Venimos de tiempos extraños y alcanzamos espacios maduros. Veterano del salvajismo, A. G. Porta —que hace un par de años publicó Persecución y asesinato del rey de los ratones representada por el coro de las cloacas bajo la dirección de un escritor fracasado (Acantilado, 2022) y cuya primera obra, de 1984, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, fue escrita a cuatro manos junto con su íntimo amigo Roberto Bolaño y reeditada por Acantilado en 2006—. Este libro, El invierno en Millburn y otros relatos (Acantilado), aparentemente fragmentado, con un desorden hermético y literario, va y viene desde las notas tomadas y acumuladas con los años, la ingeniería inversa, la pasión por la novela pulp y la alta literatura, de Barcelona a Nueva York, pasando por el oeste de las películas del mediodía. Woody Allen en la Gran Manzana, los bocetos sugestivos de Aloma Rodríguez, la apertura al sol de Enrique Vila-Matas. El libro comienza con “Sunday afternoon (nueve cuentos)”: nueve entregas, una red de personajes, cada uno con una cita. Cada uno, el fermento de una civilización y un tiempo. 

El primero, en un hotel de Florida: cloro y humedad, una madre, un hijo y un padre astronauta camino a Marte. De ahí, de Florida o de Marte, hacia Colonia. Los abuelos. David Bowie definiendo la soledad en el espacio y personajes sacados de fiestas de Francis Scott Fitzgerald o de Woody Allen. Un padre y un hijo, tan lejos que se olvidan entre sí. En el cuento dos, una vuelta atrás: dos amigas… los nombres se confunden como las relaciones; de ahí la naturaleza no euclídea de la obra, con relatos en estado cuántico, como si quisieran ocupar todo el tiempo y el espacio del lector. De ahí que el pasado modele el presente o que, simplemente, todo sea un folletín de señoritas, abuelos, robots y escritores. Siempre un protagonista escritor. La voz de la voz: un falso documentalista, un demiurgo entre el autor y el lector. 

Volvemos a la naturaleza cuántica de la historia: el mismo hijo, protagonista afónico, usuario nivel Dios de la programación de las páginas, a la altura del mismo autor, es capaz de ver el futuro; es el Doctor Manhattan de A. G. Porta. Sabe lo que va a ocurrir porque para él ya ha ocurrido. Legos y materia oscura, periodistas, ginebra y tónica, cuadros valencianos del siglo XIX, un tercer cuento con desplazamiento hacia el Mediterráneo, hacia Valencia. Mary Jane, Selena, Eloísa. Un escritor de terceros, como esa idea de la “ingeniería inversa” que sobrevuela todo el volumen. Páginas compartidas y, en el cuarto de los cuentos/estadios, dos personajes sorpresa, A y B, como sacados de una obra de Samuel Beckett, montados en un vehículo abandonado, un gran cubo: un final de partida para dos ricos excéntricos escuchando a Bach. Todos los cuentos tienen figuras geométricas, uniones, vértices y lados basados en relaciones familiares, sentimentales, de amo y robot. 

Es el acto de escribir lo que alimenta el libro. Acaso no introduce en sus escritos una buena parte de sí mismo. Un escritor que es hermano de la mujer del astronauta e, igual que aparecen artistas valencianos, también un Premio Nobel de Literatura, como Claude Simon. De la alta literatura a la odisea espacial. Ya no se sigue la cuenta del número de relatos, porque ahora el astronauta ha despertado demasiado pronto de su sueño en el espacio profundo. Con la compañía de un robot, sometido a la obligación de escribir una novela en los nueve meses que le quedan hasta el final. Con acceso completo a todos los textos de Occidente, la compresión en archivos de la Biblioteca de Alejandría. La última actualización del ChatGPT que se llevaron en su despegue será una versión obsoleta al volver. 

De pronto, en esta meticulosa mezcolanza, volvemos a la Tierra y Porta enhebra párrafos de literatura iniciática entre el tío escritor y el sobrino genio: la idea es atomizar la cultura pop, de “popular”. Juegos de rol, criptozoología y hombres de negro que borran la memoria. El romancero gitano, el descubrimiento de la penicilina, Philip K. Dick y el gran salto adelante. No nos hemos dado cuenta, pero hemos acumulado el cuento cinco y el seis en nuestra lista de leídos. Por primera vez, Barcelona. Una boda a la que no puedes acudir por estar camino de Marte. Algo se nos ha perdido en el camino: la decisión de un amor furtivo y difícil. La mujer que no quiso ser su esposa porque sospechaba que terminaría sus días en el espacio. Y volver al espacio. Y el robot que también tiene el síndrome de la página en blanco. Así que, recordando a Rodrigo Fresán (que es como recordar un poco a Roberto Bolaño), enumera las leyes de Asimov e intenta superar el test de Turing. Bartleby —por esa resistencia a llevar a cabo el experimento—, Patrick Modiano —por ese modo de hablar de las brechas que se abren en el tiempo y que sugieren que el tiempo es proclive a rebelarse los domingos a media tarde—. Manuel Arranz, Albert Serra, dos películas y un director: El cielo sobre Berlín y Coffee and Cigarettes. Woody Allen. ¿Qué se guarda en el espacio? Sospechamos que todo.

