José Manuel Soriano Degracia (Alcañiz, 1972) es autor de una prolífica y exigente obra poética que comienza hace más de cinco lustros e incluye, entre otros, Vacía luz (Comuniter, Colección Híbridos, 2012), Campo de ortigas (Erial Ediciones, 2015) y Hogares de paso (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018). Con Las calles ciegas obtuvo el prestigioso premio Vila de Martorell en su edición de 2025, publicado por la editorial Hiperión. Un libro sobre el recuerdo, la ruina y el destino, con las citas de José Ángel Valente y Lorenzo Oliván, unidas por una poderosa sinceridad lírica. 

Un primer verso sobre el abandono: “Aunque pase el tiempo, / el tiempo está roto”. La merienda endulza de rojo y sangre los labios y las zarzas, como antiguos apetitos lorquianos: “En mi boca / floreció un bosque enrojecido”. Uno piensa en aquella canción de Gabriel Sopeña y Mauricio Aznar, heredera del folk aragonés, “Hay una cruz en el saso”, sobre el vacío y el abandono: «En los que solo el próximo silencio / volverá a balar», siempre el recuerdo del enfrentamiento entre hermanos: «Inocentes, / jugábamos a la guerra / cuando la luz / ya estaba gastada de sangre». Recordamos el incendio, como si el tiempo, el futuro, el alquitrán se llevara nuestro lugar: «La memoria y la culpa / no tienen cuerpo / para convertirse en ceniza». 

Llegamos a jaula, la vida es una cárcel con las puertas abiertas, una celda, se va, se llaman otra vez, Aznar y Sopeña, aquellas canciones: padres escapando a la ciudad, el desarrollismo como un monstruo que nos devora: «Que la distancia y el tiempo / solo le llevaron / de lado a lado de la jaula». Imágenes que captura la geografía y el tiempo: «Lanzo mis silencios al río/para ver como las gotas los recitan, / quito los minutos a los relojes». En el respeto, la mutación de pasado en presente: «Que allí donde reposa el silencio/sobre una placa solar/antes crecía el trigo, /que el rebaño pastaba la maleza del monte/y que un mendrugo llegó a ser un manjar». Y es la reflexión, entre la distancia que enarbola la geografía, el cronómetro, que vigila, con apetito, dispuesto a devorar los recuerdos: «Necesito marchar lejos / para repartir a diario el sueño de volver, / descubrir que un hombre / aprende a amar en la distancia». 

En la segunda parte del libro, “Llegó la noche”, la dedicatoria, a su padre, su madre. Un lugar imaginario que atrapa ese recuerdo, en una tormenta eléctrica de memoria: «Acuden las sombras y la vida llega tarde, /me viene a buscar por una senda invisible/que desliza sus huellas sobre mis pasos». Una reflexión que avanza por los versos del volumen, bella y necesaria, que estremece frente a las imágenes del vacío, lo inmenso que caracteriza lo árido: «El tiempo arde sin fuego» o «Les arrancaré los ojos a los sueños para volver a verte». Llegamos a la tercera parte, “La casa de las palabras”, la soledad del Turia, Joan Margarit, que está en conexión entre Valencia y Teruel, el sur, ¿qué queda?: «Me queda un silencio/que guardo solamente para hablarte». Silencio y noche, ausencia y vacío: «Encalar la luz/para que deje de ser una herida». Una noche que construye la emboscada sobre el poeta. La llegada de La Cura: «Encalar la luz/para que deje de ser una herida/y que se encuentre por fin/un lugar para curarse» y La panorámica, como el encuentro entre la noche y el día, la ciudad y el pueblo: «La noche manosea las calles/pone anzuelos a la claridad, /se sienta en el columpio/y lame la ceniza de los sueños». Llegar al final, que no es definitivo, es la escultura de un recuerdo, un eco, casi un lamento que golpea, de un lado a otro, a las casas derruidas, como si encontrara el disfraz, un traje para la respuesta: «Toda la vida para revelar el carrete/y descubre/que todas las fotografías se han velado». Se descubre, Soriano, como descriptor del tiempo, como denuncia del abuso que comete el olvida. Ese parece ser el final: «Mi nombre/se le cayó de las manos» y escuchar, medir, como un amanuense del recuerdo:«La fiesta duró mis años». Una reflexión final, un verso, una decisión que se queda, sin aplazamiento: «La vida era mi huésped/y acabé siendo su invitado». Un libro sobre el destierro emocional, el regreso al desierto universal, donde los fantasmas solo pueden alimentarse del silencio. Un libro magnífico. 

 

José Manuel Soriano Degracia, Las calles ciegas, Madrid, Hiperión, 2026. (Libro ganador del 50º premio Vila de Martorell 2025)