
Siete travesías para adentrarse en aquel signo que descuadra dentro de una serie. El extrañamiento. El extravío. Lo que no encaja en el mosaico. La tesela huérfana. El desconcierto que brota por entre los afectos. Lo inquietante que desbroza lo cotidiano. La soledad y su trazo. Siete son los relatos (el primero de ellos casi una novele breve) que articulan el último libro de Reina Roffé (Buenos Aires, 1951), Vivir entre extraños. Relatos de soledad y desarraigo (Menoscuarto).
“La escritura tiene algo de nostalgia no resuelta, de melancolía y de deseo”
- Del primer relato, que da título al volumen, me interesa cómo se acompasan los dos tiempos, pasado y presente. La escritura, ¿tiene más de nostalgia no resuelta, de melancolía, o de deseo?
- La cita, que antecede al relato («Mi madre nunca me dio la mano»), del libro La asfixia de Violette Leduc, que de tanto en tanto venía a mi memoria, fue clave para armar este relato, el más largo del libro, y poder estructurar algo que yo tenía escrito por separado, dos cuentos sin amalgama que, finalmente, actúan juntos gracias a los dos tiempos; la escena del reencuentros entre madre e hija, esa hija que, cada año visita a su madre, y llega de lejos, relato éste fragmentado que permite la entrada y reconstrucción del pasado, de la relación entre ambas y del ámbito familiar. No fue fácil acompasar esos dos tiempos y que fluyeran juntos sin tropiezos. Fue un ejercicio de artesanía. La escritura tiene algo de las tres cosas que mencionas. En el poema “Tristeza de domingo”, la escritora rumano-argentina, Alina Diaconú, dice: «Melancólicos/de lo que no fue/nostálgicos/de lo que ha sido». Representamos, entre otras cosas, estos sentimientos o sensaciones evidentemente no resueltas y con el deseo infructuoso de encontrar un sentido, una pista que nos conduzca a la revelación de nuestros enigmas más íntimos.
“La imaginación nos alivia del peso de lo real y de su sombra proyectada sobre la vida cotidiana, muchas veces anodina y hostil”
- ¿De qué manera la memoria nos conforma como escritores?
- Yo diría que es la materia prima que nos conforma. Hay marcas que no se borran y necesitamos elaborarlas durante toda la vida. Actualmente, la gente se hace tatuajes para dejar constancia del nombre o del rostro de alguien querido, de un equipo de fútbol, de una flor que les gusta. Los tatuajes se pueden borrar, incluso ocultar debajo de la ropa cuando pierden su significado. Pero las marcas, heridas o cicatrices de las que hablo, no. Son invisibles a los ojos de los demás y están grabadas en nuestra memoria. Por otra parte: ¿Qué es la literatura?, sino una suma de memorias que va componiendo una especie de incesante biografía de cada época, de cada lugar del mundo. Preservar la memoria colectiva es una manera de oponerse a los totalitarismos, que siempre nos proponen la fórmula condescendiente del olvido, la amnesia como consuelo a las violencias y aflicciones sufridas. La memoria es uno de los elementos constitutivos de todo relato, hace posible la escritura y permite al escritor recuperar los episodios dispersos de su experiencia, reparar escenas rotas y olvidadas, trabajar con las suturas de la realidad, ganar un espacio más amplio y luminoso para uno mismo y, tal vez, para el lector. Pero no sólo la memoria juega su partida, sino también la imaginación, que es, como decía el autor uruguayo Felisberto Hernández, ese «insecto de la noche» que vuela «distancias que ni el vértigo ni la noche conocen». La imaginación que nos alivia del peso de lo real y de su sombra proyectada sobre la vida cotidiana, muchas veces anodina y hostil.
- ¿Qué vínculo, de tenerlo, tiene la escritura con la figura de la madre?
- Tiene un vínculo muy estrecho: el de la creación, nada menos. Engendrar y parir. La madre nos da la vida y, con ella, la muerte. Se trata de un lazo muy comprometido, muy fuerte. Escribí sobre la relación madre-hija en varios libros. Por ejemplo, en un relato largo, casi una nouvelle, que se publicó en 2011 en la Argentina, y se titula “La madre de Mary Shelley”. En ese cuento empleo una frase, que se la adjudiqué a Marcel Proust: «Los hijos no siempre llevan la semejanza de la madre, como llevan en su rostro la profanación de la madre». La escritura también se alimenta de ese rasgo insolente de meterse con lo sagrado; saquea tumbas, pone en cuestión seres y objetos considerados de culto.
“Hay demasiada oscuridad en los seres humanos”
- Los vínculos quebrados es uno de los asuntos recurrentes en su escritura. ¿Es eso mismo el texto, el intento por reparar lo irreparable?
- Sí, es lo que comenté antes. Los vínculos, a excepción de muy pocos, nacen o se vuelven quebradizos. La escritura, al menos la mía, persigue ese anhelo de reparar, enmendar, componer lo que fue y pudo ser de otra manera, algo mejor, más diáfano, pero no siempre se consigue. Hay demasiada oscuridad en los seres humanos.
