Javier Fajarnés (Zaragoza, 1992) ha publicado Alud (Pregunta, 2016) y La ciudad y el cuchillo (Pregunta, 2017) y, unos años más tarde, retorna con este volumen Casi como una aparición (Pre-Textos, 2025). La poesía hermética y autónoma de Fajarnés se introduce a través de la naturaleza y su oxigenación lírica en este nuevo libro, dividido en tres partes. Comienza con “Velar el sol” donde encontramos muestras de esta actitud poética en el primero de los textos: "Estás allí: / en la playa de las aguas lentas / donde los niños que no son tuyos / juegan, se cortan, / se hacen torniquetes / y vuelven a jugar". Vida y muerte sobre la arena, que, sedienta de juventud, comparte los besos de sangre que ofrece el poeta. De sus ojos al tiempo en el que los castillos son absueltos y los recuerdos devorados por el agua salada: “Esas cartas que me escribes / no son para leerlas. / Si las abro se vacían”. 

En el segundo de los poemas la contemplación continúa creciendo, en esa dualidad de mar ausente, que lo emparente con la geografía del recuerdo de Julio Antonio Gómez y el ese verso de imaginario aragonés, siempre sediento, a veces helado, de Manuel Estevan: “Agujero de palomas: / la noche, la noche lava el mundo”. Un poemario mayúsculo que emociona conforme la escarcha de una noche cruje sobre las palabras, cualquier secreto se diluye en el silencio; seguimos practicando el extrañismo pasional del mar ausente: “El mar trae los incendios / de islas lejanas / y mi paso por la arena / no arroja al fuego más verdad”. Un paganismo alejado de lo urbano, en lo profundo del verde, en lo inmaculado del hielo, musgo para alimentar la noche, que en su falta de calor, reconoce otras voces, que se perpetúan, agradecidas, por encontrar alguien que las escuche y las escriba. 

En el tercero de los poemas encontramos: “Los años se hacen pan sobre la mesa”. Aprovechando la ventaja que se le presenta al lector, el extraño alimento nos rodea: “Dentro el aire es negro / alguien le comió la luz”: Arenas que guardan niños, como un tesoro de corazones, las almas, otra vez, acuden con extraño apetito, en los versos de Fajarnés la paz llega con la tarde, la noche, por otro lado, es incendio: “Aunque cierres la puerta / seguirá siendo de noche”. Se hacen corpóreos los iconos en el poema: “El silencio ya estaba dicho,  /  Ya escrito en el cielo de la boca”. 

La presencia de los ángeles, rebeldes y trágicos, observadores, son herencia de la mitología de Peter Handke y Win Wenders pero, también, se escoran hacia el espacio de pop que ofreció el cambio de década, primero con la conquista de Manhattan por Leonard Cohen y, más tarde, con la trilogía berlinesa de U2. 

La pincelada pop agudiza el instinto de ciertos lectores, sumando una conexión especial en la “Explosión de alas”. Así, agua y niños vuelven a aparecer: “Así, / es imposible arder: / las aguas de la infancia se lo impiden”, la mutación de lo líquido, el camino hacia la nieve: “La nieve ha llegado para derretirse / y por eso no escribes en ellas tu nombre”. 

La segunda parte del libro lleva como título “Los nuevos días”. Un bis, otra vez un ángel, que golpea con sus alas contra la pared, el eco de un grito callado, Nick&Blixa: “Desnudo se pisa mejor la noche / no quiere molestar a los que al lado duermen. / Un ángel corre de la playa al cielo / y me dice que la siga”. Qué extraña es la metamorfosis del recuerdo aunque sea tan claro. Pienso en los poemas de lija de Javier Carnicer, el ángel oscense, cuya acción creativa sigue siendo nutricia: “Las palabras que te empujan hacia el fondo / nadie las elige”. Y copio: “Solo los libros no escritos / verdaderamente permanecen. / En ellos no hay nada que pudrirse”. 

Más allá de la declaración en el acto creativo, el final se avecina, es la tercera parte, “El accidente”, un breve cierre para el libro: “Y la mitad de lo escrito / se va con las mareas”. Es tiempo de abandonar la oración como alivio y utilizarla como arma: “Dios baja las persianas / y nos confía el mundo”. Así, con las escrituras particulares, abrimos el campo visual hacia la recuperación del espacio perdido: “Chocaron dos trenes.../ nos barrió el temblor.../ un ángel de neón atravesó la carretera”. Es tiempo de incendio, es tiempo de dejarse arder. Un libro magnífico.

 

Javier Fajarnés Durán. Casi como una aparición. Valencia, Pre-Textos. 2025