
Cara de foto es el segundo libro de Marina Saura. Un libro de madurez si es que los escritores maduran. Antes hubo un primer libro. Un libro extraño, descarnado, lúcido y devastador a la vez, un libro soberbio, sincero y honesto, Sin permiso (Elba, 2017). Mucho de lo que se apuntaba ya allí, en un estado todavía embrionario, eclosiona aquí. Y lo que allí era desengaño, aquí es melancolía. Cara de foto viene a confirmar, ocho años después, algo que siempre hemos sabido: en literatura, lo mismo que en otros ámbitos de la vida, la casualidad no existe. Sólo hay que mirar más lejos. Mirar hacia otra parte. Volver la vista atrás. Y donde pone casualidad, casi siempre debe poner causalidad: “Una serie de circunstancias que hacen que lo inimaginable se vuelva inevitable” (p. 130).
Cara de foto es un libro compuesto de fragmentos o secuencias de una vida, la de la autora, que se suceden sin solución de continuidad siguiendo una cronología que no es la de los hechos ni la de los calendarios. Los hechos forman parte del paisaje de la memoria. Son el escenario de la memoria. Y a la vez la materia del olvido. Los hechos son en cierto modo el contexto de una vida, el argumento de una novela. Los hechos son lo que nos pasa, pero también lo que no nos pasa. Y las palabras con las que los narramos, para no olvidarlos, lo mismo que las fotografías que pegamos en un álbum y guardamos celosamente en un cajón, también son hechos.
Cara de foto es en realidad dos libros en uno: una novela familiar, y una historia de amor. Las secuencias, los fragmentos, de que se compone el libro, más o menos breves, algunos incluso muy breves, instantáneas, llevan todas ellas un título, título muchas veces alegórico, muchas veces enigmático, muchas veces banal o irónico (¿un guiño? ¿un quite? ¿un recorte? ¿una pista? ¿una pista falsa?) que hace alusión a algo, o a alguien, no necesariamente lo más relevante que aparece en el capítulo. Lo más relevante puede ser circunstancial, lo más relevante puede ser anecdótico, puede ser incluso irrelevante. Lo más relevante suele ser casi siempre lo que no se dice, lo que se calla, lo que se oculta. En los libros y en la vida. Otros son, o parecen, alusiones privadas, íntimas, y actúan como una especie de clave para la que no hay mensaje que descifrar, es decir, una clave sin código. Sin cronología, se titula el primer recuerdo de infancia. No hay foto. Otras veces hay foto, pero no hay recuerdo. O hay recuerdo, pero no hay foto. Primer sujeto; Rescoldos; Turbión; Esclava de; La ola; Yema durmiente; Boya de flotación; Extramuros; Soy una cámara…, son algunos de esos títulos, algunas de esas pistas. Títulos de otras tantas fotografías, perdidas o encontradas, para el caso es lo mismo, muchos años después.
Y entonces la cámara se dispara sola.
Al azar.
Y “acudían a mi memoria recuerdos que creía borrados.”
Recuerdos de recuerdos con los que construimos nuestra biografía.
Pero la vida no es una biografía (Pascal Quignard).
Y toda vida es un fracaso (Thomas Bernhard), que sólo la literatura puede redimir.
Cara de foto es un libro que celebra la literatura y la vida al mismo tiempo.
“¡Cuántas escenas habré fotografiado sin cámara – puesto que la cámara soy yo – con los ojos conectados a la memoria!” (p. 132)
Aquí hay una declaración de principios.
Un método.
Una confesión.
Una voluntad.
Un libro.
O lo que es lo mismo: Cara de foto es un libro que cuenta una historia.
Eso es todo.
No hace falta más.
Marina Saura, Cara de foto, Madrid, De Conatus, 2025.