- Asimismo, los extraños pueblan una y otra vez sus páginas, extraños «reales» (por ejemplo, los que concurren en ‘El atropello’) y no tanto familiares a los que no terminamos de entender. ¿Cuánto de extrañamiento tiene la escritura?
- Mucho, porque trabaja con elementos y técnicas que vuelven extraño aquello que parecía familiar, corriente, normal. Refleja lo singular o raro de nosotros mismos, algo que no habíamos percibido, pero que, en un momento determinado, aflora sorpresivamente y nos deja helados.
- Para que la escucha (‘De madrugada’) sea fructífera, a cualquier nivel, por ejemplo, escritor-lector, ¿qué se requiere?
- Algo tan simple como prestar atención y otro componente, más complicado, leer entrelíneas, ver todos los pliegues posibles de lo que se dice y, sobre todo, de lo que no se dice.
“La escritura tiene una cuota necesaria de azar. No todo está programado de antemano”
- Este relato convoca algunas casualidades narrativas. ¿Cuánto de azar deviene en la escritura?
- La escritura tiene una cuota necesaria de azar. No todo está programado de antemano. Una escribe y se va encontrando con asuntos que surgen de pronto y podrían cuajar con lo anterior y enriquecer el texto. Clarice Lispector decía que ella trabajaba con sensaciones pensadas, esas sensaciones proliferan incluso cuando ni siquiera se han intuido antes de comenzar un relato, una novela, incluso un ensayo. El azar funciona como un inhibidor que facilita astillar esquemas, bucear mejor en lo insondable, bregar con lo inesperado y hacerlo cabalgar hacia un final menos errático, más poderoso, más sorprendente.
- ‘El exilio interior’ es una ácida crítica a la mercantilización del arte. Sin embargo, hay textos que pasan por literario y son sucedáneos. ¿Cómo se reconoce una —llamémoslo así— falsificación?
- Cuando nos encontramos con un texto plagado de lugares comunes o se repiten modelos y no son modelos para desarmar precisamente. Cuando el lenguaje es débil y la escritura se vuelve caótica o demasiado explicativa; cuando no se da lugar a la elipsis y lo que leemos no nos conmueve. Jorge Luis Borges decía que él no concebía una sola palabra escrita sin emoción. En efecto, sin ese elemento fundamental lo que encontramos es pura falsificación, pura pose, artificio carente de literatura.
- ¿De qué depende que uno, cualquiera, encuentra «la puerta condenada» y la traspase? ¿Conviene traspasarla?
- Depende de la curiosidad de cada uno y del efecto que la revelación de ese misterio pueda provocar. Si va a causar un daño irreparable, es mejor no traspasarla. En general, las personas son negadoras. Prefieren no saber qué se oculta detrás de una puerta condenada —metáfora cortazariana—, lógicamente, da miedo. Pero otras, pese al temor, desean arriesgarse e indagar ahí, donde el espanto, el dolor o la aceptación de la otredad puede cambiar el rumbo de sus vidas.
- «No hay nada más cursi que la palabra cursi». ¿Se puede permitir la literatura serlo?
- No, rotundamente no, aunque si buscamos cursilerías, podemos encontrarlas diseminadas y escondidas hasta en grandes obras. Habrá que ver también lo que cada lector entiende por cursilería.
“La imaginación y el humor son bálsamos necesarios para achicar el pánico o la angustia que nos suscita la realidad”
- Pienso en esos coqueteos que aparecen en algunos relatos con lo fantástico (la monja evanescente de “Viaje a Salamanca”), así como en el uso del humor. ¿Ambos, lo maravilloso u onírico y lo cómico son los ejes que permiten sostener la gravedad de lo real?
- Claro que sí. De otra manera sería insoportable. Me hace bien reírme de mí misma, ver el lado cómico de ciertos hechos que yo creía dramáticos y no eran para tanto. La imaginación y el humor son bálsamos necesarios para achicar el pánico o la angustia que nos suscita la realidad.
- ¿Todo elemento cotidiano es susceptible de contener lo extraño?
- No hay nada más extraño que aquello considerado cotidiano. Además, siempre está en jaque, en la cuerda floja. Un hombre culto y educado, que es traductor, se muda a un departamento céntrico de Buenos Aires, que le ha prestado una amiga que está en París. Todas sus acciones son normales, cotidianas, bien intencionadas e indican que aprovechará el tiempo para trabajar en ese lugar coqueto, impecable y ordenado que tiene una surtida biblioteca y la impronta de su dueña, da pena cambiar de sitio un cenicero. Pero el día de la mudanza, ya en el ascensor, entre el primero y segundo piso, mientras todo marchaba según lo deseado, el hombre, el traductor, comienza a vomitar conejitos. Se trata del cuento “Carta a una señorita en París” de Julio Cortázar. Fue de los primeros relatos que leí de este autor cuando todavía iba al colegio secundario. Aún siento el impacto que me produjo. Cortázar es uno de los magos del relato y de cómo irrumpe lo fantástico, lo extraño de una forma abrumadoramente ordinaria, corriente. De pronto, algo se tuerce y nos convierte en seres inestables, en entornos degradados por inusuales.

