
Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) es una escritora argentina, especializada en el microrrelato. Uno de sus últimos libros, publicado en 2019, La Guerra (Páginas de Espuma), alcanzó a público y crítica, encumbrándola como uno de los referentes del género. También ha incursionado en la literatura juvenil y la poesía mientras su narrativa no dejaba de obtener premios y reconocimientos. Su último libro de cuentos, Sirena de río (Emecé) se publicó en Buenos Aires en 2022 y ahora Páginas de Espuma edita El cuerpo roto, una profunda reflexión sobre la enfermedad y la vida, sobre el deceso y la familia. Uno de esos libros donde los relatos parecen capítulos de existencias distintas, instantes capturados en una polaroid emocional con la que el lector se siente identificado.
Padres e hijos, mujeres y maridos, sangre y amistad. Todo converge entre recetas, historia, hospitales y situaciones límite que, por su carácter humano, genérico, todos acabamos navegando. Inquietante en la brutalidad, en el manejo de los tiempos narrativos, el modo en el que se extiende la enfermedad por las páginas, de lo leve a lo terminal: lugares y situaciones, la desolación, las palabras que definen el miedo y también palabras que, quedándose en el aire, no acaban de significar nada.
En el primer cuento, «Un canto a la vida», nos encontramos con el primer estadio de la simple molestia, conocido por todos, el del ibuprofeno y el paracetamol. Y vemos cómo crece, primero muscular, luego el movimiento. Es curioso que las mismas páginas se detienen un instante: el dolor y la enfermedad viajan a distintas velocidades. Hasta la llegada de la palabra-encrucijada, metástasis, desfilarán el tramadol y sus derivados. Es la supervivencia: la quimioterapia, la falta de sueño, la paranoia. La gran palabra, que siempre aparece, que está ahí. Cáncer. Un cuento impregnado de empatía, del que recibe el lector una lección cualitativa, doble: no abandonarse al chamanismo y sí a la ciencia. Y, por supuesto, una lectura de esperanza.
Con «Rita y el doctor», otra enfermedad, otro lugar: la mente, que derrotada y presta, acaba siendo lucha más. Esa sensación que Shua transmite, de repetir lo mismo mil veces a mil personas distintas, los informes acumulados, la extrañeza del paciente frente al doctor, como si fueras, a la vez, su primer y último paciente. Y un delicado salto temporal, que olvida lo incómodo de lo sexual para llegar a la lenta poesía del olvido. Una extraña pasión, un cuento bellísimo.
Mi favorito es «Casi una crónica», una especie de Hunter S. Thompson en el servicio público de la Argentina: gente que hace el aguante de lunes a jueves (“se la banca”) y acaba en urgencias el viernes o el sábado, salvando la semana como mejor pueden. Un paraguayo obeso, una chica rica que sangra, lo privado frente a lo público, un tipo sondado que vive en la calle, empatía -es un libro que sobrevive con un suministro infinito de empatía-, las risas, el atajo, la cocaína haciendo su aparición conforme avanza la noche. El whisky y la timba. Duros como estatuas, llega más droga, PACO (pasta base): “No bajes”, se puso dura la noche, llegó la policía, hay un charco de sangre, “Se pudrió todo en la guardia”. Un manifiesto de realismo sucio, casi periodístico. Volver a los setenta, cuando en la Argentina todo era técnico y político, «Técnicas modernas». Incluso el sexo se sometía a la teoría pura, igual que los volúmenes de marxismo, los había para el acto. Un forro, un frotamiento. Un amor inacabado, un recuerdo agridulce. No habrá más penas ni olvido.
La belleza llega con «El cuerpo roto», una narración acelerada, de marido y mujer, una relación de largo recorrido. Cariño y espera, cuerpos estropeados, la confusión y el hermetismo del recuerdo. Cronometrando el cuento, envuelto en la melaza que siembra el olvido. Ella está muy viva. Hay demasiadas viudas en el mundo. Todos lo sabemos. Pero, por llevar la contraria, leo «Cuidar un gato», la tristeza es el reguero de un perfume, un abrazo que queda. Fue ella la que se marchó y el viudo no sabe qué hacer con la ropa. Una ligera sonrisa: «Vos no necesitáis una novia, necesitáis una empleada». Y llegar el desplome con un abrazo, con otra ausencia, porque la mascota, el gato, es la última luz encendida que dejó su esposa. La autora disecciona el paso del tiempo, sin caer en lo obvio, llegando a cada uno de los que leen, porque es un catálogo completo de personajes y estados, de momentos y recuerdos.
