáles son negociables? Desde luego, que ciertos valores cambien con las épocas no quiere decir que los vigentes en cada momento haya que darlos por buenos. Como se puede intuir, no simpatizo con el relativismo. Del mismo modo que antes era legal la pena de muerte pero se penalizaba el aborto, ahora ocurre justo al revés. Y, en mi opinión, ambas prácticas son igualmente deleznables. En cualquier caso, estamos ante debates de gran calado que no pueden liquidarse con el recurso a lemas del tipo “quien a hierro muere, a hierro mata”, o “mi cuerpo, mi decisión”. Una sociedad que reduce el diálogo a un intercambio de eslóganes, desde luego, tiene muy poco futuro.

 

“Esforzarnos, ya no digo en amar, sino en comprender al otro no es solo una opción, es un auténtico deber moral”

 

-¿Los seres humanos somos monstruos incomprensibles, como afirmaba Pascal? ¿Y si es así, para qué hacer el esfuerzo de intentar comprenderlos, como él mismo hizo?

 

-El humano es el ser que comprende, o al menos, que lo intenta. De no ser así, en poco se diferencia de una mascota. Precisamente la renuncia al sentido es lo que explica fenómenos extravagantes como el animalismo: si hay que dar a la humanidad por perdida porque no hay quien, en apariencia, la entienda, me quedo con mi perro, que al menos no me lleva la contraria. De hecho, los grandes misántropos (con Schopenhauer a la cabeza) se habrían vuelto locos, de no contar con la compañía de un cuadrúpedo a su lado. Esforzarnos, ya no digo en amar, sino en comprender al otro no es solo una opción, es un auténtico deber moral; si renunciamos a él, como parece ser que está ocurriendo, cunde el cainismo, se extiende la violencia y vuelve la ley de la jungla.

 

-¿No te parece sorprendente que sea una mujer, Madeleine de Souvré, quien tenga el honor de ser la madre de los moralistas franceses?

 

-Llamativo sí lo es. Pero en la Francia de los siglos XVII al XIX brillaron varias mujeres que, al frente de un salón literario, conseguían reunir a escritores, pensadores y estadistas para departir sobre lo humano y lo inhumano. Ya hay un libro publicado sobre ellas, de reciente aparición, que incluyo en la bibliografía del volumen: Women Moralists in Early Modern France, de J. C. Hayes (Oxford University Press, Nueva York, 2023).

 

“Las ideologías siempre serán el primer recurso del que echarán mano los perezosos”

 

-De M. de Souvré es esta sentencia: «Las mentes mediocres, pero viciadas, sobre todo las de los falsos sabios, son las más propensas a la obstinación. Sólo las almas fuertes saben rectificar y abandonar una decisión errónea». ¿Explicaría esto por qué estamos gobernados por tontos y mediocres?

 

-En esa sentencia, magistral, concurren varios temas, y todos de sumo interés. Me quedaré con que resulta extremadamente difícil mantener esa apertura mental que nos obliga a someter a revisión constante todo aquello que, de renunciar al examen, nos proporcionaría calma y seguridad. Por eso las ideologías siempre serán el primer recurso del que echarán mano los perezosos: no nos exigen dudar y, a cambio, nos infunden un sentimiento de superioridad que antaño quedaba reservado a los creyentes. Lo de los gobernantes es más complejo, porque ahí concurren otros factores, pero sin la inestimable contribución de los ideologizados desde luego que tendrían muy complicado acceder al poder y mantenerse en él (como podemos comprobar que está ocurriendo ahora en nuestro país).

 

“En las redes sociales uno muestra, no lo que es, sino lo que quiere que los demás crean que es”

 

-También de la misma autora es esta otra sentencia: «Saber descubrir el interior de los demás y ocultar el propio es una señal inequívoca de una mente superior». ¿Cómo casarla con esta época en la que las redes sociales sirven especialmente para mostrar y no ocultar nuestro interior, sino todo lo contrario, para exhibirlo?

 

-En las redes sociales uno muestra, no lo que es, sino lo que quiere que los demás crean que es, incluso lo que uno mismo quiere creerse que es. Por eso en ellas es tan fácil engañarse a uno mismo, engatusar a los incautos y que prosperen los impostores y desalmados. Pero, claro, no todos empleamos las redes para los mismos fines, aunque ese sea su uso más generalizado y pernicioso.

 

-Por volver a la primera pregunta, uno de los moralistas, no recuerdo ahora cuál, dice que la búsqueda de la verdad no sirve sino para hacernos comprender lo ignorante que naturalmente somos. ¿La verdad es encontrable? Y si lo es, a pesar de nuestra ignorancia, ¿cómo es que no nos rendimos a ella, venga de donde venga?

 

-No me siento capacitado para responder a esa pregunta. Ni siquiera tengo claro a qué nos referimos, al hablar de “verdad”. En cualquier caso, ya Sócrates (al que he dedicado muchas páginas en mi último libro) advirtió que, de acuerdo con el oráculo de Delfos, “solo el dios sabe”; los humanos, como mucho, podemos –¡y debemos!– esforzarnos en aprender... lo cual, en los tiempos que corren, con tanta gente dando lecciones a todas horas, no es poco.

 

“Como humanista que soy, y militante, la libertad radical del individuo forma parte de mi argumentario innegociable”

 

-Para Pascal el principio de la moral es el pensar. ¿Quiere decir eso que no hay una moral natural o que la genética no determina nuestra forma de ser en el mundo?

