David Roas (Barcelona, 1965) es un consolidado autor de género. Su capacidad para integrar el terror en la alta literatura se ha podido disfrutar en obras como Invasión (2018) y Niños (2022), ambas editadas, como este volumen último, por Páginas de Espuma. Además de narrador es teórico del fantástico, con ensayos como Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico (Páginas de Espuma, 2011). 

Este libro, Territorios (Páginas de Espuma, 2026) continúa con la tradición de lo sobrenatural que aparece en lo cotidiano que alimentaba su anterior entrega, Niños (2022). Roas ofrece un libro corto, de relatos breves, donde conviven los juegos de la lotería de Shirley Jackson, ecos a  Luciano Lamberti, el disco de A santa compaña (y, también, Devocionario, claro) de Golpes Bajos y la poesía de Anton Reixa celebrando San Martín. 

La misma portada, entre el espantapájaros que nos recuerda la película "Scary Stories To Tell In The Dark", pero si la hubiera dirigido León Klimovsky, con una gorra de Caja Rural incluida, nos coloca en el punto de salida del agro-horror, el folk-terror, los niños del maíz y distintas gradaciones del paganismo adolescentes. La cita de People Are Strange de The Doors, canción clásica de cine ochentero de vampiros en The Lost Boys, con la versión de Echo and The Bunnymen deja claro que esto va de guiños a la cultura pop(ular) desde final de los setenta hasta hoy. Comenzando con “Un gañán entre el centeno”, el primer asomo del hípster de Daniel Gascón (que retornarán, como todos los malvados, más adelante), esta vez vestido como un observador de Joe Hill, viendo niños y espectros, un Camilo José Cela muy sudado, atrapado por las chicharras. Lo único fresco, los ultramarinos. En el interior, lejos de los aires frescos del Cantábrico. Este primer cuento, en el que a Casimiro se le fue la mano, donde la indiferencia parece más bien desprecio, del Bar Venancio en adelante, acaba siendo un cuento sobre la soledad: la que siente la abuela, abandonada por su familia, que le obliga a evitarla con un espectro. Esa misma dejadez y esa misma compañía acaba siendo la única herencia real. Aunque sea curioso que en lo real encontremos un fantasma.

Seguimos hacia “A matanza o porco”, aquí, directamente, llega Os Resentidos dando música a las páginas, quizá, por los disfraces, algo de la nueva visión de Cementerio de animales de Stephen King y los cuernos y pieles que hemos visto en pantalla, con la presencia siempre de Carcosa y el rey de Amarillo. Pero aquí, en vez de osamentas paganas hay disfraces de ninjas. Capturar el instante, hacer del refrán, “A todo cerdo le llega su San Martín”, un cuento. 

La cita de «La matanza de los garrulos lisérgicos» nos lleva a los tiempos en los que, armado con un sampler, Julián Hernández se hacía llamar Padre Karras. Volvemos al Bar Venancio y los hípsters malvados en “La invasión de los ladrones de huertos”. Aquí pivoto en la lectura entre el híbrido de tomate y tabaco, “Tomacco", creado por Homer Simpson en 1999 y la fetidez radioactiva de El color que cayó del cielo de Howard Phillips Lovecraft. Crítica liviana al capitalismo, paranoia ludita contra las empresas químicas, Palomares, los marroquíes bondadosos y las hortalizas de cincuenta pies. Al final, tanto la naturaleza como el dinero acaba recuperando su espacio. Siempre. 

“Listo para usar” es una miniatura que recuerda la sensación de infinito estirado que suponía el estío adolescente. Los recuerdos materiales y los emocionales. El bochorno entre las hermanas. Una que se incendia en silencio y otra que lo hace, mientras extraña a sus amigas de Barcelona. Un vestido maldito que tiene algo de la venganza calmada de Carrie y aledaños. 

“La conjura de los recios” vuelve al mundo rural y aislado, donde los comercios reciben pocos suministros. Al menos una Mahou fría, algo es algo. Ignacio, el protagonista, se entretiene bajo tierra, conociendo a la Santa Pelagra. Es un relato con toques de fantaterror español, nos sentimos entre la trilogía de Los caballeros templarios zombis de Amando de Ossorio y una canción de Derribos Arias contra las niñas malcriadas. Toledo y su mística, no es casualidad que sea el arzobispo de Toledo cuando se hable de la orden del Temple. Los santitos paganos, más niños que santos. Avanza la idea de una iconografía universal, alejada de lo urbano, en la que los dioses anteriores al cristianismo, permanecen en lugares remotos, exigiendo sangre y sacrificios para asegurar la cosecha. 

Saltamos, de nuevo, a Os Resentidos: “La noche de los puercos vivientes”. Un guiño al Necronomicón, convertido en Negrocomicón y una variación fonética del clásico, "Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn". En España tenemos pocas armas de fuego, desconocemos el olor de la pólvora. Encerrados como en Evil Dead, cuando se acaben las pistolas y las puertas y ventanas sean astillas, solo quedarán los chasquidos, el orujo y la fuerza bruta. 

Mi cuento favorito es el último; “Rituales”: instantes en los que el vapor del océano se convierte en niebla, como en los discos de Nacho Laguna o las películas kafkianas de Woody Allen. Un mesón con percebes a doce euros, la sensación de estar ante un lugar que puede aparecer y desaparecer, un lugar cuántico, incluso por la prensa y los habituales. Me acerco al realismo mágico rural, a la hechicería del terruño recordando aquel Cantábrico profundo y atávico de Cristina Sánchez-Andrade o los cuentos de Juan Montiel. Y, claro, la idea de convertir San Andrés de Teixido en Innsmouth para una escena de ánimas, escarabajos y yerbas, que termina en el mar, como esperando a Paco Rabal en su última aparición, Dagón, la secta del mar. Meigas y sanandreses. ¿Quién será el tercer muerto para el que suena la mazurca? Buena pregunta.

 

David Roas, Territorios, Madrid, Páginas de Espuma, 2026.