Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) siempre sorprende con sus propuestas. En la última, El libro blanco. Alfabetos de silencios (La Caja Books) aborda distintas maneras de habitar el silencio, de encontrarlo, de conjurarlo, de alzarse (o hundirse) hasta él; incluso nos descubre su alfabeto, el «silenciés». Un extraño ensayo sugerente como enigma o plegaria incauta, de belleza altísima.

 

«El silencio no es un modo de estar, sino de ser»

 

- ¿Cuánto silencio (y de qué naturaleza) ha participado en la escritura de este libro?

- El silencio no es un modo de estar, sino de ser. Siempre me han definido como alguien «callado», por mi carácter reservado e introvertido. Mis amigos hacían bromas de todo tipo con mis silencios, y creo que El libro blanco responde a esa naturaleza, aunque no hay nada autobiográfico en él. Los silencios que se describen en el libro son colectivos, universales. Los míos me los callo.

 

-¿Qué cualidades se requieren para practicar el «silenciés»?

- Resguardarse del ruido, sobre todo del propio. Levantarse temprano, antes que el resto de animales y humanos, moverse despacio, alejarse de las plazas. Conducir por carreteras secundarias. Leer sobre todo los márgenes paginales.

 

-¿Hay silencios más puros y otros sucedáneos?

- El silencio puro, técnicamente, no existe. Donde hay un ser vivo, los zumbidos de su sistema nervioso y el rumor del correr de su sangre llegan al oído y estropean la recepción (la ausencia de recepción, para ser exactos). Puede haber silencio en una cámara anecoica, con la condición de que no haya nadie que lo oiga (sucede un poco como con el gato de Schröndiger: quizá exista ese silencio perfecto en el interior del habitáculo, pero no podemos saberlo, solo deducirlo).

 

«La belleza genera un momento de suspensión que acalla todo a su alrededor»

 

-¿El silencio siempre deviene en belleza? Algo similar: ¿Silencio y belleza siempre brotan juntos?

- En algún poema del libro se dice que la belleza genera un momento de suspensión que acalla todo a su alrededor. Ese «contuvo la respiración» de los clichés novelescos delata la proximidad del acontecimiento.

 

- El silencio del ignorante, ¿lo convierte en un sabio?

- El silencio del lego, o del lerdo, son silencios tensos, eléctricos, desconfiados, de apretar los puños. El silencio de la persona sabia es relajado, tranquilo, parece estar en otro sitio mientras calla.

 

«Pensar es de las pocas cosas que logramos desarrollar sin hacer ruido, y por eso es tan valioso –y tan escaso–»

 

- ¿El silencio también exige un acallamiento del pensar?

- Pensar es de las pocas cosas que logramos desarrollar sin hacer ruido, y por eso es tan valioso –y tan escaso–.

 

- ¿Cuándo duele más un silencio que una palabra?

- En muchos casos descritos en el libro. Por ejemplo, si el silencio responde a la pregunta «¿Me voy a curar?».

 

«Hay quienes intentan convertir la política es una mascletá de estupideces, un tronar indistinto de naderías estentóreas»

 

- ¿Hay alguien menos proclive al silencio que los políticos?

- Hay quienes intentan convertir la política es una mascletá de estupideces, un tronar indistinto de naderías estentóreas. Luego, hay otros políticos, pocos, que hacen su trabajo a escondidas, velando por los demás, o intentándolo. En un libro de aforismos que saldrá este año en la editorial Polibea, el poeta Eduardo Moga escribe: «Una idea sin matices no es una idea, sino una tamborrada». La política española recuerda a veces la Rompida de Calanda o al toque de tambor en Baena, pero sin gracia, y con nuestra cabeza como parche por reventar.

 

-¿Cuándo conviene convertirse en «ventrílocuo» del silencio ajeno?

- El silencio de los demás es inescrutable; más que ventrílocuos, somos marionetas del guiñol de lo que callan. Si nos ocultan parte de la verdad cuando hablan, ¿cuánto mentirán al guardar silencio?

 

- ¿Se siente cómodo el silencio en el pronombre «yo»?

- Eso es lo mejor del silencio, que mientras dura no se dice «yo», no agredes a nadie lanzando ese pronombre. Lo habitas como lo que es, un hostal avejentado de provincias que pronto tendrá otro ocupante.

 

«Escribir es arbitrar en la guerra de los signos contra la página»

 

- ¿Cómo se detectan esas «grietas del discurso», sus silencios, en palabras de Túa Blesa?

- El discurso está compuesto de signos que ocupan parte del espacio en blanco. Ya vio Mallarmé en Un golpe de dados que la página es una partitura y que sus partes no escritas debían entenderse como silencios. De ahí la concentración de los minúsculos poemas de Valente, que parecen líneas creadas para darle espesor y densidad material al blanco en derredor. Escribir es arbitrar en la guerra de los signos contra la página.

 

- ¿Difieren los silencios que provocan las imágenes respecto de los que originan las palabras?

- Las imágenes no nos dejan respirar; es normal que, a veces, cuando queremos concentrarnos en algo, abstraernos o relajarnos, cerremos los ojos. Es la única forma de defenderse. Ese negror inconcreto, con sombras y fosfenos, que contemplamos en la oscuridad, es el equivalente visual del silencio.

 

«Escribir es mi forma preferida de callar durante horas»

 

- ¿Es un sinsentido hablar o escribir sobre el silencio? ¿No sucede, como apuntó la poeta Szymborska, que se destruye? 

- Por un lado, sí; si lo dice la admirable Szymborska, poco que agregar. Pero demos un rodeo al razonamiento: ¿es lo mismo callar que no escribir? Porque cuando escribo no emito ruidos —por eso lo hago a mano y con lentitud, sin rasgar ni hendir el papel—. Escribir es mi forma preferida de callar durante horas. Así entendida, la escritura no solo no se opone al silencio, sino que constituye la más calmada y muda de sus formas.