
Uno de los poetas más carismáticos y generosos del siglo XXI en Aragón, con una producción que hibrida el cultismo, la poesía del silencio y, de vez en cuando, un toque beat (más músico que lírico), que lo hace acometer la didáctica y la creación poética en todas las direcciones. Es inevitable nombrar algunos de sus poemarios más celebrados dentro del canon aragonés como Ademenos (Olifante, 2008), 333 días, con el que obtuvo el Premio de Poesía Miguel Labordeta de 2005, y su obra clave, He roto el mar, cuya última revisión, en el año 1993, editó Prensas Universitarias de Zaragoza. Forega ha compaginado creación, traducción y ensayo. También los aforismos, como el libro Verissimum mendacium, publicado por Pregunta el año pasado y reseñado en esta misma sección.
En este nuevo y nutricio volumen de poesía, Un año (y medio) de amor, editado por Prames en su colección “Las tres sorores poéticas”, sus textos van acompañados por sugerentes fotografías realizadas por su hija, Berna Martínez Forega, un contrapunto ideal desde el blanco y negro, hipnótico y analógico. Dividido en tres partes, la primera, desde el 1 de enero al 30 de junio, comienza con el impertinente mar como definición de infinito. Forega, ya canon, se cita con el mar, el mar roto, una vez más. Y encuentra en su sabor una experiencia conocida: “Si salo de nuevo el mar…”, sed que solo calman los besos.
Él mismo habla, tras la flor como icono inevitable, de “la luz encubre mundos deseados semejantes a tesoros lejanos e inalcanzables y describen paisajes sólo intuidos, y mares por donde navegar envueltos en la sal y el yodo de las brisas que sedujeron, sin ir más lejos, a Odysseos y a Rimbaud”. Ulises y Arthur Rimbaud, y Luis Alberto de Cuenca como un eco en los cuerpos perfilados. En el poema quinto: “Sueña en tus labios la melodía del aire”, un contrapunto a la exigente figura geométrica del amor: “devora las sombras del día, / el secreto móvil de las llamas”. La sed y la humedad, sin saciar la una con la otra, llega algo sensualmente convulso: “Empapado / de sábanas, a ti consumado y único/me entrego”. Y, en la enfermedad, el amor tísico: “Y detendré el aquilón de tu pulmonía” o el color que explota: “cuyas pulpas estallaban en los ojos”. Volver a los besos, al pez sediento de la humedad del mar quebrado, contra la sal, la miel celtíbera, un poeta navegando en los contrastes: “Una luz que encuentra sentido rodeada de oscuridad”.
Células muertas. Conteo del infinito. La convergencia de números reales, que contienen innumerables lugares entre ellos. “Se escucha en los lechos un ulular / entre las cárcavas de las sábanas”. Restos orgánicos, sumergidos en la minimalista confusión del cuerpo y la tela. Sobre el catálogo de amores: “Me dejas de tu silencio la cuchilla”.
Imaginar a Forega como un poeta que escapa del alquitrán para entregarse a la sensibilidad de la lavanda, sabor puro de saliva: “Y los oteros abrisados de romero”. Volver, del amor, a la muerte, de la pareja al padre: “Conozco la muerte cegadora del padre”. Donde el silencio y la oscuridad son hermanas en la tristeza, misericordiosa mano que cubre una mano en la instantánea. Existe el ángel como necesidad para el rezo. Avanzamos en el año, del 1 de julio al 31 de diciembre. Se asoma entre la maleza un poema rompedor, un vidrio entre la selva: “Dos ojos negros iluminan la selva, / pero no son aún la selva”. De entre esa oquedad laberíntica de lo verde, se someten los pájaros: “Los pájaros sueñan con escapar de sus ojos; / presos, apenas ya palpitan, / y mueren por fin en quien los mira. / Edipo hizo acto de presencia”.
En una hipótesis infinitesimal la baraja sobre el teclado, las letras se entremezclan, traicionadas por el álgebra, con la aritmética. Y un medio año extra, la tercera parte, del 1 de enero al 30 de junio. Jara y siluro: “Qué amé de ti y de qué modo”, lecho y tarquín, enlodarse; en la poza el pez abre la boca para, de nuevo, buscar ser saciado por la pócima última: “Ser uno cuando miras los planetas”. Y de ahí, salvia y lengua, fila de dientes, las hambrientas ondas que sobre el mar, otra vez roto, surcan. En el sexo: “Y con tus caderas hacerme un puerto / donde un submarino nuclear recale” y en embarcación, buscando hogar, se abandona el poeta: “¿Verdaderamente me espera un templo / en cuya nave central el cáliz de la ebriedad / habrá de derramarse?”. La construcción de una obra majestuosa, formativa, imprescindible, contínua. Manuel Martínez-Forega, poesía generosa para un mundo sediento.
Manuel M. Forega, Un año (y medio) de amor, Zaragoza, Prames, 2026.

