
Miriam Reyes (Orense,1974) se ha convertido por méritos propios en parte del último canon de la poesía española. Su obra, que arrancó impetuosa y mediática con Espejo negro, editado en 2001 en DVD y que cuajó tres años más tarde con Bella Durmiente, que fue finalista del XIX premio de poesía Hiperión, ha ido creciendo y consolidándose en distintas entregas.
Su último poemario Con (La Bella Varsovia, 2024) obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2025 para, a continuación, publicar su primera novela, La edad infinita (Editorial Tránsito, 2025), que consolidó su particular visión de la creación y el arte, mezclando palabra, imagen y música y que la ha llevado por distintos festivales y encuentros hasta definir su naturaleza creadora como algo cualitativamente diferente.
Su regreso a la poesía llega con Nunca muere, editado por La Bella Varsovia en septiembre de 2026. Sobre una construcción de muerte y naturaleza, Hierbamala, Miriam se introduce en el voraz y peligro apetito de lo verde y las espinas: “Me escribo con ella / lo consiguió con súplicas / con aplausos con cuerdas”. En el mismo poema encontramos: “A veces vuelve por entre las piernas / necesita cerciorarse por sí misma / yo también sufro por ella”.
Ese compendio de fortificación frente a la debilidad de la tierra removida: “Hay algo enterrado y no es un tesoro”. Un mundo cubierto de vergüenza y escombros, con la voz de María Moliner, nutricia y seminal: “Ranura por la que comen y corren y colisionan insectos”. En un poemario de restos, un caballo recorre el recuerdo: “Me enseña el arte de los objetos / encontrados en sus ruinas / señales de arañazos y peladuras”.
Del animal se llega a la entomología lírica que hemos visto transitar en poemarios recientes como el de Vida insecta de Cristina Sánchez-Andrade o Chico católico de Justo Navarro: “Parásito enrollado en los músculos / que no tiene prudencia o mesura / emplea un lenguaje / hasta para pedir / un vaso de agua”.
Cualquier pedazo de papel es un arma, un peligro, la arista doble, la mendicidad de los días futuros: “Se queda corta en migajas”. Una hija que humaniza el demiurgo, como deseo puro, como alimento que se lleva a la boca: “Cuando la alcanzo / me la encuentro muy poblada de malezas / no responde a mis preguntas”.
En Reyes la voz es misterio, una niebla que empaña el resto de los sentidos, “Pasta entre rastrojos”. Así nuestra lectura es contradictoria: “No se comporta como corresponde” y el sujeto, lector y verso, se mueve con una cierta violencia: “Ataca la madera de los muebles” y, en el mismo poema, “Una locución punzante”, sigue “Usada para despellejar libres / y otras presas de cuerpos deprimidos”, continúa: “Que sentadas en las puertas de sus celdas / obedecen a quien las atormenta”.
Ni en su disfraz de estatua, no sabe si es un fenómeno natural o un estado de violencia: “Recorre distancias que se expresan / en agujas o clavos / u otras cosas en puntas”. En el deseo de escapar, bajo el terruño, la geología muerta, que arranca con las uñas líquenes secos: “Damos voces para ahuyentar a los muertos”.
Miriam Reyes, en la profundidad de lo femenino, “Sumidas en un profundo estado de culpa”, se encaja en una grieta, dos personas, que capturan el tiempo, busca en la genealogía de las capas su propio lugar: “Envuelve una censura violenta y me la entrega / para que me deshaga de ellas” y así “Me recomienda la acción de corregir/antes que la de abstenerme”. Volver a lo profundo, a encontrar en el fondo la protección: “Hace un foso alrededor de algo/y me espera dentro”. ¿Qué lenguaje se puede utilizar para señalar a los muertos? ¿Cómo se resuelve? Pulmón abierto, operaciones fuera de lugar: “Me arrodillo a los pies del tiempo/y meto la cabeza/cuidado me grita/el tiempo no es un león amaestrado”. Esconderse, manejar el verso hasta que te deposite en otra dimensión, ordenar las palabras, la metamorfosis del espacio de página, parecer padre: “Hoja que se deja de cortar/un tinte encarnado se obtiene de sus cenizas”. Esa manera de opositar hacia la vida, una titulación en soldadura, hasta que el poeta y el lector forman una sola sustancias, pena de niñas abandonadas en arenales, murallas y altísimos recuerdo sometido a la fuerza del agua: “Ambos lados/de las lunetas”. Y ese final, impactante y herético: “Si enterrar bien a alguien fuera algo/que cualquier persona pudiera hacer/con un cubo y una pala de playa/no estaríamos aquí ahora/escribiéndonos”. Un libro de combustión terrenal, de terruño encasquillado en el corazón de una poeta que siempre emociona, una escritora que hace de la prisión cuerpo y del cuerpo rebeldía.
Miriam Reyes, Nunca muere, Barcelona, La Bella Varsovia, 2026.

