Basten dos ejemplos. En el capítulo 127 de Moby Dick, un carpintero transforma un ataúd en una balsa funeraria para honrar al arponero Queequeg que había fallecido y cuyo deseo era ser colocado en una canoa sin quilla que, ya muerto, le llevara por los mares “con dirección incierta en una larga deriva por los siglos oscuros”. El capitán Ahab se le acerca y le pregunta si, “mientras trabaja, canta”. “Como hacen los dioses o los titanes”, añade. El artesano le responde que él no canta pero que su martillo, sí.

“-Sí. Es porque la tapa hace de caja de resonancia. Y el motivo por el cual sirve como caja armónica es que no tiene nada dentro.

-Gusano de seda que tejes tu propia mortaja desde dentro de ti mismo. Eres un tipo malicioso. ¡Tic, toc! Así suenan los minutos de la vida. Allí está el símbolo temido de la muerte cruel, convertido en el signo de la ayuda y la esperanza en medio del peor peligro. ¡Un ataúd como salvavidas!” 

Otro, aún más intensamente órfico. El ultimísimo poema de Sylvia Plath, Filo (Edge) que la poetisa escribió apenas seis días antes de suicidarse. Comenzando por la referencia del título a una abertura (en griego, “caos”) despliega una cosmología de raíz órfica: “La mujer ha sido perfeccionada. / Su cuerpo/Muerto tiene la sonrisa de la consumación, / La ilusión de la necesidad griega (…) Cada niño enroscado /, una serpiente blanca, uno en cada pequeño/Cántaro de leche, ya vacío. / Ella los ha replegado (…) La luna no tiene nada de qué entristecerse, / Observa desde su capucha de hueso”. 

No se sabe qué resulta más admirable: si la sombría belleza de estos pasajes o el hecho de que para comprender el diálogo que unos autores -también los contemporáneos– sostienen con otros a lo largo del tiempo haya que adentrarse en lo más profundo de las tradiciones. Y eso solo es posible gracias a los estudiosos, personas que han dedicado la vida a poner a nuestra disposición esos tesoros antiguos que nos permiten penetrar en algo tan esencial, para comprendernos a nosotros mismos, como es la literatura de nuestro tiempo. 

Eso pensaba al encontrarme de nuevo con los trabajos que el helenista español Alberto Bernabé está publicando sobre el orfismo: los Poemas de Orfeo, fragmentos órficos sobre teogonías y sobre el alma (Adaba); su comentario filosófico al Papiro de Dernevi (Adaba), poema atribuido a Orfeo y encontrado en 1962 cerca de Tesalónica, o la recién aparecida versión en inglés de los Fragmentos órficos de la Loeb Library de la Universidad de Harvard. No extraña este último logro en quien ya realizó la edición de referencia mundial de los Fragmentos órficos en la Bibliotheca scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana. 

En Bernabé, más que de logros hay que hablar de servicios pues con ese espíritu trabaja silenciosamente desde hace más de cinco décadas. Y lo es ciertamente que se ocupe en componer también las ediciones que nos permiten leer en español el corpus órfico. Pero ¿qué es el orfismo? ¿Qué importancia tiene? ¿Ante todo, quién fue realmente Orfeo? 

Orfeo es un personaje mitológico del que a lo largo de un milenio tenemos referencias directas (lo que llamamos literatura órfica) o indirectas en la cultura griega y en la romana. Se le creía hijo de Apolo o de un rey de Tracia (Eagro) y de una musa (¿Calíope?), y su mayor don era un talento musical capaz de entusiasmar con su canto a todo lo viviente, incluidos los dioses de los que descendía. Como el propio Bernabé ha estudiado, la obra de Platón muestra una poderosa presencia de la religiosidad órfica, bien que transpuesta a su sistema filosófico, y, por su parte, Aristóteles ya sostuvo que el personaje no tuvo una existencia física personal. 

No obstante, un número considerable de poetas, al menos desde el Papiro de Derveni hasta diversos autores de la época helenística, atribuyeron sus propios escritos a esa entelequia que fue el Orfeo poeta. ¿Por qué? Fundamentalmente por la mezcla de dos cosas: porque ese corpus contenía con variantes un conjunto de creencias religiosas identificables y porque Orfeo era considerado, por su antigüedad pre-homérica (la leyenda lo situaba como tripulante de Jasón en la nave Argos), un destacado punto de referencia. Grecia veneraba la antigüedad y el ascendiente de Orfeo venía tanto de su asociación primaria de lo musical con lo poético (se le atribuía la creación del verso hexámetro) como del hecho de que hubiere tenido un contacto con el Hades (a donde acudió con su lira para rescatar a su amada, ¿Eurídice?). Este contacto con el más allá daba razón de la capacidad visionaria del mítico poeta. 

¿Y qué cosas veía o sabía Orfeo? La raíz del orfismo es de naturaleza dionisiaca: cuando Zeus conoce que los titanes han devorado a Dionisio los fulmina con un rayo de cuyas cenizas surge una raza humana partida entre su corporalidad y su alma de origen divino (negativo por los titanes; positivo por Dionisio). La negatividad provoca que el alma de los mortales quede encerrada en el cuerpo –Platón trasmite el célebre “cuerpo, sepultura”, evocado por Melville en su novela – donde será custodiada y podrá purgarse mediante ciertas conductas (el vegetarianismo, que no es sino un rechazo religioso de lo que implique sacrificio de sangre) y los ritos descritos en la tradición órfica. A la llegada de las almas al Hades, Perséfone juzgará si están suficientemente purificadas para admitirlas en el no-ser o si, en caso contrario, retornarán en un nuevo cuerpo en un proceso casi interminable de metempsicosis o transmigración de las almas. 

De todo lo anterior se pueden extraer los principales temas de la literatura órfica: desde las cosmologías y teogonías que explican el origen del mundo (con los elementos de la noche, la leche, la luna y la serpiente blanca mencionados en el poema de Plath) hasta las descripciones del allende o destino al que se dirigen las almas con las descripciones de la catábasis o descenso al Hades de Orfeo; lo relacionado con los ritos iniciáticos del orfismo; o, por último, los intentos sincréticos o imitaciones de autores del primer neoplatonismo o incluso de la tradición judaica (El testamento de Orfeo) Y la leyenda prosiguió: cuando Orfeo volvió del Hades, en su soledad no sufría la compañía de mujeres; que por eso lo mataron las bacantes descuartizándolo y, como al Bautista, cortándole la cabeza; que la echaron a las aguas de Hebro pero que seguía clamando por su amada hasta alcanzar, reposando sobre la lira, las costas de Lesbos y sembrar la semilla de la poesía lírica aracaica, la de la inmortal e insuperada Safo.