
Los niños también leen poemas. Esto es algo que solemos olvidar, y dejamos pasar algunos poemarios dirigidos a ellos de enorme belleza, como El mundo al revés (Témenos edicions), escrito por Silvia Rins (Barcelona, 1971) e ilustrado por Charo Mur, toda una reivindicación de la infancia como telar de la imaginación y de un mundo (el propio) que no entiende —como le sucede al poeta— de normas, códigos e imperativos.
-¿De qué manera dialogan las ilustraciones que integran este poemario con los poemas?
-Cada página de este libro representa un doble espejo. La pintora Charo Mur recrea cada texto en una imagen. Y, a su vez, cada dibujo o acuarela enriquece el significado del poema. El diálogo entre ambos acaba conformando un mismo universo simbólico en la mente del lector.
-¿Qué determina lo que uno encuentra detrás de «una puerta invisible»?
-Lo que anida en cada uno de nosotros. Como dijo Jung, gran parte de lo que vemos fuera no es sino una proyección de nuestra propia realidad interior.
-La lectura de un niño, ¿en qué difiere de la de un adulto cuando habitan un poema?
-El niño carece todavía de los condicionamientos de la cultura literaria. Para bien y para mal. Su trayectoria vital es más corta, pero su mirada suele ser más permeable al asombro. Por ello, no interpreta tanto el poema como lo experimenta, de una forma más intuitiva y personal.
-Cuando uno «respira oscuridad», ¿está más cerca del misterio?
-En algún momento, quizá poco después de reconocernos como seres individuales, de diferenciarnos de lo que nos rodea, como el pequeño gusano de “La casa roja”, advertimos que llega la noche y perdemos de nuevo nuestra identidad, disueltos en el sueño. Y aceptamos el misterio.
-«Hay fantasmas que viven en tazas de leche». ¿Cuáles son los fantasmas del poeta?
-Los deseos no cumplidos, las vidas imaginadas, los secretos inconfesables. Lo que se nos queda en el tintero. Todo ello, latente, en potencia, cabe sin duda en una taza de leche.
-¿Qué distingue los amigos invisibles de los fantasmas?
-No es fácil conocer a nuestros fantasmas. Nos vigilan, pero prefierenesconderse de nosotros. Suelen ser vaporosos y escurridizos. Los amigos invisibles, en cambio, se manifiestan cuando los necesitamos. Nos ofrecen su compañía y su consuelo. Se ríen con nosotros. Y si alguien intenta convencernos de que no existen, los defendemos con inesperada vehemencia.
-¿Habita «un ogro» no solo en el papá del poema, sino en cada uno de nosotros? ¿A qué nos ayuda ese ogro?
-El ogro de papá, junto a la bruja de mamá, son las primeras figuras que imponen el orden, la lógica y la ley en el amoral mundo de la infancia regido por la magia. Más tarde comprendemos que ambas se han instalado en nuestra cabeza. Y que el ogro es un guardián, con mucho miedo a hacer el ridículo, que vela por nuestra adaptación y supervivencia en la sociedad.
¿Qué tesoros puede uno encontrar entre los versos que lee?
Epifanías, sean de luz o de oscuridad, que despiertan partes de nosotros mismos que teníamos olvidadas.
-¿Cómo modula el peso de la infancia en el adulto en el que uno se convierte?
-La infancia forja nuestra personalidad. Me causa extrañeza cómo, en general, subestimamos una época tan importante de nuestra vida, en la que se halla el germen de quién somos —y de quiénes podemos llegar a ser—. Con los años, solemos correr un tupido velo sobre ella, avergonzados de haber sido niños alguna vez. Sin embargo, como una casa a cuestas, sigue viajando con nosotros.
-El mundo al revés, luminoso, deseable, ¿indefectiblemente acaba con las sillas cayéndonos sobre las cabezas?
-El mundo al revés desaparece cuando nos integramos en el Reino gris. Cuando nos convertimos en lo que los demás esperan de nosotros. En el mundo imaginario «todo es posible», los objetos de la casa se mueven y giran en el aire, en una danza libre y azarosa, puesto que han perdido su función. En la infancia, las sillas todavía pueden ser pájaros. En el Reino gris, la ley de la gravedad se impone.
-¿Cómo se detecta un malo pensamiento? ¿Son fructíferos, esos pensamientos malos?
-Los malos pensamientos son como habitaciones cerradas. El problema no es que existan, sino intentar derribar la puerta a golpes. Pueden ser fructíferos cuando nos ayudan a comprender qué ocurre al otro lado; peligrosos cuando los proyectamos sobre los demás.
-Para que los charcos no se sequen y la niña mala no se aburra, ¿qué se requiere?
-Ya señaló Hannah Arendt que el mal puede alimentarse de la ignorancia, el miedo o la indiferencia. Podríamos añadir a la lista el aburrimiento. Sin embargo, “La niña mala” habla también de otra cosa: del deseo de pertenecer. A veces seguimos persiguiendo el arco iris aunque sepamos que nos aleja del sol.
-¿Cómo saber si hemos traicionado al niño que fuimos?
-Preguntándoselo. Él aún no ha aprendido a mentir.