Un cuento siete de costumbrismo decadente: padre rico y aburrido, abuelo inapetente; en el futuro el humo volverá a utilizarse, el del tabaco, para ocultar el vulgar olor del sudor de los humanos. Cita de André Salmon: «Llega un día, suena la hora, en que, brutalmente, uno se encuentra totalmente solo sin haberse tomado la molestia de romper con nadie».

En el cuento ocho y el cuento nueve damos vueltas sobre la confusión. Carcasas y hombres, una iteración en el control de la IA: «Algunos pronostican que los humanos viviremos en permanente engaño, puesto que los robots decidirán por sí mismos cuál ha de ser nuestro grado de conocimiento de las cosas». Y cuando volvemos a los clásicos, R2-D2 o HAL 9000, el cuento final nos devuelve, en bucle infinito, a un pintor valenciano capaz de detectar a los extraterrestres que viven entre nosotros, ocultos.

Después de esta aglomeración literaria de final abierto, Porta se adentra en “Una historia insólita con Florence Cambray”. Dos escritores en la Manhattan de los grandes: Florence y un escritor. Olot, Gerona, la novela neoyorquina y el bloqueo del autor, la fascinación por las noches interminables (de nuevo, volver a Bolaño) y, como buen español, algo de república y Guerra Civil; más, en este caso, el folletín añade la Guerra de Marruecos.

Sumido en el desconcierto, llega el siguiente pedazo del puzle: Silver Kane Revisited. En este libro, que transita entre la creación y el homenaje, entre el pulp y el dietario, confluyen formatos distintos con longitudes variables. Después del diálogo entre escritores nos adentramos en este fragmento que tiene un título entre novela de a duro (de Marcial Lafuente Estefanía, que es uno de los homenajeados/referenciados) y una canción de Sonic Youth.

Los tebeos al cambio: un buen negocio de los quioscos de época, con las novelas del espacio, de detectives y de vaqueros. Redactadas a toda velocidad y sin más documentación que la contenida en alguna de las voluminosas enciclopedias de las casas familiares del desarrollismo. El juego entre una perspectiva y otra, la narración de un western crepuscular con un cierto tono de realismo mágico combinado con un viaje turístico del autor, dudando si es real o ficticio, si es el Maps de Google o la descripción de la ciudad de Amarillo, más propia de Cormac McCarthy, posee validez.

Lo mejor es no darle vueltas: Un colt, una mujer y el diablo, la editorial Bruguera, los héroes de la pradera, una pradera española entre 1972 y 1982, alimento de los sueños, de los malos estudiantes, de los vigilantes de garita. Los tipis indios, reproducidos hasta la saciedad por el plástico de los vaqueros, juguetes baratos… mirando a los federales, el Street View de Google y pensar en La diligencia (de John Ford) y, claro, esa idea del enfrentamiento cultural entre moteles de carretera y los salones de las viejas películas del oeste, al mediodía, en cualquier canal autonómico: «Los integrantes de la banda de irregulares mercenarios que, en Meridiano de sangre, la obra de Cormac McCarthy, se dedican a asesinar apaches, hombres, mujeres y niños, a tanto la cabellera».

Referencias de cine y literatura, de música: Bagdad Café, Jon Voight en modo vaquero, Cowboy de medianoche se encuentra con Abierto hasta el amanecer. Ry Cooder y la música de Paris, Texas, Buddy Holly, la fotógrafa Dorothea Lange, Malas hierbas, Las uvas de la ira, la Route 66, Woody Guthrie, Chuck Berry, Jack Kerouac, iconos como el Rey de Amarillo, de True Detective, o “Los hermanos Dalton” —pero en serio—… una canción, un tren en el desierto. Stefan Zweig escuchando un discurso de Hitler mientras recorría Texas en un ferrocarril.

Y termina con el fragmento que da título al libro, “El invierno en Millburn”: historias de material reciclado. «A veces solo leía y pensaba, y a veces, en el cuaderno que estuviera usando, escribía una nota sobre lo que acababa de leer en los cuadernos antiguos, o escribía una nota sobre una idea que se le ocurría a propósito de lo que acababa de leer».

Huir a EE. UU., vivir su aventura neoyorquina, la buhardilla de sus sueños, revisar las historias que pueblan los cuadernos hasta encontrar una que le convenza. Él mismo se delata: «Reescribir, a su modo, los nueve cuentos de Salinger. Siempre he tenido una especie de cariño a su edición de Bruguera». Pero no llega la inspiración. Se acaba el dinero mientras se extienden los paseos por lugares de ensueño.

Así que llegamos a la página 112. La idea de la ingeniería inversa. La reescritura. Diez o doce títulos. Si uno se lanza, debe ir a por todo: los grandes nombres de la literatura. Todo o nada.

A. G. Porta escribe sobre el bloqueo y la reescritura, sobre la posmodernidad y la interpolación, sobre la mitomanía y el agotamiento de las grandes fórmulas. Porta escribe, en definitiva, sobre la decadente fragmentación de Occidente.

 

A.G. Porta, El invierno en Millburn y otros relatos, Barcelona, Editorial Acantilado, 2025.