Ángel Portolés (Estercuel, 1960), poeta de sensibilidad turolense, casi como una marca de clase, cualitativa y resistente, publica su segundo poemario, Hojarasca infinita (Los Libros del Gato Negro, 2026) tras su primera entrega, De la soledad a la luz publicado por Olifante en 2021. Este volumen, estructurado en tres partes, arrastra, emocionante, los restos del pasado para convertirlos en necesarias esquirlas en el corazón del presente. En el alma quedan los sedimentos, como una primera parte, como un recuerdo. Una cita de Fernando Arrabal, la lírica extrema, la vida hecha teatro, teatro de la soledad y el absurdo. Teruel y Ángel Portolés: «Si acertara a tus huellas / depositar mis pasos». 

Encuentra el poeta en el bolígrafo la única arma para la lucha contra los escombros: «Y escribo como si quisiera reconstruir / ruinas en el papel». En el camino, conforme avanza el volumen, encontramos citas de Rosendo Tello o Miguel Labordeta, canon definitivo de la tierra aragonesa, de la que se agarra a la tierra y a la soledad, la invita a chocolate, a un sorbito de coñac, a un beso seco, agrietado: el escozor del polvo que recuerda, en su acidez, el absurdo de buscar lo que ha perdido. Portolés, un poema para cada persona, un verso por cada turolense agotado. Fruta amarga que, a pesar de todo, provoca el recuerdo fugaz, como un poeta que trae su hambre antigua. La cita de Antón Castro, la de José Hierro, la de las distintas cenizas que impregnan esta parte de recuerdos, de estratos. Sangre y estirpe de mina, mies y parva: «Qué decir de las eras asfixiadas en hierba». Pasar de Clara Fuertes a Ricardo Díez Pellejero, enumerar las casas que, abandonadas, olvidan el tiempo y solo mantienen diálogos con los fantasmas que las habitan. Una competición de distancia y soledad. De ahí que nadie escape, una vía muerta invadida por el trigo salvaje, sin alimento, de la desazón, Teruel es una estructura que vende a peso el metal de sus raíces. 

La segunda parte del poemario de Portolés se titula “Tránsito”. Citamos: «La tierra / llora nuestro suicidio colectivo» y madre y muerte se funden en una abrazo que sellan las lágrimas, metales fundidos en la estación que engaña. El otoño como remedo de la caída, del letargo: «En las cavernosas cuencas de los ojos, / el desvelado sueño, / escuece ese tiempo / perdido entre las sábanas». Vuelve a la casa, al silencio, al óxido que es la respuesta del tiempo a ese olvido. El amor filial, el amor de pareja, sensual. El amor, la tercera parte del libro, una declaración: «El amor con un manto blanco / funde dos cuerpos», de hijo, marido… incluso nieto, con su abuela, que, otra vez, atrae el recuerdo con la sed o el deseo de devolver los latidos a la madre, en uno de los fragmentos más bellos del libro: «Tu corazón se apaga lentamente / y el mío, que en su interior tembló, / quiere devolverte los latidos, / abrazarte el interior como aquel día / y volver a vivir la vida entera». En los versos se opone la mirada que anoche con la niebla que cubre los ojos. Una sensibilidad que ondula, como el mar rescatado, como el mar extraño, que hace de la tierra seca arcilla, moldeando, como una máquina amable, el pensamiento del poeta hasta que, con la primavera, la vida explota. Sea así, toma ventaja el poeta cuando maldice a la realidad por robarle los sueños. Un libro de dura belleza, en esa tradición turolense contemporánea que va de Nacho Escuín a José Manuel Soriano Degracia pasando por la resistencia de Víctor Guiu y la sensibilidad de Cristina Giménez.

 

Ángel Portolés Navarro, Hojarasca infinita, Zaragoza, Los Libros del Gato Negro, 2026.