
Aunque la poesía es -o puede ser- una forma de aprovechar las hendijas del verbo para hacer de la grieta una falla, una ruptura, y abismar el decir, encontramos en estos Indicios de Carlos Permanyer (PUZ, 2026) una forma de nombrar la experiencia vital sin salirse en el empeño fuera del lenguaje o, al menos, sin romperlo de una forma sistemática. Es por ello que percibimos en sus versos un desempeño limpio, fraseos cortos que dan lugar a un poema claro y abierto al lector, ante el que se muestran un texto de apariencia sencilla, pues es reflejo de un hablar directo, sin preámbulos ni parapetos.
Estas señales indiciarias surgen de la observación de la naturaleza como metáfora o como paisaje habitual -tal vez como paraíso perdido-, y que constituye uno de los elementos vehiculares de la exploración. Al leer sus versos surgen varias preguntas: ¿Dónde se mira? ¿Qué rostro confronta esperando respuesta? Y además esa voz, ¿dónde quiere hacer eco de forma natural? El poeta sabe, aún con todo, de esta ruptura y nos confiesa que su voz es apenas un hilo: “afuera, el mundo/ que intento descifrar […] todo parece destinado a un silencio interminable”. Y más adelante, “así es el asombro./ Conmoción y promesa”.
El ser es fluir, pero el estar requiere un espacio. El poeta pretende “fijar en el tiempo este lugar./ Y después, lentamente,/ reconocerme en él. […] Como el río conoce/ el cauce, los barrancos y los valles,/ las rocas desgastadas,/ erosionadas, transparentes...”. Esos son, pues, los indicios: las marcas casi imperceptibles de lo que es, de lo que se perpetúa a lo largo del tiempo, de lo que permanece en eterno presente, es decir, en constante movimiento y, por ello, se somete a la naturaleza, pero se desgasta y la daña, la mella, la deja marcada para que indaguemos y podamos sondear lo pasado, que no es disociable del ahora o del porvenir, aún así inciertos.
Esa discontinuidad es una mácula perceptible en el paisaje, es “un temblor de fondo. Un estremecimiento. […] Si lo intuyes, lo sabes”. Y genera una distancia interior, una saudade que se expresa abiertamente en el texto: “Tengo nostalgia/ de bosques y de valles,/ un mar en calma/ y de esta luz persistente/ en su fugacidad”. Todo lo que permanece es provisorio y, al desvanecerse, “solo quedan palabras en el tiempo”.
Para Permanyer, el momento es plenitud y el hecho de estar o el de transcurrir a través de ese instante en un lugar concreto, en un “aquí” para ese estar, genera sentimiento de inmutabilidad; una persistencia como la que inspira una roca hierática en el río, pues está sometida a un flujo que no controla, a la fuerza de un devenir o a un destino preestablecido, pero tiene la capacidad de permanencia, de resistencia, siempre que no se fracture o traicione a su ser. Esa piedra que se baña en el presente sabe, como lo supo Heráclito de Éfeso, que el río es otro cada día, que “todo transcurre sin darnos cuenta” y deja un “rumor que se adentra / en la penumbra”.
Seguir es la única esperanza. Dejarse temblar, como titilan las estrellas: “Este silencio, esta nieve / serán acaso todo” y, ante esta realidad que parece envolvernos y que nos supera, afirma: “nada tengo que añadir”.
El poeta, sin embargo, no parece encontrar que su existencia se encuadre dentro de la naturaleza que observa, y a la que considera irreprensible pues, al hablar de esa perfección en la creación subraya: “pero nosotros no”. Ser, pues, una roca: el indicio de una montaña que, tal vez, haya ya desaparecido. Detenerse, entonces, en ese tránsito. Y nos dice Permanyer: “Por este camino voy. / Bajo este cielo sueño. / Más allá de este horizonte, el mundo, / que desconozco, como un fulgor./ Lo que importa está aquí. / Me detengo. Soy”.
Carlos Permanyer, Indicios, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026.

