
Andaba estos días últimos pajarero, enfrascado en asuntos de ornitología aplicada, si así lo prefieren. Hablo del reflejo de las aves, reales o simbólicas, observada personalmente o lexicalizada, en la poesía en español. He sido captado, lo reconozco, por el proyecto de investigación que dirige Niall Binns en la Universidad Complutense de Madrid y del que La república de los pájaros es breve muestra de cuanto nos espera. En fin, un verano intenso, distinto, leyendo a Rachel Carson en su pionera Primavera silenciosa (también al fantástico William Hudson), e incluso a Antonio Monclova Historia de las aves terrestres extintas, entre otros, cuando el correo me deja el libro de Luis Yarza (La Alberca, 1983). Una casualidad, pues el autor es, además de poeta, veterinario y ornitólogo, dice la solapa, en el parque nacional de Monfragüe. Le tendré que preguntar a Julio César Galán que es extremeño y, como yo, pajarero aficionado, pues algo sabrá dadas las afinidades. Sus libros anteriores son para mí desconocidos, lo reconozco, e igualmente su persona, premios y una obra que, por lo visto, cuenta ya con cierta extensión y se muestra en este libro con explícita religiosidad cristiana. No solo, a ráfagas le atraviesa un aire panteísta, casi a lo Alberto Caeiro, el célebre padre de los heterónimos de Fernando Pessoa, aunque cuando se hace explícitamente en los cantos finales deja mucho que desear si lo comparamos con los dos primeros, y chocan claramente sus calidades con lo visto en sus momentos más puros, pues de poesía de corte esencial, nítida, se trata.
Fábula de las trasparencias (2026) debe ser leída con esas premisas, me parece. Es decir, atendiendo fundamentalmente a cómo manifiesta ese panteísmo que juega al mus con la ortodoxia y es poco dada a especulaciones. Su campo es el oikos familiar, la intimidad y la fusión con la luz y naturaleza extremeñas. Y eso es lo que mejor manifiesta en la primera y segunda secciones del libro, tituladas respectivamente «Amigo Amado, Amada Amiga» y «La misma tierra», frente a esa tercera y de escaso interés «Codas. (Reescrituras sagradas)». Ahí se debieron haber quedado, en breves codas y no en extensos y aburridos discursos fideístas con los que cierra el libro. Sin embargo en las dos primeras secciones, con sus rezos al «Dios del día» y la permanente vinculación o identificación con la naturaleza, árboles, plantas, aves y otros animales, el paso de las estaciones, y sobre todo esa cualidad de la percepción y de la contemplación, como mantuvo Wordsworth, se crea un clima lleno de encanto y pietismo. Lo hace además en poemas sucintos donde la profunda religiosidad se enmarca tanto en el sendero cristiano como en ese otro, donde la naturaleza reina y la sucesión de aves, una a una nombradas en su hábitat, le valen para tejer una mirada intimista que manifiesta explícita en ese diálogo: «Subamos por este monte / para mirar nuestros adentros» y mostrar esa sorpresa e identidad rural, que tiende al silencio o al canto exiguo, exacto en esa brevedad con que nombra su asombro y su fusión con cuanto lo rodea. Hay algo mágico en todo ello, en esa sencillez de asceta que se asoma o entra en el día de la luz, y acendra el canto sin alarde, como si fuera parte intrínseca de él, pues así es en definitiva.
Luis Yarza. Fábula de las transparencias, RIL Editores, 2026.

