
Lirismo, crítica sin amparo, un regusto de épica casi a la antigua usanza… la poesía de Xosé María Álvarez Cáccamo es de una ductilidad solo comparable al borde de la parresía. La editorial Dilema reúne su obra en Cuatro décadas de poesía (1983-2023), un poeta que también transita las veredas del objeto poético, de una intensidad altísima y, al tiempo, enraizado en los asuntos más políticos.
«Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria»
- En cuarenta años, ¿en qué se sigue reconociendo cuando lee sus poemas más antiguos y cuál, de haberlo, es el gran hiato (s) que se han producido en su poesía?
- Hoy puedo reconocer en mi obra más reciente –y reconocerme a mí mismo sin arrepentimiento- la posición evocativa que dirige mis poemas desde que empecé a escribir. Es un registro emocional del que no puedo prescindir. Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria. La utopía que la conduce es el sueño del reencuentro con el pasado, la ilusión de detener el curso de la vida para poder regresar a la infancia, a la adolescencia, a los ámbitos familiares, a cierto estado de plenitud que en parte resulta construído por el poema. Memoria poética sin excesivo peso de nostalgia. Todavía me identifico, además, con la mirada onírica de fundamento surrealista cuyos excesos de juventud fueron reconducidos a partir de mi libro Cimo das idades tristes, de 1988 —el posible hiato por el que me preguntas—, donde comencé una ruta de clarificación expresiva que se fue intensificando hasta hoy. Se trataba de liberar el lastre acumulativo, una imaginería de densa arquitectura no siempre justificada. No renuncio, sin embargo, a la función del poema como intérprete interrogante de la complejidad del mundo y, por lo tanto, huyo de la efusión emotiva no elaborada, del poema como documento confesional
«Toda la variedad de mi trabajo obedece a la pulsión del placer manual»
- ¿En qué difiere la poesía hecha poema de la poesía de los objetos, o la poesía visual?
- Mis poemas de base lingüística vibran en el espacio de la experiencia vital, íntima o colectiva. Los poemas visuales y objetuales que salen de mis manos no necesitan asentar sus raíces en la materia de base biográfica, aunque con frecuencia recogen ecos de la memoria, formas y volúmenes que traen resonancias, por ejemplo, de mis juguetes de niño. Antonio Gamoneda, en un poema que preside el catálogo de mi exposición Biblio-grafías, celebrada en León en 2013, escribe: «He logrado acercarme a tu juguetería, quiero decir, claro es, a tu juguetería amorosamente diabólica». Juguetería escultórica, objetos encontrados, libros intervenidos, textos criptográficos, miniaturas oníricas, toda la variedad de mi trabajo objetual y visual, aunque emparentada temáticamente con mi poesía escrita, se desarrolla en el taller del homo faber y obedece a la pulsión del placer manual, mucho más gozosa y serena que la producida por la inquietante inmersión del poeta en las profundidades de la existencia.
«La vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede»
- ¿Cómo evitar que «la crecida de sangre» nos haga «hombres muy tristes y muy pacíficos para siempre»?
- El poema de este verso, titulado “Cuchillos” en castellano, me fue llevando en su avance a la hipérbole final, una conclusión de tonalidad ascendente derivada del testimonio de las heridas con que la vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede. Yo me sentía entonces, en las proximidades de mis cuarenta años, muy triste. Luego pude comprobar que, afortunadamente, aquel estado de ánimo no me acompañaría siempre y que los acontecimientos que habían provocado la tristeza vivida entonces como definitiva no habían alcanzado el exagerado volumen de una crecida de sangre. Pero, en aquellos días, me sentía arrastrado por la desmesura del río sangriento. Desde mi conciencia de 1988, el año de ese poema, te diría que los efectos inmediatos de la crecida de sangre no se pueden evitar. Luego las aguas volvieron a su cauce y la vida fue trayendo otras heridas y otros poemas que las fueron acogiendo, a veces con voluntad y resultado de efecto terapéutico.
«La melancolía, esa emoción fronteriza, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos»
- ¿La poesía es más dúctil en la melancolía que en el deseo?
- La melancolía, esa emoción fronteriza, casi amable, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos, equilibrados, a veces versículos de formato dilatado. Esta es la segunda acepción del adjetivo «dúctil» en el diccionario de la Academia: «Aplícase a los metales que mecánicamente se pueden extender en alambres o hilos». Quien pudiera poner la melancolía en versos que se fuesen extendiendo a la manera de alambres o hilos. Tal vez se pueda intentar tal prodigio de alquimia en un poema objeto. Extender el metal de la melancolía hasta que alcance la sutileza de un alambre finalmente disuelto en hilos. El deseo, en cambio, sobre todo el deseo erótico, busca versos rotos, quebrados, vibración de encabalgamiento, elipsis. Pero hay deseos de amplio espectro o de dimensión transcendente que se manifestarían mejor a través de ritmos sinfónicos.
«Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria»
- ¿Cuánto de onírico alberga la poesía?
- Una tendencia fundamental de la poesía de todos los tiempos comparte con el discurso del sueño nocturno algunas claves de sentido: el significado polisémico de las imágenes, la sugerencia enigmática, la construcción desordenada, la arquitectura simbólica, la irrupción del magma subconsciente. El cantar de los cantares, El cántico espiritual, Poeta en Nueva York o el Aullido de Ginsberg constituyen ejemplos claros de esa corriente onírica. La poesía simbolista de Rimbaud y Baudelaire, el surrealismo y todas las variantes del irracionalismo poético recogen del sueño una parte decisiva de su materia creativa o, cuando no es así, establecen un diálogo de proximidad muy evidente con la ficción soñada.
Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria en los primeros momentos de vigilia. Son sueños transcritos en lengua de poema todos los textos de la segunda parte de Tempo de cristal e sombras (2014) y la visión onírica dirige además la construcción de muchas imágenes a lo largo de toda mi obra.
«La pasión del deseo conduce las rutas de nuestra vida»
- ¿Cómo reconocer «la hora del deseo»?
- La hora más alta del deseo es la de los años de adolescencia y de juventud. Era muy fácil entonces reconocer sus síntomas: entusiasmo y desazón, feliz desequilibrio. La pasión del deseo conduce, con mayor o menor intensidad y permanencia, las rutas de nuestra vida. Todavía hoy me mueve el entusiasmo de nuevos descubrimientos existenciales, artísticos, científicos y literarios, deseos de amor y de amistad, la esperanza política de justicia, la confianza en la derrota del fascismo. El deseo vivo de nuevos poemas. Puedo reconocer en mi cuerpo la vibración de los diferentes órganos del deseo.
«Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece»
- El poema, ¿nos habla o nos escucha?
- Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece. Él mismo no sabe lo que nos quiere decir hasta que decide callarse. Tampoco entonces su discurso resulta totalmente inteligible en términos de racionalidad ni para el autor ni para sus destinatarios. Y, sin embargo, el buen poema nos entrega un efecto de verdad, una sugestión interrogante, un sentido necesario, casi siempre revelador. Estoy hablando de la modalidad poemática con la que más me identifico, distante de aquella otra caracterizada por el uso de un guion previo al acto creativo.
Antes de echarse a andar, el poema escucha el rumor de una intuición que reclama ser verbalizada, un verso que se ofrece sin previo aviso, una pauta musical repentina, una imagen sugestiva, el instante de un recuerdo. En las ocasiones más propicias, el poema decide responder a la solicitud de su autor, quien, sin duda, es el responsable único de la acción creativa.
La ficción verbalizada en mi respuesta, protagonizada por un sujeto, el poema, al que he otorgado atributos humanos, se ajusta a la literalidad de tu pregunta: «¿El poema ¿nos habla o nos escucha?» Creo, sin embargo, que esta interpretación fabulada o parabólica consigue, como el poema mismo, un cierto efecto de verdad.
«No me conformo con la justicia poética de mis versos»
- Sepultar en unos versos a alguien (Manuel Fraga Iribarne) bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza, ¿es justicia poética?
- Ojalá hubiéramos conseguido ejercer contra Fraga Iribarne y otros activos y muy convencidos colaboradores con la dictadura franquista una acción de justicia legal. No me conformo con la justicia poética de mis versos, que responden a la sensación feliz de aquellos días de movilización popular, dirigida por la plataforma Nunca Máis contra la inoperancia y las mentiras de los gobiernos del Partido Popular (el de la Xunta y el del Estado) frente al desastre provocado por el vertido de petróleo del Prestige. Efectivamente, desde el mes de noviembre de 2002 y a lo largo del año 2003, el dirigente fascista Manuel Fraga Iribarne fue «sepultado bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza», y fuimos nosotros, el pueblo gallego en formidable actividad de insurrección, quienes pronunciamos la sentencia. Luego él emergió de los fondos de la ignominia. Pero, finalmente, hoy se cumple de alguna manera el deseo que expresan otros versos de mi poema “Maré do pobo a arder” (Marea del pueblo en llamas): «Desaparecido/al fondo del fangal de alquitrán/y del olvido». Justicia popular, tal vez, la que condenó a Fraga Iribarne al olvido, pues no consiguió permanecer como hubiera querido en el estado de la tercera vida, la vida de la fama poetizada por Jorge Manrique. Justicia poética, acción verbal de agitación contra la injusticia, la violencia católica, el genocidio militar de 1936, la dictadura de Franco o las amenazas fascistas de hoy son los motivos que me incitaron a escribir otros poemas y libros de intención política.
«Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva»
- ¿Qué diferencia el poema elegíaco del sentimentalismo que acampa en tantos versos de hoy?
- El sentimentalismo plano, simple efusión sentimental sin elaborar, materia prima no manufacturada, página de diario adolescente, son productos que debemos situar en espacios ajenos al ámbito de la poesía, elegíaca, hímnica o propia de cualquier modalidad genérica. No constituyen entidades de arte sino documentos confesionales —dignos de aprecio como ejercicio humano— que, en un tiempo como el presente en que las fronteras del continente literario se desdibujan en beneficio de ciertas aportaciones de perfil populista, están causando mucho daño en los territorios de la recepción menos formada, que acoge esas manifestaciones de la emoción esencial como muestras valorables de Poesía. El número de seguidores de tales documentos de la espontaneidad sentimental en las redes sociales define a veces el nivel que permite, con la complicidad de algunas editoriales, su incorporación al sistema literario. Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva.
«En mi obra abundan las presencias humanas»
- El poeta, cuando escribe, ¿lo hace solo o lo pueblan voces de vivos y muertos que hacen de esa soledad una multitud bien avenida?
- Sí. Esas otras voces acuden al eco del poema y traen su propio acento. Organizan el coro de la memoria. Confunden sus días con las horas del poeta. El poeta evocativo y elegíaco los convoca para que colaboren a ajustar las imágenes del pasado. En mi obra abundan las presencias humanas. Son sobre todo las personas de mi familia, especialmente mis padres y mis hijos, pero vienen también antepasados más remotos, algunos escritores y artistas, seres anónimos, siluetas populares: «Hay bultos que sobreviven indiferentes bajo la tormenta. Suben y bajan por el día entre la lluvia multitudes grises, ropas frías, un tráfico líquido de sombras». En el último poema de la antología «llegan a mi casa las cuatro muertes, / nuestras cuatro muertes del vivir de siempre».

