
Deliberadamente frívolos, incómodos, provocadores, prosaicos, en las antípodas del poeta-profesor: así pueden caracterizarse los poemas de Daniel Durand. Inscrito en la misma generación que Fabián Casas y Laura Wittner —la de los poetas argentinos de los años noventa—, su trabajo, como ocurre con toda voz poética significativa, desborda ese marco generacional. Los adjetivos no responden aquí a un gesto caprichoso: el lector los encontrará debidamente documentados en La manía de rodar (La Coz, 2025), antología que en menos de cien páginas ofrece un recorrido por la obra de un autor que nunca hizo un oficio de la escritura; en otras palabras, nunca igual a sí mismo pero siempre él.
Con diseño editorial de Eugenia Parrado y una tapa que evoca influencias abstractas a lo Kandinsky —en contraste con poemas marcadamente figurativos—, el volumen reúne textos de Lupa de la inmersión (2023), Ruta de la inversión (2007), El estado y él se amaron (2006), Cabeza de buey (2012) y Como un Marlboro (2016). La selección, más que ofrecer un panorama exhaustivo de su obra amplia y variada, parece guiarse por un criterio de legibilidad, priorizando poemas breves y accesibles a lectores ajenos al contexto social, político o literario argentino.
«Hay poetas a los que no se puede separar de su voz», dice Laura Wittner —también antologada por La Coz— al referirse a Durand. Su voz poética funciona como una marca indeleble: aunque se desdibuje y se mezcle con la oralidad urbana, el tono permanece. No hay impostura, pero tampoco confesión. Más que un yo biográfico, lo que perdura es una manera de decir desenfadada y alejada de cualquier retórica
Poemas como “Niño con banana” o “Pequeña botella de vidrio”, que figura en la contratapa, muestran cómo Durand convierte lo más ordinario —incluso lo escatológico, el residuo, aquello en lo que nadie repara— en materia poética. Lo cotidiano no se sublima: se presenta tal cual, con toda su sobriedad y violencia. Evita tanto la abstracción generalizadora como el lirismo sentimental sin por ello hacer una épica de lo marginal.
Si toda antología es una vida encuadernada, la de Durand es la creación de una vida, no su recreación. Por eso La manía de rodar puede leerse —y en cierto modo vivirse— como un estado mental alterado: una forma particular de relacionarse con el entorno. La casa de una madre muerta, las linternas de las prostitutas nocturnas del barrio, el cielo de Boedo, los recuerdos de la infancia en Concordia, o un niño paseando y masticando una banana perfecta por los pasillos brillantes de la mañana.
De ahí que La manía de rodar sea un libro de múltiples capas: conviven en él ecos del modernismo estadounidense, algo del despojo beat y la economía de medios de la lírica oriental. Es un libro del ahora y de siempre, un flash poético que nos muestra que basta atender con obstinación a lo que pasa para hacer lírica.
Daniel Durand, La manía de rodar (Antología), Valencia, La Coz, 2025.

