Cristina Giménez (Teruel, 1972), después de una primera etapa poética, presenta este volumen No quiero ser olvido, un salto cualitativo en su obra y que, además, coincide con la nueva andadura de la editorial Los Libros del Gato Negro. Un libro sobre la conservación de la memoria, el intercambio emocional, las mujeres de una vida, la vida de las mujeres. La primera parte “Hija”: “Escondido tras el R9 amarillo canario / descolorido por el sol y los años / esperaban no ser vistos, para no posarla” ¿Qué es la vida? Un recuerdo o una presa que se desborda, con apetito: “Esa a la que quisiéramos volver, / muchos días cuando ni ves un gorrión, / ni oyes unas risas”. ¿Niña, madre o hija? Seguimos con una confusión total: “Y aparece un hombre casi desconocido. / Una enfermedad que enturbia” ¿Qué queda cuando solo hay un hueco? ¿Es el espacio una figura ausente o eso solo eso, distancia y oquedad? “Me quedé acompañada por el vacío”. 

¿Existe alivio? ¿Tiene apellidos o es solo un sintagma atrapado entre los labios sin besos? El texto de Cristina Giménez se construye con preguntas, abotargado de interrogantes. Hay versos como: “Un poco más lejos de mis dieciséis, / y de tus solo sesenta y dos”. Lo euclídeo es lírico cuando trae la pena. Un color para cada tiempo y una distancia por recorrer hasta el final de las páginas. El recuerdo, el pasado, la vida que se acumula: “porque nos habían dado todo limpio / y lo dejamos ensuciar”. 

La segunda parte, después de “Hija, esMadre: un cambio en las dimensiones cartesianas para asomarse al abismo más bello y temible: “Sus burbujas serán mi oxígeno / y su compás mi satisfacción. / Seré sirena y yo seré para siempre su/rendido navegante”. Una niña, amasada en su vientre, temer que se deshace la única manera de controlar la distancia entre la arcilla y el barro. O el barro y la arcilla. Dosis alternas de ibuprofeno y paracetamol, el monstruo de la fiebre: “Creía ser el centro de tu universo / porque yo era tu alimento”. No existe de dolor, llega el anestésico: “Es porque sabes que ella está a punto de respirar”. La primera lágrima entre los versos: “Secando la lágrima que queda”. En el pavor encuentras la belleza de lo filial: “Hilos de plata / que se deshilacharon desde la luna / y me hilvanaron al sueño perpetuo / más real que la propia vida”. La segunda lágrima se desliza: “Huelo azul verdoso. Y seco una lágrima / antes de que caiga en la arena”. La parte de Refugio, un listado de colores que cruzan el libro: rojo, azul, verde (a), negro, amarillas, rojas y blanca. En “Allande”: “Cuando yo me vaya seguirán sonando / los trinos y la cascada” y en el mismo poema: “No habrá nadie que escuche, /  pero ellos dirán que un día yo los oía correr”, las piedras, el suelo, los sabores: “Por mucho que duela sabe a miel”. En el recorrido de una mariposa azul encuentras un verso que acaba con: “Volvería a ver los colores, los rincones, las sonrisas y la vida”. 

Llegamos a “Mujer”, poemas de técnica, de física, de la vida contra el sistema internacional: “Miles de toneladas de newtons” y una cama, sudor, risas, en el descanso llega también: “Por lo que duele la vida y lo que amarga vivirla”. Se fabrican y se dejan llevar los objetos: “Mosquiteras que, / sin ser rejas, evitan que yo salga / y me invadan los insectos”. Entre los sintagmas, los contenidos y los continentes: “Se pierden con fonemas estrictos / cuando en realidad solo desean ser libres”. Entrar y cerrar, llenar de muebles la vida, vender la desidia como tiempo para la reflexión: “Te amé y un día arreglaré la maldita puerta” y seguir, en la misma gruta emocional: “Y no te recordaré / ni en el instante de abrirla ni el de cerrarla”. La sed del asteroide, el resumen del aliento. Al escribir uno apaga la desesperación, no sabemos si es la muerte de la carne o el alma que se quiebra: “Una no quiere quedarse inmóvil / ilusionando una puesta de sol”. Y sigue: “Una siempre está recogiendo en su cavidad torácica / las respiraciones y las exhalaciones suyas y de otros”. Y así, en esa miseria súbita, aparecen cuervos, gusanos y alimañas: “decidí unilateralmente que un escarabajo / dejasen sus vísceras en paz” o “Envenena todo aquello que está cerca / sean gatos sarnosos o pájaros tuertos”. Y en el instante siguiente. “Después de casi hacerme combustionar / espontáneamente” y así “Los anhelos desaparecieron con / la escarcha”. 

La destrucción puede ser detectada de distintos modos: “Los años explotaron en mi cara / y salpicaron los meses y los días / hasta no quedar nada”. ¿Y si la muerte es de otro? O si la vida de otro trae un final: “Mueres y dejas / el aliento frío que a otro temple”, la extrañeza frente a uno mismo, el recuerdo de lo básico, el frío o el calor, palabra como arrullo, el recuerdo enésimo del mar imposible: “Solo el mar viniendo a mí”. Así termina, cuando el lector, explorador, encuentra el verso final y definitivo: “No quiero ser olvido”.

 

Cristina Giménez, No quiero ser olvido, Zaragoza, Los libros del gato negro, 2026.