
La prensa es un ámbito que, prácticamente desde sus orígenes, ha acogido la colaboración de escritores y creadores literarios cuyo nombre e historia sirve de aval y de atractivo. Sin embargo, el contenido periodístico se orienta fundamentalmente hacia la información de actualidad y hacia el comentario crítico de los acontecimientos, es decir, hacia la transmisión de hechos y opiniones explícitas. La literatura, en cambio, no pretende ofrecer información veraz de los acontecimientos, ni un pensamiento argumentado y elaborado; ni transmite hechos, ni opiniones explícitas. Su territorio propio es la expresión de la subjetividad, que no se manifiesta de forma directa; se proyecta sobre situaciones, imágenes, voces y acciones que la encarnan, sin necesidad de ser contrastadas con la realidad, ni agotarla conceptualmente. El pensamiento discursivo tiende a fijar y generalizar; la literatura, en cambio, preserva la complejidad difusa de lo vivido.
Hay, pues, un desajuste de base entre escritura literaria y escritura periodística. Pero esta tensión, lejos de constituir un obstáculo, ha sido con frecuencia un poderoso estímulo creador. Muchos escritores encontraron en la prensa un espacio donde someter la sensibilidad literaria al roce inmediato de la realidad cotidiana, de la anécdota, de la actualidad efímera y de las formas cambiantes de la vida social. De ese encuentro nace una escritura híbrida y especialmente fértil: textos que parten del comentario, de la memoria o de la observación casual, pero que terminan revelando una visión del mundo, una tonalidad emocional y una forma singular de percibir la experiencia.
Las fórmulas son numerosas: la elaboración del lenguaje acercándolo a la poesía en sus aspectos más formales (anagramas, ritmos, aliteraciones, imágenes…), la transgresión creativa propia del humor y la ironía, formas sutiles de combinar narración y pensamiento sin convertirse en crónica, ni opinión, la atención a los aspectos de la realidad más extravagantes y que lindan con lo fantástico, la exposición de un pensamiento no especulativo y reflexivo, sino asociativo, exótico, casi surrealista. Lo que mantiene a estas colaboraciones en el terreno de la literatura es la capacidad que tienen de, conservando la referencia a la actualidad, no ser un mero testimonio de lo que ocurre, y la de trascender la racionalidad del pensamiento sin eliminarlo por completo. Ni pretenden que nos enteremos de lo que pasa, ni quieren convencernos de nada, pero nos sitúan en el mundo y nos invitan a reconocer formas de reaccionar a sus vicisitudes. Expresan actitudes y formas de respuesta que podemos reconocer sin necesidad de compartirlas.
José Manuel Marrero lo ha conseguido en Escritos antibélicos de una forma muy genuina: el narrador, que se podría confundir fácilmente con el autor y, de esta manera, caer en el vicio del adoctrinamiento, se limita a seguir a un personaje, Nopólemo, e informarnos de lo que hace, de lo que dice, de lo que piensa; su vida, sus reacciones, sus cavilaciones personales. El lector puede seguirlas a distancia, comprenderlas, incluso experimentarlas, sin sentirse obligado a hacerlas suyas o, en el caso de los pensamientos, aprobarlos o rechazarlos. No necesita Marrero recurrir a grandes elaboraciones lingüísticas, al lenguaje poético que llama la atención sobre sí mismo, pues una prosa cuidada, delicada, que sigue un ritmo natural, sin grandes énfasis, mantiene atento al lector en un tono amable, lleno de humor, pero sin agresividad alguna (bueno, alguna sí, hacia el reguetón).
La anécdota personal se conjuga con los acontecimientos sociopolíticos para inducir un pensamiento que no se rige por el rigor, sino por la afectividad y los mecanismos de la poesía: la analogía, la paradoja, la metonimia. Si la fórmula no es exactamente la de la literatura, porque el contenido no parece quedar oculto en la configuración sensorial y en los hechos narrados, el resultado, en cambio, se le acerca mucho, porque el discurrir de Nopólemo consiste precisamente en hacer explícita la fórmula: encontrar configuraciones poéticas en las palabras, en las cosas, en los hechos, y proponer una interpretación personal, nunca tajante, nunca definitiva.
El texto “Un pedacito de martes” es un buen ejemplo de este procedimiento. Todo él nace de una asociación verbal mínima y casi arbitraria que irrumpe en la conciencia del personaje: la transformación de la expresión “un pedacito de Marte” en “un pedacito de martes”. A partir de ese desplazamiento, el personaje desarrolla una deriva imaginativa y pseudohermenéutica que mezcla humor, reflexión lingüística y actualidad bélica. La incongruencia de convertir un día de la semana en un objeto divisible le lleva a tomar la expresión como una metáfora, a especular sobre su sentido (la fragmentación de cosas no fragmentables) y a proyectarlo sobre otras entidades, para acabar pensando en la posibilidad de fragmentar la guerra hasta volverla inofensiva. El razonamiento tiene algo de juego verbal, de ocurrencia deliberadamente excesiva y extravagante, pero desemboca poco a poco en una realidad concreta y dolorosa: las imágenes televisivas de la invasión rusa de Ucrania. El texto no argumenta contra la guerra ni pretende convencer al lector mediante ideas abstractas; hace algo más literario y quizá más eficaz: mostrar la impotencia de la imaginación y del humor ante la persistencia de la violencia real. El contraste entre la ligereza especulativa del comienzo y la sequedad amarga del final deja además una impresión de fragilidad y desengaño muy característica del libro. El final es bien elocuente: “Enciende el televisor que, un día más, escupe imágenes de la invasión rusa de Ucrania. Nopólemo se reconcentra e imagina que trocea la pantalla como troceó la tarta de chocolate y como troceó el martes de la guerra hasta convertirlo en ínfimos atisbos de violencia de todo punto inofensivos, tan perdonables como los inocentones juegos bélicos infantiles. Lo imagina, pero no consigue sentirse mejor.”
Escritos antibélicos alcanza, pues, la calidad literaria de una forma original y paradójica: haciendo explícito el sentido de los hechos en el pensamiento del personaje, algo que en principio parecería apartarlo de la literatura, pero convirtiendo al mismo tiempo ese pensamiento, esa conciencia que se observa y se comenta a sí misma, en el hecho mismo, en el verdadero contenido narrativo y, por tanto, en el significante de una dimensión implícita más profunda: la expresión de una conciencia vacilante, pero coherente, una forma insegura, pero lúcida, de sentir el mundo y la vida. Nopólemo aplica con frecuencia una especie de análisis literario a la realidad que lo rodea, pero sus interpretaciones no reducen la experiencia a conceptos, ni agotan su sentido afectivo; son, más bien, el vehículo a través del cual ese sentido se manifiesta. Los textos de Escritos antibélicos no tratan solo de la guerra en sentido literal, tratan de todos los enfrentamientos que nos salen al paso por doquier; pero no hace proclamas, nos muestra una forma de respuesta, una actitud compleja, llena de matices, a veces contrapuestos, que pueden variar o combinarse según los casos y que el lector puede completar: densa y ligera, insegura y decidida, combativa y reposada, personal y contagiosa, llena de humor y resignación.
José Manuel Marrero Henríquez, Escritos antibélicos, Santa Cruz de La Laguna, Baile del Sol, 2026.