«Los gaspáridos» es la complicación de una intervención, los grupos de WhatsApp, la autora describe el desgaste, la realidad frente a una estancia prolongada en un hospital, cómo todos tienen que seguir, de una manera u otra, primero los amigos, luego los familiares, finalmente los hijos, viviendo sus vidas. Al final, solo ella, esperando, de Buenos Aires al DF: «Lo vemos dos veces por día. No habrá más mensajes mientras no haya novedades».
«Gaviotas en el bosque» es un cuento que aborda otra forma de amor y enfermedad. Padre e hija, anfetaminas y whisky, el desorden como forma de vida, la paciencia como solución. Un mazo de recetas, fotocopias y farmacias, pastillas, muchas pastillas. Un dibujo, el presente y el pasado. ¿Habrá futuro entre tantas propuestas truchas? Un dibujo, un animal, cien animales, el zoo: recurrir a la infancia. Estacionar en la paz. La búsqueda por internet, una diarrea, los hospitales como foco de problemas, la llegada de la dependencia.
«Amín o la caída» es un relato de recuerdos, una vida en su final, donde lo imaginario se confunde con lo real. ¿Qué buscas? Pues un final magnífico y agridulce para ella, para Luis, para el otro, como nos ofrece la autora. De ahí, a un sueño de péplum, de Mónica y sus más de ochenta años. Esta vez, tía y sobrina. Las recetas como parte de la vida, ritmos de blíster y pastillas.
«Unos días en la playa» habla del cansancio de la familia con una persona dependiente, pero también, de los fenotipos que la sociedad deja en sus márgenes, unos con más suerte que otros: adictos, suicidas, niños que extrañan a su madre, padres que dan miedo a sus hijos… al final, volver y volver. Como un tango fuera del tiempo.
Uno de mis relatos favoritos es «Selva y el diablo», cómo emparenta la paranoia del proceso, con la revolución de 1955, con el peronismo, montoneros, la violencia y el monte, días bravos de comunismo y muerte. Pero, al final, la gente se junta alrededor de un cadáver al que frotan el pecho para mantenerlo caliente antes de la llegada de la familia. En tiempo de desaparecidos y violencia política, la gente sigue muriendo por enfermedad. Llámalo causas naturales, si quieres: «Sos un cadáver que camina». Una, la pelirroja, la que llevaba el control de un personaje, de Selva, en la célula, acabó muerta por un infarto, después de un ataque de asma, en centro de detención, torturada. ¿Qué se puede escribir sobre eso? Y cito, una frase, final de relato: «Y de la época del miedo no se hable más que es cosa triste», El final, con «Después de la muerte» es la conclusión perfecta: un instante, el teléfono que suena, cuando te relajas, cuando no lo esperas. Acudir al lugar, gastar en el viaje, en el taxi, lo que no gastarías si fuera un momento feliz. En el terror y la tristeza se gasta uno más. ¿Qué prefieres? La vida paralítica o la muerte definitiva: «Todavía tiene el pecho caliente». La autora lo deja claro, del hombre no queda nada, el cadáver tiene la mandíbula sostenida, un cuerpo que es objeto. Y los que se quedan, los que nos quedamos, con pastillas para dormir, con casas, en la noche, vacías para siempre. El miedo a soñar que sigue vivo y el miedo, todavía peor, de despertarse y beber toda la tristeza de golpe. Leo, escucho, un bello final, de ansia en Plaza Francia, como la canción. Entre la vida y la muerte, incluso después, todos los estadios del hombre, una cronología de lo que nos hace humanos.
Ana María Shua, El cuerpo roto, Madrid, Páginas de Espuma, 2025.

