
La familia como gravedad de destino y como compromiso ingrávido que se asume. La infancia, sus tenebrosidades y sus solsticios, sus recovecos de susto y asombre, la hermandad de quienes se dan la mano y se ayudan, mientras construyen camino; el propósito y sentido, la obligación y el mandado. El viaje. Todo ello puebla las páginas de la última novela de Gustavo Valle (Caracas, 1967), El brillo de los niños (Pre-Textos), escrita desde el extravío, con una soltura por donde asoma el disfrute.
- El brillo de la infancia, ¿tiene el peligro (o acaso la bendición) de convertirse en fulgor y cegar a quien queda cerca?
- ¿En qué consiste ese brillo? Se puede pensar que es el brillo propio de la infancia esa condición de excepcional belleza o inocencia que luego perdemos en la vida adulta. Es decir, los niños, solo por ser niños, brillan. Pero, los de la novela se encuentran inmersos en un mundo oscuro, y en rigor, son más bien niños sombríos, pues han pasado por experiencias muy duras. Quizás su brillo se manifiesta en su manera de mantenerse juntos, en ese pacto de hermandad que los une, a pesar de las hostilidades. Ese fulgor, como lo llamas, puede también cegar y quemar a quienes están cerca. Es la violencia de la que tienen que echar mano para defenderse. Esa «indómita luz», para decirlo con palabras de Luis Albero Spinnetta y Charly García.
Estos hermanos tienen el propósito de entregar las cenizas de Adela y buscar al tío Amílcar. ¿Es posible vivir sin darle sentido a lo que se vive?
Ese propósito se lo imponen los adultos, concretamente la abuela. Ellos siguen una orden, que es ir a la frontera. Los niños no suelen tener propósitos, operan de acuerdo a las circunstancias que enfrentan y viven un eterno tiempo presente. Tener propósito implica tener conciencia de una dimensión de futuro, y la infancia es puro presente. Ellos siguen las órdenes que les indicaron. Son un poco irreflexivos, como suelen ser los niños, que viven inmersos en la experiencia. Me interesó explorar esa dimensión infantil, donde las cosas ocurren para ellos lejos del tiempo de la historia.
Entre los hipocorísticos, el metaplasmo, la anaclasis, la sínquisis y la aposiopesis, ¿por cuál siente usted más querencia?
Jajaja, son las figuras retóricas que aparecen en la novela, en boca del papá de los protagonistas. Esas palabras «raras» hacen reír a los niños. De todas ellas me quedo con dos: el hipocorístico, quizás el más conocido, que es la abreviatura de un nombre, su apócope, por ejemplo, en vez de Yoisiberth decir, Yoisi, o Paco por Francisco. Pero me interesa más la aposiopesis, que es cuando un enunciado se interrumpe, queda incompleto y recurre a los puntos suspensivos. Por ejemplo: «Si te veo nuevamente haciendo eso, te voy a…», y no se completa la frase. Es como al iceberg de Hemingway pero llevado a un enunciado. Es decir, lo más importante no está dicho. Esos puntos suspensivos, ese silencio, contiene todo un relato que debemos rellenar según el contexto. La aposiopesis requiere, digamos, de un lector que complete la oración.
José y Kika, además de sus respectivos trabajos (hospital y costura) vivían de actuar en la calle. ¿Por qué resulta imposible, salvo excepciones de rigor, vivir de lo inútil: la escritura, el cante, el baile, la poesía…?
No considero inútil esas actividades, aunque sí es muy difícil vivir de ellas. José y Kika, los padres de los niños, son, digamos, artistas frustrados que se niegan a abandonar su arte, a pesar del fracaso a cuentas. Me interesa esa dimensión del artista que persiste en su tarea incluso cuando no hay ni reconocimiento ni retribución. El exitismo opera en el arte de una forma bastante cruel y margina al artista que no cumple con ciertas expectativas. Este tipo de personajes tiene un sentido trágico y humano de gran importancia para la literatura. Pienso en Frenhofer, el personaje de La obra maestra desconocida de Balzac.
Diodoro, como Sófocles, solo aspira a morir feliz. ¿Cómo se logra este casi oxímoron?
A Sófocles se le atribuye una muerte feliz porque vivió coronado de gloria gracias al éxito de sus tragedias, y falleció sin dolor a los 90 años, algo excepcional para la época. Por supuesto, la llamada muerte feliz de Sófocles es una construcción literaria, y parece que se le atribuye a un tal Frínico, poeta de la antigua Atenas, que le dedicó versos elogiosos a Sofocles y acuñó aquello de la «muerte feliz». Diodoro, uno de los personajes de mi novela, está en contra de la muerte, al igual que Elías Canetti, que se propuso escribir un libro sobre eso. Durante cincuenta años, Canetti tomó apuntes con el propósito inútil de combatir la muerte. El segundo libro de Gonzalo Rojas se llama Contra la muerte. En fin, combatir la muerte es también una tradición literaria. Una muerte feliz solo ocurre en la ficción o en los versos de Frínico.
«Viajar es convertirnos en estaciones de tránsito». ¿De qué modo nuestro yo (sea lo que signifique el concepto) se modula en el viaje y en la lectura?
Se modula y se transforma, y puede incluso convertirse en otro. Creo que cambiar de lugar, es decir, viajar, incluso emigrar, es una de las formas de aprendizaje más hondas, y a veces también más difíciles. Y la lectura es algo parecido a viajar, una especie de viaje inmóvil. Pero, ¿de qué manera ocurre ese cambio o modulación? Yo pienso que cambia la manera de imaginar, lo que quiere decir que cambia nuestra manera de imaginarnos. Es decir, descubrimos en nosotros aspectos insospechados y nos reconocemos de otra forma a como lo había hecho antes de viajar o leer. El viaje y la lectura ofrecen herramientas para ampliar la percepción de nosotros mismos. Viajar es como ir de un a libro a otro. Y leer es como tener conversaciones inteligentes con personas desconocidas.
