
A Eve Ferriols
Hay ausencias que no percibimos como definitivas hasta pasado un tiempo. Faltas que incluso faltan de nuestro propio registro de recuerdos. Como si en vez de haberse marchado para siempre estuvieran disfrutando de unas merecidas vacaciones. Hay un desajuste temporal entre la muerte que certifican los médicos y la que certifica el alma. Sobre todo cuando se trata de muertes tempranas e injustas como la de Eve. Y no es una construcción intelectual ni un recurso literario: el día de su entierro estuve todo el tiempo esperando que apareciera por la puerta con un elegante vestido negro y se sentase a mi lado. Habríamos comentado cosas sobre los asistentes, sobre los textos que se leían, sobre los detalles del suceso, como hacíamos siempre. Lógicamente, todo se derrumbó cuando advertí que era su cuerpo el que ocupaba el féretro que tenía ante mí. Eve había muerto y con ella una de las amigas más cercanas, constantes y generosas que he tenido en los últimos 20 años.
Por suerte, la vida nos había regalado un último encuentro apenas dos meses antes. Entonces no sabíamos que era una despedida, pero visto al trasluz del tiempo adquiere ese significado. Fue en marzo de este año. Eve quería asistir a un festival de poesía que se organiza en Carcaixent al que yo acudía en calidad de invitada. ¿Nos vamos juntas? Por supuesto. Aquella tarde de principios de primavera hablamos de muchas cosas. De los hijos, de las relaciones, de los divorcios, de la literatura, del tiempo. Fue una conversación íntima que se vio interrumpida por la participación en el acto y que continuó en el regreso alargada por unas cuantas vueltas alrededor de los polígonos industriales de la Ribera en los que acabamos perdidas tras errar varias veces el camino de regreso. Al entrar a Valencia ya era de noche y Eve decidió bajarse precipitadamente en un semáforo de la Pista de Silla. Yo tenía prisa porque mi hija Lucía me esperaba para nuestro ritual nocturno. Aquí será más fácil encontrar un taxi a mi casa, dijo ella. Y se bajó sin que pudiera darle ni siquiera un beso. Si hubiera sabido que era la última vez que iba a verla, hubiera detenido el tráfico para abrazarla. La muerte casi siempre nos separa sin que nos dé tiempo a preparar la despedida. Aquel día el viento sonaba a primavera y a renacimiento, a recuperación de su enfermedad.
Durante estos 20 años, Eve ha estado presente en los momentos más importantes de mi vida. El nacimiento de mi hija, sus cumpleaños, las presentaciones de libros, las fiestas con esa otra familia que son los amigos, los viajes, las penas, las zozobras existenciales, los libros. Siempre aguda y prestando atención a lo que le decía, siempre con alguna frase que decir. Era a ella a quien le preguntaba cosas sobre el embarazo cuando esperaba a Lucía. A ella y a mi madre, claro. Y también era una de las personas a las que le daba mis libros para que los revisara. Eve estaba siempre que la necesitaba, a vuelta de teléfono. Sabía de muchísimas cosas y nunca daba su brazo a torcer aunque la situación tratase de doblegarla. Era, lo que se dice, una persona auténtica, consecuente con sus ideas, firme, pero dulce en sus planteamientos.
Ahora, inmersos ya en el verano, la sigo esperando cada vez que vienen invitados a casa. Porque ella era la amiga que siempre llegaba antes, la que cogía el coche a primera hora de la mañana para ayudar a poner la mesa o a traer el hielo que faltaba para enfriar las bebidas. Recuerdo nuestras discusiones por ver si el plato lo poníamos aquí o el cubierto allá, y de pronto me siento como en una novela de Natalia Ginzburg, que es una de las muchas escritoras que ella me recomendó. Escribiendo sobre su muerte y sobre su vida, siento que podría iniciar un largo monólogo que no terminara nunca. Me limitaré a contar una anécdota.
Aquella última tarde, la organización había pedido a Eve que preparase la lectura de uno de mis poemas y ella eligió uno que le dedicaba en mi último libro y que se titula “Playa de los muertos”, unos versos que rinden homenaje a una de esas playas almerienses que a ella tanto le gustaban y a la que de hecho dedicó uno de sus cuentos, con el mismo título. Todos, incluida ella, estábamos contentos por la evolución de su enfermedad, así que no hubo ningún presagio. En un momento dado, la presentadora le dio la palabra y ella, sin querer hacerse notar mucho -pues la discreción era también uno de sus principales atributos- se puso de pie, cogió el micrófono y lo leyó:
«Y ahora bajo el sol / parece tan sencillo / quedarse aquí y hacerse / volumen con lo sólido y estar, / tan solo estar, callada, / abierta a la evidencia de esta luz que es calor y que se hunde, / —no pensar, no elevarse, no salir— / aferrarse a la entraña, estarse dentro, / ser uno con la arena, con el mundo, / y escuchar las pisadas de los otros / y sentir esta calma / vacía y expectante de lo inmóvil».
Solo espero que allí donde esté pueda tomar el sol, tumbada bajo la sombrilla, dejando pasar las horas sin hacer nada, mirando la luz cabrillear en la espuma, escuchando las voces de los niños, sin destacar, sin salir, sin moverse, como esa piedra que canta en el último cuento de la compilación de relatos que publicó en 2023 (No estoy acostumbrada a la esperanza, Shangrila ediciones) y que sugiere el poema, como a ella le gustaba.

