Un saber que es silencio

Teresa Shaw

 

La publicación de antologías siempre es buena noticia para la poesía. Se las puede tomar como manifiesto canónico, promocional, generacional, combativo, pero no dejan de ser solo una selección de lo que existe, y síntoma de que todavía existe poesía. Sentirse excluido o ir corriendo al índice para ver quién está y quién no está es una respuesta normal en un panorama poético aquejado de lo que podríamos llamar el síndrome del dibujo animado, el creer que si no te mueves, no te citan, no te invitan, no te reseñan, no te antologan no existes. Pero toda antología es subjetiva y, de suyo, efímera. Esta que hoy traemos aquí, es, además, síntoma de muy buena poesía y es fácil espigar entre sus páginas magníficos poemas.

Poetas en construcción reconoce además en el mismo título lo subjetivo y efímero de toda propuesta parecida, no ofrece cánones, manifiestos ni promociones, solo un work in progress que es muy fiel a la naturaleza misma del quehacer poético. Y, aunque se podría decir que tiene su base geográfica en Barcelona porque allí viven y escriben varios de los antologados, no es como la que sacó Bartleby a principio de siglo editada por Manuel Rico, Por vivir aquí, un compendio que llamaba la atención sobre muy buenos poetas dejados de lado por las políticas autonómicas que, en los casos de idioma diferenciado, muchas veces desprecian lo que no se escriba en la lengua minoritaria.

La patria del escritor es el idioma, y aquí tenemos poetas argentinos, colombianos, uruguayos, chilenos, españoles, claro, y hasta una poeta rumana nacionalizada en lengua española. La nómina, en orden alfabético tal y como se presenta en estas páginas es: Neus Aguado, José Ángel Cilleruelo, Laura Giordani, Cristina Grisolía, Rodolfo Häsler, Álvaro Hernando, Tere Irastortza Garmendia, Antonio Méndez Rubio, Corina Oproae, Mónica Picorel, Miriam Reyes, Juan Pablo Roa, Misael Ruiz, Teresa Shaw y Marina Tapia, todos reunidos en ciclos de entrevistas por Misael Ruiz, el editor, en los espacios de la editorial barcelonesa Animal sospechoso, de Juan Pablo Roa.

El espíritu de complicidad detrás de la recopilación es inusual y muy acertado: un poeta invitado al ciclo daba el nombre de otro, y así se reunía este rosario de nombres, como piedras de Pulgarcito para llegar al resultado final que es un hermoso libro de poemas con lúcidas reflexiones sobre el ejercicio poético.

Salen a la luz una serie de constantes no buscadas de antemano, un azar que no lo es tanto cuando se lee en su conjunto. Con al menos un par de certezas: una, estos poetas no están encantados de conocerse y, como resultado, sus poemas quedan lejos de la acomodaticia praxis del sujeto pequeñoburgués que sigue clamando sobre el manido paso del tiempo desde la mayor parte de los libros de poesía que se publican. Aquí el poema es incómodo espacio de canto e indagación. Y dos, frente a la poéticas españolas más sentimentales, el énfasis de grandes vacas sagradas de la escritura y la edición como Luis García Montero y Chus Visor, que recorren nuestra geografía exigiendo eso, que el poema se entienda, aquí hay una cualificación harto autorizada de cómo se puede entender la poesía sin dejar de ser poesía.

Son especialmente incisivas las reflexiones de las poetas: «Me parece más apropiado hablar de emoción que de sentimientos, ya que la emoción siempre se entrelaza con el pensamiento, sosteniendo el poema, que es a la vez una forma y un espacio de reflexión» (Corina Oproae), lo que tira por tierra la manoseada dicotomía entre conocimiento y comunicación que tanto daño hizo a la poesía española. «La construcción del objeto poético pasa por el pensamiento lógico; no obstante, el poema no existe sin la libertad que exige el pensamiento poético […], el poema, más que ser entendido, debe ser intuido» (Mónica Picorel), lo que revela la falta de libertad que hay en el fondo detrás de las poéticas dominantes establecidas. «El poema es una forma de pensamiento no racional, que nos permite acceder a algo inaccesible por la vía racional […]. El contenido no consciente del poema no puede ser sacrificado por el contenido consciente. La poesía manda. Siempre […]. El poema no tiene un significado» (Miriam Reyes), es decir, en gran parte de la poesía más aclamada lo que falta es justo eso, poesía.

Y hay buenos avisos para navegantes también entre los poetas: «En el momento de la escritura del poema nunca se rechaza una palabra porque no sea propia de la dicción personal, lo que ocurre es que las palabras ajenas rara vez comparecen» (José Ángel Cilleruelo), sobre poesía e idiolecto. «Está siendo letal, a día de hoy, la tan cacareada identificación entre poema y poeta en la que se basa la ideología moderna occidental, con ese toque individualista que además le aporta la expansión del neoliberalismo como forma natural de ver las cosas» (Antonio Méndez Rubio), sobre la dudosa legitimidad como poética de izquierda que tenía la versión española de la poesía de la experiencia. «De ahí que los sentimientos, la observación atenta de una realidad determinada y el pensamiento lógico sean tan solo elementos residuales y parciales del poema» (Juan Pablo Roa), toda una jerarquía epistemológica. «Cuando no se limita a ser una construcción literaria, la poesía está más cerca del mundo —de su experiencia no estereotipada— que cualquier otro modo de hablar […]. Pero simplificar la experiencia es engañarnos, volverla banal» (Misael Ruiz). Sobran los comentarios.

Por no citar solo poéticas, diré que abundan los poemas de hondura, música, tinieblas y pellizco, no directamente traducibles a rédito ni experiencia, un complemento perfecto a estas poéticas. La poesía brilla en estas páginas con toda la oscuridad de la psique y la luminosidad del idioma. Me quedo con broches que abren y cierran la antología. El maravilloso verso de Neus Aguado, «en las soleadas playas del país sin memoria», eco del cernudiano «en los vastos jardines sin aurora», pues Cernuda podría haber figurado en una antología de poesía en español al otro lado del Atlántico junto a otros habitantes del idioma. Y con el espectral poema sobre las cordilleras de Marina Tapia, originaria de la montañosa Chile: “Cordilleras, / salientes emotivas, / locura de racimos para el vuelo. / Sois hálito ascendente, / o dedos de las diosas que, dormidas, / levantan sus pulgares y acarician / la pulpa de las nubes.”

La lectura de Poetas en construcción depara instantes como estos, en los que el idioma se expande, sale del encorsetado topos poético español, si es que tal cosa existe, y hace del pensamiento geología. En otra antología de hace años, Alejandro Krawietz, poeta y crítico canario, avisaba del peligro de abaratar la expectativa. Poetas en construcción muestra que no todo está perdido y la poesía sigue costando quilates a la hora de escribirla y de leerla.

 

Poetas en construcción, Misael Ruiz (ed.), Animal sospechoso, Barcelona, 2026.