Si Gusmarling escribe «para alborotar incertidumbres», ¿para qué escribe Gustavo Valle?
Siempre he pensado que escribir pone en marcha una máquina de fabricar incertidumbres. O al menos, la mejor versión de la escritura buscaría eso: alejarse de las certezas, operar con matices, hurgar en el detalle. Pienso que hay que asumir la escritura de esa manera. Es decir, se trata de un debate permanente con la verdad: ponerla en duda, interpelarla, con el objetivo de que prevalezca en su complejidad. Porque la verdad es un conjunto de cosas, muchas veces paradójicas y contradictorias. Los grandes escritores suelen ser grandes aguafiestas: detrás de las alegrías destacan tristezas, detrás de un triunfo, concesiones y derrotas.
Pienso en la capacidad intuitiva de Yoisi, que ella rechaza. ¿hasta qué punto la escritura es eso mismo, una especie de canal mediúmnico, visionario?
Como cualquier arte, escribir tiene algo de conexión con lo irracional. Es una herramienta que sirve, entre otras cosas, para poder ver lo que no se ve, para conectar con ámbitos inmateriales. En la novela se menciona a Rimbaud, famoso, entre otras cosas por escribir su Carta del vidente, en la que propone el desarreglo de todos los sentidos para acceder a una revelación. Es una vieja estrategia que ha llevado a más de uno a la autodestrucción, incluido el mismo Rimbaud, basada en el uso del lenguaje como elemento místico de conexión con lo sobrenatural. Los mantras y las plegarias son viejos mecanismos de comunicación con el misterio. No sé si Yoisi rechaza su capacidad intuitiva, pero lo cierto es que sus «poderes» le son indiferentes. En el fondo, ella quisiera ser normal.
Cuando los vínculos se interrumpen de manera abrupta (se los lleva el huracán), ¿de qué modo se repara esa herida, y de qué depende que el que los sobrevive no quede del lado de la locura o, digamos, la maldad (léase resentimiento, recelo, amargura)?
En la novela hay muchos vínculos rotos, en primer lugar, el que une a padres e hijos. Reparar esas heridas probablemente sea imposible. Gus y Yoisi son huérfanos, y activan la memoria para reconstruir el vínculo roto, pues solo en la memoria ese vínculo permanece. Y como sabemos que la memoria es uno de los subgéneros de la imaginación, entonces la única forma de reparar esos vínculos es imaginándolos. Quizás esto, y la actitud indulgente hacia sus padres, a pesar de todo lo ocurrido, les permite sobrevivir a la locura. No es el caso de otro de los personajes, el tío, a quien lo acompaña la fatalidad.
¿Qué tiene la infancia que resulta irresistible para la escritura?
Rilke decía que nuestra verdadera patria es la infancia. En la infancia ocurren prácticamente todas las cosas que nos marcarán para siempre. Y, al mismo tiempo, escribir es de alguna manera volver a ser niño, en el sentido de que se trata de reproducir la forma de mirar de ellos, ese intento de recuperar la mirada inocente, para la que todo es nuevo y motivo de asombro. Entonces no solo es interesante cuando los niños aparecen en las historias, sino cuando la mirada infantil se adueña del que escribe. Por otra parte, para un niño, el adulto es un obstáculo contra su libertad, y al mismo tiempo su refugio. Esa tensión y relación de fuerzas entre el niño y el adulto quise que estuviera en la novela.
Para que el adulto no esté abocado a abandonar la poesía que conoció de niño (o la magia, lo onírico, tanto da), ¿Qué se requiere?
No lo tengo muy claro, pero quizás la clave sea desarmar ciertos dogmas, ese vicio tan arraigado en los adultos. Aprender a moverse en la incertidumbre y abrirse a lo imprevisible. En ese sentido, leer buenos libros es un excelente ejercicio, porque, entre otras cosas, enseña a dudar, a sostener lo ambiguo y cuestionar cualquier asomo de ortodoxia.
¿Cuánto de Gustavo hay en Gusmarling y Yoisi?
Muy poco. Más de mi mujer y mi hijo, que son músicos. Pero en realidad creo que pertenecen al universo de casos reales de niños migrantes que lamentablemente conocemos través de las noticias, y también de niños protagonistas de ciertos cuentos y novelas, que me acompañaron durante la escritura del libro, y que al final menciono. Ahí están La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, los cuentos de los hermanos Grimm, El elegido de Thomas Mann, La infancia de Jesús, de Coetzee, y otros.
¿De qué cura la música que no pueda hacerlo la literatura?
No sé si el arte cura, pero sí sé que ayuda a comprender algunas cosas y aliviar otras. La musicoterapia, por ejemplo, es una disciplina clínica, avalada desde la neurociencia, con efectos comprobados en la rehabilitación neurológica de enfermos de Parkinson o personas que han sufrido accidentes cerebro vasculares. Sin embargo, creo que una cosa es el arte, y otra la aplicación de herramientas artísticas para tratamientos terapéuticos. En el caso de la literatura, no dudo de que la expresión escrita sirva para comprender mejor nuestro pasado o hurgar en nuestros traumas, pero creo que su función principal no es terapéutica, sino catártica, y sobre todo problematizadora. La buena literatura no te resuelve los problemas; hace que los veas en una mayor complejidad.

