
Julio Prieto es poeta que se deja ver poco, pero existe, y demuestra una trayectoria comenzada en 2006 con Sedemas y cuatro títulos más (De masa menos, Bilingües y Marruecos), además de esta última entrega, Mínimos informes. Un libro distinto, complejo, y donde se propone escribir poesía desde un cuestionamiento del sentido, la sorpresa y el humor, el juego o el divertimento lúdico, sin abandonar la crítica o la ironía de corte social, o lo profundamente existencial (como apunte, sin cargar la mano).
Mínimos informes cuentan de otra manera cosas serias y otras que no lo son. Lo hace a través de una mirada afiliada a las poéticas de la sospecha o de la puesta en duda de la significación, del cuestionamiento de ser en el tiempo, para decir y jugar con la fórmula, con las palabras, con el decir y velar, con la duda a la que somete al lector sobre la última significación.
Y es que el profesor de la Universidad Complutense, experto en postvanguardias y poesía experimental ya tiene una edad, y una propuesta madura, nada apresurada, que ha ido deslizando desde otras carreteras alejadas del realismo o de la poesía dramática de corte esencial. Búsquese el rastro en esa tradición que tuvo en José Luis Castillejo un nombre de referencia en España, pero lejos de cualquier concretismo, o replanteamientos de la poética visual. Aquí es el sentido quien es sometido a juicio desde el precipicio y vértigo del vacío, pero sin olvidar el humor y la ironía, que hacen del libro un juego de contrastes. Y es más, si se me permite, un libro conceptual sin radicalismos visuales, porque la propuesta es la de aventurarse por caminos no trillados donde no hacemos pie, pero donde no hay locuacidad vana. Es esa hibridez entre sueños, humor, realidad y sueño, ironías, muy personal, donde a veces también la angustia y lo agrio nos asaltan, donde encontramos un poeta que debiera estar más traído y llevado de cuanto está su poesía casi secreta.
En un libro poliédrico, dividido en tres secciones, se nos emplaza a pensar el hecho poético de forma diferente a lo trillado. Léase el versículo y el versolibrismo del que se abusa hoy hasta la saciedad, o el “proema” narrativo autofictivo, o el caos irracionalista donde se acumulan metáforas en logolalias, por no hablar de realismos miméticos que ya puso en cuestión André Gide para la novela.
“Las Parábolas (Diario de sueños)” de la primera sección ya nos hablan de ese atreverse a obstruir lo esperable para decir tangencialmente, de caminos desde donde no se vuelve, o ironizar con los sobrantes de la sociedad, como Tiburcio, y devorados. A veces en esos sueños hay ruedas que decapitan, angustia, patos rellenos de serrín sanguinolento, relaciones con un “padre”, pero sobre todo replanteamiento del lugar que ocupamos en los interregnos de la certeza, porque «No todo es vigilia, ni toda oscuridad la de los ojos cerrados». Esa renuncia a la interpretación en poemas que juegan en la penumbra del sentido es la propuesta (casuística que no podemos resumir), pero llena de variantes que dejan un inquietante sabor a una poética extraña en nuestras tierras, valiente, muy atractiva en el decir y callar, apartarse de lo pisado.
Cuando en la segunda sección, “Del amor y los verbos performativos”, trae poemas donde se nos compara con esas piedras planas que rebotan en el agua tres o cuatro veces, y luego se hunden, sabemos que Prieto disimula tras los sueños y el juego (aunque tenga todo el humor del mundo en la divertidísima tercera sección donde se juega con las erratas, y el lector no debe perderse). Ojo, porque en esta sección, se añaden reflexiones sobre qué cosa sea la poesía, con esa libertad de quien se atreve a desclasificar lo habitual, a ser poeta distinto, meticuloso, lleno de sorpresas. Y por eso es un libro que los buenos aficionados a la poesía, no adocenados por el mercado, deben dejar, como hago yo, al alcance de la mano, y detenerse a leerlo con tiempo, pues es lectura que exige atención, pero compensa tras el esfuerzo.
Julio Prieto, Mínimos informes, Madrid, Libros de la Resistencia, 2024