 

-Por seguir con Sócrates, padre de los humanistas occidentales, es el conocimiento del bien lo que nos permite actuar correctamente. Ese intelectualismo ético, tan ingenuo que nos puede arrojar en brazos de la melancolía, y que choca frontalmente con el tópico de la “ignorancia socrática” (la cual no excluía, contra lo que se suele creer, la expectativa de alcanzar algún saber consistente, como demostró su discípulo Platón), pone a la razón humana en el centro de la reflexión sobre los valores, eso está claro. No creo que de ello se pueda deducir algo más que el que estamos obligados a seguir pensando en torno a los grandes temas, entre ellos, el de si existe o no una moral natural, y todos los demás. Lo que sí rechazo frontalmente es eso de que “la genética determine nuestra forma de ser en el mundo”; como humanista que soy, y militante, la libertad radical del individuo forma parte de mi argumentario innegociable (la cual no hay que confundir con la “autonomía ética”). Son temas muy serios. No se pueden despachar en cuatro frases, me temo que ni siquiera en cuarenta y cuatro mil.

 

“A cada cual le aguarda una felicidad propia, que pasa por realizar un proyecto vital que únicamente le incumbe a él”

 

-Por su parte, Chamfort decía que «la auténtica felicidad humana se funda únicamente en la verdad». Pero: ¿no nos ayudan las mentiras piadosas o nobles (como las llamaba Platón) a paliar la infelicidad?

 

-Chamfort no dice otra cosa que lo que afirman los clásicos grecolatinos: que la felicidad, entendida no como euforia subjetiva sino como estado objetivo de la persona, consiste en el cumplimiento de una vocación esencial, y que esta no se centra en bienes perecederos sino auténticos, “verdaderos”. A cada cual le aguarda una felicidad propia, que pasa por realizar un proyecto vital que únicamente le incumbe a él; por ello resultan tan insatisfactorios y frustrantes los llamados libros de autoayuda, porque generalizan lo que solo puede ser singular.

 

“Abandonado a su suerte, el ser humano está condenado a lo peor”

 

-Tanto Pascal como Vauvenargues o Malesherbes ensalzaban la razón. ¿Y qué hay de la pasión?

 

-El de “pasión” es un concepto ambiguo (y antiguo) que requiere matizaciones. No tengo reparos en condenar las “bajas pasiones” (los vicios de toda la vida: la codicia, la vanidad, la lujuria) como perniciosas, mientras que me mostraría más que dispuesto a defender las “altas” como beneficiosas para uno mismo y para los demás: la generosidad, la capacidad de sacrificio, la perseverancia... Vistas así, hay pasiones buenas y malas. Pero es la razón la única que nos permitirá gestionar correctamente las primeras y someter a control las segundas. Desde luego, si la alternativa es la de “dejarse llevar”, como postulan despreocupadamente los gurús del espontaneísmo actual, que no cuenten conmigo: abandonado a su suerte, el ser humano está condenado a lo peor.

 

-¿Estamos necesitados de sentencias morales o más bien estamos ya sentenciados a no necesitar que nos moralicen?

 

-No creo que debamos prescindir de nada, por muy sabios o experimentados que nos creamos. Es comprensible que a nadie le guste que le afeen su conducta. Ahora bien, esa indiferencia colectiva a la que hemos llegado, en virtud de la cual nadie aconseja o reprocha nada a nadie porque a todos nos da todo lo mismo, tampoco creo que sea salutífera. Es preciso encontrar un equilibrio entre la sana voluntad de mejorarnos colectivamente y el legítimo derecho a equivocarnos y aprender en primera persona de nuestros propios errores.

 

“Que el aforismo haya dejado de ser el pariente pobre de la literatura para hacer valer su dignidad congénita es algo que no debería ofender a nadie”

 

-A tenor de las numerosas publicaciones que, en los últimos años, vienen haciéndose de libros de aforismos, parece que estamos en la edad de oro de este género literario. ¿Crees que es una moda o que ha llegado para quedarse? ¿Qué futuro le ves?

 

-Me llama la atención que se hable de abundancia en el ámbito aforístico –cuando, en el mejor de los casos, en la última década se habrán publicado unas decenas de libros al año– y no, por ejemplo, de burbuja poética, cuando la edición de poemarios puede alcanzar fácilmente los tres o cuatro dígitos. ¿Cuántos recitales poéticos se celebran en España, ya no mensualmente, sino todos los días? Por no hablar de premios, concursos y certámenes... Creo que, en realidad, hay a quien le molesta que el aforismo haya salido del armario y preferiría que siguiera siendo un juguete reservado a unos pocos. De hecho, varios preclaros promotores del género se han alejado estentóreamente de él en cuanto han empezado a tener compañía. Ha habido esnobismo por parte de algunos, eso es innegable, pero que el aforismo haya dejado de ser el pariente pobre de la literatura para hacer valer su dignidad congénita es algo que no debería ofender a nadie. En cuanto a su futuro, no soy adivino, pero sí es cierto que detecto cierta falta de ambición en no pocos autores, los cuales se conforman con reunir sus textos en volúmenes misceláneos que acaban confudiéndose unos con otros, de tan correctos y previsibles. Quiero creer que en la periferia del “fenómeno” aforístico están fraguándose propuestas arriesgadas que, tarde o temprano, acabarán renovando el género desde dentro; de no ser así, no descarto que vuelva a su atávico ostracismo.